Capítulo II.
Ojos verdes, ojos rojos
I.
Izuku lleva un rato despierto cuando oye dos toques en la puerta. Más amables que la noche anterior, diferentes.
—¿Príncipe Izuku?
Es la voz del Rey Bárbaro. Más tranquila, como si se estuviera obligando a hablar con tranquilidad. Izuku no dice nada. Ochako y Tsuyu, en una esquina, mirando por la ventana, tampoco lo hacen. Ochako tiene sus dedos metidos en el cabello de Tsuyu, largo, que le cae por toda la espalda y le está haciendo una trenza suelta.
—Rikido hizo el desayuno —sigue Katsuki, en la puerta—. Para que bajen a desayunar. Denki me dijo que sabes llegar a la cocina.
Izuku se acerca a la puerta.
—¿Es una orden?
La respuesta tarda en llegar.
—No. Carajo. No. —Las palabras se estrellan más rápido contra la puerta, el Rey cuida mucho menos su tono—. Puedes hacer lo que quieras. —Después de eso el silencio sólo lo interrumpe un bufido—. Si quieres evitarme, espera una hora. O algo así.
Oye el gruñido por fuera.
¿Por qué le está dando la opción?
Eso es algo decente.
Suspira.
Se acerca hasta la puerta y la abre.
Allí se encuentra al Rey Bárbaro con un mohín y el ceño fruncido. Cruza los brazos en cuanto lo ve. Lleva la capa roja y las pieles en el cuello. El pecho desnudo, de nuevo. Los collares sobre él. El cabello rubio parado y los ojos rojos que se aproximan al mundo con furia.
—Buenos días —dice.
Le sale eso porque es lo único que se le ocurre.
El Rey Bárbaro lo mira de una manera calculadora, evaluándolo.
—Alguien puede enseñarte el palacio después. Para que no te pierdas.
No dice más. Da media vuelta.
Izuku lo alcanza un pasillo más adelante después de sólo gritarle a Ochako y a Tsuyu que volverá más tarde (y que no duden en explorar el maldito castillo si les place, se supne que pueden ir a todas partes). Katsuki Bakugo alza una ceja cuando se da la vuelta y lo ve prácticamente correr hacia él.
—No quería perderme de nuevo —se excusa.
Es verdad pero también es verdad que quiere una oportunidad para evaluarlo. Es bastante bueno en leer a la gente y el Rey Bárbaro todavía le resulta un extraño. Sólo bufa, sin decir nada más, vuelve a darse a vuelta y sigue caminando. Izuku lo sigue, buscando ponerse a su paso.
—No vayas al ala norte —espeta Katsuki.
—¿Son tus…?
—No. Sólo está abandonada —responde.
No vuelve a decir nada en un buen rato. No parece tener intenciones de ser amable, pero tampoco de antagonizarlo. ¿Un punto a favor? Quizá. Las historias que se cuentan en el reino del sur sobre Katsuki Bakugo son todas temibles. Muchas lo involucran masacrando a sus enemigos en el lomo de un dragón. Quizá tienen algo de verdad. Y de mentira, porque duda que Eijiro Kirishima se preste para masacrar a alguien. (Aunque quizá no lo conoce tan bien).
—Esa es la sala del consejo —dice Katsuki, señalando una puerta a la izquierda de Izuku después de que bajan unas escaleras y el príncipe empieza a reconocer los pasillos que recorrió la noche anterior—. Se reúne todos los días. Excepto el cuarto día.
Izuku asiente.
Katsuki no agrega nada más hasta que llegan a la cocina.
—Puedes conseguir que alguien te lleve la comida hasta tus aposentos —apunta Katsuki—. Si no quieres salir. Pero no hay demasiados sirvientes. —Se encoge de hombros, aquello parece no importarle. Y es cierto, Izuku no ha visto a demasiado servidumbre allí cuando, en contraste, en el palacio de su padre nunca había podido dar dos pasos sin tener encima a una de las niñeras que acompañaba a su madre, a un miembro de la guardia real o simplemente a cualquier sirviente que estuviera cerca—. Me da igual.
Izuku asiente.
—¿Vas a decir algo?
—Sí, Su Maj…
El honorífico le sale sin pensar.
—Aquí no usamos esos títulos —espeta Katsuki Bakugo—. Pero en tu reino a la gente le encanta lamerle el trasero a la realeza, así que…
No termina. Su ceño fruncido se acrecienta.
Bien. No le gusta el lugar del que viene Izuku. Pero aun así acepto el tratado, ¿por qué?
—Lo siento.
Katsuki Bakugo bufa.
—Da igual.
El comedor está vacío.
Izuku mira con duda la mayor parte de los lugares.
—Casi nadie desayuna aquí, pero como eres nuevo… Se usa para las comidas.
Izuku asiente.
Katsuki se dirige a la cabecera y le señala a Izuku el lugar a su derecha.
—Se supone que. Bueno.
Otro asentimiento. De verdad no sabe que decir. Pero Katsuki Bakugo se está esforzando por ser amable aunque sea desinteresado. Izuku se da cuenta de que se le queda viendo cuando cree que él no pone atención, como evaluándolo.
Bien. Interés, cuando sea mínimo.
—¿Cómo se supone que debo dirigirme a ti? —pregunta, finalmente.
«Su Majestad» está descartado, eso queda claro.
—Lo dije anoche, ¿no? —Esas palabras salen más bruscas—. Me llamo Katsuki.
Izuku se hace más pequeño sin querer. No es culpa de Katsuki Bakugo. Pero el tono le recuerda a su padre. «¿No puedes hacer nada bien?». «¿Esperas heredar mi reino siendo un cobarde?». «¡No podrás esconderte bajo las faldas de tu madre toda tu vida, Izuku!». «¡Si yo te hubiera criado…!». «¡Te casarás con el Rey Bárbaro y eso está fuera de la discusión! ¡¿Acaso no quieres salvar a tu reino?!».
El Rey Bárbaro frunce el ceño ante la reacción.
—¿Tienes miedo?
Lo pregunta como si lo estuviera acusando de algo.
Izuku se contrae sobre sí mismo.
—N-no. Lo siento.
—¿Por qué carajos estás llorando?
Ah. No se había dado cuenta. Que estúpido. Con qué facilidad tan pasmosa le salen las lágrimas. Lo odia.
—L-lo siento.
«Estoy lejos de casa». «Me están obligando a hacer esto». «No sé». Tantas respuestas y lo único que sale de su boca es una disculpa. Qué frustración.
—No eres un prisionero de Guerra —dice Katsuki. Izuku asiente, pero las lágrimas ahí siguen.
—De todos modos, el tratado… —Izuku hace un mohín—. Tú y mi padre negociaron con mi vida. Nadie me preguntó si…
—¡Por mí puedes dar media vuelta y volver! —Ah. Agresividad. Demasiado pronto. Demasiado rápida. Como una mecha muy corta en la bomba de un cañón.
—¡No puedo! —Intenta responder con voz fuerte, pero medio se le rompe y por más que parpadee no puede quitarse las lágrimas de los ojos—. ¡Soy un premio de guerra! ¡No veo diferencia entre eso y un prisionero! ¡La seguridad de mi reino a cambio de mi vida! ¡A cambio de una boda!
—¿Y quién te dijo, príncipe, que planeo casarme contigo?
—Pero… el tratado… Mi padre…
—Tú padre insistió. En este reino no hacemos esas cosas. ¡¿De qué me serviría aceptar meter a un posible espía glorificado en mi corte?! —Katsuki está rojo y furioso. Izuku ni siquiera puede mirarlo. Sólo quiere que pase. Por favor. Rápido. Katsuki hace una pausa e Izuku no se fija en su rostro, pero algo cambia en su tono cuando vuelve a hablar—. ¿No te lo dijo?
—¿Qué?
—Él insistió. Para firmar la paz —aclara Katsuki—. Y necesitamos la paz. ¡No pueden seguir atacando nuestras fronteras!
«Él insistió». Las palabras se le clavan.
—¿Tú no…?
—¡En este reino no hacemos esas cosas! ¡¿Qué ustedes no saben lo que es el amor?!
«No», quiere responder Izuku y es cierto. Hisashi e Inko Midoriya no se casaron por amor. Ella era la hija de un duque cuyas tierras estaban cerca de la frontera sur y le era especialmente beneficioso tener forjar una alianza. Él siempre creyó que le acomodarían una princesa de un reino vecino, la hija de un duque, algo así. Alguien con quien tener descendencia, porque iba a ser rey. No hay amor en sus matrimonios.
—Lo siento —dice Izuku.
Ya no sabe por qué se está disculpando. Es tan frustrante.
—Izuku, mírame.
—¿Es una orden?
—¡Haz lo que sé dé la gana! —Katsuki respira profundo, intentando calmarse—. Sólo estoy intentando verte directamente para…
Izuku alza la vista.
Los ojos verdes bien abiertos. El sólo gesto deja a Katsuki callado.
—No me voy a casar contigo —le dice—. Ahora. Necesito la paz y por eso estás aquí. Puedes hacer lo que te plazca. No eres un prisionero. ¿Entendido?
—Sí. —Su voz es demasiado débil. La odia por un momento. Le gustaría ser más fuerte.
—Si le cuentas a tu padre cualquier secreto de mis tierras, lo lamentarás, ¿entendido? —advierte Katsuki. Izuku asiente—. Habla, carajo.
—Sí.
«Nunca le contaría nada», quiere decir. Hisashi le da miedo aunque muy dentro de él intenta esconderlo.
Los ojos rojos de Katsuki están clavados en él y lo evalúan un momento más. Izuku agradece cuando entra alguien más y le deja la comida enfrente. No dice nada más y Katsuki también se queda callado.
«Por favor, que no sea un rey como mi padre».
De momento, demuestra ser un poco diferente.
Izuku ni siquiera se da cuenta quien les pone el desayuno enfrente y luego se arrepiente. Podría haber agradecido. Pero vuelven a estar solos.
—Katsuki.
—¿Qué?
—Gracias.
—¿Por qué carajos?
—Por no obligarme a casarme.
Katsuki bufa, como si aquello no tuviera ninguna importancia. Le dirige una mirada medio irritada a Izuku y el príncipe no se atreve a volver a abrir la boca.
Pronto vuelve a quedarse solo. Rechaza la compañía de Ochako y Tsuyu porque se merecen estar solas un rato. Pasaron los últimos días de viaje sin separarse de Izuku, así que se merecen un tiempo a solas. Ellas lo gastan en los aposentos que le asignaron a Izuku y deciden que luego conocerán el resto del castillo. El príncipe las deja solas y acaba vagando sin compañía hasta que una voz lo interrumpe.
—¡Ey, príncipe! ¡Izuku!
Se da la vuelta y reconoce a Eijiro Kirishima. Lleva el cabello parado, al contrario de la noche anterior.
—Ah. Hola.
—El consejo está en sesión —dice Eijiro—. Están discutiendo cosas inútiles, así que… ¿Quieres conocer el resto del castillo?
Izuku sonríe y asiente.
Eso le ayudaría.
—También puedes conocer al resto de la gente —sigue Eijiro—. La partida de cazadores vuelve esta tarde. Pero somos más. No sólo Denki, Katsuki, Rikido y yo. —Sonríe. A Izuku su mueca le inspira confianza así que lo sigue—. Vamos. Te llevaré al mirador.
—¿El mirador?
—Puede verse todo el panorama desde allí. Esto es una fortaleza, después de todo. —Se encoje de hombros, como si estuviera diciendo algo obvio—. Es la parte más bonita. Ves todo el bosque hacia abajo porque el castillo está encalado en la montaña.
Izuku sonríe.
—Vamos.
Por un momento, se permite la felicidad.
Izuku se recarga en las almenas y ve hacia abajo. Eijiro tenía razón. Es hermoso. Es uno de los paisajes más impresionantes que ha visto nunca. Siente que si extiende las manos puede tocar las copas de los árboles más cercanos. Es majestuoso y nunca se lo imaginó así. Después de todo, la fortaleza, aunque enorme, parece escondida en las montañas.
El castillo de los bárbaros es muy diferente a aquel en el que pasó su infancia, con los techos en forma de pagoda, altos hasta el cielo, con escaleras interminables. Construido, además, sobre terreno plano. No, el castillo de los bárbaros no parecía tanto un castillo, pero era una construcción impresionante, encalada en la montaña. Los pisos y las escaleras, contempló Izuku al darse la vuelta —de espalda al bosque— dependían de la forma de las rocas. Todo estaba tallado y lleno de tapices, con grandes patios interiores. Parecía un laberinto e Izuku se descubrió pensando que quizá era uno donde no le molestaría perderse.
—¿Verdad que es hermoso? —pregunta Eijiro. Ve hacia donde tiene Izuku clavada la mirada y señala un poco más arriba, hacia las montañas—. Allá está el viejo nido de dragones. El que te decía.
Sonríe. Tiene dientes puntiagudos, que lo delatan —además de los cuernos y de las escamas salteadas por todo el cuerpo— como una criatura.
Izuku alza un poco más la mirada. Sólo distingue los picos y las nubes.
—Podemos ir un día.
—Gracias.
«¿Por qué eres tan amable?», quiere preguntar, pero no se atreve.
Eijiro lo deja admirar un poco más de tiempo el paisaje, hasta que se cansa del verde de los árboles y de las rocas.
—¿Quieres bajar? —pregunta—. Ahora podemos recorrer todos los jardines. También podemos ir a las catacumbas. Aunque dan miedo.
—Jardines —decide Izuku.
Quiere seguir al sol.
Eijiro vuelve a sonreír.
—Oh, te encantarán.
—A Katsuki le da igual que hagamos con sus jardines. Mina se encarga de la mayoría. No sé dónde está…
—¿Mina?
—Es una bruja. Creo que ese es el término correcto —explica Eijiro—. Sus mejores hechizos tienen que ver con las plantas, así que se encarga de todos los jardines. Tendrías que haberlos visto cuando llegamos aquí, eran una mierda.
Izuku asiente, porque no entiende nada de lo que Eijiro está diciendo.
En su mente anota que hay una bruja en el castillo, de nombre Mina y nada más. Seguramente la descubrirá después. Tiene toda una vida, porque al parecer su deber es mantener la paz de los suyos. Las brujas son comunes, eso sí. Ochako sabe hacer hechizos sencillos, pero nunca estudió nada demasiado a profundidad, porque sus padres pretendían usarla como una moneda de cambio noble para escalar posiciones entre la realeza menor.
(El plan falló miserablemente).
Encuentran a Ochako y a Tsuyu en uno de los jardines cercano al ala oeste.
—¡Izuku! —llama la primera e Izuku se dirige hasta ellas. Están sentadas el borde de una fuente rodeada de flores amarillas.
Eijiro se queda unos pasos atrás, con cautela, pero Izuku hace una seña, medio dirigiéndose a él.
—Él es Eijiro —dice.
—Eijiro Kirishima —aclara el dragón.
—Estaba enseñándome el palacio.
Tsuyu abre mucho los ojos y Ochako lo ve con ojos calculadores. Ninguna de las dos dice nada, ambas esperan que termine la ronda de presentaciones.
—Lady Ochako Uraraka y Lady Tsuyu Asui. —Izuku señala a cada una de ellas. Eijiro sonríe.
—Pueden unirse al recorrido. —Eijiro sonríe.
Ninguna de las dos hace un gesto para ponerse en pie, Pero Tsuyu sí que estira las manos.
—¿Los cuernos son de verdad?
—¡Tsu, no puedes preguntarle a alguien su los cuernos son de verdad!
A Eijiro no parece molestarle. Hinca una rodilla en el suelo frente a Tsuyu y baja un poco la cabeza.
—Sí. Puedo esconderlos, pero es incómodo.
—¿Y las alas? —pregunta Ochako y luego enrojece—. Lo siento, si no debo preguntar…
Pero Eijiro parece estar encantando y en su elemento.
—Puedo hacerlas aparecer pero son muy grandes para mi forma humana y sólo estorban. Creo que prefiero mantenerlas como están.
—Yo tengo orejas, mira. —Tsuyu se levanta el cabello para enseñarle la forma de sus orejas. Tienen una forma que, lejanamente, recuerda a unas aletas—. Recuerdos de las mujeres marinas. Hace unas cinco generaciones uno de mis antepasados se enamoró de una. —Las mueve y Eijiro las ve, fascinado.
Izuku se sienta al lado de Ochako. Sus pies apenas llegan a tocar el suelo. Deja que los otros tres hablen y él se concentra en la nada. Se detiene sólo cuando atrapa un rastro de una capa roja por con el rabillo del ojo y ve a Katsuki Bakugo caminar por los pasillos que rodean al patio donde están. Va solo y se detiene cuando nota que están allí. Izuku le devuelve la mirada y siente como los ojos rojos se clavan en los suyos.
Podría acercarse, piensa Izuku.
Podría.
No le molestaría, no realmente.
(Aunque quizá lo ponga demasiado alerta de lo que dice o hace o demasiado nervioso porque dentro de él todavía descansa el miedo a que en algún momento el Rey Bárbaro resulte ser un hombre cruel).
Pero no lo hace y, tras un momento, desvía la mirada y sigue caminando.
Eijiro se da cuenta de que Izuku tiene la mirada fija en el horizonte.
—¿Pasa algo? —pregunta—. ¿Pasó alguien?
Izuku niega con la cabeza.
—Nadie.
II.
Katsuki ya tiene un juicio sobre el príncipe Izuku Midoriya: es irritante. Desesperante, quizá, pero no está seguro todavía.
Pero esos ojos.
Carajo.
Enmarcados en el kohl con tinta verde que los enmarca, parecen aún más grandes y profundos. Pareciera que el maquillaje acentúa su tristeza. Quizá las pecas que tiene regadas por todo el rostro también ayuden a resaltarlos. Quién sabe. El príncipe sureño no es lo que esperaba. No se acerca ni siquiera a la imagen que se había formado de él.
No le recuerda en lo más absoluto al rey cobarde que le ofreció a su hijo en un intento desesperado de deshacerse de él.
¿Por qué?
—¡Ey, Katsuki!
Denki lo alcanza casi corriendo y lo agarra por el hombro.
Y a pesar de la rapidez con que lo hace, Katsuki nota lo que siempre nota cuando se trata de Denki Kaminari: se asegura de estar en su campo visual antes de levantar la mano. Katsuki también supone que se fija en su expresión antes de tocarlo, pero no está seguro, a pesar de que ha intentado preguntarle a Eijiro. (Y fallado, porque es pésimo para preguntar cosas).
Una vez noqueó a Denki por sorprenderlo por la espalda. Hay costumbres difíciles de erradicar de sí mismo.
—¿Qué quieres?
—¿Sabías que va a llover?
Katsuki rueda los ojos y después, alza la vista al cielo.
Está completamente azul.
—¿Estás seguro?
—¿Cuándo he fallado alguna vez? —Denki sonríe—. Mis rayos lo sintieron. En la mañana. No estaba seguro, pero lo volvieron a sentir.
Bendita magia. Al menos los deja prepararse para las tormentas.
—Ve a decirle a Yamada que envíe un mensaje para la partida de caza. Para que se apresuren.
Cuando da órdenes, su voz sale más golpeada, su tono es más duro. Necesita sentir que la corona no le queda muy grande, que es capaz de llevarla sobre la cabeza.
(Aunque es sólo retórica: la única corona que tiene es el cráneo de un ciervo con sus astas que usa en las ceremonias. Los bárbaros no se adornan con oro y plata ni piedras preciosas).
—Hecho.
Denki le dedica un guiño y se va corriendo. Katsuki se dirige sin pausa a sus aposentos.
Los ojos verdes de Izuku Midoriya lo persiguen. Todavía. Carajo.
El agua empieza en la noche y no para. Los truenos amenazan con dejar sordo a todo el mundo y Denki tiene que salir dos veces para impedir que los rayos destrocen las almenas. Mina protege los jardines mientras grita que sus flores van a morir todas cuando empieza a caer el granizo y Katsuki la deja hacer. En menos de dos días el castillo está lleno de gente que corre de un lado a otro por los pasillos, evitando aquellos cercanos a los patios para no mojarse.
Las lluvias son largas y devastadoras, pero saben sobrevivir ellas.
El príncipe y las dos mujeres que lo acompañan pasan demasiado tiempo encerrados. Katsuki no pregunta cuáles son las costumbres en el sur durante una tormenta. No intenta acercarse en varios días.
No quiere gritarle.
(Pero sí quiere).
No quiere zarandearlo para que deje de pasear su cara triste por todo su castillo.
(Pero si quiere).
Al final acaba encerrándose en sus aposentos en el ala este del castillo, donde evita que todo el mundo entre.
Con las lluvias, todo está parado.
No hay caza. La comida tiene que durar. Las lluvias más cortas duran cuatro o cinco días. Las más largas llegan hasta quince. Por supuesto, en ese castillo no es un problema. El pueblo bárbaro es guerrero y los vecinos del sur y del norte —los dragones— siempre los han perseguido. Ese castillo que parece construido a partes está hecho para sobrevivir un asedio un invierno entero y refugiar a casi tres aldeas enteras. Quizá más.
El consejo apenas se reúne los días de lluvia porque el mundo se detiene. El agua cae y lo pone todo en pausa.
Katsuki se queda sin distracciones y se enfrenta a los tapices polvorientos en uno de los cuartos que usa.
En uno, su padre retrató a su madre de mil y un maneras. No es demasiado grande. Modesto. Para la pared de una casa, no de un palacio.
Katsuki es una copia de ella, que también lleva una capa roja con pieles en los hombros y el cuello lleno de collares. Llevaba.
Le cuesta pensar en pasado cuando se trata de Mitsuki.
—No es fácil, ¿sabes? —le espeta al tapiz.
Se le sale el amor y el resentimiento al mismo tiempo.
«Tenías razón», se le atora en la garganta. «Y yo era un pendejo». El futuro de su reino pende de una boda que no está dispuesto a llevar a cabo porque no hay amor. Si el Rey Hisashi Midoriya lo descubre, va a haber consecuencias. Supone. No entiende muy bien que saca de todo ese matrimonio. Quizá sólo quiere deshacerse de su hijo porque sí y Katsuki sólo le está dando vueltas al tema como un imbécil estúpido idiota.
Casi le parece oír a Mitsuki gritarle eso.
«Imbécil». «Estúpido». «Idiota». Por sí solos no son insultos muy graves, pero ella los hilaba gritando y siempre se oía peor de lo que era.
«Tenías razón». Todavía lo trae atorado.
Le dijo que no sabía porque ella no era reina. Que cómo podía saber si no había llevado el peso de todo un reino a sus espaldas.
Pero Mitsuki tenía razón.
—Pinche príncipe.
Pero no es su culpa.
Son otras cosas las que lo complicaron todo. La guerra. Por ejemplo.
Lo ve platicando con Kaminari a lo lejos. No sabe de qué hablan, pero Kaminari sonríe. Amplio. Katsuki frunce el ceño y se pregunta por qué a él Izuku Midoriya no le resulta agradable. Se queda a la distancia. Total, mirar a la distancia no hace daño. Le permite observar el cabello del príncipe. Ver como mueve las manos y las mangas del atuendo que trae puesto se mueven con él. Son amplias y bordadas. A Katsuki le parece que estorban, pero ese es el estilo del sur y no dice nada.
Mina es la que le da un codazo.
—¿Qué? ¿Quieres quemarlo con los ojos, Katsuki?
Él bufa.
—¿Te irrita o te gusta mirarlo?
«Ambas».
Apenas si hablan. Katsuki no soporta la actitud miedosa que tiene ante el mundo demasiado tiempo y todo siempre acaba mal. No importa.
—No confío en él.
—Dudo que sea el enemigo —dice Mina.
—Ya, porque tiene cara adorable.
—¿Eso piensas? ¿Qué tiene cara adorable?
Katsuki bufa. Las mejillas le arden. La verdad está ahí, pintada en su rostro y Mina la ve, porque ella siempre ve esas tonterías. Las que Katsuki esconde. «Las que te hacen parecer ser humano y no sólo un rey por encima del resto, Katsuki».
Le sonríe. Tiene una sonrisa entre adorable y diabólica. Maldita.
Lleva una capa color turquesa con las mangas transparentes. Anchas, pero ajustadas a sus muñecas. Por dentro, la capucha es rosa, del mismo color que se pinta el cabello. Lleva la cara pintada, como siempre. El tono oscuro de su piel se junta con el rosa de la pintura con la que traza distintas figuras en su rostro. Katsuki duda haberla visto sin esa pintura alguna vez.
—Denki dice que no confía en ti. Eijiro que te tiene miedo. O sólo que tiene miedo en general. De algo. De estar aquí. —Nunca ha tenido pelos en la lengua. Ojalá los tuviera—. Habla con él. Este va a ser su hogar, te cases o no te cases con él. No puede volver porque estaría condenando a su pueblo a la guerra. Izuku no va a romper el tratado.
—Su pueblo saquea nuestras aldeas.
Mina frunce el ceño.
—No te equivoques, Katsuki —le advierte. Su voz es más fría y más dura—. Su pueblo muere de hambre tanto como nuestras aldeas saqueadas. Su ejército es el que ataca. No, quizá debo puntualizar. No es su ejército. El de su padre.
—¿Ya hablaste con él?
—Denki me lo presentó.
—¿Qué te parece?
—¿Sinceramente, Katsuki?
—¿Acaso alguna vez no lo has sido?
Mina lo ve, a lo lejos. Izuku aun habla con Denki. Siempre lleva los ojos enmarcados en kohl verde oscuro y eso es casi siempre lo primero en lo que Katsuki fija la mirada.
—Es un digno heredero —dice Mina—. No de su padre, porque Hisashi es un pedazo de estiércol. Conoce el dolor, sabe sonreír. No mandaría a un montón de soldados a morir por pura sed de sangre. —Suspira—. Quizá por eso el rey lo apartó del trono, ¿sabes? No lo sé. Aunque quizá, y nunca le digas a nadie que dije esto, Katsuki, nunca. Quizá sea lo mejor. Los hombres como él no sobreviven siendo reyes rodeados de otros conquistadores.
Katsuki gruñe ante esa afirmación.
—Yo sobreviviré.
—Tú no eres como él. —Mina le sonríe y su sonrisa es triste—. Entiendes de otros sacrificios. Aceptaste el trato con su padre, después de todo.
—No sabes por qué acepté. ¿Qué clase de rey abandona a su heredero a su suerte y lo cambia? ¿Qué clase de vida…?
—Katsuki, no me importa si tenías las mejores razones del mundo porque querías darle una oportunidad de huir o si en realidad no vas a casarte con él —espeta Mina. Lo agarra por la muñeca y lo jala más lejos, antes de que alguien note cuál es el tema que están tratando—. Aceptaste volverlo un intercambio. Su vida a cambio de la paz.
Vuelve a gruñir.
Mina tiene razón.
Se acerca cuando aparece Eijiro y Denki va tras él y se le cuelga del brazo. Izuku se queda mirando por una ventana, solo. Katsuki da un paso hacia él y Mina lo empuja inmediatamente. Luego desaparece.
Carraspea para llamar la atención del príncipe.
—¡Su M…!
No se le quita la maldita costumbre.
—Izuku —interrumpe él.
—Katsuki —responde el príncipe. Alza la vista y busca sus ojos. Al menos no los evita—. Lo siento. Lo siento.
Katsuki sacude la cabeza, reprimiendo un gruñido.
—¿Y tus damas?
Katsuki no se sabe bien sus nombres. Una lástima. (Se los preguntará a Eijiro más tarde).
—¡Ochako y Tsuyu! Querían tiempo a solas así que… —Se encoge de hombros, como si eso lo explicara todo—. A veces lo necesitan. No pueden seguirme a todos lados. Y yo también… —Las palabras se le atropellan. Acomoda su cabello detrás de la oreja—. Querían tiempo a solas, —repite—, así que vine y me encontré a Denki y…
Katsuki asiente.
—¿Qué hacen en el sur cuando llueve? —pregunta.
—¿Cómo…?
—Aquí hacemos un baquete el primer día de sol tras las lluvias —explica Katsuki—. Es una regla. Para agradecer a los dioses el fin de la tormenta. —Arrastra la voz. No sabe por qué preguntó. Quizá nada más quiere conocerlo por debajo de los ojos grandes que tiene, a ver si tiene otra personalidad además de la de príncipe arrancado de su hogar—. Usualmente sabemos un día antes que las lluvias terminarán. Por Denki.
—¿Denki?
—Su magia. Con los rayos y. Eso. Él te lo puede explicar. —Katsuki odia dar vueltas, así que corta la desviación de la conversación—. ¿Qué hacen en el sur tras las lluvias? O en las lluvias, o en lo que sea o…
No son demasiado comunes. Tanta lluvia ahoga a las plantas. Hay que proteger los cultivos, la comida. El agua les da vida, pero también pudre todo. Si quiere.
—Rezamos. El primer día —dice Izuku—. Le pedimos a la madre su favor. Que sea una lluvia próspera. No muy larga. Que proteja los establos, los graneros, los cultivos. La gente.
—¿Sueles hacerlo?
Izuku asiente.
—¿Y aquí? ¿Por qué no lo hiciste?
—Aquí no hay ningún templo a…
Claro. En el norte no veneran a la Madre. Esa es una diosa nueva. El norte es fiel a los dioses antiguos, los Sin Cara, señores de las montañas y los dragones. El mito dice que crearon al mundo en trece días. Crearon la tierra, moldearon las montañas, poblaron todo de criaturas y les dieron vida. Pusieron sobre el suelo a los Primeros Hombres. Alguna vez, los pequeños reinos del sur también creyeron en los dioses que sólo los bárbaros y los dragones mantienen vivos. Después la olvidaron. Pero las cosas cambiaron.
Dicen que La Madre apareció con un niño bajo el brazo. Contaba que los espíritus le habían confiado que iba a cambiar el mundo. Sentaba a la gente alrededor de la hoguera y contaba historias. Arrullaba a un niño mientras tanto.
Luego las cosas se pusieron feas. A los reyes no les pareció que hablara en contra de sus dioses y empezaron a perseguirla. La gente común, la de los pueblos y de las aldeas, a los que la realeza mataba de hambre, la protegía. Creía en ella. Todo el mundo se convertía a una velocidad impresionante. La Madre hablaba de un mundo con más amor, donde la gente se preocupara por los otros. Pero los reyes la perseguían porque la veían como una amenaza. Abandonó a su hijo para protegerlo.
Al final murió. La gente nunca olvidó y pasaron muchos años. Sus creyentes se extendieron y aunque la persecución seguía, su palabra seguía sonando. No fue hasta que un rey se encomendó a ella en una batalla que la gente empezó a tomarla en serio. Que el mundo de la realeza empezó a convertirse al credo de La Madre y erigió iglesias llenas de oro, que La Madre nunca hubiera querido y la vistió en telas preciosas. El mismo mundo que la había perseguido le construyó altares grabados llenos de rubíes y de incrustaciones.
La diferencia que hacían unos siglos.
Pero su influencia no había llegado al norte. En las montañas, los dioses que Mitsuki le había enseñado a adorar seguían vivos. Su credo, al menos.
Él no creía en nada que no pudiera ver con sus propios ojos.
—Cierto —espeta. Es un poco brusco y ve a Izuku buscar en sus ojos si se equivocó al recordarle la falta de templos—. Ven —le dice—. Quiero mostrarte algo.
—¡Eijiro ya me enseñó el castillo!
—No todo —dice Katsuki. Después de todo, es un laberinto y hay lugares que sospecha que el dragón dejó fuera del tour—. Ven.
—¿Es una orden?
La insistencia de Izuku por asegurarse es irritante, pero no lo culpa.
—Haz lo que quieras —suelta y empieza a caminar. Izuku lo sigue.
El templo está arriba. Cerca del cielo, pues sus señores son señores de la montaña. Katsuki abre la puerta, que chirría, y deja a Izuku pasar.
—Katsuki…
—No hables, espera.
El rey va prendiendo las lámparas de aceite, a ambos lados de las paredes, iluminando los tapices. Tienen pintadas escenas de dragones y batallas. Los dioses nunca aparecen. No tienen rostro, entonces los bárbaros no pueden representarlos. No hay altar, al fondo, sólo hay una pared llena de grabados y una pequeña mesa de piedra donde suelen prender velas e incienso en honor a sus dioses.
—Katsuki…
—Este es nuestro templo —dice—. Eijiro no te trajo aquí porque asumió que no creías en nuestros dioses. No se equivocó.
—¿Y puedo estar aquí?
—Cualquiera puede estar aquí. No está prohibido.
Katsuki es escéptico, pero eso no evita que prenda una vela en la mesa de piedra al frente. Luego se pone de rodillas. Izuku se queda un poco atrás.
—¿Qué se supone que tengo que hacer?
Katsuki se encoje de hombros.
—Nada, si no quieres —murmura—. Solemos dejar ofrendas ahí. Y pedimos cosas. Por la salud, por la victoria, por la lluvia o por el fin de ella.
Izuku cae de rodillas ante él.
No hace ningún otro gesto.
Katsuki aparta la mirada de la mesa de piedra y mira a Izuku —que está mirando fijamente la vela que prendió Katsuki con demasiada concentración—. Mina tiene razón. Katsuki sigue siendo un cómplice de que esté en el norte.
—¿Quieres un lugar para rezar a La Madre? —pregunta.
—¿Qué?
—Un templo. Algo —insiste Katsuki—. No podemos construir los grandes templos, del sur, pero quizá algún lugar del palacio… podría servir.
Izuku sonríe. Es un gesto que avivaría cualquier fuego.
—Me encantaría, Katsuki.
Notas de este capítulo:
1) Sobre el lore religioso. ¡Sí, está inspirado en el mundo real! Un poco en romanos vs cristianismo —y en lo que después se convirtió la iglesia católica contra lo que se predicaba— y un poco en cómo se ha usado a la religión para asuntos políticos. Por ejemplo, Ashoka usó el budismo para unificar el Imperio Maurya después de la conquista de Kalinga (y en parte probablemente porque se le tocó el corazón después de las masacres de la guerra). En fin, dijo la atea que le gusta crear lore religioso.
2) Sobre Mina: tiene la piel oscura —como adaptación de ella a una versión humana, es la primera vez que es humana en un fantasy AU, sólo le había tocado ser hada de distintos tipos— y suele usar pintura rosa para adornarse. Su cabello sí es rosa porque lo digo yo. Y es bruja.
3) Lo de las orejas de Tsuyu es una referencia directa a otro de mis fics, donde es una sirena. (Until I Breathe This Life). Aunque aquí, vale la pena notar, las sirenas no se llaman sirenas, sino mujeres marinas.
4) El castillo está inspirado por las fortalezas Rajputs, concretamente con las de Jaipur, la Amer y la Tiger (que tienen un túnel que las conecta, por si no sabían). Nada que ver con Japón, pero esto es High Fantasy, hago lo que quiero (si Horikoshi hizo sus versiones medio occidentales, yo me doy permiso se hacer tremendo collage de influencias). En cambio, el reino de Izuku, si está más inspirado por la chino, japonés y coreano. Ya sé que mis notas son largas, pero este es uno de los fics más estéticos que he escrito en high fantasy, donde la apariencia y las descripciones tienen tanto peso y me gusta hablar de eso.
Andrea Poulain
