Capítulo III.
La Madre cuida de todos nosotros
I.
Le regala su templo a La Madre. Sigue sus instrucciones, lo ve sonreír cuando uno de los cuartos que nunca se usan tiene un altar con la figura de La Madre, Nana Shimura. Se acerca a prenderle una vela. Katsuki lo ve todo desde lejos, desde la puerta. Quita la sonrisa en cuanto Izuku voltea.
—¿Quieres acercarte?
—¿Puedo? —pregunta Katsuki.
—Sí. Ella no rechaza a nadie.
—Pero no creo…
—Minucias. Sólo quítate las botas.
Izuku sonríe y extiende los brazos, diciéndole que es bienvenido. Katsuki se queda viéndolo un momento. Lleva la misma ropa que suele usar siempre, con las mangas anchas y los detalles dorados y verdes. Ese color le queda. Ese día, además, una de las damas que lo acompañan le prendió una peineta con perlas en el cabello de la que cae una vaporosa tela verde. Katsuki no sabe la razón, pero la peineta es como una corona sobre su cabello, sobresale de entre todos los rizos verdes. La tela cae por su espalda y parece un velo sin serlo. Además, no lleva zapatos. Los dejó en la entrada, a un lado de donde está parado él.
Por más que lo intenta, Katsuki no entiende la estética del sur.
Así que se acerca después de dejar sus botas a un lado de los zapatos de Izuku.
—¿Qué tengo que hacer?
—Espera, voy a prender un poco de incienso —dice Izuku. Se acerca hasta el altar, donde coloca un pequeño recipiente en el que descansa una tira de incienso. La prende con la llama de la veladora—. Puedes mirar, si quieres. Rezamos para pedir por nosotros —murmura—. También por otras personas.
Se queda mirándolo y es muy directo. Katsuki tiene la sensación de que está intentando decirle algo.
—¿Otros? ¿Aunque no crean…?
—No importa —asegura Izuku—. La Madre cuida de todos nosotros.
Se pone de rodillas ante el altar.
Detrás de él, Katsuki hace lo mismo, por respeto.
—¿Te gusta? —La pregunta de Eijiro es abrupta, demasiado directa.
—¿Qué?
—El príncipe.
—No lo odio.
—Espectacular —murmura Eijiro, llevándose una mano a la cara—. Lo único que puedes decir sobre él es que «no lo odias». Lo único bueno, porque ayer te quejaste otra vez de que casi llora cuando lo miraste mucho rato porque creyó que estaba haciendo algo mal.
Están en el salón del consejo y están solos. Denki se fue después de murmurarle unas cuantas cosas en el oído a Eijiro, así que no duda que estén tramando algo.
—¡Odio que haga eso! ¡Me desespera!
—Bueno, pues yo creí que estaban empezando a llevarse bien. —Eijiro se encoje de hombros y se levanta de su silla. Se dirige hasta la de Katsuki, un poco más al centro y se apoya sobre la mesa. El rey tiene que subir la mirada para alcanzar la del dragón—. Con lo del templo y…
—Fue un regalo. De buena voluntad —gruñe Katsuki—. Y no lo odio. Sólo…, no lo entiendo. Siempre es amable pero se mueve alrededor de mí con demasiada cautela. Especialmente si estoy enojado.
—Katsuki no te ofendas, pero… No sé cómo decírtelo: el príncipe Izuku Midoriya no te conoce realmente y aunque hayas sido amable un par de veces, eso no significa que de repente te entienda. —Eijiro frunce el ceño—. Mina dice que lo escuchó llorar hace dos noches.
—¡Llora todo el tiempo!
—¡Porque así es él! ¡Ayudaría si dejaras de verlo como a estiércol de cabra cuando lo hace! —Eijiro suspira—. No confía en nuestro reino. Es obvio que se siente más cómodo y Denki lo hace reír muy seguido, pero no confía en nuestro reino, no completamente. Ya sé que ya es más de un mes y medio, pero…, Katsuki, cambias tanto de humor que apuesto a que nos abe qué pensar de ti.
Katsuki cruza los brazos sobre el pecho.
—Siempre actúa como si tuviera que complacerme.
—Porque su vida era complacer al único rey que conocía —dice Eijiro—. Si solo conoce a su padre, ¿qué va a pensar de ti?
—Acompáñame a cenar. —Lo suelta de improviso—. A solas.
Usualmente todo el mundo cena en el comedor. Hay suficiente lugar para todos y no hay mesa alta. Aunque Katsuki ocupa siempre la cabecera de la primera mesa e Izuku se sienta a su derecha. Eijiro a su izquierda.
Izuku alza la vista y Katsuki puede ver el momento exacto en el que encoge,
—¿Bakugo…?
—Sólo cenar —espeta—. A solas. Esta noche. En mis aposentos. Le pediré a Rikido que prepare algo del sur, si quieres.
Todavía parece inseguro. Izuku nunca ha pisado los aposentos de Katsuki y Katsuki, a cambio, se ha mantenido siempre del otro lado de la puerta en los del príncipe. Lo está invitando a sus dominios.
—¿Debería arreglarme? —pregunta.
—Es sólo una cena.
—Pero, Su Ma…
—¡Katsuki! ¡O Bakugo!
Encoge todavía más. Ya no se le escapa tanto ese «Su Majestad» que tanto frustra a Katsuki; el odio visceral que le tiene al título no puede ni siquiera explicárselo —además de su odio al sur.
—Pero, Katsuki —corrige Izuku—, es una cena a solas.
—¿Algún problema?
Izuku se sonroja tanto que Katsuki no lo entiende. Ya han estado solos; Katsuki siente que se está perdiendo de algo. Pero el príncipe está completamente rojo, tanto que la sangre llega hasta sus orejas. Baja la vista.
—Estaré allí.
Katsuki lo espera. Llega acompañado de Denki. A Katsuki lo alerta la risa. A Izuku le gusta Denki y le gusta Eijiro. Busca su compañía con frecuencia y más de una vez Rikido los ha encontrado robando pan en la cocina. A los tres. Denki es quien llama a la puerta y, cuando Katsuki abre, se encuentra cara a cara con Izuku. Va completamente de verde. El atuendo es más sencillo que los que suele usar siempre, pero la tela parece más brillante, diferente. El cinturón es dorado, lo que resalta.
Con tanto verde —los ojos, el cabello, la ropa— Katsuki encuentra fácil fijarse en sus pecas, que le adornan los pómulos y la nariz. Su rostro está lleno de ellas. También se fija en el tocado de su cabeza: el mismo que llegó puesto el día que llegó al palacio. Tres flamas doradas, extendidas hacia arriba. El emblema de Hisashi Mirodiya. Katsuki no comenta. Lo que representa no le gusta, pero el adorno se ve bien en Izuku.
—Pasa —lo invita.
Denki los deja solos.
Hay una mesa puesta para los dos en esa habitación. Rikido le dejó la comida caliente momentos antes, en un par de bandejas.
—Katsuki —empieza Izuku—. Gracias.
Sonríe y parece que va a llorar. Katsuki no entiende cómo es capaz de deshacerse ante todos los gestos amables de su alrededor. Mueve la silla para que se siente, y él se acomoda.
—Sólo es una cena —espeta.
«Quiero que no me tengas miedo», es lo que no dice.
Al menos porque viven en el mismo techo. O lo que sea. Izuku no lo mira directamente. Se queda viendo los platos vacíos un momento, antes de que Katsuki haga cualquier movimiento. Se sienta y aprovecha el momento para examinar su rostro más de cerca. Nota que sus ojos, en vez de estar enmarcados por el kohl verde usual, están enmarcados con dorado. Katsuki no tenía ni idea de que el kohl existiera en colores metálico.
(Aunque quizá en el sur).
Sus ojos resaltan.
—¿Está bien el templo? —pregunta.
Izuku asiente.
—¡Sí, gracias! No te he vuelto a ver por allí.
«No creo en La Madre», es la respuesta de Katsuki. No la dice porque Izuku ya la sabe. Se lo dice cada vez. Entró la primera vez por curiosidad, pero no ha vuelto. No entiende los ritos, ni las festividades, ni la adoración a Nana Shimura. Para él, es algo ajeno.
Abre la primera bandeja y corta la comida en porciones iguales. Le sirve a Izuku, que lo ve con curiosidad, pero no comenta nada.
En vez de eso, respira hondo.
—Estofado del sur.
—Sí. Es prácticamente el único plato de Rikido conoce. No tenemos las mismas especias, pero…
Izuku alza la vista.
Está llorando.
Por supuesto. Cómo a Katsuki no se le ocurrió que eso iba a ocurrir. Las lágrimas bajan por sus mejillas, aunque intente mantenerlas escondidas y tranquilas.
—Gracias.
—No es nada.
Y en verdad, no lo es.
—Mi madre solía bajar a las cocinas —musita Izuku. Ve directamente a su plato—. Ayudaba a las cocineras a preparar el estofado. Vigilaba que todo estuviera bien especiado, que la carne estuviera en su punto. Al fin y al cabo, sólo se hacía estofado cuando sacrificaban algún animal. Y eso no ocurría siempre. —Respira hondo—. A veces me llevaba con ella, escondido entre sus faldas.
Katsuki gruñe.
Se le olvida que Izuku creció toda su vida en un palacio, entre plumas, cobijas suaves y cuidados. En eso son diferentes. A él lo parió Mitsuki en medio del bosque, en medio de un viaje de caza. Estaba muy orgullosa de ello. «¡Empezaste a patear que querías salir a medianoche y naciste al amanecer!». Vivió en una cabaña pequeña gran parte de su vida, lejos de los jefes que se disputaban el palacio y el título de Rey Bárbaro. Katsuki recuerda que su infancia estuvo llena de momentos escondido debajo de la mesa. Cuando pasaban los ejércitos del sur o los guerreros del norte, Mitsuki lo hacía esconderse con ella en el comedor y los cubría con el mantel. Le hacía una seña de que no hiciera ruido y pobre de él si no seguía esa instrucción: sentía el golpe de la mano de Mitsuki en la parte más alta de la cabeza.
Fue ahí cuando decidió que él se disputaría el título y les ganaría a todos los que estaban matando al norte de hambre.
Hoy Izuku tiene que contenerse para no decirle «Su Majestad» cada vez que se dirige a él, pero Katsuki no nació noble.
En el norte, nadie nace en cuna de oro.
Katsuki le extiende la bandeja del pan. El pan del sur es delgado, menos dulce que en el norte. Izuku toma un pedazo, lo corta y lo sumerge en el platillo.
Da un par de bocados antes de romper el silencio.
—Katsuki —dice—, ¿puedo preguntarte algo?
Izuku es demasiado cauteloso. Katsuki supone la razón, pero no la ha confirmado.
—Puedes hacer lo que te dé la gana mientras estés en este palacio.
Izuku enrojece.
—Dijiste que no me ibas a obligar a casarme.
—Ajá.
Izuku da otro bocado. A Katsuki le parece que ordena sus pensamientos al masticar.
—Y que aceptaste el trato.
Eso es obvio.
—No des vueltas. —Le sale en un tono mucho más brusco de lo deseable—. Sólo pregunta lo que quieras preguntar.
Izuku mira al plato. Usualmente le clava los ojos al hablar, grandes y nerviosos, tristes. Lo perfora con ellos obligándolo a enfrentarse a su presencia, pero entonces no es capaz.
—Dijiste que mi padre era responsable por eso.
—Sí.
Entonces Izuku alza la vista.
—¿No había otra manera? —Al principio, Katsuki no entiende la pregunta—. Le he dado muchas vueltas, Katsuki. —«Puedo verlo», se cuela en su mente, con un tono sarcástico—. ¿No había otra manera?
—El Rey insistió —responde.
No quiere entrar en detalles.
—Soy su heredero.
Izuku hace un puchero y baja la vista. Katsuki no entiende esa frustración ni ese sentimiento. Aún si tuviera hijos —que no planea— no heredarían su trono. En terreno bárbaro todo se hace con sus reglas. Los hijos no heredan sólo porque alguien los traiga al mundo. Así es como la gente débil llega al poder. Pasa todo el tiempo en el sur.
—Y le he estado dando vueltas —dice Izuku—, pero no lo entiendo. No realmente. Si no había otra manera…
—Tu padre dijo que no aceptaría sin el compromiso —corta Katsuki—. No quiero seguir oyendo de aldeas quemadas en la frontera. No quiero oír las historias de las viudas ni de los huérfanos que pueden sobrevivir. A los que no se los llevan o desaparecen. Atrapé al rey intentando asesinarme en mi propio palacio. Sólo puso esa condición. No cedió sin ella. Tampoco la entiendo. —Entorna los ojos—. Pero eras tú a cambio de toda esa maldita desgracia. Perdona si me parece que no era un precio tan grande. Tu padre ni siquiera quiso asegurarse de que el casamiento fuera legítimo. —Se encoge de hombros—. Así que henos aquí. Si tanto te molesta el trato pudiste haberte negado tú.
«¡Eres el heredero!», son las palabras que tiene en la punta de la lengua. Oficialmente sigue siéndolo porque no han recibido otras noticias.
Hay un silencio demasiado largo. Izuku traga un bocado y agarra otro. No dice nada mientras tanto, ni aunque Katsuki no le quite los ojos de encima, ceñudos. Después del segundo bocado deja el pedazo de pan a un lado del plato, sobre el mantel, suspira y se lleva la mano al cuello de la ropa. Jala hacia el lado izquierdo.
—No pienses que tuve opciones.
Es la primera vez que lo oye escupir tanto veneno en la voz. Parece alguien más.
Katsuki ve la cicatriz, parece una cruz. La piel alrededor está más bulbosa y la piel quemada está mucho más clara. Al Rey nunca se le había ocurrido que Izuku escondiera algo de esa magnitud en su cuerpo.
—El fuego es nuestro emblema, después de todo. Dice la leyenda que los verdaderos Midoriya no se queman con el fuego. Un montón de historias sin sentido. Dicen que hace milenios nuestra sangre se mezcló con la de los dragones de fuego del sur. —Izuku se encoge de hombros. Una vez que empieza a hablar nada puede pararlo—. Mi padre cree en todas las historias. —Se cubre el pecho—. Nadie lo sabe. Ni siquiera mi madre.
—¿Por eso aceptaste?
—¿Qué sentido tenía no aceptar? Me dejó claro que no tenía opciones.
Katsuki entorna los ojos.
—Si eras el heredero y de verdad odiabas tanto la perspectiva de…
—¡No fue sólo eso!
Izuku Midoriya se pone en pie, tan alto como es.
Katsuki alza una ceja.
El pecho de Izuku sube y luego baja. Por primera vez sus ojos dejan ir la tristeza para dar paso a la furia ciega.
—Amenazó a mi madre. ¡No podía más que aceptar ser un prisionero del norte!
—¡No eres un prisionero del norte! ¡Eres libre de hacer lo que quieras y ver si me importa! —Es un impulso estúpido del que se arrepiente en el momento en que Izuku aparta la silla y se dirige hasta la puerta—. ¡No, espera…!
El tocado cae al suelo. Una de las piedras doradas incrustadas para simbolizar una llama se estrella.
Izuku corre pasillo abajo y Katsuki ni siquiera piensa en alcanzarlo. Levanta el tocado y se queda viéndolo. Tiene ganas de lanzarlo contra la pared y destrozar todo lo que representa: una dinastía que lleva años masacrando al pueblo bárbaro. Pero en vez de eso la deja en la mesa, aun lado de la cena inacabada y arruinada.
El príncipe Izuku tiene razón.
En realidad sí es un prisionero.
II.
Corre pero no sabe a dónde ir. No quiere enfrentarse ni a Ochako ni Tsuyu, que le sonrieron y le acomodaron el tocado con el emblema Midoriya. «Se te ve bien, Izuku, resalta tus ojos», dijeron y él les creyó. Siempre sonríen y le ayudan a olvidar que incluso la jaula de oro en la que su padre lo colocó es una prisión. Katsuki puede insistir que es libre de hacer lo que se le plazca, pero ambos saben que esa sólo es una mentira elaborada. El Rey Bárbaro necesita la paz e Izuku está por encima de ella.
No es estúpido. Sabe lo que hace su padre en sus fronteras, especialmente en aquella que tiene con el pueblo bárbaro. Hace la vista gorda ante los detalles porque no es algo que pueda detener —no mientras su padre siga vivo—, pero no es idiota. Sabe de las muertes, sabe de los prisioneros de guerra. Sabe del horror.
Se convenció de que todos esos horrores pararían si él aceptaba. Que lo hacía por un bien mayor.
Pero no es cierto.
La razón es el atizador de la chimenea contra su piel y él en el suelo, odiando ser tan débil. Un piquete y otro y otro y el olor a carne quemada y el olor y lo gritos. «Nadie va a oírte aquí, Izuku». Y las lágrimas secas en sus mejillas y sus labios que se negaban a ser un premio de guerra para otro rey. «Me duele tener que hacer esto, pero quizá no eres un verdadero Midoriya si el fuego te hace tanto daño». Más lágrimas, hasta que sus ojos se quedaron sin una más. «Un verdadero príncipe no huiría de su deber». La tela quemada en el suelo y su pecho lleno de hollín. «Tienes que casarte con el Rey Bárbaro».
Su madre gritó suficiente.
Él intentó usar todo su poder como el heredero, argumentando que seguramente existían otras maneras para lograr la paz con los vecinos del norte. «Quizá si dejáramos de atacarlos», pensó entonces.
Hasta que su padre pronunció las palabras que sellaron su destino y las quemaduras dejaron de dolerle porque empezó a dolerle el corazón.
«Lo harás si quieres que tu madre esté a salvo».
A eso siguió un largo silencio. Ya no podía llorar. Por primera vez en la vida sus lágrimas se habían acabado. Sus memorias son borrosas pero recuerda haberse puesto en pie, en busca del orgullo perdido, antes de responder.
«Está bien».
Había permitido que su madre bordara su atuendo nupcial y aquel con el que se presentó frente al Rey Bárbaro. Dejó que prepararan su equipaje mientras él veía como todos los pedazos de su vida en el palacio de los Midoriya iban desapareciendo entre baúles y valijas. Todas las cosas que algún día habían hecho que sus aposentos en el castillo fueron empacadas y él se fue tras darle un abrazo a su madre en el que condensó toda la tristeza y todo el amor, porque no podía hacer más.
Ni siquiera Ochako o Tsuyu le han visto la quemada.
No quiere enfrentarse a ellas, quienes le sonríen y se aseguran de que esté bien. Ochako y Tsuyu lo han cuidado desde siempre.
Así que corre hasta los patios. Quiere perderse en el laberinto del castillo.
Recuerda que sabe dónde están los establos.
Antes de darse cuenta está internado en el bosque que rodea al castillo. No tiene ningún plan. Sólo quiere perderse lo suficiente y acallar los gritos de su cabeza.
¿Realmente es tan débil?
Izuku llora demasiado. Su padre siempre se ha mostrado irritado ante esa costumbre suya, lo que sólo lo hacía llorar más. En cambio su madre las limpiaba con sus dedos y sonreía. «No hay debilidad en llorar, Izuku. Te hace más fuerza. Hay una fortaleza increíble en la vulnerabilidad y tú no la temes».
«¡No eres un prisionero del norte! ¡Eres libre de hacer lo que quieras y ver si me importa!»
El bosque huele a tierra mojada todavía después de las lluvias. Es terreno desconocido e Izuku descubre que le teme menos que a enfrentarse a la vida que lleva. Katsuki podrá gritar lo que quiera, pero no puede borrar el hecho de que es un prisionero en un palacio extranjero. Quizá el Rey Bárbaro no tiene la culpa, pero eso no cambia los hechos.
Se detiene cuando deja de reconocer el paisaje.
—Ey, espera —le dice al caballo.
No lo conoce, no sabe su nombre. Pero fue el que lo recibió con más amabilidad y se dejó montar.
—¡Espera!
Pero el caballo no lo entiende, por supuesto.
—Esta parte del bosque ya no se ve tan amigable —insiste, sin saber por qué está hablando con un caballo—. Vamos, de vuelta.
Jala las bridas. El caballo no se mueve. Está tenso.
—¿También estás asustado?
Izuku suspira.
—Vamos de vuelta.
Tiene un mal presentimiento y en eso es bueno. Sus entrañas nunca le mienten. Siente que alguien o algo lo está observando y entonces lo golpea todo el peso de sus decisiones en ese momento. Por qué salió del palacio sin decirle a nadie. Por qué. Por qué se internó en el bosque de noche, él solo. Nadie sabe dónde está.
—Vamos —le insiste al caballo—. Por favor.
Por fin accede a caminar, da la vuelta.
Algo lo detiene.
Una mano aferra su brazo.
—¡Chisaki! ¡Chisaki! ¡Mira!
Izuku mueve el brazo, intenta zafarse, pero en vez de eso alguien lo jala y se cae del caballo, que sale corriendo y se pierde en la espesura. Izuku caer al cielo y sus piernas se hunden en la tierra mojada. Su brazo queda por arriba de su cabeza, se le jala el hombro. Quien lo agarra no lo suelta, aun cuando Izuku lo intenta. Al pararse, pierde un zapato.
—Kurono —se oye otra voz—. Déjalo.
Izuku alza la vista. Quien lo tiene agarrado cubre u rostro con una máscara de cuero que parece el pico de un cuervo, no puede verle ni siquiera los ojos. Está cubierto por una capa blanca, que le llega hasta los pies y cuya tela se hunde en la mugre de la tierra.
—Yo lo veo débil… —comenta alguien más.
Otras figuras se van acercando, todas con máscaras que terminan en pico. Izuku mueve la cabeza de uno a otro. Vuelve a intentar soltarse, pero no tiene la fuerza suficiente.
—Rappa, silencio.
—Sólo decía.
—Kurono, acércalo.
Todos están cubiertos con capaz y capuchas, excepto uno. El que da las órdenes. Kurono obliga a Izuku a caminar en dirección al jefe. Izuku se retuerce, no coopera. No grita, no todavía. Pero se niega a caminar y sus pies se embarran en la tierra. Pierde los zapatos y se queda descalzo.
Qué estúpido, piensa, sólo puede concentrarse en el frío en las planas de sus pies.
—Carajo, Kurono, que no se mueva.
Izuku cuenta todas las figuras. Son ocho.
Se le va todo el aire. Él no puede con ocho. No tiene un arma —un arco, preferentemente, con eso es bueno—. No es tan rápido corriendo en la oscuridad y está descalzo. Carajo.
—Suéltame.
Pero alguien más lo agarra del otro brazo. Es demasiada la fuerza e Izuku no puede pelear contra ello.
No debió de haber huido en plena noche.
El pánico lo invade. Llega con retraso, pero le sube desde el frío de los pies y se hace un hogar en su estómago, que da vueltas. Quiere vomitar lo poco de estofado que se comió. Le acelera el corazón, porque de los latidos siente que se le va a salir del pecho, rendido.
Una mano toca la tela verde de su ropa.
—Lujoso. Debe ser del palacio. ¿Te echaron? —Izuku alza la vista y enfrenta al jefe del grupo. Tiene el cabello corto y no puede apreciar bien el color. Quizá algún tono de café oscuro o algo parecido. No alcanza a ver el color de los ojos. Su máscara sólo le cubre hasta la nariz. Lleva una capa verde, hasta el piso y el cuello está lleno de plumas. El color es incierto, pero Izuku apuesta que es azul o púrpura. La mano después se dirige hasta su barbilla—. Pobre. ¿Estás solo?
Izuku por fin reúne las fuerzas para hablar.
—Suéltenme.
—No lo creo… —dice una voz. Una de las de antes.
—Rappa, lo estás matando de miedo —dice el jefe.
—¡Suéltenme!
—¿Qué hacemos con él, Chisaki?
—Siempre hacen falta huesos, ¿no?
Izuku tiembla.
—¡Suéltenme!
—Oh, no. —Le parece que Chisaki, el nombre del jefe, sonríe bajo la máscara. Es sólo lo que le dice su intuición al ver la manera en qué lo mira—. No siempre conseguimos una presa tan fácil. Tus huesos funcionarán.
Izuku no sabe para qué quieren sus huesos.
—O sus entrañas.
—Nemoto, eso lo discutimos después.
Lo ven como los depredadores ven a sus presas.
—¡SUÉLTENME!
Izuku pelea con todas sus fuerzas y por un momento se suelta, pero otra mano lo agarra. La de Chisaki. Lo oye sisear algo, pero no lo entiende. No al principio. No hasta que grita por el dolor de los brazos. No puede ver bien en la oscuridad pero le parece que se llenan de marcas.
«Madre», implora.
Mira al cielo.
Siente que no le queda más. No en ese momento. No con ese dolor.
«Por favor».
Nana Shimura, La Madre, siempre lo ha protegido. Nunca le ha dado la espalda. Todas las veces que Izuku se ha puesto de rodillas en el templo y le ha implorado que lo cuide a él y a su madre. Quizá es estúpido, porque La Madre nunca ha impedido que su padre masacre a otros pueblos. No es omnipotente. No evita los golpes de su padre. Sus lágrimas. Pero Izuku encuentra increíblemente tranquilizador pensar en su mirada y en su sonrisa.
«Quiero sonreír así», es lo que siempre piensa.
«Madre de todos nosotros…»
Se sabe todos los rezos. Nunca han sido demasiado importantes para él. Pero los puede recitar desde el corazón y la memoria.
—¡Suéltenme!
«… cuídanos en nuestras horas más oscuras…»
Lucha por encontrar dentro de sí todas las fuerzas que le queden.
«… y alégrate en nuestras horas más claras.»
Pero no puede zafarse y la mano de Chisaki sólo aferra su otro brazo e Izuku vuelve a sentir el mismo dolor que lo dobla por dentro. Siente como si se le quebraran sus huesos y su piel se le deshiciera a tiras. Al final sólo quedan marcas que Izuku no ve demasiado bien.
«Madre de todos nosotros…»
Vuelve a empezar.
—¡SUÉLTENME!
«… cuídanos en nuestras horas más oscuras…»
—Por favor….
Alza la vista al cielo, lleno de estrellas. Brillan sobre el manto negro. Izuku nunca las ha visto tan hermosas y desgarradoras como en ese momento.
«Por favor…». No acaba la oración en su mente.
—¡SUÉLTENME!
Le parece que oye los cascos de un caballo. Se debate para soltarse y se permite fantasear con el hecho de que si tuviera un arco podría hacer algo. Pero es mentira. Lo atraparon en su hora más baja y en su descuido más profundo y nada puede contra eso.
—¡Ey! ¡Métanse con alguien de su tamaño!
«¡Madre!», implora Izuku.
—¡SUÉLTENLO!
«Tú que cuidas de todos nosotros…»
Se desvanece antes de poder darle las gracias. Lo último que oye es la voz de Katsuki.
—¡IZUKU!
Despierta encima de un caballo, con la cabeza contra el pecho de Katsuki. Respira hondo y finge seguir inconsciente un momento, en lo que el alivio lo llena. Sus pulmones empiezan a calentarse poco a poco. Está salvado. Sólo quería estar solo y salió todo mal. Y es su culpa. Su culpa. Es de noche y el bosque es desconocido. Ese es quizá el impulso más idiota de su vida.
—Katsuki… —murmura.
—Despertaste.
—¿Quiénes eran? —pregunta Izuku.
—Hechiceros —responde Katsuki. El príncipe alza la vista para ver el rostro del rey, que frunce el ceño—. Los Ocho Preceptos de la Muerte. Shie Hassaikai. Tienes suerte de que te haya encontrado. —Hay una pausa—. Estoy demasiado cansado como para gritar ahora mismo, pero no se te ocurra volverlo a hacer. Nunca. Jamás. Ese bosque no se recorre de noche sin compañía. Esos hijos de la chingada se aprovechan de la soledad.
—Lo siento.
—Sólo no vuelvas a hacer una pendejada así.
—Lo siento.
La voz de Katsuki Bakugo es fría y cansada. Una parte de capa roja ondea en el viento. Otra parte cubre las piernas de Izuku. Todavía tiene los pies fríos, pero le pecho ya no.
—No estamos muy lejos —dice Katsuki—. Estúpido. Debí haberte seguido. En ese momento. No se me ocurrió que tuvieras instintos suicidas.
—¡Lo siento!
—¡Carajo, no llores!
—¡Lo siento!
Pero Izuku no puede hacer nada más. Las lágrimas de alivio le resbalan por las mejillas. Inundan todos los surcos de su piel y le calientan un poco el corazón. El sabor salado que llega a sus labios le recuerda que sigue vivo.
—Katsuki, esos hechiceros, dijeron que… Mis huesos. Y mis entrañas.
El Rey gruñe.
—Te hubieran matado para sus rituales. La magia les sale mejor con las entrañas de un humano que con las de un animal cualquiera. —Lo dice todo de golpe, sin preocuparse por dejarlo caer de poco a poco—. Llegue a tiempo. Aunque… Tus brazos…
—¿Qué tienen?
—¿Dolió?
—Mucho.
—El toque de un hechicero nunca es fortuito.
No vuelve a hablar e Izuku no pregunta nada más hasta que llegan a castillo y lo obliga a caminar hasta una de las salas mientras llama a gritos a cualquiera que esté cerca. Pide que alguien busque a Mina Ashido.
Izuku no puede molestarse en poder atención.
Bajo la luz de las lámparas, Izuku observa sus brazos. Katsuki tiene una tela presionada contra su espalda baja, evitando perder más sangre y apenas si le presta atención, sentado sobre uno de los cojines en una de las esquinas. Izuku alza los brazos y deja que las mangas caigan hasta sus hombros y entonces ve las marcas. Parecen las rayas de un tigre, pero no son completamente negras. Sólo es como su piel se hubiera oscurecido a pedazos.
—Tuviste suerte —espeta Katsuki.
Está enojado. Izuku creyó que estaba medio acostumbrado a su ira, pero ese es un nivel nuevo. El príncipe descubre que los gritos de Katsuki son normales; lo que no puede soportar es sus silencios fríos, la furia que sale de sus ojos y lo deja mudo. Cuando abre la boca sus palabras salen como un ladrido. Son gélidas y a Izuku nunca se le ha ocurrido que algo en Katsuki Bakugo pueda ser frío.
—No duele mucho ya… —musita Izuku—. Sólo…
—Tus brazos no volverán a hacer lo que eran —espeta Katsuki—. El toque de los hechiceros es peligroso. Probablemente deshizo tus huesos para volverlos a armar. Destrozó tu piel y luego la volvió a ensamblar. —Se encoge de hombros—. Ahora son más débiles. Siempre serán más débiles. —Lo dice con un tono vicioso, resentido—. ¡Carajo! ¡No debiste de haber salido así! ¡No eres un prisionero pero al menos… podrías… preocuparte por tu vida!
Las lágrimas se le sueltan. El alivio de Katsuki, que sintió cuando iba recargado sobre su pecho, se desvanece para dar paso a esa ira fría.
—¡Dijiste que no te importaba!
—¡No voy a dejar que te maten sólo porque sí!
—¡Pero lo dijiste! —Es la primera vez que Izuku replica de aquella manera. Cierra los ojos de la pura rabia que se le acumula—. ¡Yo tengo la culpa de esto pero tú dijiste eso! ¡Hazte cargo!
«¡Eres libre de hacer lo que quieras y ver si me importa!»
—¡No me refería a que huyeras en mitad de la noche! ¡Carajo, Izuku! —Katsuki bufa—. Puede resultar sorprendente, pero no quiero que mueras.
Unos pasos lo interrumpen. Es Mina, seguida de cerca por otra mujer a la que Izuku sólo conoce de vista. Una de las cazadoras. Jirou.
—Traje el ungüento, Katsuki —dice.
—Por fin —suelta el rey.
—¡No me hables así a mí! —espeta Mina—. ¡Después de las cosas que causas, Katsuki!
Izuku nunca ha oído que nadie le hable así a Katsuki; la voz dura y terriblemente brusca de Mina lo sorprende.
—¡Me duele la espalda!
—¡No es una excusa…!
Izuku carraspea.
—Yo me encargo. Si quieres. —Se pone en pie y se dirige hasta Mina, para recibir las vendas, gasas y el ungüento curativo. En su camino, deja el suelo lleno de tierra todavía pegada a sus pies—. Por favor. Yo lidio con… —Mira a Katsuki y la bruja entiende—. No quiero que todo el palacio esté despierto por mi culpa. Yo me encargo. Sólo si alguna puede avisarles a Lady Uraraka y Lady Asui que estoy bien y que no tienen que preocuparse…
Sonríe. Estira sus labios hasta componer una mueca que le duele en las mejillas, porque sólo tiene ganas de llorar.
Mina asiente.
—Bien. —Entorna los ojos y luego mira al rey—. Katsuki, cuídalo.
A Izuku le parece que es una amenaza.
Notas de este capítulo:
1) El que Katsuki le regale un templo de a La Madre aka Nana Shimura (es mi novia y es una diosa, i don't make the rules) es una referencia directa a esa película que mencioné en las notas del primer capítulo. En Jodhaa Akbar, Jodhaa como condición para aceptar casarse le pide a su futuro marido que no la obligue a convertirse y que la deje mantener su religión; además, debe proveerle del espacio para poner un templo hindú y poder seguir con su fe. No había explorado temas religiosos en otros fics como en este y es interesante (si quieren saber mi opinión personal los remito a Marx: «la religión es el opio del pueblo», por cierto). Por cierto, lo que quitarse los zapatos antes de entrar a un templo en señal de respeto se me quedó de mi tiempo en la India y lo puse aquí.
2) La huida y el rescate son una escena que seguro pueden ver en la versión Disney de La Bella y la Bestia. Esta historia no deja de ser un retelling, aunque tenga cuarenta mil referencias a Bollywood. Soy muy fan de Bollywood y quizá no hablo de eso mucho, pero en este fic se comerán cuarenta mil referencias.
3) Todo lo estético es muy importante. Sobre todo en cuestión de colores y cosas. Para Izuku el blanco, el dorado y el verde son muy importantes. Y el fuego es algo que es relevante (por obvias razones). Además, sí, Hisashi Midoriya aquí es un cabrón. Como en el canon no sabemos más que su nombre, pues. (¡Pero no confío en los padres ausentes!).
Andrea Poulain
