Capítulo X.
Guardianes del aire y de la tierra
I.
Izuku tiene que esperar porque la última lluvia de la temporada empieza al atardecer. Pasa los días pegado a la fuente. Tsuyu baja a hacerle compañía cuando son demasiadas las horas. Ochako es la que lo convence de subir a cenar. «No puedes vivir de una imagen ahora mismo», le dice. «La lluvia pasara pronto». Katsuki no dice nada. Es extraño, verlo tan callado. Izuku tampoco. Lo abraza e intenta en un abrazo condensar lo que siente, pero es imposible. Toda su relación queda en pausa por su preocupación. Por ver a su madre, que nunca se ha enfermado de nada realmente grave.
El último día de lluvia, pronosticado por Denki, hay un banquete del que Izuku se retira temprano. Se queda sentado en uno de los patios. Tampoco tiene ganas de estar sólo en sus aposentos. Katsuki lo encuentra un rato más tarde.
—Ey, príncipe —oye Izuku—. ¿Quieres dormir conmigo? —Katsuki carraspea—. Sólo dormir.
Izuku suelta un suspiro de alivio.
—Por favor.
Encuentra demasiado fácil acoplarse al cuerpo de Katsuki. Es sencillo acurrucarse en su pecho y fingir que nada ocurre.
Katsuki pasa una mano por su cabello, suelta un suspiro —y es extraño, oírlo soltar un suspiro tan cansado y agotado— y entonces sí, habla:
—Partes mañana —le dice—. Sé que el viaje toma más de dos semanas porque nuestro territorio no es precisamente seguro y hay que hacer muchas paradas, pero… Eijiro puede hacer el trayecto en dos días.
—Katsuki, no puedes…
—No voy a discutir esto. Eijiro va a llevarte. Él está de acuerdo. Te traerá de vuelta. Si quieres. —Katsuki suelta un gruñido—. Eso porque no confío en tu padre. Eijiro impone. Entonces… Sé que no eres débil. Pero. De todos modos. Estaría más tranquilo… —Katsuki suspira—. No tienes que volver, pero, si quieres…
—Kacchan. Voy a volver.
Pero puede oír el dolor en su voz. Lo que le cuesta decirle eso. «Vete, ve a ver a tu madre». El tono de Katsuki rompe el aire entre ellos. Izuku no menciona nada de eso.
—Entendería si te tardaras. O si no… —Katsuki suspira de nuevo—. Es tu madre, Izuku.
Y la forma en la que lo dice.
Izuku sospecha que hay muchas cosas allí. Muchas cosas que tienen que ver con Mitsuki Bakugo, con la propia madre del Rey Bárbaro. No pregunta. En ese momento no hay tiempo. No hay nada. Sólo Katsuki y él acurrucado en su pecho y la terrible certeza que la mañana siguiente dejará ese palacio.
«Dos semanas», se dice.
Eso tendría que ser suficiente.
La mañana llega demasiado lento y demasiado pronto. El tiempo corre y se mueve con pereza a la vez y eso confunde a Izuku, que empaca unas cuantas cosas que luego Katsuki le ayuda a amarrar a uno de los nacimientos de las alas de Eijiro.
—Allí van todo protegido.
Entre la ropa —apenas dos cambios livianos para la diferencia de clima— va un regalo para su madre. Joyería hecha por Mina, con magia, usando como base las escamas de Eijiro y un collar que el mismo Katsuki le dio al parecer. Izuku no tuvo ni idea hasta que se lo puso en las manos y le dijo que no sería un buen nuero —por más que fuera todavía una mentira— si no enviaba un regalo para Inko Midoriya.
Izuku asiente. Tiene ganas de llorar pero no lo hace. Antes de partir, lo abraza. No hay nadie más en el mirador.
Ochako y Tsuyu se despidieron mucho más temprano. Mina también. Denki ya se fue —aunque estuvo un buen rato despidiéndose de Eijiro, acariciando las escamas del rostro del dragón.
—Volveré pronto —le dice. Hay una pausa después—. Kacchan —le dice al oído, allí donde sólo él y el Rey Bárbaro puedan oírlo.
Katsuki asiente y no dice nada.
Izuku quiere que desesperadamente le diga algo. Cualquier cosa. «Está bien». «Te estaré esperando». «Te quiero». Cualquier combinación de palabras funciona. Pero Katsuki aprieta los labios y lo abraza, apretándolo contra sí. Quizá allí —en ese gesto— se esconde todo lo no dicho, pero Izuku no lo entiende, no del todo. Tiene la mente demasiado nublada por la preocupación.
Al final, acaba montando a Eijiro, tomando su posición cerca de los cuernos de la cabeza del dragón, Katsuki alza un brazo. Cierra el puño en el aire.
Izuku entiende el gesto porque lleva tiempo en la fortaleza de los Bárbaros. Los que despiden a la partida de caza lo hacen cada vez que esta se marcha. «Buen viaje», dice.
Él responde. Mismo gesto.
No sabe si está bien o es protocolo. Tampoco tiene tiempo de averiguarlo, porque las alas de Eijiro empiezan a moverse y entonces todo queda atrás. Se acomoda para el vuelo. Hizo bien en elegir uno de sus atuendos más cómodos y más calientes, para protegerse del aire. Verde, con detalles dorados en las mangas, como casi toda su ropa.
Poco a poco, la fortaleza, ese castillo al que llama hogar, se convierte en un punto en el horizonte y por más que mire atrás no lo encuentra.
Entonces mira al frente.
El reino que lo vio nacer lo espera.
Eijiro vuela prácticamente todo el día. Paran un momento a la hora de la comida en uno de los claros del bosque más próximo a la fortaleza. Es de día y Eijiro asegura que los Shie Hassaikai no pueden atacar de día, pero Izuku no deja de estar nervioso hasta que remontan el vuelo. El sol empieza a caer cuando todavía no han alcanzado el río que divide el norte del sur y Eijiro empieza a descender en un pequeño claro entre unos montes. No parece que haya ningún lugar para descansar allí —y no tienen lo necesario para montar un campamento— pero Izuku no dice nada hasta que están en tierra.
Los descensos lo ponen nervioso. Todavía no está acostumbrado a volar sobre un dragón y mucho menos a que empiece a transformarse poco antes de tocar el suelo —aunque siempre lo hace a medias, para que Izuku pueda desmontar ya en el suelo y él acaba de transformarse.
Es un curioso espectáculo el de ver a Eijiro cambiar de forma. La mayor parte de las escamas desaparecen poco a poco, como si se retrajeran para dar paso a su piel tostada por el sol, pero siempre quedan marcas, pequeñas vetas de escamas rojas: en el cuello, en los brazos, en las sienes —especialmente cerca de los cuernos, que mantiene siempre, en cualquiera de sus dos formas—. Antes de retraer las alas y «esconderlas» en su espalda, Izuku quita su equipaje, que no es demasiado. Eijiro le ayuda a cargarlo. Izuku intenta protestar, pero el dragón ni siquiera lo escucha. Dice algo como que no va a dejar que se lastime los brazos y empieza a caminar.
Izuku lo alcanza.
—¿A dónde vamos exactamente?
Están sobre una planicie y nada más. No hay ni una construcción, mucho menos una aldea. Sólo unos cuantos árboles.
—Ya verás —responde Eijiro, con una sonrisa—. Ahora, ¿dónde está esa maldita roca?
—¿Qué roca? —pregunta Izuku.
Ya no recibe respuesta porque Eijiro ya la encontró —asume— y la está moviendo después de dejar a un lado el equipaje de Izuku. Revela una trampilla cerrada, con un símbolo de árbol.
Eijiro toca.
—¡Ey, Tooru, Koji!
La trampilla se abre de un golpe.
—¡Nunca avisas cuando vas a venir, Eijiro! —se queja una voz de mujer.
—¡Traigo un huésped! —anuncia Eijiro, levanta el equipaje de Izuku y le hace un gesto para que entre por la trampilla, que revela unas escaleras de piedra—. No te preocupes —le dice—, allá abajo no hay insectos porque a Koji no le gustan y se mantienen alejados.
Izuku no tiene ni idea de quién es Koji, pero baja. Eijiro lo hace detrás de él.
Al fondo de las escaleras, se revela una galería. Hay varios muebles de madera y muchos tapetes que hacen que el piso sea demasiado mullido.
—¡Oh, querido! —dice una voz. Izuku no puede identificar exactamente de donde viene—. ¡Deja tus botas en la entrada! En el último escalón está bien.
El príncipe se apresura a hacer lo que le dicen. Eijiro, detrás de él, también se quita las botas.
—¿A quién nos has traído, Eijiro? —pregunta la misma voz de mujer—. Por cierto, ahora viene Koji…
—El príncipe Izuku Midoriya —dice Eijiro—, vamos al sur y necesitamos un lugar para descansar esta noche. Izuku —se dirige a él después—, ella es Tooru Hagakure. Guardiana del aire. —Señala a un punto en la habitación y entonces por fin Izuku entiende donde está la voz.
Alcanza a ver una silueta de mujer que se forma en una de las esquinas, formada por el viento, translúcida.
—¿Guardiana del aire? —pregunta.
—Hay alguno en todas partes.
—No tenía ni idea… —dice Izuku, con los ojos muy abiertos—. ¿Puedes controlar el viento o algo así?
Tooru se ríe. Si pudiera ver sus facciones, Izuku juraría que también estaba sonriendo con afecto.
—No exactamente. Puedo comunicarme con el viento. Oh, ¡las corrientes siempre me cuentan todo! —Sonríe—. Eres el príncipe al que mandaron para casarse con el Rey Bárbaro, ¿no?
Izuku asiente.
—No lo hagas contar su vida entera, Tooru —dice Eijiro y pone una mano en el hombro de Izuku—. Ve a sentarte, anda. —Le señala los cojines en una esquina—. ¿Te ayudo a hacer té, Tooru?
—¡Yo puedo ayudar! —dice Izuku.
Eijiro niega con la cabeza.
—Descansa.
—¡Pero tú volaste todo el día!
—Descansa, príncipe —insiste el dragón, que luego se dirige a Tooru—: Ya sé dónde están las cosas. No te preocupes, no voy a hacer un desastre de tu cocina.
Y eso es lo único que necesita Tooru para desplazarse —porque no camina, nota Izuku, más bien flota— hasta donde está él y sentarse a su lado. O más bien, acomodarse.
—Nunca he estado en el sur —dice. Parece expectante.
—Sólo responde sus preguntas, Izuku —dice Eijiro, desde la barra de la cocina donde hay agua calentándose.
—Nunca había visto a un guardián del aire. En el sur, quizá…
—Oh, estamos en todos lados, quizá es sólo que no saben a dónde mirar. —Tooru le quita importancia al hecho—. Y no solo nosotros. Aire. Tierra. Agua. Fuego. Aunque esos últimos son increíblemente molestos. No te recomiendo encontrarte a ninguno. Te queman las cejas. ¡Oh, Koji! ¡Mira quien vino! ¡Eijiro! ¡Con un invitado!
A Izuku le toma un momento darse cuenta de que hay alguien más en la habitación. Diría que es un hombre de piedra. Su rostro tiene una forma triangular que podría parecer amenazante su no tuviera una leve sonrisa en la cara y los ojos muy abiertos, amables.
—Él es Koji —lo presenta Tooru—. No habla demasiado. —Koji sólo alza la mano y lo saluda—. Guardián de la Tierra. Y, Koji, él es el príncipe Izuku Midoriya. ¿Puedes creerlo? ¡Esta vez Eijiro nos trajo a un príncipe!
—Ten. —Eijiro le ofrece una taza, sentándose frente a él. Lleva un ratito platicando con Tooru y Koji, quien más bien usa señas para decir lo que quiere y Tooru le traduce si es que acaso Izuku no entiende—. Te de jazmín para tus preocupaciones. El jazmín de Tooru es especial.
—¿Preocupaciones? —pregunta Tooru.
—No lo atosigues —dice Eijiro.
Izuku sonríe un poco y toma la taza con las dos manos, dejando que se calienten un poco. No responde la pregunta de Tooru. Lleva días sintiéndose que se ahoga en tierra firme y por fin está en ese momento en el que puede respirar tranquilo. Ya no hay lluvia paralizando el tiempo, se puede viajar.
—Sólo es una pregunta… —se queja Tooru—. No tienes que decir nada si no quieres. Podemos hablar de otra cosa.
Izuku asiente.
—¿Puedo preguntar algo? Sobre… ti. Bueno, ustedes. Nunca he visto a otros guardianes —se repite, pero siente que es necesario—. Tampoco había oído hablar mucho de ellos… ustedes —corrige—. No conozco demasiado de las historias del norte. Sus dioses y…
Tooru lo interrumpe.
—No te preocupes. Incluso aquí no es que… —Tooru suspiro—. Estamos allá donde haya vida. Agua, tierra, fuego y aire somos todos necesarios. Pero es más fácil florecer allí donde la gente nos recuerda con más claridad. Estamos engranados en la memoria de la tierra porque no caminamos en el mundo antes de los Primeros Hombres. Hay una leyenda.
Se queda callada. Izuku sorbe el té. Koji sonríe y aún no dice nada; el príncipe sólo lo observa mirar con amor a Tooru.
—Cuéntasela —dice Eijiro—. Le gusta preguntar cosas.
—La historia dice que los dioses no nos crearon. Nacimos con el mundo. Nuestras memorias, sin embargo… —El aire alrededor de Tooru se revuelve y a Izuku le da la impresión de que está intentando encogerse de hombros—. El tiempo lo vuelve todo difuso y este mundo ya ha atravesado muchas eras. Los dioses Sin Cara ya no controlan todo el continente. Sabemos que más allá del mar Musutafu hay otra tierra y otros dragones. Y nosotros nos hacemos viejos. Las leyendas…, o más bien… nuestra leyenda, nos use a los dioses Sin Cara. La historia asegura que se unieron a nosotros para crear a los primeros hombres, para regalarles la magia a los humanos, para crear a os dragones y todas las criaturas que pueblan este mundo. Muchas cosas. Y por eso estamos tan unidos a su memoria. No es que los necesitemos para sobrevivir, príncipe Izuku, pero florecemos mejor allí donde dónde nos recuerdan. Supongo que en el sur, donde el culto a La Madre Nana Shimura está tan arraigado, es natural que la memoria olvide… Incluso aquí tanta guerra, tanta necesidad de defensa… Los bárbaros no tienen tan buena memoria tampoco. Pero los dragones… —El aire se mueve alrededor de ellos e Izuku está seguro que los la vista de Tooru Hagakure está clavada en Eijiro—. Los dragones no olvidan nunca.
Duermen en el cuarto de invitados. Hay sólo una pequeña cama y no caben los dos. Eijiro insiste que Izuku la use y él duerme sobre dos tapetes empalmados.
No tarda en quedarse dormido. Sueña con su madre y su padre, con Katsuki, con los dos castillos —tan diferentes entre ellos— en los que está dividida su vida.
Eijiro lo despierta moviéndole el cabello.
—Ey, príncipe —oye Izuku—. Ya es el alba, tenemos que marcharnos.
Izuku asiente. Tooru no los deja partir sin desayunar y Koji plática un rato con Eijiro, que es mucho más hábil para distinguir sus señas de lo que es Izuku.
Después ambos los acompañan a la salida de la trampilla. Eijiro se convierte y, cuando está listo para montarlo, Izuku siente una mano rocosa en su hombro. Es Koji que le ofrece un saquito.
—Jazmín —dice con una voz apenas audible. Hace una pausa larga y deliberada—. Un regalo.
Izuku asiente.
—Muchas gracias.
Monta a Eijiro, se acomoda entre los cuernos, listo para emprender el vuelo. El aire alrededor de ellos se mueve y se arremolina.
—¡Buen viaje! —escucha Izuku.
Es Tooru Hagakure diciendo adiós.
De nuevo, vuelan prácticamente todo el día. Eijiro sólo se detiene a un lado del río que marca la frontera entre los reinos para comer algo. Aprovecha para decirle a Izuku que volará por encima de las nubes el resto del camino: es un dragón en un reino enemigo. «Descenderé cerca de la capital», le dice. Izuku está de acuerdo.
Desde ahí, el camino se hace mucho más rápido.
«Voy a ver a mi madre», piensa Izuku. «Voy a ver a mi madre».
Lo repite como un mantra hasta que Eijiro empieza a descender cerca de la entrada a la capital. Mientras camina por sus caminos, entre las carretas y los palanquines que transportan a los más nobles. Saca del pequeño costal de su equipaje una diadema con la que se cubre el rostro. Eijiro lo mira con una ceja alzada.
«Costumbre», explica Izuku. Le enseñaron que no era común enseñar su rostro entre sus súbditos. Entiende que es un ritual sin mucho sentido, después de vivir entre los bárbaros, que son un pueblo sin nobleza, que no cree en la nobleza. Pero es difícil sacarse esa educación, comprende Izuku. Hay cosas que están en sus venas. «En realidad, si hubiera venido siguiendo nuestro protocolo», se toma el tiempo de explicarle a Eijiro, «debería usar un palanquín».
Se descubre ante las puertas del palacio. Los dos guardias lo reconocen. Él asume que son nuevos, porque no tiene ni idea de quiénes son.
—Su Alteza. —Ambos le dedican una reverencia. Izuku se siente incómodo. Tantos meses sin todos esos rituales y esa etiqueta le hacen comprender que ya no es el príncipe prometido que se marchó del palacio.
—Deseo ver a mi madre —dice, simplemente.
II.
Desde el momento en que Izuku se marcha, la atmósfera cambia. Katsuki se pregunta si el resto lo nota. Quizá no, quizá sólo es él quien se ahoga en una ausencia. Pasa el día esperando encontrarlo por el rabillo del ojo, imaginando que lo ve. Sus ojos se lo saben de memoria, descubre entonces. Puede colocar cada peca en su lugar, recordar cada expresión. Izuku está en sus ojos. En sus sentidos.
Se muere de miedo al comprobar la indefensión que siente con respecto al príncipe. Es más grande que nada en la vida y no le cabe dentro.
Mitsuki Bakugo habló sólo unas cuantas veces de amor.
«Los demás lo verán como tu debilidad, Katsuki, sobre todo el sur», espetó y entonces todo el asunto a Katsuki le parecía una tontería. Debió de haber puesto más atención. «Querrán explotarla, usarlo en tu contra. Es algo vil y cruel y no debes dejar nunca que nadie lo haga. Si lo logran…, estás perdido».
Ahora lo entiende.
Se está ahogando.
«También hay fuerza en él», agregó esa vez Mitsuki. El Rey Bárbaro no había entendido entonces por qué; era estúpido entonces, pensar en esos sentimientos que lo dejaban a uno desnudo y vulnerable. «Hay fortaleza. Es mejor pelear acompañado que hacerlo solo. Es mejor siempre tener a alguien con quien compartir las cobijas en invierno o cuando sea necesario. No solamente romántico, Katsuki». Su madre entonces suspiró y vio a su padre y le dedicó una sonrisa. Había cosas que se le escapaban a Katsuki entonces sobre sus padres. Sus miradas, por ejemplo. Sus ojos que mantenían conversaciones enteras o decían las cosas que se quedaban en el aire. «Hay fuerza en sentir algo tan fuerte que no puedes cargarlo y entonces necesitas a alguien más. No tiene que ser romántico, pero a veces lo es. El sur lo va a usar en tu contra. No los dejes, porque entonces estarás perdido».
Comprendió muchas cosas la noche que vio morir a sus padres.
Sobre ellos.
Sobre sí mismo.
Sobre la furia y el amor.
Las que no, las está entendiendo entonces, creyendo ver a Izuku en cada lugar de su palacio: en cada patio, cada pasillo, enfrente de cada tapiz.
El consejo sesiona pero él no escucha nada. Es hasta después de la comida, cuando está solo, sentado en la biblioteca, que alguien lo obliga a ponerle atención.
—Tienes cada de que quieres hablar. —Es Lady Tsuyu Asui. Mueve las orejas de mujer marina que tiene.
Katsuki alza una ceja. Hablar no es su fuerte. Con Izuku le sale más natural. Con Eijiro también, aunque el dragón tenga que sacarle las palabras a la fuerza.
—Y yo soy buena escuchando —agrega ella.
—No —responde él.
—Oh, vamos, estás preocupado por Izuku. —Lady Tsuyu se sienta a su lado, sin esperar una invitación—. Es normal.
—¿Quién te dijo que…?
No suele hablar mucho con ella. De las dos damas que acompañan a Izuku, Lady Ochako es con la que ha cruzado más palabras. Porque es la que con más frecuencia está con Mina, entre otras cosas.
—Cada quien tiene maneras diferentes de… expresarse —empieza Lady Tsuyu—. Créeme, lo sé: tengo hermanos menores. —Katsuki, hijo único, no entiende para nada qué tiene que ver una cosa con la otra, pero la deja hablar. No tiene fuerzas para correr a nadie de su lado en ese momento—. Ochako, por ejemplo, habla a trompicones cuando está preocupada. Juega con sus manos. Esas cosas. Tú eres más complicado que la mayoría, pero aun así puedo verlo.
Katsuki bufa.
—¿Segura que no es magia?
—No, sólo observación. —Lady Tsuyu sonríe—. Es… muy simple, de hecho. No necesitas ningún poder. A puesto a que tú puedes hacerlo con Izuku. Descubrir cuando algo lo molesta sin que él te lo diga, cuando está triste, cuando… —Bueno, tiene razón, decide Katsuki—. La magia… y no sólo la magia… la brujería, la hechicería incluso, tan cruel como suele ser, son maravilla pura. Esto es sólo mirar. ¿Quieres hablar?
—¿De qué?
—No sé. —Lady Tsuyu se encoge de hombros—. Puede ser de nada. Puedo ser sólo compañía.
Katsuki asiente.
—Compañía está bien. Por ahora.
Es inusual en él. Pero también lo es la ausencia de Izuku y quiere lidiar con una cosa a la vez.
Existe un lugar común en muchas de las historias que se cuentan los amantes del norte. Ahora es capaz de entenderlo.
Antes nunca tuvo sentido.
Ahora está con los ojos abiertos, mirando al techo y comprende perfectamente que los enamorados son incapaces de dormir o de conseguir aunque sea un solo momento de descanso.
Hay una historia en particular.
Sobre una doncella guerrera enamorada de un dragón. Katsuki la solía escucharla. Antes. Cuando sus padres estaban vivos. Masaru solía contarla en torno a las hogueras y las chimeneas en invierno, cuando la gente se juntaba para guardar el calor. El Rey Bárbaro recuerda casi todos los detalles.
La doncella guerrera se llamaba Habibi. No era un nombre de mujer porque durante muchas lunas sus padres habían deseado a un hombre y un guerrero. Pero las mujeres siempre habían sido guerreras también en el norte —solía añadir Masaru— y no se desilusionaron cuando Habibi nació.
«Eran tiempos de gloria, cuando habitábamos más al norte», decía Masaru, «cuando los primeros hombres todavía estaban en paz con nosotros y los dragones no atacaban todo el tiempo».
Pero los dragones habían atacado siempre, incluso en las primeras eras.
Decía Masaru que esa era una de sus más antiguas historias de amor. «La guerra, nuestra guerra, apenas estaba empezando. Todavía no habíamos comprendido la lucha por la supervivencia que nos rodeaba. Eran los primeros años y los Sin Cara nos habían otorgado el dominio del norte. Era, en otras palabras, el mejor tiempo para enamorarse».
Katsuki solía odiarla.
Después ya no.
Ahora es incapaz de odiar nada que le recuerde a los buenos momentos de sus padres. Quizá debió haberlo entendido antes, pero todavía era muy joven cuando murieron. Un poco más joven que Izuku, al que le saca unos cuantos años —no demasiados, no más de cinco—. Llevaba poco tiempo con el control del norte y todavía no se atrevía a llamarse rey oficialmente, aunque en todas las aldeas cercanas empezaban a reconocerle el título.
Ya era lo suficientemente poderoso para ser una amenaza para el Rey Hisashi Midoriya.
Pero no quiere recordar su muerte. Sus palabras son mejores.
La historia de Habibi y cómo exploró todo el norte es más atrayente. Es una mejor imagen de Masaru que la última que vio.
La doncella se convirtió en guerrera y, llegado el momento, heredó las armas de sus padres. Recorrió todo el territorio, subió las montañas y se atrevió a internarse en el nido de un dragón. Esperó en él hasta que apareció el dueño y la vio. «¿Qué haces aquí?», pregunto.
Habibi, la doncella guerrera, sonrió.
«Nunca había visto un dragón a los ojos».
Katsuki duda que lo siguiente hubiera sido amor a primera vista, pero las historias lo aseguraban. De allí en adelante, Habibi se encontró incapaz de conciliar el sueño, embrujada para siempre con la mirada del dragón y el dragón pensaba todo el tiempo en ella. «Mantuvieron su romance oculto», puntualizaba siempre Masaru, «porque las relaciones entre bárbaros y dragones nunca han sido buenas».
Vivieron felices muchos años.
Pero los dragones y los humanos tienen vidas muy diferentes. Los segundos pueden vivir por siglos enteros.
Así que Habibi enterró su espada un día y se acurrucó en el nido. Él se transformó y la acurrucó entre las escamas de su pecho. El pelo morado de Habibi se había transformado en blanco. En sus ojos habían aparecido patas de gallo y alrededor de sus labios se acumulaban arrugas.
Ella y su amante dragón habían sido muy felices.
Así que ella sonrió y sin hablar le dijo todo lo que lo quería. Todo lo que por él había perdido el sueño. Y entonces murió.
Katsuki recuerda cómo su padre solía terminar la historia.
«Y entonces, el dragón se acurrucó junto a ella y poco a poco, se dejó morir. Pues bien se sabe que los amantes como Habibi y el dragón no aprenden a vivir nunca sin el ser amado y hay para siempre un vacío dentro de ellos».
Mitsuki sonreía entonces.
«Ni creas que me voy a dejar morir por ti», comentaba. «Esas son sólo ideas de historias viejas».
Ahora Katsuki sólo quiere que uno de los dos le conteste si también perdió el sueño como él. Tiene clavado bien hondo a Izuku, entre las costillas, a un lado del corazón. Se ahoga en sí mismo.
«¿Les pasó a ustedes?»
«¿Duele tanto la ausencia?»
Todas esas dudas que tiene y que ni Mitsuki ni Masaru le pueden responder porque, sin querer, murieron al mismo tiempo y nunca conocieron el mundo sin el otro.
Kyoka vuelve pasado el mediodía del día siguiente. Eso lo ayuda a distraerse. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que él y Kyoka cazaron juntos.
Ahora pasa mucho más tiempo en sesiones del consejo, resolviendo problemas entre aldeas e intentando mantener la paz, no es como que pueda permitirse expediciones de caza a cada minuto.
Kyoka Jirou mantiene, en parte, alimentado a todo el palacio. El resto del trabajo lo hacen los graneros, los huertos y las gallinas y conejos que Rikido cría. Además de eso entrena soldados y realiza vigilancia en la frontera. Katsuki no podría mantener un reino sin ella.
Setsuna es quien lo encuentra primero.
—Kyoka quiere verte, traemos un herido.
Todas las alarmas de Katsuki se disparan.
—¿Los atacaron?
Setsuna niega con la cabeza.
—La historia es un poco más complicada. —Y Setsuna debe de ver algo en su rostro, por lo que agrega—: No tiene que ver con el Reino de los Midoriya. No tan directamente, creo…
—¿Dónde está Kyoka? —pregunta Katsuki.
—Primer piso. Donde solemos poner a los heridos.
El mismo lugar donde Izuku le había limpiado una herida y él le había limpiado los pies.
—Vamos —le dice a Setsuna.
—¿Quién demonios está herido? —es lo primero que pregunta.
—Nadie de la partida de caza, Katsuki. —Kyoka es rápida para responder. Está ella sola con el herido y al principio el Rey no alcanza a verlo bien, sólo ve dos piernas de alguien recostado sobre los cojines—. Lo encontramos en la frontera. Creo que fue en el área que gobierna Hakamata…
Hakatama. Katsuki no lo conoce, no realmente. Los reyes anteriores lo habían derrotado y desde entonces Hisashi Midoriya no había logrado convencerlo de que los apoyara en su campaña contra el norte en todos los años que Katsuki llevaba en ese trono.
(Y había efectivamente un salón con un trono en él, que no se usaba más que para lidiar con el sur).
—¿Trajiste a un sureño?
—No soy un sureño —dice una voz. Grave y cansada. Harta—. De ninguna parte, en realidad. Aunque nací en el norte, si eso importa demasiado.
Katsuki se acerca y puede ver al herido.
Cabello morado, de un tono un poco más apagado al de Kyoka. Orejas de gato. Y dos colas. Jirou tiene las manos en su espalda, donde está cambiando los vendajes. Las heridas parecen viejas, algunas mal cicatrizadas.
—¿Entonces…?
—Espera a que le cambie las vendas, Katsuki —dice Kyoka—. Tendrás tus respuestas. Tiene que ver con las Tierras Malditas.
—¿Y a nosotros qué nos importan las Tierras Malditas? Están muertas. No hay nada…
—Espera.
Kyoka es tan firme que no le queda más remedio que quedarse callado hasta que el gato no tiene vendas nuevas. No le gustan los nekos, ni su cola bifurcada, ni su habilidad de parecerse a los humanos. Nacieron gatos, piensa Katsuki. Y esas son criaturas traicioneras, que llegaron al mundo pidiendo veneración. Los Dioses Sin Cara los condenaron entonces a vagar sin rumbo, cuentan las leyendas. A veces ocurre que a un gato, en la recta finar de su vida de gato, se le empieza a bifurcar la cola en dos y se vuelve un ser racional, capaz de mezclarse entre humanos, entender sus lenguas, sus costumbres, participar en sus guerras, en sus conspiraciones. Es lógico que la gente no confíe en ellos de entrada.
El gato lleva unos pantalones viejos y desvaídos, hechos girones por la parte de abajo. Se incorpora cuando Kyoka termina con los vendajes. Las dos colas se mueven, balanceándose.
Se sienta sobre los cojines y entonces mira directamente a Katsuki.
Es fácil reconocer los nekos. Si no es por sus colas o sus orejas, que a veces se arreglan para esconder, es por los ojos. Tienen ojos de gato y no pueden esconderlos; se resisten a cualquier magia o brujería.
—¿Tú eres el rey? —pregunta el neko—. Ella —señala a Kyoka— dijo que me llevaría con el…
—Sí. —Katsuki frunce el ceño. Todo lo que está ocurriendo se le antoja muy mecánico—. ¿Qué chingados quieres?
El gato extiende una mano, Katsuki puede verle las garras.
—Hitoshi —dice—. Ese es mi nombre. Hitoshi Shinsou…
—Los gatos no tiene nombre —replica Katsuki.
—¡Katsuki! —Kyoka le da un codazo.
—Elegimos nuestro nombre, que es diferente. —Hitoshi no baja la mano—. Es real como cualquier otro.
Katsuki le estrecha la mano a regañadientes.
—Vengo de las Tierras Malditas.
—¿Y…?
—En el sur no va escucharme nadie —dice Hitoshi—. Me tiran piedras o me persiguen apenas verme. Los gatos de dos colas son de mal agüero. Así que supuse que lo mejor para hablar del peligro… era venir al norte.
—¿Qué peligro? —pregunta Katsuki. Hace una pausa y, antes de que el neko tenga oportunidad de contestar, añade otra pregunta—: ¿Qué te hizo pensar que aquí te íbamos a hacer caso?
—Que no son idiotas —responde el gato—. O quizá sí, pero tienen instinto de supervivencia. —Carraspea—. Hay magia de mierda moviéndose en las Tierras Malditas.
—¿Por qué tendría que importarme?
—Porque tengo razones para creer que van a atacar con ella.
—¿Aquí?
Hitoshi se encoge de hombros.
Katsuki está demasiado alerta. No conoce los poderes de los nekos a la perfección, pero sabe que son maestros en el arte del engaño y la manipulación. Gatos, a fin de cuentas. Y no confía en ese gato morado.
—No sé. Quizá. Quizá no. Pero si alguien usa esa magia, Rey Bárbaro, da igual. El mundo entero está condenado. No sólo este continente. Todo. Incluso las ciudades heladas del norte. El desierto de Shiketsu.
Katsuki suspira y se lleva las manos a la cara. Es demasiada información y, a la vez, demasiado poca. No conoce lo suficiente sobre las tierras malditas. Si Izuku estuviera allí, ya estaría contando todo lo que hay que saber.
Pero no está y él sólo sabe que en las Tierras Malditas había un reino sureño. Todavía existía cuando él nació. No es una leyenda. Es un suceso demasiado cercano y por eso la gente no habla de ellas.
—Bien —dice—. ¿De qué magia hablas?
—Hablemos más tarde —dice el gato—. Necesito comer. Recuperar las fuerzas. Ella —vuelve a señalar a Kyoka— prometió que podría hacerlo aquí.
Katsuki vuelve a llevarse las manos a la cara. Bien. No tiene ni idea de con qué problema está tratando.
Si Izuku estuviera allí al menos buscaría su mano y la apretaría.
Pero no está.
—Entonces… ¿comida?
Lo que hay es un gato de dos colas. Un neko.
Notas de este capítulo:
1) Recién me di cuenta pero el título podría ser «conociendo nuevos personajes secundarios». Tenía muchas ganas de sacar a Tooru y a Koji. Más aún a Shinsou. Lo usé como neko/híbrido en un fic llamado El héroe que vendrá pero no tuve oportunidad de hablar mucho de él y aquí quería aprovechar la oportunidad.
2) Habibi es la forma masculina en árabe de «mi amado» (entre otras variantes). Me vino a la mente de estar escuchando Khalibali en loop (canción de Padmavaat), que justo empieza así. El mito no es adaptación de ninguno que conozca, pero toma elementos de la manera en que Las Mil y Una Noches (voy en la 142) habla de los amantes y de cómo más tarde se reinterpretó la idea del amor árabe en Bollywood (en películas como Dil Se.., por ejemplo).
3) La idea de que los Guardianes estén muy vinculados a la memoria colectiva me gusta mucho. Este es un mundo donde veneran a unos dioses omnipresentes —los Sin Cara— pero no se sabe si existen. Pero los guardianes están allí y forman la tierra y están muy vinculados a la memoria colectiva. Espero hablar de ellos más adelante, cuando vuelvan a salir en mis planes (porque hay una estructura de la historia en mi cabeza, sólo necesito seguirla).
Andrea Poulain
