Capítulo XII.
Mundo onírico


I.


La cena transcurre igualmente que como lo hacen las pesadillas. Todos hablan, pero Izuku se encuentra demasiado distraído como para poner atención. A su izquierda se encuentra su padre, al que intenta ignorar lo más posible. Su mente sólo está haciendo un plan para escapar de las garras de Hisashi Midoriya, liberar a Eijiro e ir a ver a su madre. Aunque quizá, si planea culpar al norte de una deshonra sobre él, le vendría bien enterarse de sus planes.

Quizá ese fue el plan todo el tiempo.

Alejarlo del palacio para poder planear la destrucción del norte. No deja de darle vueltas.

A su derecha se encuentra el príncipe Shouto Todoroki. Es el heredero —y también el hijo menor del Rey Enji Todoroki—. Izuku lo reconocería en cualquier parte. Tiene el cabello de dos colores y una quemada en el ojo izquierdo que nadie sabe cómo se hizo porque el príncipe no habla de ello. Izuku sabe que es un mago, también. Lo ha visto controlar el hielo igual que Denki controla los rayos.

Izuku lo descubre mirándolo de reojo un par de veces, pero nunca intenta iniciar conversación con él. Parece incómodo, pero no dice nada.

Frente a él está la princesa Momo Yaoyorozu, con el mismo vestido que la vio antes. A su lado, está el tipo de la capa que Izuku vio antes. Por fin puede verle el rostro: es de un cuervo.

«Un Maldito», piensa.

Hay demasiados humanos así, a los que la magia afecto tras la explosión de magia en las Tierras Malditas. Nadie habla de eso, sin embargo.

La cena pasa e Izuku es incapaz de decir ni una palabra.

Todos los invitados se retiran. Izuku ni siquiera les pone atención. Su padre se pone en pie.

—Acompáñame a mi estudio. —Izuku sopesa para sus adentros la posibilidad de negarse. Quiere hacerlo. No quiere seguir siendo una pieza en las estrategias de su padre. Creyó que el norte le daría esa libertad, allá donde ya no pudiera amenazarlo con apartar a su madre o hacerle daño, ese punto que Izuku siempre ha temido más que cualquier otra cosa. Sin embargo, tampoco quiere hacerse las cosas más difíciles para sí mismo. Necesita libertad de movimiento para salvar a Eijiro, necesita entender los planes de su padre. Esa podría ser la mejor manera—. A menos de que quieras que uno de los guardias te arrastre hasta allá —amenaza Hisashi Midoriya.

Lo peor sobre la guardia privada de su padre es que casi todos han visto ese trato y ninguno nunca ha dicho nada.

Izuku traga saliva.

—Iré —dice, secamente.

No llora. Lo sigue. Está armando un plan en su cabeza. Los guardias —mientras no sean cercanos a su padre— no van a negarse si va a los calabozos. E incluso así puede usar la carta de «soy el príncipe heredero» para conseguir lo que quiere. Eso siempre ha funcionado en esa tierra. Necesita saber exactamente en dónde está Eijiro y cómo burlar la seguridad de su padre.

Puede hacerlo.

Siempre ha sido buen estratega.

Los aposentos de su padre están unos pisos por encima del salón del trono. El estudio es la primera habitación a la que entran.

—Siéntate.

La voz de su padre es fría, acostumbrada a dar órdenes.

Izuku lo ignora y se queda de pie.

—Me usaste —acusa.

—Un rey debe siempre usar todas las herramientas que están a su alcance.

—Soy tu heredero —reclama Izuku—. Me apartaste del trono.

—No estás listo para ser mi heredero. No lo estabas antes de casarte y no lo estás ahora —apunta Hisashi Midoriya. Es apenas unos centímetros más alto que Izuku y la diferencia se hace demasiado obvia cada que se acerca mientras da vueltas por la estancia—. Pero hiciste un trabajo perfecto. Con esas cicatrices, puedo vengar tu honor.

—Katsuki me salvó de los Shie Hassaikai que me causaron estas cicatrices. —Levanta un brazo.

Pero ya sabe que no tiene caso.

Su padre quiere culpar a Katsuki de algo.

—El Rey Bárbaro te exigió como pago y luego mancilló tu honor… Nadie cuestionaría que el reino de los Midoriya rompiera un tratado de paz por esa razón. Y una vez viudo, volverías a ser mi heredero. Por supuesto, con un consejo capaz, ya no tú no serás capaz de…

—¡Sabes que es mentira! ¡Sabes que fuiste tú quien exigiste que Katsuki me aceptara para dejarlo en paz! ¡Tú me trataste como un premio de guerra! ¡No el Rey Bárbaro!

—¡Cumplirás con el papel si quieres ver a tu madre y si quieres que ese dragón viva para ver el próximo amanecer!

Izuku se espera el grito pero no el impacto del dorso se la mano de su mejilla. El golpe lo hace retraerse sobre sí mismo, llevarse las manos a la cara.

Sin embargo, la amenaza no tiene efecto en él.

Está seguro de que irá a ver a su madre, de que va a liberar a Eijiro y de que volverá al norte. No está demasiado seguro sobre impedir todos los planes de su padre, pero eso puede pensarlo por el camino.

—Harás lo que se espera de ti, Izuku. Asistirás al baile del equinoccio dentro de cinco días y entonces anunciaremos el ataque al norte —espeta su padre—. Lárgate.


Le cuesta dormir sabiendo que está completamente solo. Siempre le ha ayudado saber que Ochako y Tsuyu se encontraban en la habitación contigua o, últimamente, recargarse contra el pecho de Katsuki.

«Kacchan», piensa.

Tiene que liberar a Eijiro para poder enviar un mensaje al norte. Advertirles de lo que su padre planeado hacer. Así que la mañana siguiente lo encuentra casi sin dormir, solo, con la necesidad de armar un plan. Necesita saber si tiene aliados en la corte de su padre. Primero. Necesita saber quién apoya sus planes sobre el norte. No por nada está intentando juntar bajo su techo a representantes de todos los reinos.

No tiene nada que hacer durante cinco días. Tiene tiempo.

Primer paso: ir a buscar a Tenya. Lo puede contar de su lado.

Alguien lo interrumpe en el camino.

—¡Príncipe Izuku!

No reconoce la voz hasta que se da la vuelta y el encuentra con el príncipe Shouto Todoroki detrás de él. Va acompañado de alguien más.

—Oh, príncipe Shouto.

Baja la cabeza a modo de saludo, de la misma manera que el príncipe.

—Me preguntaba —empieza el príncipe— si… podríamos caminar juntos, un momento.

Izuku no sabe a qué viene la propuesta, pero asiente. Le dirige una mirada al acompañante de Shouto. Es rubio y no lo ha visto antes. Alto, pero quizá ayude a su altura el hecho de que tiene un par de alas rojas a la espalda. Izuku frunce el ceño. Nunca ha visto a nadie con alas.

—Él es el consejero de mi padre —dice Shouto, cuando nota la mirada de Izuku—. Keigo Takami.

El consejero se inclina y allí es cuando Izuku nota los pies de animal. Algún ave.

—Sirena… —murmura.

Keigo Takami se ríe, incorporándose

—Así que sabe de dónde son mis alas.

Izuku traga saliva.

—¡No quise…! ¡Lo siento!

—Fukuoka. Las sirenas sólo existimos en Fukuoka —dice Keigo.

—Takami, déjanos solos —pide Shouto.

—Su padre me indicó que debía ser su sombra, Su Alteza. No puedo…

—Oh, de todos modos no le cuentas nada sobre todas las reglas que me salto. —Shouto ni siquiera cambia la expresión—. Desaparece un rato. Quiero hablar con el príncipe Izuku. —Hay una pausa y Keigo Takami quizá está todavía intentando encontrar algún argumento para no dejarlo solo—. A solas —enfatiza.

El consejero rueda los ojos.

—Como quiera, Su Alteza.

Da media vuelta y se aleja. La vista de Izuku todavía está clavada en sus alas. Conoce la leyenda de Fukuoka pero no sabe si toda es verdad. La historia cuenta que antes en la isla de Fukuoka —igual que en los pequeños islotes cercanos— vivían seres humanos a merced de una Señora de la Guerra especialmente cruel. De eso, hace cientos de años, cuando muchas de las dinastías que hoy rigen el sur no existían. La isla de Fukuoka es un pequeño pedazo de tierra rodeado de algunos islotes al sureste del reino de los Todoroki —que está directamente al sur de los Midoriya— que lleva siglos habitado sólo por sirenas: criaturas con alas llenas de plumas vistosas y pies de pájaro; se dice también que son criaturas exclusivamente carnívoras con un gusto por la carne humana. Cantan en las costas para atraer a los marinos, pues en sus voces está su verdadera magia.

La leyenda dice que muchos años antes, cuando todavía había humanos en Fukuoka, lso campesinos y los pescadores se unieron para derrocar a la Señora de la Guerra que los regía. Consiguieron herirla de muerte, pero la Señora de la Guerra era también una poderosa hechicera que, con sus propios huesos y su propia carne, hizo caer una poderosa maldición sobre ellos: los condenó a vagar por la tierra como criaturas aladas, ya no humanas, con pies de ave. Los condenó también a comerse a los seres humanos que tocaran sus costas —dice la historia, aunque Izuku no está tan seguro de esa parte: quizá sólo les gusta la carne humana y lo descubrieron por casualidad—. Del asunto de la voz nadie habla, pero no hay sirena que no tenga un canto hipnótico.

Cuando Keigo Takami ya está a muchos pasos de distancia, el príncipe Shouto interrumpe los pensamientos de Izuku.

—Lo siento —dice. Izuku frunce el ceño, pues no sabe por qué se está disculpando—. Ayer. Cuando… —Shouto Todoroki carraspea—. Creo que dices la verdad. Cuando aseguras que… el Rey Bárbaro no es el responsable por… —No termina y señala las cicatrices que cubren los brazos de Izuku.

—Oh, no, él no es…

«Él no me pondría un dedo encima».

Lo sabe. Lo supo quizá desde la primera vez que habló francamente con él, cuando le dijo que no iba a obligarlo a casarse con él. O todas las veces que le ha repetido que sus palabras no son órdenes y que Izuku puede hacer lo que quiera.

—Lo supuse —interrumpe Shouto—, porque el Rey lleva tiempo intentando encontrar apoyo para atacar el norte. Asegura que el Rey Bárbaro te exigió como pago.

Izuku frunce el ceño.

—Por supuesto, debí sospechar que…

Así que fue un plan perfecto: el Rey Hisashi Midoriya se quitaba de encima al heredero que no soportaba y que podría encontrar apoyo entre los consejeros para eventualmente detener la guerra y además aseguraba que planeando una invasión al norte para rescatarlo protegía el honor de su familia. Izuku se lo puso todavía más fácil llegando al palacio por su propio pie, aunque no dudaba que, usando la excusa de su madre enferma —o cualquier otra, realmente no importaba— lo atrajera hasta la capital para llevar a cabo su plan. Las cicatrices de los brazos hacen además que el plan sea prácticamente infalible.

Suspira.

¿Puede confiar en Shouto Todoroki?

—El Rey Bárbaro no me exigió como pago.

No dice que no están casados. Tanto para el sur como para el norte el matrimonio es un enlace sagrado —aunque lo sea por distintitos motivos: en el norte Katsuki y todos a su alrededor han dejado muy claro que sólo se casan por amor y en el sur, para los nobles, la sangre y el deber entren primero—; no quiere arriesgarse a que su padre la tenga mucho más fácil para atacar al norte y que por accidente descubra que el tratado de paz ni siquiera se llevó a cabo completamente.

Izuku sabe lo que Katsuki arriesga al seguir dejando ese cabo suelto, aunque estén juntos.

Pero no importa, puede mentir un poco.

—¿Entonces…? —Shouto Todoroki alza una ceja, inquisitiva.

—Mi padre insistió —dice Izuku.

—¿Te lo dijo el Rey Bárbaro? —El otro príncipe frunce el ceño. Quizá duda.

Izuku se pone a la defensiva.

—No tiene motivos para mentirme.

Quizá el tono más fuerte de su voz es innecesario o la fiereza con la que lo dice. Shouto lo mira un momento, quizá intentando descifrarlo.

—Tu padre se parece al mío —dice un momento después—. Eres sólo una pieza en un tablero y no sabes qué partida se está jugando, ¿no? —pregunta e Izuku asiente—. Y quieres al Rey Bárbaro. —Esa ya no es una pregunta, sino que es una afirmación; Izuku asiente de igual manera—. Los reyes siempre son peligrosos, príncipe.

—¿Esa es una advertencia? —pregunta Izuku, que no sabe a que se refiere.

—Más bien una observación.

Izuku asiente. Caminan un poco más por los patios, alejándose de los lugares en los que se arremolina la gente. El príncipe se toma el tiempo para mirar a Shouto.

No es la primera vez que se ven o se saludan, pero sí la primera vez que uno se acerca al otro de manera voluntaria. Shouto viste de azul: son los colores Todoroki. Las mangas anchas de su chaqueta que cae en cuatro tiras hasta sus rodillas, ajustada con un cinturón, están bordadas con copos de nieve de hilo plateado. También lo está el cuello y el cinturón. Los pantalones son blancos, claros, como el color de la nieve. El cabello largo le cae por detrás, un flequillo en desorden corona su frente. Sólo se ha recogido una parte que forma un chongo en lo alto de su cabeza y que corona con una peineta de plata que tiene también el emblema de su dinastía: el copo de nieve.

—¿Conoces la historia de mi reino? —pregunta Shouto—. La de mi padre.

—La heredera era tu madre —murmura Izuku—. Tuve que estudiar genealogía. Mis maestros me enseñaron. Los emblemas, los lemas. Los de las dinastías gobernantes y del resto de los nobles. Recuerdo su nombre: la única hija de los reyes Todoroki. Rei Todoroki.

Siente que habla de más cuando Shouto desvía la mirada.

—Nuestras reglas de sucesión no impide que una mujer gobierne —dice Shouto—. Y sin embargo…

—Los Todoroki nunca habían tenido una reina. No una… heredera… —dice Izuku, recordando el patrón de la dinastía, desde sus inicios. Era la única, de entre todos los reinos, que tenía esa particularidad.

—Mi padre era hijo de los marqueses del sur —dice Todoroki—. Quería ser rey, pero no había nacido heredero. Pequeño problema, en tierras como estas.

Shouto se encoge de hombros. Izuku puede concluir por él el resto de la historia: matrimonio arreglado. Enji Todoroki adoptó el apellido de su esposa, fueron coronados reyes. Y luego ella se volvió loca.

Nadie sabe los detalles, pero todos entre los nobles del sur saben que ocurrió.

—Mi padre no dudará en atacar el norte si gana algo con ello, príncipe Izuku —dice Shouto—. Se supone que soy su enviado y que Takami tiene que vigilar que haga lo que se me ordenó. —Hay otra pausa. Shouto Todoroki habla con voz grave y deliberada—. Yo prefiero que no ataquemos. La guerra no ayuda con la prosperidad.

Izuku alza una ceja.

—¿Tienes un plan?

—No exactamente, pero tú tienes cara de tener uno. —Shouto sonríe—. Y la Princesa Momo también está dispuesta a ayudar. Escucha su historia. Come con nosotros —pide Shouto—. En mis aposentos. Me encargaré de que sea privado.

Izuku asiente. Sonríe. Un aliado es mejor que cero en ese momento. Especialmente si el aliado es heredero de la corona de los Todoroki.


Acude a comer. A Shouto y al consejero de su corte les asignaron aposentos en la parte oeste del palacio y, por lo que sabe, Momo Yaoyorozu está en el mismo sitio, en el piso de arriba. Son habitaciones de puertas corredizas divididas de la misma manera en que lo están los aposentos de Izuku: una pequeña salita o estudio y luego dos o tres recámaras pegadas unas con otras.

La princesa lleva el cabello largo recogido en la parte de atrás de la cabeza. Izuku no se había fijado antes, pero la cinta con la que lo ata tiene un cuervo de obsidiana. A su lado, está el hombre de la cabeza de pájara. Un cuervo.

—Fumikage Tokoyami —presenta Momo—. Hechicero de la corte.

No es un hechicero, no exactamente. Todos los presentes lo saben, pero nadie dice nada. La palabra «maldito» no se pronuncia a la ligera en el sur. Y no sólo afectó en las Tierras Malditas, allí donde había florecido el reino de los Shirakumo. Las fronteras también se vieron afectadas —gran parte de la frontera oeste de los Yaoyorozu choca con las Tierras Malditas.

—No nos conocíamos, príncipe Izuku —dice Momo, un momento después, junta las manos frente a ella y baja la cabeza, a modo de saludo. Izuku hace lo mismo.

—Princesa —dice él—. ¿Princesa General?

Ella asiente, con una sonrisa de lado. A Izuku le parece triste porque no llega a los ojos, pero no sabe por qué.

—Princesa General. Comando el ejército de los Yaoyorozu. Por ahora.

—¿Por ahora…?

—Mis padres pretenden que me case con Shouto —dice ella—. Enji Todoroki ansía mi capacidad para la estrategia militad. Podría hacerme general de sus tropas. No. No podría… —corrige, apartándose el fleco de la cara—. Lo hará. Si nos casamos.

—¿No sería eso peligroso para tu reino, pregunta Izuku?

—Tiene dos hermanas —dice Shouto.

Eso no explica nada para Izuku, que solo alza una ceja, esperando algo más detallado. Sabe que, por alguna razón, las Reinas Yaoyorozu siempre han tenido hijas y siempre han sido hijas las que han heredado sus tronos. Sus maridos suelen ser sólo príncipes consortes.

—Mi hermana mayor heredará el trono. La siguiente pretende convertirse en sacerdotisa —explica Momo—. Mi madre no lo encuentra adecuado. Cree que es un desperdicio de intelecto. Si yo no estoy puede obligarla a convertirse en la General. El deber está por sobre todas las cosas.

Izuku entiende eso.

Siempre, por encima de todo: el deber. La cicatriz del atizador de la chimenea en su pecho lo prueba. «Harás lo que se espera de ti». Ni siquiera cuando se creyó libre, en el norte, entre los brazos de Katsuki, lo era realmente.

—No queremos casarnos.

—Y yo, además de todo, no quiero ser general. Tengo un plan con mi hermana. Vamos a huir.

—¿Ella está…?

—¡Oh, no! —Momo adivina el final de su pregunta—. Ella se quedó en casa. Pero hicimos un plan. Huir ambas, la noche del equinoccio. Alguien asumirá el cargo de general. Hay gente que es capaz… —Momo suspira—. Sólo lo tomé para dejarle el camino libre a mi hermana. Pero ahora los astrónomos dicen que se acerca una guerra.

Los Yaoyorozu siempre han tenido influencia del peste, allí donde se extienden los valles de Naruhata, allí donde no gobiernan reyes, sino los Grandes Astrónomos, que no siguen la religión de La Madre —mayoritaria en todos los reinos del sur, pues es la religión de todas las dinastías—, sino que siguen una rama de la religión más antigua: aseguran que los dioses antiguos —los Sin Cara, como los conocen los bárbaros—, se comunican a través de las estrellas y depositan en ellas toda su veneración. Izuku sabe que hay observatorios en los reinos más al oeste, en sus provincias más alejadas, pero no los conoce.

Después de vivir en el norte unos meses, puede decir que tiene curiosidad.

—Yo no quiero pelear una guerra por alguien más —dice Momo—; para alguien más —se corrige un momento después—. Pelear no me importa. Pero prefiero no hacerlo. Al final mantener la paz cuesta mucho más que sacar la espada.

Hay una pausa.

—Mi hermana huirá la noche del equinoccio, durante las celebraciones, hacia el templo del norte, en el reino de los Kamihara. Es el templo más antiguo de La Madre y es territorio neutral —explica Momo—. Shouto y yo estábamos planeando una huida la misma noche; sólo para mí, por supuesto. Hacia el norte. Por lo pronto. En un principio planeaba dirigirle a Lemillion o alguna de las otras ciudades libres.

Ah, las ciudades heladas, piensa Izuku. Se sabe tan poco de ellas. Están allí, en el norte del norte, más allá del mundo conocido. A veces llegan mercaderes, pero nada más. Hablan una lengua muy distinta a la lengua franca.

—Supongo —interrumpe Shouto— que la huida ahora incluye también a un dragón.


II.


No saber qué planea Hisashi Midoriya lo pone nervioso. Peor: saber que Izuku está en el sur, con Eijiro, hace que sus pensamientos no tengan ni un momento de descanso. Apenas es un día, por supuesto —y si sus cálculos están bien Izuku todavía no ha pasado ni una noche en el palacio de su padre, esa será la primera—, pero quizá, sin saber, Izuku se lanzó al vacío y Katsuki lo empujó un poco.

«Es tu madre», le dijo un montón de veces, hasta que estuvo seguro de ir.

Se lo dijo porque pensó mil veces en lo que haría para ver de nuevo a Mitsuki para pedirle ayuda.

Todo ese tiempo que estuvo pensando que quería alejarse de ella y de su influencia, que tuvo que escuchar que Mitsuki sólo quería lo mejor para él, ahora le pesa. Porque sabe que las palabras de su padre tenían razón. «Tu madre y tú son parecidos», solía decir, «en todo, Katsuki. A veces no sabe cómo hablarte».

Antes de su muerte Mitsuki una vez le dijo que lo sentía. Fue extraño. No estaba acostumbrado a hablar así con ella y, cuando la oyó, no estuvo seguro de que quisiera hablar así con ella. «A veces pienso que debí ser más dura, Katsuki», dijo y él frunció el ceño. «Siempre lo tuviste todo. Todos tus deseos. Todas las sonrisas y los "bien hecho" y los halagos». Hizo una pausa. Él no tuvo fuerza para gritarle que en realidad sí había sido dura. No siempre, pero lo había sido. «Y otras veces pienso que lo fui demasiado». Aquellas palabras fueron inesperadas. Katsuki recuerda alzar la cabeza y verla como si no supiera que estaba viendo. «Dijiste que querías ser rey y agarraste una espada, Katsuki. No sabía qué hacer. Sólo pensé que debías ser un rey que entendiera al norte y no fuera como todos los reyes que tuvimos. Uno como Toshinori Yagi». Hubo más silencio. A veces Katsuki se sorprende intentando recordar el tacto de su madre y otras su mirada. Algunas veces falla con su tono de voz. Pero sus palabras las tiene grabadas dentro. «Pensé que debías entender que la guerra no era nuestro fin, porque amabas pelear. Necesitabas entender que peleábamos para salvarnos y para vivir en paz». Katsuki, por más que intenta en ese momento, dando vueltas en la cama, no recuerda exactamente la sensación de la mano de su madre enredada en su cabello, pero sabe que en ese momento hizo ese gesto. «Así que quizá fui demasiado dura entonces».

Katsuki no recuerda lo que contestó. Una tontería, probablemente, porque esa no era la Mitsuki que conocía. La Mitsuki que conocía no era delicada: lo había enseñado a usar una espada y a disparar un arco hasta que había tenido las manos llenas de cayos y luego se las había curado con delicadeza mientras contaba alguna historia.

La dualidad había estado siempre dentro de Mitsuki Bakugo y Katsuki entendía eso.

Su padre tenía razón. Eran demasiado parecidos.

«No sé qué hacer», piensa de nuevo. Da la enésima vuelta sobre la cama. Quizá su madre sabría. «E Izuku está en la guarida de los leones». Se consuela pensando que al menos Eijiro está con él y que Izuku no es débil. El príncipe del sur sabe moverse en su territorio, lo conoce. No lo va a tomar por sorpresa.

Así es como se queda dormido.

—Katsuki.

Conoce esa voz. Suena más dulce de lo que espera, pero la conoce.

—Katsuki. Abre los ojos.

Está dormido, sabe que está dormido. No puede abrir los ojos si está dormido.

—Katsuki.

Y entonces, los abre.

Ya no está en su palacio, ni en su cama, ni en ningún lugar que conozca. Katsuki no suele recordar lo que sueña, mucho menos ser consciente de que lo hace.

Mira alrededor primero. Todo es demasiado blanco, excepto por las columnas, talladas en jade. Verde, como el color del cabello de Izuku y el color de sus ojos. El jade le vendría bien, piensa Katsuki entonces. No sé dio cuenta nunca antes porque estaba demasiado perdido en sus ojos intentando no ahogarse en ellos.

Los grabados en las columnas de jade muestran patrones que no entiende al principio, hasta que se acerca. Puede ver el cráneo del venado que usa como corona, con los cuernos llenos de hojas de las que brotan enredaderas.

—Es una cosa interesante —dice esa voz que conoce, otra vez—. Tu cabeza.

No es la lengua franca, comprende. Es la lengua de su infancia, en la que le habló su madre todo el tiempo. Ese dialecto variante de la lengua franca en el que las palabras salían golpeadas y se estrellaban con fuerza en el piso y en el que Katsuki aprendió a reconocer el cariño de su madre. Rudo, diferente, quizá demasiado fuerte, quizá demasiado exigente.

—¿Qué…?

Se da la vuelta. Y entonces la ve en todo su esplendor. Tiene el cabello rubio un poco más largo que él de él, pero los picos son los mismos. Los ojos rojos también son iguales. La capa roja, tan parecida a la que le hizo a Katsuki, que el Rey Bárbaro no ha cambiado desde el día del ataque, con todo y los jirones de la parte de abajo es la misma con la que recuerda a su madre. Pantalones claros y botas de pieles, para protegerse del frío y del clima inclemente del norte. Tatuajes en los brazos y un pedazo de tela con el que se cubre el pecho pintado con patrones que se parecen tanto a los de sus mangas naranjas. Ella está allí, tal y como la recuerda.

Podría haber sido la Reina en el norte, si lo hubiera querido, pero volcó toda su fuerza y su amor en traerlo al mundo y formar una familia con Masaru.

Lo endiente ahora. Se requiere valentía para entregarse al amor en tiempos de guerra.

—Hola, Katsuki.

—No eres real —acusa él.

Mitsuki Bakugo está frente a él y no puede ser real. Es imposible. Es un poco más alto él, pero siempre se ha sentido más pequeño cuando se trata de su madre. La observa poco a poco, intentando mantener la calma. Es un sueño, se recuerda.

No es la primera vez que los ve en sueños, supone.

Mucho tiempo soñó con su muerte, hasta que le rogó a Mina que le hiciera una pócima para ahuyentar a las pesadillas y ella se la hizo y dibujó un embrujó en el suelo de su habitación para alejarlas. El embrujo se fue desvaneciendo con el tiempo y la pócima dejó de ser necesaria después de un tiempo, pero Katsuki siempre teme revivir el momento más bajo de su vida.

—En el mundo onírico, ¿quién puede decidir qué es real o que no? —Mitsuki ladea la cabeza, sonríe. Las palabras se estrellan en el suelo. Su dialecto siempre ha alargado más los sonidos duros, fuertes, los ha metido entre las palabras.

Katsuki lleva años sin oírlo en otro lugar que no sea su cabeza y allí, está, de nuevo, otra vez dentro de sí mismo, escuchándolo, porque ese es el dialecto en la que sueña y en la que se maravilla y es en que el que llora de pura rabia, de ira.

—¡No res real! —repite Katsuki, alzando la voz.

Parece real, decirlo y no decirlo en la lengua franca. Que salga de su boca en ese dialecto variante de la lengua que usó tanto tiempo para moverse alrededor de sus padres, para hablar con ellos cuando no había nadie más presente que no fuera a entenderlos. Ese que ahora le recuerda siempre a sus padres y los trae a su memoria.

—Mira a tu alrededor… —En las columnas sólo puede ver el cráneo de ciervo con hojas en los cuernos. Se pierde en las enredaderas—. Curiosa la decoración que escogiste.

—¡Yo no…!

—Son tus sueños, Katsuki —dice ella. Usa una voz un poco más dura, más fría. Una voz que a Katsuki le recuerda más a Mitsuki Bakugo—. Dijiste que no sabías qué hacer.

Katsuki da un par de pasos para atrás. Suenan mucho más de lo que deberían en el suelo frío y la temperatura es lo que le dice que está descalzo. No tiene sus botas. Baja la vista al suelo y el mármol blanco es quien lo saluda. Verde y blanco. Si hubiera tan sólo una pista de dorado o de amarillo ocre, piensa; son los colores de Izuku. Los asocia con su presencia, tan dispuesta a ser vulnerable; con su mirada, tras la que se esconde una fuerza infinita; con su cabello, ese lugar al que le gustaría acudir para encontrar consuelo.

El dorado aparece. Un momento no está y al siguiente parpadeo aparece, en la base de las columnas. Por lo demás la estancia donde se encuentra está vacía.

—No entiendo…

—Los sueños son poderosos, Katsuki. ¿O se te ha olvidado? —Mitsuki chasquea la lengua y Katsuki puede sentir su decepción en la piel.

«No», se dice, «es sólo tu imaginación, no es nada».

—¿Lo soy?

—¡No deberías poder oír lo que pienso! —explota Katsuki.

—Lo onírico nunca sigue las mismas reglas que el mundo real, niño. Y te haría bien recordarlo. —La mano de Mitsuki aterriza en su nuca. Bueno, al menos no ha olvidado como se siente un zape de su madre.

Y es quizá es gesto que sigue a ese, la mano de Mitsuki en su cabeza —ese que estuvo intentando recordar antes—, revolviéndole el pelo, el que hace que se rompa un poco a pedazos.

—¿Eres tú?

«Es tu sueño, Katsuki», dice una voz en su interior.

—¿De verdad eres tú? —repite.

No creería que su voz puede sonar tan débil si no la estuviera escuchando.

—Conoces la historia de Yumeko y su mujer —dice Mitsuki.

—Me la contaste miles de veces. Tú y mi padre, me obligaron a aprenderme todas las historias que se sabían, aunque estuvieran escritas en pergaminos o en libros.

—Porque hay poder en las historias. El mundo, nuestro mundo, es magia viva, así que las historias se quedan con un poquito de esa magia. —Mitsuki se sienta en el suelo blanco y palmea a su lado—. Cuéntame la historia de Yumeko y su mujer.

Katsuki rueda los ojos.

—Yumeko fue una guerrera —dice. No sabe contar historias como las contaba su madre ni entiende todo de la emoción que les imprimía su padre. Las cuenta directo y al grano, pero conoce muchas del norte—. Estaba cansada de pelear, sin embargo, pues esa era toda su vida. —«La vida del norte, quizá», piensa Katsuki y ve a Mitsuki reprimir una sonrisa—. Deseaba dejar la espada y tener otra vida. Imploró a los dioses por otra vida y los dioses pusieron en su camino a la bruja más hermosa que Yumeko jamás había visto. Se enamoraron y la guerrera dejó su espada. Y sin embargo, su vida juntas fue corta.

—La bruja murió —interrumpe Mitsuki.

Katsuki suelta un bufido.

—Siempre me he preguntado por qué en la historia no tiene nombre.

—A veces se nos olvidan —dice Mitsuki—, algunos nombres. El tiempo los borra o los cambia. Pero las historias permanecen por toda la eternidad, Katsuki, y eso es lo que importa. Sigue.

—La bruja murió y Yumeko perdió su felicidad —sigue Katsuki—. Imploró a los dioses Sin Cara una y otra vez la oportunidad de despedirse de su amada. Se encontraba perdida en el mundo. Así que un día la bruja apareció en sus sueños.

—Entonces, ¿soy real o no?

Katsuki gruñe.

—La historia no termina ahí —se queja, evitando la pregunta de Mitsuki Bakugo—. La bruja apareció en sus sueños, pero esos no eran como los sueños usuales de Yumeko. Había algo… algo… diferente.

—La magia onírica es poderosa, Katsuki —vuelve a intervenir Mitsuki.

—La bruja le dijo adiós. Y le dijo que debería seguir. Que esperaba que su vida fuera larga y próspera. Y esas cosas cursis que papá siempre enfatizaba en las historias… —Katsuki bufa—. ¿Por qué quieres oír esa historia? Yo no le pedí a ningún dios que aparecieras en mis sueños.

«Si es que eres real».

—Los sueños son reales, Katsuki —dice Mitsuki con una sonrisa y le revuelve el cabello—. No lo olvides. ¿Quieres ayuda? Bien, ya sólo tengo un consejo: confía en ti.

Katsuki suelta un gruñido exasperado.

—¡¿Eso es todo?! ¡¿Apareces para decirme que confíe en mí?! ¡¿Ese es tu consejo de…?!

Mitsuki le pone una mano sobre la boca. Katsuki intenta seguir hablando, pero sólo salen sonidos ininteligibles y acaba rindiéndose.

—Katsuki, pon atención porque no voy a decir esto dos veces. Pon mucha atención —espeta con los ojos entornados—. Te críe. Te saqué de mis entradas sentada en cuclillas. —El Rey Bárbaro hace una mueca—. Hice que sobrevivieras todos esos años que pasaron soldados y guerreros de todas partes por la aldea. Te eduqué. Me aseguré de que estuvieras listo para ser rey, Katsuki. Te repetí miles de veces nuestras historias, nuestra tradición, me aseguré de que entendieras que pelear por pura crueldad o avaricia sólo continúa la cadena. Me aseguré de que comprendieras el honor de los guerreros, que hay honor en protegerse y en cuidar de los suyos y en matar de frente y no por la espalda. —Sus palabras se van haciendo más rápidas conforme habla—. Te hiciste rey y yo estuve detrás para que fueras el mejor rey que han tenido nunca estas tierras, ¡¿y te atreves a decirme que decirte que confíes en ti no es un buen consejo?!

—¡Eres sólo mi imaginación!

—¡¿Lo soy, Katsuki?!

Duda. Por supuesto que duda. Lo onírico es tan raro como importante.

—Confía en ti, Rey Bárbaro. Ten el honor que no tenga el enemigo, encáralo de frente. No rehúyas. Protege a los tuyos.

«Izuku…», Katsuki no se atreve a decir su nombre en ese momento. Sólo lo piensa y lo piensa en el sur. Sólo, lejos, sin manera de hablar con él o de saber en dónde está, si piensa en él, si piensa en su madre, si piensa en el norte, si ya sabe de los planes de su padre y el horror que se avecina con ellos.

—Protege a los tuyos —repite Mitsuki. Voz firme.

Y entonces lo abraza.

Mitsuki Bakugo nunca lo llenó de abrazos como de lecciones. Sin embargo, dejar que sus brazos lo envuelvan es sentirse en casa.

—No olvides quién eres.

—¿El Rey Bárbaro?

Un zape aterriza en su cabeza. Casi no lo siente.

—No, eres Katsuki Bakugo.

Entonces, despierta.


Mina lo encuentra justo después de desayunar.

—Vamos al bosque.

—No. Planeo pasar todo el día ignorando al maldito neko mientras pienso en cómo derrotar al sur.

—Tú, yo y Denki —propone Mina—. Necesito flores de fuego para una pócima y Denki es el mejor rastreándolas.

Claro, porque aparecen siempre tras las tormentas y florecen allí donde cayeron los rayos. Denki es básicamente un detector humano de esas flores.

—Mina, el consejo…

—Yo y Denki somos parte del consejo, no puedes sesionar sin nosotros. —Mina le pasa el brazo por la espalda—. Necesitas aire, Katsuki, antes de lanzarte a una guerra. Necesitas respirar. Y después planear cómo vas a derrota al sur, si eso quieres.

Gruñe.

Por supuesto, acaba en el bosque, siguiendo todas las corazonadas de Denki.


Mina tiene una canasta llena de flores de fuego antes del mediodía. Sin embargo, ninguno de los tres quiere emprender el camino de regreso todavía. Katsuki sabe que en el momento en el que ponga un pie en el palacio, tiene que pensar en eso que siempre ha definido al norte: la guerra. Y sabe que tiene que hacerlo sin Izuku a su lado, sin saber en dónde está. Ya hablaron de eso.

«No eres mi enemigo», había dicho Izuku.

Y le cree.

Pero su reino sí lo es y la única pieza que se le ocurre en ese momento que puede detener a todas las piezas que quizá ya están moviéndose, sin que nadie más lo sepa, es Izuku. Con su mirada tan profunda, que entiende cosas sobre el sacrificio que Katsuki apenas alcanza a atisbar, que es capaz de todo por la paz.

—Lo extrañas, ¿no?

Maldita sea Mina por aprender a leer todas sus expresiones.

—También estás preocupado —añade.

Katsuki aprieta los puños.

—Está bien, todos lo saben. —Por supuesto, Denki tiene que abrir la boca. Denki siempre tiene que abrir la boca—. Te lo dije, Katsuki, todos lo vimos. En todas las esquinas del palacio. Antes y después del festival.

—Oh, déjalo en paz, Denki. —Mina pone los ojos en blanco—. Katsuki es alérgico a hablar de sentimientos. No lo molestes. —Luego se vuelve hacia Katsuki y pone la mano que no lleva la cesta con las flores de fuego sobre su brazo—. Pero tiene razón, todos los vimos.

—No quiero hablar de eso, Mina.

—Oh, pero tienes que hacerlo, porque su padre puede estar planeando clavar tu cabeza en una estaca. —Mina entorna los ojos—. ¿No te lo has preguntado mil veces? ¿Por qué te envió a Izuku?

—Él dice que es porque quería deshacerse de él.

—¿Y le crees?

—Mina, tiene… —Se corta. No quiere revelar nada sobre la quemada en el pecho de Izuku—. Nada. Nada. Creo que, si lo que dice Hitoshi es verdad, el plan del Rey Hisashi Midoriya es mucho más complicado de lo que creíamos en un principio.

Katsuki aprieta los labios.

—Está bien estar preocupado, Katsuki —dice Mina—, pero Izuku es fuerte.

—Yo no dije que no.

—Pero tus ojos… —Mina suspira y aparta la mirada—. Katsuki, tus ojos no han dejado de buscarlo desde que se fue. A veces te olvidas que te conozco demasiado bien.

—¡No me dejas, maldita bruja! —Mina rueda los ojos—. Y lo sé —añade. No la mira a ella y mucho menos a Denki—. Izuku estará bien.

Lo dice acaso para creérselo.

Su mente es objetiva.

Su corazón no, pero en él laten las palabras de su madre. «Confía en ti».


Notas de este capítulo:

1) Aclaraciones: en inglés se diferencia el término siren del de mermaid. Mermaid con las criaturas con cola a las que aquí les llamé mujeres marinas. Siren, por otro lado, data de una de las primeras versiones del mito de las sirenas en la mitología griega (que a su vez seguro tuvo influencia de algún lugar, nada salió de la nada). En este, las sirenas tenían patas de pájaro y alas y atraían a los marinos a sus costas con sus voces; ese terrible destino fue causado porque se atrevieron a desafiar a las musas y a asegurar que podían cantar mejor que ellas. Se sabe que las deidades son orgullosas. Después de la larga aclaración, quiero decir que tanto siren como mermaid se traducen igual al español: sirena. Aquí las de cola de pez son mujeres marinas y gracias a ese detalle tan maravilloso que tuve a bien poner, voy a usar sirena para siren, léase, Hawks aka Keigo Takami. (La idea me llegó porque hay varios AU de él como siren, pero en específico en Fire in the Mountains). El mito del origen de las sirenas también está relacionado a otras historias populares y otras cosas que me gustan.

2) Algo que quiero hablar con Momo es de todo ese desprecio hacia las personajas femeninas guerreras que cuelgan la espada. Encuentro mucho valor en un personaje —especialmente personaja— que termina el ciclo de la pelea. Requiere mucho más valor buscar la paz que seguir peleando todo el tiempo. Sólo eso. Les seguiré hablando de ella y de Shouto en el siguiente capítulo. También de Fumikage.

3) Última nota, lo juro. Hace muchos años en un libro de cómo escribir un autor despreciaba abiertamente los sueños y lo onírico. Obviamente era un señoro que escribía realismo de ese que encaja en la cajita del mercado. Ni me acuerdo del nombre del libro y mucho menos del nombre de él. Lo que sí sé es que pasé mucho tiempo sin escribir sueños por, no sé, mensa, era adolescente. No fue hasta que me encontré con Úrsula K. LeGuin —y muchos otros escritores pero sobre todo ella— que descubrí el poder de lo onírico, sobre todo en clave de fantasía y mi venganza contra ese señor random de mi adolescencia es la escena de Katsuki y Mitsuki. Hay poder en lo onírico, no lo olviden. Aunque yo nunca me acuerde de qué soñé.

Andrea Poulain