Capítulo XI.
Gato de dos colas


I.


Kyoka es la encargada de llevar al neko con Rikido. Katsuki no quiere seguir lidiando con él sin al menos tener una idea básica de qué demonios está hablando.

No le cuesta encontrar a Mina con Lady Ochako.

—¿Y Lady Tsuyu? —pregunta.

—Se ofreció a enseñarle un mapa a Hanta —responde Lady Ochako—. De los que tiene Izuku.

—Katsuki, honestamente, si vas a interrumpir…

—Es algo importante.

—Katsuki… —Mina pone los ojos en blanco, no le queda otra reacción—. ¿Qué demonios es para interrumpirnos sin saludar? Llevas desde que se fue Izuku llorando por los rincones…

—¡No voy llorando por los rincones, maldita bruja!

—No puedes insultarme diciéndome eso —replica Mina. Es un discurso aprendido y recitado tantas veces que ya no tiene fuerza de ninguno de los dos lados—. ¿Qué es tan importante, Katsuki? —repite.

Él mira directamente a Lady Ochako.

—¿Qué demonios sabes de las Tierras Malditas?

—Oh, no tanto como Izuku, pero… Bueno… Todos hemos oído las historias. Se dicen muchas cosas, quizá Tsuyu también podría… Dijo que estaría con Hanta en la biblioteca. —Lady Ochako mira a Mina y parecen tener una conversación con sus miradas de la que Katsuki está excluido—. Podríamos ir… ¿Es muy importante?

—Kyoka trajo a un neko.

Mina alza las cejas.

—¿Y eso tiene que ver por…?

—¡Si me dejas terminar!

—Termina, pues…

—Un neko que dijo que algo está pasando en las Tierras Malditas —completa Katsuki—. Y que al parecer concierne al norte, aunque todavía no tengo idea de cómo. Pero… Sólo sé que la dinastía que gobernaba ese lugar colapsó junto con todo lo demás…

—Puedo contarte, si quieres —dice Lady Ochako. Voltea, de nuevo, hacia Mina—: Vamos a la biblioteca.

Katsuki gruñe y dirige el camino.

De reojo ve a ambas mujeres. Mina enamorada es algo curioso. Nunca antes lo había visto. Es diferente y a la vez tan parecido a Denki y Eijiro cuando comenzaron las miradas y las sonrisas estúpidas. Probablemente también se parece a él y a Izuku danzando alrededor del otro, pero en este caso todos los involucrados están en la misma página y dejan que todo se mueva lento y a su tiempo.

Quizá. No es algo que entienda o para lo que tenga instinto. Sólo le queda claro que los ojos de Mina brillan cuando está cerca de Lady Ochako o de Lady Tsuyu y supone que eso es suficiente para entender todo lo que hay que entender.

No puede evitar notar los brazaletes nuevos en las muñecas de Lady Ochako, que aparecen ante sus ojos cuando las mangas anchas de su vestido —y esa vez si es un vestido que se abre por el frente y ajustando con un cinturón rosa con detalles de hilo dorado—. No están hechos con el gusto y el estilo del norte. No. Se nota que los hizo la brujería de Mina, que están tallados y decorados a su gusto.

Lady Tsuyu también debe tener, supone Katsuki.

Lo confirma cuando llegan a la biblioteca y ella está allí, con Hanta, y tienen un mapa extendido sobre una de las mesas bajas. Su mano se estira para señalar varios lugares y Katsuki ve un par de brazaletes, de nuevo, al gusto de Mina, con la marca de su brujería.

Y la bruja supuestamente no se iba a entrometer.

Pero por lo que Katsuki sabe, ellas la dejaron entrometerse.

—Tsuyu —interrumpe Ochako—, Katsuki quiere saber de las Tierras Malditas.

—¿Y ese súbito interés? —Hanta alza la cabeza.

—Kyoka trajo a un neko.

—No veo como exactamente…

—Un neko que dice que algo en las Tierras Malditas es un problema y nos concierne —resume Katsuki—. Pidió comida a cambio de su información…

—Típico de un neko…

—… y quiero saber qué carajos hay en las Tierras Malditas antes de…

—Podemos contarte la historia, Katsuki —interviene Lady Ochako—. Es muy reciente. Se habló en todas las cortes. Nosotras éramos niñas e Izuku también, pero… De todos modos uno escucha cosas. Las Tierras Malditas llevaban mucho tiempo deteriorándose.

Tsuyu asiente.

—Puedes quedarte con el mapa —le dice a Hanta—. El tiempo que necesites. Querías saber del sur y… Bueno, pensé… Puede servirte.

El explorador asiente y empieza a enrollarlo. Katsuki duda de su va a quedarse o no, pero acaba marchándose diciendo que irá a buscar a Kyoka para preguntarle sobre su última expedición porque no la acompañó.

Lady Tsuyu entonces le hace una seña a Katsuki para que se siente. Y empieza la historia.

—Antes les decían Tierras Malditas sólo por lo bajo. Cuando el reino todavía existía. Pero después… El nombre se extendió tan rápido que pronto ya nadie recordará el nombre de la dinastía que lo gobernaba.

Katsuki, en el norte, no tiene ni idea. Está acostumbrado a lidiar con los Midoriya. Y sus antecesores tuvieron que lidiar con los Hakamata y los Kamihara, los reinos de la frontera. Pero los que están más al sur y no comparten frontera no son tan importantes. De esos no tienen que defenderse todo el tiempo.

—Shirakumo —dice Lady Ochako—. Reinaban los Shirakumo.

—Izuku conoce más detalles —agrega Lady Tsuyu—. Después de todo, en algún momento tuvo que aprender sobre los herederos…

No puede evitar bajar la vista ante la mención de Izuku. El asunto del neko está manteniendo su mente despejada de él, pero siempre vuelve, se las arregla para aparecer de improviso. Katsuki entendía lo que era extrañar a sus padres todos los días. Era una ausencia que no se curaba nunca, pero para la que todo el mundo de alguna manera estaba preparado.

Al menos, a él Mitsuki lo había preparado a base de zapes.

«Un día me voy a morir, Katsuki», dijo muchas veces, «y también tu padre. Tienes que estar listo para enfrentar el mundo solo».

Pero la ausencia de Izuku era diferente. También la manera de extrañarlo.

Katsuki las comparaba porque encontraba ilógico lo que sentía por dentro. Nunca había sentido un hoyo tan grande y, aun cuando sabía que la ausencia de Izuku era sólo temporal, aun cuando sabía que volvería a sus brazos, no sabía cómo cerrarlo para que la imagen del príncipe dejara de escaparse y él no lo viera a toda hora, ni se ahogara tanto en su ausencia tan obvia.

Quizá era eso: el saberla temporal y no poder controlar el destino.

—Había una historia sobre el último heredero —dice Lady Ochako y sus palabras regresan a Katsuki al mundo terrenal—. El reino ya estaba corrompido, llevaba corrompido mucho tiempo. Así que la gente decía que él último heredero… Oboro… ¿Oboro Shirakumo? —Voltea a ver a Lady Tsuyu, quien le dice con un asentimiento que está en lo correcto—. La gente decía que Oboro Shirakumo era la esperanza de ese reino.

—¿Por qué estaba corrompido.

—Magia, por supuesto —responde Tsuyu.

—Hechicería, también —reconoce Lady Ochako—. Pero sobre todo la magia.

—Es pura, libre, corre a través de las venas de algunos —dice Lady Tsuyu. Esas son cosas que Katsuki sabe. En el norte los magos suelen cargar historias trágicas y ser asociados con la desgracia, como Denki cuando lo encontró. La magia elige a algunos cuantos, pero corre por toda la tierra, florece, vive—. Hace muchos años, muchas décadas, incluso, quizá uno o dos siglos… cuando está era del mundo apenas empezaba, los mismos Shirakumo intentaron controlarla.

—La magia que está libre no se controla —añade Lady Ochako.

—La brujería es diferente —murmura Mina—. Aprovechamos la magia del aire, pero…

Katsuki asiente, pero la corta.

—Sólo quiero saber qué ocurrió con las Tierras Malditas.

—Al final todo se reduce a ese intento. Querer controlar la magia —prosigue Lady Tsuyu—. La magia se rebeló, por supuesto. Sobrepasó a todos los que lo intentaron. Y poco a poco el Reino de las Nubes, que en algún momento fue el más rico de todos, empezó a decaer. La gente ya no hablaba de él más que por lo bajo, refiriéndose a él como las Tierras Malditas o el Reino Maldito. Se decía que había una maldición esperando explotar en su territorio, en el corazón de su palacio. Demasiada magia contenida que debería estar libre.

—Resultó ser cierto —dice Lady Ochako—. Pasó el día de las nubes negras.

—Las vimos todos —añade Tsuyu—. En todo el sur, todos los reinos. Supimos, por los supervivientes del palacio, que el heredero murió ese día y que la magia contenida en el palacio explotó y dejó esa tierra llana, prácticamente inhabitable.

—Hay gente, pero…

—Había demasiada magia en el ambiente —completa Tsuyu—. Nadie quiere tratar con los descendientes de las tierras malditas si no es necesario… La magia hizo cosas, dicen, que nunca se habían hecho antes. Si ahora vas a esas tierras quizá sólo te encuentres a esos, a los malditos. Quizá hechiceros, que tomaron las Tierras Malditas como su campo de caza. Quizá forajidos que huyen de la justicia. Pero es una tierra muerta. No quedó nada. Unos cuantos supervivientes que vagan por el mundo, solos, sin nada. Y nada más.

Katsuki asiente.

—¿Por qué el norte estaría en peligro por algo…?

Mina le pone una mano en el hombro.

—Tienes un gato con el que hablar —le dice con voz suave.

Pero está preocupada. Katsuki puede sentirlo. La conoce demasiado bien como para no entender la inflexión en su voz.

La magia es peligrosa. La gente no la controla. Es libre. Incluso Denki lo dice. «Tú la conduces», explicó una vez. «No la controlas. A algo tan hermoso y tan libre y tan… tan grande no puedes controlarlo. La magia te escoge». Y entonces en un acto reflejo se llevó la mano a la cicatriz que tiene producto del rayo que le concedió su magia. «Tú nunca la escoges a ella».


Katsuki tiene una historia incompleta —porque ni Lady Tsuyu ni Lady Ochako sabían nada más— y un gato malhumorado. Aunque, piensa, nunca se ha sabido de un gato de buen humor. Peores cosas pueden acontecer.

—Dijiste que querías hablar de las Tierras Malditas —dice, cuando entra al comedor. Hay un plato vacío frente al gato—. Espero que la comida de Rikido haya sido de tu agrado.

El gato sonríe, enseñando todos los dientes.

—Supo que no como vegetales, así que… —Señala al plato. Allí descansan los huesos de un conejo diminuto casi entero.

—Hablaste de la magia de las Tierras Malditas.

—Asumo que sabes que es peligrosa —dice el neko. Hitoshi, se recuerda Katsuki. No puede permitirse olvidar el nombre en ese momento.

—«Tierras Malditas» es un nombre que se explica solo —espeta Katsuki, sentándose en la cabecera de la mesa—. ¿Por qué quieres hablar conmigo? Básicamente, por qué estás aquí. No des vueltas.

La sonrisa taimada del neko no le gusta.

—Estuve en las Tierras Malditas —dice—. Hay rumores.

—¿Qué rumores? —Katsuki aprieta los dientes.

—Hay hechiceros… y magos y… Malditos.

—¿Malditos?

—La gente que estaba cuando la magia explotó —explica Hitoshi—. No murieron todos. Algunos sólo… quedaron malditos. La magia se les metió en las venas y ahora los controla. No son magos. Sólo… Bueno, la gente dice que son abominaciones. —Hace una pausa, esperando, quizá, a ver si Katsuki quiere agregar algo más. Pero él Rey Bárbaro sólo quiere que llegue al punto del asunto—. Hace tiempo empezaron los rumores de un grupo. Llevan años vagando, pero no sabía que… Bueno. No sabía a qué se dedicaban. Tienen un maldito. Quizá el más poderoso de todos los malditos. La gente dice que puede aparecer allá en donde lo llamen, transportar a la gente, en cualquier confín de la tierra. No lo he visto, así que no puedo asegurarlo. Pero hay pruebas. Un día un mago que puede llamar al fuego está en una aldea del reino de los Todoroki y otro está en las Tierras Malditas. Necesitas dos o tres para cruzarlos.

—¿A dónde quieres llegar? —pregunta Katsuki. Lo intuye.

—Me atacaron porque oí algo que no debía.

—¿Qué?

—Ese grupo. Son mercenarios. Están trabajando con alguien. No sé con qué reino. Pensé que quizá con los Midoriya, pero oí del tratado también y de que el príncipe heredero ahora es tu prometido. O tu consorte. —Hitoshi, el neko, se queda viendo su cara, quizá en espera de una reacción que Katsuki no le ofrece—. Había un mago. Hablaban de que de un plan. Decían que su ataque al norte se había retrasado. De nuevo. También dijeron algo sobre su fuente de magia, algo como que estaba lista. No alcancé a oír más. Un maldito me atacó. Un hombre lagarto. Nunca había oído de ellos… Y…

«Hombre lagarto».

Eso suena en la mente de Katsuki, porque recuerda a una figura de manos viscosas. Cubierta con una capucha, pero en algún momento logró verle escamas verdes.

—¿Qué más sabes de ese grupo?

—¿Por qué…?

—Integrantes, maldita sea. Qué sabes.

—¿Además de rumores…? El hombre lagarto que me atacó y me dejó la espalda echa mierda. Un tipo que dice ser hechicero, pero es sólo un ilusionista que hace trucos y tiene un brazo artificial que le puso un hechicero. —Ese no le suena. Al menos no la descripción—. Una bruja loca. Usa la sangre de las personas. —Oh. Eso sí—. Un mago de fuego. —También. Katsuki aún recuerda la mano sobre su cuello, el calor. Tiene una cicatriz apenas visible por la quemada—. No sé más, príncipe.

Las descripciones son demasiado exactas a cosas que están en su memoria.

Siente que su piel palidece aun cuando se esfuerza en mantener una expresión neutral.

—Los conoces —adivina el gato.

—¿Y qué?

—Que sabes para quien trabajan, Rey Bárbaro. —Hay una pausa. El tono de voz de Hitoshi es muy calculado—. Y que ya han atacado. ¿Estoy en lo correcto?

—Qué te importa.

—Si ya te han atacado, tiene que ser de un reino con el que estés abiertamente en guerra. A menos de que no supieras para quien trabajan, pero dudo que no tengas ese dato. —El neko pone ambas manos sobre su barbilla, pensando. Detrás de él, ambas colas se mueven. Incluso sus orejas parecen alerta. Katsuki siente como se le erizan los cabellos de la nuca—. Y no estás en guerra con Hakamata o con Kamihara, no. Yo sé con quién estás en guerra. Estabas.

El primer impulso de la mente de Katsuki es «Izuku no es un traidor».

Pero lo sabe. A Izuku lo mandaron al norte para quitarlo de en medio. Ese no es el problema.

¿Por qué lo mandaron al norte?

—Katsuki Bakugo, creo que ahora tengo una imagen más completa. —El gato sonríe de lado—. Hisashi Midoriya quiere atacarte. Y su hijo…

—No digas nada de Izuku, no te atrevas —espeta Katsuki.

—¡No puedes saber lo que pretende el sur! ¡Todo el sur! ¡Incluso el que se encuentra en tu palacio!

—¡Izuku no tiene nada que ver con las conspiraciones de su padre! —Se pone de pie y la silla no se va hacia atrás de milagro. Sus puños se estrellan en la mesa.

Está seguro.

Pero la voz de Mitsuki lo ataca, de improviso.

«No puedes estar nunca demasiado seguro de nada, salvo de que harás las cosas lo mejor que puedas. Admite que siempre puedes equivocarte».

Pero lo sabe. Nunca ha estado tan seguro de nada como lo está en ese momento de que Izuku no es un traidor y tampoco lo son sus damas. No, Hisashi Midoriya tiene otro plan. Sólo necesita descifrarlo.

—Muy bien —repone el gato—. El príncipe Izuku Midoriya no tiene nada que ver. Entonces, ¿qué carajos crees que planea el Rey Hisashi Midoriya?

Katsuki todavía no tiene otra respuesta.


Desearía que el tapiz de su madre, ese que está en sus aposentos le diera respuestas. Pero esa noche sólo le devuelve recuerdos.

Los mercenarios fueron más listos, separando a todos, atacando una noche que la partida de caza no estuviera en el palacio. Hirieron a Denki esa noche, intentaron detener a Eijiro lo más posible.

Los aposentos de sus padres estaban en el ala norte del palacio y allí era a donde Katsuki había corrido primero. Había caído directo en la trampa. Alguien lo había encadenado. ¿O habían sido cuerdas? Esos recuerdos son difusos. Sólo recuerda las manos a su espalda. Su espada —la antigua, la que se perdió en ese asarlo— en el duelo. La mano del mago de fuego lleno de cicatrices al que no le había visto bien la cara en su cuello. Caliente, casi ardiendo, para evitar que se moviera.

Y sus padres.

Recuerda también a una figura encapuchada. Un hechicero, recuerda, porque tenía una mano humana en la cara.

«¿Cuál será primero…?»

Había usado magia que nunca había visto. Sus padres habían muerto de un solo toque.

Recuerda sus gritos: fueron de esos que uno no es consciente que son suyos hasta que empieza a preguntarse quién está gritando intentando desgarrarse las cuerdas vocales. Las lágrimas de su padre. Su madre y esa mirada suya de ojos rojos que había heredado. Fuerte hasta el final.

En los peores días, esas son las pesadillas que tiene.

«Están intentando atacar otra vez». No lo dice en voz alta porque le parece patético hablarle a un tapiz. «Necesito…».

Chasquea la lengua.

Es la tercera. La primera fue devastadora. El ala norte quedó destruida casi al completo. Hubo dos funerales con todos los honores. Sus padres aún descansan en las catacumbas de la fortaleza. La segunda fue ridícula. Hisashi cambió su vida por la de Izuku.

¿Qué planea esta tercera?

«No sé qué hacer», admite, finalmente, de manera abierta, ante el tapiz de su madre. Antes nunca lo hizo. Antes se esforzó por siempre tener una respuesta, aunque no supiera en qué se estaba metiendo. «No sé qué hacer, mamá».

Ve la figura a los ojos rojos como los suyos. Quizá más profundos.

Si Izuku estuviera a su lado, piensa.

Si el tuviera a un lado al príncipe quizá sabría un poco más. Quizá no estaría tan perdido. O quizá sí, pero al menos estarían perdidos juntos.

«No sé qué hacer, mamá. Mis pesadillas vienen en camino, pronto, muy pronto».


II.


Izuku había olvidado lo exagerado de todas las ceremonias que ocurrían en el sur. Hacía meses que nadie le decía «Su Alteza», que no cubría su rostro para moverse por las calles de la ciudad, ni que se prendía el mismo velo con el que lo hacía de una peineta en el cabello rizado y lo dejaba caer hacia atrás cuando llegaba al palacio —en el norte, sólo había usado la peineta con ese mismo velo transparente unas cuantas veces, dos o tres—. En el norte era sólo Izuku y eso era, en cierto modo, liberador.

Los guardias le habían dicho. «Espere, Su Alteza».

Y él entendió que quizá su madre no estaba en condiciones de recibir visitas, así que no dijo nada. Un momento después lo condujeron por los pasillos. Reconoció el camino. No era en dirección a los aposento de su madre.

—¿Vamos al salón del trono? —preguntó, parando en seco.

—Sí, Su Alteza.

—Esperaba ver a la Reina.

El título completo de Inko Midoriya era Su Alterza Reina Consorte. Izuku solía decir «la Reina» sólo en esos momentos cuando tenía que ajustarse a los protocolos. Pero Inko Midoriya siempre había sido «mamá» o «Inko» y nada más. Ni un otro título.

Uno de los guardias se da la vuelta. Tiene una mirada curiosa. Algo está pasando, piensa Izuku.

Es el problema de las cortes del sur. Nada se dice de manera directa. Todo está envuelto en ceremonias.

—Su Majestad nos dijo que quería verlo primero.

Izuku traga saliva. Por supuesto, volver a su reino significa también enfrentarse a su padre. No esperaba que tan pronto. Usualmente Hisashi Midoriya nunca tenía tiempo para ello.

—Bien.

No tiene caso ir contra las órdenes de su padre. No en ese momento. Sólo serán unos días y luego podría marcharse en el lomo de Eijiro. Después de hablar con su madre, de asegurarse que estuviera bien, de contarle sobre Katsuki y de lo maravilloso que es y de lo diferente que es el norte a lo que ambos se habían imaginado. Eso tiene que escucharlo su madre.

Siente que Eijiro lo agarra de una manga un momento.

—¿Tu padre? —pregunta—. ¿Vamos con…?

Izuku asiente.

—¿Y qué se supone que debo…?

—Sólo mantente a mi lado.

—¡Izuku, no tengo ni la más remota idea de lo que es adecuado en este lugar! —Eijiro murmura, pero su tono es fuerte y quizá un poco alarmando—. Además… tu padre…

«Todo estará bien», se dice Izuku. Eijiro sabe que el Rey Hisashi Midoriya es una persona terrible, aunque no conozca los detalles. Izuku estará bien. Tiene a un dragón a su lado y una espada —la espada que le regaló Katsuki— en su cinto.

—Una reverencia —dice Izuku—. Haz una reverencia. Y mantente a mi lado.

«Todo estará bien». Se repite.

Ya están prácticamente en el salón del trono.


El palacio de los Midoriya era muy diferente al del Rey Bárbaro, que era más bien una fortaleza donde cabía una pequeña aldea entera. Por el contrario, el palacio de los Midoriya estaba rodeado de altas paredes que lo mantenían apartado del resto de las personas que vivían en la capital del reino. El palacio del Rey Bárbaro, encalado como estaba en la montaña era una sola construcción laberíntica llena de patios, con diferentes pisos y un montón de escaleras. El de los Midoriya estaba formado por varias construcciones diferentes, algunas muy altas, de varios pisos, con techos en forma de pagodas. El salón del trono está en la construcción más alta —allí mismo donde están los aposentos de su padre, un lugar que Izuku teme y del que prefiere mantenerse alejado— y más majestuosa. Todo allí es rojo, el color de la corona, de su emblema.

—Espere un momento, Su Alteza —indica uno de los guardias.

Izuku asiente, sin responder. No va a ver a su madre has que no vea al rey, así que prefiere que ocurra lo más pronto posible.

Uno de los guardias abre la puerta.

—Como le decía, Princesa Momo…

—Princesa General —corrige una voz de mujer—. Se olvida que está hablando con la general del ejército.

—Princesa General. —La voz de su padre hace la corrección a regañadientes—. Estábamos discutiendo los intereses que el Reino de los Yaoyorozu podría tener en…

Uno de los soldados carraspea. Izuku no puede ver nada a través de la rendija abierta de la puerta corrediza. Le gustaría.

—Su Majestad, el Príncipe Izuku…

—Ah. Claro —responde la voz del rey.

Los guardias se apartan e Izuku entra. Su padre, Hisashi Midoriya, no está solo. Izuku no se parece demasiado a él. El Rey Hisashi tiene el cabello gris —lo ha tenido así desde que Izuku tiene memoria—. Comparte las pecas con Izuku, pero en su rostro siempre se han visto diferentes, siempre lo han hecho parecer más severo. Todas las demás facciones Izuku las heredó de su madre.

Izuku suspira y se interna en el salón del trono. Su padre no está solo. Hay dos guardias con emblemas del cuervo —los Yaoyorozu— y está la princesa menor del reino. Tienen la misma edad, quizá ella le saca uno o dos, pero no más. Su cabello negro está peinado hacia atrás y sobresalen algunos picos de la coleta que tiene hecha. Los Yaoyorozu usan siempre el color negro y el rojo oscuro y la Princesa General lleva un vestido negro con los bordes rojos, igual que el cinturón, donde hay un cuervo bordado. Se alcanza a ver un poco el borde del vestido interior, de color rojo, por el cuello en forma de uve en su cuello. Es mucho más alta que Izuku y probablemente también que su padre.

Hay una cuarta persona, además de los guardias apostados a cada lado del Rey Hisashi Midoriya.

Un hombre cubierto por una cama negra, sin ningún adorno, sólo un listón rojo con la que está atada a su cuello. Tiene la capa puesta, pero se alcanza a distinguir que su rostro no es humano.

—Seguiremos discutiendo esto pronto, Princesa Momo…

—Princesa General —vuelve a corregir ella, apretando los labios.

—Seguiremos discutiendo esto más tarde, Princesa General —corrige su padre, con un tono gélido—. El Príncipe Shouto también debía de asistir a esta reunión y…

«¿Shouto? ¿Shouto Todoroki?», piensa Izuku. «¿Qué hace aquí? ¿Por qué están aquí los Yaoyorozu?»

Su madre está enferma, lo sabe, lo vio en el agua de la fuente de los deseos. Y su padre está, como siempre, perdiéndose en política. Probablemente planeando una invasión.

La princesa da media vuelta. Sus guardias la siguen y el encapuchado también. Tiene pico de pájaro. Como un cuervo. Izuku no alcanza a verle el rostro y sólo pone atención a la princesa cuando le dedica una inclinación de cabeza. Sus guardias se inclinan ante él y eso incomoda a Izuku.

Demasiado tiempo en el norte.

—Príncipe —saluda ella, antes de salir de la estancia.

Entonces se quedan sólo los guardias, Eijiro, que está un paso atrás de él, a un costado y su padre. Izuku da unos cuantos pasos hacia adelante, hacia el trono. Inclina la cabeza. Eijiro hace una reverencia un poco más profunda al verlo.

—Izuku —dice su padre. Ni siquiera reconoce la existencia de Eijiro.

El príncipe alza la cabeza.

—Su Majestad.

Hisashi Midoriya se pone en pie y se acerca hasta él. A veces le gusta pretender, aun cuando casi todos los guardias han sido testigo de los insultos que le dedica a Izuku, las quejas. Mucho tiempo el príncipe quiso complacerlo. Es el rey, es su padre, era normal buscar una sonrisa, una aprobación, un «bien hecho».

El rey se acerca sonriendo y a Izuku le da un vuelco el estómago. No sabe si es bueno o malo.

No alcanza a distinguir si todavía quiere esa sonrisa o sólo está alerta porque teme lo que traen las sonrisas de Hisashi Midoriya.

Pero sabe lo que tiene que hacer. Eso que hace tanto Katsuki no le permitió.

Se inclina, poniéndose casi en cuclillas y le toca los pies. Es un ritual. Una costumbre. En el sur es la manera de saludar a los mayores de la familia. También lo hacen las parejas prometidas la primera vez que se ven como prometidos —además de descubrirse los rostros cubiertos por velos—. Las manos de su padre se colocan en sus hombros y entonces el vuelve a ponerse en pie.

Eijiro, todavía detrás de él, observa con el ceño fruncido sin decir nada.

—¿A qué debo tu visita? —pregunta el rey.

—Quiero ver a mi madre —responde Izuku—, Su Majestad —añade.

—Más tarde —replica su padre, haciendo un gesto con la mano—. La reina debe descansar. Y debemos discutir muchas cosas sobre el norte, Izuku. Se acerca la cena. Espero tu presencia. —«No es opcional», dicen sus ojos—. Igualmente a tu… acompañante.

—Eijiro Kirishima —dice Izuku.

—¿Sin título…?

—No los usamos en el norte —replica el dragón. Son las primeras palabras que le dirige al rey, que apenas si le dirige una mirada que se detiene en sus cuernos un momento y nada más.

—Bien —dice el rey, clavando de nuevos sus ojos en Izuku. Son cafés, casi negros—. Hablaremos entonces, Izuku. Te dará gusto saber que miembros de otras cortes han sido invitados al baile del equinoccio.

Algo está mal. Izuku no sabe exactamente qué.


—¿Y ahora? —pregunta Eijiro, cuando están de nuevo entre los patios y las fuentes.

Camina a un lado de Izuku y el príncipe no puede evitar notar las miradas curiosas de los guardias. Asumen que Eijiro no es su igual y piensan que debería ir un paso atrás, supone. Pero en el norte son todos iguales e Izuku no quiere volver a someterse a las costumbres del sur que no le permiten respirar.

—Vamos a mis viejos aposentos —dice Izuku—. Tú tienes que descansar. Yo podría cambiarme. —Suspira—. No confío en mi padre, pero si no quiere que moleste a la reina y ella está enferma…, no podré hacerlo hasta que hablemos.

—¿Puede impedirlo?

—Usualmente no, pero ella está enferma. —Refugiarse en su madre siempre fue una de sus maneras favoritas para rebelarse contra su padre—. Tendrá guardias asegurándose de que sólo Chiyo, la Sanadora Real y sus discípulos entran a verla. Puede hacerlo. Puede evitar que… —Izuku aprieta los puños—. Vamos a mis aposentos. Puedo mostrarte partes del palacio antes de la cena oficial. Quiero buscar al comandante de mi guardia…

—¿Tenías una guardia? ¿Guardia personal?

Izuku asiente.

Eijiro abre mucho los ojos.

—Qué raro es el sur —deja caer, echando los brazos para atrás y agarrándose las manos a la espalda—. Unos humanos son más importantes que otros.

—Vamos —dice Izuku—. Puedo contarte también sobre todas las cosas raras del sur. Puedes descansar en el antiguo cuarto de Tsuyu y Ochako.


Sus aposentos no difieren demasiado a los que tiene en la fortaleza de Katsuki. Hay una pequeña sala ordenada de una manera parecida a la que tiene en el norte. Hay un lugar para sus libros, que ya no se encuentran allí y una vieja mesa baja con cojines a un lado que eligió conservar allí, aunque estaba seguro de que no volvería al sur más que en visitas oficiales.

Además de eso, hay dos habitaciones conectadas. Primero se encuentra la que pertenece —pertenecía, recuerda— a Tsuyu y a Ochako y luego la suya. Donde hay una cama con dosel y un baúl lleno de las pertenencias que no se llevó. Busca entre sus atuendos viejos hasta encontrar algo que sea digno de una cena oficial. Su padre mencionó que había miembros de otras cortes. Por lo que oyó, son al menos los Yaoyorozu y los Todoroki. El príncipe heredero.

Encuentra un atuendo adecuado para el clima del otoño muy rápido. Verde del tono de sus ojos con bordados blanco perla en el cuello y en las manchas anchas, que caen hasta sus rodillas.

Sale una vez que se ha cambiado. Eijiro está sentado en uno de los cojines junto a la ventana. Los aposentos de Izuku están en un segundo piso, así que se puede ver hacia los patios.

—Necesito ayuda —admite, mostrándole el cinturón—. Ochako usualmente lo hace por mí, porque…

Siempre le queda chueco. También Tsuyu anudárselo por detrás, para que quede a la altura correcta. Eijiro se pone en pie y extiende una mano.

—Sólo dime qué hacer.

Izuku le indica como anudarlo. Después busca entre los tocados y las peinetas hasta que encuentra una con el emblema de las tres llamas de fuego y se la coloca en el cabello frente al espejo. Cuando se marchó al norte no empacó todas sus cosas. Había muchos regalos inútiles, muchas cosas que no usaba. Con el tiempo ha descubierto que la realeza tiende a acumular tantas joyas que es imposible usarlas todas.

—¿No tengo que ponerme nada para la cena o…? —pregunta Eijiro. Su voz se corta e Izuku puede sentir el nerviosismo.

—No es necesario.

Lleva una capa roja, parecida a la de Katsuki, pero sin tantas pieles a la altura del cuello. El pecho descubierto, con algunas vetas de escamas rojas, pantalones negros, mucho más ajustados que los que se usan en el sur y botas de piel, comunes en el norte.

—Supongo que te mirarán por curiosidad, pero… Sólo quédate a mi lado —insiste Izuku. Tiene ese presentimiento de que estarán mejor si se mantiene el uno al lado del otro.

Eijiro asiente.

—¿Y bien? ¿Ahora a dónde vamos?

—No tenemos demasiado tiempo. —Izuku echa un vistazo por la ventana—. El sol no tarda en ponerse. Vamos al cuartel. Quiero hablar con el comandante Iida.

—¿De tu guardia?

Izuku asiente. Tenya Iida siempre había estado a su lado, desde que tuvo una guardia personal propia. Al principio Inko intentó que se marchara al norte con él, pero Katsuki puso una cláusula en el acuerdo que lo impedía. No le importaba con cuántas personas llegara Izuku a la corte, siempre y cuando no fueran soldados. No quería arriesgarse a una emboscada o un intento de asesinato dentro de su propio palacio. Izuku no piensa en eso, porque siempre le pareció razonable.

—Hay un pequeño lago —dice Izuku—, dentro de los terrenos del palacio. Está cerca del cuartel; te lo enseñaré.

Eijiro se apresura a seguirlo.


—¡Su Alteza! ¡No debería estar…! —Un guardia intenta detenerlo, pero Izuku apenas si le dirige una mirada. Todos a su alrededor bajan la cabeza.

—Quiero hablar con el comandante Iida. Tenya Iida —aclara, aunque no tiene necesidad de hacerlo. Tensei ya no pertenece al ejército.

El guardia asiente.

—Le diré que salga.

Izuku asiente.

Se queda esperando fuera, con Eijiro.

—¿No te asfixia? —pregunta el dragón.

—¿Qué? —pregunta Izuku.

—Toda la… ceremonia. «Su Alteza» por todos lados y… Nadie te ha dicho así en el norte. Sólo Katsuki. Una vez. Todo este… protocolo. —Eijiro sacude la cabeza—. Los dragones son mucho más simples. Y el norte también.

—Antes lo veía normal.

—¿Y ahora? —insiste Eijiro.

—Entiendo que es asfixiante —suspira—. En el norte es todo más directo, da menos vueltas.

Se quedan callados hasta que sale el comandante Iida. Si es que todavía es comandante, piensa Izuku entonces. Puede haber subido de puesto después de que él se marchó. Sale con una parte de la armadura puesta. Al frente lleva, como el resto de los guardias, el emblema de los Midoriya, en rojo.

—Su Alteza —saluda. Inclina la cabeza y luego alza la mirada, sonriente. Es la primera vez que alguien lo saluda sin tanta rigidez, aun cuando todavía usa el título.

—Tenya —dice Izuku—. Estoy de vuelta. Sólo de visita. Vine a ver a mi madre. —Sonríe—. Me enteré que… no está muy bien de salud. —El comandante asiente, aunque frunce el ceño e Izuku no sabe por qué.

—Las noticias corren rápido, Su Alteza —responde Tenya—. Ya sabía de su llegada.

—¿Caminas conmigo? —pregunta Izuku.

—Por supuesto, Su Alteza.

—Él es Eijiro. Eijiro Kirishima —presenta al dragón. Da unos cuantos pasos, alejándose de dónde los puedan oír en el cuartel—. Tengo que asistir a la cena de esta noche con mi padre… —Vuelve la vista otra vez el horizonte. No tiene mucho tiempo para hacer las preguntas que tiene en la punta de la lengua. El sol está bajando—. Hay miembros de otras cortes…

—Sí, Su Alteza —responde Tenya—. La Princesa General, la hija mejor de los Yaoyorozu. El Príncipe Shouto Todoroki, viene acompañado de un miembro del consejo de su padre. Invitaron también al resto de las cortes. Pero no todas han respondido. Esperan a un enviado de Ketsubutsu. Rani Emi Fukukado respondió que no vendría ella personalmente. Lo que es la verdadera noticia es que la Emperatriz Miruko, Rumi Usagiyama, vendrá desde Shiketsu…

Izuku abre mucho los ojos.

—¿Sabes por qué mi padre está juntando a tantas personas aquí? —Se lleva la mano a la barbilla y se distrae un momento—. Sólo hace eso cuando está planeando invasiones y…

—No, Su Alteza —responde Tenya—. Las reuniones que ha tenido con el Príncipe Shouto o con la Princesa Momo han sido todas en secreto… sólo su guardia personal puede oír. Y no dicen nada.

Izuku asiente.

—Supongo que tendré que ir a esa cena. No me permitirá ver a mi madre si no hago lo que él…

—Su Alteza —interrumpe Tenya—. Su Alteza la Reina no está aquí. —Izuku siente que se le cae todo al suelo—. Se la llevaron. Al norte. Al templo de La Madre, en Hosu. Con las Sacerdotisas. La Sanadora Real se fue con la comitiva.

Izuku palidece.

—Mi padre no mencionó…

Se le corta la voz.

—Se supone que no debía decírselo, Su Alteza —dice Tenya—. En cuanto se supo de su llegada nos prohibieron…

Izuku parpadea con fuerza.

Sale corriendo. Oye a Eijiro detrás de él. Pero no puede detenerse.


Irrumpe en el comedor cuando la mitad de los invitados ya está allí. No le importa llegar corriendo, con Eijiro pisándole los talones. Se toma un momento para recuperar el aire y luego mira directamente a su padre.

—¡Mi madre no está aquí! —espeta—. ¡No sé para qué pretendes usarme, pero esta vez no voy a permitir que…!

Su padre se pone en pie.

—¡Iré a verla!

—No. —Hisashi Midoriya camina hasta él—. No irás a verla.

Nadie más se atreve a decir nada. Los guardias tampoco se mueven. Izuku no distingue a los invitados.

—¡No puedes impedírmelo! ¡No te pertenezco!

Hisashi Midoriya lo toma con una muñeca.

—¿Cómo te entesaste? ¿Qué guardia te dijo? —pregunta.

Eijiro, detrás de él, se tensa.

—Los chismes de la corte corren. ¡¿Pensaste que no me enteraría?!

Quizá lo esté haciendo todo mal. Quizá esté dejando que la rabia lo ciegue. Pero su madre no está allí y su padre está otra vez jugando un complicado juego de estrategia en el que él no es más que una pieza.

—Viniste en un buen momento, Izuku. Honestamente, me sorprende que no hayas huido antes del norte. —El Rey Hisashi Midoriya sonríe, enseñando los dientes.

Izuku intenta soltarse.

—Déjame —espeta—. No te pertenezco, no seré parte del plan que…

—Y sin embargo, estuviste dispuesto a cumplir tu papel. Tan bien, que incluso dejaste que te trataran como quisieron en el norte. —Izuku no entiende lo que está pasando hasta que su padre alza su brazo y la manga de su atuendo cae, revelando todas las cicatrices que tiene en los brazos—. ¿Dejaste que mancharan el honor de los Midoriya para poder huir?

—¡No hui! —Izuku intenta soltarse de nuevo, pero sus brazos son débiles y no quiere lastimarlos demás—. ¡Fueron los hechiceros! ¡Los Shie Hassaikai! ¡Katsuki nunca…!

—¿Te pidió que lo defendieras? —insiste Hisashi—. ¿Tan bajo has caído que vas a defender el honor de un Rey del Norte que te metió en su cama?

—¡Katsuki no…! —No termina la frase cuando el rey vuelve a interrumpirlo.

—Es mi deber preservar el honor de los Midoriya, ¿no te parece? —pregunta.

Después todo pasa muy rápido. Eijiro debe entender lo mismo que él y asume que no hay una manera limpia de salir de allí. Hisashi está intentando culpar de algo a Katsuki, encontrar una afrenta contra el honor de los Midoriya.

Eijiro empuja al rey, que grita. El dragón extiende su mano hasta Izuku, que alcanza a oír un «¡Sújetenlo!». Al principio no entiende a quien va dirigido, pero después se da cuenta de que es a ambos. Un guardia impide que Izuku corra hacia Eijiro o que Izuku tome su espada. Y los demás se lanzan encima de Eijiro, que no puede ni transformarse ni defenderse de tantos a la vez, hasta que lo tienen en el piso.

—Es una suerte que haya pensado en lo que se necesita para neutralizar a un dragón —dice Hisashi.

—¡El norte no dañó mi honor! —espeta Izuku, aunque ya sabe desde ese momento que es inútil.

—Creí que sería necesario. —Hace un gesto con la mano y uno de los guardias saca una jeringa—. Esencia de ciruela flotante.

Eijiro busca a Izuku con la mirada. El príncipe puede ver su pánico. Intenta soltarse de nuevo, pero Eijiro niega con la cabeza.

«Ríndete», le está pidiendo. Tiene razón. No puede ganar en ese momento y se siente impotente porque le pidió a Katsuki que le enseñara a usar la espada y a defenderse adecuadamente para que esto no ocurriera, pero a la hora de la verdad no puede contra más de veinte guardias.

—Llévenlo a los calabozos —ordena—. Lleven a la bruja con él, no puede escapar.

Le inyectan la esencia a Eijiro, que cae inconsciente. Lo sacan arrastrando del comedor. Izuku tiene la cara llena de lágrimas. El kohl verde de sus ojos está corrido.

El rey vuelve hasta la cabecera de la mesa.

Hisashi Midoriya indica la silla vacía a su derecha. Y después habla con una voz gélida. Izuku siente un escalofrío.

—Siéntate. —Y añade, una vez que Izuku se sienta a su lado, mucho más bajo, para que no lo oiga nadie que no deba oírlo—. Hablaremos más tarde.


Notas de este capítulo:

1) Creo que este es el más largo hasta la fecha de todos los capítulos, pero es que tenía que cortar a ambos personajes en los puntos donde los corté para que los siguientes fluyan. Pero bueno, ustedes que se van a quejar de que un capítulo sea largo o no sea largo. Seguro lo disfrutan.

2) Hitoshi Shinsou está inspirado lejanamente en los bakenekos y los nekomatas del folclore japonés. Lejanamente, nada más. Pero la criatura como tal si se llama neko en este mundo inventando por mí y no puede esconder ninguna de las dos colas, ni los ojos ni las orejas ni las garras. También está inspirado en uno de los protagonistas de Monstress, comic de Marjorie Liu y Sana Takeda (es de Image), que es fantasía épica en un mundo muy influido por el lore asiático. Hay gatos de muchas colas, pero uno de los protagonistas tiene dos. Les contaré más cosas sobre los nekos cada que vuelva a salir Hitoshi, pero creo que ya se dieron una idea más o menos.

3) ¡Más referencias! Lo de tocarle los pies o inclinarse para tocarle los pies a alguien es muy común en la cultura hindú. Me enseñaron a hacerlo allá cuando fui con una familia. Y si recuerdan, Izuku intentó hacerlo la primera vez que vio a Katsuki, en el capítulo I. Y luego olvidamos eso porque el norte no es de tanto protocolo, pero el sur sí. El título Rani de Emi Fukukado es también inspirado de la India. Ketsubutsu es el reino «diferente» a los demás, ya verán. (Lo demás son seis, más las Tierras Malditas, junto a Ketsubutsu, quedan siete).

4) Introduje a los malditos y les juro que si me dejan escrito otras mil palabras del tema, pero no quiero parecer una pesada y sólo lo moví de capítulo (no, no lo eliminé, si pienso algo de worldbuilding es porque es relevante específicamente para la trama). Y antes de que me extienda tanto en las notas como en el capítulo, nos vemos.


Andrea Poulain