27. Sin ti
Veinte minutos después, seguía sentada en el suelo cuando oyó unos pasos rápidos que se acercaban. Al levantar la cabeza, vio que se trataba de Itachi y, olvidándose de todo lo ocurrido, se levantó y se echó en sus brazos. Así estuvieron unos segundos, hasta que la separó y al ver sus ojeras preguntó:
—¿Por qué no me has llamado antes?
El llanto se volvió a apoderar de ella e Itachi la acarició y la abrazó, mientras le daba consuelo. Cuando consiguió tranquilizarla, la sentó en una silla y Sakura le contó entre hipidos lo que ocurría.
Itachi se levantó y dijo:
—Voy a llamar a mi hermano Shisui. Es médico en el Ronald Reagan y sabrá mejor que yo lo que hay que hacer.
Sakura asintió. Mientras hablaba con su hermano, Itachi la miraba, sentada en aquella silla, esperando. En los días que llevaba sin verla había adelgazado varios kilos y sus ojeras y su rostro demacrado revelaban lo agotada que estaba.
Cuando colgó, se acercó a ella y dijo:
—Vamos a llevarnos a Ayamé al Ronald Reagan. Shisui ya ha mandado una ambulancia para recogerla. Sobre la cuenta de aquí, les daré mis datos para que me pasen la factura.
A Sakura se le llenaron los ojos de lágrimas y murmuró:
—Gracias... gracias...
Desconcertado al ver a aquella muchacha con tanta vida tan desesperada, la asió de los hombros y, cuando consiguió que lo mirara, dijo:
—A partir de ahora olvídate del dinero, ¿entendido? Tú me has pedido ayuda y yo te la voy a dar.
Una hora después, Ayamé era trasladada al otro hospital.
Al llegar allí, Shisui salió a recibirlos y, cuando vio a la joven del pelo de colores, le pareció que la conocía de algo, pero no preguntó. Lo primero era la niña.
—Hola, soy Shisui, el hermano de Itachi —se presentó, tendiéndole la mano, una vez que hubieron bajado a la pequeña de la ambulancia.
Sakura lo miró y, abrazándolo, murmuró:
—Gracias... gracias por todo. —Y al apartarse de él, añadió con una triste sonrisa—: Yo soy Sakura Haruno.
Instantes después, se les acercó otro médico y, tendiéndole la mano a Sakura, dijo:
—Soy el doctor Gallardo, jefe de cardiología pediátrica. —Miró los papeles que Shisui le tendía y preguntó—. ¿Estos son los informes de la paciente?
—Sí —respondió ella.
Mientras se dirigían al interior del hospital, el doctor Gallardo le dijo a una enfermera:
—Pídeme análisis de sangre completos, radiografía de tórax, ecocardiografía y electrocardiografía. Seguramente necesitaremos un cateterismo, pero eso se lo haremos mañana. Cuando tenga las primeras pruebas, podré valorar el tema de la operación.
Sakura miró a Itachi asustada. No entendía nada de lo que el doctor Gallardo decía. La jerga médica no era lo suyo.
—Tranquila —dijo él, sonriéndole—. Saben lo que hacen.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó el doctor Gallardo a la niña.
—Ayamé —respondió ella, mirando a su alrededor.
Al ver sus labios azulados y lo asustada que parecía estar, el médico se inclinó sobre ella y dijo:
—Tienes un nombre precioso Yo soy el doctor Gallardo y te voy a curar. Te aseguro que cuando salgas del hospital, podrás correr en bicicleta todo el tiempo que quieras.
—No tengo bici. Es muy cara y mami no puede comprarla —contestó la pequeña.
Sakura suspiró al escucharla e Itachi dijo:
—Yo te regalaré la que tú quieras, ¿vale?
Ayamé asintió y, con voz cansada, preguntó:
—¿Puede ser de color verde?
—Podrá ser del color que tú quieras —intervino Shisui y añadió—: Ahora, despídete de mamá. Vamos a hacerte unas pruebas y ella no puede venir.
La niña miró a Sakura con gesto asustado y preguntó con un hilo de voz:
—Mami, no te irás, ¿verdad?
Ella la besó emocionada al verla por fin en buenas manos, y afirmó:
—De aquí no me muevo hasta que te tenga de nuevo conmigo.
Una vez se la llevaron en la camilla, a Sakura se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Sakura, no te preocupes por nada —dijo Shisui—. Ayamé está en las mejores manos. —Y, mirando a su hermano, añadió—: Id a tomar algo a la cafetería. En cuanto acabemos con las pruebas te llamaré al móvil.
Cuando Shisui se fue también y la puerta se cerró, Itachi miró a la ojerosa Sakura y, tendiéndole la mano, dijo:
—Vamos. Creo que necesitas comer algo.
—Prefiero esperar aquí.
Sin darse por vencido, él le cogió la mano e insistió:
—Ya has oído a Shisui.
Consciente de que era lo mejor, Sakura se dejó llevar y, por primera vez desde que lo habían dejado, se sintió protegida y segura. Itachi la hacía sentir todo eso y no solo porque ahora la estuviera ayudando con su problema.
—No sé cómo agradecerte lo que estás haciendo por mí —dijo, mientras iban hacia la cafetería.
Itachi sonrió y, tirando de ella, cuchicheó:
—De momento, comiendo algo.
La cafetería estaba casi vacía. Era la una de la madrugada y a esas horas pocos eran los que la utilizaban. Se sentaron a una mesa e Itachi fue a pedir. Minutos después, regresó con una bandeja repleta de comida.
Cuando Sakura la vio, sonrió con tristeza.
—No tengo hambre, Ittachi.
Pero él negó con la cabeza y afirmó:
—Te vas a tomar un caldo y al menos un sándwich ¡y lo vas a hacer ya!
Ella quiso protestar, pero no tenía fuerzas, y al final se comió lo que él le decía. Luego, sintiéndose mejor, sonrió y murmuró:
—Gracias.
Itachi la miraba desde el otro lado de la mesa, deseoso de abrazarla, de besarla, de hablar con ella e intentar resolver lo que había ocurrido entre los dos. Sin proponérselo, Sakura se había convertido en el centro de su vida y las semanas que había estado sin ella habían sido un desastre en lo personal, aunque no en lo profesional.
Como decía su madre, el desamor era una musa estupenda para los compositores y, por primera vez en su vida, Itachi lo comprobó. Su corazón roto y la ausencia de Sakura le habían bastado para comenzar a componer algo muy interesante.
Ella, que se había percatado de cómo la miraba, pensó nerviosa que tenía que explicarle muchas cosas. Así que, tras aclararse la garganta, le contó la verdad de su vida.
Le habló de su padre, de su madre y de su hermano, y de cómo habían llegado a México. También le habló del nacimiento de Ayamé, a la que trataba como a una hija, y de los bares de dudosa reputación en los que había tenido que trabajar como camarera para sacarla adelante. Le relató su faceta como piloto de carreras ilegales en México, del padre de los gemelos y le explicó cómo había huido de él, escondiéndose para que no la encontrara. También le dijo lo importantes que eran para ella y los niños Linda, George, Iruka y Genma. Cuánto cariño les habían dado y cómo, en cierto modo, les salvaron la vida.
Itachi la escuchó sin parpadear. Nada de lo que le contaba podía haberlo imaginado. Su vida no había sido nada fácil y, a través de sus palabras y del descarnado relato, entendió su cabezonería, su desconfianza y un sinfín de cosas más.
Sakura, consciente de lo que le había contado, se recostó en la silla y murmuró:
—Huyo de mi pasado, de Nagato. Tengo miedo de que me encuentre y ... —Itachi le cogió la mano para darle valor y ella, recuperándose, dijo—: En estos años no he confiado en nadie más que en George, en Linda, en Iruka y en Genma, que siempre han estado a mi lado y nunca, a pesar de todo lo que me ha pasado desde que me conocen, me han abandonado. Me han ayudado a sacar adelante a los niños, a pagar las medicinas de Ayamé, en ocasiones la guardería de los gemelos y, como dicen ellos, y yo corroboro, son mi única familia.
—Sin duda son tu familia —afirmó Itachi.
—Si no fuera por su cariño y por todo lo que han hecho por mis pequeños y por mí, hoy no estaríamos aquí. —Y clavando los ojos en él, añadió—: Estoy avergonzada de ciertas cosas que hice en mi pasado y aún más por habértelas ocultado, pero... —Y, emocionada, finalizó— gracias por ayudarme con lo de Ayamé. Te prometo que cueste lo que cueste te devolveré hasta el último céntimo y ...
— Sakura, basta, olvídate del dinero —susurró conmovido.
Durante varios segundos se miraron a los ojos y, finalmente, Itachi dijo:
—Si tú no me hubieras llamado hoy, dudo que hubiera pasado un día más sin hacerlo yo. —Eso la sorprendió y él prosiguió—: He estado mil veces con el teléfono en la mano, pero mi orgullo herido me lo ha impedido. Te echo de menos. Me estaba volviendo loco por no hablar contigo, y asistía a los eventos porque era la única manera de estar cerca de ti. —Y al ver que ella parpadeaba, añadió—: Lo que hicimos en los aseos de El Mono Rojo fue una locura, pero por ti lo repetiría una y mil veces. Porque cada que te veo quiero besarte, tenerte y poseerte. Y en cuanto a Enith, la mujer con la que me has estado viendo, es solo una amiga. No ha ocurrido nada entre nosotros, créeme. La he llevado con la esperanza de darte celos y lo que he hecho ha sido jorobarme más a mí mismo.
—¿Tú querías darme celos?
Itachi asintió.
—Veo cómo les sonríes a los hombres cuando trabajas y quería que sintieras lo que siento yo cuando te veo hacerlo. Pero repito, no ha ocurrido nada entre Enith y yo. Después siempre la he llevado a su casa y ...
—¿Ella no lo ha intentado?
Itachi sonrió y respondió con mofa:
—Por supuesto. Ya sabes que soy irresistible.
—Fanfarrón. —Sakura sonrió al escucharlo.
Tras unos segundos en silencio, él comentó:
—Te vi con Naruto. Vi cómo lo besabas y luego os marchabais en su moto. ¿Hay algo entre vosotros?
—No, no hay nada —susurró—. Pero esa noche estaba dolida por haberte visto besar a esa tal Enith y él y yo fuimos a un motel.
Itachi cerró los ojos, dio un golpe en la mesa con la mano y se levantó sin querer escuchar más. Sakura lo vio alejarse hacia el fondo de la cafetería, mientras se pasaba la mano por el pelo, nervioso. Se apoyó en la pared y, tras mirarla unos instantes, regresó a su lado y, agachándose para estar a su altura, le sujetó la cara con las manos.
—No sabes cuánto me jode saber que has estado con él —dijo—, pero yo me lo busqué al iniciar ese juego tan peligroso con Enith para darte celos.
—Itachi...
—¿Qué? —preguntó él en voz baja.
—Esa noche estuve con Naruto, pero él paró cuando susurré tu nombre.
Itachi acercó los labios a los de ella y, tras besarla con delicadeza, murmuró:
—Me gusta oír eso, pero no quiero saber más.
Sakura asintió. Itachi, se sentó de nuevo frente a ella en la silla y dijo:
—En cuanto a los niños, no te mentiré, me da vértigo, pero sé que forman parte de ti y los quiero también en mi vida. Os quiero a todos en mi vida —añadió—. Y en referencia a ese tal Nagato, no te has de preocupar por nada. Ahora me tienes a mí y yo haré todo lo posible porque ese sin vergüenza no os moleste ni a ti ni a los pequeños.
—Itachi, no puedo... —murmuró emocionada.
—Escúchame, por favor. A mi lado podéis estar tranquilos. Me encantan los niños y...
—Te gustan un ratito, ¡lo dijiste!
Él asintió al recordar aquella conversación y, clavando sus impresionantes ojos en ella, replicó:
—Lo dije antes de saber que la mujer a la que quiero con toda mi alma tiene tres. Y si tenerte a ti, quererte a ti, significa tener y querer a tres hijos, lo haré encantado. —Y sin parpadear, añadió—: Mi madre biológica murió al nacer yo y cuando mi padre se casó con mi madre, ésta nos aceptó a Utakata y a mí. Luego nació Shisui. Y si ella me quiso y me hizo sentir su hijo al cien por cien, ¿por qué no voy a querer yo a los tuyos y hacerles sentir que son míos?
—¡Ay, Diosito! —murmuró Sakura emocionada.
—Y en referencia a Ayamé, no te preocupes por nada, por favor. Yo me ocuparé de todo y ...
No pudo decir más. Sakura se levantó y lo besó. Al principio con delicadeza, pero al cogerla él entre sus brazos y sentarla en su regazo, el beso se intensificó, convirtiéndose en un arrebato de pasión.
Se habían echado mucho de menos, se habían añorado mutuamente y eso solo podía significar una cosa: se querían y ante algo así no podían hacer nada.
Cuando sus bocas se separaron, Sakura, todavía en una nube, murmuró:
—No puedo creer que mi niña esté con tu hermano haciéndose pruebas y que yo esté aquí besándote y deseando quitarte la ropa.
Itachi respondió sonriendo:
—Cuando todo esto pase, te quiero solo para mí al menos un par de días. Así podré cuidarte, mimarte y hacerte entender de una vez por todas lo importante que eres para mí.
—¿En serio me has echado de menos? —preguntó ella, todavía sorprendida.
—Cada microsegundo del día.
Sin poder creer que algo tan bonito le estuviera pasando a ella, sonrió y él, encantado, cuchicheó:
—Esa sonrisa tuya me vuelve loco y ya soy incapaz de no tenerla solo para mí.
En ese momento, a Itachi le llegó un mensaje al móvil.
—Es Shisui. Dice que subamos a la planta de pediatría.
Sin tiempo que perder, cogidos de la mano, salieron de la cafetería. En el ascensor, al ver su gesto preocupado, Itachi murmuró, agarrándola por la cintura:
—Tranquila, cielo, tranquila.
Al abrirse las puertas, encontraron a Shisui esperándolos, apoyado en el mostrador de las enfermeras. Los miró y sonrió al verlos cogidos de la mano, algo que también a él le encantaba hacer con Naori. Y por ese gesto supo que su hermanito había caído en las redes del amor.
—Acompañadme —dijo.
Se dirigieron a una sala en la que estaba el doctor Gallardo, que sonrió al verlos. Una vez todos se sentaron, les explicó que ya habían realizado todas las pruebas excepto el cateterismo, que harían por la mañana.
—Creo que lo mejor sería que ahora os fuerais a descansar —añadió Shisui.
—No, yo no me puedo ir de aquí —saltó Sakura.
—Cariño, tienes que dormir —intentó hacerla razonar Itachi—. Ayamé estará bien cuidada.
—Le prometí que no me iría sin ella y no me voy a ir —insistió ella.
Los tres hombres se miraron y, finalmente, el pediatra explicó:
—El cateterismo será a las diez de la mañana y la necesito al cien por cien para que luego esté con ella.
—Mañana me tendrá al mil por mil —afirmó Sakura —, se lo aseguro, pero no me voy a mover de su lado.
Shisui miró a su hermano, que, tras encogerse de hombros, dijo:
—Nos quedaremos con Ayamé en la habitación y prometo ocuparme de que Sakura duerma y descanse.
—Entonces no se hable más —contestó el pediatra y, levantándose, le dijo a Sakura—: Venga conmigo, la llevaré a la habitación de Ayamé.
Una vez en el cuarto, Sakura llamó a Linda para contarle lo que había pasado y decirle que Ayamé estaba en el hospital. Shisui, al quedarse a solas con su hermano, preguntó con mofa:
—¿De la manita? —Itachi sonrió—. ¿Esa no es la chica que...?
—Sí, es ella. La camarera que me echó encima la bebida y que, posteriormente, estuvo en la fiesta de cumpleaños de Preciosa.
—A papá le gusta.
—Lo sé. Me lo hizo saber —respondió Itachi divertido.
—¿Ella era el motivo de tu mal humor de los últimos tiempos?
—Sí, pero todo se ha solucionado. Y estoy loco por ella, hermano.
—Wepaaaaa —exclamó Shisui.
Le creía. Solo había que ver cómo la miraba para darse cuenta de que allí había algo más que una simple atracción sexual.
—Es española, ¿verdad?
—Sí.
—Verás cuando se entere Naori.
—Ya lo sabe y está como loca porque se la presente.
Al oír eso, Shisui lo miró y dijo:
—¿Cómo es posible que yo no supiera nada?
—Porque tu mujercita me ha guardado el secreto, y muy bien, por lo que veo.
Shisui asintió. Naori era increíble guardando secretos y comentó divertido:
—Dos españolas en la familia. Eso a papá le encantará.
En ese instante, a Shisui le sonó el buscador avisándolo de una urgencia. Itachi lo abrazó y le agradeció que lo hubiera ayudado con aquel tema. Una vez salieron de la salita y su hermano se marchó, se encaminó hacia la habitación que este le había indicado.
Durante unos segundos se paró ante la puerta y después, tras llamar con delicadeza, entró.
La estancia estaba en penumbra y vio a Sakura inclinada sobre la cama. Se acercó a ellas y sonrió al ver a la pequeña con los ojos abiertos.
—Mamita, ¿es el chico guapo del cochazo y de los ojos como los amaneceres de Acapulco?
—Sí —contestó Sakura.
—Y tú eres la chica guapa del biquini verde, ¿verdad? —preguntó él. Encantada de que se acordara del color de su biquini, Ayamé asintió e Itachi, sorprendiéndolas a las dos, dijo—: Chica del biquini verde, ¿me ayudarías en una cosa?
—Si es fácil, claro que sí.
—¿Le podrías preguntar a tu mamita si quiere ser mi novia?
Al oír eso, Sakura se quedó sin aliento. Nunca se había imaginado vivir un momento así.
—¡Ay, Diosito! —exclamó Ayamé.
Divertido por esa expresión tan de ellas, Itachi soltó una carcajada y supo que su vida ya nunca volvería a ser la que era.
