31. Puedes contar conmigo
Una semana después, Sakura comenzó a trabajar en el restaurante por las mañanas.
La prensa del corazón aún no había reparado en ella como novia de Itachi y eso le gustó. Nunca esperarían que una simple camarera fuera con aquel adinerado compositor.
Días después, Rosa llegó a sus vidas. Una mujer de mediana edad que rápidamente se hizo con los niños y que se ocupaba de ellos con gran eficacia.
Sakura dejó de trabajar por las noches, como le había prometido a Itachi. Y era feliz pudiéndose ocupar de todo con una tranquilidad que antes no tenía.
Cuando Ayamé estuvo casi recuperada, Sakura quiso regresar a su casa, pero Itachi no se lo permitió y se compinchó con los niños para que lo impidieran. Ella, divertida, aceptó por fin. Sin duda, estar con Itachi y en aquella casa era mil veces mejor que estar sola en su apartamento de cincuenta metros cuadrados.
Dos días después, él contrató un camión de mudanzas para que Sakura pudiera llevar allí las pocas cosas que tenía.
Todo iba bien, aunque una tarde, cuando Itachi llegó de trabajar y miró la preciosa chimenea de diseño, plagada de marcos con fotos, algo en su interior se revolvió.
El jaleo que ocasionaban los pequeños y el caos que los acompañaba no era algo que Itachi llevara bien y, aunque Sakura intentaba mantenerlo controlado, resultaba prácticamente imposible.
Un día, Itachi volvió de trabajar y, cuando Melodía salió a su encuentro, se quedó de piedra al ver a la perra con las uñas de las patas pintadas de verde chillón.
—Ella me lo pidió —le explicó Ayamé, que era la responsable del asunto—. Quiere estar guapa para Luis Alfonso.
—Lo siento —dijo Sakura—, no me había dado cuenta.
Itachi suspiró y, mirando a la perra y sus uñas chillonas, contestó:
—Como diría uno que yo me sé, ¡es tendencia!
En esos días, Naori y Shisui organizaron una barbacoa. Cuando llegaron a su casa, Sakura se sintió intimidada al ver a tanta gente que no conocía, pero Itachi la agarró de la cintura y le susurró:
—Cariño, disfruta del día. Son todos de la familia.
Ella asintió y, mirando a sus niños, dijo:
—Chicos, ¡portaos bien!
En ese momento llegaron dos chicas de servicio acompañadas por una mujer algo mayor e Itachi, encantado, abriendo los brazos, soltó a Sakura y murmuró:
—Tata, cuánto me gusta verte.
Ella lo abrazó y, tras besuquearlo con cariño, miró a la joven que los observaba y dijo:
—Y tú debes de ser Sakura, ¿verdad?
Ella asintió y la mujer también la abrazó.
—Bienvenida a la familia. Yo soy la Tata y no sabes las ganas que tenía de conocerte. —Luego, mirando a los pequeños, añadió—: Y a vosotros también. Pero ¡qué niños más guapos!
—Gracias. —Sakura sonrió a la mujer que había criado a los tres hermanos Uchiha con tanto amor en Puerto Rico.
Una de las jóvenes que la acompañaban le dijo a Sakura:
—Señora, si me da los bañadores de los niños, los cambiaremos y nos ocuparemos de ellos. La señora Naori ha preparado una habitación para que descanse la señorita Ayamé.
—Oh, no hace falta —sonrió Sakura, cohibida porque la llamaran «señora» —. Yo los cambiaré y ...
Pero Itachi, quitándole la bolsa que llevaba en las manos, se la dio a la chica y le dijo:
—Los bañadores están aquí. Vigilen a los niños mientras se bañan en la piscina y díganle a Ayamé dónde puede descansar cuando lo necesite.
Sakura lo miró. ¿Por qué no podía ocuparse ella de sus niños? Sin embargo, al ver que todos la miraban a la espera de su respuesta, sonrió y, dirigiéndose a los pequeños, les dijo:
—Id con ellas, portaos bien y recordad: sin manguitos no hay piscina.
Los críos asintieron y Ayamé, encantada con todo lo que la rodeaba, exclamó antes de marcharse:
—Mamacita, ¡qué bello es todo!
—Ayamé—susurró Sakura—, compórtate y no empieces a hablar como no debes.
La Tata soltó una carcajada y, cogiendo a la niña de la mano, dijo:
—Vamos, cariño, yo te llevaré a un sitio donde, si quieres, estarás tranquilita hasta la hora de la comida.
Cuando todos se alejaron, Sakura le preguntó a Itachi:
—¿Por qué no has dejado que yo me ocupe de los niños?
Cogiéndola por la cintura y mirándola amoroso, él respondió:
—Porque quiero disfrutar de ti un rato sin ellos. Pero tranquila, Ámbar y María son muy responsables. Las conozco desde hace tiempo y te aseguro que cuidarán a los niños maravillosamente bien.
En ese instante, Naori, que salía de la casa en biquini, corrió a saludarlos. Y, tras charlar con ellos unos minutos, dijo:
—La Tata se muere de risa con Ayamé. Por cierto, qué bien la he visto.
—Sí, está muy bien —asintió Sakura, imaginando lo que debía de estar haciendo su pequeña—. Incluso ha engordado dos kilos, algo que no sucedía desde hacía al menos año y medio.
—Es una chica fuerte —afirmó Itachi encantado.
—Ahora está en el salón, con la Tata —explicó Naori—. Allí no pasará calor y se entretendrá con la televisión o mi portátil, como ella quiera.
—Gracias —dijo Sakura sonriendo.
Hotaru estaba junto a Temari y Valeria en la piscina, tomando el sol, cuando Utakata, que había ido a la barbacoa con su nueva acompañante, la vio. Había leído en la prensa que la relación entre ella y el top model ruso no pasaba por un buen momento y quiso regodearse. Así que se acercó a ella y preguntó:
—¿No has traído a tu muñequito contigo?
Hotaru, que lo conocía muy bien, sonrió y, tras mirar a la joven que lo acompañaba, respondió con sorna:
—Ya has traído tú a tu muñequita hinchable, ¿para qué más? Por cierto, mi muñequito está trabajando en este mismo instante; ¿la tuya también?
Su ironía lo sorprendió. Antes ella no era así.
En ese momento, Temari abrió una revista y exclamó:
—¡Anda, mira! Alexei en la pasarela de Milán. Uissss... aquí pone que a sus treinta y dos años ha sido nombrado el hombre más sexy del planeta. Menudo portento tienes en la cama, ¿no?
Hotaru sonrió encantada y, poniéndose las gafas de sol, murmuró:
—Ni te lo imaginas, cuqui... Soy la envidia de media humanidad.
Al escuchar hablar así a su ex, Utakata se desencajó. ¿El ruso tenía quince años menos que él?
En su época de casados, ella solía decirle que era la envidia de media humanidad. Ese comentario le correspondía a él, solo a él. ¿Por qué lo tenía que utilizar con otro?
Molesto, se volvió para mirar hacia otro lado, cuando vio a la chica que estaba besándose con su hermano Itachi, y mirando a Shisui, que se acercaba a ellos, preguntó:
—¿Esa no es la camarera del pelo de colores del cumpleaños de Preciosa?
—Esa se llama Sakura —respondió Shisui— y es la mujer de la que Itachi se ha enamorado. Por lo tanto, ten cuidadito con lo que dices.
En ese instante, dos niños pelirrojos corrieron hacia el agua y se tiraron, empapando a todo el mundo.
—Y esos niños y una rubita que está en el salón, son sus hijos —añadió Shisui.
—¡No jodas! —exclamó Utakata.
Sakura, Itachi y Naori también se acercaron a ellos y, encantado, Itachi presentó a Sakura a todos. Por la cara que pusieron los cuatro, supo que la habían reconocido como la camarera.
Hotaru se levantó y la besó y también lo hicieron Temari y Valeria.
—¿Dónde está Preciosa? —preguntó entonces Itachi.
—Con su abuelo. Han ido a montar a caballo y no creo que tarden.
Después Sakura conoció a los mellizos de Naori y Shisui. Eran guapísimos.
Sin apartar la vista de sus propios gemelos, que chapoteaban en el agua incansablemente, fue con Naori hasta una caseta para servirse algo de beber.
—¿Qué te ocurre? ¿Por qué estás tan seria? —le preguntó la joven.
—Estoy nerviosa. Es la primera vez que acudo a un acto familiar y la manera en que me mira Utakata me intimida.
—Uy, cariño —dijo Valeria, acercándose—. Ni caso. Perro ladrador, poco mordedor.
Sakura sonrió y vio que también iban hacia ellas Hotaru y Temari, esta con su pequeña en brazos y hablando por teléfono.
—Chōji no viene —dijo, colgando el móvil.
—¿Por qué? —Preguntaron las demás.
Haciéndole una carantoña a su bebé, Temari respondió:
—Esta noche hay un evento en el restaurante y lo necesitan. Y como ya sabéis que es muy responsable, pues ¡allí está!
—Es un bendito —afirmó Valeria.
—Entre otras cosas —cuchicheó Temari y luego preguntó—: ¿A quién despellejabais?
Todas miraron a Utakata y Temari añadió:
—Como ya dije una vez, Hotaru, se cree un bombón y no llega siquiera a lacasito.
—No te pases, Temari —protestó Naori, cogiendo una cerveza—. Utakata puede ser todo lo que quieras, pero es un cañón de tío.
—Chissss... cuqui, que no te oiga o se lo creerá —dijo Hotaru y, chocando la mano con Temari, añadió—: Muy bueno lo de decir la edad de Alexei. Eso al Uchiha lo ha hundido.
—¡Qué perras sois! —exclamó Valeria, haciéndolas reír a todas.
Luego, Temari se puso seria y, mirando a sus amigas, declaró:
—Que nunca se os olvide que, si vosotras saltáis, yo salto. Si vosotras reís, yo río, pero si vosotras lloráis, yo le parto la cara a quien haga falta. ¿Entendido?
Todas soltaron una carcajada por sus ocurrencias y Hotaru, mirando a Sakura divertida, cambió de tema y dijo:
—Y yo que creí que era Fugaku quien quería ligar contigo el día que te conocí en el restaurante. Por cierto, ¿qué le hiciste? Eres la única mujer que le ha entrado a la primera. A mí nunca me tragó hasta que me separé de su hijo y a Naori al principio no se lo puso fácil.
—¿En serio? —preguntó Sakura.
Ambas asintieron y Naori explicó:
—Me hizo la vida imposible hasta que se dio cuenta de que yo no estaba con su hijo por su dinero. Eso sí, después de eso, me mima todos y cada uno de los días.
Eso angustió a Sakura. Ella tampoco estaba con Itachi por su dinero, pero sí había necesitado su ayuda económica para la operación de Ayamé. ¿Qué pensaría ahora ese hombre de ella?
No muy lejos de las chicas, los tres hermanos Uchiha tomaban juntos unas cervezas que habían sacado de una nevera, cuando Utakata preguntó:
—¿Qué os parece el pibón que me acompaña?
Shisui e Itachi miraron a la morena de cuerpo escultural que había llegado con su hermano y Shisui respondió:
—Si a ti te gusta, a mí me parece bien.
Utakata, sorprendido por su tibia respuesta, insistió:
—Pero ¿habéis visto qué pechos tiene?
Sus dos hermanos se miraron. Como para no vérselos. E Itachi dijo:
—Sinceramente, hermano, prefiero la calidad a la cantidad.
Shisui soltó una carcajada y Utakata, molesto por esa observación, soltó:
—Por cierto, Itachi, te creía más listo.
—¿Por qué?
—¿Una camarera y con tres niños?
Al oír eso, Shisui se tensó, pero se tranquilizó cuando Itachi replicó:
—¿Debo pensar que mamá fue tonta por querernos como nos quiso, aunque no fuéramos hijos suyos? —Utakata se movió incómodo—. Ten cuidado con lo que hablas, hermano, o tendré que decirte cuatro cosas que estoy seguro de que no te van a gustar.
Y dicho esto, se alejó en busca de su acompañante. Shisui chocó la botella de cerveza con Itachi.
—Touché!
Ambos se rieron y luego Shisui preguntó:
—¿Cómo va todo por tu casa?
Tras darle un trago a su cerveza, Itachi explicó:
—Los niños absorben todo el tiempo de Sakura, la casa está llena de juguetes y de caos, sin mencionar los grafitis de las paredes y que ahora hay una pared llamada ¡la pared de pensar! Me sé al dedillo las canciones de una cerda rosa llamada Peppa Pig, de unos dibujos llamado Phineas y Ferb y mi perra tiene las uñas verdes chillón. Pero por lo demás, ¡todo genial!
Shisui soltó una carcajada y, dándole una palmada en la espalda, exclamó:
—¡Bienvenido al club, hermano!
—¡Ya estamos aquí! —dijo su padre en ese momento, llegando con Preciosa de la mano.
La niña se soltó y corrió a besar a sus tíos, que la recibieron encantados. Luego fue a toda velocidad hacia Utakata, que la cogió en brazos. Su expresión se dulcificó y besó a su pequeña con cariño. La adoraba.
Las chicas, al oír la voz de Fugaku, se volvieron hacia él y Naori comentó:
—Ha llegado el ogro.
Sakura se atragantó con su cerveza y Naori, al verlo, dijo divertida:
—Tranquila, mujer, que no se come a nadie.
Fugaku abrazó a Itachi. En esta ocasión, dado que en casa de este había overbooking, se alojaba en la de Shisui y Naori.
—¿Todo bien, hijo?
—¡Genial, papá! —contestó él, sonriendo.
El viejo asintió y fue saludando a los presentes, hasta llegar a donde estaban sus nueras y sus amigas y, mirando a Sakura fijamente, dijo con tono cariñoso:
—Hola, chica arco iris.
Al ver su cara y la gentileza de su mirada, Sakura se tranquilizó y le sonrió.
Naori bromeó entre risas:
—Jolinessssssssssss, ¡qué fácil se lo has puesto, Fugaku!
—No me seas pelusona, Naori —contestó él y, mirando la piscina, donde en ese momento Utakata entraba con Preciosa y los gemelos jugaban, preguntó—: ¿Esos pelirrojos que están vaciando la piscina son tus hijos?
—Sí —afirmó Sakura, observando cómo los pequeños se acercaban a Utakata y este los lanzaba por el aire, como a su hija.
—Y la niña ¿dónde está? —se interesó Fugaku.
—Con la Tata, en el comedor. Está muy contenta, repanchingada en el sofá, viendo la televisión —contestó Naori—. Shisui ha dicho que hace demasiado calor para que esté aquí fuera.
Su suegro aprobó el comentario y le preguntó a Sakura:
—¿Ya está bien de la operación? —Y, tras el asentimiento de ella, continuó—: Cuando me enteré, todo había pasado ya, pero quiero que sepas que me alegra saber que acudiste a nosotros para pedir ayuda.
Sakura sonrió y Hotaru le cuchicheó a Naori:
—Cuqui... la envidia me corroe.
Fugaku soltó una carcajada y, cogiéndola del brazo, dijo con cariño:
—Anda, dale a tu querido ogro una supermegacervecita de esas que me gustan. —Y mirando a Sakura, añadió—: Por cierto, dentro de diez días te espero en Miami. Este año celebraré allí mi cumpleaños.
