Capítulo V.
Norte y sur
I.
El príncipe Izuku mejora —y Katsuki siempre se sorprende del empeño que es capaz de ponerle a la práctica de esgrima—. La vida en el palacio sigue su curso.
Mina gasta horas con una de las damas del príncipe —al principio—. Con la de cabello castaño, que siempre trae faldas rosas, rectas, decoradas en la parte de abajo y del cinturón con hilos del color de su cabello. Los bordados son de estrellas y una vez Mina le preguntó por qué. Lady Ochako Uraraka respondió que en el emblema de los Uraraka, una casa menor, había estrellas y a ella le gustaban. Después Katsuki tiene que oír todos esos detalles que no le importan, pero que Mina sigue contando a cualquiera que lo escuche. Luego también pasa tiempo con la otra. La del cabello largo, que hace un moño con su cabello a la altura de las piernas y cuando Mina pregunta por qué, descubre que nunca jamás se lo ha cortado. («¡Más que el fleco, Katsuki, sólo el fleco!»). Tiene orejas de pez, con detalles verdes en las orejas. («¡Porque uno de sus antepasados se enamoró de una mujer marina, Katsuki!») y usa el mismo kohl verde que Izuku alrededor de los ojos. Sus faldas son verdes de un verde mucho más oscuro que el que usa el príncipe, adornadas con color plata. Katsuki rueda los ojos cada que oye algo de ellas, porque Mina las menciona todo el tiempo desde que empezó a ayudarle a Ochako con su magia.
Denki suele decir que entre brujas se entienden, pero Katsuki no quiere saber nada más de Lady Ochako ni de Lady Tsuyu, especialmente si sale de la boca de Mina.
Lo que quiere tiene más que ver con el tocado que tiene apretado entre las manos y que está cuidado que Denki no vea. Pero el idiota tampoco se va, porque Eijiro llevó a Jirou a una de las aldeas por razones desconocidas y ahora está ahí, sin saber qué hacer, como perro abandonado.
Los magos no son comunes. Los brujos sacan su poder de la naturaleza, se lo piden. Aprovechan cada planta, cada yerba. Los hechiceros lo hacen de todo lo que está vivo. Chupan el poder de todo lo que algún momento tuvo alma. Les fascinan los humanos, pero hay historias de hechiceros que se las arreglaron para robar huesos de dragones. Los magos, en cambio, son el poder de la naturaleza. Suelen obtener sus poderes por accidentes y la gente les teme porque no los entiende y los liga a la tragedia. A Denki el mundo le concedió el poder del rayo cuando tenía cuatro años y le cayó uno encima. El único detalle extra es que alguien murió y todo el mundo condenó a Denki.
Katsuki lo encontró muchos años después, abandonado, apaleado, maldito por todo y por todos. Lo ligaron a la tragedia por el rayo que le dio sus poderes y le dejó una cicatriz en todo el brazo y parte del pecho; además de la marca de un rayo negro en su cabello dorado. El Rey no se sabe la historia pero sabe que lo corrieron de todas partes y que toda su familia lo desterró. Lo encontró poco después de haberse aliado con Eijiro y lo reclutó porque el poder de los magos, se sabe, es brutal.
(Luego tuvo que vivir con un dragón en pleno cortejo y con Denki y Eijiro haciéndose ojitos cuando creían que él no miraba, pero no se arrepiente).
Cuando sus pensamientos vuelven al presente, a la sala del consejo, oye la risa del mago.
—¡Mina! ¡Te gusta! ¡Lady Ochako, al menos!
Katsuki rueda los ojos.
—¡No! ¡Su compañera es Lady Tsuyu y…! Ellos tienen otras costumbres, Denki —espeta Mina—. ¡No voy a entrometerme!
Katsuki rueda los ojos.
—Como si alguna vez no te hubieras entrometido en la vida de otros. —Corta de tajo la conversación. No quiere oír nada sobre las mejillas perfectas de Lady Ochako Uraraka, ni sobre sus ojos que parecían chocolates, ni sobre nada. Punto—. Mina.
—¡Tú no tienes derecho a hablar! ¡¿Cómo hubieras llegado al trono sin mí, Katsuki?!
Katsuki bufa, pero no responde. Ella tiene razón. Ella siempre tiene razón.
—Quiero un favor —dice, apretando los dientes—. Pero si vas a seguir hablando sin descanso de Lady Ochako esto y Lady Ochako lo otro y Lady Ochako me sonrió… y Lady Tsuyu y las orejas de Lady Tsuyu y… —Rueda los ojos. Esa plática le está recordando porque odia los honoríficos idiotas del sur.
—¿Qué quieres, Katsuki?
La voz de Mina es clara y amenazante. Bien. Katsuki alza la vista y puede observar que la pintura rosa sobre su piel oscura ayuda a acentuar su ceño fruncido.
Si está de mal humor no puede seguir torturándolo con ninguna de las damas del príncipe.
Katsuki sube la mano hasta la mesa, donde tiene apretado el tocado y lo deja allí. Una de las llamas está rota y ha estado rota desde la noche que Izuku salió corriendo. El príncipe no ha preguntado por él y Katsuki no ha mencionado que lo recogió antes de salir corriendo tras él. Lleva días meditando qué hacer con él.
—¿Esto tiene arreglo? —pregunta—. Para que no parezca roto —aclara.
No quiere que sólo lo pegue y luego se note.
—¿Ese es…? —Denki interrumpe y se inclina para verlo mejor—. Joder. ¿Se rompió la noche que…?
Katsuki gruñe como única respuesta y Denki parece asumir que las respuestas son afirmativas. Bien, no quiere que siga dándole vueltas al tema.
Mina estira la mano y agarra el tocado. Entrecierra los ojos para verlo mejor.
—No parece forjado con ninguna clase de magia extraña. O brujería o… lo que sea. Podría ser posible. —Alza los ojos—. ¿Por qué quieres que lo arregle, Katsuki?
—Es de Izuku —responde.
—Eso puedo verlo. Y Denki también. Pero no es la respuesta que busco.
—Porque está roto —espeta Katsuki. Es la respuesta más obvia y no planea dignificar esa conversación con ninguna otra.
«Porque se le ve bien al príncipe» no es algo que Mina o Denki lo van a oír decir. Y debe haber algo más. Pero no quiere hurgar para buscarlo.
Izuku mejora con la espada. Kyoka es quien más practica con él. Katsuki suele descubrirlos en los patios. No duda en recordarle mil veces al príncipe que debe de tener cuidado con sus brazos. Se queda viendo las cicatrices cuando sus brazos están al descubierto. Parecen las rayas de un tigre, aunque más claras.
Izuku pierde el control en cuanto descubre a Katsuki mirando en una de las esquinas del patio. Kyoka casi lo hace perder el equilibro con un golpe de la espada de madera que no alcanza a cubrir demasiado bien.
—¡Katsuki!
—Al enemigo no le importa si te distraes —recuerda Katsuki.
Se da la vuelta, dispuesto a marcharse. No tiene caso ponerlo nervioso por nada y hay muchos reyes en el sur con los que pelearse y a los que amenazar recordándoles que Hisashi Midoriya fracasó intentando asaltar su palacio.
—¿No quieres quedarte a ver?
La voz de Izuku suena muy débil y quizá no muy segura de lo que está diciendo. Katsuki vuelve a darse la vuelta y enfrenta la mirada del príncipe. Ojos verdes brillantes, como siempre. Katsuki todavía se queda sin respiración a veces al verlos.
Sonríe de lado y alza una ceja.
—¿Quieres que me quede?
Izuku parece nervioso un momento, pero se lo saca de encima. Asiente.
—He mejorado —asegura.
Katsuki lo sabe. Siempre está observando aun cuando no sea él quien le da las clases. A veces a la distancia, pero siempre está observando.
—Va a llover.
Katsuki maldice. Denki se ríe de su reacción. Siempre se ríe. Claro, porque el maldito mago está en armonía con la naturaleza. Pero la lluvia significa largos días húmedos y demasiada gente en el castillo. Así es como se da cuenta de que Izuku lleva ya meses en su castillo y que se han ido adecuando a una rutina.
—¿A dónde vas? —pregunta Denki, cuando Katsuki sólo sigue caminando sin hacerle caso—. Además estoy seguro de que Ei te dijo que es de buena educación detenerse cuando a uno le están hablando. ¡Y es un dragón! ¡Ei no tiene ni idea de…!
—A la Gran Biblioteca —interrumpe Katsuki. Nada más para no seguir escuchando su voz.
Hay días que está más irritable que otros. Ese es uno de los irritables.
—¿Buscas al príncipe?
—¿Y a ti que te importa si lo busco?
Denki se encoge de hombros.
—Nada. Mina me hizo una nueva capa, mira. —Da unos pasos por delante de él—. Con magia. Podría arreglar los jirones de la tuya.
—Me gusta tal y como está —responde Katsuki. Es la misma capa que le dio su madre cuando Katsuki le dijo que iba a ser rey y planea morirse con ella. Nunca se lo ha dicho a nadie que no sea Eijiro.
A Denki, en cambio, le gustan las capas llamativas, con capuchas e hilos brillantes, en telas suaves. Si fuera de la fortaleza van a desconfiar de él con mago, él se va a encargar de cumplir el estereoripo.
—Todo el cuello es de un conejo negro que cocinó Rikido —informa Denki—. Mina hizo los detalles en la capucha. Con magia.
Tiene rayos en hilo del mismo color de su cabello sobre la tela negra. Katsuki rueda los ojos y no deja de caminar.
—Entonces —insiste Denki—. ¿Irás a buscar al príncipe? Porque si a eso vas a la Gran Biblioteca no estaría de más que mencionaras lo de la lluvia… Y esas cosas.
Katsuki bufa.
—Le diré lo de la lluvia.
Es muy consciente de su equivocación cuando Denki alza el puño hacia el techo y da un salto triunfal.
—Así que sí lo estás buscando.
Es obvio. Izuku pasa mucho tiempo perdido en la Gran Biblioteca, entre los libros. A veces ni siquiera llega a una de las mesas del centro de la estancia o si quiera a los cojines: se queda sentado leyendo en las escaleras.
—Le diré lo de la lluvia si me dejas en paz. —Le salen todas las palabras entre dientes y Denki por fin huye.
Un día en que no aparezca uno de los imbéciles que fue coleccionando por el camino para molestarlo, eso es lo único que pide.
Cuando entra a la biblioteca no ve a Izuku por ningún lado. Pero el príncipe si lo ve. Está en el pasillo construido a lo alto, para acceder a los libros de más arriba.
—¡Katsuki!
El Rey lo ve a la distancia y sube. Lleva chaqueta larga color crema, con las mangas anchas a las que Katsuki ya se acostumbró, bordadas con verde en las orillas, con los pantalones anchos verdes. Se ha acostumbrado a los colores que siempre tiene puestos. Lo único nuevo es una tiara ancha, bastante sencilla, dorada, con una sola esmeralda en el centro.
Supone que se queda viéndola más tiempo del aceptable porque Izuku alza la mirada y sube una mano hasta tocarla.
—Es nueva —señala—. ¿Todo lo que tienes es verde?
Por supuesto que sale mucho más brusco de lo planea.
—Me gusta el verde. —Izuku hace un puchero—. Es el color de mi madre. De la familia de mi madre —corrige.
—Así que no son los colores de la familia real.
Izuku niega con la cabeza.
—Rojo. Es rojo. Por el fuego. —Tiene un libro en la mano que no ha abierto—. A mi padre no le gustaba que prefiriera el verde. —Se corta—. Pero de esa manera podía. Uhm. Rebelarme. —Baja la vista—. Es estúpido.
Katsuki alza una ceja.
—No creí que fueras un príncipe rebelde.
Izuku sonríe, pero apenas.
—¿Me estabas buscando por…?
—¿Por qué el verde es el color de la familia de tu madre? —interrumpe Katsuki.
Siguen parados en ese pasillo y de un lado tienen libros y del otro un barandal y luego el vacío, hasta el piso. Katsuki lo estaba buscando para otra cosa y para advertirle de la lluvia, pero ahora tiene curiosidad por el sur y por su rebeldía. Carajo.
—El emblema —dice Izuku, muy rápido—. Es un árbol. Hay muchos temas de la naturaleza. —Sonríe y alza un brazo para mostrarle una manga. Los bordados son ramas y algunas hojas—. Por eso. Ehm. Esto.
Katsuki asiente.
Un árbol en el emblema le parece algo estúpido e incluso un poco patético, pero se muerde la lengua. No quiere hacer que Izuku se enoje.
—Ah. —Pero tampoco tiene nada más que decir.
Izuku llena el silencio.
—Es de una familia muy cercana a la corte. Tienen un ducado. Tengo un tío —dice, muy rápido, intentando encontrar un hilo de interés—. Así que la prometieron con el rey. —Se encoge de hombros—. Como a mí. Contigo. —Traga saliva.
—No se les da el romance, eh.
—No.
Luego sigue más silencio y Katsuki no sabe exactamente con qué llenarlo. Mira al techo y luego al libro que tiene entre las manos. No alcanza a ver el título en el lomo. Sólo piensa en las últimas palabras de Izuku. «Como a mí. Contigo». En su cerebro aparece la imagen del Rey Hisashi Midoriya diciéndole que no aceptará ningún tratado de paz si no se casa con su hijo.
—Y nos dicen bárbaros a nosotros —espeta.
Si Izuku se enoja, lo tiene completamente merecido.
Pero sólo se queda callado, viendo al piso. Apenas están a unos pasos de distancia, pero los silencios la hacen parecer más grande.
—Tiene sentido. —Una pausa—. Katsuki. ¿Qué pasa si…?
—¿Qué?
—Si mi padre descubre que no pretendes casarte conmigo.
Katsuki se encoge de hombros.
—Fingir. No tiene por qué saber que los bárbaros valoramos el amor todo lo que ustedes no —espeta.
Izuku asiente. Otra vez, el silencio. Pasa algunas veces. A Katsuki le gusta pensar que ha ido conocimiento más al príncipe con el paso de las semanas, meses, pero en realidad son dos personas que viven en el mismo castillo y se cruzan con relativa frecuencia. Sabe de su amor por los libros y ahora entiende por qué el verde en cada detalle de su vestimenta. Conoce la cicatriz que tiene en el pecho y la clase de comida que le gusta, pero poca cosa más.
—Entonces, ¿me buscabas para…?
Katsuki vuelve a interrumpir.
—Denki dice que va a llover.
Izuku asiente. De nuevo. Y vuelve a llenar el silencio cuando es claro que Katsuki no pretende agregar nada más.
—Tienen algunos libros sobre el sur —dice—. Son muy viejos. Casi todos. No sabía que tenían cosas sobre el sur.
—Producto de invasiones. O intentos de. Nuestro «reino» —dibuja unas comillas en el aire— nunca ha estado estable el tiempo suficiente como para que haya una invasión exitosa. Y los últimos años. No, décadas. No fueron fáciles así que… la estabilidad apenas está regresando.
—Encontré este. —Izuku le extiende el libro que tiene en la mano—. Son historias. Nuestras leyendas. La mayoría me las contaba mi madre como historias para dormir, de niño. Sé que no te gusta el sur y que… —Carraspea—. Pero esto no tiene que ver con la guerra. O con mi padre. O con… Son solo historias que me gustaba oír a la hora de dormir.
Izuku le extiende el libro.
—Apenas estaba revisándolo cuando entraste —sigue Izuku—. No sé si tiene la historia de las mujeres marinas pero esa era mi favorita.
Katsuki lo agarra, sin decir nada. En la portada están las llamas que son el emblema del reino de los Midoriya. No hay nada más.
—La buscaré —dice, en un impulso.
II.
El rey aferra el libro e Izuku se queda mirando el gesto, con curiosidad. Katsuki Bakugo nunca ha escondido su desprecio por el sur o por su protocolo, pero tampoco ha podido evitar que salga su curiosidad por las costumbres. Izuku lo ha descubierto mirando con curiosidad el pequeño templo que le regaló, sin atreverse a entrar en él. Un libro de leyendas, mitos y cuentos para dormir no le hará mal.
Izuku sigue husmeando en las estanterías hasta que encuentra otras cosas sobre su reino. Sólo tres libros y los tres de historia tan antiguos. Los saca los tres y los abraza entre los brazos y el pecho. No puede salir del pasillo si Katsuki no se mueve primero, así que carraspea para llamar su atención.
—¿Vamos abajo?
Katsuki asiente, distraído y baja.
Está más silencioso de lo habitual y eso es extraño. Izuku lo ha oído por el resto de ese palacio. Grita en vez de hablar.
Lo ve dirigirse hasta la puerta, pero estira su mano y alcanza a rozarlo. No lo agarra: se retrae de inmediato. Pero Katsuki se detiene.
—No te vayas. Quiero saber más del norte. De su historia. Digo. —Izuku carraspea—. ¿Cómo llegaste a ser rey?
Katsuki voltea a verlo y frunce el ceño. Izuku busca en su rostro todas las señales de haber dicho algo inadecuado. Sabe que no debería preocuparse, pero el humor de Katsuki a veces todavía lo toma por sorpresa y está demasiado acostumbrado a buscar esas señales. Es culpa de su padre.
—¿Seguro que quieres saber? Tu reino hizo un montón de…
Izuku asiente, sin dejarlo terminar. Sonríe y ladea la cabeza y va a sentarse en el alfeizar de la ventada, ignorando los cojines y las mesas que hay en el lugar.
Katsuki se acerca.
—¿Qué quieres saber?
Izuku palmea el alfeizar, a un lado de donde dejó los libros. «Siéntate», dice. Katsuki le hace caso. Un pedazo de la capa roja le cae en las piernas y tiene la tentación de extender los dedos y rozar la tela. También de preguntarle por qué está completamente raída por abajo porque no se le había ocurrido un mundo en el que eso fuera la moda adecuada para un rey. Pero esas no son las preguntas que salen de su boca.
—¿Por qué eres el Rey?
Katsuki se encoge de hombros.
—Quise.
—Esperaba algo más que eso, Katsuki —apunta Izuku.
—No sé, eran tiempos complicados. Cuando nací. Sólo necesitamos un rey para negociar con el sur —explica—. El resto de las cosas fluyen. Pero en aquel entonces el sur estaba atacando nuestras fronteras y matando a todo el mundo y los reyes morían como moscas. —Ve al techo como si estuviera buscando el cielo—. Luego cumplí cuatro o cinco y Toshinori Yagi era rey. La guerra se detuvo un poco.
—Lo recuerdo. Los años de paz. Mi padre vivía furioso. No podía atacar.
—Pero luego un hombre lo traicionó y murió y volvió el caos. Ya era adolescente por ese entonces. Ya son casi ocho años de eso. Fue cuando decidí que quería evitar que el sur siguiera masacrando las fronteras y llevándose a las mujeres y clavando en picas a los hombres y dejando huérfanos a su paso, los que se las arreglaban para sobrevivir y acababan llorando a lágrima viva en los brazos de mi padre… Sólo pensaba en acabar con todos esos soldados hijos de puta y todos tenían el puto emblema de las llamas.
Izuku no dice nada.
Las llamas son su emblema pero sabe todo lo que se ha hecho en su nombre bajo la idea de civilizar a los bárbaros. Sabe. De oídas. Pero nunca los detalles. Nunca estuvo cerca del consejo de guerra. Su padre siempre lo mantuvo fuera, lejos, ocupado en otras cosas, mientras luchaba por mantener todo su territorio y hacerlo crecer quemando y quemando aldeas y obligando a los bárbaros a retirarse más al norte.
—Y los reyes seguían muriendo. El poder los volvía locos, maniáticos. Estúpidos. Toshinori Yagi intentó cambiar todo eso y fracasó. Lo mataron como a un perro. —La furia en la voz de Katsuki crece e Izuku no se atreve a acallarla—. Todo el mundo se mataba a sí mismo. Ahí empezó. Cuando decidí tomar esta fortaleza, porque yo le iba a parar los pies al hijo de puta que es tu padre. Con mi madre detrás, gritando todo el tiempo. Las cosas se complicaron porque los dragones atacaban en el norte y no podíamos defender ni un frente. Eijiro ayudó entonces. —Se calla y a Izuku le parece que hay cosas que no cuenta allí, pero no pregunta, porque supone que la historia es también del dragón—. Firmamos la paz con los dragones, se estableció la frontera. Ellos se quedaron con un lado de los picos, nosotros con el otro.
—¿Y luego? ¿Unificar un Reino?
Katsuki se encoje de hombros.
—No era tan necesario como acabar con todos los imbéciles que querían el trono para ser crueles —espeta—. Cuando los dragones me reconocieron como rey quedaba poco más que hacer. Le había conseguido la paz a la gente en ese frente. Ya sólo quedó el sur.
—Mi padre.
—Sí, ese cabrón.
—No sé tantos detalles de la guerra. —Izuku aparta la mirada—. No pensaba en ella. Más pequeño sólo estaba con mi mamá. Y más grande sólo me dediqué a ser una decepción.
No tiene más cicatrices pero tiene recuerdos.
—No te culpo a ti —responde Katsuki y su tono brusco resulta muy tranquilizador para Izuku—. Eras una figura irrelevante en el todo de las cosas. Hasta que tu padre se deshizo de ti poniéndote aquí.
Sus manos descansan cerca de las rodillas. Aprietan la tela de sus pantalones, anchos y holgados.
—Nunca he querido ser un rey como mi padre.
—Apuesto a que no tienes ni idea de todas las cosas que hizo. Como cuando mandó un grupo de mercenarios a esta fortaleza y… —Katsuki se calla de repente.
—¿Cuándo lo descubriste?
—No, antes. Acabábamos de firmar la paz con los dragones del norte. —Desvía la mirada y es un gesto que revela que su silencio tiene razón—. Era mucho más joven. Entonces. —Katsuki carraspea—. Destrozaron toda esta ala. No llegaron hasta la biblioteca. Pero. Eso. Estuvieron a punto de…
—¿De?
Katsuki se encoge de hombros, obviamente quitándole importancia a algo que sí la tiene. Izuku no puede evitar seguir indagando.
—Acabar con todo.
El tono es más bajo e Izuku ya no sabe por qué se lo está contando. Ya no hay furia de la que siempre ilumina a Katsuki, sino simple cólera sin superar.
«Acabar con todo».
—¿Por qué carajos quieres saberlo, Izuku? Tú eres la paz enjaulada, al menos. Alégrate de eso.
—A los ojos del mundo…. —carraspea, para corregirse—, del sur, voy a ser tu príncipe consorte. Sólo. Interés, supongo. Siempre creí las historias del norte. No tenía por qué cuestionarlas. No me gustaba la guerra y si el trono hubiera sido mío la hubiera detenido. Creí cuando mi padre dijo que yo era el precio que habías pedido para liberarlo. Creí que eras un hombre cruel…
—No te culpo.
—No lo eres.
Katsuki gruñe.
—Quiero oír la historia del norte contada por el mismo norte.
Katsuki suspira.
—Probablemente no vuelva a hablar de esto con nadie nunca más, Izuku. No lo digas, no lo cuentes, no lo menciones, ¿entendiste?
—¿Es una orden?
Katsuki suspira.
—Esta sí.
—Está bien. —Izuku asiente. Es su historia así que puede concederle obediencia en eso—. Está bien, Katsuki. —Busca su mano pero el rey la aparta.
—Casi me matan —dice entonces—. Lo lograron con mis padres. Enfrente de mí. Kirishima me rescató. Los mercenarios escaparon.
—Lo siento.
Quiere decirle que lo entendería si llorara, pero ya sabe de antemano que no lo hará. Conoce lo suficiente sobre Katsuki para entender por qué parpadea con furia.
—¡No te atrevas a tenerme lástima! ¡Mientras tú eras un príncipe prácticamente prisionero! ¡Enjaulado!
—No es lástima. —El silencio los ahoga e Izuku piensa que todavía sería mejor si Katsuki lo dejara agarrarle la mano. Pero eso no pasará pronto así que sólo suelta lo primero que llega a su mente—: Tenía otra historia favorita. Cuando era niño —aclara—. Además de la de las mujeres marinas.
—Cuál.
—La historia del gato de las siete colas. ¿Quieres oírla?
Katsuki no responde e Izuku empieza a desilusionarse. Pero ninguno de los dos se mueve.
—¿Vas a empezar o no?
Izuku sonríe tanto que las mejillas le duelen.
—Érase una vez un gato pardo que nació con siete colas —empieza—. Antes de él, los gatos sólo nacían con una, así que creyeron que era de mal agüero…
—¿Y esa cara? —pregunta Izuku, al ver a Ochako sonreírle a la nada una mañana. Afuera llueve por sexto día consecutivo y todos están esperando que las lluvias se detengan. El castillo está demasiado lleno de gente.
Tsuyu es quien responde, agitando las orejas.
—Le gusta Mina.
Izuku abre mucho los ojos ante eso. Desde siempre Ochako y Tsuyu han sido Ochako y Tsuyu, juntas en cualquier momento. La adición de Mina es algo extraño y novedoso que todavía nadie sabe si va a algún lugar y que Izuku entiende poco.
—A Tsuyu también le gusta.
La compañera de Ochako rueda los ojos.
Izuku intenta amarrarse el solo el cinturón sobre la chaqueta de su vestimenta. Es delgada y vaporosa, porque se acerca el verano y agradece las mangas anchas que le proporcionan frescura.
—Te ayudo, Izuku —ofrece Ochako.
Claro, se lo estaba poniendo chueco. Se deja ayudar por Ochako, que se lo ata por delante —únicamente lo hacen por atrás en los trajes de gala— y luego le pasa una mano por el cabello para desordenarlo.
—¡Ochako! —se queja. Pero sonríe.
Lady Ochako Uraraka es la primera constante en su vida, tras su madre. La llevaron muy joven a la corte, con la esperanza de que encontrara pretendiente. Izuku y ella crecieron juntos. Ochako fue la primera en adivinar por qué a veces su espalda estaba llena de moretones y por qué Izuku lloraba hasta quedarse dormido en los brazos de su madre. Nunca presenció de frente la crueldad del Rey Hisashi Midoriya de frente; para Izuku eso era una bendición.
Tenía orgullo. Un poco.
—¿Y tú y el Rey? —pregunta Tsuyu—. Ahora te acercas a él con más…
—Hemos estado hablando —admite Izuku.
Sobre todo de la historia del norte, aunque a veces Katsuki se interesaba por las historias clásicas de los reinos del sur. Había preguntado por la historia de las cuatro lunas ya y a cambio le había contado la leyenda del gran dragón rojo, Crimson Riot. «Nadie sabía su nombre», dijo. «Eijiro cuenta la historia mejor que yo». Pero Izuku no había dejado de escuchar de la única vez en medio de una guerra en que un dragón había intentado salvar incluso a los seres humanos.
Aún no sabe hacia dónde se dirigen él y Katsuki. Ninguno de los dos está dispuesto a poner en peligro la paz.
Quizá cuando su padre muera puedan cambiar el acuerdo e Izuku pueda intentar recuperar su trono. Pero faltan años. Él apenas puede contar veinte veranos. Nació justo después de las celebraciones del solsticio.
—Es amable —agrega Izuku—. Creo que se esfuerza.
—Impone —opina Ochako—. ¿Practicarás hoy con Kyoka?
Izuku niega con la cabeza.
—Dijo que estaba ocupada. La partida de caza llegó en la noche y deben descansar —dice—. Pero pensé en decirle a Katsuki. —Sonríe—. He mejorado mucho con la espada.
En su mente está la fantasía de ganarle. Pero no lo dice en voz alta. Sólo quiere demostrarle que es fuerte, también.
Cuando se aproximó a Katsuki con las espadas de madera de práctica y le dijo que había mejorado, el Rey lo miró con una ceja alzada. Ninguno de los patios estaba disponible, todos estaban hundidos en agua. Pero Izuku dijo que seguramente podían usar alguna habitación vacía o «algo». No había nada que hacer en el palacio. Sólo la partida de caza, que había llegado en medio de la noche, estaba atareada con Rikido en las cocinas.
Katsuki acaba por sonreír y lo conduce hasta el ala sur, cerca de los sótanos, donde hay varios lugares amplios donde practicar. Además, la armería les queda cerca.
Izuku se esfuerza por demostrarle todo el progreso que ha hecho con él y con Kyoka hasta que Katsuki sonríe, satisfecho y detiene la práctica.
—Ven —le dice e Izuku debe poner una cara muy confundida, así que agrega—: Sólo será un momento.
Lo conduce hasta la armería.
—No tienes una espada, ¿verdad? —pregunta.
—Tengo una —dice Izuku—. Pero…
—Las del sur no son iguales. Las hacen un poco más rectas. —Katsuki bufa—. ¿Pero…? —No se detiene a verlo, lo conduce por el pasillo, hasta la armería.
—No quiero usar una espada… Era de mi padre. No… —Se lleva la mano al pecho sin pensar, allí donde le hizo daño el atizador de la chimenea—. Preferiría no usarla. La que tengo.
—Bien.
Y Katsuki abre la puerta de la armería. Se dirige hasta uno de los costados y saca una espada con la vaina recubierta de algunas piedras verdes y mango dorado. Se queda viéndola un momento, antes de extendérsela a Izuku.
—Alguien tiene que usar esta —le dice.
—Katsuki…
—Yo tengo la de mi madre. —Señala su cintura, allí donde descansa su espada, con detalles rojos del mismo color que sus ojos, colgada del cinturón—. Pero esta tiene que usarla alguien. —Hay una pausa en lo que Izuku admira la vaina, hasta que Katsuki dice algo más—: Era la de mi padre.
Es demasiado.
—Katsuki, no puedo…
—Sí puedes.
—Pero… Es… Ni siquiera somos… Nosotros. —Todas las palabras se tropiezan entre sí y él no puede decir nada en lo absoluto. Todas las ideas empiezan y ninguna concluye. Se le atoran en la garganta. No. Antes, en el corazón—. Alguien más… Tu gente… Katsuki.
—Todos tienen sus armas. Pasan de padres a hijos —espeta Katsuki—. Es tradición. De uno de tus progenitores al menos. Yo heredé la espada de mi madre. Y si tú no usas esa, nadie más… —Katsuki gruñe—. Sólo acéptala, carajo. Demuéstrame lo hábil que eres con ella. —Hay una pausa—. No es una orden tanto como es… una petición. —El final se le atraganta pero sale de sus labios e Izuku se queda desarmado. Sigue sin poder armar una sola frase.
Se obliga a tragar saliva y, sin levantar la vista de la espada, asiente.
—Bien.
Vuelven al cuarto donde estaban practicando. El cambio de un arma de práctica a un arma de verdad se hace evidente cuando Izuku se da cuenta de que empieza a atacar con mucha más cautela. Pero Katsuki le grita que se lo tome más en serio y, poco a poco, empieza a tomar confianza.
Ha aprendido a balancear el peso del arma para compensar la debilidad de sus brazos desde que lo atacaron los hechiceros en el bosque. Aprovecha su tamaño para moverse con más rapidez y hace uso de toda su agilidad. Katsuki y él pelean diferente, pero eso no evite que adapte los propios movimientos de Katsuki a los suyos propios.
Se esfuerza. Quiere sorprenderlo.
Fantasea con ganarle, así que sólo se lleva al límite cada vez. Hasta que logra dar un golpe tan fuerte que Katsuki casi pierde el equilibrio y tira la espada. Antes de que pueda agacharse, Izuku recuerda el gesto que Rey Bárbaro hizo cuando le pidió que le enseñara lo que sabía y pone el filo de la espada en su barbilla.
No presiona el filo. Todo el gesto huele a Izuku en la delicadeza y el cuidado, pero con la tenacidad y seguridad que aprendió de entrenar con él y con Kyoka todo ese tiempo.
—Katsuki.
Los ojos rojos se le clavan y le atraviesan el alma entera.
—Ganaste —concede Katsuki—. Eres un buen rival.
Izuku baja la espada al tiempo que el Rey sube una mano. Da un paso para acercarse más a él. Están muy cerca, pero no demasiado. Quizá a un paso corto de distancia.
Los dedos de Katsuki de posan sobre su barbilla y lo hacen alzar su rostro junto con la mirada.
—Pronto será el Festival del Sol —le dice—. Estás invitado. —Casi nunca se tocan y esa vez Izuku siente a un rayo pasar por su cuerpo ante el contacto—. Pronto pediré mi revancha —agrega y con esas palabras, lo suelta.
Izuku no alcanza a decir ni una sola palabra. Se han ido todas. Antes de marcharse, Katsuki todavía agrega algo más:
—Podrás haber nacido en el sur, pero el norte está en tus venas.
1) Pensé que en esta historia el pairing secundario sería Tsuchako, pero yo voy a morir en la colina del Minachako, así que ahora estamos viendo cómo se desarrolla el Tsuminachako. O algo. Va a ser un detalle muy side pairing.
2) Todas las historias que menciona Izuku están inspiradas en leyendas que me gustan (la de las lunas en la creación de sol entre los mexicas, por ejemplo) o en cuentos clásicos que me gustan (la de las mujeres marinas en la sirenita, por ejemplo) o en criaturas fantásticas que me interesan (lo que tenga que ver con nekos, I'm in). Suman a la religión, a la vestimenta, a los pequeños detalles (los tocados y tiaras). Agregar esos detalles me gusta.
3) Por otro lado, el norte también tiene sus historias —su historia— y ahí aproveché para meter a Crimson Riot. ¡Por fin llegué a la parte del baile de La bella y la bestia, 70 páginas dentro de la historia! Aquí es el festival del sol y vamos a saber mucho más de él en el próximo capítulo. Sigo sin saber cuántos capítulos me llevará la historia, ya veremos. Sobre todo porque también quiero retratar a los protas en el resto de su entorno.
Andrea Poulain
