Capítulo IV.
Un rey de rodillas


I.


—¡Carajo! ¡Ten cuidado, duele!

—¡Es una herida! —Izuku hace lo posible porque su voz suene firme. Eso suele funcionar cuando se trata del Rey Katsuki Bakugo—. ¡Si no dejas de quejarte no podré limpiarla antes de ponerle el ungüento de Mina!

—¡Sólo apúrate!

El problema es que tiene un carácter terrible. Izuku supone que el dolor lo empeora, pero no quiere seguir lidiando con él. Ya fue suficiente por toda esa noche. Pasa una última vez un trapo mojado sobre la piel herida y luego llena esa zona del ungüento que le dio Mina; él está sentado sobre el suelo y el Rey Bárbaro sobre un montón de cojines. No es necesario cauterizar. La magia hará su trabajo. Sólo tiene que vendar y eso Katsuki deja que lo haga en paz, sin decirle nada. La venda cubre una parte de su vientre e Izuku sólo le pregunta si no está demasiado apretada tras acomodarla bien. Katsuki niega con la cabeza. Le pregunta si puede respirar, asiente.

—Es cierto —dice Katsuki, cuando Izuku hace ademán de ponerse en pie—. No quiero que mueras.

Izuku asiente nada más por hacer algún gesto. No lo perdona por sus palabras anteriores, porque no se ha disculpado, pero reconoce lo que le está diciendo entonces.

—No creo que seas tan cruel —dice Izuku.

Es cierto.

El paso de los días al menos lo han ayudado a construirse una imagen de Katsuki. Un retrato lejano, pero uno al fin y al cabo. Se pone en pie y entonces siente todo el cansancio, siente cómo todavía tiene hojas en los pies porque no tuvo las fuerzas para estirar el brazo y quitarlas. Los pies están llenos de tierra y lodo y mugre y parece que a Katsuki no le molesta que esté dejando todas las marcas de sus plantas sobre el piso.

Ya buscara un recipiente con agua y los limpiará cuando esté en sus aposentos, piensa. Después.

—Ey, espera —dice Katsuki.

Lo agarra de una muñeca.

—¿Qué?

Izuku está cansado. Quiere dormir.

—Estás dejando lodo en el piso.

Contiene las ganas de rodas los ojos. Se las guarda bien adentro, por pura cortesía. También amarra al nerviosismo dentro de sí. Katsuki lo hace sentir una mezcla de demasiadas cosas que no puede ser buena para su cuerpo.

—¿Quieres que lo limpie también, Katsuki?

El Rey Bárbaro gruñe. Es un sonido bajo, apenas audible. Parece molesto y eso hace que Izuku se retraiga un poco. Es puro instinto se dice. Puro miedo que no tiene que ver con Katsuki. Es un bruto para hablar, pero Izuku nunca lo ha visto alzar el brazo contra nadie en ese palacio. Sintió su brutalidad por primera vez en el bosque, antes, con los hechiceros. En su palacio nunca. Así que todas las reacciones le vienen de más lejos, lo sabe. Pero no va a hurgar en todo eso en ese momento.

Qué noche tan larga, piensa. Y al final de la frase en su cabeza se siente tentado a agregar una maldición, pero se la guarda.

—No, carajo, no es eso, príncipe idiota. —Katsuki se pone en pie sin soltarlo y lo jala—. Sólo siéntate ahí. Sobre los cojines. —Lo empuja hacia donde estaba un momento antes e Izuku siente sobre la piel de sus brazos la suavidad de las telas del lugar donde estaba sentado Katsuki. Todavía se siente un poco su calor—. Quédate ahí.

Katsuki se acerca hasta donde él dejó un recipiente lleno de agua. Deja el trapo sucio y lleno de sangre olvidado, pero recupera otro.

Izuku no comprende que está ocurriendo cuando el Rey cae de rodillas frente a él, con esas dos cosas en la mano.

Empieza a entender cuando Katsuki mete el trapo en el agua y luego, sin apenas exprimir, levanta su pie descalzo y deja que le caiga el agua. La alfombra chorrea.

Se sonroja hasta las orejas.

—No es… necesario… No…

Las manos de Katsuki Bakugo están llenas de cayos y él puede sentirlo en la planta de su pie derecho. A pesar de eso, le sorprende que el toque sea tan delicado y cuidadoso.

—Cállate —espeta Katsuki, sin soltar su pie, sin dejar de lavárselo, así, de rodillas, ante él.

Izuku piensa en los reyes que conoce. Varios se han parado en la corte de su padre. A todos el orgullo los ciega tanto que apenas si pueden ver dos palmos allá de su nariz.

Está Enji Todoroki, en la frontera sur. Otro conquistador como su padre, que ya se ha comido a un par de poblaciones. Su padre, Hisashi Midoriya, está en abierta guerra fría con él. Nadie se ataca. Se tratan con cautela. Durante un tiempo, Izuku estuvo seguro de que Hisashi intentaría comprometerlo con Shouto Todoroki, el heredero de Enji, para unir los reinos. Shouto era un príncipe de cabello de dos colores, con una cicatriz que se ocultaba tras una máscara en el ojo derecho. Demasiado callado, demasiado cauteloso. Izuku y él no se habían llevado mal. Pero tampoco se habían llevado bien: apenas si se conocían. Izuku era el heredero porque era hijo único. Seguro Hisashi prefería dejar en el trono a uno de sus bastardos, pero el Consejo no lo iba a permitir. Shouto lo era por mala suerte.

Era el hijo mejor de cuatro. El primero, Touya, había muerto. Su propio padre lo había ejecutado en la hoguera cuando lo habían descubierto conspirando contra él. La segunda, Fuyumi, era una mujer que se había consagrado como sacerdotisa a La Madre. Así no podía heredar ningún trono. El tercero había huido al sur para unirse a los Alquimistas del Desierto, que no podían casarse nunca ni tener puestos de poder. Así que sólo había quedado Shouto Todoroki y Enji estaba decidido a no perderlo de vista nunca jamás.

Nunca llegaron a comprometerlos.

En vez de eso, su padre se había deshecho de él en el norte.

Está Tsunagu Hakamata, con sus grandes capas azules, y las largas bufandas que siempre le cubren parte del rostro. Mucho más joven que los dos anteriores, todavía en busca de esposa o heredero. Izuku lo conoce poco, pero su orgullo desmedido siempre ha sido un tema en las cortes y entre la realeza.

Puede seguir pensando en reyes, pero no puede imaginarse a ninguno de rodillas por decisión propia, como Katsuki en ese momento.

Eso es lo que se le escapa, porque no tiene filtro.

—Mi padre decía que ningún rey se pone de rodillas ante alguien de menor rango.

Katsuki bufa.

—Lo tuve de rodillas ante mí, si quieres saberlo. Puedo describírtelo, lujo de detalles. Para que te lo imagines. —Tuerce la sonrisa pero no levanta la vista.

Izuku suelta una risa. No puede evitarlo. Para él Hisashi Midoriya siempre ha sido una figura temible y que las palabras de Katsuki lo desmitifiquen tanto le saca esa reacción instantánea.

—Yo no nací noble, príncipe —le recuerda Katsuki y entonces sí, alza la vista. Le clava los ojos rojos en los suyos e Izuku no puede ignorarlos. El Rey Bárbaro tiene una mirada que lo mantiene cautivo, en espera—. Y aun así, no me pongo de rodillas ante cualquiera.

Lo que no dice inunda la habitación.

Izuku traga salida. Katsuki vuelve a bajar la mirada y sus manos levantan su pie izquierda. El príncipe deja que lo limpie, sin decir nada. Su voz todavía le retumba en las entrañas, bien hondo, tocando una de las puertas de su alta.

«No me pongo de rodillas ante cualquiera».


Lady Tsuyu Asui es la única que sigue despierta cuando Izuku vuelve a sus aposentos. Le ve los brazos y su mirada se detiene allí un momento, pero no comenta nada. Quizá alguien le dijo. Izuku se queda parado cerca de la puerta, viéndola, sin saber cómo proceder. ¿Qué se supone que le diga? ¿«Estoy bien, perdón por preocuparlas más de la cuenta»?

—Ochako está durmiendo. —Ella es quien habla primero. Se pone en pie y se acerca hasta él. Le extiende una mano—. Ven, te ayudo a que te metas en la cama.

—Gracias —murmura.

—El Rey Bárbaro vino primero aquí, ¿sabes? —De la salita se dirigen hasta el cuarto que únicamente usa Izuku. Ochako y Tsuyu comparten otro—. Dijo que te habías enojado y que tenía un mal presentimiento. —Izuku asiente mientras Tsuyu le ayuda a deshacer el cinturón—. Movió a todo el palacio antes de ir a buscarte. El dragón, Eijiro, fue el que descubrió el caballo faltante. El rey se puso pálido. Muy pálido.

—No fue amable, Tsuyu —murmura Izuku—. Creo que se disculpó, después. Pero…

Tsuyu niega con la cabeza.

—Siempre que te sientas…, como sea que te sintieras…, puedes venir con Ochako y conmigo —le recuerda, mientras dobla el cinturón de Izuku. Suspira—. Sabemos que esto no es ideal. O lo que querías. Si quieres olvidarlo todo, podemos volver y ayudarte a pelear tu trono, tu libertad. Si eso quieres. Podemos plantarle cara al Rey Bárbaro, también. Hacerle pagar si te lastima. Ochako sólo lo dejó vivir porque fue a buscarte —añade Tsuyu y en esa última frase Izuku siente el enojo acumulado que tiene y que está intentando no embarrarle encima.

Por otro lado intentar recuperar su trono es demasiado arriesgado. Demasiado caro, sin un beneficio claro. Está ahí porque no quiere que siga la matanza.

—Pero si no, estamos aquí —repite Tsuyu—. No puedes salir corriendo a un bosque no conoces sólo por que sí. Nos mataste de preocupación.

—Lo sé.

—¿En qué pensabas?

«No sé».

Es claro que es una pregunta retórica que no necesita responder. Tanto Tsuyu como él saben que no hay una respuesta clara, así que no tiene caso seguir la conversación por esos derroteros.

—Ochako y yo estamos aquí —dice Tsuyu—. No lo olvides. Quizá no seamos capaces de entender todo, pero… Estamos aquí.

Entre líneas entiende la frustración. Tsuyu siempre ha sido demasiado clara. Ordena sus sentimientos y los entiende. Tiene siempre las palabras adecuadas y la voz clara.

Izuku asiente.

—No lo olvides, Izuku.

Vuelve a asentir. Ella le pasa una mano por la cabeza, en un gesto cariñoso, deja el cinturón doblado a un lado de la cama, lo ayuda a mover las cobijas y luego se marcha. Izuku todavía tiene la imagen del rey ante él, de rodillas. No puede quitársela de la mente, quedó grabada a fuego.


Los siguientes días pasan sin que ocurran demasiadas cosas. Eijiro y Denki se quedan viendo sus brazos, cuando las cicatrices que le dejó Chisaki, el hechicero, son visibles. Mina lo obliga a probar todos sus ungüentos, pero ninguno funciona. Izuku prácticamente acaba rogándole que pare, que no importa; le asegura que no le molesta ver las cicatrices y es cierto. Están ahí ya, en su piel, para siempre. Para qué mortificarse con ellas.

Katsuki mantiene su distancia cordial e Izuku pasa la mayor parte del tiempo en los patios del ala oeste, con Tsuyu y Ochako. La segunda acaba por acercarse a Mina para preguntarle más sobre magia, porque ella también tiene el talento natural, sólo que nunca ha florecido demasiado. A sus padres —nobles menores— les importaba mucho más que encontrara una pareja en las altas esferas de la corte. Eso nunca pasó, por supuesto. Mina sonríe ante la oportunidad de enseñarle y entonces Ochako empieza a pasar cuatro o cinco tardes a la semana con Mina. Tsuyu, por su parte, no suelta a Izuku, que acaba con la costumbre de ir con un libro a todas partes. Uno de los baúles de su equipaje estaba lleno de libros y rollos. Viejos cantares, historias, tratados de magia en los que sólo tiene curiosidad científica, porque él nació sin el talento natural. Eijiro le pregunta qué lee un par de veces y escucha hasta el final toda la perorata de Izuku y sonríe y asegura que es todo muy interesante. Denki también, mientras va cargando rollos de pergamino de un lado a otro, e Izuku, poco a poco, encuentra de nuevo una rutina.

Se da tiempo de conocer a la partida de caza del castillo. Kyoka Jirou es la comandante. Lleva una capa morada raída de abajo. Izuku la reconoce porque es de las pocas que no usa pieles sobre los hombros, sino lo que parecen ser pedazos de una armadura. Cuando el príncipe nota que tiene grabados que parecen hechos después, resaltados con pintura morada, se acerca a preguntarle por ella. Resulta que la robó a soldados de su reino y la deshizo para hacer las hombreras de la capa. Los grabados se los hizo ella misma y después, tras conocer a Mina, fue ella la que ayudó a pintarlos. Los robó a los soldados muertos que atacaron una de las aldeas donde pasó ella, con sus padres, cuando los atacaron. Sus padres, que eran bardos —por lo que entiende Izuku, aunque ella usa otra palabra en un idioma que no ha oído nunca para describirlos—, murieron entonces.

También la pieza de metal que usa en su vientre es armadura, pero esa es hecha a su medida, igual que las piezas de la cintura y las caderas. Cubre su pecho con una sencilla tira de tela morada y sus piernas con pantalones claros y botas moradas. «Mina las hizo para mí», dice, con una sonrisa. El príncipe asume que es su color favorito, porque también usa kohl de ese color en sus párpados. Izuku no se atreve a preguntarle sobre las orejas: las tienen puntiagudas hacia atrás.

Acaba preguntándoselo a Eijiro.

—Es porque desciende de los Primeros Hombres —explica el dragón—. Los bárbaros vivían más al norte hace siglos, pero los dragones los empujaron cada vez más al sur y al sur y al sur. Y hace siglos que llegaron aquí. Esta zona de valles y montañas se la concedieron los Dioses Sin Cara a los Primeros Hombres, porque los crearon primero y les tenían cariño. Pero los Bárbaros casi acabaron con ellos. Fueron décadas de guerra y a eso le siguió la Época Oscura. —Izuku escucha con atención, porque aunque conoce casi toda la historia de los reinos al sur, el norte es un territorio desconocido para él—. Los Dioses castigaron a los Bárbaros por haber invadido la tierra de los Primeros Hombres. Destrozaban las cosechas, mataban el ganado, las lluvias impedían la caza. Los bárbaros en ese entonces tenían un rey muy cruel.

—Como todos los reyes —dice Izuku, entre dientes y por lo bajo. Eijiro se le queda viendo con una ceja alzara. No dice anda, pero el príncipe sabe lo que está pensando—. Casi todos —puntualiza, porque Katsuki todavía no se merece entrar en esa categoría, no del todo.

—Bueno, este rey tenía un hermano —sigue Eijiro—. No recuerdo el nombre de ninguno. Podrías preguntarle a Katsuki, sabe más de eso. Su hermano se unió a la resistencia y encabezó la rebelión. Ganó. Unió a los bárbaros y a los Primeros Hombres, los sobrevivientes, e instauró la paz. Kyoka desciende de ellos. Por eso sus orejas puntiagudas. Y también las marcas de nacimiento en sus mejillas, aunque por ellas no preguntaste.

Eijiro se pasa una mano por el cabello, nervioso. Quizá teme haber hablado de más, pero Izuku está encantado.

—Gracias —dice Izuku—. Por contarme. ¡Todo! En el sur mis maestros nunca hablaron del norte.

La llamaban «tierra salvaje». No hablaban de los dragones ni de los bárbaros.

Eijiro sonríe enseñando los dientes.

—Por nada.

El dragón se queda otro rato acompañándolo, mientras Izuku lee. Ochako está con Mina y Tsuyu dijo que necesitaba una siesta. Así que cuando aparece Katsuki están los dos solos, en silencio. Se detiene a unos pasos del lugar donde están sentados.

—Izuku —llama.

El príncipe levanta la cabeza del libro.

—Katsuki.

—Quiero mostrarte algo.

Siempre se muestra cuidadoso ante él desde que Izuku intentó huir sin un plan claro. No discuten nada de lo ocurrido esa noche. Quizá es lo mejor.

—¿Ahora? —pregunta Izuku.

Katsuki frunce el ceño, bufa.

—Obviamente. —Sigue siendo brusco, pero sin intención clara de hacerle daño. Izuku lo observa de lejos: le habla igual a todo el mundo—. A solas —añade.

Eijiro ni siquiera se mueve.

Izuku cierra su libro y se pone en pie. Sonríe un poco, para ocultar los nervios que le causa que Katsuki le pida tiempo a solas.

—Vamos.


II.


—Vamos hacia el ala norte —adivina el príncipe, después de caminar por varios pasillos y cruzar varios patios.

—Sí.

—Dijiste que no fuera para allá, Katsuki.

—Está abandonada —responde—, pero quiero mostrarte algo.

A Katsuki no le gustaba toda esa zona del palacio. Allí había pasado. Allí habían atacado, cuando por fin se las había arreglado para tomar el castillo, con ayuda de Eijiro. En ese entonces no eran tantos. Denki ya estaba a su lado, aunque se quejaba a cada segundo de que tenía la personalidad de estiércol. Sus padres todavía estaban vivos en ese entonces. Qué tiempos.

En el ala norte está la torre más alta del palacio. Una de las más protegidas. Lo único que se había salvado de la destrucción durante el ataque. Los enemigos de Katsuki habían roto columnas que después se habían tenido que reconstruir, habían quemado habitaciones enteras de donde habían tenido que sacar tapices hechos ceniza, pero nunca habían llegado a la torre. Izuku lo siguió por las escaleras, apenas unos pasos por detrás.

Se había esforzado por limpiar todo el lugar. Mina había ayudado y Denki también. Especialmente el último, que había recorrido todo el palacio y había llevado todos los rollos y los libros que no estaban en el lugar adecuado.

Ante la puerta, en lo alto de la torre, se vuelve hacia Izuku.

Es un impulso pero sospecha que valdrá la pena.

—Cierra los ojos —le pide.

—¿Qué?

—Cierra los ojos —repite, con la voz más firme.

—¿Es una orden? —Izuku siempre parece renuente.

—Ya te dije que puedes hacer lo que quieras —espeta Katsuki y se arrepiente inmediatamente del tono brusco que usa. Quiere morderse la lengua, por imbécil—. Pero estaría bien —agrega—. Si cierras… Los ojos. —Su voz se atropella a su misma y las palabras salen cortadas, las oraciones sin terminar. No quiere asustar a Izuku, no quiere verse brusco. Sólo quiere mostrarle lo que está del otro lado.

Izuku decide hacerle caso, después de considerarlo apenas unos segundos.

Katsuki abre la puerta.

Lo agarra por los hombros. Izuku se tensa un poco porque tiene los ojos cerrados y probablemente no lo escuchó venir.

—Sólo es para que no te caigas —dice Katsuki tras un bufido. No piensa mucho en el contacto, porque si pensara, explotaría sin previo aviso.

Izuku se ve delicado. Se siente delicado. Pero Katsuki sabe que no lo es. Sabe que puede defender su valía. No por nada le ha gritado y le ha exigido disculpas que todavía no ha verbalizado, pero que está intentando pagar.

Lo guía hacia adentro, lo conduce hasta el centro de la habitación. Allí lo suelta, convencido de que si sus manos siguen sobre los hombros del príncipe van a quemarse. Se aleja unos pasos y entonces pide, con toda la delicadeza que es capaz de conjurar para su voz:

—Abre los ojos.


La torre del ala norte no sólo es la más alta de toda la fortaleza. Está también encalada a la montaña —eso fue lo que permitió hacerla más alta que las demás, pues los bárbaros no suelen construir hacia arriba: prefieren los cimientos fuertes y construir para poder resistir las constantes guerras y los asedios—, así que en caso de que intenten derrumbarla, sobrevivirá. La pared que da al norte está pegada a la montaña. Por fuera es sólo una torre cuadrada construida de una manera bastante bruta, con algunas ventanas, pero nada más.

Por dentro es otra historia.

Al sur le gusta hablar de cómo los Bárbaros son un pueblo salvaje, pero se han asegurado de preservar todo su conocimiento a como dé lugar.

De piso a techo —lo que son unos cinco metros— ese lugar está lleno de todos los libros que han llegado a las manos de cada Rey Bárbaro. Además hay rollos de pergamino y una multitud de tapices. Hay varias escaleras para poder acceder a los libros y un pequeño pasillo en lo alto, para recorrer los libreros.

El príncipe Izuku Midoriya abre los ojos y entonces Katsuki es consciente de que nunca los había visto brillar tanto cuando comprende qué es lo que está viendo.

Recorre las cuatro paredes, llenas de estantes y libros hasta el infinito.

Sus ojos no pueden abrirse más, pero quiere grabarlo todo en ellos. Katsuki no aparta la vista de él y puede ver cada peca moverse cuando Izuku sonríe y ver el kohl verde con el que se delinea los ojos acentuar la expresión maravillada.

—Katsuki…, esto es…

—La Gran Biblioteca —dice, antes de que Izuku pueda preguntarlo.

—Es… es… —intenta decir algo, pero no puede y es un poco adorable.

Katsuki quiere reírse, pero se contiene.

—Todos los reyes bárbaros se han asegurado de que el conocimiento no se pierda. Hay cantares del sur, leyendas del norte, todas las historias, los tratados, los estudios sobre magia, lo diarios de los eruditos… Dudo que algo está ordenado. Pero… aquí está. No la habíamos abierto desde… desde… —«el ataque». Han pasado años y Katsuki ha estado peleando una guerra con el sur. Pero no puede decirlo. No todavía—. Llevaba tiempo sola. Mina me ayudó a limpiarla. Con magia. Y Denki trajo algunas cosas que estaban por todas partes.

No agrega nada más, pero quiere decirlo. No lo llevó sólo para enseñársela, carajo. Izuku es la única persona en ese maldito palacio que siempre tiene un libro en la mano.

Es el lugar perfecto para él.

—Es hermoso —concluye—. Nunca imaginé que…

No termina. Pero Katsuki puede imaginar cómo sigue aquella frase.

—Es tuya —escupe, en un impulso—. Si quieres. Todo lo que está aquí. Es tuyo.

Izuku sólo enrojece y enrojece. Abre la boca y la cierra, incapaz de decir algo. Y Katsuki piensa que es adorable ver así al príncipe. Es tranquilizador, al menos. No verlo hacerse más pequeño por temor a incomodar a alguien.

—Es… No podría… Nuestra biblioteca no era tan grande —concluye—. Me gustaba pasar el tiempo allí. Nunca fui bueno para el combate y mi padre se rindió muy pronto. —Hace una mueca que delata lo mucho que le cuesta pensar en el Rey Hisashi Midoriya, lo mucho que duele en su interior. Katsuki no lo juzga después de haber visto la cicatriz de su pecho—. Pasé demasiado tiempo en la biblioteca mientras él hacía la guerra y se entretenía con… —Se interrumpe y no llega a terminar esa frase—. Siempre quise ser un poco mejor con la espada. Sé usar un arco. Pero… nada más. No quiero porque mi padre lo hubiera deseado o porque… —Aprieta los puños—. Podría defenderme.

—Los libros siempre han sido las mejores armas de los estrategas militares. —Katsuki no sabe qué lo impulsa a consolarlo o a tranquilizarlo.

—Pero no sirven para defenderte cuando alguien te hace daño —dice Izuku y tiene las uñas tan clavadas en sus propias manos que Katsuki teme que se haga daño de verdad.

Entiende a lo que se refiere.

—Puedo enseñarte —le dice. Tras una pausa, clarifica—: A defenderte, Izuku.

—¿Aun con…? —Izuku alza los brazos y las cicatrices aparecen cuando las manchas anchas decoradas con verde caen.

—Sí —asegura Katsuki—. Que hayan quedado débiles no significa que no puedas usarlos, Izuku.

—Me encantaría —responde entonces. Parece un poco más tranquilo. Alza de nuevo la vista y se queda viendo los lomos de los libros. No se atreve a moverse porque todavía está intentando grabarse la Gran Biblioteca en el alma.

—Mientras tanto, todo esto es tuyo, Izuku. Puedes venir al ala norte si… El resto está deshecho, pero… Puedes. Si quieres.

Izuku asiente.

—Gracias, Katsuki.


Al Rey Bárbaro no se le escapa que Izuku pasa sus días en la biblioteca. Lo ve hablar con Eijiro de lo que encuentra y el dragón siempre asiente con interés. También Denki y Mina, y las dos damas que lo acompañan —Ochako y Tsuyu—. Los días pasan y Katsuki recuerda que se comprometió a enseñarle a defenderse, pero no encuentra el momento justo.

Eso sí, empieza a encontrárselo en todos los pasillos, en todo momento y en todos los lugares. Sus pecas y sus ojos con kohl verde lo persiguen. Desde el primer día no puede quitárselos de encima.

Necesita pensar.

Y los ojos de Izuku no lo dejan.

Así que agarra a Eijiro en una tarde libre.

—¿No quedaste de hacer nada con Denki? —pregunta.

El dragón niega con la cabeza.

—Acompáñame al nido abandonado —pide Katsuki y Eijiro asiente.

Se dirigen el mirador y Katsuki lo ve transformarse en el dragón rojo impresionante que es. Se coloca entre los cuernos, en la cabeza, para tener de qué agarrarse —aunque también sabe colocarse entre las alas, especialmente cuando van a pelear—. Eijiro levanta el vuelo y se dirige montaña arriba. No es demasiado lejos. Veinte minutos volando. Pero no se puede llegar a pie. El dragón que haya elegido ese nido sabía lo que hacía para mantener lejos a los humanos.

En el nido ya no queda nada. Puras ruinas.

Por la forma se adivina dónde estaba casa cosa, como fue construido. Donde eligió el dragón que lo construyó depositar sus huevos, donde dejó su tesoro. Pero ya no queda nada, sólo ruinas. Es tan enorme que es majestuoso.

—Podrías tener uno así —dice Katsuki y Eijiro bufa, detrás, ya de nuevo en su forma humana.

—No es lo mío.

—Es instinto —replica Katsuki—, ¿no?

Eijiro sacude la cabeza.

—Para quienes eligen un compañero, supongo. —Se encoge de hombros—. Demasiados rituales.

Katsuki asiente. Va ahí cuando quiere pensar. Usualmente deja que Eijiro lo acompañe para llenar los silencios cuando se hacen demasiado largos.

—¿Nunca has pensando…?

—Es de por vida —replica Eijiro y hay un deje triste en su voz. Siempre lo ha habido, cuando hablan de los rituales de los dragones, desde el día en que conoció a Denki Kaminari—. Y los humanos… Nunca. No se sabe si… No creo que se pueda.

Le dirige una mirada de reproche. Katsuki sabe por qué no le gusta el tema.

—¿Y si hubiera una manera? —Sólo sigue por puro instinto. Para sacarse a Izuku Midoriya de la mente.

—Katsuki, es de por vida —sigue Eijiro—. Los humanos…, ustedes no viven tanto… y…

—Lo sé.

—Lo quiero, pero no…

—Lo sé.

—Denki es todo lo que… —Eijiro bufa—. Es estúpido.

—¿Cómo supiste?

—¿Cómo supe qué?

—Que era él.

Eijiro se encoge de hombros. Y después sonríe, enseñando todos los dientes puntiagudos.

—Sólo lo supe, supongo. Un día desperté y ya había pasado. ¿Lo has visto reírse, Katsuki? —pregunta—. Se ríe y el mundo entero se ríe con él. Sonríe e ilumina todo. Te juro que brilla y no es sólo por esa magia que tiene adentro, que lo deja escuchar los rayos y anticiparse a las tormentas. Antes de él, nunca había conocido a un mago. Y él… es… No sé. Sólo basta mirarlo. Y lo entiendo, pero no puedo explicarlo.

Katsuki bufa.

Le parece la explicación más azucarada del mundo, pero tiene sentido.

—Dragón ridículo —le dice.

Eijiro sólo amplía la sonrisa.

—Ya le ofreciste al príncipe traerlo aquí, supongo —sigue Katsuki.

—Sabes que se lo ofrezco a todos.

Katsuki asiente. Se queda viendo el centro del nido, allí donde un dragón debió de acurrucarse para cuidar sus huevos. Aún en ruinas, es un lugar majestuoso. Todos los nidos de dragones lo son y es una lástima que estén en guerra todo el tiempo.

—No lo traigas sin mí —pide.


Le pasa una espada de práctica, de manera. No planea darle nada real hasta que no le demuestre que no va a herirse a sí mismo. Izuku la agarra sin demasiada confianza, pero le demuestra que sabe cómo se sostiene.

Después de eso, Katsuki está a ciegas.

No quiere que Izuku se lastime pero tampoco quiere empezar en ningún nivel demasiado básico para él. Así que sólo se pone en guardia.

—Enséñame lo que sabes —dice.

—¿Q-qué?

—Qué sabes. Aprendiste algo, ¿no? Eres un príncipe, alguien intentó enseñarte —espeta Katsuki. Si Izuku no intenta darle un golpe en los siguientes momentos, va a desesperarse.

—N-no sé si sea…

—Sólo voy a defenderme —asegura Katsuki—. Enséñame lo que sabes —y no deja en el tono de su voz ni un resquicio con el cual Izuku pueda decirle que no. La voz es firme. Lo que quiere es obvio.

Así que Izuku ataca.

Bien.

Katsuki se defiende. No es lo peor que ha visto.

Izuku tiene una vaga idea de lo que hace y ninguna clase de técnica reconocible. Ni del norte, ni del sur, ni de ninguna parte. No hay seguridad en los golpes que da y se mueve con demasiada cautela para estar intentando darle de golpes con una espada de madera a alguien. Además para atacar siempre deja abierto su lado izquierdo. No se protege lo suficiente. Tiene una vaga idea de lo que son las fintas, pero no la destreza necesaria para realizarlas. Sin embargo no teme golpear ni ser golpeado. Al menos eso es admirable. Hay valentía dentro de él.

Es mejor y peor de lo que esperaba Katsuki.

De todos modos, su peor pecado es aburrirlo. Repite los mismos movimientos varias veces y Katsuki los espera. Quizá es porque no conoce más. Eso tiene fácil arreglo.

Por pura piedad, Katsuki asesta un golpe que hace que la espada de práctica se le resbale a Izuku de las manos. El príncipe queda parado un momento, sin saber qué hacer y Katsuki aprovecha. Le colora la espada de práctica en la barbilla y lo hace levantar la mirada para que lo vea.

—Estás muerto —dice.

Puede ver como traga saliva.

Lento, demasiado deliberadamente.

Abre la boca y la cierra. Claramente no entiende lo que está ocurriendo y Katsuki no deja de ver sus ojos en un momento que se vuelve demasiado largo.

Después baja la espada y la atora en su cinturón.

—No eres tan malo. —El príncipe de hecho pone una expresión de alivio—. Tampoco tan bueno. —Katsuki bufa y levanta la espada que Izuku dejó caer al suelo. Se la extiende—. Toma. Sabes agarrarla bien, pero necesitas tener más fuerza en las estocadas.

No piensa mucho lo que hace cuando se coloca detrás de él y sus manos se dirigen hasta los brazos del príncipe, para decirle cómo. Sólo piensa que no sabe explicarlo con palabras y que eso es más rápido y mucho más productivo.

Pero su cerebro es un traidor y sólo piensa en lo suave que es la piel de los brazos del príncipe allí donde no hay cicatrices.

A Izuku el contacto no parece afectarlo (porque no es un idiota, piensa Katsuki) y sólo le hace caso.

Katsuki vuelve a bufar.

—¿No es así…? —Izuku parece dudar incluso de hacer la pregunta.

—No, estás bien. Tus brazos necesitan fuerza para que no los lastimes —espeta. Ver las cicatrices le recuerda que tiene que ir con mucho cuidado.

Tiene días muy largos por delante.


Notas de este capítulo:

1) Me apuro porque me gusta hablar de las referencias de lo que escribo. Ah. Ya mencioné a los Todoroki. Todavía no sé si Shouto va a aparecer en esta historia (ya veremos) y Best Jeanist también es un rey en el sur. Hablaré más de ellos próximamente. En el worldbuilding agregué que la Madre aka Nana Shimura tiene sacerdotisas (Fuyumi Todoroki es una) y hay Alquimistas (jé y Natsuo es aprendiz de, igual que en el canon apenas está en la universidad).

2) Siempre me ha parecido muy simbólico lo que hace Katsuki con Izuku al limpiarle los pies y decirle que no se pone de rodillas ante cualquiera (es un rey orgulloso, al fin y al cabo, pero Izuku acaba de gritarle) y acaban de vivir una experiencia, así que… En fin. También me maman las espadas en la barbilla de la gente, como pueden apreciar al final de este capítulo.

3) Amo a Jirou. (Secretamente quiero escribir Momojirou como side pairing a ver qué sale). Me gustan las orejas puntiagudas. Pero odio a los elfos. Así que no hay elfos sino otra historia.

4) Y el momento de la biblioteca es el momento de La Bella y la Bestia, que a veces me acuerdo que este es un retelling con feelings más asiáticos.

Andrea Poulain