Capítulo VI.
El festival del sol


I.


Recurre a Mina, por supuesto.

«Necesito ayuda», dice.

Sólo necesita decir eso para que ella acceda a prestársela con una sonrisa. La bruja le agrada, con la pintura rosa sobre su cara y su sonrisa siempre abierta y su voz suave y agradable. Pasando tiempo con ella entiende por qué Ochako siempre se pone roja al verla y Tsuyu sonríe para sí todo el tiempo en su compañía. Mina le asegura que se encargará del él el día del festival e Izuku asiente.

Los días pasan. La partida de caza va y viene. Un día llegan con un venado completo. «Para el banquete», oyen decir a Jirou. Rikido se encarga de salar al animal, para que la carne esté buena el día de la fiesta. Mina les explica —a él, a Ochako y a Tsuyu— que hay una ceremonia por la tarde, justo antes de la caída del sol y después es el banquete y la fiesta. Izuku asiente ante todas sus palabras.

Esos días, se cruza poco con Katsuki; lo ve de lejos, nada más, con su capa roja ondeando al viento. Pierde el tiempo en la Gran Biblioteca, entre manuscritos. Así descubre las historias de los Bárbaros del norte y como en el sur apenas si conocen algunas cosas. Se pierde entre los libros y las lecciones con la espada. Convence a Eijiro de practicar —aunque él se desenvuelve mucho mejor cuerpo a cuerpo y en el aire— y luego a Denki —pero él prefiere sus dotes como mago—; ambos se sorprenden del avance de Izuku.

El día del Festival del sol llega pronto —demasiado pronto y Mina aparece justo después del almuerzo en sus aposentos.

—¡Te dejaré increíble! ¡Tanto que Katsuki pierda la respiración al verte!

Izuku se pone rojo y asiente. Esa idea le gusta: hace que su estómago dé vueltas.

Ochako está decidiendo entre los tres atuendos de gala que tiene. Los tres tienen detalles rosados. Uno tiene un pequeño bordado con hilo dorado en las mangas, el cuello y el cinturón. Tiene los tres sobre la cama de Izuku, así que es lo primero con lo que se distrae Mina.

—Oh, no, ese parece más de invierno… —señala uno de los atuendos, con su falda rosa brillante y su chaqueta color perla—, aunque claro, aquí será para otoño, durante lo más crudo del invierno necesitarán pieles. Ustedes llegaron aquí poco antes de la entrada de la primavera, ya no se sentía el frío inclemente —le dice—. Ni lo pienses.

—¿Y entre estos dos? —Ochako le enseña los de las orillas—. Los dos son de verano. Aunque el de las flores suelo usarlo más en primavera.

—El que tiene dorado —decide Mina. Sonríe y le dedica un guiño—. Resalta tus ojos.

Ochako se pone tan roja como un tomate, pero elige lo que le propone Mina. La falda es de una tela más vaporosa, un poco más abierta. La chaqueta también es más fresca y sin mangas interiores (no como las ropas de invierno, a las que se pueden ajustar mangas interiores que mantengan los brazos calienten y aun así dejen lucir las mangas anchas que son típicas del sur). Mina sonríe al verla arreglarse y ponerse kohl negro alrededor de los ojos, para resaltarlos y hacerlos más grandes. Lo logra.

—Puedo pintarte los brazos —sugiere—. Al estilo del norte. Sería una buena combinación. Un poco de mezcla cultural.

Ochako sonríe y asiente.

—¡Perfecto! Tan pronto acabes de arreglarte. —Junta las palmas de las manos, en un gesto de determinación—. Ahora, ¡Izuku! ¿Qué demonios tienes que vaya a dejar boquiabierto a Katsuki?

Gastan un rato viendo diferentes atuendos. Mina descarta todo lo que es casi completamente verde. «No, no, te queda precioso, Izuku, no me lo tomes a mal, pero tengo un plan y estoy dispuesta a seguirlo». Acaba eligiendo uno de los atuendos de gala de verano de Izuku, que todavía no había usado. Los pantalones anchos son de un tono medio amarillo, que recuerda al sol, combinado con blanco. La chaqueta exterior, por encima, es de ese color blanco reluciente. Las orillas de las mangas son doradas, completamente, y tienen motivos de rayos. Cosas que tienen que ver con el fuego.

Mientras le arregla el cuello, también dorado, Mina sonríe.

—También le quedaría espectacular a Denki —dice—. Aunque claro, se nota que es tuyo por estos bordados verdes. —Señala unos diseños que hizo su madre, probablemente como un extra, por encima del diseño original—. Le dan un énfasis interesante a… todo.

El cinturón que escoge Mina para él si es verde, bordado con hilo dorado. Él la deja hacer igual que deja hacer a Tsuyu y a Ochako cuando les enseña dos prendas diferentes y pregunta: «¿esta o esta?». Sus ojos terminan con el mismo kohl verde de toda la vida. «¡Parece que brillan!», dice Mina, sonriente.

Mientras tanto, Ochako le hace dos trenzas a Tusyu. Su cabello, usualmente atado con un moño —hecho del mismo cabello— para que no arrastrara, estaba separado en dos lados en los que los dedos hábiles de Ochako habían tejido dos trenzas medio sueltas. Sólo había dejado libres los mechones más cortos del frente, que encuadraban su rostro, y el fleco. Al final, unió las trenzas con un moño similar al de siempre.

Izuku se da cuenta de que Mina también se ha quedado viendo la manera en que los dedos de Ochako separaban y trenzaban los mechones de cabello.

—¿Te gusta? —pregunta Tsuyu. Es muy evidente que se dirige a Mina.

—Sí —dice ella.

—Es un peinado típico cerca del lago Asui.

—¿Asui? ¿Cómo tu nombre?

Tsuyu asiente. Izuku ya se sabe la historia, pero deja que Mina la oiga.

—No siempre fuimos parte del reino de los Midoriya —empieza—. Éramos una provincia pequeñita. Hace mucho, mucho, mucho. No estábamos en peligro porque quien intentara conquistarnos tendría que lidiar con las mujeres marinas. —Agita sus orejas, solo como un gesto reflejo—. A nuestra orilla florecieron grandes reinos. Hasta que los Todoroki atacaron. ¡Fue hace siglos! Así que nos aliamos con los Midoriya. La provincia Asui se unió al reino y conservó muchas de sus tradiciones. —Tsuyu se encoge de hombros—. A la gente que enorgullece saber que no fuimos conquistados, como muchas provincias. Es estúpido. Si no nos hubiéramos anexado, otros nos hubieran conquistado.

—No tenía ni idea —dice Mina—. ¿Y esas trenzas son…?

—Peinado típico. Lo usan sobre todo las novias —explica Tsuyu—. Al casarse. Pero también se usa en los grandes festivales. El solsticio es una buena fecha para nosotros. —Su tono hace obvio que se refiere a la gente del lago Asui—. Supuse que sería adecuado.

Mina sonríe.

—¡Es precioso!

Entierra la mano en el cabello de Izuku.

—Pero bueno, ¿qué vamos a hacer con tu cabello?

—Me gusta así.

—A Katsuki también. —Mina dice lo último tan bajo que Izuku se pregunta si realmente escuchó bien—. Pero hay que adornarlo con algo. El festival del sol no es para menos. ¿Tienes adornos para tu cabeza? ¿Tiaras? ¿Tocados? ¿Diademas? ¿Algo?

Izuku asiente.

—Tenía la del emblema del reino. —Se muerde los labios—. Se perdió. La noche que…

—Bueno, ¿y qué sí tienes? —Mina lo corta demasiado rápido.

Izuku va hasta los baúles y le enseña los contenidos. Hay una tiara con flores que era de su madre. Inko se la había regalado antes de partir («uno siempre debe tener un regalo de su madre en las bodas, Izuku») e Izuku no se ha atrevido a usarla todavía. Mina opina que era muy primaveral, pero le gusta. Tiene otra, dorada, mucho más sencilla, sólo en estilo de diadema, sin piedras preciosas. Se la ponía más a menudo, especialmente cuando entrenaba y quería su rostro estuviera libre de los mechones de pelo. («No, eso no es nuevo ni espectacular», dijo Mina). Hay una con perlas que enviaron los Todoroki con la noticia de su compromiso, como regalo de bodas. Es bonita, pero a Izuku no le hace mucha gracia. Mina lo nota.

—Esta no te gusta, ¿verdad?

Izuku niega.

—Fue un regalo.

Y no uno bienintencionado. Había llegado con una nota de Enji Todoroki.

Mina frunce el ceño.

—Bien, esta no. ¿Algo más?

La tiara perdida no es su favorita, pero Izuku sabe que es la que mejor le queda. La del emblema de fuego de los Midoriya. Encuadra su cara, llama la atención. Pero no la ha visto desde la noche de desastre y tampoco quiere buscarla porque siente que haberla perdido es una señal.

Izuku se encoge de hombros.

—Hay una de hojas. De oro. Mira. —Se la enseña: es sencilla. Es sólo una diadema circular, pensaba para ir encima de su cabello; el oro forma unas cuantas hojas.

—Parece otoñal, pero… —La bruja extiende las manos, Izuku le pasa la diadema—. Me gusta. —Tiene que ponerse de puntitas para colocarla sobre el cabello de Izuku y ajustarla para que no se caiga—. Me gusta mucho —repite.

Izuku sonríe.

—¿Estoy listo?

—Oh, no. Voy a pintarte. La cara. Siempre me he preguntado cómo te verás con la pintura de los bárbaros.

—Pero…

—Siéntate. —Mina señala uno de los bancos de la habitación. Izuku escucha a Ochako reírse de su cara.

Pasan un rato observando a Mina hacer la pintura con distintos pigmentos, hasta que encuentra un tono que le gusta. Ese es el tiempo que Izuku se da para observarla, con su falda morada, amplia, con varios estampados de adorno que se mueven junto con sus piernas. Lleva el vientre descubierto y sobre la piel oscura pintó dos espirales en rosa. Sus brazos también están llenos de pintura. La blusa, que solo le cubre el pecho, es rosa, del mismo tono que la pintura, en tela muy brillante. Usualmente cubre partes de su cuerpo con telas transparentes, pero en ese momento sólo lleva un velo vaporoso, rosa, tal como su cabello, que le cae por la espalda.

Mina nota su mirada.

—Y todavía me faltan las joyas, querido.

—¿Joyas?

—Claro. Pero no quiero mancharlas, así que tendrán que esperar un poco. —Levanta el pincel con la pintura, que ya ha acabado de mezclar—. A ver, enséñame la cara.

—Los bárbaros no la usan todo el tiempo.

—No. Sólo en ocasiones especiales.

—¿Y tú, por qué…?

—Es común en las brujas del norte —Mina sonríe. Hace un par de trazos en sus mejillas, desde el nacimiento de sus patillas hasta un poco al centro. Luego lo deja verse al espejo. Dos líneas en onda, en sus mejillas—. Me gusta como encuadra tu rostro.

Está satisfecha y sonríe.

—¿Común en las brujas del norte…? —Izuku sigue con la curiosidad.

—Sí. Cuestión de identidad y tradición. No todas las brujas lo usan ya todo el tiempo, pero… me gusta. —Mina sonríe—. Tsuyu, tu turno, puedo hacerte algún diseño en los brazos.

Para Tsuyu, Mina hace un verde más oscuro, similar a su cabello. Después es el turno de Ochako y Mina mezcla un color nuevo: un rosa claro, que resalta sobre la piel de sus brazos. Para entonces se acerca la puesta de sol y la ceremonia.

Mina se pone un arete sobre la nariz, conectado con una pequeña cadena en su oreja. Le pone un par de brazaletes a Izuku en cada muñeca y revisa entre todos los baúles de Ochako hasta encontrar un collar de perlas que le parece precioso y se lo pone después de darle un beso en la mejilla.

Izuku sólo es testigo de la relación entre las tres. La mira de lejos, sin entenderla. Pero le agrada ver sus sonrisas.


Todo el mundo se congrega en torno al templo poco antes de la puesta del sol. Casi todos tienen pintura sobre la piel y llevan lo que Izuku calificaría como sus mejores galas. Es muy diferente a las fiestas en el sur, pero tiene su encanto. Kyoka le hizo diseños en pintura morada a las dos marcas de nacimiento que tiene en las mejillas: dos triángulos invertidos debajo de los ojos. Kirishima sólo lleva kohl rojo alrededor de los ojos y cuando Izuku le pregunta por qué no lleva pintura, le dice que los dragones no hacen eso.

Denki, por el contrario, parece que se sumergió en un bote entero de pintura amarilla. Tiene dibujos en el rostro, en el cuello, en los brazos. Contrastan con la capa negra que lleva. Izuku apenas tiene tiempo de fijarse en nadie más cuando aparece, justo antes de la puesta del sol, Katsuki.

Lleva la capa roja de siempre, con las pieles a los hombros, los tatuajes, las mangas naranjas que le cubren los brazos. No hay prácticamente nada diferente en su atuendo. Izuku jura que con collares son los mismos. Sin embargo, llega el cráneo de ciervo que usa como corona ante los sureños —ese mismo que tenía puesto cuando Izuku llegó al palacio— y en sus mejillas hay cuatro trazos de pintura naranja, dos en cada lado. Son muy parecidas a las de Izuku y el príncipe no duda ni un segundo que Mina se las hizo con toda la intensión.

Por un momento los ojos de Katsuki se quedan clavados en él y los de Izuku responden.

Ojos verdes, ojos rojos.


La ceremonia es muy sencilla. Katsuki prende un fuego que luego coloca ante el altar. La gente se acerca si quiere pedir buenos deseos para el verano.

Ochako y Tsuyu van antes que Izuku, dejándolo solo.

Acaba con Eijiro, a quien Denki se le ha perdido.

—¿Vas a pedir algo?

—No sé qué debería pedir —titubea Izuku—. Ustedes celebran la víspera de la entrada del verano.

—¿Ustedes? —pregunta Eijiro.

—La primera mañana de verano. Hay una función religiosa matutina especial —dice Izuku—. Es curioso. Nuestras fiestas se parecen tanto y son tan diferentes.

El dragón sonríe.

—Acércate, pídele algo al fuego —insiste—. El fuego siempre cumple. Los dioses antiguos escuchan.

—No son mis dioses.

—Si le pidiera algo a La Madre, a Nana Shimura —empieza Eijiro—, ¿crees que me escucharía?

—Sí, ella escucha a todos…

—¿Aunque no sea mi diosa?

—¡Claro! Oye todos los rezos que le dirigen…

Eijiro sonríe y entonces empuja a Izuku a la entrada del pequeño templo, donde el fuego arde, sin descanso. Katsuki ya no está allí. Es imposible perderlo.

—También los dioses antiguos escuchan a todos —le dice Eijiro—. Pide lo que quieras. Es secreto, si quieres.

Y lo empuja en dirección al fuego.

Ese no es elemento favorito de Izuku. Siempre le recuerda al emblema de los Midoriya y a la chimenea prendida en el estudio de su padre. Lo asocia a todas las veces que le dijo lo decepcionado que estaba de él. También al atizador en su pecho, cuando le dijo que se casaría, quisiera o no.

Sonríe un poco.

«No estoy casado, padre, aunque me hayas exiliado de tu corte», piensa.

Sus ojos fijos en el fuego sí que se atreven a pedir algo:

«Quiero ser feliz».

Es un deseo demasiado simple y demasiado abstracto, de modo que continúa:

«Y que mi madre sea feliz. Podré visitarla algún día. Quiero visitarla algún día. Sin la sombra de mi padre».

Respira hondo. Se va haciendo fácil. Pensar en lo que le haría feliz.

«Y quiero que Katsuki me sonría. Ahora nos llevamos bien y me gusta su sonrisa y… siento algo en el estómago. Seguro mi padre se pondría rojo de rabia si descubre que somos amigos, cuando seguramente esperaba que tuviera un matrimonio desgraciado. Sí, quiero eso, quiero que Katsuki sonría».


II.


El banquete da paso a la fiesta y la música, poco a poco, empieza a sonar. Izuku, sentado a su derecha, no hace además de levantarse hasta que Katsuki le extiende una mano.

—Te enseñaré como celebramos en el sur —le dice. Tiene una sonrisa de medio lado.

Las manos de Izuku son suaves. Ni siquiera todo el entrenamiento con la espada les ha quitado el tacto delicado. El príncipe sonríe y se pone en pie.

A Katsuki Bakugo le quita el aliento.

Lo hace desde el día que llegó a la corte bárbara, pero cada que se pone el sol ese sentimiento de estarse ahogando en sus ojos aumenta un poco más y un poco más y un poco más.

Lo conduce hasta el espacio abierto del salón. Nadie más se mueve. Se supone que el Rey abre la fiesta.

—Pon una mano en mi hombro —le dice. E Izuku lo hace. La mano sobre las pieles del cuello de la capa, pero Katsuki siente como si estuviera sobre su hombro desnudo y quemara.

Alcanza a verle las cicatrices que tiene en el brazo cuando la manga ancha de su atuendo sube. Le agrada que Izuku no las esconda. Los bárbaros muestran sus heridas de guerra siempre. Sobrevivir es parte de su orgullo.

—¿Y ahora? —pregunta Izuku.

—Yo tomo tu cintura —dice Katsuki.

Cuando lo agarra, siente la respiración de Izuku ir más rápido. El príncipe se pone más nervioso.

—Todo el mundo nos ve.

Katsuki sonríe.

—Es mi deber abrir la fiesta. Tradición. Puedo elegir a cualquiera para el primer baile.

—¿Por qué yo? —pregunta Izuku. El tono de su voz es tan bajo que Katsuki es consciente de que sólo él puede oírlo.

—¿Y por qué no?

Katsuki da el primer paso.


Izuku baila bien, aunque no conozca todos los bailes típicos del norte. Se deja llevar y a veces se equivoca y lo pisa pero después se ríe, intentando quitarse el nerviosismo normal y todo vuelve a funcionar con normalidad. Katsuki no despega sus ojos de los ojos verdes y piensa que no fue tan mala suerte haber aceptado el trato con el Rey Hisashi Midoriya.

Izuku está allí, frente a él. Y él puede mirarlo con toda la intensidad que quiera.

Las fascina como el kohl verde alrededor de su ojo los hace ver más grandes e impactantes. Los ojos de Izuku se clavan en él y no lo dejan ir. No lo han dejado ir desde el primer momento.

Poco a poco el resto de la gente se va uniendo al baile, pero no hay nadie más para Katsuki en ese momento. Es sólo el príncipe y a mano en su cintura y sus manos que se tocan. Ese es quizá, su momento más íntimo.

Irónico que están rodeados de gente.


—Te ves bien —dice Katsuki.

—Mina me… ayudó.

El príncipe parece titubear y enrojece. Katsuki sólo puede pensar, sin concentrarse en nada más, que sus pecas se ven adorables con ese tono rojo debajo de ellas. O encima. No sabe cómo funciona eso de que a gente se avergüence y tampoco le importa.

—Te queda bien la pintura.

Izuku sonríe, más para sí que para él.

Tiene muchos tipos de sonrisas y Katsuki todavía no las entiende todas completamente, pero sabe que la que está esbozando en ese momento no es para él, ni para nadie.

—También la usamos en los brazos.

—Pero tú no… —Izuku baja la mano que tiene en su hombro hasta su brazo y allí donde toca, en el espacio que queda de piel desnuda entre la capa y la tela naranja de las mangas, quema—. Tú no…

—No, yo no. Tengo los tatuajes. Tampoco hay demasiado espacio. —Hace que Izuku dé una vuelta, porque le está quitando la respiración el sentir los dedos del príncipe en su piel y eso es peligroso—. Tú tampoco…

—Mina no pintó nada en mis brazos —dice Izuku—. Quizá… No sé. Pintó en los de Ochako y Tsuyu. Pero yo tengo las cicatrices.

—Uh. Puede ser. Eso.

—Significan algo aquí, ¿no? —pregunta Izuku.

—¿En tu reino del sur no?

—A algunos soldados les gustan. —Pero se encoge de hombros en un gesto que dice que no tienen ningún significado extra—. Pero aquí. La gente las mira. Pero nadie con lástima. Sólo las miran.

—Tampoco es gran cosa. Supervivencia. —Katsuki lo hace dar otra vuelta—. Reino guerrero, finalmente.

Siguen bailando un poco más. Izuku nunca le quita los ojos de encima. Hasta que alguien toca su hombro.

—¡Katsuki, no te lo puedes quedar todo para ti!

Es Mina.

Izuku y él se separan. Mina lo toma por los hombros y le asegura que ella baila mucho mejor que Katsuki, puede enseñarle más pasos. Katsuki se queda allí, con el ceño fruncido, hasta que Denki, que hasta entonces había estado bailando con Mina, lo toma del hombro.

—¿Quieres dejarle tatuada tu mirada? —pregunta—. Porque es muy obvio que no te hizo gracia que te lo quitaran de entre los brazos.

—El príncipe no es una posesión.

—Sólo digo lo que veo, Katsuki.

—Imbécil.

—Entonces, ¿te gusta?

Bufa. Eso es respuesta suficiente. Y la única que Denki Kaminari va a conseguir. El mago se ríe: su carcajada suena por todo el techo.

—Ya que te encontré sólo y abandonado por tu pareja de baile… —extiende la otra mano buscando la de Katsuki—, ¿bailas?


Sin Eijiro cerca, deshacerse de Denki es un problema. Al principio decide que concederle un baile no es gran cosa, pero Denki insiste en un segundo y un tercero, porque Eijiro está con Hanta —explorador, miembro esporádico de la partida de caza y del consejo— y Mina, después de distraerse un poco con Izuku, que acaba más tarde con Kyoka, no suelta ni a Lady Ochako ni a Lady Tsuyu y Denki no tiene con quien entretenerse. Eso significa que Katsuki es quien tiene que soportarlo.

—Por cierto, todos nos dimos cuenta de los ojos que le diriges al príncipe —dice Denki—. Todos, Katsuki. No sólo yo.

Katsuki gruñe.

—Te lo comes con la mirada, Katsuki.

—Soy tu rey, carajo, ¿por qué dejo que me hables así? —espeta.

—Porque estoy en tu consejo y…

—A veces también me pregunto por qué estás en mi consejo, mago estúpido —espeta Katsuki.

—Te aviso de las tormentas —apunta Denki—. Y tengo cerebro para la guerra.

El Rey Bárbaro vuelve a gruñir. Lo que sea con tal de mantener el tema de Izuku fuera de la conversación.

El príncipe heredero del reino de los Midoriya lo tiene cautivado. Es la fuerza de verlo bajo su techo, de ver su fuerza, de entender poco a poco de dónde sale su fortaleza y lo diferente que es de él mismo.

Está el hecho de que no le importe mostrar su propia debilidad.

—Entonces… —insiste Denki—. ¿El príncipe Izuku…?

—¿El príncipe qué?

—¿Te gusta?

—No voy a responder a eso.

—Te gusta. —Ya no es una pregunta—. Todos nos hemos dado cuenta. Lo miras como Eijiro me miraba a mí. —Denki sonríe cuando Katsuki se para de golpe y no sigue el baile. Sabe que ha dado justo en el clavo—. Así no es muy difícil darse cuenta, eh. Es interesante. Nunca creí que te vería enamorado.

—¡No dije que…!

Denki sonríe con la seguridad de estar en una estancia llena de gente en la que Katsuki no puede gritar.

—Carajo, Denki.

—Sólo digo. No creí que lo vería.

Katsuki gruñe. Aprovecha que Eijiro está a unos pasos.

—Anda, ve con tu dragón —espeta.

—No es mi dragón. —Denki se ríe. Katsuki ni siquiera lo dice en serio, porque para el pueblo bárbaro no tiene posesión sobre las personas. Antes de marcharse, Denki se acerca a su oreja—: Sólo es el dragón con el que elegí pasar el resto de mi vida.


El resto del tiempo evita a la gente. Recuerda a su madre y su mano firme en su nuca. «¿Quieres ser rey? Bien, aprende a ser cortés con la gente, educado». Mitsuki Bakugo fue una de sus maestras más crueles, pero también fue su madre. Le tocó complicada la repartición de roles.

Su festival favorito era fue el Festival de la Luna, durante el solsticio de invierno. Su infancia fue época de soldados, pero a pesar de todo, recuerda a su madre pintándole el rostro y los brazos. «Como un guerrero, Katsuki», decía su padre. Mucho antes de que supiera lo que era la sangre y qué significaba enterrar una espada en el cuerpo de alguien más. Mucho antes de que viera morir o de que tuviera que matar.

Oye la voz de su madre. Tan clara como en vida.

«Nada ni nadie te obliga a matar». La escucha y sus palabras se le clavan. «Si vas a usar esa espada para defenderte y defender nuestra tierra de los reinos avariciosos del sur, es una elección». La espada de su madre, en su cintura, le pesa todos los días. «Es una elección, Katsuki. Los peores reyes llegaron al poder diciendo que el sur los había obligado a cometer las atrocidades que cometieron». Acababan de matar a Toshinori Yagi unos antes. Katsuki deseaba desesperadamente la unión y la liberación del norte cuando estaban sufriendo por dos frentes diferentes. «¿Vas a pelear por esta tierra y este pueblo, Katsuki?», le dijo su madre. «Esa es una elección».

Los bárbaros pedían por su destino ante los dioses, los Sin Cara. Señores de las montañas y de los dragones, que gobernaban sobre la tierra y el firmamento, los bosques y los desiertos. Son los primeros dioses que la montaña recuerda y los altares más viejos, si es que todavía existen, están en las cuevas de los picos de la cordillera.

«Sí», palabra clave.

La guerra siempre deja bajas.

Katsuki acaba por dejar el salón y salir al patio contiguo. Todo su castillo es una colección de patios y pasillos, no es fácil perderse ni escabullirse. Sólo se queda cerca por si alguien lo busca. Es el rey, después de todo.

Las paredes de los pasillos están llenas de tapices. Algunos de los favoritos de Katsuki se encuentran en la salida de esa sala en particular. También son de los más antiguos.

«¿Por qué todos nuestros tapices muestran batallas?», preguntó su madre, la primera vez que se instaló en el palacio después de declararlo como suyo, poco antes de que todos los pueblos lo aceptaran como rey.

«Porque somos un pueblo guerrero». La respuesta siempre acude a la mente de Katsuki rauda. Es una interacción que tiene aprendida de memoria, sin importar los años que pasen.

«¿Y por qué somos un pueblo guerrero, Katsuki?». Los interrogatorios de su madre fueron implacables toda la vida. Mitsuki Bakugo decía que su hijo tenía que saber su historia antes de ponerse cualquier corona y proclamarse un rey.

«Porque el norte y el sur quieren nuestras tierras».

«¿Y qué hacemos contra eso».

«Las defendemos…»

«Katsuki». Casi puede oír el tono duro y frío de su madre, exigiendo la corrección, pidiéndole que reconociera el matiz que ella misma le había enseñado.

«Elegimos defenderlas».

Le gustaría saber dónde estaba en ese momento. Había religiones que creían que sus muertos se iban a las estrellas a vivir entre sus dioses. No tenía claro en que creía Izuku ni qué había predicado La Madre en su tiempo sobre el mundo. Pero los bárbaros creían que todos nacían de la tierra y todos volvían a ella. Un ciclo infinito.

Todos los días le hacía falta la voz de Mitsuki Bakugo.

En vida nunca se le había ocurrido pedir por ella en ningún festival. Los bárbaros creían que el momento más propicio para que los Dioses escucharan era durante los solsticios. Quizá debió de haberlo hecho una vez. «Que mis padres lleguen al año siguiente». No le hubiera costado nada. Quizá tuvo que haberlo hecho.

Desde entonces sólo enciende el fuego y observa como los demás se acercan al altar sin decir nada.

—Ey.

Una voz interrumpe sus pensamientos. Es Izuku, que se coloca a un lado de él. Tiene la tiara que lleva un poco ladeada en la cabeza, pero por lo demás, su apariencia sigue siendo la misma que un rato antes, durante la ceremonia.

—Estaba buscándote —dice Izuku—. Ochako y Tsuyu se quedaron con Mina y no quería interrumpir. Me fijé que no estabas.

—No me gustan demasiado las fiestas —se excusa Katsuki.

—¿En serio?

—Qué te importa.

—Sólo es una pregunta, Katsuki —repone Izuku—. A mí me gustan un poco. Antes en… Cuando estábamos sólo mi madre y yo en el palacio eran agradables. Con mi padre era diferente. Y si no estaba supongo que estaba intentando atacar el norte. —Suspira—. Aquí es divertido. Sus pasos de baile, su música. Es diferente.

Katsuki alza una ceja.

—¿Diferente cómo?

—La celebración es por la mañana en mi reino. De mañana. La mañana del solsticio oficial, no la víspera —aclara—. La música es más tranquila. Hay menos alcohol. O… bueno, no sé. No podía poner en vergüenza el nombre Midoriya así que tenía que seguir el protocolo al pie de la letra. Nunca había bailado con tanta libertad. Ni siquiera cuando sólo estaba mi madre. Temía que alguien le contara después a mi padre y no valía la pena rebelarse por eso. Pero me gustaban los rituales religiosos.

—¿Y por qué valía la pena rebelarse?

Izuku se encoge de hombros.

—Otras cosas. Libros, sobre todo. Nunca le gustaron mis lecturas —comentó Izuku—. Prefería que estudiara historia sureña únicamente, pero suelo perderme demasiado en las compilaciones de las historias populares. También valía la pena rebelarse por ir a jugar con Ochako. Y después con Tsuyu. —Sonríe—. No por eventos reales.

Katsuki tuerce a sonrisa.

—No es un mal punto.

Izuku camina hasta donde se puede ver el cielo abierto.

—Me gustan las estrellas de las noches de verano —dice. A unas cuantas las tapan los picos, observa Katsuki, cuando se adelanta para ver hacia donde se dirigen sus ojos, pero eso es casi imposible por el lugar donde está ubicado el castillo, encalado en las montañas.

Katsuki extiende una mano.

—Ven.

—¿Katsuki?

—Si quieres —agrega. Con Izuku le parece que esa aclaración es siempre pertinente—. Además del mirador, hay un lugar perfecto en este palacio desde donde puedes ver todas las estrellas que quieras.

—¿En dónde?

—Tendrás que confiar en mí.

No baja la mano. Ansía que Izuku Midoriya la tome. Quiere sentir sus dedos contra los suyos y conducirlo por los pasillos del palacio y regalarle todas las estrellas del cielo, para que sus ojos se queden reflejados en ellas para siempre.

—¿Y la fiesta? —pregunta el príncipe. Se muerde el labio inferior, con nerviosismo.

(Los ojos de Katsuki se pierden en el gesto un momento).

—Qué importa. En un rato estarán todos borrachos. No importará. Los bárbaros no tenemos tanto protocolo inútil, príncipe —replica—. Prendí la llama, estuve en el banquete, abrí el baile, fue suficiente. —No mueve su mano—. Ven.

Izuku lo mira. Katsuki puede ver perfectamente cómo alza la cabeza, buscando sus ojos debajo del cráneo de venado que usa como corona.

Cuando las manos de Izuku no se mueven, de su boca salen las palabras que nunca pronuncia:

—Por favor.

Los dedos de Izuku Midoriya buscan los suyos.


Notas de este capítulo:

1) Bueno, ya por fin estoy haciendo el cálculo de capítulos que va a tener este demonio y hay posibilidades de que me pase de diez. Voy a apuntar hacia los quince y vemos como queda.

2) En distintas partes de mundo se festeja los solsticios de muchas maneras diferentes. Aquí no agarré inspiración de ningún lado en particular, pero sí hay cosas que quiero comentar sobre ello. Véase, siguiente nota.

3) La ropa de Mina aquí está muy inspirada por un saree al estilo guyarati (Deepika Padukone en Ram Leela es un ejemplo más o menos de ese asunto). Izuku siempre tiene estilo asiático más al oriente, pero es un mashup de cosas, so bear with me. La «corona» de Katsuki vuelve a hacer una aparición. La quiero mucho (y la idea viene de un fanart que no está para nada relacionado con la trama del fic).

Andrea Poulain