17. Beautiful Girls

Los días seguían pasando y con ellos seguían también sus locos encuentros.

Pero por increíble que pareciera, la prensa hablaba de Itachi, relacionándolo cada semana con una actriz o una cantante distinta.

Eso a Sakura le molestaba, pero él ni se inmutaba. Ya estaba acostumbrado.

Una madrugada, tras una noche loca de sexo, Sakura, agotada, se quedó dormida en la cama de Itachi y este no la despertó. De pronto, abrió los ojos sobresaltada y, al mirar su reloj y ver que eran las seis y veinte, se quiso morir.

Los niños entraban en el colegio a las ocho. Debía irse de allí cuanto antes.

Al levantarse de la cama con premura, se le enganchó un pie en la sábana y cayó de bruces contra el suelo. Eso hizo que Itachi se despertara y, soñoliento, al verla de esa guisa, preguntó:

—Cariño, ¿qué haces en el suelo?

Se puso de pie deprisa y dijo, mientras se vestía dándole la espalda:

—Es tardísimo. Me tengo que ir.

Itachi miró el reloj digital que tenía en la mesilla. Eran solo las seis y veinte de la mañana y habían estado haciendo el amor hasta las cuatro. Se levantó y, sujetándola, la besó y dijo:

—Quédate. Yo lo solucionaré y ...

—No —lo interrumpió ella, deshaciéndose de su abrazo—. No puedo.

Itachi la miró. ¿Por qué tenía tanta prisa? Y antes de que dijera nada más, Sakura preguntó:

—¿Me prestas tu coche? Te juro que te lo devolveré sano y salvo.

—¿Por qué tienes tanta prisa?

Sin ganas de contestarle, endureció la voz e insistió:

—¿Me lo prestas o no?

Desconcertado ante su reacción, levantó las manos y murmuró:

—De acuerdo. Está en el garaje.

Sakura sonrió y, acercándose a él, lo besó en los labios y dijo:

—Ve a buscarlo luego al restaurante, ¿vale?

Itachi asintió y ella se marchó a toda prisa.

Se asomó al ventanal de su habitación, desde donde la vio salir fuera de la casa, saludar con rapidez a Melodía y entrar en el garaje. Instantes después, la vio conduciendo el R8. Cuando desapareció de su vista, derrapando, Itachi se dejó caer en la cama de nuevo y se durmió. Estaba agotado.

Sakura disfrutó de la conducción de aquel coche. ¡Era impresionante! Le recordaba su pasado y, aunque eso la hizo sonreír, no le gustó.

Al llegar a su casa, Iruka estaba dormido en el sofá. Entró con cuidado para no despertarlo y cuando casi había abierto la puerta de su habitación, lo oyó decir:

—Caerás enferma si no descansas, mi amol.

Se volvió para mirarlo y contestó:

—Lo siento. Siento haber llegado a estas horas, pero me he quedado dormida y ...

—Normal, cariño... normal. —Y levantándose para regresar a su casa, añadió—: Por la hora que llegas no te preocupes. Preocúpate por ti, porque a este ritmo ya te digo que vas a caer enferma. Además, tienes ojeras. ¿No te miras al espejo?

Y, tras guiñarle un ojo, se marchó.

Sakura se desnudó y se metió bajo la ducha. Aquello la espabilaría.

Después de vestirse, despertó a los niños, les dio de desayunar y los llevó al colegio. Luego regresó a casa y desayunó ella, mientras observaba la llave de «Para siempre». Finalmente, cogió el impresionante coche de Itachi y se marchó al trabajo.

Sobre las nueve y media de la mañana apareció él por el restaurante y ella sonrió al verlo. Siempre que lo veía sonreía. No hacerlo era de tontas.

Itachi se sentó en un taburete de la barra y, sin decir nada, Sakura le puso delante un café y un bollito de azúcar.

—Buenos días, señor Uchiha —saludó encantada y, entregándole las llaves con disimulo, añadió—: Mil gracias por el coche. Por cierto, ¡menudo maquinote!

Él la miró, cogió las llaves y preguntó:

—¿Adónde ibas con tanta prisa esta mañana?

Como ya había pensado una mentira, soltó con una candorosa sonrisa:

—Había quedado con unos proveedores antes de abrir el restaurante. Oh, Dios, casi me da un infarto al ver que no llegaba. Aunque gracias a ti y a tu impresionante bólido me he presentado aquí a tiempo. Por lo tanto, gracias... gracias... gracias.

Itachi la miró atontado por aquella bonita sonrisa y mientras se levantaba señaló:

—Me tengo que ir.

—Vaya, ¿tú trabajas? —se mofó ella.

Divertido, Itachi se acercó a la barra y murmuró:

—Más de lo que crees. —Y aguantándose las ganas que tenía de besarla, dijo—: Hoy tengo un duro día de trabajo con Jessica Montgomery.

Sakura, que sabía quién era, suspiró. Jessica era una increíble a la par de guapa cantante canadiense, con la que lo habían fotografiado en la prensa, pero se calló lo que pensaba y preguntó:

—¿Nos vemos esta noche cuando termine mi turno?

Itachi la miró y entonces, encogiéndose de hombros, respondió con indiferencia:

—No lo sé.

A Sakura no le gustó ese «no lo sé» y más siendo un viernes y sabiendo con quién iba a estar durante el día. Por ello, saliendo de la barra, se le acercó y cuchicheó furiosa:

—Pásalo bien con ella.

Durante unos segundos se miraron a los ojos con descaro y, finalmente, Itachi se dio la vuelta sonriendo y se marchó.

Será idiota», pensó Sakura al ver cómo se iba.

Con las pulsaciones a dos mil, comenzó a trabajar, pero media hora más tarde, su rostro y su humor indicaban lo cansada que estaba y su jefe, al intuir que habría tenido problemas con la niña, se acercó y le preguntó:

—¿Habéis pasado una mala noche?

En un principio Sakura pensó sacarlo de su error, pero estaba tan cansada, tan agotada, que asintió.

El hombre dijo compasivo:

—Nunca me pides un día libre ni coges vacaciones. Tómate hasta el lunes. Ya hablaremos de cuándo lo recuperarás.

Agradecida, Sakura quiso abrazarlo, pero se contuvo y sonrió. Y tras quitarse el mandil, se fue directamente a casa sin dudarlo ni un segundo. Necesitaba dormir.

Cuando se despertó eran casi las cinco. ¡Los niños! Saltó corriendo de la cama, pero al ver en la mesilla una nota de Genma que ponía «Yo voy a por ellos», se relajó y suspiró.

Se levantó más tranquila, se dio una ducha y, cuando los niños llegaron a casa, los recibió con una estupenda sonrisa.

—Mamita —dijo Ayamé, tendiéndole un papel—, ¿puedo ir a dormir a casa de mi amiga Ivanna? Esta noche habrá una fiesta de chicas y mañana es su cumpleaños. El domingo su madre ha prometido traerme después de comer. ¿Puedo ir?

Sakura miró a sus amigos, que la contemplaban con gesto divertido, y preguntó:

—¿Quieres pasar dos noches fuera de casa?

—Sí.

—Pero si eres muy pequeña todavía para eso —insistió Sakura.

—Jo... ya tengo diez años y prometo tomarme las medicinas.

—¿Habrá chicos? —La niña negó con la cabeza y Sakura, cogiendo el papel que le entregaba, dijo—: De acuerdo. Pero quiero que me mandes mensajes al móvil para contarme cómo estás y, sobre todo, pórtate bien, ¿vale?

—Eres relinda, mamita —la abrazó Ayamé, haciéndola sonreír.

Cuando la pequeña se fue con sus hermanos, Iruka se acercó a Sakura y, con lágrimas en los ojos, murmuró:

—Aún recuerdo cuando le enseñé a pelar una manzana y ahora... mírala... ¡es tan mayor! Cualquier día me pide una depilación brasileña.

Los tres soltaron una carcajada, pero después miraron a Ayamé con cariño.

Sin duda, haberla criado entre todos los había marcado de por vida.

—Por cierto —dijo Genma entonces—, me ha llamado el Cangrejo ¡y tengo un notición!

—¿Qué ocurre? —preguntó Sakura.

Genma se acercó a ella y murmuró:

—¿A que no sabes dónde vamos a trabajar esta noche? —Sakura negó con la cabeza y él, encantado, dijo—: Estaremos sirviendo copichuelas en la zona Vip de los ricachones que van al concierto de Bruno Mars.

—¡¿Cómo?!

—Que sepáis que la envidia me corroe —afirmó Iruka.

—¿Vamos al concierto de Bruno Mars? —preguntó incrédula.

Genma asintió y, explicó rápidamente:

—Al parecer, en la zona Vip, junto al escenario, necesitan tres camareros. Y seremos Glenda, tú y yo. ¿Qué te parece?

Sin poder evitarlo, Sakura sonrió. Sin duda, allí había intervenido la mano de Itachi Uchiha y recordó aquel «¡Irás aunque, sea lo último que yo haga en este mundo!».

—Me parece que lo vamos a disfrutar —dijo encantada.

Aquella tarde, tras dejar a Ayamé en casa de su amiga Ivanna y a Iruka con los gemelos, Genma y Sakura se dirigieron hacia el Teatro Nokia de Los Ángeles, donde Bruno Mars ofrecería el concierto.

A las siete, el teatro comenzó a llenarse. Sakura y Genma estaban en un lateral del escenario, en primera fila, bailando con la música de los teloneros cuando nadie les pedía copas y mirando felices a otros cantantes que habían ido a disfrutar el espectáculo. Entre ellos estaba Naori, la cuñada de Itachi, y varias amigas suyas a las que había visto en el cumpleaños de Preciosa.

Seguramente ninguna se acordaba de ella, solo era la camarera. Pero ella sí las recordaba.

Con curiosidad, observó a Naori. Vestida con unos simples vaqueros y una camiseta del tour de Bruno, era una chica más. Le encantó servirle una bebida y más aún le gustó ver cómo se hacían carantoñas continuamente con su guapo marido. Eran una pareja ideal.

El concierto de Bruno comenzó a las ocho y aquello se convirtió en una locura. Cantaba bien, bailaba bien y su música era lo mejor de lo mejor.

Durante un buen rato, Sakura buscó a Itachi con la mirada, pero no lo vio.

¿Estaría con la Montgomery? Rápidamente se quitó esa idea de la cabeza. Había conseguido llevarla al concierto de Bruno Mars y sabía que no tardaría en aparecer.

De pronto lo vio llegar. Estaba guapísimo, como siempre, con vaqueros, camisa negra y americana. Se acercó al grupo donde se hallaba su cuñada Naori y los saludó. Desprendía sensualidad por los cuatro costados.

Sus miradas se encontraron y ambos sonrieron. Itachi se acercó y, apoyándose en la barra, pidió una cerveza.

Cuando Sakura se la sirvió, él susurró, mirándola a los ojos:

—Te dije que vendrías, aunque fuera lo último que hiciera, y aquí estás.

—Recuérdame que te coma a besos.

—Puedes empezar ahora mismo —cuchicheó sonriendo.

—Estoy trabajando, señor Uchiha —rio ella.

Itachi contestó con disimulo:

—Si por mí fuera, te sacaría de detrás de esa barra y te besaría delante de todos, para que supieran que eres muy muy especial para mí...

—¡Ni se te ocurra! —exclamó ella.

Y soltó una carcajada, pero la risa se le volatilizó cuando el hermano mayor de Itachi, Utakata, se acercó hasta ellos y dijo:

—¿Has visto a tu excuñadita con el ruso?

Sakura se alejó e Itachi, mirando hacia donde su hermano señalaba, contestó:

—Utakata, ¿quieres hacer el favor de dejar en paz a Hotaru?

El otro resopló.

—Yo mismo le envié una entrada para el concierto. Sé que le gusta Bruno y pretendía pasar un rato agradable con ella.

Itachi sonrió y bebió un trago de su cerveza.

—Pues Hotaru me llamó para pedirme otra entrada y yo se la mandé.

—¡¿Tú?!

Cansado del acoso al que Utakata sometía a la pobre Hotaru, Itachi lo miró seriamente y dijo:

—Mentalízate, hermano, lo que no se cuida, se pierde, y tú la perdiste. ¿Qué narices quieres ahora? —Utakata no dijo nada e Itachi añadió—: Hotaru te dio más de una oportunidad y tú las desaprovechaste. Para ti era más divertido saltar de cama en cama y olvidarte de que esa bonita mujer te esperaba en casa.

—Joder, Itachi...

—No, Utakata, no. Te lo dijimos todos, Shisui, papá, Naori..., pero tú seguiste con tu sucio juego de perseguir faldas, hasta que Hotaru tomó su decisión. ¿Acaso ella no se merece ser feliz? Joder, ¡basta ya! Asume que está mejor sin ti. Es una buena chica que...

—¿Buena chica? —se mofó Utakata—. Las buenas chicas no salen con modeluchos como ese. Las buenas chicas son de otra manera.

Sorprendido por lo que su hermano había dicho y cansado de tener aquella conversación con él, Itachi siseó, alejándose:

—Haz el favor de dejar de hacer el tonto de una santa vez y permite que Hotaru sea feliz.

Al quedarse solo en la barra, Utakata pidió una cerveza, que Sakura le sirvió. Con curiosidad, miró al hermano mayor de Itachi. Tenía la misma altura que él y en cierto modo se parecían. Aunque en realidad los tres hermanos Uchiha se parecían. Eran altos, pelinegros y desprendían un sex-appeal increíble.

De pronto, Utakata levantó la mirada. No muy lejos de él, al otro lado de la barra, vio que Hotaru pedía algo de beber y, cogiendo su cerveza, se acercó a ella.

—Hola, Hotaru —la saludó.

Al oír su voz, ella se volvió y, con una cariñosa sonrisa, respondió:

—Hola, Utakata.

Se miraron durante unos segundos y Hotaru pronto se dio cuenta de que aquello no iba a acabar bien. Conocía muy bien a su exmarido y, acercándose a él, dijo:

—Utakata, no la líes. Tengamos la fiesta en paz.

—Te mandé la invitación porque sé que Bruno te gusta y esperaba pasar una velada agradable contigo.

Al oír eso, ella preguntó:

—¿Y no crees que deberías haberme preguntado a mí si yo la quería pasar contigo?

—Hotaru... —murmuró, acercándose.

Molesta, la glamurosa mujer se retiró el flequillo de la cara y cuchicheó, mirándolo directamente a los ojos:

—¿Qué te ocurre?

Utakata, sin entenderla, o sin querer entenderla, desvió la vista y respondió:

—Nada.

Hotaru lo observó detenidamente y, al verle las pupilas excesivamente dilatadas, exclamó en un susurro:

—Utakata Uchiha, ¿no estarás tomando drogas?

—No digas tonterías —gruñó él.

Por un momento, se desafiaron con la mirada, y cuando él torció la sonrisa Hotaru dijo:

—Ah, no... ¡ni loca! No se te ocurra sonreírme así, ¡porque no! —Y al ver que él iba a decir algo, añadió—: Tú y yo solo somos los padres de una niña maravillosa, ¡nada más! ¿Cuándo te vas a convencer de ello?

Deseoso de estar con ella, Utakata se acercó un poco más y, poniéndole una mano en la cintura, murmuró:

—Amor, lo pasábamos bien en la cama, ¿no lo recuerdas?

A Hotaru se le aceleró el corazón al oír ese apelativo cariñoso con que la llamaba al principio de su relación, pero convenciéndose de que debía alejarse de él, le espetó:

—Haz el favor de quitarme los deditos de encima. Y en cuanto a lo que dices, sí, no te lo voy a negar. Lo pasábamos superbién en la cama. Pero ¡aún recuerdo lo bien que lo pasabas con todas en la cama!

—Amor... —insistió él, acercándose a su boca.

De un empujón, Hotaru lo alejó y dijo enfadada:

—Ah, no. Ya no soy tu amor. ¡Te prohíbo que me llames así! —Se acaloró, consciente de lo que le provocaba ese apelativo—. Por suerte para mí, ahora soy el amor de otro que me respeta y besa por donde piso.

Al ver aquello, Alexei se acercó a ellos, pero antes de que pudiera abrir la boca, Utakata le soltó un derechazo. El ruso lo esquivó y lanzó otro, que esta vez sí impactó directamente en el pómulo de Utakata, y este cayó sentado en el suelo.

Itachi, al verlos, miró a su hermano Shisui y murmuró:

—Joder.

Alexei, un bicho rubio de casi dos metros y con cara de mala leche, miró a Utakata y siseó:

—No vuelvas a ponerle las manos encima.

—¡Es mi mujer! —insistió él.

Sakura y Genma se miraron sin saber qué hacer, mientras la gente se arremolinaba a su alrededor.

—¡Era tu mujer! —le aclaró el ruso furioso.

Hotaru, horrorizada al ver aquello, detuvo a Alexei, que iba a repetir la acción, mientras Itachi y Shisui llegaban presurosos para ocuparse de su hermano. Durante unos segundos, los tres Uchiha discutieron por lo ocurrido, hasta que Shisui se llevó a Utakata de allí de malos modos. Instantes después, Itachi se acercó a una nerviosa Hotaru y dijo:

—Lo siento, preciosa. Intentaremos que no vuelva a suceder.

Ella asintió y, aproximándose a su excuñado, murmuró confusa:

—Yo también lo siento, Itachi, pero...

Él le puso un dedo contra los labios para que no continuara.

—Es mi hermano y lo quiero, pero no te merece y eso lo sabemos todos, aunque nos duela. Por lo tanto, no te tienes que disculpar por nada, ¿de acuerdo?

Ella asintió, se acercó un poco más a él y cuchicheó:

—Creo que Utakata está tomando algún tipo de droga. Vigiladlo. Esos amigotes con los que va te aseguro que consumen de todo y en grandes cantidades, y sus ojillos me han mosqueado.

Itachi asintió y, tras darle un beso y abrazarlo con cariño, Hotaru agarró al ruso de la mano y se marchó hacia donde estaban Naori y sus amigas. La vida continuaba y a ella ni Utakata ni nadie la iban a parar.

Sakura miró a Itachi, sorprendida por aquel jaleo, y él, tras guiñarle un ojo, se alejó en busca de sus hermanos.

—Uiss, cachorra, ¡qué salseo! —exclamó Genma, acercándose.

—Ya te digo —dijo Sakura.

—Vaya... vaya... hasta los ricachones son camorristas.

Ambos rieron y siguieron trabajando.

Un buen rato más tarde, Sakura observó cómo dos mujeres, a cuál más guapa, se acercaban a Itachi y comenzaban a hablar con él. Parecían estar manteniendo una amena conversación e instantes después se dirigieron los tres a la barra donde estaba ella, para pedir algo de beber. Sakura les sirvió e Itachi, haciendo grandes esfuerzos, intentaba no mirarla, aunque le era imposible. Sin embargo, no quería causarle problemas.

A pesar de que Sakura lo entendía, su actitud no le hizo gracia. Y menos al ver que él sonreía y parecía pasarlo bien con aquellas dos tontas.

Genma, que se había percatado de ello, murmuró mientras se aproximaba a su amiga:

—Como diría mi abuela Carmela, ¡menudas descaradas!

Naori, que bailaba junto a sus amigas, al mirar hacia la barra, vio a su cuñado con dos modelos. Sonrió. ¡Era un ligón! Y al ver a la chica del pelo multicolor, se preguntó dónde la había visto antes.

Estaba sumida en sus pensamientos cuando se percató de que Itachi se volvía para buscar con la mirada a la joven del pelo de colores. Eso le llamó la atención y más aún que le guiñara un ojo. ¿Estaba ligando con tres mujeres a la vez? Menudo machote.

La idea la hizo soltar una carcajada, hasta que vio a la joven del pelo multicolor hacerle una peineta a Itachi con toda la mala leche del mundo. Eso la dejó estupefacta y más aún cuando vio a su cuñado sonreír al verla. Pero ¿qué ocurría allí?

El humor de Sakura se volvía más sombrío a cada instante. Verlo ligotear con aquellas en sus narices le estaba jorobando la noche y el concierto. Genma, que la conocía muy bien y lo estaba viendo todo, se acercó a ella y susurró:

—Suelta ahora mismo el cuchillo de cortar el limón, que me estás dando miedo.

Sakura lo hizo rápidamente y, mirándolo, dijo:

—Voy por más hielo a la cámara de atrás. Te quedas unos minutos solo con Glenda.

Y sin mirar a Itachi, salió de la barra y caminó a toda prisa hacia el pequeño almacén.

Necesitaba perderlos de vista y relajarse o haría una tontería. Con brío, llegó hasta la cámara y, abriéndola, se agachó para sacar tres paquetes de hielo. Cuando cerró la cámara y se dio la vuelta, Itachi estaba allí.

—Vete a la mi-er-da —siseó enfadada.

Él sonrió y, quitándole el hielo de las manos, la besó. Le metió la lengua en la boca y le hizo saber cuánto la deseaba y cuánto anhelaba estar con ella.

—Solo te deseo a ti —murmuró tras el fogoso beso.

Confusa, Sakura lo miró y dijo:

—¿Y si... y si lo nuestro solo es una casualidad tonta de la vida y ...?

—Eres la casualidad más bonita, preciosa e inquietante que me ha ocurrido nunca —la cortó, sin dejar de mirarla con aquellos ojazos que cortaban el aliento.

Extasiada por lo bien que elegía siempre sus respuestas, asintió, pero no pudo evitar añadir:

—¿Y por eso tonteas con esas?

—No estoy tonteando, cielo. Son dos amigas y estoy hablando con ellas.

—¿A eso lo llamas hablar?

—Cariño, debes aprender a diferenciar lo que ellas desean y lo que deseo yo. Como te habría dicho mi madre, esa es la regla número uno de una pareja — insistió Itachi—. Que ellas me deseen no te ha de preocupar, porque creo que te dejo siempre... siempre bien claro que yo solo te deseo a ti. Esas mujeres no me importan ni quiero nada con ellas.

Sakura suspiró. Tenía razón, pero que ellas lo mirasen con deseo la molestaba.

Al ver su gesto contrariado, Itachi se acercó de nuevo a ella y aclaró:

—Si no te beso delante de todo el mundo, como me gustaría, no es por mí, es por ti. Tú eres la que no quieres desvelar nuestra relación ante todos, ¿verdad?

Asintió como una autómata y él, soltándola tras darle un beso rápido, dijo:

—Anda, vete de aquí antes de que no pueda contener más mi deseo y te haga el amor sobre la cámara de hielo, sin importarme que nos vean o no. Y oye, haz el favor de no volverme a mandar más a la mi-er-da y confiar en mí.

Con una gran sonrisa, Sakura salió de allí corriendo, y él también sonrió. Instantes después, Itachi la siguió y, tras mirarla y sonreírle, se acercó a donde estaban sus amigos.

Naori, que había visto todo el movimiento de los dos, al recordar que aquella chica había estado en el cumpleaños de Preciosa, se dirigió a la barra y, con una sonrisa, le pidió algo de beber. Se quedó de piedra cuando leyó su nombre en el cartelito. ¡¿Sakura?!

¿Aquella era Sakura? ¿La Sakura del mensaje secreto?

La contempló encantada. Ahora le cuadraba todo y, mientras se ponía junto a su cuñado con su bebida en la mano, preguntó:

—¿Ha venido esa tal Sakura al concierto?

Itachi la miró extrañado. Pero ella sonrió, parpadeó con comicidad y murmuró para que nadie la oyera:

—Me la tienes que presentar. Me gusta mucho su pelo de colores. Y que te haya hecho una peineta me ha encantado. ¡Sin duda es de las mías!

—Es española.

—¡Toma ya! —Aplaudió Naori, más que contenta—. Preséntamela ahora mismo.

Su cuñado sonrió y, tras guiñarle un ojo, cuchicheó:

—Todo a su tiempo, moradita.

Después todos siguieron disfrutando del concierto durante un buen rato, hasta que de pronto el cantante B. o. B subió al escenario y, tras chocar la mano con Bruno, este dijo por el micrófono:

—Esta canción va dedicada a todas las chicas bonitas que hay hoy aquí. —Un grito general de satisfacción se elevó en el auditorio y Bruno continuó—: Pero muy especialmente a Sakura, de parte de mi buen amigo Itachi.

—¡Ay, Diosito! —murmuró ella.

—Ay, cachorraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa —murmuró Genma, emocionado—. ¡Qué románticoooooooooooooooooooooo!

Y, sin más, comenzó a cantar la preciosa canción Nothing On You.

Beautiful girls all over the world.

I could be chasing, but my time would be wasted.

They got nothing on you, baby.

Nothing on you, baby...

Atónita, Sakura miró a Itachi, que estaba frente a ella, y sonrió al ver el gesto divertido de él. Aquella canción hablaba de un hombre que podía estar persiguiendo a todas las mujeres del mundo, pero su tiempo solo lo quería para la chica que le interesaba y lo tenía enamorado. Solo para ella. No existía ninguna más.

Emocionados, hechizados, atontados y hablándose con la mirada, ambos disfrutaron la canción, sin percatarse de que Naori los observa divertida. ¡Allí había tomate! No le cabía la menor duda de que su cuñado se había fijado en aquella joven y, conociendo a Itachi, ella debía de ser muy especial.

Y «especial» era la palabra. Así se sentía Sakura ante lo que Itachi acababa de hacer. Sin poder parar de sonreír, canturreó la canción y movió los hombros al compás de la música y la voz de Bruno, mientras su pelinegro sonreía, volviéndola loca.

Ese detalle tras los tontos celos de ella le decía mucho. Nunca había conocido a un hombre tan detallista y protector como Itachi. No había nada en él que no le gustara. Lo que había comenzado de una manera imprevista, se había convertido en algo muy especial y, encantada, se dejó observar por su Uchiha particular, mientras Bruno seguía con la canción y cientos de personas la bailaban y la coreaban a su alrededor. Cuando acabó, la gente aplaudió enloquecida. Itachi se acercó a la barra y, tras pedir una cerveza, dijo sin acercarse a ella, para no meterla en líos.

—¿Te ha quedado claro de una vez que solo me importas tú?

Ella asintió como una tonta y, con una encantadora sonrisa, Itachi añadió:

—Estaré esperándote en la puerta C cuando acabes tras el concierto.

Sin poder apartar la vista de él, volvió a asentir, mientras él se marchaba y se acercaba a sus hermanos.

Genma, aún emocionado, dijo:

—Ay, Dios mío de mi alma, de mi vida y de mi existir. ¡Esto ha sido lo más!

—Ya te digo... —contestó Sakura, aun temblando.

¿Sería Itachi ese caballero especial al que se refería George?

Cuando terminó de atender a dos clientes que le habían pedido un par de bebidas, Genma se acercó a ella y dijo:

—Ahora mismo vas a llamar al Cangrejo y vas a decirle que este fin de semana no cuente contigo porque estás enferma, y como ni mañana ni el domingo tienes que ir a trabajar por la mañana al restaurante y Ayamé estará de cumpleaños con su amiga, ¡disfruta de un fin de semanita entero de locura y desenfreno con ese pedazo de pelinegro!

—Pero...

—No hay peros que valgan, cachorra. Tú te vas con ese pedazo de tío que corta el tráfico, como yo me llamo Genma Shiranui y soy de Badajoz. Vas a pasar el fin de semana que te mereces y le vas a contar lo de los niños de una santa vez. Ah... y no quiero verte por casa hasta el domingo o juro que te echo a palazos. Iruka y yo nos quedamos con los gemelos y con Ayamé cuando regrese del cumpleaños de su amiga. Y tranquila, no serás una mala madre por haber pensado en ti una sola vez en diez años.

—Pero...

—¡Que te calles y me escuches! Qué aunque Kai nos pinte la Capilla Sixtina en el salón o nos mate con sus pedos y Kairi nos bloquee todos los aparatos electrónicos de la casa, ¡no te preocupes! Ese hombre y tú merecéis pasar más de tres horas juntos y un fin de semana os vendrá a las mil maravillas.

Tras pensarlo con frialdad, Sakura asintió.

Era la primera vez que se iba a alejar tanto tiempo de los niños y, como decía Genma, ¡se lo merecía!