Capítulo IX.
La fuente de los deseos
I.
Katsuki despierta con el cuerpo de Izuku enredado con el suyo. Parte de su capa los cubre y hay ropa por todas partes. El príncipe duerme todavía, con la cabeza en su pecho y Katsuki ni siquiera se atreve a moverse sólo por no distraerlo hasta que medio abre los ojos y empieza a desperezarse.
—¡Lo siento! —dice, levantándose de improviso cuando se da cuenta de que su almohada no era una almohada, sino Kacchan—. ¡Lo siento!
Y luego intenta taparse el pecho con la sábana.
—Ey. —Katsuki lo detiene—. Vi todo ayer, ¿y vas a cubrirte hoy?
Izuku enrojece.
—Kacchan… —Sus mejillas tienen el color de los pétalos de una rosa roja. Se envuelve un pedazo de sábana—. ¿Puedo decirte así?
—No lo hagas donde Denki pueda oírte.
—¡Sólo en privado! —Izuku vuelve a enrojecer—. Es algo privado. Muy privado. —Aparta la mirada. Katsuki entiende lo íntimo de la palabra nada más de oírla salir de boca de Izuku—. Usualmente sólo se lo dicen las parejas que están casadas. Y ya sé que tú y yo… oficialmente… no… pero… —Respira hondo. Parece buscar el equilibro de nuevo entre sus pensamientos y sus palabras—. Es un detalle que siempre me ha gustado de algunos reinos del sur. Esa intimidad.
Katsuki sonríe a medias.
—Kacchan me gusta.
No está seguro de que sea la palabra lo que lo haga feliz tanto como oírla de la boca de Izuku, pero para efectos es casi lo mismo.
Escucharlo parece que le da más confianza a Izuku y Katsuki observa como sus hombros se relajan mucho más visiblemente. Se muestra más vulnerable. Frente a él, es como un libro abierto en ese momento. Katsuki no sabe —no entiende— cómo hacer eso. La decisión de Izuku de mostrar su vulnerabilidad sin temerla es algo que admira. Sabe que puede llegar a ser reservado y cauteloso, pero siempre es sincero y su sonrisa está casi siempre presente. Cómo puede, se pregunta Katsuki.
El Rey Bárbaro extiende su mano y roza las cicatrices que tiene en los brazos. Se notan porque la piel allí es un poco más oscura, está mucho más seca, tiene una textura extraña.
Izuku se tensa.
—A veces duelen —confiesa—. Las noches que hace frío. Cuando llevo todo el día con la espada.
—No deberías forzarte.
—Quiero ser fuerte —dice Izuku—. Sé que puedo. Sé dónde está mi límite.
—A veces lo dudo —le rebate Katsuki. No aparta la vista de los brazos de Izuku. Intenta ser delicado, aunque no sea algo que le nazca de manera natural. Pero esa es una de las cosas que Izuku merece, de modo que se esfuerza.
—No todos los días me gustan —dice Izuku—. Otros días… A veces recuerdo que dijiste que significaban que había sobrevivido. Esos días son mejores.
Katsuki bufa.
—Tú sólo dijiste que algunos soldados del sur les gustan.
—Porque alardean de las batallas.
—Masacres —corta Katsuki, en un impulso.
El silencio cae sobre ellos. Siempre hay esa diferencia sobre ellos. Katsuki está convencido de que en las venas de Izuku hay una parte del norte, pero no puede ignorar que Izuku viene del sur. La historia es diferente. Allá los bárbaros siempre han sido los enemigos.
Izuku aparta la mano.
—Lo sé —dice. Su voz suena amarga y resignada—. Lo siento. —Suelta un suspiro y vuelve al tema anterior. Está evitando discutir de la enemistad entre el sur y el norte y Katsuki no lo culpa. Hay temas sobre los que hay que correr un velo algunas veces porque nadie tiene todas las respuestas, aunque lo desearan—. Lo que dije de los soldados. No es toda la verdad.
—¿Ah, no?
—Mi padre tiene su opinión sobre las cicatrices. —Izuku se mira las manos. Katsuki le da tiempo, porque sabe que el tema de Hisashi Midoriya es una espina clavada en las entrañas de Izuku—. No sobre… No sobre las de todos. —Hipa y Katsuki piensa que va a llorar. Izuku es dado a las lágrimas y él Rey nunca sabe cómo consolarlo—. Sólo sobre las mías. Porque soy el heredero. Era. Quién sabe si ya encontró otro. Mejor… Mejor que yo. —Cuando está tenso o nervioso Izuku habla a pedazos, va escupiendo las palabras sin control alguno. Demasiado rápido o con pausas demasiado largas—. Mi padre solía decir que si yo tenía alguna cicatriz significaba que había sido débil.
—Cabrón.
Katsuki no tiene más palabras.
No tiene tanta delicadeza cuando rodea una de las muñecas de Izuku y lo jala hacia sí, para abrazarlo. Las lágrimas de Izuku le mojan el pecho y no importa.
—Por eso. Cuando dijiste que significaban que había sobrevivido. —Una pausa. Es largo y Katsuki oye como Izuku se sorbe los mocos. No dice nada por un momento: la oración quedó cortada sin remedio para siempre—. Eso significó… Fue importante —corrige—. Para mí. Lo recordé cuando… las tocaste…
Katsuki lo toma por los hombros y lo separa un poco de sí. Izuku no se resiste —y si lo hiciera el Rey lo dejaría que siguiera pegado a su piel— y entonces Katsuki puede verlo a la cara.
—No significan que eres débil.
—Lo sé. ¡Lo sé!
—Nunca ha significado eso.
—Lo sé. Ahora lo sé. Antes… Hubo momentos en los que…
—Nunca, Izuku.
—… pensé que… quizá… No podía usar una espada correctamente y…
—Izuku.
—… todos mis maestros se dieron por vencidos… y cuando llegué aquí… Oh, carajo. No podía… Tenía miedo, todo el tiempo y…
—Izuku, para. —Esta vez lo dice mucho más firme e Izuku deja, por fin, de hablar. Katsuki siente la tentación de soltar un suspiro de alivio, porque de repente tiene muchas ganas de dirigirse hacia el sur sólo para clavar la cabeza de Hisashi Midoriya en una pica—. No todo sobre ser fuerte se reduce a pelear, ¿está bien?
Mitsuki intentó meterle eso en el cerebro, pero Katsuki fue demasiado estúpido como para no entenderlo hasta después de su muerte. A veces todavía se le escapa.
—¿Katsuki…?
—Yo no hubiera podido aceptar lo que tú aceptaste —espeta Katsuki—. Probablemente ya te quedo claro, pero… Lo del compromiso. Perder tu derecho al trono. O que quede en duda. Como sea que tu padre lo haya decido. Todo por la paz. Por un hombre al que no conocías y al que pensaste cruel.
—No eres cruel.
—Sé lo que pensabas cuando llegaste aquí. No me interrumpas —dice Katsuki—. Yo no hubiera podido hacer eso. Y tú lo dejaste todo. Por eso. Creo que eso es fuerte.
—Lo hice bajo amenaza, Katsuki. Tú lo dijiste esa vez. Podría haberme negado. A veces lo pienso y…
Katsuki desvía la mirada.
—Lo siento por eso.
Las primeras dos palabras le cuestan, pero sabe que son necesarias. No pueden seguir discutiendo el tema si no las dice.
—Yo acepté por enojo —confiesa Katsuki—. Si era la única manera… bien. Que la fuera. No sabía qué clase de príncipe iba a llegar a mi palacio, Izuku. Así que fui un idiota. No sabía si me iba a enfrentar a un espía.
—Nunca hubiera…
—Fue obvio desde el momento en el que te vi que no eras uno —interrumpe Katsuki—. No tienes que explicarte. Critiqué mil veces a tu padre en mi cabeza por usar una moneda de cambio que era una persona que sentía y respiraba y tenía una vida y nunca pensé…
—Ya no importa —corta Izuku.
—Importa —replica Katsuki—, porque por eso estás aquí. Estoy intentando explicarte. Carajo. Eres fuerte. Todo este tiempo no supe qué era lo que se veía tan caro en tus ojos, pero ahora lo entiendo. Hay una clase de fortaleza dentro de ti que es muy diferente a la que conocemos y admiramos en el norte. Mi madre decía que nos iba a condenar nuestro amor por la fuerza bruta si no teníamos cuidado. ¿Tú? Tú tienes esa maldita sensibilidad.
Izuku sonríe. Es tenue y le llega muy débil a los ojos.
—Gracias, Kacchan.
Katsuki levanta el brazo de Izuku.
—Lo mismo con estas cicatrices. En el norte no cualquiera sobrevive. Además, nadie puede sobrevivir solo —espeta—. Ni siquiera el rey. Todos necesitamos del resto. Lo entenderás mejor en invierno. —Katsuki suspira—. Cuando llegue el frío y tengamos que calentar este castillo. —Carraspea—. De todos modos, en lo que estaba, carajo. No cualquiera sobrevive. Necesitas una fortaleza de mierda para hacerlo. Ser un objeto inamovible que los vientos de las desventuras nunca puedan mover. Tú tienes eso.
Izuku suelta un sollozo.
—¡Carajo! ¡No quería hacerte llorar!
—No estoy triste, Kacchan. —Izuku se sorbe los mocos—. No estoy triste —repite y para demostrarlo sonríe un poco y esa vez la sonrisa le sube a los ojos y Katsuki casi quiere soltar un suspiro de alivio.
—No te atrevas a salir con que no… —«sabías que tenías esa clase de fuerza». No termina la frase porque alza al brazo de Izuku y sus labios bordean sus cicatrices, se alimentan de su piel.
Quizá deberían empezar a pensar en el desayuno.
Pero en vez de eso recorre el brazo de Izuku hasta llegar a los hombros y se hunde en la curva de su cuello porque le cuesta asumir que el príncipe Midoriya es quien está frente a él, con el pecho desnudo y las piernas apenas si cubiertas por una sábana.
—Hace frío —murmura Izuku.
Katsuki también lo siente, y eso es lo que lo obliga a levantarse y buscar los pantalones. También agarra los de Izuku y se los pasa. Pero no alcanza a ver dónde está la parte de arriba del traje ni el cinturón y sólo jala la capa que todavía está extendida sobre la cama. Mientras Izuku se pone los pantalones en el borde de la cama, Katsuki le pasa la capa por los hombros. Izuku usa sus manos para acurrucarse un poco en ella.
—Ven —dice Katsuki—. Nunca te he enseñado una imagen de mi madre.
Tampoco es que esté escondida: se puede ver mirando con atención en uno de los cuartos y probablemente Izuku ya ha posado sus ojos sobre el tapiz.
Izuku lo sigue, con la capa roja en su espalda. El rey no puede dejar de mirarlo. El rojo resalta de una manera interesante con el verde de sus ojos y su cabello. Y el hecho de que sea la capa de Katsuki y la tenga sobre los hombros y se abrace con ella y entierre su nariz en las pieles del cuello.
—Huele un poco a ti. —La voz de Izuku interrumpe sus pensamientos.
Katsuki sólo quiere besarlo, pero se esfuerza por mantener el control. Si se dejara llevar, lo levantaría y dejaría que le rodeada la cadera con sus piernas y lo besaría hasta no poder más y lo llevaría de vuelta a la cama y no saldrían de allí jamás. Así que no hace nada de eso, traga saliva y le muestra el tapiz con la imagen de su madre. Es su favorito de los que hizo Masaru.
—Es ella. Mitsuki Bakugo —resume—. No fue reina pero… —Carraspea.
—Es igual a ti.
Izuku tiene un punto. Mitsuki tiene los mismos ojos que él y prácticamente el mismo cabello (aunque ella siempre lo llevó un poco más largo). En el tapiz lleva pantalones como los de Katsuki (Mitsuki no fue nunca de las que usaron falda, porque decía que era imposible pelear así con la espada, aun cuando muchas mujeres lo hacen y en el sur pelean con atuendos de manchas anchas), unas botas de piel, una tela amarrada en el pecho y una capa roja muy parecida a la que tiene Katsuki.
—No… no es la misma —dice, con un poco de duda, cuando ve a Izuku examinar el retrato en el tapiz—. La mía la hizo ella. Pero… No es la misma. —Carraspea—. La velamos con esa capa. Mi padre tenía una verde.
—Es muy guapa, Kacchan.
—Me enseñó a ser rey. —Se le atragantan las palabras en la garganta, pero las dice de todas maneras. Le duelen en el orgullo. En todas las veces que su madre le dijo que era un imbécil que no llegaría muy lejos si no dejaba detrás la soberbia. Todas las veces que la mano de Mitsuki aterrizó en su nuca—. Bueno. A no ser un rey cruel. Al menos no me conociste entonces. Cuando empecé a desear el trono para acabar con la guerra. Era… diferente.
—¿Diferente?
—En el mal sentido, príncipe.
Izuku sonríe y le pasa una mano por la mejilla.
—Me alegro, entonces. —Todavía le dirige una última mirada a Mitsuki antes de concentrarse por completo en Katsuki—. No tengo idea de cómo era ella…
—Gritona —dice Katsuki—. Como yo. Mi padre siempre intentaba calmarnos porque peleábamos todo el tiempo. Y dura. Su trabajo era asegurarse de que yo sobreviviera y no había mes que los soldados o mercenarios no pasaran por la aldea. Lo hizo como pudo. Y luego salí con que yo quería el trono y supongo que eso… —Se encoge de hombros—. Me ayudó de todas maneras, haya pensado lo que haya pensado, incluso si era un suicida.
Izuku sonríe y Katsuki ya no sabe qué decir. Tampoco va a explicarle toda su historia familiar en ese momento porque ni siquiera sabe si puede explicársela a sí mismo. Así que sólo traga saliva.
Se queda en silencio y no puede evitar mirar a Izuku. Con la capa. De rojo. Quiere quedarse con esa imagen para siempre.
—Me gustas. En mi capa.
—¿De verdad? —Izuku se acerca más a él. Katsuki sólo tiene el instinto de dar un par de pasos para atrás.
Traga saliva.
Izuku lo está viendo con una ceja alzada y Katsuki tiene que concentrarse para que su nariz no deje de respirar y sus pulmones funcionen. Le cuesta trabajo porque pasan los meses y él todavía no tiene idea de cómo evitar el poder que tienen los ojos de Izuku sobre él.
—Sí.
Izuku se pone de puntas y lo besa.
Katsuki inmediatamente busca la cintura de Izuku y lo aprieta contra sí. Se separa sólo porque recuerda que en algún momento deben desayunar y hay una reunión del consejo más tarde.
—Izuku. —Traga saliva—. Si me sigues viendo así, nunca vamos a salir de aquí.
—¿Y eso es algo malo? —Izuku sonríe. Maldito demonio.
—Soy un rey, Izuku. —Katsuki se ríe—. Tengo que oír cosas aburridas que pasan en la aldea de la frontera y averiguar donde no hay suficiente grano para pasar el invierno y donde hay…
Izuku se ríe.
—Vamos, entonces. Tendrás que explicarle tú a Ochako y a Tsuyu por qué demonios no volví anoche y… —Tiene el descaro de sonreír entonces. Lady Ochako no lo va a dejar en paz por semanas. Ya lo mira advirtiéndole que si le hace daño a Izuku se las tendrá que ver con ella.
—Sí, sí, vamos.
Lo conduce de nuevo al dormitorio. Izuku acaba de recoger los pedazos de su ropa tirada por todas partes. Katsuki tiene que ajustarle el cinturón para que le quede derecho y le desacomoda el cabello varias veces. Izuku, a cambio, le devuelve su capa y se la pone el mismo sobre los hombros. Luego le da un beso en la mejilla.
A veces, Katsuki todavía no se pregunta si todo lo que está pasando no es un sueño.
II.
Tsuyu no comenta nada, pero Ochako prácticamente se le abalanza en encima. Lo tiene bien merecido. No tenía planeado pasar la noche con Katsuki hasta que se dieron las cosas.
—Ya sabe que planeo envenenarlo si te hace daño, ¿verdad?
—'Chako, no puedes causar un conflicto sólo porque…
—¿Lo sabe? —repite ella. Está muy seria e Izuku asume que es capaz de causar una guerra por su bienestar. Tampoco es como que alguna vez lo haya dudado.
—Sí. Creo.
—Bien. —Y luego sonríe y vuelve a ser la mucha Lady Ochako Uraraka de toda la vida—. Me alegra ver tu sonrisa, Izuku.
Como siempre, la vida sigue. Izuku está acostumbrado. Katsuki y él van al nido de dragones un par de veces más. Eijiro lo invita a volar un día, cuando Denki no está. No llegan muy lejos, porque Izuku no sabe montarlo y Eijiro pasa mucho más tiempo enseñándole a hacer eso que volando. Al final, Izuku puede sostenerse de los cuernos y no tambalearse. No tiene la misma confianza que Katsuki o Denki, pero no se cae.
Acaba tirado en el piso del mirador, cansado. Eijiro se ríe de él.
—¿Cómo demonios Katsuki y Denki lo hacen parecer tan fácil?
—Práctica —responde Eijiro, extendiéndole un brazo para ayudarlo a levantarse—. Ellos aprendieron en batalla. Ambos. —Izuku se incorpora y se queda sentado en el piso. Eijiro se sienta a su lado. Sus brazos están llenos de pedazos donde las escamas son visibles—. Cuando Katsuki me ayudó a curarme el ala herida… Cuando me encontró, lo único que quería era volar. Yo no hablaba la lengua común demasiado bien, el dialecto de Katsuki me sonaba incomprensible…
—¿Dialecto? —interrumpe Izuku.
Todo el norte habla la misma lengua franca. Hay variantes, acentos. Pero hubo un momento en el que fueron la misma cosa. En que la diferencia entre el Norte y el Sur no era tan marcada. Cuando los bárbaros ocupaban más territorio al norte y los reinos del sur todavía no estaban realmente conformados. Nadie habla de ese pasado, comprende Izuku, porque significaría aceptar que en algún momento todos fueron parte de un mismo pueblo.
El sur, con sus guerras incomprensibles contra el norte, no puede permitirse eso.
—Casi todas las aldeas bárbaras tienen sus propios dialectos. Variantes de la lengua franca. Algunos muy parecidos a ella y otros… Bueno… ¿Nunca has oído a Katsuki hablar en…? Oh. Cierto. —Entierra la cabeza entre las lenguas—. Denki habla otra variante —explica Eijiro—. Mina no habla ninguna porque ella se crío con brujas del norte y sólo hablan lengua franca y en el lenguaje de la magia. Kyoka habla la que hablaban en su aldea, además de Antiguo, la lengua de los Primeros Hombres, y es muy parecida a la de Denki. Pueden hablar entre ellos así. Pero la de Katsuki… es una variante que nunca había oído. La hablaba con su madre. Podías oírlos gritarse y que nadie entendiera nada.
—Nunca me he fijado que…
—No es común aquí. Demasiadas variantes metidas en un solo castillo. Todas tienen la misma raíz, pero torcida hasta límites insospechados. Es más fácil la lengua franca. Sin embargo, en las aldeas permanece. Todo el mundo procura que su variante específica no muera y, sin embargo, las guerras… —Eijiro se corta allí. Parece que un suspiro se queda atorado en su garganta.
—¿Los dragones tienen una lengua específica…? —Izuku siente curiosidad—. Entre los reinos del sur también hay algunas variantes. Son todas muy antiguas. La gente no las usa demasiado después de la conquista del Gran Reino hace unos quinientos años, cuando las prohibieron —agrega, deseoso de compartir también lo que él sabe. Casi ninguno de los reinos habla de la conquista, cuando un solo reino controló a los otros seis, muchos años antes de que los extranjeros del otro lado del Mar Musutafu se hicieran un lugar en la bahía Ketsubutsu. La conquista no duró mucho, apenas un siglo. Sin embargo, todas las variantes de la lengua franca quedaron prácticamente enterradas después de eso—. Quedan palabras y expresiones, pero no mucho más, cosas iguales que en lugares distintos tienen nombres diferentes. —Se queda callado, esperando la respuesta.
—Le decimos dracónico cuando lo traducimos —dice Eijiro—. Si quieres especificar se puede decir dracónico del norte. Porque los dragones en Shiketsu no hablan como nosotros e igual le llaman dracónico a su lengua. Y tienen fuego. Nosotros no.
Izuku asiente.
Eijiro se queda callado. No agrega nada más hasta después de unos momentos.
—Katsuki…, creo que ya no queda nadie que habla el dialecto con el que creció. Quemaron su aldea hace mucho y nadie sabe si quedan supervivientes. Cuando sus padres murieron no quedo nadie en el palacio que pudiera gritarle en él. —Eijiro se abraza las piernas—. Pero estoy seguro de que cuando piensa en la voz de su madre, quizá todavía piensa en él. No le digas. A Katsuki se le olvida que he estado a su lado desde que empezó la guerra. ¡Al principio gritaba mucho más! Aprendimos a entendernos. Le enseñé a pelear sobre mí en batalla por cuestión de supervivencia. A Denki también. —Mira al cielo e Izuku ve como su expresión se suaviza cuando habla del mago—. Ya no lanza rayos muy seguido, pero…, en aquel entonces. Puede volar sobre mí, sostenerse de uno de los cuernos con una sola mano y lanzar un rayo. Es magnífico.
—Yo nunca vi una batalla —confiesa Izuku.
Eijiro voltea a verlo y sonríe. Le revuelve el cabello con una mano.
—Es mejor —dice—. Las batallas son aterradoras. Además, si hubieras estado en una…
—Lo sé.
—Quizá nos hubiéramos encontrado en…
—Lo sé —corta Izuku—. A mi padre le gusta la guerra. A mí no. Solía sentirme mal porque me llamaba cobarde, pero me alegra nunca haberlos encontrado en el campo de batalla, Eijiro, en serio.
—Sé que no elegiste estar aquí, pero… —El dragón se turba un poco, hace una pausa, quizá calculando sus palabras—. Haces feliz a Katsuki. —Traga saliva—. Y le caes bien a Denki y a Rikido y a Kyoka y… a mí también y… me alegra. Sé cómo puede sonar, pero…
—Está bien —dice Izuku—. Está bien. No lo quería, pero está bien. —Sonríe—. No es del todo ideal, pero está bien.
«Soy feliz», quiere decir. Pero no lo dice. Es tan real que le da miedo romperlo.
Katsuki y él están en el borde de un escalón sentados a la entrada de un patio. Él está sentado, con las manos metidas en el cabello de Katsuki. No está ocurriendo nada.
Hasta que sí.
Mina llega corriendo y Ochako llega detrás de ella.
—¡Katsuki! ¿Recuerdas la fuente mágica de los sótanos? Nunca averiguamos que hacer con ella… —Mina toma una pausa para respirar—. La que siempre tiene agua y parece generarla ella misma.
—¿Sí?
—¡Creo que sabemos qué puede hacer! Se la quería enseñar a Ochako y Tsuyu también bajó y…
—Mina, llega al maldito punto. —Katsuki se incorpora de golpe. Su mano busca la de Izuku como acto reflejo.
—Creo que sabemos qué se puede hacer con ella. O sea, qué propiedades tiene. —Mina respira hondo. Es claro que no tiene ni idea de por dónde empezar—. ¿Recuerdas que una vez comentamos que su agua era muy clara y que todo se reflejaba en ella?
—Sí, pero no entiendo que tiene que ver…
—¡No seas desesperado! Bien, pues llevé a Ochako porque no se lo había enseñado y Tsuyu nos acompañó de último minuto y…
—¡No entiendo por qué esto es relevante!
—¡Carajo, Katsuki, escucha!
Izuku aprieta su mano y Katsuki respira hondo.
—Estaba contándole a Ochako que no teníamos ni idea de qué hacer con él cuando Tsuyu mencionó que el agua olía curioso. Sí, curioso fue la palabra que usaste, ¿no?
Voltea hasta Tsuyu, que asiente.
—Bueno, olía curioso y…
Katsuki rueda los ojos y después los fija en Tsuyu.
—¿A qué carajos huele el agua de esa fuente? Porque Mina parece decidida a no contármelo nunca…
—¡No estoy dando vueltas, Katsuki!
—¡Le pregunte a Lady Tsuyu, no a ti!
Tsuyu carraspea.
—Al agua de los deseos —aclara—. Tengo cierta sensibilidad para la magia del agua —dice—. No tengo el don, pero me es fácil reconocerla. Por mi ascendencia.
—¿Y qué carajos puedes hacer con el agua de los deseos!
Izuku abre mucho los ojos.
—¡Oh, oh! ¡Hay historias maravillosas! ¡Como la del chico enamorado!
Katsuki frunce tanto el ceño que Izuku jura que se le van a hacer arrugas prematuras sólo con ese gesto.
—¡Sí! En el sur la cuentan. Es como un cuento de advertencia. —Izuku, por supuesto, se lo sabe de memoria. Las historias llegan a su mente con mucha facilidad—. Habla de un chico increíblemente guapo y vanidoso.
—Estaba obsesionado con su belleza —interrumpe Ochako—. Así que decía que no podría enamorarse de nadie que no tuviera una belleza similar a la suya.
—Todo se torció cuando… —empieza Tsuyu.
—¡Si todos la cuentan a la vez no voy a entender nada! —espeta Katsuki. Mira a Izuku—. Uno a la vez —pide.
«Hazlo tú».
Izuku respira hondo.
—Un día encontró un charco de agua de los deseos. Es un agua engañosa, tienes que tener cuidado con lo que deseas. Mucha gente la usaba para poder ver a sus seres queridos, porque el agua te muestra la realidad si deseas mirarla. Pero el chico no la quería para eso.
—El muy idiota deseó… —interrumpe Ochako.
—¡Dejen que hable, Izuku, carajo!
—El chico sí que hizo un deseo: quería encontrar al amor de su vida y este sólo podía ser alguien de belleza similar a la suya. Sólo que el agua de los deseos tiene un truco: por sí misma no tiene imaginación. No podía inventar a nadie y no había nadie en el mundo que fuera similar al chico porque todos tenemos una belleza única. —Katsuki bufa e Izuku se detiene un momento, por si quiere hacer un comentario, pero el Rey Bárbaro no dice nada y el príncipe continúa—: Así que lo único similar al joven era… él mismo.
Katsuki bufa.
—Idiota.
—Al final se volvió loco o se enamoró de su reflejo, depende quien te cuente la historia —dice Izuku—. Era un cuento contra los vanidosos, decía mi mamá.
—Así que el agua de los deseos te muestra cosas —concluye Katsuki.
—Cosas que existen —aclara Ochako—. Recuerda, no tiene imaginación propia. También necesita un hechizo para funcionar. Los cuentos son bonitos, pero esa agua no funciona sin el poder de una bruja que la active.
—¡Y no teníamos ni idea, Katsuki! —Mina sonríe. Parece encantada—. ¡Agua de los deseos! ¡En nuestro territorio! ¡La haré funcionar! ¡Lo juro!
Lo de la fuente de agua de los deseos se queda estancado, porque averiguar el hechizo toma tiempo. Uraraka pasa mucho tiempo con Izuku en la biblioteca, revisando todos los libros que encuentran sobre magia. No hay demasiados libros del sur. La mayoría son rollos de pergamino del norte y pronto descubren un problema: en el norte el agua de los deseos ni es común ni se interesaron nunca en ella. Así que no hay casi nada que los pueda ayudar.
Ochako se vuelca en la empresa porque quiere probar su magia. Izuku lo hace al principio sin saber por qué el agua de los deseos es tan importante para él. Pero queda claro un día que están sentados entre cojines y libros y pedazos de papel. Ochako alza la cabeza y lo mira con esa claridad que solo ella tiene.
—Izuku —lo llama, interrumpiéndolo—, quieres que te muestre algo, ¿no? El agua.
—¡No!
La respuesta sale demasiado rápido.
En realidad, tiene que admitir, incluso para sí mismo, que ni siquiera lo había pensado realmente. Pero tiene sentido. ¿Por qué más volcarse en algo como eso si no es porque quiere algo? No es un simple interés académico. Pasa horas y horas en la biblioteca y a veces Katsuki los acompaña y lo abraza sin decir nada, dejándolo trabajar. Ayuda a buscar libros, ordena los que Ochako y él ya no usan. No entiende exactamente que buscan, pero está allí.
A veces.
—Bueno…, quizá. —Izuku suspira—. Extraño el palacio. No todo de él, pero… —Mira hacia la ventana—. Extraño a mi madre. Y no puedo volver tan fácil como quisiera. Sólo en una visita diplomática. Pero el territorio Bárbaro y nuestro reino son enemigos, dudo que haya esas oportunidades. No puedo darle oportunidad a mi padre de que intente usarme, de nuevo, como un peón entre él y Katsuki. —Izuku aprieta los labios un momento, ordena sus pensamientos y luego sigue hablando—. Pero quiero saber que mi madre está bien. Así que pensé que… Podía…
Ochako apoya su mano sobre la suya.
—La verás —asegura—. Encontraremos ese maldito hechizo. Esta es la biblioteca más completa que he visto en mi vida. Guardan todo. ¡Hasta lo que no tiene sentido! ¡Hay un tratado de plantas que escribió un loco y tiene todos los dibujos mal!
Al final el libro adecuado lo encuentra Uraraka sola. Hay que preparar una pócima sencilla para activar el agua, así que Mina y Ochako juntan todo lo necesario en el huerto. Izuku no se da cuenta de lo nervioso que realmente está hasta que Katsuki lo agarra por los hombros.
—Relájate —le dice. Busca sus ojos.
Están mucho más cómodos el uno al lado del otro.
Izuku respira hondo. Katsuki da un paso hacia adelante. Por puro reflejo, Izuku da dos hacia atrás, hasta que se topa con la pared.
Katsuki sonríe, sin soltarlo.
—Todo va a salir bien con esa maldita poción. Ochako dice que quieres pedirle algo al agua de los deseos.
Izuku asiente.
—Mina es una bruja decente. —Es su manera de decir que es probablemente la mejor bruja que conoce—. Todo va a salir bien.
Se inclina un poco más y apenas si roza los labios. No hay más gente en el pasillo, así que pueden permitirse ese pequeño momento de intimidad. No suele serlo tan abiertamente cuando hay más personas. Si alguien encuentra al rey acostado en el regazo de Izuku, casi siempre se incorpora enseguida. Se aparta si están demasiado cerca. No le suelta la mano nunca, pero hay cosas que las reserva para cuando están ellos dos solos.
A Izuku le parece adorable.
—Es imposible no estar nervioso, Katsuki —le dice.
—¿Y qué demonios puedo hacer para sacártelo de la cabeza? Porque ahora mismo…
Izuku se muerde el labio inferior. Es una reacción nerviosa que no suele ocurrirle seguido. Sólo hay momentos en los que no puede evitarla.
—Eijiro dijo que hablabas dialecto. Bueno, un dialecto. Variante de…
Katsuki rueda los ojos.
—Ya no lo habla nadie —espeta—. Al menos en este castillo. Pero nadie allá afuera que yo conozca. —Se tensa—. Sólo lo hablaban mis padres.
—¿Cómo se dice «te quiero»? —pregunta Izuku, de sopetón.
—¿Para qué quieres…?
—Katsuki —insiste, esa vez más seguro—. ¿Cómo se dice «te quiero»?
Primero, Katsuki pone los ojos en blanco. Después se lo dice. Sus palabras suenan más toscas, más rápidas. Es parecido a la lengua franca en sus raíces, pero nada más, la pronunciación difiere. Hace rodar las erres de una manera curiosa, que las hace más visibles todavía en las palabras.
Izuku lo repite.
Katsuki se ríe.
—Lo dijiste mal —corrige, cuando entiende lo que Izuku quiere—. Las vocales son importantes. No es tan difícil. —Vuelve a repetir las dos palabras—. Inténtalo.
Izuku lo hace.
—Mejor.
Katsuki sonríe.
—A veces pienso así. Cuando grito.
Izuku le devuelve la sonrisa.
—¡Tiene sentido que grites tanto, entonces! Con esas palabras en la cabeza todo el tiempo…
—Idiota. —Katsuki se acerca a besarlo. Es apenas un roce de labios—. Vamos a averiguar si Mina ya va a terminar. Impaciente.
—Ochako me dijo que quieres probar el agua de los deseos, Izuku.
—Sí, me gustaría.
La fuente es magnífica. Tiene dos pisos y en el más alto el agua parece inmóvil. No lo está, porque cae al segundo en varios chorros. Izuku asume que el sistema de funcionamiento tiene magia.
—Sólo tengo que echar esta poción y hacer un pequeño ritual y… —dice Mina—. No tengo que estar presente si no quieres…
—Sólo Katsuki —dice Izuku. No sabe por qué—. Bueno y si Ochako quiere…
—No, está bien. —Ochako niega con la cabeza—. Es privado y si sólo quieres…
Izuku la interrumpe.
—Gracias.
Mina dibuja varias cosas con pintura en el piso a un lado de la fuente. Ochako se acerca para ayudarla y él y Katsuki se quedan atrás mientras ellas vierten la poción en la fuente. Izuku sonríe al ver a Ochako mucho más cómoda con su magia de lo que lo estuvo nunca antes. No presta demasiada atención al pequeño ritual porque de todos modos no lo entiende, pero observa como parece que el agua brilla un momento cuando Mina se aparta.
—Está listo —declara la bruja.
Izuku se acerca. Extiende su mano hacia el agua, sin llegar a tocarla.
—Sabes cómo funciona, ¿no, Izuku? —pregunta Ochako.
—Mis dedos en el agua y mi deseo claro y fuerte —dice Izuku—. Eso dicen las historias.
Ochako asiente.
—Justamente. —Se voltea hacia Mina, que está terminando de borrar los símbolos que dibujó en el piso—. Vamos. Necesitan espacio.
Los sótanos son oscuros. Izuku sólo los había visitado un par de veces. La primera, cuando Eijiro lo llevó por todo el palacio. Aunque esa vez en específico sólo le enseñó una parte de las catacumbas. A segunda, acompañó a Rikido en la bodega por un saco de grano. Nunca había estado en esa parte específica. Está demasiado cerca de los calabozos y, aunque están vacíos, a Izuku no le gusta el ambiente. Además, se siente un poco de humedad. La única luz la proveen dos antorchas a cada lado de la fuente.
—Puedo irme también —ofrece Katsuki—, si quieres estar solo. O esperar a unos pasos si no quieres que…
—No —dice Izuku—. Me enseñaste a tu madre. Quiero que veas… Quiero presentarte a la mía, aunque sea a la distancia. —Con una mano, busca la de Katsuki. «No te vayas», dice su gesto. Con la otra mete los dedos al agua, toma aire y cierra los ojos—. Deseo que me enseñes a mi madre en este momento.
El agua se mueve, forma varias ondas. De repente, ya no refleja el techo, ni tampoco a él o a Katsuki. La imagen se va haciendo clara poco a poco. Izuku se pregunta dónde estará su madre. ¿En su salita, que usa para dedicarse al bordado? ¿En las cocinas, vigilando que todo se haga a la perfección y ayudando a hacer el pan, aunque los cocineros siempre intentan mantenerla apartada?
Se entretiene adivinando hasta que Inko Midoriya aparece en el agua de la fuente.
No es lo que esperaba. Hay otra mujer con ella e Inko Midoriya está recostada en su cama, con un trapo sobre su cabeza.
—¿Chiyo?
Es una mujer anciana, pequeñita, con un atuendo rojo y una capa blanca. El rojo indica que es una sanadora. El blanco que también es sacerdotisa de La Madre —que, con excepciones, siempre usan negro debajo de sus capas—. Es la Sanadora Real. Curó a Izuku demasiadas veces.
—No, no, no está bien…
—¿Qué ocurre? —pregunta Katsuki y entonces se fija en la imagen.
—Está enferma… —dice Izuku. Las palabras lo vuelven todo mucho más real y está aterrado—. Y si Chiyo está allí…
—¿Chiyo? —pregunta Katsuki.
—La Sanadora Real —explica Izuku. Las palabras se le atragantan—. Si está allí significa que es grave. Usualmente manda a sus enfermeras si no es tan grave y ella… Mi mamá está grave… Katsuki… No puede ser…, ella estaba… —Las lágrimas empiezan a caer sin que Izuku se de cuenta. Es consciente de lo que ocurre cuando llegan a las comisuras de sus labios y le sabe salado—. Katsuki, está enferma.
El Rey Bárbaro lo abraza por detrás y pone su barbilla en su cuello. No dice nada más.
—Así no se suponía que vieras a mi madre por primera vez, Katsuki… no… —Izuku intenta respirar hondo, pero entre sollozo y sollozo no puede—. Katsuki, tengo que ir… a verla… no puedo… Por favor…
—No tienes que pedirme permiso.
—Podría causar un conflicto entre el norte y el sur… Si sospechan que no nos casamos, si… —Se corta, no sabe qué más decir—. Pero tengo que ir a verla. Katsuki. Tengo que asegurarme de que está bien y… Por favor.
Katsuki lo abraza más, intentando mantenerlo de una sola pieza, a pesar de cómo Izuku se desmorona en ese momento.
—No tienes que pedirme permiso —repite—. Ve a verla. Es tu madre. Encontraremos la manera.
Izuku se da la vuelta. Le da la espalda a la imagen de la fuente, pero no deja de verla. Está grabada en sus pupilas. Le clava los dedos a Katsuki en la espalda, con fuerza, como si eso lo hiciera olvidar por un momento.
Pero no puede.
—Ve a verla —repite Katsuki—. Es tu madre.
Notas de este capítulo:
1) Qué largo me salió, a la madre. Pero bueno, notas: me parece muy importante que haya cosas que Katsuki admire de Izuku. En este caso es su fortaleza interior (aunque no duden que más tiempo y va a admirar también su capacidad de estrategia y todas las historias que Izuku tiene grabadas). Creo que tanto en el canon como en los universos alternativos que su relación gire en torno a la admiración mutua y el compañerismo es muy top.
2) La historia del agua de los deseos y el joven es una adaptación del mito de Narciso. Soy aficionada de la mitología clásica. Y obvio que sea una fuente alude a todos los cuentos en donde hay fuentes de la fortuna y esas cosas. Tengo muchas referencias de la fantasía clásica que me encanta utilizar en settings diferentes. El asunto de los dialectos es porque hay variantes dentro de una misma lengua. No son otras lenguas, todos parten de lo que los personajes llaman lengua franca (obviamente si le preguntan a alguien que no sea de la zona, el idioma tiene otro nombre), pero son variantes. Y quería resaltar eso.
3) Sí: este es el momento de la historia en donde Bella ve a su padre enfermo. Se vienen muchas cosas y muchos personajes nuevos, porque Izuku va al sur, por supuesto. ¡Los voy a llevar a la otra corte! Ya estoy lista para que los conozcan a todos. Y también respecto a lo último que dice Katsuki: voy a hablar ahora sí a profundidad de Mitsuki (más de lo que ya lo hice antes).
Andrea Poulain
