19. Tanto

Los días pasaron y, tras verse un par de noches más y disfrutar de su mutua compañía y su sensualidad, Itachi se marchó solo a México.

Sakura llamaba cada día a Nevada. La salud de George empeoraba, pero Linda le pidió que respetara lo que le había prometido a su marido y no fuera a verlos. Para ella fue duro, pero cumplió su palabra.

La pena la consumía y eso la hacía necesitar aún más oír la voz de Itachi. Al final, un día, tras hablar con Linda desde el restaurante, lo llamó a su móvil.

Al ver que era el teléfono del restaurante donde Sakura trabajaba, interrumpió un rato la reunión en la que se encontraba. La llamada lo hizo muy feliz y le puso una sonrisa en la boca que ya no lo abandonó en todo el día.

En cambio, a Sakura se le congeló la sonrisa cuando por la noche vio en la televisión unas imágenes de él bailando en una gala con una guapa mujer.

La noche siguiente, mientras trabajaba en un evento, Naruto se le acercó y preguntó:

—¿Todo bien, cara bonita? —Sakura asintió sonriendo y él añadió—: ¿Has roto con el ricachón?

—¿Por qué preguntas eso? —replicó sorprendida.

Naruto, que sufría en silencio la indiferencia de ella, se acercó un poco más de la cuenta, y respondió:

—Porque llevo noches observando que no te viene a buscar y he visto cierta información que ha salido en la prensa, que estoy seguro de que no te ha gustado nada.

Molesta con ese comentario, Sakura dio un paso atrás y dijo:

—Mira, Naruto, te quiero un montón y no tengo ganas de discutir contigo, por lo tanto, desaparece de mi vista antes de que la mala leche se apodere de mí y te diga lo que no quieres oír.

Él sonrió, a pesar de las pocas ganas que tenía de hacerlo y, sin más, se marchó.

Sakura maldijo. Al llegar al trabajo esa noche, había visto una revista con la información a la que Naruto se refería. ¿Por qué tenía que ser todo tan difícil?

Genma, que llegó en ese momento, se le acercó y, al ver el brío con que colocaba las cosas, preguntó:

—¿Tienes el moño virao, cachorra?

—Eso. Tú cabréame más —siseó ella, con cara de pocos amigos.

Genma suspiró. Sabía que Sakura no lo estaba pasando bien últimamente y, al ver sus ojeras, dijo:

—El Cangrejo me acaba de pedir que te diga que el evento que había tras este se ha anulado.

Ella asintió y murmuró aliviada:

—Menos mal.

Durante los días que Itachi llevaba fuera, había intentado hacer horas extra para luego disponer de alguna noche libre con él. Todo lo que hiciera por estar juntos le parecía poco.

—¿También pretendías dormir hoy menos de tres horas? —preguntó Genma.

—¿Por qué me preguntas eso? —gruñó Sakura, mirándolo.

—Porque las ojeras te van a llegar a las rodillas, nena —respondió él, mientras recogía copas de cava vacías.

Sakura era consciente de ello. Le bastaba con mirarse al espejo para verlo, pero aun así, replicó:

—Genma, no empecemos otra vez con eso.

Sin ganas de discutir, su amigo asintió, pero no pudo evitar preguntar curioso:

—¿Él sabe lo que estás haciendo? ¿Sabe que te estás matando a trabajar para poder tener tiempo libre para estar juntos?

—No. —Y al pensar en la imagen que había visto de refilón de Itachi tomándose algo con una morena en Cancún en un programa del corazón, añadió—: Y a este paso dudo que lo vaya a saber.

Dándose la vuelta, se alejó para continuar con su tarea, pero Genma la siguió.

—¿Qué clase de trabajo iba a hacer en México? —quiso saber.

—¡Ay, Genma no se lo pregunté! —respondió molesta.

Su amigo la miró con paciencia y dijo:

—No saques conclusiones sin haber hablado antes con él. Ya sabes que a veces la prensa es muy sensacionalista. —Y al ver que ella no decía nada, insistió—: Ese Itachi Uchiaha es una monada de tiarrón y no es de extrañar que intenten emparejarlo con toda bicha viviente. Y, además, si está en una gala de música, lo normal es que salga bailando con una mujer, lo raro sería que saliera bailando agarradito con un hombre, ¿no crees?

Sakura suspiró. Desde luego, quería pensar que era así y, animándose, murmuró en plan loba:

—Itachi es muy macho para bailar agarradito con un hombre.

—Uiss, qué zorrasca eres, ¡so perra! —Ambos rieron y Genma insistió ya en serio—: ¿Has hablado hoy con él?

—No.

—Por el amor de Dios, nena, ¿por qué no lo has llamado esta mañana desde el restaurante y le has contado lo que viste?

—Sabes muy bien por qué —replicó.

Sí, sin duda lo sabía perfectamente y, cansado de aquello, la apretó:

—¿Cuándo le vas a decir lo de los niños?

—Nunca —contestó Sakura —. Creo que nunca y, antes de que me sigas haciendo preguntas tontas, elaboradas por tu bonita cabeza llena de pajaritos, déjame decirte que cada día estoy más convencida de que lo que hay entre nosotros es lo que es y no hay más.

—Pero ¡si me contaste que te dijo que te quería! — Sakura maldijo en voz baja y Genma preguntó—: ¿Se lo dijiste tú también a él?

Ella no respondió. Desde el día que les había contado a Iruka y a Genma su maravilloso fin de semana, y había incluido ese tonto detalle, no había contestado a su pregunta.

Ahora, Genma le quitó la bandeja de las manos y dijo, mirándola:

—Se lo dijiste, ¿verdad?

—No.

—No mientas, cachorra, que te conozco. —Y antes de que ella dijera nada más, él añadió—: En los años que hace que nos conocemos, nunca te he visto sonreír como lo haces ahora y esforzarte hasta el agotamiento para poder quedar con alguien. Por tanto, no me niegues que le has dicho que lo quieres y no me digas que lo vuestro solo es lo que es, porque no te creo, ¿entendido?

—Vale, tienes razón. Se lo dije. Incluso se lo escribí y ahora estoy muy ... muy enfadada por haberlo hecho. Yo aquí, sufriendo, y él... él en Cancún, divirtiéndose con mujeres guapas. ¿Contento?

—Contento estaría si tú estuvieras en Cancún con él, como te pidió —respondió él.

Tras un tenso silencio Sakura, consciente de que la situación se le había escapado de las manos, se sentó en una silla y dijo:

—Genma, la vida de ese hombre y la mía siguen caminos distintos y yo lo único que he hecho ha sido disfrutar de un momento dulce. Lo he pasado bien, él lo ha pasado bien. Eso es todo.

—Pero...

—Escúchame —dijo ella, cortándolo—. Si algo he aprendido de todo lo que me ha pasado es que hay que vivir al día y no pensar en lo que podría ser. Yo procuro estar en el presente, el futuro ya vendrá. Si me permito pensar, si me permito soñar en una bonita historia de amor, te aseguro que la primera que se va a llevar un chasco voy a ser yo. Por lo tanto, vivo el día a día y nada más. Y ahora, si cierras esa bocaza llena de dientes que tienes y terminas de recoger, nos podremos ir a casa.

Y, sin más, se levantó y prosiguió con su trabajo, convencida de lo que había dicho. Mientras, su amigo le hizo caso: cerró la boca y recogió con brío las copas vacías que quedaban.

Esa noche, cuando Sakura llegó a casa, tras hacer su ronda y ver que los tres niños dormían plácidamente, se duchó, se puso un pijama fino y se acostó. Dos segundos después, notó que alguien se subía a su cama. Era Kai.

—¿Qué ocurre, cariño?

—Mami, un bicho me picaba el pie —dijo el niño, acercándose a ella.

Rápidamente, Sakura le miró el pie y, al no ver nada, supuso que había sido una pesadilla. Lo besó en la frente y lo acurrucó contra ella. Pero al hacerlo, algo se movió dentro del calzoncillo del niño. Sakura suspiró, buscó bajo la prenda y sacó una pulsera verde de Ayamé.

—Duerme —murmuró sonriendo—. Mami está contigo y el bicho no te picará.