Capítulo VIII.
Nido de dragón


I.


—Está bien.

Eso fue todo lo que necesita decir para que Katsuki lo bese de nuevo.

A Izuku nunca antes lo ha besado alguien, así que no tiene nada con lo que comparar los besos de Katsuki. Y él se siente torpe. No entiende cómo funciona todo eso.

Katsuki se separa, sólo un poco, para poder decir algo.

—Abre tus labios, un poco —le dice.

—Lo siento. —El primer instinto de Izuku es ese: disculparse.

—No, no está mal, sólo… —Katsuki enrojece—. Dime si no te gusta. Abre los labios. —Carraspea y así es como Izuku puede darse cuenta que está nervioso—. Un poco.

Izuku lo hace y lo siente que siente son los labios de Katsuki sobre los suyos y la lengua del Rey en su boca y no entiende que debería hacer. Se siente bien, piensa.

¿Debería estar pensando en ese momento, si quiera?

Hay algo extrañamente reconfortante en la cercanía de Katsuki. No siente los nervios que al principio, ya no quiere salir corriente constantemente. Sólo quiere quedarse allí.

Cuando Katsuki se separa de él, inmediatamente extraña el contacto.

No sabía que los labios de otra persona podían ser adictivos.

—Ven conmigo al nido de dragones que hay en la montaña —pide Katsuki—. Quiero enseñártelo. En unos días —agrega y, luego, como un pensamiento extra, dice—: Si quieres, claro.

—Sí quiero.

—Bien.

—Bien.

Izuku sonríe. Katsuki se le queda viendo a sus labios y uno de sus dedos se acerca hasta la comisura. Su expresión no cambia demasiado, pero está aprendiendo a leer a Katsuki. No es que esconda los sentimientos, piensa. En realidad es transparente. Si uno sabe a dónde mirar.


Primero habla con Tsuyu. En materia de sentimientos, ella es siempre es la persona adecuada. Aun así, deja pasar un día y medio entero hasta que puede ordenarse a sí mismo, pedazo a pedazo. Cerca de Katsuki, descubre, siente demasiado. Cada movimiento, cada segundo, cada palabra tiene un significado. Analiza parte por parte cada que lo ve. Sus expresiones, sus movimientos, sus palabras. Aplica la misma lógica con la que analiza las batallas antiguas y las peleas, sólo que con lo que siente su corazón.

Ya decía su madre.

«No importa que el amor y la guerra no sean la misma cosa, casi todo el mundo aplica lógicas similares a ambos».

Así que él lo analiza todo, cada segundo y cada pequeño detalle.

Se ofrece a acompañar a Tsuyu mientras Ochako pasa la tarde con Mina, perfeccionando sus hechizos. Él y Tsuyu recorren los patios, hasta que llegan al favorito de la dama, por tener una fuente y se sientan al borde. Entonces se arma del valor para empezar a hablar.

—Tsuyu —empieza—, ¿cómo supiste que te gustaba Ochako? —No, se dice Izuku, esa no es la pregunta correcta o, al menos, no es toda la pregunta completa—. ¿Cómo supiste que era amor?

Tsuyu se encoge de hombros.

—Viéndola.

—¿Qué?

Tsuyu sonríe.

—Bueno, no había demasiadas chicas de la misma edad en la corte cuando llegué a ella. Ochako era la única y llevaba allí prácticamente toda su vida. —Tsuyu suspira—. Llevarse bien con ella no fue difícil. Tampoco contigo. —Sonríe un poco—. Y luego está todo ese asunto de que Ochako es bonita y amenazante cuando quiere y siempre tiene una sonrisa, así que enamorarse de ella fue muy fácil. Un día simplemente la vi y comprendí que me gustaba. Así que se lo dije.

—¿Tan fácil?

—No tiene que ser tan complicado. —responde Tsuyu. Sus orejas se mueven un poco—. A la gente le gustan los romances complicados en las novelas, los cantares y los poemas épicos. Ahí están bien. Prefiero saltar corriente ante algo fácil y estable, donde exista comunicación, antes que saltar a una relación tormentosa. A veces el amor duele, Izuku, pero cuando no está lleno de nubes negras y lluvia torrencial, solo duele de lo grande que es, que no te cabe por dentro. Ese es un dolor agradable. Así me pasa con Ochako. Y con Mina, quizá, me pasará un día.

—¿Te gusta?

—Sí —dice Tusyu—. A Ochako la deslumbra, claro. —Sonríe—. Está enamorada y Mina también. Para mí esas cosas toman tiempo.

Tsuyu y Ochako nunca habían hecho de la suya una relación exclusiva, cosa muy rara en el sur —y no muy aceptada, las sacerdotisas de La Madre, Nana Shimura, siempre resaltaban que el amor era entre dos personas que se complementaban, fiel siempre—. A Izuku se le escapaban los detalles de su arreglo, porque tampoco estaban casadas —ninguna de sus familias lo aprobaba—, pero no necesitaba saberlos para maravillarse de sus historias de amor.

—Tusyu —suelta, comprendiendo que tiene que explicarle por qué sacó el tema—. Me gusta Katsuki.

—¿Lo sabe él?

—Sí —contesta Izuku. Luego añade—: Yo también le gusto. Quiere una oportunidad —sigue—. ¿Qué ocurre cuando las complicaciones no son tu culpa?

—¿Complicaciones?

—Mi estatus de príncipe, el hecho de que sea rey de los enemigos del reino que iba a heredar algún día. ¡El hecho de que tenga razón en ser enemigo de mi padre! Te puedo asegurar que cuando mi padre firmó mi destino como ficha de ajedrez no esperaba que hubiera romance entre nosotros. —Le ha dado vueltas a todo—. Imagina si algún día estalla una guerra a pesar del tratado de paz. Voy a ser un traidor en alguna de las dos partes aunque yo no elegí este… destino. —Su voz se vuelve más débil conforme avanzan sus palabras.

—Izuku. —Tsuyu pone su mano sobre la del príncipe—. El amor no vino al mundo para destrozarnos. Tú no elegiste este destino, pero puedes elegir lo que haces con él. Es justo si eliges enamorarte de Katsuki. —La joven sonríe—. A mí me parece que a veces grita mucho, pero fue a buscarte cuando te perdiste en el bosque y te trajo de vuelta, quiere la paz por encima de todo. Protege a su gente.

—Lo sé, me he fijado en eso.

Ya decía su madre que la manera en que un hombre trataba a sus súbditos decía más de él que la manera en la que trataba a sus iguales.

La tierra de los Bárbaros no funcionaba como los reinos del sur, pero la misma lógica podía aplicarse con unos cuántos cambios.

—¿Quieres quererlo? —pregunta Tsuyu.

—¿Qué?

—A Katsuki, ¿quieres quererlo?

Izuku asiente.

—Nadie me había hecho sentir así —reconoce—. Tsuyu…, la manera en que me mira. Desearía entenderla pero no la entiendo. Sus ojos cuando se posan sobre mí son diferentes.

Tsuyu sonríe y le aprieta la mano.

—Ve tras lo que sientes, entonces, Izuku. —Hay una pausa en la que se pone un dedo sobre los labios, pensativa—. Ochako amenazará con cortarle los huevos si te hace daño, por cierto.


Pasan dos o tres semanas antes de que Katsuki, una noche, le diga que la mañana siguiente planea llevarlo al nido de dragones en las montañas.

Izuku asiente.

«Allá arriba hace frío de verano», le advierte, «sobrevivirás con cualquiera de las cosas que tengas para otoño… quizá principio de la primavera».

Izuku le dice que sí.

Elige el verde. Es, finalmente, su color. Ese mismo que usó la primera vez que Katsuki lo invitó a cenar y salió todo mal, porque quiere acabar de tallarle los malos recuerdos con nuevos.

Katsuki lo besa en cualquier rincón del palacio donde lo encuentra. No han tenido tiempo de practicar esgrima, pero ya tendrán después, supone Izuku. Una o dos veces ha ido Katsuki a acompañarlo a la biblioteca mientras está leyendo y allí siempre está más tranquilo. Se tira en los cojines a oírlo leer e Izuku está encantado de leer en voz alta, haciendo miles de pausas para contarle algunos datos curiosos de lo que lee.

Llega al mirador temprano y Eijiro ya está allí, acurrucado, en la forma de dragón, con la cabeza en el piso. Katsuki está a su lado, recargado cerca de los ojos. Lleva un chaleco que apenas si lo cubre, pero es más que solo la capa roja.

Es la primera vez que Izuku ve a Eijiro con su forma de dragón completa. Está cubierto de escamas rojas. Tiene un cuello largo, patas cortas y unas alas enormes. Una de ellas tiene una cicatriz en una de las membranas que fue curada con magia. Los cuernos son los mismos que tiene en su forma humana pero mucho más grandes.

—Es la primera vez, ¿no? —pregunta Katsuki, cuando se da cuenta de que Izuku tiene la mirada clavada en el dragón.

—¿La primera…?

—Que vas a montar sobre un dragón.

Izuku asiente y traga saliva, intentando que no se le vean los nervios.

—No es difícil —añade Katsuki, cuando inevitablemente nota su gesto preocupado—. Y no hay otra forma de llegar al nido de un dragón. ¿Listo?

—Sí.

Katsuki sube primero a la cabeza de Eijiro y luego le extiende una mano para ayudarlo. Izuku es hábil, pero no sabe exactamente dónde colocarse o a que asirse.

—Siéntate detrás de mí —le dice Katsuki, que se agarra de los cuernos de Eijiro—. Puedes agarrarte a mi cintura. Muy fuerte, Izuku. No te atrevas a soltarme.

—No.

Para sus manos por la cintura de Katsuki y lo aferra. No tiene tiempo de sorprenderse ante el contacto, ni de olvidar respirar, porque Eijiro alza el vuelo y de repente están en el aire.


Kirishima dice que los espera afuera y que planea explorar un poco antes de dejarlos solos. Izuku nunca antes ha visto el nido de un dragón y ya sólo la entrada es algo impresionante: una tripa enorme que se extiende durante más de veinte metros, hasta que llegan al centro del nido. Las paredes de la galería están todas raspadas y por allí y por allá se alcanzan a ver algunos detalles de piedras preciosas incrustadas que sobreviven. Izuku supone porque sacarlas arriesgaría a que el techo se derrumbara, de la fuerza con la que al dragón al que haya pertenecido ese nido las golpeó contra las paredes. Katsuki lo guía un pequeño tramo más hasta que llegan al lugar donde, Izuku supone, descansaban los dragones.

Hay un pedazo escarbado, Izuku supone que es del tamaño justo para que dos dragones se acurruquen. Katsuki lo ayuda a bajar entre varias ramas de árboles secos y un montón de hojarasca.

El Rey se dirige hasta el centro sin soltar la mano de Izuku, que lo sigue.

—Este es mi lugar favorito en el mundo —dice Katsuki en un tono tan suave que Izuku duda haberlo oírlo—. Probablemente solo Eijiro lo sabe. Porque me trae seguido. —Katsuki voltea hacía él—. Y tú.

Izuku traga saliva. Es demasiado.

De repente, es demasiado.

—Imagínate todo este lugar cubierto de oro y piedras preciosas y cualquier cosa que brille —le dice Katsuki—. Los dragones adoran todo lo que brille aunque sea un poco. Obviamente fue saqueado en las guerras y lleva décadas, quizá siglos, abandonado. Pero imagínatelo. —Da una vuelta sobre sí mismo e Izuku sólo puede concentrarse en las paredes, imaginárselas tal y como Katsuki las describe.

Entre ellos hay una relación que apenas va comenzando.

Tsuyu tiene razón. Tiene que perseguir lo que quiere, lo que hace latir su corazón. Katsuki lo hace latir de una manera que nadie más lo ha logrado nunca. Es nuevo y emocionante y diferente y lo hace sonreír mucho más seguido que antes. De hecho, quiere sonreír todo el tiempo cuando ve a Katsuki y es agotador.

—¿Te lo imaginas?

Izuku vuelve su mirada hasta él. Katsuki tiene sus ojos clavados en el techo del nido de dragones.

—Sí.

—Fue hermoso —dice Katsuki—. Quizá hoy no se vea tan impresionante, pero… el pasado…

Izuku no despega la mirada del rostro de Katsuki.

—Es hermoso —dice.

Sonríe levemente.

Tiene razón Tsuyu: es tan grande que a veces duele por dentro.


Salen después de un rato y esperan a Kirishima en la entrada del nido. Da vértigo mirar hacia abajo, pero Katsuki se sienta en el borde sin ninguna preocupación. Izuku se queda un poco atrás hasta que se anima a cercarse y se sienta a un lado de Katsuki, bien aferrado a su brazo.

Respira hondo e intenta no mirar abajo.

—¿No te da miedo? —pregunta. Está seguro de que aprieta demasiado su brazo y que Katsuki siente su aprehensión.

—No. —Hay una pausa—. Me dan miedo otras cosas.

Las palabras salen pausadas de los labios de Katsuki. Izuku puede ver que no le gustaba hablar de eso ni está acostumbrado.

—Yo le tengo miedo a muchas cosas —dice, en cambio. Sonríe y Katsuki lo mira como si lo que dijera no tiene sentido para él—. De pequeño me daban miedo las lluvias. Aunque en el sur nunca han sido tan largas como aquí. Siempre duraban muchos días. Los ruidos fuertes, también. Las alturas como esta. —Sigue sin mirar hacia abajo—. Sin embargo me esfuerzo para que… para que aunque me de miedo igual pueda disfrutar de esta vista, por ejemplo. Es estúpido pero…

—No es estúpido —espeta Katsuki. Una pausa—. Bueno, un poco. Pero porque a mí no me da miedo la naturaleza. —Otra pausa—. Me dan miedo los hombres.

—¿La guerra?

—Lo que los soldados son capaces de hacer. Esas cosas. —No sigue. Izuku ve cómo se ruboriza y no sigue insistiendo. Además, la figura de Eijiro aparece en el horizonte.

Aprieta un poco más el brazo de Katsuki.

«Estoy aquí», dice. «Quiero estar aquí».


—¡Mina, dijiste que podrías hacerlo!

—¡No me grites, Katsuki, o tendrás que buscar otra bruja porque yo no haré todo lo que quieras!

—¡¿Qué demonios te lleva tanto tiempo?!

—¡¿Lo quieres o no lo quieres perfecto?!

Izuku los oye discutir a un lado del comedor. Sin embargo, no está buscando ni a Katsuki ni a Mina y tampoco entiende de lo que están hablando. Sabe que la partida de caza está en el palacio y está buscando a Kyoka.

—¡Izuku!

Denki sonríe en su dirección.

—No estás buscando a Katsuki, ¿verdad?

—No, ¡no!

—Qué bien, porque estoy seguro de que Mina va a dejar el piso embarrado con sus entrañas —dice Denki—. Pero tienes cara de estar buscando algo o a alguien. Si es el pan de Rikido, dice que no habrá hasta dentro de varias horas y…

—¡A Kyoka! —interrumpe Izuku—. Busco a Kyoka.

—Oh. Dijo que iba a ir al patio de entrenamiento antes de la hora de la comida. Aunque la verdad es que en este castillo hay demasiados patios y todos sirven de entrenamiento, así que no sé exactamente…

—¡Gracias!

Izuku sí sabe exactamente a qué se refiere.

Se marcha corriendo.

Denki todavía alcanza a gritarle algo.

—¡Si ves a Eijiro dile que me debe un ramo de flores! ¡Girasoles, de preferencia!

Izuku asiente sin saber si Denki alcanza a verlo todavía.

Encuentra a Kyoka en el patio que siempre usaron para practicar. Está con Hanta y con Setsuna, ambos miembros de su partida de caza —aunque el primero lo es sólo de manera esporádica.

—¡Izuku! —su voz suena sorprendida al verlo llegar corriendo y casi sin respiración.

—¡Tuve una idea! —dice—. Para compensar con la debilidad de mis brazos. —Jirou alza una ceja—. Con la espada.

Jirou se ríe.

—¿Por eso tanta prisa? —Es pregunta retórica e Izuku sabe que no tiene qué contestar—. A ver, sigue.

Jirou es, probablemente después de Katsuki, la mejor con la espada en todo el castillo. Izuku ha seguido practicando con ella, pero se encuentra estancado y no quiere volver a enfrentarse a Katsuki al mismo nivel con el que le ganó. Si lo hace, sin duda Katsuki va a ganarle. Quiere alguna sorpresa.

—Podría compensar con mis piernas —comenta Izuku—. Puedo patear. Tú dijiste que no había reglas, además de no morir y no herirme con mi propia espada. Se me ocurrió… —Se lleva la mano a la cabeza y la pasa por su cabello—. ¿Puedo mostrarte? —pregunta, porque no sabe exactamente cómo describirlo.

Jirou asiente.

Izuku desenvaina la espada que le regaló Katsuki y se pone en guardia.

La joven de cabello morado se acerca.

—¿Te han dicho que se ve el amor en tu sonrisa, Izuku?


II.


Izuku lo sorprende.

Lo hace desde el momento en que puso un pie en su palacio, cuando cruzó los muros altos de la fortaleza y Katsuki le descubrió el rostro porque ese era un ritual que quería honrar.

El príncipe Izuku Midoriya respeta muchos de los rituales del sur. Katsuki lo ve en la manera en que se quita los zapatos cuando entra el pequeño templo a su Diosa que construyó dentro de sus paredes. Cada trece días, sin falta, puede encontrar en él a Izuku por las mañanas, de rodilla, murmurando una oración que empieza a aprenderse poco a poco. «Madre de todos nosotros, cuídanos en nuestras horas más oscuras y alégrate en nuestras horas más claras». La imagen de la diosa siempre le devuelve la mirada y Katsuki, aun sin creer en ella, se la sostiene.

¿Qué se sentirá?, pregunta. Ser ascendida a divinidad en vida. Sabe que más allá del sur lo hacen. Más allá del Mar Musutafu, en el desierto de Shiketsu, donde los dragones escupen fuego, donde las Emperatrices exigían que se las venerara como a diosas vivientes. Pero no es lo mismo por lo que pasó Nana Shimura.

Escucha a Izuku cuando reza.

«Madre de todos nosotros, cuídanos en nuestras horas más oscuras y alégrate en nuestras horas más claras».

Cada trece días lo espera fuera del templo —aunque a veces Izuku voltea a cabeza y le dice «Katsuki, puedes acercarte» y él se quita las botas y entra descalzo— por las mañas y después, usualmente, dan una vuelta por el palacio. O practican con la espada, como ese día.

Empieza a acercarse peligrosamente el otoño, pero todavía hace calor. Falta todavía a última lluvia de la temporada y, después, llegará el otoño, que es temporada seca. Después de eso hay nevadas durante lo más crudo de invierno y lluvias con la entrada de la primavera. El príncipe Izuku llegó al palacio casi con la entrada de la primavera. Lleva seis meses bajo su techo.

Poco más, poco menos.

El paso del tiempo es siempre engañoso.

Ese es uno de los días que Izuku le propone que practiquen con la espada. «¡He estado practicando con Kyoka!», dice sonriente, «¡mejoré, Katsuki!».

Izuku lo sorprende cuando lo patea en una pierna, intentando desequilibrarlo. Katsuki está a punto de errar la estocada porque considera que, sobre una sola pierna, Izuku no tiene suficiente apoyo en una sola pierna. Pero sus piernas son fuertes —mucho más que sus brazos— y no se mueven. Le toma una finta recuperarse y es entonces cuando da el golpe que hace que Izuku doble la muñeca y tire la espada. Antes de que pueda lanzarse a recogerla o defenderse de alguna manera, Katsuki lo empuja contra la pared y lo acorrala allí.

—Estás muerto —dice.

Respira sobre Izuku y a su vez siente el subir y bajar del pecho del príncipe, que alza la cabeza buscando sus ojos.

—Casi funcionó —dice, sonriente—. El movimiento con las piernas.

«Lo haré funcionar», dicen sus ojos.

Katsuki no lo duda.

Tira su propia espada a un lado y se acerca mucho más a él. Ve los labios de Izuku buscar los suyos, pero Katsuki apenas si le roza las comisuras y le recorre la línea de la mandíbula con sus labios.

—Katsuki…

Sus labios se detienen cerca de su oreja.

—Quiero un premio —reclama—. Acompáñame a cenar esta noche. En privado.

Izuku asiente. Al menos, lo siente asentir porque no puede ver su expresión.

—Katsuki, bésame. —Hay una pausa y el Rey Bárbaro está a punto de colocar sus labios sobre los de Izuku, cuando otras dos palabras salen de sus labios—. Por favor. —El tono del príncipe es mucho más agudo de lo normal, mucho más desesperado. Parece que se está ahogando con Katsuki enfrente.

Así que lo besa.

Cómo podría negarse.


—Volveré en dos o tres semanas, Katsuki —le dice Kyoka.

—¿Hanta va contigo? —pregunta Katsuki. Kyoka asiente.

Fuera de la puerta, Setsuna e Itsuka ya están esperando y las capas —verde oscura, casi negra y naranja, respectivamente— que llevan arrastran por el suelo. Son de tela un poco más gruesa que las que se usan todo el año, por si el frío ataca a la partida de caza en el camino. También van cubiertas por restos de armaduras que les cubren el vientre, de una manera parecida a la que lo hace Jirou. El resto debe de estar ya en los establos, supone Katsuki.

—Quería subir a las montañas, pero no es seguro —dice Kyoka—. Además quiero que venga conmigo al sur. Planeamos acercarnos lo más posible a la frontera.

Katsuki alza una ceja.

«Explícate», dice su cara.

—Quiero asegurarme de que Hisashi Midoriya esté cumpliendo su palabra con sus propios ojos —dice ella. Hace una pausa—. Espero que sí, por el bien de todos. —Otra pausa, porque parece que considera demasiado sus palabras—. No le digas nada de esto al príncipe, Katsuki. No se merece a preocupación de un padre como el que tiene.

Katsuki asiente.

—Te veo en dos semanas, Kyoka, entonces.

—¡O tres, Katsuki! ¡Depende del viaje!

Ella sonríe y sale de la sala del consejo. Es la última en irse. Katsuki la oye decir «vámonos» y después sólo queda el rumor de los pasos de las tres mujeres.

La sala se queda sola.

Por lo que le consta a Katsuki, el Rey Hisashi Midoriya está cumpliendo su palabra. No han llegado noticias de ataques en la frontera en meses, lo cual es una buena señal. Sin embargo, ya en el pasado atacó una aldea sin dejar nada en pie, nadie vivo que pudiera hacer correr la noticia. Que Kyoka quiera asegurarse es lo justo.

Katsuki cierra al salir, antes de ir a buscar a Mina. La bruja por fin ha completado uno de sus encargos. Es el día idea para recogerlo.


Son cautelosos. Katsuki lo entiende del príncipe porque está lejos de casa y a veces todavía puede ver una nostalgia que no entiende en la mirada. Él simplemente lo es porque no quiere arruinar las cosas.

Cuando alguien llama a su puerta esa noche, las cosas son casi exactamente igual que meses atrás. Le encargó a Rikido que cocinara algo del sur. No lo hace muy seguido y generalmente es sólo algo especial para Izuku, cuando el príncipe pasa horas en la cocina preguntándole cómo demonios se preparan las cosas.

Katsuki se dirige a la puerta con un paquete en la espalda. Ya sabe quién está del otro lado de la puerta. Izuku, por supuesto.

Pasan los meses y sigue dejándolo sin respiración. Siempre son sus ojos enmarcados en kohl verde, los labios suaves, lo mismo que la piel. Lo que no espera de un príncipe del sur que nunca ha visto una batalla. Y las pecas. Se parecen a las estrellas que Izuku mira con tantas ilusiones las noches claras. Cubren sus mejillas, su nariz. Katsuki ha alcanzado a ver unas cuantas en su cuello y se pregunta si también tiene en los hombros, porque nunca se ha fijado.

El príncipe sonríe cuando Katsuki abre la puerta.

—¡Katsuki!

—Tengo algo para ti —dice él.

—Creo que tienes que dejarme pasar primero —apunta Izuku.

Katsuki se hace a un lado con un bufido y mantiene todavía el paquete detrás de su espalda. Cierra la puerta cuando Izuku entra y entonces sí, revela la caja de manera en una de sus manos.

—Es para ti.

—¡Oh, Katsuki, yo no tengo…!

—Ábrelo.

Izuku le hace caso. Con una mano sostiene la caja y con la otra la abre. El tocado está cubierto con una pequeña tela para evitar que la madera lo dañe, así que Izuku también la levanta. Katsuki sólo se concentra en su cara cuando ve el tocado con las tres llamas. Sólo se lo ha visto puesto dos veces y una de ellas fue la noche de los hechiceros.

El príncipe aprieta los labios.

—Lo encontré la noche que huiste —dice Katsuki—. Cuando volví. En la noche. Estaba roto.

Omite que deseó romperlo en más pedazos de pura furia. Eso no tiene por qué oírlo el príncipe.

Izuku todavía no dice nada. Sigue mirándolo.

—Mina lo arregló. Le dije que no te dijera nada —agrega—. No sabíamos si podría arreglarse, así que… Pensé que si significaba algo para ti…

Izuku alza la cabeza. Sus ojos están vidriosos.

—¿Desde entonces? —pregunta.

—¿Desde entonces qué…?

Izuku sacude la cabeza, como si no importara realmente.

—Gracias, Katsuki.

—Sé que es el emblema de tu familia y no te gusta, pero…

—No es sólo de mi padre —dice Izuku—. De todas las cosas que me heredó, supongo que tengo derecho a reclamar unas cuantas para mí, ¿no? —Sostiene la caja don una sola mano y levanta el tocado, que tiene dos peinetas a cada lado para poder sostenerse—. Este tocado siempre se me vio bien. Siempre… Es esa pequeña parte de mi herencia que quiero solo para mí.

Katsuki extiende una mano.

—Dámelo.

—¿Katsuki?

—Para ponértelo —espeta—. Es más fácil si lo hago yo.

Izuku se lo pone en las manos y Katsuki se acerca hasta él. Se lo acomoda entre el cabello verde lleno de rizos. No contiene el impulso de recorrer con la yema de su dedo pulgar la línea de la mandíbula de Izuku.

El príncipe atrapa con su mano la muñeca de Katsuki y le da un jalón para acercar a Katsuki hasta sí. Su otra mano alcanza el cuello de la capa y así es como se asegura de tener a Katsuki a su merced.

—Gracias, Katsuki —dice, cuando sus rostros están a milímetros y el Rey Bárbaro tiene que ladear su rostro para que sus narices no choquen.


La cena entre los dos continúa sin ningún incidente hasta que ambos hacen los platos a un lado e Izuku se mueve en su silla porque parece que ya agotó absolutamente todos los temas de conversación.

Se dirige hasta el balcón pero no sale. Se queda en la orilla, viendo hacia arriba, buscando las estrellas, pero el cielo no está tan abierto esa noche como las demás. Katsuki se coloca detrás de él y posa su mano en su cintura.

—A veces tengo miedo —dice Izuku.

Katsuki bufa.

—¿De qué? Es estúpido. Eres tú, podrías con todo.

—No digas eso, Katsuki. —Izuku busca una de las manos de Katsuki con la suya, para apretarla—. Tengo miedo de estar haciendo todo mal.

—¿Y?

—No sé si lo entenderías, aquí no es lo mismo…

—Pruébame, príncipe.

Izuku suspira.

—Nací con un deber —dice el príncipe—. Aquí no es igual. Pero cuando nací yo ya lo tenía sobre la cabeza. Primer hijo legítimo de un rey. Un heredero. La futura corona estaba puesta sobre mi cabeza. Toda la vida oí que tenía que ser un buen rey. Todos los maestros, todos los consejeros. Incluso mi madre, entre lágrimas, de noche, entre sus «lo siento», cuando me abrazaba contra ella… Nunca quise que hiciera eso. No tenía por qué disculparse, sólo quería que me dijera que iba a ser un buen rey.

—Es estúpido —corta Katsuki. No sabe si es lo correcto interrumpir de manera tan brusca, pero siente el nerviosismo de Izuku en las manos, en los dedos, en la manera en la que toca—. Por eso hay malos reyes. Nadie tiene que ganarse la corona. Nadie tiene que demostrar que está hecho para ella en ese sistema. Y entonces…

—Katsuki, su método aquí tampoco es infalible —espeta Izuku y su voz suena más brusca de lo que quizá pretende. O quizá no es brusquedad sino sólo cansancio de buscar respuestas que no tiene—. No me digas que nunca han tenido reyes crueles.

—¡Pero los sacamos del trono a punta de espada! —se queja Katsuki.

—¡¿Y cuánta sangre ha causado eso?! —La voz de Izuku suena mucho más chillona, mucho más fuerte. Respira hondo—. Su trono también está manchado de sangre.

—Lo elegimos —espeta Katsuki—. Elegimos probar que merecemos…

—También está manchado de sangre —repite Izuku. Su voz es firme, dura.

Katsuki no tiene ganas de discutir eso, pero a la vez quiere defender el modo de vida que le enseñó su madre. Mitsuki se lo clavó en la piel. «¿Por qué peleamos?» Una y otra vez, a lo largo de los años. «¿Por qué peleamos, Katsuki?» La misma pregunta. «¿Por qué somos un pueblo guerrero?» Y todas las veces, la misma respuesta: «Elegimos defendernos».

Pero eso nunca ha evitado que reyes crueles lleguen al trono, nunca ha evitado que haya traiciones, deseos. Los humanos siguen siendo humanos.

—Dime que no es cierto. Dime que nunca hubo un rey cruel que se hizo con el trono sólo porque ansiaba poder —dice Izuku. Habla muy rápido—. Dime que es infalible. Dime que no temes algún día que te traicione alguien que busca la guerra. Katsuki…

Se queda callado.

El silencio se extiende hasta que Katsuki resuelve que tiene que decir algo. Pero necesita ver el rostro de Izuku, así que lo hace darse la vuelta y Katsuki puede ver las lágrimas que amenazan con salir de sus ojos, la sonrisa rota.

¿Por qué pesa tanto una corona que no existe todavía sobre la cabeza de un príncipe que quizá ya la perdió?

—Piénsalo con tu método —le dice. Se esfuerza por no alzar la voz, por no hablar más brusco de lo normal—. ¿Cuántos reyes crueles ha habido sólo porque la corona es su derecho de nacimiento, Izuku? ¿Cuántos creen que pueden hacer lo que quieren sólo porque tuvieron la suerte de nacer herederos? No todos son como tú…, no todos piensa en…

—Lo sé —corta Izuku y le pone un dedo en los labios—. Tengo miedo de hacerlo todo mal. Miedo de que mis elecciones acaben arruinando la paz.

Katsuki suelta una risita.

—Cómo yo lo veo, si eres la clave para mantenerla… y a condición era que te casaras conmigo… —Katsuki lo agarra de la barbilla e Izuku alza la mirada—. No vamos tan mal. —Se acerca—. Sonríe.

El príncipe lo intenta.

Katsuki lo besa.

Los labios de Izuku saben seguir su ritmo y quizá por eso, entre otras cosas, está enamorado. Los labios de Izuku se entregan a esa batalla que es un beso y el objetivo es que todos salgan ganando.

Cuando se separan, hay menos dudas en el rostro de Izuku.

—No tengas miedo —insiste Katsuki—. En el norte nos hacemos responsables de nuestras elecciones, así vivimos. —Traga saliva—. Así podemos vivir con las guerras y con nuestros muertos.

Izuku desvía la mirada, sólo un poco.

—No creo que haya ninguna manera infalible de… —Hace un puchero y no sigue.

Katsuki se lo concede.

—No la hay. —Desvía la mirada—. Ven. —Da un paso hacia atrás y extiende su mano—. No tienes que ser un príncipe heredero todo el tiempo —dice Katsuki—, a veces basta con sólo ser Izuku.

No tiene que tener miedo ni todas esas cosas que tiene que apenas si lo dejan respirar cuando piensa en todo lo que cuelga sobre sus hombros y que nunca eligió. Katsuki quiere quitárselo a besos. Decirle que puede elegir su destino recorriéndole con los labios toda la piel. Cada lunar, cada peca, cada cicatriz.

Izuku sonríe.

—Eso me gustaría.


Izuku se sienta en la cama, tiene los pies en el suelo. Ya no tiene puesto el tocado. Katsuki no quiere arriesgarse a romperlo de nuevo y que Mina no pueda repararlo una segunda vez. En cambio, está colocado en una mesita, no muy lejos de la cama, dentro de la caja en la que lo envolvió para entregárselo a Izuku. El príncipe mueve los pies, levantándolos sobre un poco sobre el suelo. Están descalzos y esta vez Katsuki no tiene todavía ningún pretexto para arrodillarse ante ellos.

El príncipe parece nervioso y está inusualmente callado. Se muerde un labio hasta que no puede más y las palabras brotan desde dentro de él.

—Katsuki, necesito tus manos sobre mí. De otra manera quizá mi corazón explote en mi pecho y…

—¿Y mis labios?

—También tus labios.

—¿Acaso es una orden?

Izuku niega con la cabeza.

—No, nunca.

Katsuki lo empuja un poco e Izuku se deja caer sobre la cama.

—Recuerda eso, entonces: puedes hacer lo que quieras —dice Katsuki, ya casi encima de él. La capa roja le cae a los lados y los envuelve a algo.

—Sí.

—Aunque si quieras, príncipe, podrías ordenarme lo que quisieras y te lo cumpliría —dice Katsuki. El rostro del príncipe se pone rojo y ni siquiera puede contestar.

Los labios de Katsuki rozan una de las orejas de Izuku.

—¿Puedo hacerte sentir bien, Izuku? —pregunta, en un murmullo que solo alcanzan a oír ellos dos. Ni siquiera el aire que los rodea lo entiende.

—Sí. Katsuki… tus manos… —Izuku cierra los ojos. Hay algo desesperado en su expresión—. Necesito que… Mi piel…

—Lo sé.

Y le besa el cuello.

Izuku se aferra a él y le clava las manos en los hombros, casi como escarbando debajo de la capa. No abre los ojos.

—Katsuki…

—Me gusta tu nombre en tus labios.

—Te quiero —dice Izuku. Katsuki apoya un codo en el colchón y usa el otro para desamarrarle el cinturón al príncipe, que en cuanto puede saca los brazos de la chaqueta del atuendo que trae puesto, verde con bordes perlas y, por primera vez, un bordado en perla en vez del dorado, más tenue y más delicado que lo que suele usar. Sus hombros están llenos de pecas y sus brazos tienen todas las cicatrices que le causaron las manos de los hechiceros—. Katsuki…, te quiero… y… es demasiado y…

—Ey, espera. Respira.

Katsuki deja de besarlo y lo mira.

Izuku alza una mano y busca su mejilla.

—Hay una manera en la que acortamos los nombres de aquellos a quienes queremos en el sur —dice y Katsuki no entiende lo que está ocurriendo, pero sólo puede concentrarse en el tacto delicado de Izuku sobre su piel—. Es algo privado. Íntimo. Y es algo que importa. Así que… Katsuki… ¿Me quieres?

Traga saliva.

Decirlo siempre le ha costado. Lo reconoce. No es la primera vez siente que todo le da vueltas por dentro, pero es la primera vez que apenas si puede controlarlo.

—¿Katsuki?

—Sí, carajo, sí… —Respira hondo—. Te quiero.

Izuku apoya su peso sobre uno de sus codos y se incorpora. No tiene que explicarle a Katsuki lo mucho que significa cuando sus labios rozan su oreja y murmullan, para que sólo él pueda escucharlo, una manera de decir su nombre que nunca había escuchado.

—Kacchan. —Izuku respira. Siente como inhala y exhala—. Te quiero, Kacchan.


Notas de este capítulo:

1) Este capítulo más que nada fue cortejo y fluff que deben disfrutar mientras dure. Porque creo que saben cómo sigue la historia de La Bella y la Bestia, ¿no? *cara de maldad mientras bebe de su taza*

2) Sobre todo quería cimentar su relación con muchas muchas bases. Izuku y Katsuki se merecen todo el tiempo del mundo. Y, por supuesto, las interacciones con el resto. Kyoka, Mina, Tsuyu —que es sabia y expone un poco su manera de ver la vida y el amor, que tiene que ser sano y no doler nada más de puro sufrimiento.

3) No hay muchas cosas de lore este capítulo, fuera que hablé más extensivamente del nido de dragones y que Izuku ya soltó «Kacchan»: usé la excusa de algo cultural para hacerlo aún más íntimo. Pero vuelvo a mi bullshit en el siguiente capítulo si es que el esquema que está quedando en mi cabeza va quedando bien.


Andrea Poulain