Capítulo XIII.
El hechicero de la corte
I.
Hitoshi Shinsou, el neko, lo pone de nervios.
Los gatos no son de ningún lado y no sirven a ningún dios que no sea ellos mismos. A esas criaturas no les importan los puntos cardinales ni a geografía, ni los reyes o reinas que hay sobre la tierra. Se quedan allí donde hay comida y conveniencia. Pasa la mayor parte del día metido en la cocina con Rikido, por lo que le cuenta Hanta a Katsuki, cuando vuelve de su pequeña excursión por el bosque con Mina y Denki, intentando robarle algún conejo, una liebre o cualquier otro pedazo de carne que esté a la vista.
Katsuki lo deja estar hasta después de la comida, cuando le pide a Mina que reúna a todas las partes de consejo que estén presentes en la fortaleza.
Izuku sería una buena adición a él, pero sigue siguen el príncipe de un reino enemigo y Katsuki no quiere pensar en la cantidad de problemas que eso puede acarrear.
El resto del consejo está todo conformado por la mayoría de las personas que le ayudaron a poner paz en el territorio.
Denki, porque tiene cerebro para la historia. Recuerda acontecimientos que nadie más recuerda y puede citarlos con precisión increíble. Mina, porque al haber crecido entre los grupos de brujas del norte entiende más de conciliación que ninguno de ellos. Su maestra, Nemuri Kayama, pasó los primeros años del reinado de Katsuki en la corte, también como parte del consejo. Ahora sus visitas suelen reducirse a la fiesta del solsticio de invierno: ella y otras brujas pasan las semanas más crudas del invierno antes de marcharse, pocas semanas antes de que llegue a primavera. Hanta, porque conoce todo el terreno. Kyoka, porque es, después de él, la mejor estratega militar.
Son todos jóvenes. Las diferencias de edad entre Katsuki y el resto no pasan de los cinco años, hacia arriba o hacia abajo —siendo Kyoka la mayor entre todos—. Son todos jóvenes que anhelan la paz. Falta Eijiro, pero él nunca ha tenido una silla en esa sala. Fue una de las cosas que más le dolió a Katsuki de firmar el tratado de paz con los dragones al norte. Eijiro podía quedarse, pero ningún dragón podría nunca ser parte de su consejo. Peleó mucho tiempo por cambiar esa condición, porque sin Eijiro nunca hubiera llegado a ningún lado, pero los dragones del norte ninguna dieron su brazo a torcer.
Al final el dragón rojo dijo que estaba bien. «No importa, Katsuki, siempre puedo ayudar de otras formas».
Y así, más o menos, se habían conformado. Van y vienen. Casi nunca están todos.
Esa tarde sientan a Hitoshi Shinsou en una de las sillas vacías de la mesa del consejo. Katsuki lo mira a los ojos.
—Di todo lo que sabes sobre las Tierras Malditas —pide—. Especialmente sobre la magia que hay allí.
El gato sonríe. Enseña todos los dientes. Katsuki no confía ni un poco en las sonrisas taimadas de los nekos, pero es lo único que tienen.
El gato no tiene demasiada información, pero a Katsuki le basta con comprender que alguien alcanzó el epicentro de la explosión de magia en las Tierras Malditas. No, no alguien. Un grupo de mercenarios que conoce bien y que trabaja para el rey Hisashi Midoriya. Al menos, una batalla se acerca, si no la guerra. Esas cosas se sienten en el ambiente. Hitoshi Shinsou habla de la concentración de magia en las ruinas de la corte de las Tierras Malditas. Su capital fue una ciudad amurallada donde desde hacía siglos se había intentado contener la magia.
Katsuki sabe que eso es imposible: la magia es libre, no está hecha para ser prisionera. Es maravilla pura que corre por todas sus tierras. Asombro vuelto realidad. Las brujas saben usarla, conducirla, hablar su lenguaje. Los magos la tienen dentro: una pizca, una prueba. Los hechiceros buscan domarla, aunque la magia no se deje, aunque sea sólo un momento, para crear maravillas por ella.
¿Pero hacerla prisionera? ¿Buscar acumularla? Eso es catástrófico.
El neko, Hoitoshi Sinshou, habla sólo un poco de la ciudad amurallada de los Shirakumo. Es peligroso acercarse, dice. Pero hay mucha gente intentándolo y cree que ese grupo de mercenarios que espera un ataque lo logró.
«Apestaban a magia», dice. «Pero no magia pura. Magia desesperada o… algo así. Magia contenida demasiado tiempo, quizá».
No se puede decir que los nekos no tenga un buen olfato.
La reunión del consejo termina y la única que se queda es Mina. Maldita bruja. Siempre que deliberadamente se tarda en salir, Katsuki sabe que quiere algo.
—¿Qué quieres? —pregunta.
—¿Cómo sabes qué quiero algo? —pregunta Mina. Se hace la inocente, pero el acto no le dura demasiado.
Katsuki alza una ceja.
—¿En serio, Mina?
Ella suspira.
—Katsuki, sé que has pensado en Izuku y en todo el papel que juega —dice ella—. Pero Ochako y Tsuyu…
Ah, por supuesto. Lady Ochako y Lady Tsuyu. Katsuki sabe que acompañaron a Izuku por lealtad y poco más. Una guerra también va a afectarlas.
—No les digas —dice—. No todavía, no todos los detalles.
—¡No te atrevas a…!
—Sólo vas a dañarlas —espeta Katsuki—. Sálvales el dolor hasta que sepamos que el Rey Hisashi Midoriya está en nuestras fronteras. Hasta que esté tocando a nuestra puerta,
—Dudo que esa sea una solución productiva, Katsuki —dice Mina—. Ocultar las cosas no hace que dejen de ser verdad. —Suspira—. ¿Crees que el padre de Izuku mueva pronto sus fichas?
Katsuki se encoge de hombros.
—Si rompe él el tratado de paz, es más difícil que encuentre aliados entre el sur —dice Katsuki—. Veneran a su diosa, La Madre, y por eso tienen una extraña relación con el honor.
—No tienen…
—Exacto —termina Katsuki, interrumpiendo a Mina—. Pero fingen que les importa. Así que necesita una excusa para romper su tratado.
—La tiene en su territorio, Katsuki, ¿has pensado en eso? —Mina siempre sabe qué decir para obligarlo a ir más hondo, mucho más hondo. Para obligarlo a no ignorar todos los asuntos que no puede resolver. Es rey. Ignorar algo puede desencadenar una tragedia—. Sé sincero. ¿Has pensado que teniendo a Izuku en su territorio?
—Dijiste que era fuerte —espeta.
—¡Porque lo es, Katsuki! ¡Eso es un hecho! ¡Pero su padre puede usarlo como una pieza de batalla esté el de acuerdo o no! —dice Mina—. Y creo que se te escapa algo más. En el sur creen que los bárbaros somos criaturas sedientas de sangre, Katsuki.
—¿A dónde quieres llegar?
—Hisashi Midoriya está detrás de esto. Mande mercenarios o no, ¿no has pensado en el camino tan fácil que tiene para usar a las familias de Ochako y de Tsuyu? Son nobles menores —dice Mina. Al menos ella entiende muchas más cosas de las genealogías del sur, pasando tanto tiempo con ambas mujeres—. Los Asui y los Uraraka. Si alguien los convence de que sus hijas corren peligro, de que su honor corre peligro…
—Lo sé —reconoce Katsuki—, pero ahora no sabemos más. El Rey Hisashi Midoriya no ha roto su palabra. No sabemos qué movimiento va a hacer, fuera de que evidentemente hay un grupo de mercenarios dispuesto a atacar.
—Katsuki…, la última vez casi nos matan a todos.
Quizá esa es una exageración. Murieron algunos soldados y murieron sus padres, pero gran parte de la fortaleza se salvó. El problema es que las pérdidas no se pueden contar. Muchas, pocas, no hay diferencia.
Alza la vista y ve a Mina.
Va de morado esa vez, esta vez más fuerte y cargado. Para las brujas, ese es un color sagrado. Lleva una blusa que le deja el vientre descubierto —apenas le cubre el pecho— y tiene un par de mangas cortas, abullonadas. La tela de la falda —que Katsuki sabe que es sólo una tela muy larga, esta arreglada de manera que encuadra a sus dos piernas y parece un pantalón con las piernas muy anchas. Es sólo un efecto, al final del día, y el sobrante de la falda está colgando hacia atrás, de su hombro, arreglado en dobleces perfectos. Es raro no verla llena de velos —Katsuki está seguro de que tiene uno a juego con ese atuendo— pero como fueron al bosque más temprano, supone que prefirió no ponérselo.
La pintura sobre su piel, oscura, rosa, resalta.
Katsuki se detiene en el rostro de Mina. La mirada dura, de una bruja acostumbrada a las adversidades y a proteger todo el tiempo a los suyos. «Sé pelear», le dijo a Katsuki, cuando se unió a ellos, después de conocer a Denki. «Puedo pelear. No es difícil. Todos en el norte nacemos con la pelea en las venas». Desde el principio la había aceptado en el grupo por esa valentía y la lealtad que se adivinaba en su mirada. «Sin embargo, proteger es aún más difícil. Cuidar a todos los guerreros, estar allí para curar a los heridos… Eso es más difícil. Requiere toda tu fuerza, toda tu atención, puede drenarte entera la vida». Se lo explicó mientras le curaba heridas a Eijiro, una noche que se había negado a salir a la batalla. «Alguien tiene que estar aquí cuando vuelvan. Por esta vez, Katsuki, voy a ser yo». Desde entonces, siempre se tuvo en cuenta a todos los que se quedaban atrás.
En su rostro, se alcanza a ver más preocupación de la que nunca ha visto. Quizá es el amor que tiene por Lady Ochako y Lady Tsuyu. A Katsuki le da una vuelta el estómago. Entiende eso, pero no le gusta hablar de sentimientos. Los evita, si es necesario.
—La sinceridad no va a ayudarte ahora —dice, cuidando muy bien sus palabras. Suaviza su tono. Hace el esfuerzo por la bruja—. Al final del día, puedes decirle a Lady Ochako y a Lady Tsuyu lo que creas conveniente. Quizá serviría. Si quieren ayudarnos. Pero tampoco puedes elegir donde yacen sus lealtades. Podrías descubrir que están a la mitad de todo y que sus lealtades están atravesadas por cosas que nosotros, que nacimos en el norte y protegemos el norte y respiramos el norte no entendemos. Nuestro tratado las atravesó a la mitad.
La voz de Mina suena débil cuando interrumpe a Katsuki.
—¿Hablas de Ochako y Tsuyu o de Izuku?
Espera que su mirada sea suficiente respuesta.
«Ambos».
Que sepa con seguridad que Izuku va a volver a su lado, no impide que entienda las lealtades partidas.
—Les debo la verdad. Tanto si tenemos una batalla en puerta, como si vamos a vivir un asedio… —Mina sacude la cabeza—. Les debemos la verdad.
Más tarde se acerca al tempo de La Madre que le regaló a Izuku. No entra en un principio. Se queda justo en la entrada, afuera, todavía con las botas puestas.
—Puedes entrar, ¿sabes? —dice una voz a su espalda.
Cuando se da la vuelta, encuentra a Lady Tsuyu Asui mirándolo.
Katsuki no suele notarla, no cuando ella y Lady Ochako entran en su vida cuando Izuku está también con ellas y él es incapaz, en esos momentos, de concentrarse en cosas que no sean el príncipe. Tiene los ojos muy grandes para su rostro y siempre muy abiertos. Son muy oscuros. No siente con ellos el mismo efecto que con los de Izuku —que tiene ojos que perforan y se asoman al alma de la gente—, pero definitivamente pueden ver cosas que otros no. Tiene ese presentimiento.
—No es mi diosa —replica Katsuki.
—Izuku te lo ha dicho mil veces. La Madre cuida de todos nosotros —recita Lady Tsuyu—. ¿Qué dirías de tus dioses?
Katsuki traga saliva.
—Lo mismo.
«Pero no acudo a ellos». No demasiado, al menos. No con la misma frecuencia que lo hacía antes de la muerte de sus padres. A veces va hasta el templo y prende alguna flama, pero casi nunca pide nada. Prefiere no entregarle su destino a los dioses.
—Entonces puedes entrar, si quieres. Nana Shimura no te negará lo que le pidas —dice Tsuyu.
«Es humana», piensa Katsuki, «está muerta, quizá ni siquiera pude oírnos». Se lo dice la razón.
Pero a veces necesita creer en algo.
—¿Puedo pedir por alguien? No suelo hacer esto —reconoce.
Lady Tsuyu se quita los zapatos y los deja en la entrada. Lo adelanta.
—Ven, entonces.
Prende el incienso en lo que Katsuki se quita las botas y se acerca. También hay algunas velas frente al altar.
—Puedes dejar una ofrenda —dice Lady Tsuyu—. O no. Sólo si quieres.
Katsuki niega con la cabeza.
—Es Izuku, ¿no? —pregunta la mujer—. Mina nos contó. —El Rey Bárbaro gruñe. Sabía que la bruja iba a hacerlo—. Tenía un presentimiento. Desde que ayer preguntaste por las Tierras Malditas y dijiste que podían ser un problema. No dijiste que estaba relacionado al reino de los Midoriya, pero…
—Está —reconoce Katsuki—. Si el maldito gato dice la verdad.
—¿No le crees?
—Es una buena regla de vida no creerle a ningún gato. —Hace una pausa—. Pero este parece sincero. —Katsuki alza la vista hasta la figura de La Madre, Nana Shimura—. Y… describió a un grupo de mercenarios… No… No es la primera vez que…
Lady Tsuyu asiente. Eso corta la verborrea de Katsuki de golpe. La mujer deja el incienso sobre el altar.
—¿Hay alguna oración o…? Sé que hay una. Izuku…
—No importa si no la sabes —dice Lady Tusyu. Ella es la primera en ponerse de rodillas, frente al altar. Katsuki la imita y entonces ella habla y él sólo la escucha, porque realmente no tiene ni idea de lo que está haciendo—. «Madre de todos nosotros, cuídanos en nuestras horas más oscuras y alégrate en nuestras horas más claras».
Sólo siente que una parte del príncipe Izuku está en ese pequeño templo y quiere sentirla.
«Confía en ti». Las palabras de la Mitsuki Bakugo de su sueño se le clavan hondo. Están agarradas a su corazón. En ese momento, con una amenaza en puerta, implican también confiar en Izuku y en que estará bien en el sur.
Nunca baja la mirada de la figura de a madre.
«Cuida a Izuku», pide. Lo repite mil veces en su cabeza, como un mantra.
Lo dice porque, aunque se sabe capaz de proteger a todo ser que esté dentro de sus fronteras, pero Izuku se le escapa.
Traga saliva.
No es el único.
«Y a Eijiro».
Quién sabe si escuche. Mujer ascendida a Diosa, convertida en divinidad, usada para unificar reinos en algunos casos. No conoce toda su historia.
«Cuídalos a ambos», pide. «Están en tu lado de la frontera». Hay una pausa en sus pensamientos, en lo que los ordena. «Si es que los dioses tienen fronteras…»
Lo duda.
Se pone en pie después de un momento.
—Puedes venir siempre que quieras, Katsuki. —Esa no es la voz de Lady Tsuyu. No. Lady Ochako Uraraka está mirándolos desde la entrada. El rey se vuelve para verla. Va de rosa claro y de blanco. Su vestido empieza blanco y se difumina hasta, en la parte de abajo, llegar al rosa—. Estaba pensando. Si es que se acerca otra invasión…
—No sabemos cuándo —responde Katsuki—. Sabemos que el Rey Hisashi Midoriya quiere romper el tratado. Y ya.
Sale al pasillo y se agacha para ponerse las botas. Lady Tsuyu sale detrás de él.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Ya la hiciste —espeta Katsuki. No le gustan los rodeos.
Ochako tarda un poco en hablar. El Rey Bárbaro acaba de calzarse primero las botas que ella en hablar.
—Si la única manera de salvar a tu pueblo fuera renunciar a Izuku, ¿lo harías?
Katsuki traga saliva.
Quiere decir que no, quiere decir que pelearía por Izuku sin importar nada. Pero entre la respuesta que quiere dar y la que realmente va a salir de sus labios se le meten todas las lecciones de Mitsuki.
—No voy a dejar que usen lo que siento en mi contra.
—¿Y si lo hacen, Katsuki? —insiste Lady Ochako—. ¿Qué ocurre si lo hacen? ¿Te aferrarías a él?
«Todo lo que pudiera».
Se le queda viendo, intentando descifrar de dónde viene la pregunta. Quizá a causa de Mina. Lady Ochako la mira como si la bruja fuera una maravilla desde hace tiempo. La mira con una fuerza avasalladora, de esa que sólo las brujas tienen en su interior a fuerza de entender lo que no tiene explicación alguna: la magia. O quizá porque entienden que no necesita explicación alguna.
Si lo piensa, puede entender porque a Lady Ochako le gustan Mina y Lady Tusyu. La primera es la aventura. La segunda es estabilidad, una mano amiga.
—Katsuki… —insiste ella.
—Ochako —interviene Tsuyu—, no tienes por qué…
—Soy un Rey, Ochako —corta Katsuki—. Si dejo que usen el amor en mi contra, perdí la guerra.
—Renunciarías a Izuku.
—Salvaría a mi pueblo. —Katsuki aprieta los dientes—. Pero si crees… si cualquiera cree que voy a dejar que me pongan entre la espada y la pared… si voy a dejar que la elección de mi pueblo o Izuku si quiera sea una posibilidad… —Sacude la cabeza—. Eso no va a pasar.
—No puedes saber lo que depara el destino. ¡Nadie puede adentrarse en las nieblas del futuro! —exclama Ochako—. ¡No importa cuánto lo intenten! ¡Los astrónomos del sureste, los profetas del norte, los adivinos de más allá del sur! ¡Nadie puede adentrarse en las nieblas del futuro y volver con una respuesta! No puedes saber lo que depara el destino.
Katsuki se ríe.
—Soy el Rey Bárbaro. Soy el destino.
«Mi destino», al menos.
Ese no se lo entrega ni siquiera a los dioses Sin Cara. Sólo Katsuki puede cuidarlo.
Ochako suspira.
—Si buscas la paz, te ayudaremos. Tampoco queremos ver al sur masacrado. La gente no tiene… La gente… no… —Aprieta los labios, frustrada, quizá buscando las palabras adecuadas—. El Rey Hisashi Midoriya le pasaría encima a su propio pueblo por más poder.
Katsuki asiente.
Es el problema del sur, con sus dinastías. Demasiado protegidas. La herencia nunca asegura reyes justos. «En el norte elegimos nuestro destino», decía Mitsuki. «Es por eso que no permitimos que los reyes crueles permanezcan». Siempre que uno lograba subir al trono seguían meses de guerra civil. Así, hasta que alguien dejaba que las aldeas vivieran en paz y protegía al norte de las amenazas de sus fronteras.
En el sur, en cambio, la herencia permanece, sobre lo demás. Por eso se come a sí mismo.
Convence a Mina de que haga otra vez el hechizo sobre la fuente de los deseos. Sólo para convecerse de que algo horrible no ha ocurrido con Izuku. Mina lo intenta, pero Katsuki es incapaz de concentrarse. Está demasiado disperso. Sólo consigue unas cuantas imágenes de Izuku en los que parece estar bien, pero la imagen nunca dura mucho tiempo.
—¡Tienes que concentrarte o el hechizo no durará! —lo riñe Mina.
—¡Me estoy concentrando!
Intenta hacer aparecer a Eijiro, pero está demasiado nervioso y el agua lo ignora completamente. Mina le da un zape en la cabeza.
—¡Maldita bruja…!
—¡No me digas así, Katsuki!
—¡Soy tú rey!
—¡Y yo la bruja de tu consejo! —espeta Mina, sacándole la lengua—. Deja de desperdiciar mis hechizos.
Katsuki no sabe cómo explicarle la incertidumbre que tiene dentro, que no lo deja ni dormir. Pero por la mirada que le dirige la bruja después de soltar un suspiro, sospecha que lo entiende.
II.
—Déjenme pasar.
Entrar a la torre de los prisioneros no fue difícil. Nadie lo detuvo. Pero al último piso, allí donde está Eijiro, es más difícil. La duda se pinta en la cara de los soldados.
—Su Alteza, no podemos… —empieza uno.
—Su Majestad ordenó que…
—Déjenme pasar —vuelve a pedir Izuku. No alza la voz. No usa todos los trucos de su padre para aplastar con su poder a otros.
—Su Alteza.
—Por favor.
Los ve mirarse. No los conoce, parecen nuevos, pero ve la duda en sus miradas. Se estarán preguntando qué es lo que ocurre su desobedecen las órdenes del heredero. Si su padre hubiera puesto allí a su guardia personal a vigilar, burlar la seguridad sería mucho más difícil. Pero el Rey Hisashi Midoriya no confía en casi nadie, así que deben estar ocupados.
—Por favor —repite.
—No le diga nada a Su Majestad —dice uno de los soldados.
Izuku asiente.
Y entonces le abren la puerta. Por lo que le contó Iida después de haber pasado la comida con Shouto y Momo, Eijiro no es el único prisionero en la parte más alta de la torre.
A Izuku no le gusta mucho ese lugar.
Sus pesadillas están llenas de los cuartos oscuros, con ventanas pequeñas por las que apenas si entra el sol, llenas de barrotes para que nadie se atreva a escapar por allí. Lo están porque su padre empezó a amenazarlo con dejarlo allí una noche, para que no llorara tanto. Solo, en la oscuridad y en el piso. Nunca lo hizo, porque su madre siempre estuvo allí para evitarlo —y después porque Izuku fue lo bastante mayor como para que la amenaza ya no surtiera el efecto deseado—, pero el miedo anida hondo en los corazones.
Izuku entra. Qué ambiente desolador, piensa. Huele a tristeza y a desgracia —si es que eso puede tener olor—. También apesta a podrido.
Primero ve a una mujer cuya cabeza está llena de cabellos de verde, como del color de los arbustos. Muy rizado y trenzado en algunas partes. Tiene grilletes en los pies y en las muñecas, una falda desgarrada y un pedazo de tela que le cubre el techo. No está vestida al modo del sur. Del norte, entonces.
Y luego ve a Eijiro.
Su estado es lamentable para sólo haber pasado una noche allí. Tiene las manos y las piernas apretadas en un par de grilletes. Los tobillos y las muñecas están al rojo vivo. Los brazos están llenos de pedazos de escamas, al igual que el pecho y el rostro, sobre todo en la parte cercana a los cuernos. No tiene la tela roja que suele usar a modo de bufanda; Izuku mira alrededor y la encuentra más lejos, tirada en el suelo allí donde Eijiro no puede alcanzarla.
Respira hondo.
—Ei —llama.
La mujer alza la vista. También Eijiro.
Tiene un ojo morado. Izuku no puede mantener más tiempo la calma. Prácticamente se tropieza hacia él y apenas si puede mantener el equilibrio cuando se acerca. Se pone en cuclillas frente a Eijiro. Duda antes de tocarlo, cuando se fija en su pecho.
—Tu padre es un cabrón.
Tiene marcas de un atizador. Ninguna como la que tiene Izuku en el pecho, todas son más superficiales. Pero son más.
—Lo sé.
—Y algo imaginativo. Con un maldito…
—Lo sé —repite Izuku.
Eijiro tarda en comprender a qué se debe la calma y la resignación en su voz, pero una vez que lo hace abre mucho los ojos.
—¿Te ha…?
Izuku no responde, pero Eijiro deja a la pregunta morir en sus labios de todos modos.
—¡¿Se ha atrevido a…?!
—No…, no igual. Supongo. —Eijiro no le quita la mirada de encima e Izuku acaba por ceder y mover un poco el cuello de la chaqueta que lleva puesta, revelando la única quemada que tiene—. Sólo es esa. Para… Hum… Para que aceptara su tratado de paz.
—Casarte con Katsuki —adivina Eijiro.
Izuku asiente.
—Joder.
—¡Pero no tenemos que hablar de mí! ¡Yo estoy bien!
—¿Y tu mejilla?
—No fue nada. Ni siquiera alcanzó a marcarse bien —dice Izuku. Había intentado tapar la pequeña marca del revés que le había dado su padre con polvos, aunque ni siquiera era muy llamativa. Shouto no había comentado nada sobre ella, quizá para no incomodarlo, quizá porque realmente no la había visto. Fumikage se había quedado con la mirada fija un momento, pero tampoco había dicho nada—. Estoy bien. Mi padre está intentando alegar por mi honor. Estaré bien… —Se muerde un labio—. ¿Qué quería? Él y el atizador.
—Saber los puntos débiles de la fortaleza —dice Eijiro—. La última vez los atrapamos en uno de los primeros patios. Katsuki casi le clavó una lanza en el cuello cuando decidió implorar por su vida. —Hay una sonrisa tenue en su rostro, pero Izuku no la ve llegar a sus ojos. No está bien, aunque esté intentando fingir—. No le dije nada. Aunque sospecho que ya sabe algunas cosas.
Izuku decide entonces concentrarse en todos los asuntos urgentes. Necesita afinar un plan de huida y, aunque ya tiene uno a pedazos en su cabeza.
—Nunca había visto estos grilletes —dice.
Eijiro baja la mirada y sus ojos se quedan clavados en ellos. A Izuku le parece ver una pizca de desesperación.
—Tienen un embrujo —dice.
—¿Impiden que te transformes? —pregunta Izuku. Es lo más lógico.
Eijiro niega con la cabeza.
—No hay nada que lo impida. Que yo sepa. —Hace una pausa y alza la mirada. Izuku se detiene de seguir preguntando un momento, dándole tiempo—. En teoría podría transformarme.
—Si quieres morir… —interrumpe la otra voz.
Izuku se da la vuelta. La mujer tiene una voz dulce, baja, armoniosa. La ve entonces con atención porque alza la cabeza. Dos trenzas le cruzan la frente y sus ojos cafés están clavados en Eijiro.
—¡Tú las hiciste! ¡Te hubieras negado!
—¿Qué…? —empieza Izuku, se corta, porque se da cuenta de las orejas de la mujer. Puntiagudas, como las de Jirou—. Eres del norte.
Ella aparta la cabeza.
—Quizá. Qué importa. Nací en el norte y luego huego una guerra y nos convirtieron en el sur y luego nos rescató el norte. No después de que llegaran las misioneras, por supuesto, con sus vestidos negros y sus capas blancas… Y luego como ya no éramos el sur volvieron a atacar y… —Se encoge de hombros.
—Se llama Ibara Shiozaki —completa Kirishima—. Es de la frontera del sureste.
Las aldeas de la frontera viven en la confusión. Izuku lo sabe. A veces parte del norte y a veces parte del sur. Muchos años antes el río que divide al reino de los Midoriya de la tierra de los bárbaros tuvo sentido. Pero luego la guerra cambió todo y las fronteras empezaron a cambiar cada temporada.
—Eres una bruja —adivina Izuku.
—Sí —responde ella y por fin lo mira a él—. Esos grilletes no pueden romperse. La magia que contienen explota. Si alguien los rompe. De esa manera adivinan si…
—La obligaron —interrumpe Eijiro—. Le trajeron un montón de hierbas y polvos y… —su voz se corta, hay algo que no dice— hasta que aceptó. No se me habría ocurrido a mí. Los dragones… la magia…
—Lo sé —corta Izuku. Entorna los ojos, mira a Ibara—. ¿Puedes quitarles el embrujo?
—Necesito material.
Izuku asiente.
—Dime qué.
—¿Puedo ir con ustedes? —pregunta Ibara. Su rostro no alberga ninguna expectativa. Izuku siente que podría decir que no y lo aceptaría—. Sólo hasta un templo. Algo. Donde esconderme. En mi aldea creen que son una traidora. No quiero…
Izuku asiente.
—Hosu —le dice—. El templo de Hosu.
Ella sonríe y parece una niña.
Izuku se vuelve hasta Eijiro.
—Necesito que aguantes. Unos días más. —Parpadea con mucha fuerza para evitar llorar. Las quemadas en el pecho de Eijiro lo ponen nervioso. El dragón asiente. Lo rodea un aura derrotada—. Prometo que… Sólo hasta el equinoccio. Son pocos días.
El dragón asiente.
A Izuku le llega un recuerdo de palabras amables y brazos cálidos en su primera noche en el palacio en el norte.
—¿Puedo abrazarte? —pregunta.
Es su turno.
Eijiro asiente.
Después empiezan a llegar las comitivas. La primera es la de Ketsubutsu. No asiste la Rani Emi Fukukado, pero sí su heredero, un tal Shindo Yo que sonríe demasiado, tiene un turbante negro del que se escapan algunos rizos del mismo color. Lleva una esmeralda en el turbante.
Ketsubutsu es una provincia al noroeste. Principado, le dicen. El reino menor también es un nombre adecuado para él. También es el más nuevo y es un reino de sureños que emigraron en barcos desde el Desierto de Shiketsu años atrás. Son los únicos que no comparten religión totalmente con el resto de los reinos del área. Los maestros de Izuku solían simplificarlo diciendo que la mitad se habían convertido al culto de La Madre y que la otra mitad seguía siendo fiel a su antiguo culto y a los dioses del desierto. Especialmente el Dios Tortuga. En realidad, después de una sola mirada todos los acompañante de Shindo Yo, el Heredero, a Izuku le queda claro que es mucho más complejo. Sabe que sus tradiciones están mezcladas y que sus creencias se juntan unas con otras.
Izuku tiene que pararse al lado de su padre, con un tocado en la cabeza que tiene el emblema del reino: las tres llamas. El que usa se parece al que tiene en el norte, aunque no es igual. El Rey Hisashi Midoriya intenta obligarlo a usar los colores oficiales, pero en eso Izuku no llega a dar su brazo a torcer. Aparece de blanco y verde, con las mangas largas y anchas de la chaqueta blanca —o más bien: una tonalidad de crema— bordadas en verde. Ese no es un bordado de su madre, pero sí de alguien que pertenece a la familia de su madre: representa a un bosque.
Así recibe a Shindo Yo, que mira todo con ojos demasiado grandes y una sonrisa abierta. Va de gris —o plateado, según se mire— y el estilo es diferente al del resto de los reinos del norte: chaqueta más corta, sin los complicados y adornados cinturones que se usan en los demás reinos. Aunque los pantalones de piernas anchas se parecen en muchos casos. «Los raros», los llama su padre, cuando nadie escucha. Lleva del brazo a su prometida, una mujer rubia con el cabello recogido en dos chongos que adorna con peinetas encima de su cabeza. Va de azul claro, con un velo de tela vaporosa que la cubre de las miradas ajenas. Le da la vuelta cuando se inclina para saludar al Rey y a Izuku.
El Rey Kugo Sakamata, vecino al este de Ketsubutsu, envía sólo un mensajero. Hakamata no responde. Kamihara tampoco. Izuku ve a su padre fruncir el ceño. ¿Qué espera? ¿Qué los siete reinos se unan en su guerra contra el norte? Hace mucho tiempo que los bárbaros se pelearon por última vez con el reino de Kamihara y hace al menos una década —o más— que firmaron la paz con Hakamata. Katsuki todavía no era rey. Eso se debe a Toshinori Yagi.
Ve a la delegación de Ketsubutsu marcharse y después tiene que quedarse al lado de su padre para las audiencias. Nunca antes lo había obligado a permanecer allí, a la vista de todo el mundo, cuando pretendía esconderlo por no ser un heredero digno.
Pero ahora que sus brazos están llenos de cicatrices y que cuenta una historia, toda ficción, sobre el honor de Izuku, está dispuesto a presentarlo a su lado como su heredero. Llega un mensajero de Shiketsu, también. En la lengua franca —aunque con un acento muy cerrado y con algunas dificultades—, lee una misiva en la que la Emperatriz Miruko afirma que ha pisado las costas del Reino Midoriya y que llegara a la capital el día del equinoccio.
El Rey Hisashi Midoriya sonríe entonces.
Llega también una delegación de sacerdotisas de la madre. Piden asilo para pasar el equinoccio, antes de marcharse hasta el templo de Hosu. Vienen desde el templo de Esuha, dicen.
Izuku reconoce a una de ellas, con el cabello que le llega hasta los hombros, claro, con algunos mechones rojos. Su rostro es el mismo que el de Todoroki. «Fuyumi», asume.
Hacen una reverencia al rey y luego la mirada de la sacerdotisa Todoroki —ya no princesa, puesto que las sacerdotisas renuncian a todos sus títulos para vestir la capa de la madre, Nana Shimura— se clava en él.
—Su Majestad —dice, dirigiéndose todavía a su padre—, escuchamos la historia de Su Alteza, el príncipe Izuku.
Hisashi Midoriya alza una ceja. Eso le interesa. Que su narrativa se vuelva realidad y corra por todas las calles.
—Me gustaría hablar con él —sigue Fuyumi Todoroki.
Hisashi Midoriya acepta después de un momento, así que Izuku se marcha con las sacerdotisas. No tienen que recibir a nadie más ese día e Izuku está bastante seguro de que su padre de todos modos planeaba alejarlo de las audiencias en algún punto. Antes de que pudiera avergonzarlo o de que abriera la boca.
Cuando están fuera de la sala del trono, Izuku inclina la cabeza a modo de saludo para Fuyumi. Y también de agradecimiento.
—Gracias, sacerdotisa —dice.
Las demás se marchan. Fuyumi se despide con un gesto y sonríe.
—Sé reconocer la incomodad cuando la veo, Su Alteza —responde—. Además, Shouto me puso al tanto de algunas cosas. ¿Caminamos?
Izuku asiente y, cuando se da cuenta, se alejan del edificio principal del palacio para dirigirse hacia donde se encuentran los aposentos de Shouto.
—Las sacerdotisas y yo nos dirigimos al templo de Hosu, Su Alteza. Nos marcharemos el día siguiente al equinoccio —dice Fuyumi. Izuku asiente, haciéndola saber que la está escuchando—. Sé que usted y la princesa Momo se marcharán esa misma noche.
—Puede tutearme —murmura Izuku—. Y también planeaba… Hay una bruja. Descendiente de los Primeros Hombres.
La sacerdotisa sonríe.
—Shouto lo mencionó.
—Momo y yo llamaremos la atención y ella no tiene nada que ver en nuestra huida. Vamos a Hosu también. Pero la bruja…
Un plan empieza a formarse en su cabeza y Fuyumi lo adivina al instante.
—¿Quiere que las sacerdotisas la escondamos, Su Alteza?
—Ella quiere ir a territorio neutral. Un templo. Podría quedarse en Hosu —sugiere Izuku—. Le pregunté al antiguo comandante de mi guardia sobre ella. Mi padre apenas si se acuerda de su existencia. No es la única bruja que tiene prisionera o que trabaja para él… —Izuku siente que se le aprieta el pecho. No puede liberar a todas las personas que su padre ha arrojado en los calabozos injustamente—. Era la única que sabía tratar con dragones… —murmura saliéndose del tema. Mira a Fuyumi Todoroki y se obliga a concentrarse—. Pensé que… ustedes podrían.
Fuyumi asiente.
—Es una buena idea, Su Alteza. —Suspira—. Vamos; quiero hablar con mi hermano. Siempre es mejor si mi padre no está cerca. —Fuyumi aprovecha una pausa para ajustarse la capa roja que lleva a la espalda, por encima de su vestido negro, apenas adornado, aunque con algunos pequeños bordados en las orillas, igualmente de hilo negro con algunos detalles en gris—. Es más relajado.
Izuku traga saliva. No le gusta el Rey Enji Todoroki. Su padre y él son aliados a pesar de ser reyes que desean comerse el mundo. No duda que, si encontraran el momento adecuado, traicionarían al otro. Enji mandó una diadema de regalo cuando se enteró del compromiso, con una nota en donde sugería que era una pena que el reino de los Midoriya se quedara sin heredero.
—¿Es diferente…? No recuerdo al Rey Enji, sacerdotisa —dice Izuku—. Ha venido sólo un par de veces y…
—Me parece que se parece a su padre, Alteza —responde Fuyumi—. Prefiero encontrarme con mi familia por separado. Es lo que tiene estar tan rotos que no tenemos arreglo.
Sonríe y esa vez su sonrisa le parece triste.
—Por cierto, Su Alteza —sigue Fuyumi—. Shouto mencionó que sus cicatrices no son… Dijo que su padre había dicho que el Rey Bárbaro…
Izuku prefiere interrumpir.
—Shouto dijo la verdad, sacerdotisa. Katsuki me salvó.
Es tarde cuando sale de los aposentos de Shouto Todoroki. No podrá volver a convencer a los guardias de que lo dejen ver a Eijiro de nuevo, así que se dirige hasta sus aposentos. Está cruzando los patios cuando escucha las voces.
—Dijiste que no tendría qué preocuparme.
—Y no lo tendrás. Izuku es sólo algo temporal. —La voz de su padre—. Quedarás a cargo.
—No me aceptarán en el consejo. Ni siquiera estoy en tu consejo, Majestad…
La segunda es una voz que se arrastra. Repta entre las paredes, es baja y cuidada. Izuku se queda escondido detrás de una columna, con la pared contra el muro y casi sin respirar. ¿De quién es esa voz? Le cuesta situarla, pero no es la primera vez que la escucha.
—Es mejor así —dice su padre—. Todo será tuyo desde las sombras, no tendrás a nadie que se oponga…
—Tu hijo, Majestad…
—No se opondrá. Es miedoso, lo has visto en sus lágrimas. —Izuku aprieta los dientes. Las lágrimas no tienen nada que ver con el miedo y el miedo no es sinónimo de debilidad. Su madre solía decirlo cuando él era niño y ahora lo ha aprendido. El miedo puede hacerte pelear más fuerte, entiende, correr más rápido, ser un poco más valiente—. Además, tu poder… Podrás dominar todo lo que esté a tu alcance, Tomura.
Ah.
Por supuesto.
Lleva años sin oír esa voz, sin ver la silueta de Tomura Shigaraki. No es parte del consejo de su padre, no tiene un título nobiliario. Nadie sabe de dónde salió. Es mayor que él y su madre solía decir que ya estaba dando vueltas por el castillo, escondido entre las faldas de las damas y las piernas de los soldados, cuando ella había llegado al castillo. Después su padre lo había mandado lejos e Izuku sólo lo había visto unas cuantas veces. Cabello azul grisáceo que cada vez se había más claro. Siempre llevaba una capa negra en aquel entonces. Izuku no sabía absolutamente nada de él salvo que era protegido de su padre.
—Por supuesto, Majestad. Y sobre el otro asunto…
—Pronto, te dije que no lo retrasaría más. Ya que mi hijo volvió… Lo anunciaré el día del baile del equinoccio —sigue su padre—. Es probable que el Rey Enji Todoroki se nos una.
—¿Los Yaoyorozu?
—Dudo que la princesa de su brazo a torcer. —La palabra «princesa» es pronunciada con un desagrado tan fuerte que parece que Hisashi Midoriya la escupe.
—Qué lástima…
—De todos modos esta vez no te derrotarán, Tomura —sigue su padre—. Esta vez tendrás un ejército. Alístate. —Hay un sonido que Izuku tarda en reconocer: su padre dándole palmadas en la espalda—. El norte será nuestro. No importa lo que Izuku insista en defender al rey… —Hisashi Midoriya suspira—. No creí que se enamoraría. Incluso en eso es débil.
—Te entregaré el norte, Majestad —asegura Tomura Shigaraki.
—Por supuesto. Si alguien puede conseguir esa conquista eres tú, Tomura.
Los pasos de una persona se alejan. Los de su padre, supone Izuku. Pero los de Tomura se quedan allí.
Izuku no se atreve a respirar, porque no quiere que se dé cuenta de que estuvo oyendo. En su cabeza, todo empieza a tener sentido.
Su padre nunca le había hablado como a Tomura, con ese tono más cercano, más amable, aunque aun así duro. Su padre le habría dicho una o dos veces con algo parecido al orgullo que heredaría su reino, pero Izuku era entonces demasiado joven para recordarlo.
Alguien olfatea el aire.
Izuku no tiene tiempo de reaccionar cuando es descubierto. Tomura Shigaraki pone una mano al lado de su cabeza y la otra en su cuello.
—Oh, príncipe, ¿disfruta hacer de espía?
Izuku le dirige una mirada que, espera, se vea agresiva, pero en realidad está asustado.
Tomura Shigaraki le saca al menos siete y ocho años. Ya no sé ve muy joven como la última vez que lo vio. Izuku está seguro de que todavía no llega a la treintena y, sin embargo, sus ojos están llenos de cicatrices, causadas quizá por rascarse tanto, fuera de una cicatriz más grande en el labio y en uno de sus ojos. Su cabello ya no tenía prácticamente ninguna veta de ese azul grisáceo, sino que ahora era completamente blanco.
—Shigaraki —dice Izuku.
No se mueve.
No quiere provocarlo.
La mano sobre la pared de Shigaraki se dirige hasta el brazo de Izuku y recorre las cicatrices que tiene.
—Oh, marcas del toque de un hechicero… —murmura.
—¿Cómo lo sabes?
—Oh, mis dedos pueden hacer lo mismo —dice Tomura—. Pero son peores. Mi magia es de las Tierras Malditas… Y puede deshacerte y…
—¿Qué quieres, Tomura? —interrumpe Izuku.
—Nada. —El hechicero sonríe—. Estaba pensando que un día vas a gobernar estas tierras y yo estaré siempre detrás de ti. Todo será mío y tú…
Izuku traga saliva. Así que ese es el plan de su padre.
—Ah, pero antes iremos al norte. —Tomura se relame los labios—. Tu padre dice que estás enamorado.
Izuku desvía la mirada. Tomura tiene ojos rojos medio oscuros y entornados parecen burlarse de él. No puede soportar esa mirada.
—Conozco a tu esposo, príncipe. Ya estuve frente a él una vez —Tomura aprieta la mano que tiene en su cuello. Son sólo cuatro dedos, no pone el quinto, pero aún así Izuku siente que no puede respirar—. Se hace el valiente pero gritó como un animal cuando puse mi mano sobre el cuello de su madre. Lo obligué a ver…
—Tú… —acusa Izuku. Katsuki le contó una vez de los mercenarios.
—Lástima que no fui yo quien se encargó de su padre, pero… —Tomura vuelve a relamerse los labios—. Mataría por volver a ver esa cara de miedo. He oído las historias, dicen que el Rey Bárbaro no conoce el miedo. Ah… Si supieran…
—No te atrevas a hacerle daño a Katsuki…
«No llores, no llores, no llores», piensa Izuku, «no frente a él, no frente a él…»
La mano de Tomura suelta su brazo y recoge una de sus lágrimas.
—Así que es cierto, ¿eh? El príncipe heredero está enamorado… —Tomura amplía su sonrisa—. Oh, no puedo esperar. Un día tu padre me dejará este reino y todo lo que conquistemos. También serás mío y disfrutaré darte órdenes, desde las sombras, sabiendo que maté a lo que amabas y…
Las lágrimas caen. Izuku no puede contenerlas.
—No puedo esperar a regalarte la cabeza del Rey Bárbaro, Alteza. Será un honor.
Notas de este capítulo:
1) Quiero explorar un poco como atraviesa la lealtad a Izuku, a Ochako y a Tsuyu según sus vínculos con el norte. Por eso la primera parte del capítulo, es algo muy complicado… Porque Hisashi Midoriya no es su pueblo pero si lo controla. Por otro lado me gustan las diferencias culturales en cuanto a religiones y el hecho de que Katsuki se acerca a la religión de Izuku cuando en realidad lo está buscando a él.
2) Los reinos son siete, más las Tierras Malditas. Ketsubutsu tiene rasgos en mayor parte influidos por India —los títulos, por ejemplo: Rani es reina— y también por el mundo más árabe. Presenté a Shindo Yo porque lo necesito para un pedazo más adelante y era mejor tener dos capítulos kilométricos que uno más kilométrico.
3) Fuyumi es la otra Todoroki que saldrá en este arco y quería presentarla. Sobre todo porque aquí, igual que en el canon, es un poco el pegamento de su familia (de que que queda mucho por hablar, la historia es larga). A través de ella quiero explotar un poco más la parte religiosa de la historia.
4) Por otro lado, Shigaraki es un hechicero, tal como los Shie Hassaikai, pero cuyo poder está afectado por la magia de las Tierras Malditas. Moría por hablar de él de manera más explícita, aunque desde el principio esté en los recuerdos que Katsuki insiste en apartar de sí.
Andrea Poulain
