Capítulo VII.
El guerrero y la doncella


I.


Izuku lo sigue. No suelta su mano. Queda apenas un roce, pero el príncipe parece tener cuidado de no dejarlo ir. Tiene manos mucho más suaves que Katsuki, aunque estén, también, llenas de cayos después de tantas lecciones de esgrima.

Lo conduce a través de los patios, de las escaleras. A veces nota como los ojos de Izuku se desvían hacia un tapiz en particular, pero no se detiene. Otro día quizá pueda preguntarle cuáles son los que le gustan más y contarles las historias detrás de ellos. La mayoría son de grandes batallas porque a historia del pueblo bárbaro está llena de sangre. De errores, también. Los dioses, los Sin Cara, los condenaron por siglos cuando le arrebataron sus tierras a los Primeros Hombres. «¡Pero los dragones nos arrebataron las nuestras!», habían replicado los bárbaros. Y los dioses también habían castigado a los dragones.

Sigue caminando con Izuku hasta el ala este, hasta la parte donde están sus aposentos. Prácticamente nadie entra en ellos, con las excepciones de Mina —que se invita sola, ocasionalmente— y Eijiro.

Izuku había estado allí una vez. La cena fallida.

Había intentado tener un detalle con él, entendiendo que el príncipe, por más libre que lo dejara, seguía siendo un cautivo de los deberes que le había impuesto su padre.

Lo vio ponerse nervioso cuando reconoció la parte del castillo en la que estaba. El príncipe Izuku no tenía buenos recuerdos allí. Katsuki recuerda gritar, decir cosas hirientes, antes de que saliera corriendo.

Abre la puerta y lo conduce a través de la sala de reposo hasta el balcón. Sólo se detiene para quitarse la corona —el cráneo del ciervo— de la cabeza y depositarlo con cuidado en una mesita baja cercana a la salida del balcón.

Es entonces cuando Izuku le suelta las manos y se queda unos pasos por detrás.

Él abre las cortinas que dan hacia el balcón. La primera vez que habían tomado el castillo —él, sus padres, su ejército improvisado— había elegido ese pedazo del castillo para él. Era el balcón más grande —sin contar el mirador, donde incluso Kirishima podía aterrizar— y más inaccesible. Ese palacio estaba construido de manera que fuera un dolor de cabeza para los enemigos, casi imposible de asediar —se podía mantener un asedio en la parte del bosque, pero, ¿la parte encalada en la montaña? Imposible. Y los bárbaros sabían cómo huir por la parte de las montañas, cómo salir, como enfrentarse a todas las situaciones.

—Ven —le dice a Izuku.

Se esfuerza por ser más delicado con él.

El príncipe Midoriya se lo merece.

Izuku se acerca poco a poco, hasta que está parado en el balcón, bajo el cielo abierto. Alza la vista al cielo y se queda mirando las estrellas. Por lo bajo, Katsuki lo escucha decir los nombres de las estrellas.

No son muy diferentes a los que usan los bárbaros. «Hoshi» para la más brillante, que siempre apunta al sur. Los bárbaros le decían «Hoshi-Minami», su nombre completo. El sur, con el tiempo, se había acortado.

—Pensé que te gustaría verlas a cielo abierto —comenta Katsuki.

Entonces Izuku baja la mirada y la clava en él.

—Muchas gracias, Katsuki.

—De nada. —Hay una pausa en su voz y las palabras que siguen casi lo dejan—. Su Alteza.

Izuku abre los ojos con sorpresa.

—Creí que esos honoríficos no se usaban en el norte —apunta, y con razón, porque Katsuki sólo se había dirigido así a él unas cuantas veces, casi todas cuando acababa de llegar.

—En el sur sí. —Katsuki bufa—. Y muchas cosas de ti aún están allá. —Una pausa—. Sólo no te atrevas a decirle a nadie de…

—Claro.

Se queda en silencio e Izuku alza la vista a las estrellas de nuevo. Katsuki todavía lo oye murmurar para sí los nombres de todas las estrellas. Parece algo que hace seguido, cada vez que el cielo está tan claro que pueden verse todas, como en las noches de verano. No comenta nada, porque ahí no hay nada que decir.

Lo que está ocurriendo es entre Izuku y el cielo, él no tiene un lugar en esa escena.

Mira, desde atrás, hasta que el príncipe voltea hacia él y vuelve a incluirlo en la escenografía en la que está.

—Katsuki, ¿ustedes tienen una historia sobre el origen de las estrellas?

—Sí.

Es normal. Hay historias sobre el nacimiento de las montañas, el cielo, las estrellas, el sol, los ríos, los árboles, el mundo entero. Su madre decía que era natural. «De alguna manera hay que explicarlo todo, Katsuki», insistía, en vida, mientras Katsuki le repetía que había historias que no tenían sentido y Mitsuki tenía el descaro de reírse en su cara. «¡Montas sobre un dragón y dices que las viejas historias no tienen sentido!»

—La nuestra dice que hace muchas eras, mucho antes de que La Madre caminara por la tierra, había un grupo de doncellas que habitaban los bosques —empieza Izuku—. Eran todas muy bellas, con ojos que brillaban incluso en la oscuridad, de largos cabellos y hermosas voces. Todos los hombres ansiaban estar con ellas, enamorar a alguna. Pero ellas se mantenían alejadas, no se enamoraban. Así que los hombres se enojaron. —El príncipe frunce los labios al llegar a esa parte de la historia—. Siempre lloraba en esa parte y mi mamá tenía que consolarme. —Sonríe—. Decía que esos hombres creían que podían poseer a una persona como si fuera un objeto y que por eso habían atacado a las mujeres. Decía que eran tiempos antiguos, cuando La Madre todavía no caminaba entre nosotros, y que por eso las jóvenes del bosque habían estado indefensas y le habían tenido que implorar a los dioses antiguos que las salvaran de la amenaza. Al final, los dioses se apiadaron de ellas y se las arrebataron a la tierra, que no las cuidaba bien. Las regaron por el cielo y les concedieron la inmortalidad. Y desde entonces están allí, en el cielo, brillando para nosotros.

—Nuestra historia se parece —dice Katsuki. Tiene sentido. Hace mucho tiempo el norte compartió una sola religión que se fue separando en distintas ramas y luego aparecieron otras más, como el culto a Nana Shimura, La Madre—. Pero la nuestra dice que había un grupo de mujeres guerreras que vivían en el bosque, hijas de los Primeros Hombres, cuando los bárbaros todavía vivían más al norte. Había hombres que las ansiaban, también. Así que ellas lucharon y acabaron con ellos. —Alza la vista al cielo. Parpadea demasiado rápido y demasiado fuerte porque esas historias siempre le recuerdan a Mitsuki y a veces también a Masaru—. Pero el costo fue demasiado alto: demasiada sangre, demasiadas heridas. Los Sin Cara se apiadaron de ellas y, para salvarlas, las llevaron al cielo, desde donde brillan. La base de la historia es la misma: las querían. Sólo que nuestras historias suelen están llenas de guerreros…, después de todo somos un pueblo… —Carraspea—. Solemos decir que eran hombres del sur.

—Es justo —dice Izuku, sin ningún gesto.

—Todavía se robaban a las mujeres. Como costales de grano —le dice Katsuki—. En las aldeas fronterizas. Así que la historia tenía… No sé. Es algo conocido.

—Lo sé.

Izuku vuelve otra vez su vista al cielo.

—Yo también soy un poco como ellas —musita—. Me enviaron como una pieza muy lujosa.

A Katsuki se le seca la garganta porque el príncipe tiene razón. Mina se lo ha dicho varias veces: es un intercambio.

Izuku voltea hasta él y debe de haber algo en su rostro, porque las facciones de Izuku se suavizan y sonríe.

—No te preocupes —dice Izuku—, entiendo que quieras la paz para tu pueblo. Entiendo por qué, pero…

Katsuki traga saliva.

Sabe las palabras que tienen que salir de su garganta después, pero de todos modos le cuesta. Antes de que Izuku apareciera en su vida, en su palacio, se esforzó en pensar en la realeza del sur como el enemigo. El Rey Hisashi Midoriya se lo había puesto muy fácil. Pero después había aparecido el príncipe, claramente una pieza que no había elegido su destino. Y estaban allí.

—Lo siento. —Izuku voltea a verlo con sorpresa—. Yo acepté, después de todo.

—Mi padre te acorraló…

—No. Escucha. No digo «lo siento» seguido. Esas palabras se atoran cuando se trata de mí —insiste Katsuki—. Así que escucha, ¿quieres? Yo dije que sí. Si acorralaron a alguien fue a ti. Yo dije que sí desesperado por terminar con la guerra. Hubiéramos podido seguir peleando, pero la oportunidad estaba… Estaba justo allí. Y eras tú. Recuerdo que me enfureció que la condición para mantener la paz fuera una persona. —Katsuki aprieta los puños—. Alguien como tú, que siente y tiene un corazón y furia y tristeza y lágrimas y… sentimientos. Pero dije que sí.

—No me obligaste a casarme.

—Porque nadie ha venido a comprobarlo.

—Siempre podremos mentir.

Katsuki asiente.

—Lo siento, Izuku. Por aceptar el tratado.

El príncipe se acerca hasta él y pone un dedo sobre sus labios. No suele tener esa clase de iniciativa por sí mismo, lo que hace que Katsuki se sorprenda.

—Está bien —le dice—, ya no digas nada. Soy feliz aquí. Aunque extrañe algunas cosas del sur, aquí no está… —Katsuki adivina cómo acaba aquella frase. «No está mi padre» son las palabras que Izuku no termina de pronunciar—. Sólo alza la vista, mira a las estrellas. —Hay una pausa en lo que Katsuki alza sus ojos e Izuku finamente retira su dedo de los labios de Katsuki—. ¿No son hermosas, Katsuki?

El Rey Bárbaro es consciente de que Izuku no le despega la mirada en ningún momento.

—Sí, Izuku, son hermosas —responde.


Al final, sólo lo acompaña de vuelta a sus aposentos más tarde. Después de que Izuku le contara algunas historias sobre las estrellas. Algunas le recuerdan a las que contaba Mitsuki. Otras no. Piensa en enseñarle el tapiz donde aparece su madre, pero al final decide en contra de ello. En algún momento estará mucho más listo para hablar de Mitsuki Bakugo y de todo lo que significa para él, pero ese no es el momento.

Así que camina con él hasta el ala oeste. Originalmente puso allí sus aposentos para tenerlo lejos —cuando no lo conocía no dejaba de ser la imagen del príncipe heredero de un reino enemigo—, pero ahora agradece el tiempo que le toma caminar hasta allá, con Izuku siguiéndole el paso a su lado.

Quizá son los momentos extra que pasa escuchándolo.

Al final, se detienen frente a la puerta que lleva a los aposentos que Izuku comparte con Lady Ochako y Lady Tsuyu. Cuatro habitaciones grandes sólo para ellos tres.

—Me agradó el festival, Katsuki —dice Izuku. Tiene una sonrisa en sus ojos—. Sé que ustedes celebran la víspera y por eso… —Carraspea—. Ya te dije que nosotros celebramos el día del solsticio. No podemos hacer una ceremonia cómo en el sur y… de todos modos no me gustaban todas, pero… Ven al templo de La Madre. Mañana. Antes del mediodía. Te esperaré. También quiero mostrarte cómo… Nuestros rituales religiosos.

Katsuki asiente.

—Iré.

Si Izuku es testigo de sus festividades, lo menos que puede hacer es ser partícipe de las suyas.

—Hasta mañana, entonces, Katsuki. Gracias por las estrellas.

Hay un momento más entre ellos. Otra mirada. Parece que algo más tiene que pasar, un momento esperando a ocurrir. Pero es sólo una mirada. Profunda, como todas las de Izuku, pero nada más.

En el último momento, justo antes de que Izuku se dé la vuelta para abrir la puerta, Katsuki se fija en sus labios. Le parece una eternidad, pero en realidad es sólo un momento en el que cabe el tiempo entero. Pasado, presente, futuro. Y cuando se da cuenta, Izuku ya está de otro lado de la puerta.


La mañana siguiente, Denki lo ataca en los pasillos cuando se dirige a reunirse con Izuku. Casi se le abalanza encima.

—¡Katsuki! ¡¿Hoy no hay reunión del consejo, verdad?!

Parece realmente preocupado por ello. Katsuki pone los ojos en blanco.

—Es el solsticio, por supuesto que el consejo no se reúne hoy…

Eijiro los alcanza unos pasos después.

—Denki y yo planeamos ir al viejo nido de los dragones hoy. —Sonríe—. Por el solsticio. Es el único nido cercano que es seguro para los humanos y…

Katsuki asiente.

—Hagan lo que quieran.

Como si tuvieran que pedirle permiso.

—¡Volveremos al anochecer!

Denki sonríe demasiado cuando deja a Katsuki en paz y se cuelga del cuello de Eijiro. Lleva una capa negra con algunos detalles bordados en forma de rayos en la parte de abajo. Esa sí tiene pieles en el cuello, para soportar el frío de lo alto de las montañas. Eijiro va igual que siempre. Con la tela roja anudada a la cintura y un chaleco de piel que apenas le cubre el torso. Finalmente es un dragón y su cuerto está hecho para soportar el frío.

—¿Y tú, Katsuki? —pregunta el dragón—, ¿qué harás?

—Ir a ver al príncipe.

—Ayer desaparecieron temprano de la fiesta —hace notas Denki al tiempo que guiña un ojo.

—Sólo le enseñé las estrellas.

Eijiro se ríe por lo bajo.

—Vamos, Denki, no queremos interrumpirle su cita al Rey.

Katsuki se va maldiciendo a los dos por lo bajo. Eijiro y Denki nunca han tenido ningún pudor para sus afectos. Eijiro y Katsuki restaron a Denki de vivir toda su vida como un paria y el enamoramiento fue casi inmediato. Ocurrió frente a Katsuki. Las miradas, el cortejo, los nervios del dragón y del mago. Había ocurrido entre las quejas y los gruñidos de Katstuki y nada había podido detenerlo porque nada detiene a un dragón con sentimientos.

Los ve marcharse por un pasillo diferente, porque van al mirador para alzar el vuelo desde allí.

Los dragones sólo suelen enamorarse una sola vez en su vida.

Por eso buscan a los suyos, pero Eijiro aceptó el amor de Denki aun sabiendo el costo que tenía para él.

Katsuki no acaba de entenderlo.

Cuando llega hasta el templo a la madre, construido en el ala oeste, muy cerca de los aposentos de Katsuki, el príncipe ya está allí. Todo de verde. Sus pantalones esa vez no tienen ningún detalle, pero el cuello y los bordes de las mangas anchas de la chaqueta son blancas —más bien crema— y están adornadas con hilo verde. Lleva la misma tiara que la noche anterior, pero su aspecto es mucho más sencillo. No lleva tantas joyas ni pintura en el rostro.

Está acompañado por Lady Ochako y Lady Tsuyu, arregladas de igual manera.

Izuku sonríe al verlo aparecer en la puerta, donde Katsuki deja las botas antes de aproximarse al templo.

—Katsuki.

Las dos damas le sonríen también, aunque de manera más reservada.

Izuku se acerca hasta él y le aproxima una pequeña veladora con cera roja.

—Es de canela —le dice Izuku—. Creí que era adecuada para ti. Nosotros tenemos una. —La de Uraraka es púrpura muy claro, lila, probablemente lavanda. La de Tsuyu es de un verde profundo, quizá yerbabuena. La de Izuku es amarilla, muy fuerte y desprende un aroma que Katsuki no alcanza a situar—. En el solsticio es tradición ofrecer una pequeña ofrenda con una veladora y pedir algo. Similar a lo que hacen ustedes con el fuego.

Katsuki asiente.

—¿Qué se supone que puede ser la ofrenda? No sabía que… —Hay un ligero reproche en su voz. Un «no me dijiste». Se detiene cuando lo nota. No está interesado en volver a retroceder con Izuku.

—Cualquier cosa significativa —musita. Él levanta una servilleta de tela, bordada, que supone que pertenece a su madre o le recuerda a su madre. Sólo está adivinando—. Lo que tú quieras.

Katsuki asiente y se quita uno de los múltiplos brazaletes que lleva en los brazos. Eso es lo suficientemente significativo. Lady Ochako y Lady Tsuyu se acercan primero al altar. Katsuki no se fija realmente en lo que ofrecen como ofrenda. Sólo las ve arrodillarse frente a él un momento, antes de pararse. Luego es el turno de Izuku, que se tarda un poco más, porque Katsuki lo puede oír pronunciar una pequeña oración dedicada a su diosa. Cuando se pone en pie, le indica a Katsuki que puede acercarse.

—Pide lo que quieras —le dice Izuku—. La Madre cuida de todos nosotros.

Katsuki asiente.

Prende la vela antes de ponerla en el altar, con ayuda de las que ya están prendidas y la deja junto con el brazalete.

No se saben ninguna oración, porque La Madre no es su diosa y no se siente particularmente inclinado a creer en ella, pero significa algo para el príncipe, así que Katsuki pide algo.

Alza la cabeza hasta donde está la figura de la madre.

«Quiero una oportunidad con Izuku», piensa. «No es mucho, supongo».


II.


Ochako y Tsuyu se marchan alegando que irán a ver a Mina, pero Izuku sabe que en realidad quieren dejarlos solos. Cuando regresó la noche anterior lo sometieron a un interrogatorio muy largo. Dónde había estado, por qué, si le gustaba el rey. En ese tercer punto era donde más tiempo habían gastado. Izuku no había sabido responder. Katsuki lo había sorprendido de muchas maneras. Y últimamente su temperamento era mucho mejor cuando se lo encontraba, tan diferente del principio.

No había esperado que le gustara. En el largo viaje desde el sur a las montañas, que les había tomado un par de semanas, se lo había imaginado mil veces como un rey temible o uno orgulloso. No tenía ejemplos diferentes —su padre, el Rey Enji Todoroki, incluso el Rey Tsunagu Hakamata— en su vida y encontrarse con un rey que tenía un temperamento demasiado fuerte, pero que no planeaba hacer su vida miserable había sido toda una novedad. A veces todavía le daba vueltas a eso. Ese es su instinto. Darle vueltas a las cosas, una y otra y otra y otra y otra vez, hasta que llegar a alguna conclusión. No por nada sus maestros de estrategia militar lo admiraban, aun cuando a Izuku no le gustaba la guerra expansionista.

Pero todavía no puede responder si le gusta Kacchan.

Después de ponerse en pie, Katsuki se queda un momento mirando el altar. Izuku se acerca y se coloca a su lado.

La imagen de la madre les devuelve la mirada. Llevaba un sencillo vestido negro de dos piezas, con los que suelen usar Uraraka y Tsuyu. Lleva unos pantalones debajo, anchos, como los que usa Izuku todo el tiempo, y por encima lleva una pieza larga que se cierra por el frente y le llega casi hasta los tobillos. El único toque de color en su atuendo son los guantes amarillos que lleva y un cinturón rojo ornamentado con algunos bordados en oro. También solían representarla con una capa blanca que colgaba de sus hombros y que, muchos siglos después, todavía usaban las sacerdotisas devotas a ella.

—Me llama la atención —empieza Katsuki, pero no sigue.

Izuku lo mira.

—¿Qué?

—Que haya sido una mujer de carne y hueso como tú y yo y la hayan ascendido a Diosa.

Izuku dice nada.

—Quizá quienes lo hicieron necesitaban…, no sé, alguien más cercano que los dioses antiguos.

—Los Sin Cara.

—Sí —confirma Izuku.

—Han pasado muchas eras desde que el norte y el sur compartieron religión —sigue Katsuki—. ¿Vamos afuera? ¿O falta alguna parte del ritual…?

Izuku sacude la cabeza.

—Vamos.

El Rey Bárbaro le extiende la mano e Izuku, de la misma manera que la noche anterior, la toma. Lo hace mucho más rápido, con mucha más confianza. Empieza a acostumbrarse a su cercanía y a su presencia.

—Nunca has estado en… Bueno, en mis aposentos —dice Izuku.

—Nunca me has invitado, no los invadiría sin preguntar.

Izuku alza los ojos hasta él.

—Te estoy invitando. Pensé que quizá te interesaría mi colección de libros. —Se encoge de hombros—. Traje varios del sur. ¡Si no tienes nada qué hacer, claro! No sé si el consejo sesiona…

—No, no sesiona hoy —corta Katsuki.

—Entonces, pensé que te interesarían los libros.

—Muéstrame, pues.

E Izuku abre la puerta.


Cuando hizo el equipaje no empacó tanto libros como quería. Pero claro, no podía sacar los de la biblioteca del palacio. Empacó sólo los que le pertenecían, junto con varias libretas de notas. Desde que Katsuki le dio la biblioteca —y de eso han pasado casi dos meses enteros, si no es que más, más de media estación— quiere mostrarle su pequeña colección. Quién sabe, quizá le interese.

Sólo está intentando averiguar más cosas sobre Katsuki.

Cuando entra se dirige directo a un pequeño estante a lado de los cojines del fondo, donde acumula sus libros favoritos. No tiene nada del norte, lamentablemente. Pero todavía acumula uno sobre las grandes batallas del mundo conocido. Lo había escrito un viejo explorador.

Katsuki se queda parando un momento en la puerta, vacilante, y no es sino hasta después que se atreve a entrar. Y seguir a Izuku hasta los cojines.

Le extiende el libro.

—¿Batallas? —pregunta, alzando una ceja.

—Quizá te interesa la historia bélica. —Izuku se encoge de hombros—. No lo sé, eres un rey. Suenam a cosas que le deben de interesar a un rey.

—¿Por eso lo tienes?

Izuku al principio planea decir que no, que sólo es un interés cualquiera, pero suspira y asiente.

—Iba a ser rey.

—Todavía podrías serlo, nada está escrito.

—No creo que mi padre deje ese cabo suelto —confiesa Izuku—; quizá encuentre algún heredero.

Lleva semanas entero pensándolo. ¿Qué beneficio le reporta a la dinastía Midoriya casar al heredero en un reino Bárbaro, sin la fusión de ambos reinos después? Por supuesto, nada. E Izuku sabe que la fusión no se discutió y la idea es simplemente imposible. Su padre sabe que Katsuki Bakugo tiene la carta ganadora en esa pelea. Si a eso le suma que Hisashi Midoriya nunca lo ha considerado un heredero digno, entiende por qué lo apartaron. El único desenlace lógico es que ya tenga un heredero bajo la manga o un plan.

—Izuku, sigo siendo el enemigo del sur —dice Katsuki—. No puedes olvidar eso. Aunque no los ataque, tu padre estará siempre estará esperando un desliz, una excusa.

Izuku se mira las piernas, por supuesto que lo sabe.

—Entiendes lo que quiero decir, ¿cierto?

—No eres mal rey. —Izuku opta por desviar el tema.

Katsuki alza una ceja.

—No dijiste bueno.

—No sé lo que hace a… —Izuku suspira—. Es una guerra. Quizá nadie es un buen rey. Pero eres mejor que mi padre.

Katsuki desvía la mirada. Toma el libro entre sus manos e Izuku ve lo tenso que está. No entiende por qué, pero sospecha que tiene que ver con sus palabras.

—Cuando era niño y pensaba en que un día heredaría el trono —empieza a Izuku— solía creer muchas cosas que hoy me parecen casi imposibles. —Estira su mano, poniéndola sobre la de Katsuki—. Quería un reino en el que no tuviera que morir ningún soldado por ninguna guerra. Ante todo, quería la paz. Pero en ese entonces no entendía el costo de ella cuando estás rodeado de reinos hambrientos, Katsuki. —Y así estaban los bárbaros—. Cuando tu propio reino es uno… No sé qué clase de persona se necesite ser para afrontar eso, porque quizá nunca tenga oportunidad de averiguarlo. —«Me quitaron la oportunidad», quiere decir, pero no quiere cargarle más las culpas del Rey Hisashi Midoriya—. Pero tú elegiste la vida de tu pueblo. Supongo que eso vale para algo.

—Te condené a ti.

—Soy más libre aquí de lo que fui allá. —Izuku desvía la mirada. Es sólo una frase para hacerlo sentir mejor pero no es del todo mentira. Extraña demasiadas cosas y está enojado con su destino cortado de tajo. Pero no es culpa de Katsuki únicamente y cargarla en sus hombros sería injusto—. Da igual. Yo podría decir que elegí para seguir evitando la matanza, pero la verdad… —Su mano se dirige hasta su pecho.

Su padre tuvo que amenazarlo, tuvo que amenazar a su madre. Todo por conseguir lo que quería.

—Sé que eres el enemigo de mi padre y puedo vivir con ello —dice Izuku. Después de todo, ha vivido su vida atemorizado por Hisashi—. Pero no eres mi enemigo. Creí necesario decírtelo. Importante.

«Sobre todo después de que te disculpaste».

Katsuki alza los ojos. Usualmente son rojos llenos de furia, de una ira que lo consume todo y que es la manera en la que el Rey Bárbaro expresa todo lo que siente. Pero en ese momento están abiertos un poco por la sorpresa y le recuerdan al primer momento en que lo vio. Fue apenas un segundo, quizá menos. Pero lo está viendo con esa misma sorpresa.

—¿Katsuki…?

El Rey levanta una mano y la lleva hasta la barbilla de Izuku, obligándolo a mantener la mirada fija en él. Deja al lado un libro, Izuku ve eso de reojo. Se incorpora y se acerca hasta que Izuku puede sentir su respiración.

—Le pedí algo a La Madre —confiesa Katsuki—. No suelo pedirle cosas a los dioses, pero…

¿A qué viene eso?

El Rey está demasiado cerca.

El gesto es demasiado íntimo.

Oh.

—¿Sabes lo que voy a hacer? —pregunta Katsuki.

—Creo que sí. —A Izuku sólo le sale un hilo de voz.

—Llevo días dándole vuelva al momento adecuado. No. No es eso. A si es adecuado. Esto. A si puedo. —Sonríe de lado—. Supongo que es adecuado preguntártelo cuando ya estoy seguro de que no me ves como una amenaza y consideras que soy un… rey no tan malo. —Hay una pausa en la que se acerca todavía más, si cabe.

Izuku se olvida de cómo respirar hasta que vuelve a oír su voz; todo el aire se le queda atorado en los pulmones. Ya no ve sus labios. Está concentrado en los ojos rojos que lo miran tan directamente que es como si tuvieran el poder de petrificarlo.

—¿Puedo? —Hay una pausa. Izuku abre un poco los labios, pero no alcanza a contestar, antes de que Katsuki añada algo más—. No tienes que decir que sí. Eres libre aquí de hacer lo que quieras, Izuku. Yo sólo puedo esperar que digas que sí.

Izuku cierra los ojos.

No puede soportar esa mirada por más tiempo. Lo quema por dentro.

—Sí.

Por fin exhala.

Y Katsuki lo besa. Es gentil al aproximarse y al pegar los labios a los suyos. Es el Rey Bárbaro el que tiene que ladear la cabeza para evitar que sus narices choquen.

Izuku nunca antes ha besado a nadie.

Son las desventajas de ser un príncipe protegido y custodiado todo el tiempo. No hay tiempo para enamorarse nunca, porque la vida entera es un deber por cumplir, incluso en el romance.

Katsuki tiene cuidado y a Izuku le parece, al sentir sus labios, que ansía hacer todo eso con más pasión. Pero se amolda al ritmo del príncipe. Poco a poco.

Se separan. Izuku no tiene palabras pero vuelve a abrir los ojos.

El Rey Bárbaro le devuelve la mirada.

Todas las palabras se le quedan atoradas en la garganta y las únicas que salen son las siguientes:

—Me parece que sabes a dulce.


—Katsuki.

—Quiero decirte algo.

—Katsuki.

El príncipe Izuku tiene una historia en la punta de la lengua y quiere contarla antes de que pase otra cosa. Antes de que todos sus sentimientos se hagan un nudo lleno de confusiones y no pueda entender lo que está pasando. Antes de que siga dándole vueltas a todas las posibilidades.

Es obvio que le gusta Katsuki.

Sólo nos abe si puede permitirse esos sentimientos tan abiertamente.

—Hay una historia. —Carraspea—. Quiero que escuches una historia. Después puedes decirme lo que quieras, pero… Eso. Escucha una historia.

Katsuki desvía la mirada. Resulta obvio que Izuku le ha deshecho los planes y el Rey Bárbaro no es un hombre acostumbrado a obedecer a alguien más. Pero asiente e Izuku le agradece ese esfuerzo en silencio.

—Es una historia del sur. De mi pueblo. —«Y mi gente». Era probablemente la historia que más se repetía—. Se trata de una mujer del sur. Y un guerrero bárbaro.

El Rey Hisashi Midoriya odiaba ese cuento —o leyenda, según se viera—. Izuku se había ganado un revés con la mano en su mejilla la primera vez que lo había oído repitiéndola, después de que su madre, Inko, se la hubiera contado para dormir. «¡No le cuentes esas cosas al niño!». De ahí en adelante, el rey la había calificado como una historia que «sólo contaban los herejes» e Izuku la había guardado entre sus lágrimas y se había cuidado muy bien de que no lo volviera a oír repetirla.

—¿Vas a contarla o vas a perderte en tus pensamientos, príncipe? —pregunta el Rey Bárbaro y en su voz hay una inflexión a la mitad de la pregunta, cuando nota que quizá está siendo demasiado brusco e intenta que la pregunta no salga de una manera tan agresiva.

—¡Lo siento!

Izuku se perdió por un momento en sus pensamientos. Pero ya está de vuelta. Ya.

—Érase una vez una doncella del sur. No, no sólo una doncella del sur. Era la doncella más hermosa de todas. Tenía la piel morena, como del color de la canela y el cabello negro, negrísimo, tan largo que le sobrepasaba la cintura cuando lo dejaba suelto. Pero siempre lo peinaba en complicados chongos que la habían parecer más alta y que además resaltaba su cuello. —Se sabe todo ese cuento de memoria. Podría recitarlo mil veces y, aunque algunas palabras cambiaran de versión a versión, la esencia seguiría allí—. Hombres y mujeres nobles la deseaban por esposa, pero ella siempre rechazaba todas las propuestas de matrimonio. No estaba enamorada de nadie y ella decía que sólo se casaría por amor.

»Érase una vez, también, un guerrero bárbaro de norte. El más valiente entre todos los guerreros, pero también el más justo. Alto. Cuentan que una capa negra ondeaba a su espalda y que todos los hombres lo respetaban porque siempre los conducía hasta la victoria. —Izuku se aclara la garganta con una breve pausa—. Un día, sin embargo, el guerrero perdió su primera batalla y acabó herido en el bosque. Ya seguro de que iba a morir, pidió a los dioses antiguos un poco de misericordia.

»Ellos se la concedieron, porque hasta donde descansaba condujeron a la doncella más hermosa que él había visto alguna vez en su vida. Nadie sabe de qué color tenía los ojos. Oí a contadores de historias decir que los tenía negros o que los tenía amarillos como el sol o azules como las aguas más claras. Mi madre siempre decía que los tenía verdes, como yo. —Izuku se mira las manos y se detiene, porque de repente lo ataca el recuerdo de la Reina Inko Midoriya, sentada al borde de su cama, contándole todas las historias del mundo hasta que lograra conciliar el sueño.

Se queda viendo sus manos, llenas de cicatrices después de su encuentro con los hechiceros, y recuerda las de su madre, siempre suaves, manos que sabían dar abrazos.

—Verdes están bien. —La voz de Katsuki lo saca de su ensoñación.

—¿Qué?

—Sus ojos. Verdes. Está bien.

—¡Ah!

Izuku asiente.

—¿Qué sigue, príncipe? —pregunta Katsuki.

—Los dioses condujeron a la doncella hasta él y el guerrero, justo antes de caer en la inconsciencia, la vio y la consideró la imagen más hermosa de todas en el mundo. Sus ojos verdes. Su cabello negro recogido sobre su cabeza. Su porte. Creyó que estaba alucinando.

»¡Pero despertó! Porque la doncella era real y lo había curado. —Izuku sonrió en aquella parte de la historia—. El guerrero se enamoró de ella a primera vista y ella también. Por eso lo salvó. Pasaron varios días en el bosque, juntos. Y él soltó su cabello y dejó que le callera sobre su espalda y le dijo que era la mujer más hermosa del mundo todas las veces que ella quiso escucharla. La doncella lloró porque creyó que nunca encontraría el amor y, sin embargo, allí estaba, frente a ella.

»El guerrero y la doncella querían hacer las cosas bien y fueron hasta la aldea de ella, puesto que ahora sí estaba decidida a casarse. Pero el guerrero era del norte. ¡Un enemigo! La gente no podía concebir que la doncella más hermosa de su tierra se enamorara de un enemigo. Se sintieron traicionados y la envenenaron en su primera noche en la aldea. Dicen que todavía se pueden escuchar los lamentos del guerrero todavía pueden oírse en la frontera. —Izuku suspira. Ya se acerca al final—. Sin embargo, el guerrero volvió a suplicarles a los dioses que le concedieran un milagro. Cargó con el cuerpo de la doncella a su espalda. «¡Hagan que sólo este dormida!», pedía el guerrero. La historia cuenta que el guerrero caminó hasta la cordillera. —La misma del castillo, pero este estaba al este y la historia siempre situaba la montaña de la mujer dormida y el guerrero vigilante en el oeste—. Los dioses antiguos se apiadaron de su tristeza y entonces decidieron que la mujer dormiría durante toda la eternidad siempre vigilada por él. Su amor trascendería el tiempo y sería eterno.

»Así que desde entonces ella está allí y él vigila a su lado. —Izuku suspiro—. La parte oeste de la cordillera está cercana a los reinos del sur. Creo que colinda con las tierras del Rey Shinya Kamihara. Allí están. La Mujer Dormida y El Guerrero Vigilante.

Ahí se detiene.

En esa historia va un pedazo de su alma.

—¿Por qué me la contaste? —pregunta Katsuki—. ¿Por qué te recuerda a nosotros?

Izuku desvía la mirada.

—A pesar de que su amor trascendió el tiempo y se volvió eterno… —Clava la mirada en la ventana. Adivina el cielo desde ella—. Yo quiero vivir —confiesa Izuku.

«Con todo el amor y todas las sonrisas y lo que sea que podamos darnos, si nos vamos a dar algo», completa en su cabeza, pero eso ya no lo dice.

—¿Escucharás ahora lo que yo tengo que decir? —pregunta Katsuki.

Izuku asiente.

Un dedo se coloca bajo su barbilla.

Las palabras de Katsuki son simples. Sencillas. No son una complicada historia de amor, pero en ellas se aprecia la misma profundidad que en la historia de Izuku.

Son, también, un reflejo de su alma al desnudo.

—Una oportunidad, príncipe. Quiero una oportunidad.


Notas de este capítulo:

1) A ver, aquí les van mis referencias para las leyendas. Las de las estrellas según yo salió sola de mi cabeza, pero seguro que tiene elementos de por allí y por allá. ¿Pero la del título del capítulo? Oh, no, esa es la historia de Popocatépetl e Iztaccíhuatl (suerte si logran pronunciar los nombres sin ser mexicanos), la leyenda de los volcanes. Iztaccíhuatl era una princesa mexica enamorada de uno de los guerreros de su padre, Popocatépetl. El padre le promete que le va a ser su mano después de una guerra. En unas versiones ella recibe la noticia de la muerte de él por error y en otras no, simplemente su padre no quiere que se case con él. Pueden buscarla en internet si quieren todas las versiones. Hoy en día tenemos a Iztaccíhuatl, una montaña que realmente parece una mujer dormida y al Popo, el volcán que la cuida. Busquen fotos. (Sí, esta historia tiene referencias mexicas, já). También hay una pequeña referencia al cantar de Tristán e Isolda allí, cuando ella lo cura.

2) ¿Sabían que yo calculaba el beso para el capítulo V? Sí, sí, muy graciosa yo. Pero esto va más slow burn de lo que planeaba y lo estoy disfrutando mucho porque eso significa que tengo más espacio para hablar de los personajes y retratar este cortejo un poco más a detalle. (Sigue siendo un retelling libre, muy libre, de la Bella y la Bestia).

3) Por cierto, adoro que Izuku cuente historias —sobre todo él, aunque de otros personajes también me encanta— porque lo veo totalmente posible siendo como es en el canon y porque es una referencia directa a Scherezade y a Las mil y una noches.


Andrea Poulain