24. Encadenados

Dos noches más tarde, Sakura fue a trabajar a El Mono Rojo.

Allí, como siempre, desconectó de su día a día ante la locura de los asistentes. Poder bailar mientras trabajaba la sacaba un poco de la rutina y, a las doce de la noche, cuando todos los camareros se subieron a la barra y comenzaron a repartir tequila, le pareció ver a Itachi entre los presentes. Aunque, en cuanto volvió a mirar, con aquella luz tan tenue no fue capaz de encontrarlo.

«Estoy alucinando», pensó, mientras seguía bailando y repartiendo licor.

Desde el otro lado de la sala, Itachi la observaba con gesto ceñudo. Odiaba que hubiera vuelto a trabajar en aquel local y más ver al jefe de seguridad, el tal Naruto, siempre tan cerca de ella. Todavía se ponía enfermo al recordar el beso que se dieron. Los celos le podían.

Sin duda, Sakura era una buena chica, pero la gente que estaba allí no se paraba a pensarlo y ella sonreía a todos los imbéciles que se acercaban a la barra a beber.

Verla reír y bailar con sus compañeros le rompía el corazón y le hacía pensar que debía olvidarla como ella lo había olvidado a él. Pero algo en su interior no lo dejaba y, cuando vio que un tipo la agarraba por la cintura y la bajaba de la barra contra su voluntad, salió como un cohete y, dando codazos, se acercó para quitárselo de encima.

Naruto también acudió y entre los dos consiguieron apartar al borracho de Sakura. Los compañeros de seguridad lo sacaron rápidamente del local y Naruto, al ver a Itachi parado detrás de ella, se dio la vuelta y se marchó. Allí sobraba.

Sakura, que aún no se había percatado de la presencia de Itachi, tras maldecir por lo que había pasado, se dio la vuelta para subirse de nuevo a la barra y se quedó sin palabras al verlo tan cerca de ella. Podía oler su colonia y, a pesar de la oscuridad del local en ese momento, le veía perfectamente la cara, con su incipiente barba y sus ojazos.

Durante unos segundos no se movieron. Solo se miraron a menos de un palmo, mientras la gente a su alrededor continuaba bailando, bebiendo y divirtiéndose.

Incapaz de alejarse de ella, Itachi dio un paso adelante y, tras pasarle un brazo por la cintura, la atrajo hacia él y la besó. Llevaba semanas anhelando aquella boca, aquellos labios, aquel sabor, y ahora que la tenía delante, no se pudo resistir.

Sakura, tan necesitada como él, al sentir sus suaves labios sobre los de ella, cerró los ojos y lo aceptó. Devoró su boca y, cuando la ansiedad la estaba volviendo loca, hizo algo que había visto muchas veces, pero que ella nunca había llevado a cabo. Cogió a Itachi de la mano, entregó la botella de tequila a otra chica y se lo llevó al aseo de mujeres.

Itachi no opuso resistencia y en el momento en que entraron y Sakura cerró la puerta de uno de los excusados, la cogió en volandas y la apoyó con cuidado contra la pared, mientras el olor de su piel le inundaba las fosas nasales, haciéndole perder la poca cordura que le quedaba.

Instantes después, le subió la falda con impaciencia y le arrancó las bragas de un tirón.

Su respiración se aceleró mientras la canción de Enrique Iglesias Bailando continuaba sonando. Ninguno de los dos iba a oponer la más mínima resistencia a lo que estaba a punto de ocurrir allí.

Excitada por la situación, a Sakura le importaron tres pepinos las bragas, que alguien pudiera oírlos o que su jefe la pudiera despedir. Necesitaba disfrutar de él y lo haría. Sin ningún tipo de vacilación, le desabrochó el botón del vaquero y le bajó la cremallera.

Itachi fue a decir algo, pero ella murmuró contra su boca:

—No lo pienses, ¡hazlo!

Dispuesto a seguir su consejo, sacó su duro pene del calzoncillo y, llevándolo hasta su húmeda vagina, con una rápida y certera estocada, la penetró. El chispazo que ambos sintieron los hizo gritar.

Sakura le rodeó el cuello con los brazos y se arqueó pegada a él, dispuesta a permitir que su miembro entrara totalmente en su cuerpo.

—Odio que trabajes en este local. No soporto que te miren los hombres. Me pone enfermo que bailes para ellos —siseó Itachi, de pronto furioso—. ¿Qué haces aquí?

Jadeante, Sakura lo miró y respondió con rotundidad:

—Trabajar. Eso es lo que hago.

Loco de deseo, quiso recordarle que le había prometido que no volvería allí, pero en vez de eso, respondió con amargura:

—Tienes razón. Lo nuestro acabó y puedes hacer lo que quieras.

Como respuesta, ella lo besó. Enloquecidos y fuera de sí, jadearon sin aliento. Itachi le sujetó la mandíbula con una mano y la volvió a besar. Introdujo la lengua en su boca y se la asoló una y mil veces, al tiempo que la penetraba con fuerza, certero y contundente.

Extasiada y tan anhelante como él, Sakura apoyó los pies en la pared de enfrente mientras Itachi le agarraba las manos, se las sujetaba por encima de la cabeza y sin descanso la hacía suya.

Sus gemidos y penetraciones al rozar piel contra piel resonaban en el baño con descaro. Pero a ninguno de los dos pareció importarle. Cuando Itachi le soltó las manos, ella las bajó hasta el trasero de él y lo azotó para que no parara.

Esos ligeros azotitos endurecieron todavía más a Itachi y, con rudeza, siguió penetrándola una y otra y otra vez, mientras disfrutaba de la sensación de locura que le provocaba encontrarse en aquellas circunstancias.

Por su posición social y por su edad, nunca había hecho nada igual. Sakura lo estaba volviendo loco. Tan loco como para estar haciendo el amor en el aseo de mujeres de una discoteca. Si los periodistas se enteraban, sería un escándalo, pero en ese instante eso tampoco le importó. Solo le importaba ella y el goce que ambos estaban sintiendo.

Itachi aceleró sus acometidas en busca del éxtasis y cuando llegaron al clímax, tras un ronco gruñido varonil, apoyó la frente contra la de ella hasta que recuperó el control.

Una vez su corazón bajó de ritmo y la respiración de Sakura dejó de ser un fuelle, salió de ella, la dejó en el suelo y, mientras se limpiaba con papel, murmuró:

—Joder... joder... qué he hecho.

—¡Qué hemos hecho! —matizó Sakura, tocándose la barbilla, dolorida por el roce de la dura barba de él.

Itachi no contestó. Se limitó a acabar de limpiarse y a subirse los pantalones furioso. Instantes después, la miró y siseó:

—Esto no puede volver a ocurrir.

—Itachi ...

—Ha sido un error y asumo mi parte de culpa —insistió él.

Se volvieron a mirar. Sakura quería decirle infinidad de cosas, pero entonces se oyeron unas risitas. Y no dispuesta a que él la viera hundida y derrotada, sonrió y dijo con frialdad, recogiendo algo del suelo:

—Tienes razón, ha sido un error. Pero quédate con la parte buena. Has echado un buen polvo con la camarera en los aseos de El Mono Rojo.

Itachi la miró. ¿Cómo podía responder con esa frialdad?

Ofuscado, turbado y confuso, abrió la puerta y, ante la mirada extrañada de las mujeres presentes, se marchó.

Sakura salió tras él aún con la respiración acelerada. Las mujeres la miraron también. Sin duda, lo que acababa de hacer era una locura y un descaro, pero ya estaba hecho. De modo que, fingiendo seguridad en sí misma, les guiñó un ojo y, antes de marcharse, dijo alto y claro:

—¡Os lo recomiendo, chicas!

Ellas se echaron a reír y cuando Sakura llegó a la sala, vio que Itachi salía a toda prisa por la puerta principal.

En ese instante, alguien la cogió del brazo y, al ver que se trataba de Naruto, fue a decir algo, pero este se le adelantó:

—No me puedo creer lo que acabas de hacer.

Sakura suspiró y, mirándolo con la misma frialdad con que había mirado a Itachi, replicó:

—No soy la dulce mujer que tú piensas, naruto. Convéncete de una santa vez.

Y, soltándose, caminó hacia la barra, donde abrió una cerveza y le dio un trago. Estaba sedienta y, después de lo ocurrido, le parecía que el corazón se le iba a salir del pecho.

Se dio aire en la cara con la mano. Lo necesitaba para reponerse del huracán de sentimientos y sensaciones que estaba experimentando.

Minutos después, tras servir un par de copas que unos clientes le pidieron, se acercó a Genma, que estaba preparando unos cócteles y, abriendo la mano, dijo, mientras le enseñaba unos trozos de tela:

—Mis bragas.

—Pero ¿qué les ha ocurrido a tus bragas?

—Itachi Uchiha acaba de estar aquí.

Genma abrió mucho la boca.

—Noooooooooo.

—Sí —afirmó ella.

—¿En serio, cachorra?

—¡Te lo juro!

—Uisss, ¡qué descarada!

Sakura sonrió. Sin duda, se había comportado como una auténtica descarada, pero tratándose de Itachi, lo volvería a repetir cien mil veces más. Se tocó la barbilla, que seguía teniendo dolorida, pero no le importó. Su olor, el olor de él, ahora estaba en su piel, y lo compensaba todo.

Minutos después, tiró las bragas rotas al cubo de la basura y, consciente de lo ocurrido y de que ya no había marcha atrás, siguió trabajando. Eso sí, sin bragas.