Día 1: Fantasy AU / Fairytale (The Beauty & The Beast). Yo empecé un one shot, pero salió un long fic entero.

FANFIC TERMINADO. Portada: ilustración comisionada a Yukariet ( /YukarietD en twitter).


Capítulo I.
Kohl verde


I.


Un rey mira a otro. No son iguales.

—¡Tu ejército saqueó todas las aldeas de la frontera!

Hay una lanza en el cuello del otro rey. Katsuki la acerca un poco más a su piel.

—¡Mataron a los hombres, se robaron a las mujeres! ¡No tienen honor! ¡Y te atreves a intentar asaltar este palacio!

El otro rey está de rodillas.

—Por favor, Su Majestad…

Es la primera vez que lo llama así. Antes había sido el Rey Bárbaro siempre.

—Tendrás que pagar. —Katsuki curvea los labios—. ¿Qué es para ti equivalente por la vida de todas las tumbas que se cavaron por tu culpa? ¿Qué compensa las lágrimas de todos los huérfanos?

El otro rey tiembla. Katsuki ni siquiera se ha molestado en aprenderse su nombre todo ese tiempo. Ahí, frente a él, es insignificante.

—Debería tirarte al calabozo, dejar que las ratas se encarguen de ti.

—Por favor…, Su Majestad.

—¿Qué equivale a la montaña de desgracias que dejaste en mis tierras, entonces? Pon un precio y consideraré que eres digno de mi piedad.

El otro rey no titubea.

—La mano de mi hijo. La mano de mi hijo es equivalente…

Katsuki frunce el ceño sólo porque sabe que el otro rey no puede adivinar su expresión debajo del cráneo del venado que descansa en su cabeza como única corona. ¿Qué clase de ser es capaz de regalar a su único hijo tan fácilmente, sin titubear?

—… y un tratado de paz —agrega el otro rey—. No volveremos a atacar las aldeas.

Katsuki retira la lanza del cuello del rey.

—Sea. Discutamos los términos de ese tratado.


Cuando llega la caravana, Katsuki está esperando en el patio principal. Su palacio, entre las montañas, es diferente a los de las tierras del sur. Más que un palacio es una fortaleza amurallada, llena de patios laberínticos y estancias construidas según se han ido necesitando. Cada monarca que lo ha pisado le ha dado su toque.

La caravana que llega es mucho menor de lo esperado. Tres palanquines y los hombres que los transportan. El primero, el más grande, es el que se detiene frente a él y a su comitiva y del que baja el príncipe del sur. No puede verle el rostro porque lo lleva cubierto, pero ve el cabello verde, todo rizos, debajo del tocado que lleva en la cabeza. Su figura está escondida entre los pliegues de la vestimenta tradicional del sur. Le adivina las manos en las mangas anchas y largas, tan largas que rozan el piso. Los bordes, verde esmeralda, están llenos de intrincados bordados dorados. Los patrones son complicados y majestuosos. Se repiten en el cinturón verde que le ciñe la ropa a la cintura, ancho, del mismo tono de verde; también en el cuello y en la parte baja. Es opulento. Magnífico.

De los otros palanquines simplemente bajan dos damas —cabello verde, cabello castaño, es lo único que ve Katsuki en ellas— que se colocan detrás del príncipe prometido.

Katsuki se acerca unos pasos y luego no sabe qué hacer. Las tradiciones del sur no le importan y tampoco las conoce. Las del norte cambian con cada viento y con cada nevada. Se adaptan, mutan.

Una de las damas —la de cabello castaño— carraspea.

—Su Majestad, se supone que debe… descubrirle… el rostro —murmura—. Es una tradición en el sur y él insistió.

Katsuki lo hace.

El príncipe —del que no se acuerda el nombre, aunque debería, porque estaba en el tratado que firmó— es más bajo que él. También tiene el rostro más hermoso que ha visto nunca. Es redondo, delicado, lo hace ver más joven —aunque por lo que sabe, el príncipe tiene casi los mismos años que él—. Los ojos son grandes, muy abiertos. Verdes del mismo color de los detalles de sus ropas y brillan como esmeralda. Sus mejillas están llenas de pecas que le recuerdan a cómo se ve el cielo de noche desde lo más alto del pico sagrado de Yuuei. Los labios están entre abiertos en una expresión medio nerviosa, medio insegura.

Al terminar de voltear la tela que funge como velo, Katsuki le roza un mechón de cabello verde.

Es suave.

(Y allí está, notando los detalles inútiles).

El príncipe lo mira a los ojos y de repente Katsuki se olvida que debe respirar. Inhalar y exhalar parecen acciones demasiado complicadas. Tarda un momento en reaccionar, cuando es consciente de que más gente los está mirando.

—Bienvenido —musita—, Su Alteza.

Usa las formalidades del sur simplemente por ser amable. El príncipe no está allí por voluntad propia.

Es el único hijo del rey Hisashi Midoriya —al menos, después de obligarlo a negociar un tratado, se sabe su nombre— y Katsuki no entiende por qué alguien usaría a su único heredero como moneda de cambio sin dudar. Más aún a alguien como Izuku.

El príncipe intenta hacerle una reverencia, pero Katsuki lo detiene, poniéndole las manos sobre los hombros. Lo mira con sorpresa, sus ojos se abren un poco y se muerden un labio de nerviosismo. Katsuki asume que es nerviosismo.

—Aquí no hacemos eso —dice.

Sus ojos grandes tienen una tristeza que se respira en el ambiente. Lo que se espera de un matrimonio arreglado. Hay, en esa tristeza, una resignación y aceptación que Katsuki no entiende. En las montañas no existen los matrimonios arreglados y sólo tiene allí al príncipe porque el rey Hisashi Midoriya, derrotado como Katsuki lo dejó cuando intentó infiltrarse en su palacio, insistió que era sería su moneda de cambio. «Mi hijo es mi garantía», recuerda haber oído. «Si le haces daño, aplastaré tu reino». Katsuki todavía tenía ganas de volver al pasado y replicarle que su moneda de cambio respiraba y sentía y tenía un corazón que latía.

Quiere preguntarle cuál es su nombre de pila. Pero su cerebro no funciona. Respirar es toda una tarea cuando los ojos verde esmeralda se le clavan hondo, como dos flechas buscando dejarlo ciego para siempre.

—Gracias, Su Majestad.

—¿Cómo te llamas? —murmura, para que sólo lo escuche el príncipe.

El otro baja la mirada.

—Izuku.

«Izuku». «I-zu-ku». Katsuki traga saliva.

Katsuki da un par de pasos para atrás.

Cuando Izuku baja los párpados, nota la línea de kohl verde oscuro que enmarca sus ojos. «Inhala, exhala, Katsuki, carajo, sólo es un príncipe». No se parece en nada a Hisashi Midoriya. Voltea a buscar a alguien, cualquier cosa, cualquier persona que lo saque del estupor, que lo haca dejar de ver el rostro del príncipe. Katsuki desvía la mirada, buscando cualquier cosa o persona que los distraiga de la visión que tiene enfrente.

Eijiro es quien le extiende el tapiz, porque esa es una tradición familiar. Su madre le había regalado un padre el día que le había pedido matrimonio. Él lo toma en sus brazos y vuelve a acercase a Izuku.

—Es un regalo. Es… tradición.

(Todavía no sabe si va a casarse con él).

(Pero un tapiz es un buen regalo de bienvenida, le guste o no, Izuku Midoriya va a ser parte de su corte).

—Gracias. —Izuku lo toma entre sus manos, y lo aprieta contra sí, pero no lo abre.

Katsuki se queda de nuevo sin saber qué hacer y asume que ya han pasado todas las formalidades. De momento. Los primeros rituales. Vuelve a buscar cualquier distracción con la mirada y recuerda que las normas básicas de a hospitalidad.

—Denki —dice—. Muéstrales el lado del ala oeste que les pertenece. —Le dedica una última mirada de soslayo a Izuku y a su comitiva antes de darse la vuelta—. Te esperaré a cenar…, Izuku.


—Bueno, es… interesante.

Eijiro se atreve a hablar hasta que están en privado en la sala del consejo. Katsuki todavía está hechizado por el rostro de Izuku Midoriya y no sabe cómo hilar dos pensamientos. Qué ojos. Qué grandes. Qué tristes y resignados. Nunca ha visto una mirada como aquella; todavía no le había llegado el día en que hubiera tenido que enfrentarse a unos ojos que se clavaran con ese brillo y contagiaran esa tristeza.

—Ey. Reacciona. —Eijiro truena los dedos a un lado de sus orejas—. No me digas que te gustó.

—No lo conozco.

Pero a simple vista su presencia era cautivadora.

—¿Crees que a la gente le guste la idea? No deja de ser un príncipe enemigo —sigue Eijiro.

—No me voy a casar con él sólo porque su padre dijo —espeta Katsuki—. Si quiere mandarlo a vivir a las montañas sólo porque quiere que sea su moneda de cambio para que no ataquemos después de que intentó saquear este palacio… —Se encoge de hombros—. Ese es su problema, no el mío.

Eijiro hace un mohín.

—No lo entiendo.

Se cruza de brazos y Katsuki se ríe de su expresión. Eijiro lleva diciendo eso desde el momento que Katsuki discutió el tratado con Hisashi encadenado a esa misma mesa. No había tenido humor para perdonarle la vida, lo había hecho por la necesidad de que el sur mantuviera la paz. La frontera estaba llena de bandidos y el ejército del rey sureño aprovechaba para saquear los asentamientos más cercanos a la frontera. Necesitaba que la gente dejara de morir. No quería enterrar a más de sus hombres, ni ver llorar a más huérfanos, ni oír que se habían robado a más viudas. Punto.

—Cosas del sur, Ei —explica—. Allá se casan para formar alianzas o para firmar la paz.

—Pero no es amor.

—No, no es amor. —Katsuki sacude la cabeza.

—Entonces, ¿por qué?

Por supuesto, Eijiro es quien menos lo entiende. En el norte el amor importa. El romance también. Y para una criatura como Eijiro es impensable un enlace donde no haya sentimientos.

—Yo que sé —replica Katsuki, entre dientes—. Para ellos el matrimonio no tiene que ver con amor. Lo usan para expandir sus imperios. Sus príncipes son monedas de cambio y uno creería que los herederos están más o menos a salvo, pero este…

—¿Ya estás hablando mal de tu prometido, Katsuki?

Denki entra sin anunciarse.

Por qué demonios aceptó a ese mago imbécil en su corte es algo que todavía se le escapa, pero a Eijiro le gusta tenerlo cerca. Sonríe como imbécil cuando Denki lo abraza por detrás y si le agarra la mano casi sabe volando. Katsuki está sentado esperando el día que uno le pida matrimonio al otro y dejen de danzar como imbéciles orbitando uno tan cerca del otro.

—No estoy hablando mal de él —dice—. Idiota. Si escucharas y pusieras atención por una maldita vez en tu… Estaba hablando mal de su padre.

—Podrías haber dicho que no —dice Denki—. Podría ser un espía.

Katsuki bufa.

—El rey insistió. Demasiado. Y no sé…, me dio mala espina. —Katsuki suelta un bufido de desagrado—. ¿Quién demonios tiene ganas de deshacerse de su único heredero? —Es una pregunta, así que nadie le contesta. Finalmente, sólo vuelve a bufar—. ¿Irá a cenar?

Denki se encoge de hombros.


El príncipe no va.

Katsuki se harta de esperarlo ante una mesa preparada sólo para ambos y acaba dirigiéndose al ala oeste a través de los patios y los pasillos. Los aposentos que le corresponden a príncipe Izuku Midoriya es un poco más de un cuarto de esa ala. Habitaciones para las dos damas que lo acompañan, habitaciones para él. Hay hasta un pequeño patio. Es como una casa. Katsuki lo hizo pensando que quizá querría tener un espacio para él solo.

Llama a la puerta.

—Está cerrado. —Dentro no se oye a nadie que se levante para abrir y la voz del príncipe suena nerviosa.

—Estuve esperando —dice Katsuki. Su tono sale mucho más brusco de lo que desea. No es su culpa. No conoce la delicadeza a la que está acostumbrado el sur. En el norte los inviernos son duros y los veranos cortos. Viven en grandes comunidades instaladas en fortalezas como ese castillo y todo el mundo tiene que cooperar porque la otra opción es morirse de hambre—. Para la cena —aclara, intentando sonar más amable de todos modos.

Un silencio. Parece que nadie respira dentro. Katsuki no suelta la aldaba, pero no vuelve a golpear la puerta.

—Lo siento, Su Majestad.

Suspira.

Prácticamente nadie le dice así.

Es «Katsuki». «Rey Bakugo» para quienes lo conocen poco. «Su Majestad» es una formalidad de otros reinos y sólo puede oírla unas cuantas veces antes de desear maldecir a todo el sur entero. Cuando menos, al reino de Hisashi Midoriya.

—Katsuki.

—¿Q-qué?

—Me llamo Katsuki.

—Su Majestad, no puedo…

—Bakugo, si quieres algo formal —espeta Katsuki, finalmente, bruscamente—. Sólo deja de usar ese maldito título. Aquí no… No es así.

—Ah.

Nada más eso. «Ah».

No puede ver al príncipe así que no entiende lo que está pasando. Tampoco lo conoce y sólo lo ha visto una vez. No entiende las inflexiones en su voz y apenas adivina las emociones de su tono. No puede adivinar sus expresiones. Nada. No tiene ninguna pista sobre Izuku Midoriya. Lo único que sabe es que quiere volver a ver su cara y nada más. Es un impulso estúpido, que lo hizo ir a buscarlo.

—¿Irás a cenar?

La respuesta tarda en llegar.

—No, Su Maje… Bakugo. —Se corrige a tiempo. Katsuki frunce el ceño. No sabe por qué, pero el «Bakugo» suena mal en la voz de Izuku. Tiene voz dulce, delicada—. ¿Era una orden?

Katsuki gruñe.

—No. Claro que no —espeta. Y de nuevo vuelve a ser más brusco de lo que supone que debería ser—. Supuse que no querías morirte de hambre, pero…

—No iré —corta Izuku—. No importa. A menos de que sea una orden…

—¡No te voy a ordenar nada porque no eres un maldito prisionero! —espeta Katsuki—. ¡Y en este castillo todo el mundo puede ir y venir como se le plazca, carajo!

Silencio. Se alarga y lo único que Katsuki distingue del otro lado de la puerta es una respiración agitada, nerviosa. ¿Cómo serán los ojos del príncipe cuando está nervioso? «Carajo, Katsuki, céntrate, estás intentando no aterrorizarlo y estás logrando justamente lo contrario».

—Entonces prefiero saltarme la cena, Su Majestad.

Esa vez, el tono es frío.

—Katsuki o Bakugo. Lo que quieras. No…

—¿Es una orden?

Le parece distinguir un toque de ironía en la voz de Izuku Midoriya. Katsuki gruñe, exasperado.

—No.

—Eso me pareció, Su Majestad.

—¡Está bien si te quieres morir de hambre por mí! —espeta, finalmente, soltando la aldaba, que truena contra la puerta. Se aleja dando pasos largos que retumban contra el piso. Tiene mejores cosas de las que ocuparse, no tiene tiempo para darle de comer en la boca a un príncipe terco.

«¿Y por qué estará así, Katsuki?»

Su voz interior es odiosa.

Izuku Midoriya es un príncipe al que arrancaron de su palacio para llevar sus grandes ojos tristes hasta ese terreno desolado en las montañas, ese palacio fortaleza con pasillos que lo vuelven laberíntico. Es un prisionero, aunque el carcelero no quiera ser Katsuki, por más que lo han obligado a serlo.

Le parece oír a alguien que llora. A lo lejos.

No se imagina el rostro de Izuku Midoriya llorando, el kohl verde manchado por las lágrimas. Y sin embargo.


II.


—¿Estás bien?

Izuku asiente.

Las lágrimas corren por su rostro pero no es como si no estuviera acostumbrado a ellas; sus mejillas, llenas de pecas, están acostumbradas a sentirlas caer. Le salen con más facilidad desde el día en que su padre regresó del último asalto al norte con la mitad de los soldados con los que se había ido. No le dio vueltas al asunto. «Tienes que casarte con el Rey Bárbaro», le espetó y así selló todo su destino.

«¡Es el príncipe heredero!», gritó su madre. Una. Mil veces. Y él había escuchado detrás de las puertas cerradas. Todas fueron inútiles. «¡No puedes deshacerte del príncipe heredero!». Pero su padre gritó más fuerte y al final impuso su voluntad. Después de todo, es el rey, soberano absolutista de un reino al que trata con la punta del pie, vecino de otros reinos a los que ataca constantemente, cambiando las fronteras una y otra vez. Izuku siempre fue un heredero incómodo, inútil, incompetente. Destinado a ser rey, pero nunca el rey que quiso su padre.

Deseó ser un rey que volteara el rostro a sus súbditos, que los viera y los comprendiera. Un rey de la gente.

Ahora ya no desea nada porque ya no tiene derecho.

Está destinado a ser el consorte del Rey Bárbaro y nada más.

—¿Seguro? —Ochako duda y con razón. Le limpia las lágrimas con las yemas de los dedos—. El palacio es bonito —suelta e Izuku sabe que lo está haciendo para intentar animarlo, pero sólo llora más, más desconsolado, más. Más. Más lágrimas, sin fin.

Sí, el palacio es precioso.

Es justo como lo habían descrito. Encalado en las montañas, con un muro de fortaleza que se ve desde lejos. Sin picos, porque no es como los palacios del sur. Lleno de patios y de pilares de piedra, habitaciones amplias, casi todas flanqueadas por puertas de dos hojas de madera, llenas de grabados. Cuando el ayudante del Rey Bárbaro —se había presentado como «Denki Kaminari»— los condujo hasta sus habitaciones, Izuku alcanzó a ver paredes llenas de tapices. Sus ojos no se deuvo demasiado en ninguno, pero todo el palacio estaba lleno de ellos.

Eso lo hace posar la vista sobre el tapiz que le regaló el Rey Bárbaro. «Bienvenido», le dijo.

Suspira. (Y le sale roto en medio de las lágrimas, como cortado a medio sollozo).

Se pone en pie y se dirige hasta él.

—Vamos a verlo —dice.

Tsuyu es la primera que reacciona y lo ayuda a extenderlo. El tapiz tiene una pintada una escena de batalla. Los combatientes principales van sobre dos dragones, uno negro y otro dorado. Izuku no conoce la historia, pero, por cómo está pintado el tápiz, cree adivinar que el ganador se sienta sobre el dragón dorado. Quizá son sólo sus deseos, puesto que es quien tiene una sonrisa, quien se enfrenta con más valor a la situación.

Los detalles son intrincados. Hay árboles, soldados, nieve en las montañas. Allí a donde mire, hay algo que ver.

—Es hermoso —dice.

Eso lo hace llorar más.

Ochako lo abraza por detrás.

«No llores», parece decir. «No llores».

Lady Ochaco Uraraka. Al igual que Tsuyu —Lady Tsuyu Asui, en realidad—, pertenece a la nobleza menor y siempre estuvo a su lado. Sus padres la mandaron a la corte con la esperanza de que encontrara una pareja que los ayudara a escalar en el orden social en un reino donde todos los nobles se comen o son comidos. En vez de eso, encontró a Tusyu. No han podido casarse porque ninguna de sus familias aprueba la unión.

Cuando se enteró del compromiso de Izuku, Ochako fue la primera en decir «iré contigo». Izuku le prometió también llevar a Tusyu —si aceptaba—. Al menos no se siente completamente solo.

—¿Seguro que no quieres cenar? —pregunta Tsuyu—. Podemos preguntar dónde están las cocinas.

Izuku niega.

No quiere encontrarse con el Rey Bárbaro por ninguna circunstancia y quizá todavía está merodeando por los pasillos, con sus pisadas fuertes y agresivas.


Ochako y Tsuyu ya se han retirado a dormir cuando su estómago lo traiciona y piensa que quizá no es mala idea dirigirse hasta la cocina. El castillo es laberíntico, pero tarde o temprano está destinado a encontrarla. Así que sale, sin hacer ruido y se enfrenta a los pasillos en la oscuridad cargando sólo una lámpara de aceite.

Todavía lleva puesto el atuendo de gala con el que se presentó ante el Rey Bárbaro. Le recuerda a casa y a su madre. Inko pasó días y noches ayudando a bordar. Los detalles de dorados sobre la tela verde están llenos del amor y las lágrimas de su madre. Siempre ha sido tradición en las bodas. La primera vez que los novios se ven después de que el compromiso se hace oficial, es en atuendo de gala. Izuku está dispuesto a respetar todas las tradiciones que pueda, aun si es sólo por su madre, que bordó toda su tristeza a las mangas y el cuello y el cinturón de aquel traje y lo vio probárselo y se aguantó las lágrimas hasta que no pudo más.

Al principio su rostro fue sólo de confusión, porque nunca había usado nada tan suntuoso, tan complicado, hecho con tanto cario cariño y dolor por su madre. Y luego una lágrimas y otra y otra y otra.

Acabaron los dos llorando, abrazados.

«No puedo creer que no te veré casarte».

«Todavía es un territorio en guerra». Después de eso hizo una pausa que le dolió en las entrañas. «Estaré bien».

No es seguro. Todavía siente todas las lágrimas que ha vertido desde que le informaron el compromiso. Pero esas no son el problema. El problema es las que trae en el alma y le pertenecen a su madre.

«Espero que seas feliz, Izuku», dijo su madre, como un deseo desesperado. Y allí está, caminando en la madrugada por un castillo que no conoce, rogando entender lo laberíntico que es.

Ella lo crío aun cuando Hisashi pasó meses y años en campañas militares. Le contó como su padre era un gran rey y cómo él lo sería después.

Resultó que todo aquello era una mentira que se habían creído ambos.

En la adolescencia descubrió que Hisashi no era ni siquiera un rey decente y después de todas las historias que había escuchado sobre los reinos vecinos dudaba que los buenos reyes existieran. Alguna vez soñó con ser el primero. Rey para la gente, para deberse a su reino, si es que eso era posible. El sueño se le estrelló en el piso y se le hizo pedazos como un espejo de mal agüero cuando su padre volvió y le dijo que ahora era la clave para firmar un tratado de paz.

Han pasado mil historias por su cabeza y quizá ninguna es verdad.

Quizá todas las veces que imaginó que el Rey Bárbaro, Katsuki Bakugo, desea humillar al rey que derrotó no existen en otro lado más que en su cabeza pero su figura no deja de infundirle un respeto que más bien recuerda al miedo.

Por lo que pudo apreciar el breve tiempo que lo tuvo enfrente, cuando le retiró la tela semitransparente que cubría su rostro, prendida del tocado que llevó puesto en la cabeza —una complicada estructura dorada con tres figuras: flamas doradas que se extendían hasta el cielo y eran el emblema de los Midoriya—, es más algo que él. Bastantes centímetros como para que Izuku tuviera que alzar la cabeza para encontrar sus ojos —que son rojos y arden con una furia y una fuerza que arrolla todo a su paso: la mirada de un rey victorioso—. Rubio, con el cabello despeinado, se presentó sin ninguna corona que lo distinguiera como rey. Quizá la capa roja con pieles en el cuello fue lo bastante suntuosa para el norte, piensa Izuku.

Y los collares que adornaron su pecho desnudo y de los cuales no entiende la simbología. O el tatuaje que alcanzó a ver en su brazo.

Katsuki Bakugo es un misterio que no quiere descifrar todavía.

Cuando llega al comedor —lo que parece un comedor—, suspira de alivio. Le cuesta escaleras y pasillos interminables y más escaleras y más pasillos con paredes llenas de tapices que no alcanza a ver en la oscuridad.

Se dispone a dirigirse a la cocina cuando una luz se acerca a él.

—¿Ey, quién está ahí?

No conoce la voz.

Le pertenece a un hombre. No. Hombre no, porque le salen dos cuernos que apuntan al cielo de la frente y cortan e flequillo de cabello rojo que le cae sobre la frente.

—Ah, eres tú. —Es la segunda voz. Es Denki Kaminari, quien los condujo hasta sus habitaciones antes.

—¿Tienes hambre? —pregunta el joven pelirrojo.

—Ahm… Estaba…. En realidad… —Los balbuceos que salen de su boca lo ponen más nervioso. No conoce las normas del palacio, no entiende.

—Tienes hambre. —El pelirrojo sonríe—. Eijiro Kirishima, por cierto —se presenta—. Vamos, Denki quería robar del pan que hace Rikido. Quedó un poco.

Se dirige hasta el fondo del comedor e Izuku no lo sigue de inmediato. Es hasta que Denki se acerca y lo agarra del brazo que empieza a caminar y piensa que nadie que no sea de la realeza lo ha tomado así. Tampoco le han hablado con la informalidad que esos dos se dirigen a él —excepto su madre, Ochako y Tsuyu—; en casa todo era «Su Alteza» sumado a formalismos a los que acabó acostumbrándose con el paso de los años.

—Debes estar muriendo de hambre —comenta Denki—. Pero el pan de Rikido lo cura todo. ¿Las otras… hum…?

—Se supone que son damas de compañía —murmura Izuku—. Pero. —Hace una pausa, no sabe qué decir—. Son amigas.

Denki asiente. Si no entiende, pretende muy bien que sí.

La cocina es la estancia contigua al comedor. Tiene una barra de piedra —al igual que su horno—. Hay ollas limpias encima de los fogones y en varios compartimientos bajo la barra. También hay una sencilla mesa de madera.

—Siéntate —indica Eijiro—. Ahora voy por… —No termina la frase y empieza a revisar las bandejas abandonadas a un lado de la barra de la cocina, cerca de la única ventana que tiene la estancia.

Denki le aparta una silla y le ayuda a acomodar las mangas del traje para que no arrastren. Las mira con curiosidad, pero no dice nada. «Es tradicional», quiere decir Izuku, pero no sabe si debería.

—Ya no traes la… —Denki se señala la cabeza. Izuku no puede evitar sonreír.

—Es un tocado —dice. No es una corona, ni nada por el estilo, es simplemente un adorno—. Es sólo… Ceremonial. Para ocasiones especiales.

Denki sonríe y asiente.

Eijiro pone un plato de pan sobre la mesa.

—No es recién hecho pero es algo. Podría revisar si quedó caldo o algo más, pero no creo estar seguro de cómo calentar nada —advierte— y no quiero que Katsuki grite porque quemamos la cocina.

Izuku se mira los pies.

—Vamos. —Denki le empuja el plato hacia enfrente—. Ten.

Izuku los puede ver cruzar una mirada curiosa entre ellos, pero no dice nada y agarra una de las piezas de pan. Tienen formas que nunca ha visto antes y están espolvoreados de azúcar por encima. Le recuerdan a las nubes que se veían desde los tejados de su palacio en los días de lluvia. Se lo lleva a la boca y lo muerde.

No sabe si es delicioso o tiene demasiada hambre, pero quiere llorar.

—Mira, Ei, le gustó.

Alza la mirada y encuentra los ojos amarillos de Denki Kaminari sonriéndole.

—Gracias —dice.

Cuando Denki hace un gesto con la cabeza diciendo «no es nada», ya tiene medio pan entre los dientes. Izuku come con más tranquilidad.

—Katsuki te estuvo esperando para cenar —comenta Eijiro, que agarra una de las piezas y la parte a la mitad—. Rikido hizo un caldo muy bueno.

—No quería…

Izuku se pone rojo y no sigue contestando.

—Oí que te gritó —interviene Denki—. Lo siento por eso. A veces tiene la personalidad del estiércol de un dragón.

—¡Oye! ¡Mi caca tiene mejor personalidad que Katsuki en uno de sus malos días!

—¡Pero no asustes a Izuku que…!

Pero a Izuku sólo se le queda grabada una cosa.

—¿Eres un…? ¿De verdad? ¿Puedes…?

Eijiro lo corta de tajo.

—Ey, come —espeta—. Sí, soy un dragón. De verdad. Tengo alas y escamas y garras. Son rojas. Puedo enseñarte. Un día, si quieres. Pero no tengo fuego. Eso sólo los dragones del sur, en el desierto de Shiketsu. Aquí no. Aunque los dragones blancos tienen aliento de hielo. Yo sólo tengo las escamas.

Izuku asiente. Sonríe.

—Si te gustan los dragones, te gustará aquí —sigue Eijiro—. Más arriba hay un nido abandonado. En las montañas. Ya casi nadie se para por allí.

—No sabía que vivían tan al sur para…

—Antes —corta Eijiro—. Los antiguos reyes salvajes nos empujaron al norte todo lo que pudieron. Estuvimos mucho tiempo en guerra. Katsuki firmó la paz.

Eso pone a trabajar el cerebro de Izuku. Quizá Eijiro es un premio de guerra. De otra manera. Quizá vive en la corte para asegurarse de que los dragones no vuelvan a atacar. Demasiadas conjeturas y ninguna verdad.

Pero su mirada debe decir algo, porque Denki sacude un brazo con un gesto más despreocupado, diciéndole que lo que piensa está mal aunque sólo pueda atisbarlo.

—No como la firmó tu padre, no tiene nada que… —dice.

—Katsuki me salvó, antes del fin de la guerra. Me hirieron un ala —aclara Eijiro—. Peleé a su lado, para conseguir la paz.

Curioso.

Katsuki Bakugo, Rey Bárbaro. Firma la paz con todos los reinos que le heredaron en guerra. Salva a un dragón herido.

Es un misterio.

—¿Te gusta? —pregunta Denki.

—¡Denki, cariño, esa pregunta es demasiado invasiva cuando lo acaba de conocer!

Izuku cierra los ojos, sacude la cabeza. No. Es un rey que aceptó comercial con él. Por qué le gustaría.

No sabe qué decir.

¿Le irán con el cuento al Rey si dice que no?

Se muerde la lengua.

Mira a directo a la mesa y no a ninguno de los dos cuando contestas.

—Yo no elegí esto.

Ya va a llorar de nuevo. Hisashi —el Rey, no puede separarlo de su identidad como gobernante nunca porque jamás ha sido nada más— odia que llore. Desde pequeño. Desde que tenía cuatro años y estaba llorando porque su padre se marchaba. «Inko, el niño llora mucho». Hasta de adolescente. «¡Deja de llorar!».

—Ey, ey, ey. —Eijiro parece incómodo. Tiene una expresión extraña. Dudosa—. No llores. —Pero Izuku no para. La mano de Eijiro le roza el brazo. Izuku lo ve ponerse de pie, acercarse un poco—. ¿Puedo abrazarte?

Izuku asiente.


Notas de este capítulo:

1) No creí que me fuera a salir una cosa larga para la Twin Stars Week, pero Bakudeku es mi OTP (aunque sea multishipper esta es la fav además del Todobakudeku) y henos aquí. Este es un fic inspirado lejanamente por La bella y la bestia (el asunto fairytale) y por una película de Bollywood que se llama Jodhaa Akbar (es histórica y el slowburn más largo que he visto en el cine).

2) Es fantasy AU pero quiero dejar muy claro que nada está inspirado por la Europa medieval. Este fic es un intento de mejorar mis descripciones (pero como la capacidad de describir también va unida al narrador e Izuku y Katsuki se turnan, tendrán que sufrir con eso) y todas las referencias son asiáticas. Aunque claro, es un mundo nuevo, que sigue sus propias reglas. Pero las influencias son de la cultura asiática (las ropas de Izuku, su tocado, etc) en su mayoría. Kacchan sí es su versión de fantasía, pero un poco cambiada. Esto porque no se puede imaginar a la fantasía de corte medieval fuera de Europa y pues yo no quiero escribir eso, perdón. Me dan ganas de voltear a otras culturas.

3) También es mi primer intento con el Arraged Marriage Trope porque quería darle un giro a mi estilo. Me es muy importante el consentimiento y el no casarse por motivos políticos y aquí verán mis intentos de atacar este trope.


Andrea Poulain