25. Con solo una mirada
Dos noches más tarde, Sakura trabajaba en un cóctel que daban en una conocida discoteca de Los Ángeles y se quiso morir cuando vio aparecer de nuevo a Itachi, con un traje oscuro y su barba de varios días, del brazo de la rubia de otras fiestas con un increíble vestido rojo que le quedaba de infarto.
¿Por qué tenía que asistir a todos los eventos en los que ella trabajaba?
Sakura se miró en un espejo. Aquella mujer tan guapa y ella con su feo uniforme de faldita negra y camisa blanca. Maldijo su mala suerte y Genma, acercándose a ella, cuchicheó:
—Cachorra... cuidadito con las bragas.
No pudo evitar sonreír y siguió trabajando.
Se movió con habilidad entre los invitados, llevando la bandeja de copas en la mano, sin acercarse a él, hasta que de repente, oyó:
—Hombre, si está aquí mi amiga la colorines.
Al volverse, se encontró de frente con el pelmazo del rey del blues y, haciendo un requiebro, se lo quitó de encima en un pispás.
Sin poder evitarlo, observó a Itachi desde lejos con el corazón encogido. Aquella barba lo hacía aún más sexy.
—Yo que tú me lo volvía a llevar al baño y le arrancaba los calzoncillos.
—¡Genma! —protestó ella.
—O mejor, ¡arráncale a esa buscona las extensiones! —añadió su amigo, al ver cómo la rubia se restregaba contra Itachi.
—¡Genma! —rio Sakura en esta ocasión.
Siguió con su trabajo, lo más alejada de ellos que pudo. Parecía que Itachi no se había percatado de su presencia y quería que continuara así.
Pero él ya la había localizado y la controlaba con disimulo. Si iba a aquellas fiestas era solo por verla. Era el único momento del día en que encontraba paz. Aunque no pudiera acercarse a ella, al menos sabía que estaba bien. Con eso le bastaba, de momento.
Veinte minutos más tarde, el cantamañanas amigo de Itachi se acercó de nuevo a Sakura y le dio un azotito en el trasero.
Con ganas de darle una patada en la entrepierna, ella lo miró y dijo:
—Señor, se ha extralimitado.
Aquel idiota sonrió y, cogiéndola del codo, cuchicheó:
—La última vez te ofrecí ciento cincuenta dólares por pasar un ratito contigo tras la fiesta, pero hoy estoy generoso y lo subo a doscientos. ¿Qué te parece?
—Señor, suélteme.
—Vamos, guapita, seguro que lo pasamos bien.
Se lo quitó de encima de un empujón y se alejó de él, pero al meterse en el pasillo que llevaba a las cocinas para ir por más copas, el hombre apareció de nuevo y, empujándola contra la pared, acercó la boca a la de ella y siseó:
—¿Sigues rechazándome?
—¡Suélteme! —masculló furiosa.
Pensó en estamparle la bandeja vacía en la cabeza, pero cuando a lo iba a hacer, una mano la paró. Al volverse, se encontró con los intimidadores ojos de Itachi. No se dijeron nada, solo se miraron, y él la arrancó de los brazos del otro y murmuró:
—Rick, si te vuelves a acercar a ella o...
—Pero ¿tú no has venido con Enith? —preguntó el otro, molesto, justo en el momento en el que la mencionada aparecía.
Al ver la extraña situación, la joven se acercó y le preguntó a Itachi:
—¿Qué ocurre, cariño?
Sakura la miró.
¿Ya lo llamaba « cariño» ?
Él, con cara de pocos amigos, clavó una peligrosa mirada en el imbécil de Rick e insistió, sin percatarse de que Naruto los observaba de cerca:
—Si vuelves a propasarte con ella, te juro, Rick, que lo vas a lamentar.
—Pero Itachi, ¿qué estás diciendo? —se quejó el otro hombre y, malévolo, añadió—: Si tú saliste con ella, ¿por qué no puedo hacerlo yo?
Al oír eso, Sakura miró a Itachi incrédula. ¿Se lo había contado?
Enith, que se había quedado descolocada ante las palabras de Rick, la miró con una expresión que a Sakura no le gustó y preguntó:
—Itachi, ¿es cierto que has estado saliendo con esta camarerucha?
—Eh... un respeto —saltó ella.
Itachi, molesto al ver la mirada acusadora de Sakura, le preguntó al cantante sin responder a Enith:
—¿Y tú cómo sabes que yo he estado con ella?
—Os vi juntos por la calle —contestó Rick y, sonriendo, añadió—: ¿Cuánto le pagas?
—Vete la mierda —explotó Sakura, al mismo tiempo que Itachi le daba un puñetazo que lo doblaba en dos.
—Oh, Dios mío, esto es humillante —se quejó Enith, alejándose.
Itachi acercó la boca al oído del gimoteante Rick y dijo:
—Estoy hasta las narices de aguantarte y me importa una mierda si no vuelves a contratar ninguna de mis canciones en toda tu vida. Yo trato a las mujeres con delicadeza. No soy un cerdo como tú, que les paga para que estén contigo. Y en cuanto a esta mujer en concreto, estemos o no juntos, te quiero bien lejos de ella, ¿entendido? Porque si vuelvo a verte cerca, o presiento que la tocas o le dices algo fuera de lugar, te aseguro que lo que te vas a llevar esa vez no va a ser un simple puñetazo.
Rick no contestó. Apenas podía respirar por el golpe, pero Itachi, queriendo escuchar una respuesta, insistió, mientras veía que Naruto se acercaba:
—¿Entendido?
Finalmente, Rick asintió. En ese momento, Naruto lo agarró del brazo y dijo:
—Acompáñeme, señor.
Sin mirar a Sakura, Naruto se alejó con él, dejándola a solas con Itachi.
Ninguno de los dos dijo nada, se limitaron a mirarse, hasta que Itachi, con un gesto todavía demudado por la rabia, se dio la vuelta y regresó a la fiesta.
Sakura, aún con la respiración acelerada, intentó tranquilizarse y, cuando lo hizo, fue a la cocina, buscó a su jefe y, con un hilo de voz, dijo:
—Señor Kabuto, no me encuentro bien. ¿Podría quedarme en la cocina para ir rellenando las bandejas de canapés?
El hombre asintió. Aquella joven nunca se quejaba del trabajo y, mirando a otra muchacha, ordenó:
—Samantha, ve tú a servir fuera. Sakura se quedará en tu lugar.
Ella le sonrió agradecida y comenzó a dedicarse a su tarea.
Al entrar y verla allí, Genma se le acercó rápidamente y preguntó:
—¿Qué haces aquí?
Tras contarle lo ocurrido, él resopló; encontrarse con algún pelmazo era normal.
—Cachorra, si te ha defendido es porque aún siente algo por ti —opinó.
Durante horas, Sakura llenó bandejas de canapés, copas de cava y preparó todo lo que le pedían. Y cuando la velada terminó y recogieron, salió junto a Genma y vio el coche de Itachi aparcado en la puerta de atrás. El corazón se le aceleró. Él estaba allí, esperándola. Pero instantes después, arrancó y se fue.
Al ver cómo se alejaba el coche, Genma fue a decir algo, pero ella suplicó:
—No, por favor. No digas nada.
Cuando llegó a su casa, fue a ver a los pequeños, se duchó y se metió en la cama con el iPad. Escuchar la canción Love le hacía revivir los maravillosos momentos que había pasado con él. Habían sido los mejores días de su vida. Aquel hombre, con su caballerosidad, su sonrisa y su cariño, le había llegado al corazón de una manera bestial y ahora tenía que aprender a olvidarse de él.
