Capítulo XIV.
El baile del equinoccio


I.


En la capital del reino hay un templo dedicado a la madre. Está cerca del palacio, pero hay que cruzar una parte de la ciudad para llegar hasta él.

Después de terminar con el plan de escape, la mañana del baile del equinoccio, Izuku mueve todo su poder como príncipe heredero para conseguir ir al templo principal. Hay otro dentro del palacio, mucho más pequeño, al que ha estado acudiendo todos los días, pero necesita ver el otro. No sabe cuándo podrá volver al sur después de lo que planea.

No es una traición a su pueblo, se convence. La única manera que se le ocurre de conseguir la paz es cortar la amenaza de Hisashi Midoriya de raíz y en su territorio, lleno de nobles que lo apoyan por convicción, por miedo o porque les trae beneficios no va a lograrlo. No tiene nada qué ofrecer que lo mejore.

Fuyumi Todoroki es quien se ofrece a acompañarlo y él acepta. Esa vez, hacen el trayecto en palanquines.

Resulta extraño. La última vez que viajó en uno fue en el viaje al norte. No recuerda a los soldados que lo acompañaron. Todos se marcharon inmediatamente, casi, puesto que sus órdenes eran no permanecer ni un momento en la fortaleza de los bárbaros. Recuerda haber movido las cortinas durante todo el viaje para ver el exterior e ir adivinando valles, aldeas, pedazos de bosque, pero nunca el paisaje completo. Siempre hace lo mismo: dentro de la ciudad adivina casas, comercios, grandes casas donde se alojan algunos nobles, herrerías. Más lejos también algunos establos.

El palanquín es en realidad una jaula.

Un recordatorio que hay una barrera entre el mundo y él. No puede estirar su mano y tocar cualquier cosa. No puede asomarse al mundo más que a través de una ventana que le entrega una visión limitada y distorsionada. El estar de nuevo dentro de uno lo hace comprender que en el norte no los extraña en absoluto y que ser el igual del resto de los habitantes del palacio le dio más libertad de la que nunca había tenido.

No demasiada, por supuesto. La paz enjaulada no deja de serlo sólo por tener un rey enfrente que le diga que puede hacer lo que quiera. Su padre se encargó de mantenerlo así. A la distancia.

No pasa mucho tiempo cuando siente que el palanquín baja.

—Hemos llegado, Alteza —dice la voz de uno de los guardias.

Sale y el templo de la Madre le da la bienvenida.


Incluso en sus peores momentos, Nana Shimura fue un consuelo.

Cuando Kai Chisaki lo tuvo agarrado de los brazos y se los destrozó para volvérselos a ensamblar con su magia, La Madre estuvo en sus pensamientos.

Por fuera, el templo no es demasiado sorprendente. Está en lo alto de unas escaleras que hay que subir sin ayuda de ningún transporte. La idea es que tanto nobles como plebeyos lo hagan de la misma manera.

Izuku sube acompañado de Fuyumi. Los soldados le dicen que lo esperarán afuera.

Por lo demás, es una edificación con techo de pagoda, columnas en la entrada y después un pequeño patio interior con una fuente que siempre está funcionando. Magia, por supuesto. Izuku sabe que lleva funcionando siglos, desde que se construyó el templo y una sacerdotisa —de la que se ha olvidado su nombre, lamentablemente— que también era bruja hizo un encantamiento para que en la fuente nunca dejara de correr el agua. Pasando el patio está el templo. Hay una figura de Nana Shimura en piedra y un tapiz al fondo. Ilustra varias escenas de su vida.

La Madre sentada con su niño en brazos alrededor de una hoguera; la gente la escucha, atenta. La Madre huyendo de la persecución a la que la sometieron a ella y a sus seguidores los antiguos reyes del sur. La Madre abrazando a un niño de cabello negro, similar al suyo. A Izuku siempre se le aprieta el corazón con esa escena.

Fuyumi se da cuenta que está mirándola.

—Siempre me pregunto… —murmura—, sobre su familia.

—¿Nunca ha podido rastrearse…?

—Es difícil. Shimura fue un apellido común durante un tiempo. Luego desapareció —dice Fuyumi—. La Madre abandonó a su hijo para que viviera. Y por lo que sabemos, vivió. Pero también se aseguró que nadie lo encontrara jamás. Tenía un seguidor en aquel entonces… —Fuyumi señala los tapices al fondo—. Allí. Capa amarilla. Aparece seguido. Porque Nana escribió de él, en algunas de sus cartas. Pero sus cartas están todas escritas en caracteres antiguos, así que no sabíamos su nombre. Creemos que lo desciframos.

—¿En serio?

—Sí. —Y luego Fuyumi enrojece—. ¡Oh, pero me fui por la tangente! Estaba hablando de su familia…

—No, no —interrumpe Izuku—. Está bien. Me gusta escuchar historias.

—Ese hombre fue el encargado de llevar a su hijo allá a donde no le hicieran daño. No sabemos… Nadie sabe quién se encargó de él después. Pero él le hizo ese favor a Nana Shimura. —Hay algo triste en su voz—. Me gustaría saber… —Se distrae, sus ojos se dirigen hasta el techo y luego bajan de nuevo—. Creemos que se llama Sorahiko… Eso podrían significar los caracteres de su nombre. Su apellido… no sabemos.

Izuku asiente. Se sabe casi todas las historias sobre la madre. Fuyumi también, no por nada es sacerdotisa.

—Oh, pero lo estoy distrayendo, Alteza. Si iba a pedirle algo…

Izuku asiente. Se acerca hasta el altar y saca de su bolsa una pequeña vela. La prende con las demás y la deja a un lado. Después se pone de rodillas.

«Madre de todos nosotros, cuídanos en nuestras horas más oscuras y alégrate en nuestras horas más claras».

Respira hondo.

Pide por Katsuki. Por el norte. Por él. Por Eijiro. Por el viaje de vuelta.

«Cuídanos a todos».

Fuyumi le da su espacio y ella también se pone de rodillas un momento. No deja ninguna vela, ni ninguna ofrenda.

Pasan unos momentos antes de que Izuku se ponga de pie.

—Que sus oraciones se hagan realidad, Alteza. —La voz de Fuyumi es suave, agradable—. Y si no es indiscreción, si…

—Le pedí que cuide a Katsuki… —dice Izuku.

—Oh. —Hay un silencio, no demasiado largo—. Había oído… que… había amor en su matrimonio…

«No estamos casados». Pero Izuku se guarda esa información. Quien sabe quién podría oírla. Pretender es mejor.

—Una siempre teme —sigue Fuyumi—. Con todos estos matrimonios arreglados…

La voz no le tiembla, pero hay un tinte inseguro que Izuku siente en lo más hondo de su ser. Está hablando de sus padres y ya no de Izuku.

—Quiero a Katsuki —dice él, sin embargo—. No sé si eso cuente para algo, pero…

Recuerda el miedo que se le clavó en los huesos cuando su padre lo mandó al norte. Las lágrimas la primera vez que oyó a Katsuki gritar y la cautela con la que se acercaron el uno al otro.

—Me alegro, Alteza —dice Fuyumi—. Yo creo que… —suspira—. A las sacerdotisas no nos está prohibido amar. El matrimonio es un mero trámite, pero… Hay ventajas. No podemos heredar tronos o…

—Lo sé.

—Cuando Touya murió pensé… —No termina. Pero Izuku sabe lo que pasa por su cabeza: pensó en su madre y en como la apartaron del trono a pesar de ser la heredera—. Alguien tenía que unir nuestros pedazos. Natsuo no iba a hacerlo y Shouto era pequeño así que… —Sonríe. A Izuku no le sorprende descubrir que la sonrisa de Fuyumi Todoroki es tan parecida a la de su madre.

—Vamos, sacerdotisa —le extiende la mano.

«Un baile nos espera».


A Izuku lo arreglan dos damas que envía su padre. Lady Kinoko. Tiene acento de norte del reino, cercano a la costa. Le dice a Izuku que es de la familia Komoki. «Somos todas mujeres y todas brujas», proclama, con una sonrisa. Acepta llamarlo Izuku en vez de «Alteza» o «Su Alteza», lo cual aligera el ambiente; también sabe mucho de plantas y le habla de hongos, especialmente, mientras intenta domar los rizos de su cabello para colocarle un tocado complicado con el emblema de las tres llamas. La otra es más callada. Lady Reiko. Hija de un noble menor que a Izuku sólo le suena como un nombre lejano, Yanagi. Tiene el cabello gris, muy claro, casi plateado y lleva una pequeña tiara que es sólo un aro sencillo. A Izuku le parece bonita, se lo dice y la ve sonrojarse ante sus palabras.

—Ey, ey, que se supone que debemos dejarte reluciente nosotras —dice Lady Kinoko. Ladea la cabeza y detiene el tocado que lleva, que parece tener forma de un hongo rojo y se sostiene en equilibrio precario sobre su cabeza—. Podría arreglarte los mechones de enfrente. ¿No te parece que tu cabello está muy largo?

Izuku asiente. Apenas si se había dado cuenta de su crecimiento. Los mechones del flequillo le tapan los ojos si no se los acomoda bien. El resto del cabello verde le cae desordenado por el cuello. Aun no alcanza a sus hombros, porque el crecimiento de nota lento en los rizos, pero definitivamente está mucho más largo que a lo que está acostumbrado. Kinoko arregla el fleco y toda la parte de enfrente con unas tijeras antes de ajustarle el tocado.

Se mira al espejo y se sorprende. Hace tiempo que no está tan arreglado. No a la manera del sur. Incluso para el festival del sol en el norte no se sintió tan adornado. O quizá sí, pero de otra manera.

Mina hizo chocar sobre su cuerpo dos culturas esa vez.

Ahora se ve al espejo y es la viva imagen de un heredero del sur.

El cinturón es verde esmeralda con bordes dorados. La parte del estómago, un poco más ancha que el resto, está bordada con hilo dorado del desierto de Shiketsu. Las tres llamas resaltan en dorado. Los bordes también tienen detalles en ese hilo, uno de los más lujosos que existen. Nada en el resto de la ropa tiene de ese hilo. Hay imitaciones que se hacen en los reinos del sur —Izuku tiene ropa que tiene bordados con esa clase de hilos—, pero pueden su brillo a los pocos años.

Izuku sólo tiene un atuendo más que su madre bordó con hilos traídos por los mercaderes de Shiketsu, en sus barcos. Uno que está al fondo de los baúles en sus aposentos en el norte. Quizá el único que puede rivalizar con lo que tiene puesto en ese momento.

(El traje que su madre bordó junto a ese que usó el día que conoció a Katsuki, el que se va a poner el día que se case).

Los bordados de las mangas anchas no son de su madre —esos los reconocería en cualquier parte; Inko Midoriya es capaz de hacer que los reveses del bordado parezcan los derechos y de esconder sus nudos para que nadie note cuál es cada lado—, pero eso no quita que sean hermosos. Levanta los brazos para que las mangas se estiren y él pueda examinarlas un poco mejor.

El bordado es un arte respetado en el sur. Su padre lo desdeña, porque el Rey Hisashi Midoriya desdeña todo lo que no le dé más poder. Podría apreciarlo sólo si lo representará a él aplastando a los demás.

Pero las manos de todos los que aprenden a bordar pueden contar historias con aguja e hilo. Las mangas de su atuendo cuentan la historia de un bosque mágico que se cree, mucho tiempo atrás, existía en las Tierras Malditas. Tanto tiempo atrás que ahora es leyenda y nadie sabe exactamente si existe. Un bosque donde se escondía un bandido con una doncella y otros secuaces —los contadores de historias y los bardos nunca se ponen de acuerdo: algunos hablan de sacerdotisas, otros de soldados, otros de ambos, aunque la esencia no cambie— que robaban los tesoros de los reyes para llevar alimento a una aldea vecina. En las mangas del atuendo de Izuku hay un bosque con sus árboles, sus cuevas y sus refugios. Supone que también existen espíritus —no puede olvidar a Tooru y a Koji—, pero están escondidos, esperando ser recordados.

Hay historias allá a donde uno mire, piensa Izuku, que siempre se pierde en ellas y tiene que volver atrás para encontrarse.

—¿Le gusta, Alteza? —pregunta Lady Kinoko

Él sonríe.

—Es hermoso.

No es un sí. Pero tampoco lo niega. No puede negar el arte cuando lo tiene enfrente. Es todo verde esmeralda con algunos bordes morados. Un bosque entero bordado en las mangas, hojas en la parte del cuello. Un detalle que dejaría sin aliento a casi cualquiera.

Lady Reiko lo dijo. El Rey Hisashi Midoriya había ordenado que lo arreglaran para que nadie pudiera quitarle los ojos de encima.

El kohl verde, como siempre, enmarca sus ojos. Los hace parecer más grandes de lo que ya son. Izuku traga saliva.

—Su Alteza…, casi es hora —dice Lady Reiko.

Izuku asiente. Hora de que comience la función. Antes del amanecer ya no estará en el castillo. Las dos damas lo dejan solo después. Izuku toma la espada que le dio Katsuki, con esmeraldas en el mango. La aferra.

Está listo.


Hay una ceremonia en el pequeño templo a la madre primero que a Izuku le pasa prácticamente de noche. El altar se llena de plantas y flores secas, para simbolizar la llegada del otoño. Hay veladoras y hay quien se acerca y se pone de rodillas frente a la figura de La Madre.

El templo del palacio es mucho más pequeño que el que está fuera de él, pero igualmente impone, por el tapiz con la figura de Nana Shimura al fondo.

Después la cena y en ella no ocurre nada relevante. Izuku no abre la boca, sentado al lado derecho de su padre.

Y luego, el baile. Hay una estancia habilitada para ello dentro del palacio, en el ala este. Una sala donde las puertas corredizas dan paso a una estancia con pisos lisos y lámparas que cuelgan de los techos con cordones.

Izuku apenas si alcanza a ver dentro cuando una mano lo retiene. Su padre. No lo suelta y el príncipe no hace ninguna mueca de dolor, aunque los dedos de su padre aprietan sobre su piel. Espera hasta que están solos, en el descanso.

—No me avergüences —advierte.

—No soñaría con hacerlo, Su Majestad —responde Izuku.

Su padre bufa. Por supuesto que puede ver debajo de la fachada de Izuku. Detrás de un intento de sonrisa de medio lado se esconde todavía inseguridad y ese miedo infantil que le tiene que probablemente nunca se vaya. Lo confirma cuando lo ve levantar la otra mano y se contrae, esperando el golpe. Nunca llega. Pero el miedo ahí está.

—Haz lo que se espera de ti —espeta su padre.

Izuku traga saliva.

—Sí, Su Majestad.


«Imagina si algún día estalla una guerra a pesar del tratado de paz. Voy a ser un traidor en alguna de las dos partes».

Las palabras que le dijo a Tsuyu tiempo atrás se le clavan hondo.

Una parte se está cumpliendo.

El Salón de las Lámparas está lleno para cuando alguien lo anuncia y, acto seguido, anuncian a su padre. El rey Midoriya va de rojo y naranja. Los colores de su reino.

(También, si lo piensa con mucha fuerza, son los colores de Katsuki y así es capaz de verlos en una luz infinitamente más amable).

Los ojos de todo el mundo se detienen ante ellos.

Izuku traga saliva. Su mirada recorre a los invitados. Es el comienzo de una nueva estación. El otoño está ante su puerta. ¿Cómo celebran en el norte? No tuvo tiempo de preguntarle a Katsuki o a Mina o a Eijiro y le gustaría saberlo.

Sus pensamientos se interrumpen cuando una mujer, distinta a todos los presentes, se aproxima.

—Emperatriz Miruko —saluda su padre. Se inclina y una de sus manos se dirige hasta la espalda de Izuku para empujarlo hacia abajo.

Izuku hace una reverencia. Se muerde la lengua, porque no necesita que alguien lo empuje.

La Emperatriz Miruko (cuyo nombre de nacimiento es Rumi Usagiyama) tiene orejas y patas de conejo. Piel oscura y cabello blanco que le cae por la espalda completamente suelto. Va vestida a la tradición de Shiketsu, supone Izuku, que sólo ha visto las pinturas en papiro o pergamino.

Una tiara dorada cruza su frente. No, más bien, piensa Izuku, es una diadema. En ella hay una piedra de luna, marcando el cuarto menguante. La historia dice que la Diosa Conejo saltó a la luna huyendo del Dios Coyote y se quedó allí. Desde entonces, los Hombres Coyote le aúllan a la luna y las Mujeres Conejo saltan más alto que nadie. Eso fue después de que la Diosa Conejo retara a una carrera a la Diosa Tortuga, recuerda Izuku, que la Diosa Tortuga ganó y se quedó con el trono del desierto. Hasta que las Mujeres Conejo exterminaron a las Mujeres Tortura causando que todos sus seguidores se abrieran camino en el mar para acabar fundando Ketsubutsu y las Mujeres Conejo se sentaran en el trono desde hacía siglos, todas con el mismo título: Emperatriz Miruko.

—Rey Hisashi Midoriya —responde ella, bajando la cabeza un momento, en señal de respeto.

Tiene una voz fuerte, acostumbrada a dar órdenes. Profunda. En ella se aprecia un acento cerrado. La lengua de Shiketsu poco tiene que ver con la lengua franca del norte. Izuku la conoce, porque sus maestros insistieron que era importante para la diplomacia. En Shiketsu las palabras son cortas y secas como el desierto. Las ideas se expresan rápido y son sonoras. Llama la atención porque a pesar de que vistos los caracteres en un papel o un pergamino parecen demasiado secos, la lengua de Shiketsu es musical por sí sola de una manera diferente a la lengua franca del norte.

—Espero que disfrute su estancia aquí —dice el Rey y extiende una mano. Izuku sabe el protocolo. El invitado de honor debe de abrir el baile, así como en el norte los bárbaros esperan que eso lo haga Katsuki—. ¿Un baile, Emperatriz?

La emperatriz lleva un vestido de lino que se frunce a cada movimiento. Moda quizá inadeacuada para el norte, que es más frío, pero no parece un lo absoluto afectada por el clima. Al menos, la parte de arriba es de lino, ajustada al cuello con un collar de metal amplio que le cubre la parte alta del pecho, lleno de joyas. Abajo lleva cuero, en tiras, ajustado a un cinturón del mismo material que la pieza del pecho, con detalles de pintura morada. Izuku supone que deben ser sus colores.

Toma la mano del rey.

—Por supuesto, Su Majestad.

La emperatriz sonríe de lado. A Izuku le agrada la sonrisa. Le recuerda a la de Katsuki. Sonrisa retadora, difícil, de esas a las que es complicado pasarles por encima.

La música empieza a sonar y entonces poco a poco, otras parejas de baile —incluso algunos grupos— se van uniendo a ella. Izuku se queda parado un momento hasta que alguien se detiene delate de él.

—¿Su Alteza?

Es Shouto, que extiende la mano.

Lleva parte del cabello recogido por detrás de la cabeza, con una peineta que sostiene un chongo cubierto de pequeñas trenzas en donde la parte roja y blanca de su cabello se juntan. El resto del cabello le cae a la espalda, con la excepción del flequillo sobre su frente.

Lleva un atuendo blanco completamente con bordados en azul claro y azul brillante. Izuku alcanza a distinguir copos de nieve.

—Claro. —Izuku toma su mano.

Shouto esboza una sonrisa leve y, al tomarlo de la cintura, acerca sus labios a su oreja.

—Momo consiguió lo necesario.

Izuku asiente de manera casi imperceptible. Voltea un momento y ve con el rabillo del ojo a su padre y la Emperatriz. Rumi Usagiyama es mucho más baja de estatura que padre, pero irradia una presencia difícil de ignorar. Quizá por las orejas de conejo, piensa Izuku. En algún momento, deja de bailar con su padre y se concentra en una de sus acompañantes, que tiene cabello rubio, corto, un vestido de lino teñido de rojo oscuro, ajustado al cuello igual por una pieza metálica similar a la de la emperatriz.

—¡Oh, es una dragona!

Shouto sonríe.

—Ryuko Tatsuma, consejera de la Emperatriz Miruko —recita y luego, después de un momento, agrega algo más—: También es su compañera. Irán al Reino Todoroki después. Quieren hacer negocios con todo el norte, afianzar las rutas del comercio marítimo. —Se encoge de hombros—. Tuve que aprenderme los nombres de todo el mundo.

Izuku le sigue paso a Shouto una pieza más. No hablan de nada que pueda delatarlos, porque saben que hay oídos en todas partes. El príncipe aprovecha para saciar su curiosidad de lo que Shouto sabe sobre la realeza del desierto del sur, ese que está cruzando el Mar Musutafu. Es un mundo completamente diferente al que están acostumbrados.

—Su Alteza… —interrumpe una voz.

—Takami. —Shouto aprieta los labios y el gesto apenas si es perceptible—. No recuerdo haber…

—Su padre me pidió que tuviera siempre un ojo puesto en Su Alteza y…

—Por supuesto.

Las alas de Keigo Takami se agitan levemente. Shouto jala a Izuku para alejarse de él.

—¿Te espía?

Shouto se encoge de hombros.

—No sé —responde y luego baja la voz—. Nunca le dice nada de lo que hago a mi padre, pero… Algo espía. Todo lo demás, probablemente. —Shouto aprieta los labios. Están más alejados de la gente y eso es lo que lo lleva a decir—: Tu padre se reunió hoy más temprano con el consejo —añade—. Y con…

—Ustedes.

Shouto asiente.

—Yo. Momo. También el enviado de Ketsubutsu. —Traga saliva—. Los Todoroki apoyaran…

Están demasiado cerca de la gente.

—Shouto, aquí no deberías…

—… su invasión en el norte —termina Shouto. Hace una pausa—. Lo siento. Si pudiera…

—Shouto. —Izuku intenta sonar un poco más firme. Busca a su padre con la mirada. Está a la orilla, hablando con alguien—. Aquí no. No tenemos…

Lo necesitan distraído. Escabullirse entre tanta gente no es difícil, finalmente. Ven a Fuyumi retirarse primero, con algunas sacerdotisas. Luego se les acerca Momo y baila un rato con Shouto y luego con Izuku. Fumikage es quien se acerca al final. El príncipe no deja de vigilar a su padre hasta que se asegura que está completamente distraído.

—Vámonos.

Tienen los minutos contados. En cuando noten su ausencia, enviaran soldados a buscarlos.


Izuku conoce todos los caminos del palacio, todos los escondites, todos los puntos ciegos de los soldados. Especialmente en una noche de fiesta como esa. Así que no les cuenta demasiado llegar allí a donde están los calabozos y, en adelante, Momo se encarga de todos los soldados. Es buena disparando dardos con hechizos del sueño de Fumikage.

Shouto rompe la cerradura de la puerta a donde está confinado Eijiro con hielo y es la primera vez que Izuku lo ve usar su magia.

Sabe que es mago. Lo sabía. Y sabía también que era uno de los magos más raros que había existido en el norte. Pero no sabía los detalles. Supuso que, igual que Denki tenía una cicatriz apenas visible en uno de sus brazos y hasta el cuello, la cicatriz que Shouto tenía en la cara era a causa de esa magia. Pero no sabía la historia entera.

(En las cortes, por supuesto, se murmuraba).

Eijiro sonríe al verlos entrar.

Shouto no dice nada, rompe las cadenas de la bruja.

Izuku se pone en cuclillas a su lado.

—Dijiste que podías quitar el embrujo de sus…

Ibara asiente y se lleva las manos al pecho. Izuku voltea hacia Momo que saca una pequeña bolsita donde hay tintas mágicas y algunas hierbas. La bruja las toma y se acerca hasta Eijiro. Dibuja algo que no alcanzan a distinguir y mueve sus manos. Izuku se queda prendado viéndola, pero Shouto le aprieta un brazo, llamando su atención.

—Tu padre planea marchar hacia el norte en cuanto termine de hacer negocios con la Emperatriz Miruko —dice—. Pero con tu huida…

—Lo sé.

Tienen dos semanas, máximo tres, para cruzar todo el norte más rápido que el ejército. Izuku sabe que Kyoka hace el viaje hasta la frontera y de regreso en dos, pero ellos no tendrán caballos, ni podrán moverse con tanta rapidez como la partida de caza.

—Dos semanas —dice Izuku—. De aquí al norte, con todo el ejército, será semana y media. Llegaremos antes o…

Shouto asiente.

—Retrasaré a mi padre, si puedo.

Izuku niega con la cabeza. Detener al Rey Enji Todoroki suena tan imposible como detener a su propio padre.

—No re arriesgues demasiado por mí. —Sonríe—. Averiguaré la manera de detener esta guerra. Me hicieron la clave para el tratado de paz, así que…

La voz de la bruja las interrumpe.

—Listo, Su Alteza…, ya no…

Eijiro alza los brazos. Todoroki destroza los grilletes con el hielo e Izuku sólo puede respirar hondo hasta que nada pasa.

—¿Cuál es el plan? —pregunta el dragón.

—Que se transformes —dice Izuku—. Sólo dales tiempo a los demás a salir de aquí… y… —Respira hondo—. Llamarás la atención, así que tenemos que alejarnos rápido del palacio. Tienes que dejarnos a Momo y a mí… —Eijiro intenta protestar, pero Izuku sigue hablando, sin darle tiempo—. Iremos a Hosu. Iré a ver a mi madre. Eijiro, no puedo irme sin…

—Lo sé.

—Tienes que ir con Katsuki. Lo más rápido que puedas. Tienes que advertirle que mi padre va hacia el norte. O sus enviados, aún no sé… Tienes que decirle y…

Eijiro asiente.

—Momo y yo iremos a Hosu —repite. Voltea un poco en dirección a Shouto y le dedica también una mirada a Fumikage—. ¿Estarán bien? —Shouto asiente—. Mi hermana esconderá a… —Señala a la bruja—. Mi hermana la esconderá hasta mañana. También van a Hosu. Quizá te encuentre. Parten mañana.

Izuku asiente. Le dedica un asentimiento a Fumikage, pero con Shouto no puede contenerse, lo abraza.

—Gracias por todo —murmura.

—Nos volveremos a ver, Príncipe Izuku.

Fumikage hinca una pierna al despedirse de Momo.

—Ha sido un honor… —No dice más. Quizá porque teme mostrar más emociones y Momo sonríe con tristeza.

No está seguro de ello, pero no dice nada. Izuku los mira marcharse. Ibara va con ellos. Momo, Eijiro y él les dan unos minutos para que se encuentren fuera de toda sospecha. Izuku cuenta los segundos. Y después, Eijiro se transforma. El mundo se rompe, a su alrededor, las paredes se desmoronan.

Izuku monta sobre su cabeza y Momo lo hace detrás de él. Se asegura de que la princesa se agarre a su cintura.

Entonces, alzan el vuelo.

No oyen los gritos. Todo el palacio de los Midoriya queda detrás.


II.


En el norte se despiden del verano con una hoguera. La hacen en el patio principal, allí donde no hay jardines y no hay riesgo de que se desate un incendio; el mismo lugar en el que velan a sus muertos, cuando los tienen. Casi siempre es Eijiro el que lleva la leña, piensa Katsuki, mientras ve el fuego alzarse.

Está sentado en uno de los escalones.

Esa vez son pocos y no se siente que sea una celebración.

Mina tiró algunas hierbas a la hoguera. Denki algunas cosas. El final del verano es momento de decir adiós, cambio de etapas.

Le hubiera gustado tener a Izuku a su lado. Le habría contado la historia de las brujas de otoño que se refugiaron en las montañas y usaron una hoguera para ahuyentar a los dragones de hielo que las perseguían. Los que sí pueden respirar hielo odian acercarse a las llamas. Le habría contado como quemaron partes de sus ropas para mantenerse calientes el día del equinoccio y dejaron atrás todo por la supervivencia.

Es una de las características del pueblo bárbaro.

Todo por la supervivencia.

A veces Katsuki desearía que no costara tanto.

—¿No vas a quemar nada? —Lady Tsuyu se acerca a su lado, con cautela. No se sienta a su lado, sólo se queda de pie un momento, hasta que Katsuki alza la mirada.

—No —responde, simplemente—. ¿Vas a sentarte?

La mujer lo hace. Va vestida al modo del sur, con verde oscuro. Katsuki nota la aparición de los atuendos de otoño, más preparados para el frío y el clima seco de la temporada.

—En el reino hay un baile —dice Lady Tsuyu—. Muchos bailes, en realidad. Uno en cada corte, en cada palacio, en cada casa, en cada fortaleza. Allá donde haya aunque sea dos personas, hay un baile. Decimos adiós así, supongo. —Katsuki no responde—. Supuse que eso ibas a preguntarle a Izuku, si tenías la oportunidad.

—¿Por qué un baile?

—A La Madre le gustaban los bailes. Dicen que contaba que eran buenos para la felicidad —responde ella.

—Aquí es todo mucho más… grande… —dice Katsuki—. Más grande que esto. Usualmente tenemos más leña. —En eso se siente la ausencia de Eijiro—. Y hay más gente. —Se siente la ausencia de Kyoka y su partida de caza, que salió para asegurarse que, en la frontera sur, del lado del este, el de los Midoriya, todo marchara normalmente—. No es tan… Así.

Tsuyu sonríe. Hay algo triste en su mirada y en su sonrisa, nota Katsuki al verla. A veces es complicado notar eso, pero en ella es tan evidente en ese momento.

—Quizá es porque no se puede decir adiós cuando extrañas a alguien.

La mujer señala con la cabeza. Katsuki sigue el curso de su mirada.

Ah. Claro. Por supuesto. No es el único.

Tsuyu y Ochako se tienen a sí mismas y a Mina. Es más difícil rendirse a extrañar tanto a alguien cuando hay alguien más a su lado. Denki tenía a Kyoka y a Hanta y un poco a Mina, pero la bruja no tiene cabeza más que para ver a Ochako y a Tsuyu y perderse en ellas. Kyoka y Hanta no están.

—Carajo —murmura Katsuki. Es para sí.

Se pone en pie sin pensar mucho.

—Ahora vuelvo.

O quizá no, quien sabe.

Pasa de lado a Mina y a Ochako, que bailan a un lado de la hoguera, cerca del calor. Se dirige hasta Denki, que se ha quedado alejado de todos, recargando en una de las paredes.

—Ey. —Extiende la mano al llegar hasta allí.

—¿Qué quieres, Katsuki? —pregunta el mago. Lleva puesta la última capa que le hizo Mina con los rayos en la capucha.

—Un baile.

Denki bufa.

—Nunca quieres bailar conmigo. —Voltea la cabeza, desviando la mirada—. ¿Y ahora?

—¿Vas a aceptar mi amabilidad o no, mago idiota?

Denki suspira. Hay algo cansado en él y Denki no es así. Usualmente tiene más vida que todo el resto, tiempo de molestar a Katsuki a cada momento.

—Cuando se fue ya sabía que probablemente no volvería para el adiós del verano —dice Denki. Ha pasado casi una semana—. Y aun así… Es la primera vez que no está.

Eijiro y él llevan suficiente tiempo juntos. Desde antes que Katsuki ocupara la fortaleza del territorio bárbaro. Los vio danzar el uno alrededor del otro y fingió vomitar a cada paso de su cortejo. Pero todo el tiempo pensó que tenía sentido. Eijiro y Denki son parecidos. Demasiado sonrientes. Demasiado amables. Demasiado dispuestos a seguirlo hasta el fin del mundo.

—Oh, no llores tanto —dice Katsuki—. Volverá.

Denki asiente sin decir nada.

Katsuki le pone la mano en la cintura.

—No pienses —le dice.

—Irónico que lo digas tú.

—Sé que es lo único que funciona. —Katsuki suelta esas palabras con un gruñido metido entre ellas. Es cierto. Intentar dejar la mente vacía es lo único que sirve para no ver dentro de sí los ojos de Izuku perforándolo.

Denki se ríe.

—Lo sabía —dice—. Lo sabía desde que llegó.

—Oh, idiota. Ni siquiera me…

—Oh, Katsuki. Todos estábamos allí, todos vimos la mirada que le dedicaste la primera vez que lo viste.

—Eso no tiene nada que ver. —Hace que Denki dé una vuelta—. Izuku podría haberme odiado. O podría haber odiado su personalidad o…

—Oh, pero importa. Un poco. ¿Recuerdas la primera vez que vi a Eijiro en forma de dragón?

Katsuki bufa.

—Ridículo.

—Oh, Katsuki. Por supuesto que lo recuerdas. Intentaste explotarme la cara para que reaccionara. —Denki se ríe—. Tus expresiones siempre te delatan. —Hay una pausa—. Me alegra, de verdad. Si se parece a lo que he sentido por Eijiro desde que lo conozco…, me alegro, Katsuki, de verdad.

Gruñe de nuevo. Pero ya no responde.

Denki y Eijiro siempre han orbitado uno alrededor del otro, desde que se conocen. Katsuki lo vio todo frente a él. También ha visto a Eijiro cuando se queda viendo a la nada. Le tocó ver sus lágrimas y no tener ni idea de cómo reaccionar la primera vez que Denki le dijo que quería pasar el resto de su vida con él. Katsuki ha visto a Eijiro evitar el tema de los rituales que hacen los dragones con sus parejas. Eligen a alguien para toda la vida y él eligió a Denki sabiendo que iba a vivir muchos más años que él. Muchas más décadas. Ha visto al mago entender poco a poco esos miedos que Eijiro nunca verbaliza para no hacerlos más reales. Ante todo, ha fingido vomitar cerca de ellos, aunque ahora los entienda un poco más.

—Katsuki. —Denki interrumpe sus pensamientos e incluso se detiene. La música se corta poco después y ya no tienen una excusa para seguir bailando.

—¿Vas a preguntarme algo o a quedarte con cara de idiota?

—¿Vas a casarte con él?

Katsuki se atraganta con su propia saliva.

—¡Lo siento, lo siento!

—No sé, idiota —responde Katsuki—. Tengo que preguntarle primero.

Aunque a los ojos del sur estén casados de verdad. Pero para los bárbaros es un vínculo sagrado. Si amor no puede haber matrimonio y nadie nunca se ha atrevido a ignorar esa regla de vida.

Los inviernos son demasiado fríos para pasarlos junto a alguien que no te proporciona calidez.

—Ustedes pueden hacerlo —dice Denki—. De niño a veces pensaba cómo sería mi boda. Mi madre hablaba de la suya. Creo. Antes de…

Antes de que tuviera magia y toda su vida se fuera al carajo. Se queda callado y aprieta los labios un momento.

—A veces pensaba. En… Bueno. Cómo sería la mía, pero… —Suspira—. Eijiro no va a hacerlo. Lo sé. Y no puedo pedírselo. No es justo para él, Katsuki. Sé que le dolería más cuando… —Se corta, otra vez—. Da igual. Te verías bien. Arreglado como novio.

Katsuki bufa.

Idiota.

—Podríamos estar a punto de pelear una guerra, Denki. Y de todos modos, tengo que preguntarle primero. Y es demasiado pronto. Apenas una estación. Y…

—Lo sé, lo sé, no es prisa. —Denki ensancha su sonrisa. Siempre es genuina, cálida, abierta. Lo es aún después de la infancia que tuvo, considerado como un paria por la gente, puesto que las desgracias rodean a los magos, al contrario que con las brujas, que suelen simbolizar la bondad. Creencias de la gente—. Es sólo que, mientras se acerca una guerra, a veces funciona pensar en otras cosas.

Le guiña un ojo. Katsuki entiende lo que no dice.

«Amor».


«Hay magia en todas partes», decía Mitsuki. «No importa que no la veas, que no la tengas. Respiramos magia y somos magia porque existimos. ¿Me estás oyendo?».

La voz de su madre siempre está en su cabeza.

Justo cuando el tema de la magia en las Tierras Malditas está en su cabeza, no puede sacarse esas palabras de Mitsuki. Ni siquiera que Kyoka vuelva y le diga que todo está tranquilo en la frontera le quita la preocupación. «Setsuna y Itsuka se quedaron atrás, con un poco de gente», le dijo Kyoka. «Para vigilar. Volverán si algo ocurre. Podremos habilitad la fortaleza como refugio a tiempo, si es necesario».

Registra toda la biblioteca, buscando alguna carta, algún pergamino.

(También porque es un lugar que invariablemente se siente como Izuku).

Las cosas que le interesan a la gente se escriben, aunque sea difícil escribir. Aunque haya que escribir en medio de una guerra o de una pelea. Es la única manera que conocen de guardar su historia y hablarle al futuro.

Sobre la magia se han escrito muchas cosas.

Investigaciones enteras, tratados de brujas, libros completos sobre magos, grimorios que no funcionan.

Incluso un libro que pretendía separar todo en magia buena y magia mala. Su padre se hubiera reído. «La magia es magia y está allí. Existe».

Katsuki se deja caer entre los cojines de la biblioteca, suelta el libro que estaba intentando hojear y recuerda las palabras de su padre.

«La magia es el origen de todas las cosas. Nacimos de ella, porque los Dioses Sin Cara la usaron para crearnos. Hay un rastro en cada uno de nosotros. Pon atención. En la risa de los niños y en el llanto de felicidad de las madres. En la manera en que sale el sol cada mañana y van cambiando las estaciones. No todo son las pociones y palabras de las brujas, ni el toque de los hechiceros».

—No sabía que había alguien aquí. —La voz lo saca del recuerdo—. El mago dijo que no debería visitar esta ala.

Es el gato.

—Porque está abandonada. —Katsuki se incorpora—. Excepto esto, ¿pero que le importaría a los gatos una biblioteca?

Las dos colas se mueven a su espalda. El gato lleva sólo unos pantalones negros, anchos, a los que parece haberles adecuado un hoyo para poder meterlas. El pecho lo lleva desnudo, lleno de marcas de rasguños y cicatrices. A veces lo ve con una túnica negra, pero nada más.

—Sabemos leer. —Ladea la cabeza—. Hay una historia, en el sur. Sobre un gato al que se le bifurcaron las colas por leer demasiado.

—La conozco.

—Y se convirtió en uno de nosotros.

«Nosotros».

Gatos que habían aprendido a adoptar apariencia humana.

—Curioso que conozcas historias del sur. —Hitoshi casquea la lengua y se sienta a su lado—. Estaban en guerra.

Katsuki no quiere explicarle sobre el libro que Izuku le puso enfrente y le dijo que eran historias populares del sur y que él prometió leer. Todavía lo tiene, en alguna parte.

—Ya no estamos.

—Pronto volverán a estarlo. —Hitoshi olfatea. Katsuki se queda viéndolo—. Los gatos tenemos buen olfato. Te lo digo. Apesta a guerra.

Katsuki no tiene tiempo de preguntarle exactamente por qué apesta a guerra, Mina entra corriendo.

—¡Katsuki! ¡Ven…! ¡Eijiro…!

Es sólo oír el nombre del dragón y ponerse en pie. Ya no le importa si el gato los sigue o no, sólo sale corriendo tras Mina y su capa color morado, vaporosa, que ondea tras de ella. Lo conduce hasta el mirador.

Eijiro está allí. Sentado en el piso —probablemente contra su voluntad, porque hay otro cuerpo encima de él.

Denki lo abraza y tiene la cabeza en su cuello y Katsuki lo ve temblar como si estuviera llorando.

Hay algo cansado en la mirada de Eijiro. Lo ve y comprende que todo está mal. En sus ojos hay sombras que Katsuki sólo ha visto en tiempos de guerra y un cansancio que no puede explicar.

—¿Qué demonios…?

Tiene la tentación de alzar la voz más de lo necesario, pero eso no le ayudaría en nada.

Eijijro pone sus manos en los hombros de Denki y lo separa un poco de sí. Se resiste, pero al final accede y acaba sólo acomodado a su lado, abrazado a uno de sus brazos. Katsuki alcanza a ver marcas en el pecho de Eijiro que le recuerdan a la cicatriz que tiene Izuku en el pecho.

—¿Qué…?

—Hisashi Midoriya viene hacia acá. Bueno. No él. No sé. Su…

—¡¿Qué carajos pasó?!

Katsuki todavía está detenido a pasos de Eijiro y de Denki. Mina está atrás, Katsuki apenas si la oye respirar, no dice nada.

—El rey. —Eijiro medio sonríe, en un intento de aligerar la tensión, pero no lo logra—. Usó una excusa estúpida para decir que en el norte habíamos tratado mal a su heredero. —Katsuki frunce el ceño—. No pude protegerlo, Katsuki… —Eijiro aprieta los labios un momento. En su rostro el Rey Bárbaro ve furia contenida—. Lo siento… Carajo… no pude…

Katsuki está congelado. A duras penas si consigue dar unos cuantos pasos hacia adelante y acuclillarse frente a Eijiro.

—Dime que pasó —pide.

—El rey lleva meses planeando una invasión. Iba a usar el honor de Izuku o alguna tontería como excusa y… le pusimos las cosas fáciles, Katsuki. Esas cicatrices que tiene él…, el haber ido porque su madre está enferma…

Katsuki traga saliva. Voltea hacia atrás. Allí es cuando descubre que sí los siguió el gato, que alza una ceja.

«Te lo dije», quiere decir.

Lo odia por un momento.

Entorna los ojos y su vista vuelve hasta Eijiro.

—¿Dónde demonios está Izuku?

—Se quedó atrás…

—¡¿Lo dejaste atrás?!

—¡Me obligó a dejarlo atrás, Katsuki! ¡Su madre no estaba en el palacio y su padre lo mantuvo allí todos estos días! ¡Quiere verla! ¡¿Puedes culparlo?!

Katsuki desvía la mirada. Hay un silencio y la respiración agitada de Eijiro se normaliza.

—No peleen —dice Denki. Apenas se alcanza a oír.

—Izuku no está solo y no está indefenso.

—Lo sé. —Katsuki se obliga a permanecer en calma—. Lo último lo sé.

—Dijo que volvería —asegura Eijiro—. Le creo. Tenemos que planear una batalla o un asedio. Paré con los Guardianes. Tooru y Koji. Irán a la frontera…

—Setsuna e Itsuka están en las aldeas de… —interviene Mina.

—Se encontrarán —asegura Eijiro—. Tenemos que…

—Lo sé. Lo sé. —Katsuki se lleva las manos a la cara. Apenas dos estaciones de paz. Y de nuevo la guerra. Detiene un momento a su cabeza, antes de que grite tanto que no pueda controlarlo—. ¿Estás bien?

Eijiro lo mira a los ojos. Sonríe y no le llega la sonrisa.

—Lo estaré.

—Te torturaron —adivina Katsuki.

—Sigo vivo.

—Carajo.

«Pagarán por eso».

Se asegura que sus ojos lo digan. Hay una furia fría en ellos, el enojo de un rey acostumbrado a vivir constantemente en guerra. Alza la vista al cielo.

«Hace mucho que no pido nada», piensa y se dirige a sus dioses, «pero no pongan a Izuku en medio de esto. De esta guerra… De esto no».

Sabe de antemano que es una súplica que no sirve de nada.

Izuku es la paz enjaulada que el Rey Hisashi Midoriya ansía destruir.


Notas de este capítulo:

1) Me pasé dos mil palabras más de las usuales, pero seguro que ustedes no están sufriendo por ello. No, qué va.

2) Sobre Shiketsu, quería mantener a Miruko como conejo, así que la solución es la que hay. Por supuesto, lo de la Diosa Conejo y la Diosa Tortuga está inspirada en el cuento de La liebre y la tortuga. Y la Diosa Conejo saltando a la luna para huir del Dios Coyote en el mito mexica de lo mismo (muy libre, pero ahí está la referencia). Shiketsu está un poco inspirado en el Egipto faraónico (o sea, revultura de épocas ya tenemos también, pero como dije: mi mundo), pero ya veremos eso después.

3) Shouto sí tiene magia: hielo y fuego. ¿Por qué tiene dos? Más adelante. Los Todoroki volverán a salir, ustedes no se preocupen.

4) Todo lo que hablo sobre la magia en esta historia es básicamente una queja a la idea de que un sistema de magia no vale si no tiene reglas claras y rígidas, cuasi científicas. No. Para mí la magia no es ciencia ni se le parece (y se los dice alguien de ciencias). Siempre recuerdo a Michael Ende y a La Historia Interminable diciendo que Fantasia no tiene fronteras y usando a la imaginación como algo poderosísimo. La imaginación es mi magia, maigos. Quiero que todo sea posible porque en la imaginación no hay fronteras. Nos vemos en el siguiente capítulo.

Andrea Poulain