29. Desde cuándo

Linda regresó a Minnesota, pero llamaba dos veces al día. Quería saber si todo iba bien.

Ayamé mejoraba y Sakura había hablado con la empresa Harry Events para darse de baja momentáneamente. Solo trabajaría por las mañanas en el restaurante. Era un buen trato.

Esa mañana, mientras hablaba con Ayamé y Genma en la habitación del hospital, la puerta se abrió y apareció Naori, acompañada por Itachi y Shisui, con globos y varios peluches.

Al verla, Genma, Ayamé y Sakura exclamaron al unísono:

—¡Ay, Diosito!

Los recién llegados se rieron e Itachi dijo, acercándose a la pequeña:

—Ayamé, a mi hermano Shisui y a lo conoces, ¿verdad? —La niña asintió y él continuó—: Pues ella es su mujer Naori; ¿sabes quién es?

—Es Naori, la cantante —dijo mirándola sin parpadear—. Mamita y yo fuimos a un concierto tuyo.

—¿En serio? —preguntó ella, acercándose—. ¿A cuál?

Nerviosa, Ayamé contestó:

—El del último disco. ¡Fue genial!

—¿Y tienes esta camiseta? —preguntó Naori, sacando una de su bolso.

La pequeña abrió desmesuradamente los ojos al verla y, mirando a su madre, dijo:

—Mamita, ¡es la camiseta que no pudimos comprar! ¡La que yo quería!

Sakura asintió. Aún recordaba la pena que sintió al no poderle comprar aquella prenda tan cara y miró a Itachi, agradecida por el detallazo que había tenido al recordarlo.

—Sí, cariño. La que tú querías.

Naori, contenta al ver la felicidad de la pequeña, le guiñó un ojo a Sakura, y, sentándose en la cama, dijo:

—Pues a partir de ahora tendrás todas las camisetas, gorras y pósteres que tú quieras y vendrás a todos los conciertos con tu madre, con un pase especial. —Y abriendo los brazos, añadió—: Dale un beso a tu tía Naori.

Al oírla decir eso, Sakura se emocionó y Genma, tan conmovido como ella, dijo:

—Cachorra, pásame un kleenex.

Itachi sonrió. Sabía que aquella visita le iba a encantar a la niña.

Una hora después, cuando Naori y Shisui se marchaban, Genma animó a Sakura a irse a comer mientras él se quedaba con Ayamé.

Ella salió de la habitación con Shisui, Itachi y Naori y le dijo a esta:

—Muchísimas gracias por el detalle. Te aseguro que Ayamé nunca lo olvidará.

La joven sonrió y, tras mirar a su cuñado, que las contemplaba encantado, preguntó:

—¿Qué te parece si me llevo a Sakura a comer algo?

—¿Yo no puedo ir?

—No —rio Naori—. Es una comida de chicas.

Al verse excluido, Itachi miró a Shisui y preguntó sonriente:

—¿Me invitas un sándwich?

—¡Hecho, hermano! —rio Shisui.

—Vamos —dijo entonces Naori, tomando a Sakura del brazo—. Te llevaré al restaurante de un amigo y así podremos charlar.

—Portaos bien y tened cuidado —les recomendó Itachi.

Naori sonrió y, tras guiñarle un ojo a su marido, replicó:

—Tranquilo, intuyo que ambas sabemos defendernos.

Cuando entraron en el ascensor, Naori sacó unas gafas de sol y una peluca oscura de su bolso y, tras ponérselas, dijo:

—Es la única manera de poder salir a la calle sin que nadie me reconozca.

En cuanto llegaron al parking y Sakura vio el coche de Naori, un impresionante Ford Mustang blanco, exclamó:

—¡Qué cochazo!

Al ver cómo lo miraba, Naori le tiró las llaves y dijo:

—Es un regalo de Shisui. ¡Toma, llévalo tú! Yo te indico adónde ir.

Sakura cogió las llaves, encantada, y se sintió increíblemente bien conduciendo aquella máquina. Siguió las instrucciones de Naori y, cuando llegaron ante el restaurante italiano Only You sonrió y aparcó.

Bajaron del coche y, al entrar en el restaurante, Rico, el hombre que aquella noche les había preparado una mesa en la cocina a Itachi y a ella, salió a recibirlas y las llevó a un reservado. Una vez allí, Naori se quitó la peluca y las gafas de sol y, besando al hombre, dijo:

—Gracias, Rico, eres un amor.

Pidieron un par de pizzas y, cuando se quedaron a solas, Sakura, todavía incrédula por estar comiendo con ella, le reiteró las gracias por el detalle que había tenido con Ayamé.

—Ha sido un placer. Y lo de la camiseta me lo comentó Itachi, por eso la he traído. Ahora solo hay que esperar a que la pequeña se recupere y podáis olvidar el susto que habéis vivido.

Sakura asintió. Durante un rato, hablaron de la enfermedad de Ayamé y, después de que les sirvieran una ensalada y las pizzas, miró a la joven y murmuró:

—Te aseguro que todavía no me lo creo. ¡Eres Naori!

La cantante sonrió.

—La que todavía no se cree lo atontado que está Itachi contigo soy yo. Te aseguro que eres muy muy especial para él. Solo hay que ver cómo te protege y se preocupa por ti para saber que está coladito hasta la médula. Y oye, ¡ya le tocaba! Porque el tío es duro de pelar.

Durante la comida, charlaron con familiaridad. Naori le habló de su familia en Tenerife y de sus comienzos con Shisui. Sin poder creerse la confianza que le, demostraba, Sakura la escuchó y, cuando le tocó contar su parte, lo hizo. Naori no salía de su asombro y una vez terminó, preguntó:

—¿Itachi sabe lo que me has contado?

—Absolutamente todo —afirmó ella.

Naori suspiró.

—Mira, Sakura, debo prevenirte. En cuanto la prensa conozca vuestra relación, toda esa vida que me has contado y que con toda seguridad quieres olvidar saldrá a la luz.

—¡No jorobes! No quiero que nadie me vea. Nagato me puede reconocer y ... y ...

Intentando calmarla, Naaori le tocó una mano.

—Tranquila, Itachi cuidará de ti. No es tonto y sabe cómo funcionan estas cosas. Pero yo te aviso de que la popularidad a veces no es tan fácil como la gente cree.

El rostro de Sakura reflejaba a las claras su turbación y Naori, dispuesta a hacerla sonreír, añadió:

—Ya habrás visto que a Itachi se lo ha relacionado con cientos de mujeres. Los Uchiha son así, chica. Unos ligones y unos pichabravas, como diría mi abuela Shizune. —Ambas rieron—. Leerás cientos de noticias sobre ellos, pero no debes creer todo lo que la prensa diga. Si algo he aprendido en los años que llevo con Shisui es que, en ocasiones, para buscar la noticia se inventan muchas cosas. Peroooooo la comunicación entre Itachi y tú nunca debe faltar. Él, por ser un personaje público, es un hombre muy requerido por las mujeres...

—Lo sé. Lo he visto.

Naori soltó una carcajada y, tras darle un mordisco a su pizza, confesó:

—Al principio yo no soportaba que las mujeres miraran a Shisui con deseo, pero hoy en día, cuando lo hacen, les digo con la mirada: «Nena, es mío... muérete de envidia». —Ambas se carcajearon—. En un principio me pasó lo mismo que te va a pasar a ti. Yo no era nadie en este mundillo. Era la nueva y se inventaron cientos de cosas sobre mí. Pero igual que tú vas a hacer, aprendí a superar los cotilleos y todo lo que sale en la prensa. Itachi y tú os queréis como nos queremos Shisui y yo, y juntos formaréis un equipo indestructible.

Sakura le dio las gracias por esas palabras y Naori dijo, mientras le entregaba una tarjeta:

—Aquí tienes mi teléfono.

Ella la cogió y, sacando un bolígrafo de su bolso, escribió su número en un trozo de servilleta.

—Yo no tengo tarjeta, pero aquí tienes mi móvil.

—Cualquier cosa que necesites a cualquier hora del día, me llamas, ¿vale? —se ofreció Naori. Y luego preguntó—: ¿Vendrás al cumpleaños del jefe de los Uchiha en Miami?

Sakura no supo qué contestar. Itachi no le había dicho nada y Naori, convencida de que irían, cuchicheó:

—Ya verás qué bien lo pasamos.

Poco después, tras pagar la cuenta del restaurante, la joven se puso de nuevo la peluca y las gafas y regresaron al hospital.

Al entrar en la habitación, Ayamé estaba dormida y Genma se acercó a Naori y dijo:

—Sé que vas a pensar que soy un frikie y un petardo, pero ¿podrías hacerte un selfie conmigo?

Naori asintió divertida y, tras varios selfies más, los besó y se marchó. Tenía que regresar al estudio de grabación.

Cuando Genma y Sakura se quedaron a solas con Ayamé, él exclamó:

—Ay, cachorra, ¡dime que es verdad lo que ha pasado!

Sakura asintió muerta de risa y en ese momento se abrió la puerta de la habitación.

Era Itachi, que, tras besarla, preguntó:

—¿Todo bien con Naori?

—Mejor imposible —contestó Sakura.

Esa tarde, Ayamé salió por fin del hospital.