21. No sé olvidar

Pasaron dos días y por fin tuvo fiesta. Sakura fingió ante todos que estaba estupenda, aunque por dentro se estaba desangrando lentamente. Genma e Iruka intentaron hablar con ella, pero se negó a escucharlos. No había nada de qué hablar.

Aquella mañana, tras telefonear a Linda, como siempre, hizo la compra, cocinó para la semana, lo congeló y limpió. Estaba pasando el aspirador cuando le sonó el móvil y, al ver de quién se trataba, la saludó:

—Hola, Diamantina.

—Hola, guapísima, ¿qué tal?

Sakura, tras mirar la leonera que era su casa, respondió:

—Limpiando, no te digo más.

Diamantina soltó una carcajada.

—Te llamo porque hemos recibido un encargo y te quieren a ti para el servicio.

—¿A mí?

—Sí. Es la misma dirección de hace unas semanas. Al parecer, debiste de cocinar de maravilla, porque nos han llamado y han pedido específicamente que fueras tú.

Al oír eso, a Sakura se le disparó el corazón. Itachi había vuelto y quería verla. Por un instante, sintió la necesidad de dejarlo todo e ir. Se moría por verlo. Pero no, no lo haría. No iba a ir corriendo tras él en cuanto se lo pidiera. Sus niños eran lo primero y pasaría su día libre con ellos, por lo que respondió:

—No puedo ir, Diamantina. Esta vez me es imposible.

—Vaya, cuánto lo siento. —Y sin cambiar su jovial tono de voz, añadió—: Hablaré con la clienta e intentaré convencerla de que tenemos otras cocineras tan buenas como tú.

—Seguro que lo consigues —murmuró ella, intentando que no se le notara la decepción.

Tras despedirse de la secretaria, colgó y se sentó en el sofá con el aspirador en la mano. Aquellas fotos en la revista le habían hecho pupa. Por lo tanto, tema zanjado.

El teléfono volvió a sonar y, sorprendida, Sakura vio que era Diamantina de nuevo.

—¿Qué ocurre?

—Sakura, cielo, disculpa que sea tan pesadita, pero he hablado con la clienta y me dice que triplica la cantidad a pagar. En vez de ciento cincuenta dólares, si vas tú pagarían cuatrocientos cincuenta. Pero ¿qué les hiciste para cenar el otro día?

Sakura se quedó boquiabierta. Itachi no se lo iba a poner fácil. Aquello era mucho dinero para ella, pero cerrando los ojos, respondió:

—Diamantina, lo siento, pero de verdad que no puedo.

Colgó con un suspiro. Itachi se podía permitir aquello y muchísimo más, por lo que desconectó el teléfono móvil. No estaba dispuesta a escuchar ninguna oferta más.

Encendió el aspirador y siguió limpiando. Si ponía en la balanza a Itachi y a sus hijos y su hermana, sin duda se quedaba con estos. Si lo perdonaba, con toda seguridad él la haría sufrir y la decepcionaría, igual que le había pasado a su excuñada Hotaru con su hermano. No. Ni loca caería de nuevo en sus redes.

Además, el martes era el único día que podía salir con los niños, llevarlos a la playa, a comer una hamburguesa, un helado, al cine y esta vez no pensaba decepcionarlos, ni por Itachi ni por nadie.

Por la tarde, cuando ellos salieron del colegio y regresaron a casa con Iruka, los abrazó y les puso los bañadores y crema solar. Después cogió el cesto con las toallas, agua, patatas y todo lo que pensó que se les podría antojar y se marcharon a la playa a disfrutar del precioso día.

Una vez llegaron allí, todos se metieron rápidamente en el agua. Se divirtieron de lo lindo hasta que los niños vieron a unos amiguitos, con los que se pusieron a jugar. Encantada al ver a Ayamé riendo con unas niñas y a los gemelos jugando con sus cubos y otros pequeños de su edad, caminó hacia su toalla, sacó un libro y se sentó a leer mientras los vigilaba.

Así estuvo un buen rato, hasta que vio a Itachi sentarse a su lado.

—No sé si matarte o besarte —dijo él—. Y sí, he jugado sucio para encontrarte. No me has dejado otra opción.

Sakura se quedó patidifusa al verlo allí. Durante varios segundos se miraron sin decir nada, hasta que él la besó en la boca y susurró:

—Hola, cielo, y no, no voy a permitir que te alejes de mí. ¿Sabes por qué? —Ella negó atontada con la cabeza—. Porque el amor es como la guerra, fácil de empezar, pero difícil de terminar.

—¡Ay, Diosito! —murmuró.

Sin moverse, miró a sus tres niños con disimulo. Por suerte, Ayamé seguía con sus amiguitas y Kai y Kairi jugaban en la orilla con los otros críos.

Como no decía nada, Itachi le quitó las gafas de sol para mirar aquellos ojazos verdes y dijo:

—Regla número uno: nunca hagas caso de lo que dice la prensa del corazón. Regla número dos: no vuelvas a colgarme el teléfono. Y regla número tres: no vuelvas a desconfiar de mí, ¿entendido?

De pronto, Sakura reaccionó y preguntó:

—Pero ¿qué haces aquí? ¿Quién te ha dicho dónde estaba?

Él sonrió y, besándole un hombro, respondió:

—He ido a tu casa y ...

—¿A mi casa? Itachi asintió.

—Te acabo de decir que no me has dejado otra opción que jugar sucio. Cuando Paola no ha conseguido que esta noche vinieras a mi casa, me he encabronado más de lo que ya lo estaba y he llamado a mi cuñada Hotaru. Ella ha telefoneado a su amigo Harry, el dueño de la empresa para la que trabajas, y así he conseguido tu dirección y tu teléfono. —Al ver su gesto desconcertado, añadió—: Te dije que podía conseguirlo cuando quisiera, cariño.

—Pero tú...

Le tapó la boca con la mano y prosiguió:

—Te he llamado al móvil, pero lo tienes desconectado, así que no me ha quedado más remedio que ir a tu casa. Allí me he encontrado a Genma, el del pelo verde, al que, por cierto, casi le da un infarto al verme, y tras someterlo a un tercer grado, me ha acabado diciendo que estabas aquí, en esta playa, y que solías sentarte cerca de la tienda de helados de toldos de color naranja.

«Lo mataré —pensó ella—. Mataré a Genma en cuanto lo vea».

—¿Y qué se supone que quieres?

—Te quiero a ti —contestó él, contento de volver a estar con ella—. Y solucionar ese tonto malentendido de la prensa. Te he echado de menos, taponcete —añadió bajando la voz.

—Mira, Itachi —replicó ella—, lo nuestro es lo que es y nada más. Y no voy a calentarme la cabeza pensando en algo que nunca será. Tú eres quien eres y yo soy quien soy y ...

—Pero ¿qué estás diciendo? —preguntó molesto.

Durante los días que había pasado en México no había parado de pensar en ella y oír aquello le estaba doliendo en el alma.

—La verdad —respondió Sakura —. Y creo que lo mejor es que regreses a tu mundo de lujo y guapas mujeres y me dejes vivir en paz. Soy consciente de que yo solo soy una camarera de Los Ángeles, no una actriz glamurosa como Etta Vazquez o una modelazo de esas con las que te sueles divertir. —Pero al ver cómo la miraba, añadió molesta—: Lo siento, no pretendía echarte nada en cara, pero vi las puñeteras fotos de la revista y yo... yo... pensé que...

—¿Qué pensaste? —preguntó interesado.

—¡Eres un idiota!

—Wepaaaa, veo que pensaste mal —soltó él con una media sonrisa.

Desconcertada por su tranquilidad y su sonrisa, insistió:

—Tú tienes una vida que no tiene nada que ver con la mía. Ha sido precioso estar contigo. Nos hemos divertido mucho. Me ha encantado que me cantaras al piano y ... y ... ¡joder! Yo soy una chica normal que está muy lejos de tu mundo y ... y ... me confundes. ¡No quiero problemas...!

—¿Problemas? ¿Qué problemas?

Convencida de que a cada instante metía más la pata, fue a contestar, pero el pequeño Kairi llegó corriendo, se sentó en su regazo y dijo:

—Mami, quiero un helado.

Itachi miró al pequeño pelirrojo. Después miró a Sakura y, con gesto demudado, repitió:

—¡¿Mami?!

No le dio tiempo a decir nada, porque Kai también llegó.

—Mami, quiedo un helado de cocholate.

Itachi parpadeó. ¿Eran sus hijos? ¿No eran hijos de la pareja gay?

Atónito, vio que aquellos gemelos tenían los mismos ojos verdes que Sakura, no tenían el pelo rosado, pues eran pelirrojos, pero tenían los mismos rasgos que ella. Ella asintió con cara de circunstancias y entonces se oyó:

—Mamita, dame dinero, que voy a comprar los helados.

Boquiabierto, Itachi volvió la cabeza y se encontró con una niña rubita. ¿Le estaban tomando el pelo? ¿Aquello era una cámara oculta? Y, con una sonrisa forzada, miró a Sakura y preguntó:

—Esto es una broma, ¿verdad?

Ella negó con la cabeza con cara de póquer, intentando que los pequeños no se percataran del mal rollo que allí se estaba generando por segundos, y sacando rápidamente su monedero del cesto, dijo:

—Toma, Ayamé, llévate a Kairi y a Kai y compraos el helado que queráis.

Sin quitarle ojo a Itachi, que ahora miraba la arena, la niña preguntó:

—¿Te gusta mi biquini verde?

Aún confuso por lo ocurrido, él la observó y, como un autómata, dijo sonriendo:

—Sí. Es muy bonito.

Ayamé, encantada, se acercó a él y, mirando el llavero de coche que tenía en las manos, preguntó:

—¿Eres el novio de mamita?

—¡Ayamé! —la regañó Sakura.

—Mamita, ¡es guapísimo!

—¡Ayamé, cállate! —insistió Sakura.

—Pero, mamita, tiene los ojos bonitos como los amaneceres de Acapulco.

—¡Zu novio! —Aplaudió Kai, echándose sobre los hombros de él como un bulto.

Sakura, al ver que Itachi se vencía hacia delante por el peso del niño, le ordenó bajar rápidamente, mientras Ayamé insistía:

—Mamita linda, piénsalo. Es guapo, tiene coche y una sonrisa perfecta. ¡Es lo que queremos!

Sakura cerró los ojos. Aquello no podía estar pasando. Y, sin mirar a Itachi, que seguía a su lado con una expresión indescifrable, se dirigió a su hermana y le dijo:

—Por favor, Ayamé, ve a comprar los helados.

La niña se dio la vuelta, pero volviéndose de nuevo, preguntó, mirando a Itachi:

—¿Quieres un helado?

Él, incapaz de hablar, negó con la cabeza y la pequeña, tras coger a los gemelos de la mano, se alejó hacia el puesto de helados.

—¿Tres? —susurró Itachi descolocado—. Dios santo, ¿tienes tres hijos?

—Sí —afirmó con rotundidad.

Durante varios segundos, se miraron sin decir nada. Ambos se levantaron de la arena y Sakura murmuró:

—Te lo iba a decir, pero... pero no encontraba el momento y ...

—¿Y qué?

Consciente de que lo había hecho muy mal y de que la manera en que él se había enterado no era la mejor, dijo:

—Lo he hecho mal, lo sé. Pero nunca pensé que tú y yo...

—Pero ¿cómo me has podido ocultar algo así? —preguntó él, echando a andar furioso hacia el parking de la playa—. ¿Acaso me crees un ser tan insensible?

—No, Itachi —contestó Sakura, siguiéndolo—. Pero no es fácil contar mi vida.

Enfadado, siseó:

—Te he preguntado por tu vida cientos de veces. ¡Cientos! Pero tú, inexplicablemente, decidiste omitir algo tan importante como la existencia de tus hijos. Ese era tu juego, ¿no?

—No debo nada al banco —aclaró ella rápidamente—. Si trabajo tanto es para poder mantenerlos y ...

—No me interesa —le espetó Itachi—. Nada de lo que me cuentes ahora me interesa. Creía que entre tú y yo había algo más que un simple rollo. Pero por lo que veo, me equivoqué.

Sakura se sentía fatal y le dio la razón.

—Lo he hecho mal, lo acepto. Pero...

—Mira, Sakura, en este instante estoy terriblemente decepcionado.

—Te quiero...

Al oír eso, Itachi la miró irritado y contestó:

—Ahora no, Sakura. Ahora no me digas eso porque no quiero escucharlo.

—Itachi, por favor, déjame explicarte. Acabas de decirme que el amor es como la guerra, que...

—Me has estado engañando como a un idiota —la cortó descompuesto—. Te he preguntado mil veces por tu vida y tú siempre... siempre... ¡Joder, que tienes tres hijos!

—Mami... mami... —Oyó de pronto tras ella.

Sakura, consciente de que uno de los niños estaba demasiado cerca y podía oírlos discutir, dijo mirando a Itachi:

—Sí, tengo tres hijos y quien me quiera a mí, primero tiene que quererlos a ellos. Por ellos me mato a trabajar cada día y por estar contigo me he privado de horas de sueño. Mi vida no es fácil y antes de que me juzgues, me gustaría poder explicarte ciertas cosas. Pero por favor, ahora, delante de ellos, sonríe y sígueme la corriente. —Y volviéndose hacia su hijo con una encantadora sonrisa, preguntó—: ¿Qué ocurre, cariño?

—Mami, ¿adónde vas? —quiso saber Kai, cogiéndose a su pierna.

—Me estaba despidiendo de mi amigo, que se marcha —le explicó ella.

El niño asintió y, mirando a Itachi, preguntó:

—¿Cómo te llamaz?

Él lo miró. Aquel pequeño hombrecito que lo contemplaba con ojos angelicales no se merecía pagar su enfado; sonrió y dijo, agachándose:

—Itachi. ¿Y tú?

Dando un paso adelante para estar más cerca de él, Kai contestó:

—Kai. ¿Y po qué te vas?

Al ver que él seguía bloqueado por el descubrimiento, Sakura se agachó junto a ellos y dijo:

—Itachi se tiene que ir a trabajar, cielo.

—Jo... ¡qué dollo! —respondió Kai con gracia y, acercándose a él, le dio un beso en la mejilla—: Adiós, Itachi. No tabajez mucho.

Incapaz de no hacerlo, Itachi sonrió y, tras darle también un beso al pequeño en la mejilla, se levantó, miró a Sakura y añadió secamente:

—Adiós.

—Adiós —respondió ella con un hilo de voz.

Cuando él dio media vuelta y se encaminó hacia el parking de la playa, Sakura sintió que varias manitas se enredaban en sus piernas y su cintura. Sus niños estaban allí con ella y Ayamé, al ver el coche de Itachi, murmuró:

—¡Ay, Diosito! Qué cochazo tiene. Mamita, queremos que ese sea tu novio.

Sakura sonrió con tristeza al escucharla y, dándose la vuelta, echó a andar con ellos hacia las toallas.

Desde el coche, Itachi observaba a la joven del pelo multicolor que, rodeada de niños, se alejaba de él. En la vida habría imaginado que tuviera hijos. ¡Y menos tres!

Los observó unos instantes y, a pesar de su enfado inicial, pensó que ahora le cuadraban muchas cosas. Que trabajara tanto, que nunca se quedara a pasar la noche con él y que tuviera siempre ese aire de agotamiento. La sorpresa lo había dejado literalmente sin palabras y, todavía desconcertado, arrancó su coche y se marchó. Era lo mejor.

Esa noche, Sakura lo llamó por teléfono. Necesitaba hablar con él y darle las explicaciones que quisiera pedirle, pero al ver que era ella, Itachi no lo cogió. Sakura lo intentó algunas veces más esa misma noche e incluso le mandó varios mensajes. Pero ya de madrugada, al ver que no le devolvía las llamadas ni respondía sus mensajes, desistió.

Por mucho que le doliera, sin duda Itachi Uchiha, ahora sí, era pasado.