30. Tu piel
La llegada de los niños a casa de Itachi estuvo acompañada de una gran algarabía, sobre todo cuando vieron tres relucientes bicicletas esperándolos, una verde y dos rojas. Los gemelos se lanzaron a montar en ellas, mientras Ayamé sonreía y le guiñaba un ojo a Itachi, un gesto que a este le llenó el corazón.
Ella debía esperar a estar recuperada del todo antes de hacer ejercicio, pero sabía que la utilizaría.
Aquel sitio era impresionantemente grande y tener dos piscinas, una interior y otra exterior, a los niños los revolucionó. Y aunque al principio los gemelos se sintieron acobardados, pasados los primeros días ya se movían por allí como en su salsa y hasta Ayamé se animó a inspeccionar la vivienda.
La niña se recuperaba a pasos agigantados y verla tan animada emocionaba a Sakura.
Varias noches después, cuando acostaron a los niños, Itachi y Sakura entraron en su habitación y, mientras se besaban con pasión, sin que hubieran llegado a la cama, oyeron preguntar:
—Mamita, ¿duermes con Itachi?
Se separaron rápidamente y vieron que Ayamé estaba en la puerta.
Sakura decidió ser sincera y contestó:
—Sí, cariño. Itachi y yo nos queremos y dormimos juntos.
—Qué pecadoraaaaaaaaaaaaaaaa.
Él soltó una carcajada. Sin duda la niña era muy graciosa en sus comentarios.
Pero Sakura lo miró con reproche, lo hizo callar y dijo:
—No, cielo, no soy una pecadora. Él y yo nos queremos y ...
—Pero, mamita, los novios solo se besan y se meten mano, pero no duermen juntos.
—Wepaaaa —se mofó Itachi. La pequeña Ayamé era tremenda.
Sakura iba a responder cuando él, acercándose a la niña, dijo:
—Ayamé, los novios de hoy en día a veces duermen juntos y esta es una de esas veces. ¿Te molesta que lo hagamos?
Ella los miró y, tras ladear la cabeza, respondió:
—No, si luego te casas con ella. No quiero que sea una pendeja.
—¡Ayamé! —la regañó Sakura.
—Pensaremos eso de la boda —contestó Itachi divertido— y ahora, ¡a tu cama, señorita!
—¿Os vais a casar?
—¡Ayamé, basta ya! —intervino Sakura.
—Pero si lo ha dicho Itachi. ¡Os vais a casar!
Él se puso a su altura para que lo mirara y repitió:
—Ve ahora mismo a la cama, ¿entendido?
Ayamé, encantada con la noticia, sonrió, se dio la vuelta y se marchó.
—Recuérdame que mañana ponga un cerrojo aquí —comentó Itachi.
—Oye, respecto a lo de la boda yo... —empezó Sakura avergonzada.
Pero Itachi no la dejó acabar. La metió en el cuarto de baño, cerró la puerta y, apoyándola en ella, murmuró:
—Me vuelves loco, ¡pendeja!
Sakura soltó una carcajada y, deseosa de él, se olvidó de todo y lo besó.
Al día siguiente, Itachi, mandó poner un cerrojo en su habitación.
Los días pasaron y Luis Alfonso también llegó a la casa. Cuando Melodía, la perra, lo vio, se tiró literalmente sobre él y este, encantado, sucumbió a sus grandes encantos.
Pero los niños eran unos trastos y no paraban.
Una tarde, Sakura encontró a los dos pequeños metidos en el jacuzzi de Itachi, con el agua saliendo por el borde de la bañera, y se quiso morir al ver lo que habían hecho.
Angustiada, no podía quitarles la vista de encima. Aquella casa era un continuo peligro, no para ellos, sino para la propia casa.
Al final, tras varios días evitando el desastre, Kairi, que jugaba con una pelota, le dio una patada y la estrelló directamente contra una lámpara de cristal, la cual cayó al suelo y se hizo añicos.
—Kairi —lo regañó Ayamé, que estaba sentada en el salón, pintando—. Ya la has liado.
Al oír el ruido de cristales, Sakura, que estaba con Itachi preparando la cena, pues era la noche libre de Paola, corrió hacia el salón. Al entrar vio a los pequeños ante la lámpara rota, los apartó y dijo:
—Os he dicho mil veces que en el salón no se juega a pelota.
—Ha sido Kairi —señaló Kai con su media lengua.
—No, tonto, has sido tú —mintió Kairi con su lengua entera.
Kai, enfadado, lo empujó y Ayamé, que lo había visto todo y sabía la verdad, gruñó molesta, sin levantarse del sillón:
—Mamá, ha sido Kairi, ¡será mentiroso el cagarruta del niño!
—¿Qué es cagaduta? —preguntó Kai.
Itachi los contempló sin abrir la boca y Sakura, enfadada, fue a buscar el recogedor, diciéndole a él al pasar:
—Siento mucho lo de la lámpara.
Él la miró sonriendo, sacó al jardín a Melodía y a Luis Alfonso, y respondió:
—Tranquila, no pasa nada, cielo, se compra otra y solucionado. Y, por cierto, creo que necesitamos ayuda.
—¿Ayuda? ¿Qué clase de ayuda? —preguntó ella y añadió—: ¡Kairi, devuélvele el cochecito a Kai!
—Necesitamos que alguien cuide de los niños mientras nosotros estamos preparando la cena, como en este momento. Ya no tienes a Genma y a Iruka en la casa de al lado y ... ¡ahhhh! —Un golpe en la entrepierna lo hizo doblarse en dos.
—Mamacita, ¡en todo el huevamen! —Soltó Ayamé.
Kairi había lanzado el cochecito de Kai, que había impactado donde Ayamé indicaba. Asustada, Sakura soltó la escoba y corrió a auxiliarlo.
—¿Estás bien?
Itachi asintió y, con un hilo de voz, susurró dolorido:
—Dame un segundo.
Horrorizada, miró a sus hijos, que en ese momento se estaban peleando, y ordenó:
—Chicos, parad. Parad.
Pero ellos no hicieron caso y continuaron con su batalla particular, tirándose por el suelo. Sakura los separó enseguida. Con apenas cuatro años, Kai y Kairi eran muy brutos cuando se pegaban e Itachi se sentó junto a Ayamé, que los observaba en silencio, y preguntó:
—¿Entiendes por qué digo que necesitamos ayuda?
Sakura, más tranquila al ver que se había recuperado del golpe, miró de nuevo a sus hijos y dijo:
—A la pared de pensar, ¡ya!
—¿Tenemos pared de pensar? —preguntó Itachi.
—Es un método que usan en colegio para que se tranquilicen tras haberse portado mal —respondió ella—. ¡Kai! —le advirtió, al ver que le tiraba del pelo a su hermano y que el otro chillaba.
Los separó rápidamente y, poniéndolos a ambos de cara a la pared, exclamó:
—¡A pensar en lo que habéis hecho mal! Y que ninguno se mueva de ahí hasta que yo lo diga.
Los críos comenzaron a darse patadas de nuevo y ella los volvió a separar.
Itachi recordó lo que él había vivido con sus hermanos y sabía que o Sakura se ponía seria o no pararían.
—¿Estos dos siempre son así? —preguntó. Ella asintió y él, intentando sonreír, dijo, mientras cogía el cochecito que estaba en el suelo—: ¡Qué divertido!
Sakura maldijo para sus adentros y supo que no era sincero. Solo había que ver su cejo fruncido para entender que aquello le molestaba.
Minutos después, una vez restablecida la calma, propuso a los niños ir a bañarse. Eso los relajaría.
Pero el baño fue otra guerra difícil de ganar e Itachi decidió quitarse de en medio. Si se quedaba, los regañaría y ese no sería un buen comienzo con ellos.
Agotada, Sakura les dio de cenar tras el baño y cuando subió a abrir las camas, se quedó alucinada al ver el pasillo pintarrajeado. Enfadada, se dio la vuelta y gritó desde la escalera:
—¡Kai, sube aquí ahora mismo!
Era increíble. ¿Cuándo había podido hacer aquello?
El pequeño, acompañado por Kairi e Itachi, comenzó a subir la escalera y al ver la cara de su madre, se paró y dijo:
—Mami, yo no he ponido los dibujos de la paded.
Sakura reprimió una sonrisa. Debía mostrarse seria, a pesar de la gracia que le había hecho lo que Kai había dicho.
—¿Ha pintado la pared? —preguntó Itachi.
Sakura asintió y Kai, mirándolo, parpadeó y dijo:
—Yo no quedía, fue la pintuda.
Ayamé, que también subió, miró al pequeño y exclamó:
—Híjoleee. Maldito niño chingón. Tan bello como perverso.
—Wepaaaaa, habló la reina del culebrón —rio Itachi, divertido al escucharla.
—¡Ayamé! Cuántas veces te tengo que decir que no se habla así, y menos a tus hermanos —la regañó Sakura.
Pero Itachi soltó una carcajada y, cogiendo a Kairi y a Kai, uno bajo cada brazo, ordenó tras mirar a Ayamé:
—¡Todos a la cama!
Cuando consiguieron que los tres niños se durmieran, Sakura cerró la puerta y dijo:
—Lo siento. Siento lo de la lámpara, tu golpe, la pared y la forma de hablar de Ayamé.
Él la miró divertido y preguntó:
—¿No crees que eres demasiado blanda con ellos?
—Tienes razón. Pero es tan poco el tiempo que paso con ellos, que cuando estoy no quiero ser una mamá gruñona.
—Mis dos hermanos y yo éramos mil veces peores que Kairi y Kai. Y mi madre, cuando no estaba de gira, que eran pocas veces, se pasaba el día regañándonos y te aseguro que nunca nos lo tomamos a mal. Aunque éramos niños, sabíamos lo que estaba bien y lo que no, porque ella nos lo hacía saber. Creo que tú deberías hacérselo saber también a ellos.
Sakura lo pensó, pero cuando fue a responder, Itachi sonrió y, cogiéndola en brazos, cuchicheó:
—Vamos a la cama, ¡pendeja! Pagarás por todo lo que esos demonios hicieron.
Al entrar en la habitación, la soltó entre risas y, tras echar el pestillo de la puerta murmuró con voz ronca:
—Voy a desnudarte y a hacerte el amor.
Sakura sonrió. Nada le apetecía más. Pero mirando el pestillo, dijo:
—Aunque cuando acabemos, abriremos la puerta, ¿vale?
Itachi asintió y, sin alejarse de ella ni un milímetro, la fue acariciando despacio, muy despacio, mientras iba depositando tiernos besos en su cuello. Sakura jadeó.
Sin decir nada, Itachi la desnudó y, con una urgencia que la volvió loca, se desnudó él. Luego, cogiéndola de la mano, la llevó hasta la cama, se sentó, la hizo sentar a su lado y, tocándole un pecho, preguntó:
—¿Te atreves a jugar conmigo?
Ella soltó una carcajada y respondió:
—¿A qué quieres jugar?
Divertido por la guasa que veía en su rostro, Itachi se levantó, fue hasta su armario, cogió una corbata y, volviendo a su lado, dijo, mientras la acariciaba con ella:
—A muchas cosas, entre otras, a atarte y a poseerte.
Oír eso la calentó aún más y, mirándolo, contestó:
—Juguemos.
Itachi dejó la corbata sobre la cama y se sentó de nuevo junto a ella. Sin tocarla, le recorrió el cuerpo con la vista y murmuró:
—Estoy hambriento.
—Acércate, yo saciaré tu hambre —susurró Sakura.
Loco de excitación, Itachi chupó y succionó sus pezones, hasta que la sintió temblar.
—Sigo hambriento de ti —confesó.
Extasiada y anhelante, ella se tumbó en la cama y, mirándolo, mientras se abría de piernas con morbo para él, respondió:
—Entonces, puedes continuar con tu festín.
Itachi sonrió. Le encantaba ver cómo se le ofrecía, pero cuando fue a moverse, Sakura lo paró.
—Yo también tengo hambre de ti —dijo.
Con una sonrisa traviesa, Itachi se subió a la cama y, tras ponerse sobre Sakura en sentido inverso, acercó la boca a su sexo y, al sentir la calidez de sus labios sobre su pene, susurró:
—Oh, sí...
Sakura comenzó a lamer el duro pene, terso y suave. Le encantaba sentir cómo Itachi se estremecía cada vez que ella pasaba la lengua por el prepucio. Y él, presa del deseo, le introducía la lengua en la vagina una y otra vez.
Durante varios minutos se dedicaron a saborear aquellas partes del cuerpo del otro que tanto les gustaban, hasta que Itachi sacó su pene de la boca de ella y, dándose la vuelta, cogió la corbata y dijo:
—Me muero por poseerte.
Mirándola a los ojos, le rodeó las muñecas con la tela y la ató al cabecero de la cama. Sakura se excitó aún más e Itachi, en silencio, le abrió las piernas. Sin apartar la vista ni un segundo, introdujo el pene lentamente hasta que, con un movimiento seco, ella lo hizo entrar por completo en su interior.
Al principio él se movió despacio, pero luego, poco a poco, sus arremetidas se aceleraron, se volvieron más rápidas y profundas.
Sakura se mordió los labios para no gritar. Nunca había hecho el amor con las manos atadas, y no poder tocarlo y sentir que estaba dominada por él la volvió loca.
Itachi la empaló una y otra vez, mientras el vello del cuerpo se le erizaba al verla tan entregada.
—¿Te gusta?
Sakura asintió, no podía hablar, e Itachi le cogió las piernas y se las puso sobre los hombros y la hizo suya una y otra y otra vez, hasta que la sintió temblar bajo su cuerpo. De un tirón, le desató las manos y ella, enloquecida, le rodeó el cuello con los brazos, pegándose a él. Después, bajó las manos por su espalda hasta llegar a los glúteos, que apretó, animándolo a profundizar más, hasta que sus movimientos se volvieron tan secos y contundentes que ambos gritaron de placer y alcanzaron juntos un increíble orgasmo que los dejó exhaustos, felices y dispuestos a más.
Tras una noche de amor y de pasión en la que dieron rienda suelta a su fantasía y sus deseos, Itachi se despertó por la mañana y se encontró a Kairi dormido en la cabecera de la cama y a Kai acostado entre los dos.
Se levantó sonriendo y se metió en la ducha. Sakura, que se había hecho la dormida, se levantó también de la cama y uno a uno llevó a los pequeños a sus habitaciones.
Cuando Itachi salió de la ducha, preguntó sorprendido:
—¿Dónde están los okupas?
—En sus camas.
Acercándose a ella, la besó en los labios y dijo:
—Habrá que quitarles esa manía. Demasiada gente en nuestra cama y yo aquí solo te quiero para mí.
Sakura sonrió y no dijo nada. Aquello iba a ser complicado.
—Hoy vais a comer con Genma e Iruka, ¿verdad?
—Sí. Primero tengo que ir al hospital con Ayamé para una revisión y he quedado allí con ellos. Luego iremos a comernos una hamburguesa a Sunset Boulevard.
—Llévate uno de los coches que hay en el garaje.
—No. No... gracias.
—¿Por qué no? —preguntó él extrañado.
—Porque adoro a Harry, mi Volkswagen rojo, y además no quiero llamar la atención.
—Cariño, estás conmigo y nadie te va a hacer daño.
—Lo sé. Es solo que no quiero que nadie me vea en un buen coche.
Itachi resopló. El miedo que tenía a ser reconocida por su ex no tenía fundamento e insistió:
—Cógelo, Sakura. No va a pasar nada. Por favor, confía en mí.
Finalmente, y sin oponer demasiada resistencia, claudicó y él explicó encantado:
—Por cierto, compré tres sillas de seguridad por internet y llegaron ayer. Una para cada niño. Y antes de que digas nada, las tuyas estaban muy usadas y necesitábamos unas nuevas. Y, por cierto, Ayamé también tiene que usar una. No mide lo necesario para ir sin ella.
—¿En serio has hecho eso? —preguntó Sakura mirándolo emocionada.
—Sí. Lo busqué en Google. Y ve olvidándote de utilizar tu chatarra teniendo mis coches.
—Eh... ¡cuidadito con lo que dices de Harry!
Itachi la miró divertido. Su vida con ella era mil veces mejor de lo que nunca había imaginado, a pesar del agobio que en ocasiones representaban los niños. Por ello, sin dudarlo, se acercó hasta una de las mesillas y, tras coger algo, dijo:
—Ven aquí, cielo. Tú y yo estamos bien, ¿verdad?
—Sí —contestó gustosa.
—¿Eres feliz conmigo?
—Sí. Ya lo sabes.
Y, abriendo la mano, preguntó, enseñándole lo que guardaba en ella.
—¿Aceptarás ahora la llave de mi corazón?
—¿En serio? —contestó ella, mirándolo sonriente.
—Totalmente en serio.
—¿Me entregas la llave de tu corazón?
Itachi la besó enamorado y murmuró:
—Te entrego mi vida, preciosa. Toda mi vida.
Emocionada por lo romántico que era siempre con ella, lo besó con pasión. Itachi era un ser excepcional y cuando sus labios se separaron, sin dejar de mirarlo a los ojos, se quitó la cadena de oro blanco que George le había regalado y, tras colgar la llave, se la dio a Itachi y dijo:
—¿Me la pones?
Contento por lo fácil que estaba siendo todo esa vez, él le colocó la cadena rápidamente alrededor del cuello, aseguró el cierre y, cuando Sakura se dio la vuelta, murmuró:
—Te quiero como nunca pensé que podría querer a un hombre.
—Y yo estoy feliz de que me quieras tanto como yo a ti.
De nuevo sus bocas se buscaron y disfrutaron sin límites de aquella cercanía, hasta que se separaron e Itachi dijo:
—Hoy no vendré al mediodía, cielo. Tengo una comida de trabajo y un día muy liado. Pero cuando vuelva, tú y yo celebraremos que...
—¡Celebraremos el «Para siempre»! —rio ella.
Mientras la besaba de nuevo, murmuró mimoso:
—Para siempre.
Se besaron con pasión y al separarse Sakura cuchicheó excitada:
—Esperaré ansiosa tu regreso.
—Taponcete —susurró—. No me beses así o a final me quitaré la corbata, te amarraré las manos y de nuevo te haré mía sin piedad.
—Quítate la corbata ahora mismo —se mofó Sakura tras escucharlo.
Entre risas, besos y achuchones bajaron a la cocina. La casa aún estaba en silencio, los niños dormían, y, después de desayunar juntos, Itachi fue a echar mano de las llaves de su coche al mueblecito de la entrada, pero no las encontró.
—Cariño, ¿has cogido tú las llaves de mi coche?
Sakura negó con la cabeza y los dos las buscaron durante un rato, hasta que ella se paró y, llevándose las manos a la cabeza, murmuró:
—¡Ay, Diosito!
—¿Qué ocurre? —preguntó Itachi al ver su gesto.
Sin responder, subió los escalones como una bala. Si las llaves estaban donde se imaginaba, Kairi podía habérselas clavado durante la noche.
Itachi entró con ella en la habitación de los niños y cuando vio que iba hacia Kairi y le comenzaba a hurgar en el calzoncillo, susurró extrañado:
—¿Se puede saber qué haces?
Sakura encontró las llaves y sonrió aliviada al ver que no se las había clavado; las sacó de los calzoncillos del niño y murmuró:
—Aquí las tienes. Por cierto, aromatizadas.
Horrorizado, Itachi las miró ¿Qué hacían sus llaves en los calzoncillos de Kairi?
Dando un paso atrás, se negó a cogerlas y Sakura corrió a limpiarlas con la camiseta. Una vez salieron de la habitación, explicó:
—A la reina de la telenovela que dice que tienes los ojos como los amaneceres de Acapulco ya la conoces y al grafitero y pedorro de Kai también. Pero has de saber que Kairi, además de obstruir cualquier ranura que vea en cualquier aparato electrónico, se mete todo lo que encuentra en los calzoncillos.
Itachi la miró incrédulo y murmuró:
—Hoy mismo buscaré una interna. Necesitamos ayuda.
Y luego no pudo evitar soltar una carcajada. Sin duda, con ella la vida tenía otro color.
Una vez se despertaron los niños, Sakura regañó a Kairi. Le hizo entender que se podía haber lastimado con las llaves, pero cuando a este se le llenaron los ojos de lágrimas, suavizó la voz y le preguntó:
—¿Lo volverás a hacer?
Entonces el crío dijo que no con la cabeza y Sakura lo abrazó y finalmente ambos sonrieron. No podía enfadarse con ellos. Era una blanda.
Después de desayunar se encaminaron hacia el garaje. Cuando abrió la puerta y vieron todos los coches y motos que Itachi tenía allí aparcados, Ayamé soltó un silbido y murmuró:
—Sin duda, mamita, Itachi es el novio que siempre hemos querido.
Divertida por el comentario de la pequeña, Sakura vio un Toyota 4 Runner y dijo mirando las cajas de las nuevas sillas:
—Échales un ojo a tus hermanos mientras coloco las sillas.
Los niños comenzaron a correr por el jardín con los perros. Cuando Sakura acabó, los montó en el coche, les ajustó los cinturones de las sillas y se marchó hacia el hospital, consciente de que había iniciado una nueva vida.
