Capítulo XV.
El templo de Hosu


I.


Al final tienen que resistir un asedio.

Kyoka vuelve poco después con refugiados que ya lloran a sus muertos. Katsuki se encierra en sí mismo y en furia. En toda su ira. Todo fue una trampa piensa. Una trampa de la que ni siquiera Izuku sabía.

Pasan los días y lo único que pueden hacer es intentar retrasar el paso del norte. Queman todo a su paso aunque, en un esfuerzo por dirigirse directamente al castillo, ignoran muchas aldeas que, cuando se acercan, quedan desiertas. La gente huye hacia las costas. Algunos llegan hasta sus puertas. La fortaleza de los bárbaros está hecha para alojar a una gran cantidad de gente y resistir a los asedios.

—Katsuki, dime que me estás escuchado.

Alza la vista. Kyoka casi pone los ojos en blanco, pero se contiene.

—Tenemos que asegurarnos de tener comida para sobrevivir. Un asedio en otoño…

—Es mejor que en invierno. —Denki intenta levantar los ánimos pero sólo recibe un codazo de Mina y una mirada entornada de Eijiro que lo calla en el momento.

—Tenemos huertos —dice Katsuki—, tenemos ganado y…

Han estado cazando quizá más de lo necesario. La carne puede salarse para almacenarse. Mientras todo el mundo tenga alimento estarán bien.

Ese es el asunto con los asedios.

No es tanto la batalla sino la supervivencia. La calma que se desprende de saber que los tienen rodeados, cada vez más cerca, cada vez más cerca. Al menos los bárbaros están peleando en su territorio y, si la fortaleza cae, siempre pueden refugiarse en las catacumbas, usar los túneles de las montañas.

(Aunque Katsuki sabe que eso es suicidio).

—Nunca nos habíamos enfrentado a… — Kyoka suelta un suspiro cansado—. Dicen que tiene más poder. El líder.

—Lo que cuentan todos los refugiados… su poder…

—¡Sabemos cómo se ve su poder! —espeta Katsuki sin poder contenerse—. ¡Sé lo que es enfrentarse a él!

—¡Y perdiste, Katsuki! —le recuerda Mina.

Pero en realidad no necesita que le vuelvan a traer la memoria otra vez cuando la tiene allí, siempre. La última mirada de su madre, la última de su padre. Una mando que amenaza con quemarle el cuello y que dejó una marca apenas imperceptible pero que Katsuki todavía siente. Una mano sobre su cabello, obligándolo a alzar la cabeza.

«Tú serás el siguiente», escucha la voz del tipo. El líder. Cabello azul grisáceo, una capa negra desvaída. Y las manos que apestaban a muerto colgándole del cuerpo. «Pero primero quiero ver tu cara».

Y la vio, por supuesto.

Prácticamente no quedaron cuerpos que enterrar cuando les puso todos los dedos encima. El toque de los hechiceros puede ser mortal si se lo proponen. Si tienen en suficiente poder para chuparte toda la esencia. Y ese lo tiene.

—¡Sé que perdí!

Apenas es consiente cuando se pone de pie y la silla cae a su espalda.

De repente todo se queda en silencio.

Mina tiene la boca medio abierta por la sorpresa. Eijiro alterna la mirada entre ellos. Denki parece querer huir. Kyoka y Hanta intentan mantener la calma. El gato que los escucha se mira las garras, con tranquilidad.

—Mina… —Eijiro intenta intervenir.

—Lo siento.

Katsuki ve cómo se le llenan los ojos de lágrimas y sólo se levanta y sale corriendo. Lo ve y no puede moverse. Ni siquiera lo intenta porque sabe que acabará gritando si se atreve. Cierra los ojos, parpadea con furia, intentando detener al recuerdo.

Mira a Eijiro.

—¿Qué carajos esperas? Ve tras ella.

—¡Katsuki, no seas así! —Denki se queja.

—¡Carajo! ¡Sólo alguien vaya tras ella!

—¡No debiste haberle gritado! —se queja Denki, pero Katsuki no tiene ni siquiera ánimos de decirle que se calle.

—Eijiro —es lo único que dice, con un tono de voz más neutral. El más tranquilo que puede invocar—. Ve.

Eijiro sale corriendo.

—Quizá debamos… —empieza Kyoka—. Iré a ver si Rikido necesita algo… Volveremos más tarde, ¿está bien?

Katsuki asiente.

Hanta la sigue. Hitoshi también desaparece en algún momento y sólo queda Denki.

—No fuiste el único que sufrió esa noche, Katsuki —musita—. Todos sabemos en lo que estás pensando y…

—No sigas. —Katsuki se deja caer otra vez en su silla. Se lleva las manos a la cara. Nunca ha sido bueno para lidiar con la frustración. Es muy tentador dejar que se funda entre la ira y la furia todas las veces, pero sabe que eso lo hace ser mucho más impulsivo de lo que ya es toda la vida. Esa vez perdió. La segunda vez sólo acorraló a Hisashi Midoriya y lo hizo arrodillarse a sus pies porque no llevó a ese maldito grupo de mercenarios—. Mina tiene razón, ¿no? Esa vez perdí y a todos nos costó…

—¡Perdimos todos! —Denki se pone en pie. Están ellos dos solos en el comedor. Se dirige hasta la silla de Katsuki, en la cabecera y jala la que usualmente usa Izuku, a su derecha—. Nos tomaron por sorpresa. No fuiste sólo tú, Katsuki. —Suspira—. Fue noche de lluvia y ni siquiera los rayos pudieron detenerlos. —Intenta sonreír de lado.

—No podemos perder esta vez. —Katsuki aprieta los dientes—. Todos los refugiados dependen de nosotros.

Sus historias son horribles. «El hechicero del cabello blanco destruye todo lo que toca, su magia se siente de lejos… algo, algo está mal con ella». La mayoría han llegado acompañados de Tooru y de Koji.

—No vamos a perder está vez. Sólo… —Denki ve al techo. No es bueno para eso. Eijiro es el que siempre entiende los sentimientos del resto, el que les recuerda que sean lo mejor que puedan ser. Quizá esas son cosas de dragones—. No creo que valga la pena pelearnos.

Katsuki aprieta tanto la mandíbula que duele.

—Le diré lo siento a Mina.

Denki sonríe, parece satisfecho.

«Ya sé que no fui el único que lo perdió todo esa noche», se recuerda. No lo dice, porque ya es demasiado. Pero lo sabe.

Fue su punto más bajo, cuando le recordaron que era humano y que a veces los milagros se desbarataban.

Suelta un gruñido, pero no dice nada más. Oye los pasos de alguien.

—Mina está con Ochako y con Tsuyu —dice Eijiro, desde la puerta. Se vuelve a acercar hasta la mesa—. Dice que fue un golpe bajo. —Jala la silla a la izquierda de Katsuki—. Pero de todos modos…

—Tiene razón —dice Katsuki—. Lo sabemos todos.

Eijiro asiente.

—La ventaja es que esta vez sabemos a qué nos enfrentamos. —Hace una pausa y mira a Denki. Katsuki no le quita la mirada de encima, intentando predecir hacia dónde se dirige su plan—. Tengo una idea. Sé de alguien que puede ayudar.

Katsuki entorna los ojos.

—No creo que podamos contactar nadie hacia el sur ahora mismo. No sin que se den cuenta…

—No al sur —corrige Eijiro—. Norte.

Katsuki alza la ceja.

—No van a acceder…

—Conozco a alguien —insiste Eijiro—. Los demás quizá no accedan, pero…

—No quiero depender sólo de eso. —Katsuki suspira—. Si vas a marcharte, es mejor que lo hagas lo más pronto posible…

—¿Otra vez? —La voz de Denki suena increíblemente débil y Katsuki odia lo irritado que se siente por ella. Frunce el ceño.

—No será mucho. Unos días. —Eijiro usa ese tono tranquilo que usa siempre cuando parece que Denki va a ahogarse—. Para asegurarnos de ganar esta batalla. —Extiende una mano hacia el mago, enfrente de él, que el mago alcanza y aprieta. Katsuki siente que está presenciando un momento increíblemente íntimo que no necesita de testigos.

Denki asiente. Entiende, por supuesto. Él y Eijiro se conocieron en la guerra. Cuando lograron firmar la paz Eijiro lo abrazó y le susurró un montón de cosas al oído levantándolo en volandas.

Katsuki esa vez sólo escuchó: «prometo que no te dejaré abandonado jamás».

Se pone en pie.

—¿Katsuki?

—Puedes marcharte mañana —le dice ya a medio camino de la entrada del comedor. No le dice que aproveche su tiempo con Denki—. Asegúrate de que no te vean marcharte. Iré a hablar con Mina.


A pesar de intentar retrasar a los soldados del sur, Katsuki reconoce pelear en zonas boscosas es prácticamente imposible para ellos. Los Shie Hassaikai siguen por ahí, además. Lo mejor que Katsuki puede esperar es que intenten atacarse entre ellos. La última vez los dejó malheridos. Sabe que mató a uno o a dos, quizá. La noche que atacó a los hechiceros su mayor preocupación era sacar vivo a Izuku de allí, temeroso de que se muriera, enojado porque se había lanzado al peligro sin pensarlo antes.

No pasan muchos días cuando tiene a parte del ejército ante sus murallas. La ventaja de que la fortaleza esté encalada en la montaña es que sólo tienen una vía para atacar. La desventaja es que ya atacaron una vez y conocen parte de los planos.

Esta vez, incapaces de esconder su presencia, envían un mensajero hasta las puertas.

Desempolvan el salón que se usa como salón del trono. Katsuki se pone el cráneo de ciervo. Mina y Denki están a su lado. Kyoka y parte de las mujeres que componen la partida de caza del palacio lo conducen hasta Katsuki.

El salón del trono es simplemente una de esas estancias en las que se celebran eventos. Para los bárbaros no tiene ninguna importancia. Allí no se celebran audiencias ni reuniones. Para algo está en salón del consejo y los pasillos del palacio, donde todo el mundo interrumpe a Katsuki, si quieren.

Katsuki reconoce al mensajero. Va de azul muy oscuro —tanto que prácticamente parece negro—, completamente, con un solo detalle plateado en las mangas —que no son tan amplias como las de los atuendos de Izuku. Los únicos detalles que resaltan son el cinturón blanco, de un material parecido al cuero, y las mangas donde hay detalles plateados que no están bordados, sino pintados. El resto del atuendo parece viejo y algunas de las costuras blancas se asoman por todos lados.

Traga saliva al verlo a la cara. Cabello negro como el ébano y la obsidiana, de un negro tan brillante que parece casi imposible. Tiene la mitad de la cara quemada —la cicatriz se extiende hasta su cuello y quizá un poco más abajo— y también los brazos. Es un mago que puede controlar el fuego azul. Demasiado poderoso.

—Su Majestad —dice, esbozando una sonrisa burlona.

—Aquí no usamos ese título.

Y sin embargo, Katsuki se yergue en el trono, tallado en la propia piedra del castillo, exquisitamente adornado con pigmentos y pedazos de la historia de las tierras de los bárbaros.

«Estás en mi territorio».

—¿A qué te envían?

—A solicitar su rendición. Mi señor Shigaraki, el hechicero de la corte y comandante de esta expedición, dice que si usted se rinde, todos los demás podrán permanecer con vida.

Katsuki se ríe. Alto.

Por supuesto.

—Dile a tu señor Shigaraki que no acepto sus condiciones. —Hay una pausa—. Quiero hablar con él.


—¿Estás seguro de esto?

—¿Cuándo no he estado seguro de nada? —Muchas veces, pero no es momento de discutir eso—. Kyoka aposto a todas las arqueras en las almenas de la fortaleza —replica Katsuki—. Si algo ocurre abrirán fuego para darnos tiempo a volver. Y tampoco vamos indefensos. Y llevo a Denki.

Estaremos bien, es lo que quiere decir.

Mina entorna los ojos un momento, pero luego sigue con lo que estaba haciendo. Le está pintando las mejillas a Katsuki, con la tradición de los guerreros del norte.

—Promete que todo va a salir bien —insiste ella.

Katsuki entorna los ojos.

—Vamos a aplastarlos.

Lo dice con la convicción de un rey que tiene que pararse enfrente de un ejécito e impedir que le pasen por encima a su gente. No hay otra manera.


Katsuki reconoce a Shigaraki al instante. No sabe si es su apellido o su nombre de pila, pero lo recuerda. Tiene el cabello más claro: más blanco o gris; ya no hay mechones azules en él. Tiene todavía la misma piel raspada de tanto rascarla y las mismas dos cicatrices: el ojo y los labios. La capa negra fue cambiada por una que es color rojo oscuro, raída detrás y ajustada a duras penas a su espalda. Curioso, piensa Katsuki, cualquiera diría que el hechicero de la corte de Hisashi Midoriya tendría mejor presentación.

Él va con la pintura de los guerreros en las mejillas, el cráneo de venado en la cabeza, con las astas sobresaliendo. La capa roja ajustada a la espalda, con las pieles en el cuello. Las mangas color naranja, el pecho desnudo —salvo por las tiras de cuero que mantienen la capa fija—. Denki y Kyoka están a su lado. Ella lleva su armadura adaptada, con una capa color morado y las pieles de un conejo blanco en el cuello. Van armados. Espadas, dagas, Kyoka lleva un arco a la espalda.

Quedan a pocos pasos de Shigaraki. A su lado hay un hombre al que apenas se alcanza a distinguir, vestido con los colores de Hisashi Midoriya. El rostro es indistinguible, pues está cubierto por un aura negra, oscura.

—Magia —murmura Kyoka, a su lado.

El otro es el de las cicatrices. Katsuki todavía no se sabe su nombre. No tienen memoria para ellos, menos cuando no le importan y lo único que quedó de esas personas en su vida fue un deseo desesperado de venganza.

—¡Katsuki Bakugo!

Odia la voz de Shigaraki.

Arrastrada, da vueltas sin sentido. Adora demasiado sus palabras para decir todas las estupideces posibles. En general, lo hace perder el tiempo.

—Shigaraki —espera él.

—Dabi dijo que querías hablar conmigo. —Así que así se llama el quemado. Katsuki le dirige una mirada con los ojos entornados—. Y que rechazaste mi oferta.

—Tenía que rechazarla en persona —espeta Katsuki—. El pueblo bárbaro no es cobarde. El pueblo bárbado se defiende. No vamos a arrodillarnos ante tu rey.

Shigaraki tiene le descaro de reírse.

Katsuki intenta no pensar en ella, porque entonces recuerda otras cosas mucho más terribles. La risa de Shigaraki tronando en los techos de su palacio en medio de sus gritos desesperados —que apenas si reconocía como suyos— cuando Hisashi Midoriya lo mandó matar la primera vez. Es una risa que truena y alberga dentro de sí todo el desprecio y el resentimiento del mundo. Truena y los malos sentimientos se levantan.

—No voy a rendirme sin haber peleado —sigue Katsuki, pero a medias se corrige—. ¡No vamos a rendirnos sin haber peleado! Y para lograr derrotarnos, tendrás que escalar esa muralla.

La risa sigue. Se detiene un momento en el que Shigaraki mira a los ojos a Katsuki. Tiene los ojos rojos, igual que él. Pero en el color empieza y termina todo rastro de similitud. Los de Shigaraki son de un rojo apagado y parecen abiertos a fuerzas, a pesar de la pereza que parece albergarse en su cuerpo.

—Voy a destrozarte, Rey Bárbaro. ¡Es una promesa!


Pasa una noche entera y un día.

Ya no sabe cuánto tiempo lleva despertándose sin el calor de Izuku a su lado. Solían pasar algunas noches juntos antes de que se marchara. Dos o tres semanas, algo así.

Está acostado mirando al techo cuando empiezan los gritos.

Su reacción es instantánea. Se pone en pie, agarra la capa para cubrirse con ella y luego la espada de su madre.

La primera vez que Mitsuki se la puso en la mano todavía era un niño y sintió todo el peso del arma de golpe. Casi lo derrumbó. Recuerda haberle dicho a Mitsuki que deberían existir espadas más livianas. Y ella entonces soltó una risa corta y rápida. «No, Katsuki, está bien que pesen. Cargar una es un deber, no un privilegio. Nunca lo olvides. Carga con él. ¿Por qué peleamos, Katsuki?».

Entonces no había podido responder. Esa pregunta lo persiguió demasiado tiempo.

Agarra la empuñadura de la espada de su madre y sale corriendo.

«Porque elegimos defendernos».

No alcanza a llegar al jardín principal, pero puede ver a los arqueros en las almenas, que disparan. Algunas de las flechas llevan fuego. Oye la voz de Mina y gritos furiosos de Uraraka. Alcanza a ver con el rabillo del ojo a Denki, que hace que el cielo truene con un rayo que rompe en dos el firmamento.

Pero algo lo detiene. El maldito tipo del fuego, que se las arregla para esquivar apenas. Y Shigaraki, que pelea también con una espada, a pesar de ser un hechicero. Katsuki sabe que tienen que mantenerse alejado de sus manos, y lo logra. Ya no es el mismo rey que años atrás. «No me va a dejar indefenso», piensa. Pero Shigaraki tampoco es el mismo que años atrás y Katsuki se sorprende de su poder.

Oye un grito con la voz de Shigaraki.

—¡Himiko!

Siente como alguien salta por detrás. Se da la vuelta y alcanza a ver a una mujer rubia. A ella también la recuerda. Bruja, dientes demasiado afilados. Le gustaba hacer magia con sangre, rituales casi imposibles. Alza las manos hacia él. Katsuki todavía está seguro de que puede defenderse cuando ella lo toca y se ríe.

Su mirada se nubla.

Da un par de pasos temblorosos hacia atrás y dos manos lo agarran. Sólo siente cuatro dedos de cada una.

—¿Recuerdas mi promesa, Katsuki Bakugo?


II.


La mayoría de las ciudades del sur crecen en torno a los ríos, los lagos o allí donde haya agua. Los templos llegan más tarde, porque allí donde haya un poco de gente se erige un templo a La Madre, aunque sea modesto. Hosu es una excepción. Hay un río cerca, pero hay que caminar un buen trecho para llegar hasta él y las sacerdotisas, ayudadas por brujas, lograron construir un acueducto que alimenta al pueblo de Hosu. Este nació en torno a templo, uno de los más grandes dedicados a la madre en todos los reinos del sur. Igual que el de Esuha y algunos otros repartidos entre todos los reinos.

Hosu no es un pueblo demasiado grande. Está rodeado de campos de cultivo de arroz, algunas casas y graneros en medio de la nada y, algunas construcciones a las afueras. Hay algunos puestos en la calle, un par de posadas siempre dispuestas a alojar a los forasteros que iban en peregrinación hasta Hosu, algunas casas de té y otros lugares más. Les costó unos cuantos días llegar, siempre escondiéndose, para que los soldados de su padre no los encontraran.

En la primera aldea fuera de la capital, Momo le compró un atuendo nuevo, para que no llamara la atención. Negro, sobrio. Para ella, compró un sencillo vestido color rojo oscuro, mucho más cercano al marrón que al rojo. Desde ahí, siguieron con la mayor cautela posible, cuidando del poco equipaje que tienen —la ropa que descartaron— y de sus armas que, como son demasiado ornamentadas, llaman la atención para cualquiera que las mire. Izuku sabe que no tiene los ojos enmarcados por su usual kohl verde y eso o hace sentir diferente, aunque no sabría decir por qué.

La última vez que hizo ese camino, fue en palanquín, pensó Izuku, porque la realeza no camina realmente por su reino. «Estamos por encima de todo», le dijo su padre una vez. «Estás por encima de todo». Con un énfasis especial y desagradable en ese «estás». «Acostúmbrate». Izuku siempre ha pecado de relacionarse demasiado con su guardia, con los soldados, las sacerdotisas y todo aquel que su padre considera en un escalón mucho más bajo al suyo.

En aquel viaje, camino al norte, a la fortaleza de Katsuki, se detuvieron un momento en aquel templo porque Izuku lo pidió.

Habían llevado el palanquín hasta las puertas del templo y Ochako lo había ayudado a bajar. «¿Quieres que te acompañemos?», preguntó. Izuku recuerda haberse negado.

«No, esto es algo que tengo que hacer solo».

Subió las escaleras, recogiéndose las anchas mangas verdes del atuendo sencillo que llevaba puesto aquel día, él solo, sin compañía. Una sacerdotisa de la que no recuerda la cara se inclinó ante él e Izuku caminó hasta el atrio del templo de Hosu. Allí, una estatua de la madre lo recibió.

Recuerda haber hundido sus rodillas en la tierra.

Era el final del invierno y en los jardines quedaba entonces una capa de rocío.

«Te llevaré en mi corazón hasta el norte», se dirigió a la madre entonces, «nunca estaré solo si estás conmigo…».

Había sido una súplica desesperada por encontrar una buena vida en el norte. Lo había conseguido, aunque quizá no cómo esperaba.

Ahora, de nuevo, con un sencillo atuendo que oculta parte de su identidad en la sencillez, vuelve a subir los escalones. Esta vez va acompañado de la princesa Momo Yaoyorozu. Lleva un sombrero en la cabeza, cubriéndolo, para no revelar su identidad en las calles. Quien sabe quién puede delatarlos si los reconocían por la calle.

Tienen planeado acogerse en la sacralidad de los templos, son territorios neutrales donde no puede haber conflicto y los reyes —incluso Hisashi Midoriya— respetan ese acuerdo. Nadie puede contar que ellos estaban en el templo si ellos no quieren que se sepa.

En la entrada hay dos sacerdotisas sentadas en los escalones. Son jóvenes y se están riendo de algo que una de las dos acaba de decir.

Izuku carraspea y se baja aún más el ala del sombrero.

—Buscamos a la sacerdotisa Chiyo Shuzenji. Tenemos noticia de que está aquí.

Una de las sacerdotisas se pone en pie.

—Acompáñenme, entonces.

Izuku asiente. Ni siquiera adentro del templo se quita el sombrero; Momo tampoco se baja la capucha. El atrio es amplio, hay un gran jardín y algunas edificaciones. Las habitaciones para las sacerdotisas que se detienen allí están al lado derecho de la estancia principal, allí donde se encuentra la estatua de La Madre.

La sacerdotisa los deja en el recibidor y vuelve a bajar poco después acompañada de una mujer diminuta, llena de arrugas. Chiyo Shuzenji se distingue del resto de las sacerdotisas por el atuendo rojo que lleva, lo que hace notar que es una sanadora. Mujeres que saben usar las hierbas curativas y que saben realizar brebajes; no son brujas porque no tienen la misma sensibilidad que estas para la magia. Sin embargo, su arte, la herbolaria, es tan antiguo como la sabiduría de las brujas y sus hechizos.

Izuku entonces, se quita el sombrero.

—Chiyo… —dice.

Nunca la llama «Sacedordotisa Chiyo», le cuesta demasiado incluso cuando tiene una audiencia.

Ella abre mucho los ojos cuando lo reconoce y él se inclina para tocar sus pies.

Podría no hacerlo. En cuestión de rangos, él está por encima de Chiyo. Alteza Real. Pero ella siempre será su mayor: lo trajo al mundo y, junto a su madre, lo escuchó llorar por primera vez.

Las manos arrugadas de la sanadora rozan sus hombros y lo instan a levantarse.

—Su Alteza —murmura. Estira una mano hasta alcanzar su mejilla.

De niño, Chiyo le parecía muy grande, igual que su madre. Alzaba las manos para convencerlas de que lo cargaran, rogaba que le cantaran canciones de cuna o que le contaran historias de aventuras.

—Supongo que querrá verla, Su Alteza.

—Por favor —dice él.

—Venga, entonces.

Izuku se dispone a seguir a Chiyo, pero antes voltea un momento a vera Momo.

—Ve tú —le dice ella—. Te espero.

Izuku asiente y después se interna en un laberinto de pasillos y puertas corredizas detrás de Chiyo.


Inko Midoriya tiene la expresión más amable que Izuku ha visto nunca. Ni siquiera Ochako le gana y Ochako se queda cerca.

La suya es una sonrisa apacible, tranquila, sabedora de que hay tormentas, pero siempre terminan por pasar.

Cuando era niño, Izuku pasaba todo el tiempo pegado a ella, escuchando las historias de los grandes héroes, como el hombre que derrotó al Dragón Dorado con un solo golpe de su espada. Durante un tiempo fueron felices. Hisashi Midoriya no tenía interés en un hijo que no podía entenderlo y se contentaba con mantener a Inko en la corte, pero alejada de todo el poder. Es, después de todo, sólo la reina consorte que ya le dio un heredero.

Izuku nunca se ha atrevido a cuestionar el matrimonio arreglado de sus padres. Le daba miedo la respuesta, cualquiera que fuera. No iba a poder vivir sabiendo que nunca hubo ni siquiera cariño y tampoco podría vivir sabiendo que lo había habido y ahora estaba muerto.

Inko siempre ha sido pequeña, de baja estatura, aunque a Izuku le pareció una muralla completa cuando era más chico.

Sin embargo, su presencia es de esas que llenan las habitaciones en las que se encuentran, aun cuando la gente tiende a no notar a Inko.

No le molesta ser invisible.

«Hay poder en eso», le dijo una vez a un Izuku rabioso, enojado porque acababa de descubrir que nadie le hacía caso a su madre, con todo y su estatus de reina, porque Hisashi la había apartado de todo. «Hay un infinito poder en no ser vista. El poder de la libertad. Si no te ven, Izuku…, puedes hacer cualquier cosa».

Sin embargo, para Izuku siente ha estado allí.

Está.

La encuentra sentada junto a la ventana y es incapaz de contener las lágrimas en cuanto ella lo mira y la sorpresa empieza a apoderarse de su rostro.

Prácticamente se lanza hasta ella, a sus pies. Los aferra.

Las palabras de Chiyo antes de abrirle la puerta y dejarlo pasar resuenan en su cabeza.

«Ha recuperado fuerza, pero todavía está débil, Su Alteza. Sea considerado».

—¿Izuku…?

Es difícil hablar cuando las lágrimas te nublan no sólo los ojos, sino el alma entera. Tantos días de desasosiego en la fortaleza de los bárbaros, mientras caían las últimas lluvias; tantos días de confusión y de tristeza en su propio palacio. Todo para llegar a ese momento y clavar sus rodillas en el suelo, frente a su madre, y tocar sus pies.

No le ve la cara porque no se atreve a alzarla. Sabe que ella también está llorando y no sabe si podrá soportarlo.

Las lágrimas son otro lenguaje entre ellos. La felicidad, los nervios, la tristeza y la desgracia. Todos los sentimientos universales se pueden transmitir con ellas.

—Oh, Izuku, no sabía que vendrías a verme.

—Siento… siento a haber tardado tanto.

La mano de su madre se hunde en sus rizos. El color del cabello verde lo heredó de ella, todo de ella, aunque los rizos sean más de Hisashi.

Luego se dirige hasta sus mejillas y entonces él alza la cabeza y la ve a los ojos. Infinitamente amables. Todas las cosas buenas del mundo conocido caben en los ojos de la Reina Inko Midoriya.

—Está bien, está bien —murmura ella—. Ahora estás lejos, después de todo.

En sus palabras hay una pregunta que todavía no formula.

«¿Cómo es el norte?»

Lo toma por los hombros y lo insta a pararse, pero las manos de Izuku siguen pegadas a sus pies, sus rodillas en el suelo.

—Vamos —anima Inko—, siéntate a mi lado. Podemos platicar.

Como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Como si ella no estuviera enfermo y él no viniera del norte.

—Bueno, si quieres un té tendrás que ir por una taza —añade su madre y señala una pequeña vitrina en la habitación—. Ahí, ahí puedes encontrarlas.

Eso lo impulsa a ponerse de pie. Se dirige hasta el mueble para tomar una taza y luego volver. No hay otra silla, así que se acomoda a un lado de su madre, en el alfeizar de la ventana. Ella sonríe.

—¿Estás bien?

Ella hace un gesto con la mano.

«No te preocupes», quiere decir. «No es momento de hablar de eso».

—Cuéntame del norte, Izuku —pide ella. Esa vez es directa. Izuku no entiende por qué la prisa con ese tema hasta que la ve a los ojos y por ellos se asoma una infinita preocupación—. ¿Eres feliz, Izu?

«Izu», como señal de amor. A veces, cuando nadie más podía oírla y era de noche y estaba sentada al lado de su cama, Izuku también oía un «Izucchan» en el rumor de la noche.

Quiere tranquilizarla. Decirle que todo está bien. Pero lo único que siente es como sus mejillas enrojecen y sabe que si abre la boca todo saldrá de sopetón.

—¿Y Lady Ochako y Lady Tsuyu, Izuku? ¿Están bien?

—Sí, mamá, están bien…

—Cuéntame del norte —insiste ella.

—Es… diferente.

«Es maravilloso, es increíble. Es diferente, pero es interesante…».

—Del rey, Izuku —pide ella, siendo más específica. Es lógico. Ella hizo el equipaje de Izuku, se despidió de él el día que partió para convertirse en el consorte de Katsuki. Quiere saber—. Del Rey Bárbaro.

Eso lo hace sonrojarse.

—No es como pensaba —admite. La primera frase siempre es la más complicada, pero una vez que ya no la tiene encima, hablar se hace más sencillo—. Katsuki es… —Suspira y la mira a los ojos. Quiere decidir por dónde empezar. Las aclaraciones, quizá. Es lo más lógico—. No estamos casados en realidad. —Lo dice bajito; es un secreto del que nadie se puede enterar y, por eso, es de esos que sólo se pronuncian en susurros—. Él dijo que no me iba a obligar si no… Pero… —Siente sus mejillas arder.

Inko, por supuesto, adivina lo que está pasando.

—¿Lo quieres, Izuku?

Hay sabiduría en sus palabras. Ha aprendido a adelantársele, después de todo. Lo conoce como nadie lo ha conocido nunca. Ni siquiera Tsuyu u Ochako.

—Sí.

Qué pesadas son a veces algunas palabras.

Inko sonríe.

—¿Te trata bien? —Estira su mano hasta agarrar la de Izuku.

—Sí. Aunque sólo sea un invitado demasiado distinguido, me… Es diferente —se corta a media explicación—. Nunca me había sentido así por nadie. —Va uniendo sus palabras con cuidado y evoca en ellas todo lo que Katsuki les causa—. No es la clase de cosas que… siento por mis amigos. O por ti o… —Vuelve a fijar en ella su vista y se sorprende al encontrar un rostro que lo entiende—. Siento que, aunque caiga al vacío, si voy agarrado a él, nada malo puede pasar.

—¿Desde cuándo…? —Inko no termina la pregunta, pero él la entiende.

—Desde el solsticio, mamá.

—¿Sientes cómo se te revuelve el estómago? ¿Cómo si las mariposas estuvieran dentro de él?

Izuku asiente.

Todo le da un vuelco cuando se trata de Katsuki.

—Me alegro. Que tú puedas sentir eso.

En sus palabras se adivina en una tristeza antigua, cimentada ya con raíces muy profundas entre su ser. Izuku sabe de dónde viene y siente vértigo. De su padre. De su matrimonio.

—Mamá…

—¿Te casarás?

—No… no lo sé. Los bárbaros no se casan si no hay amor. Para ellos es el vínculo más sagrado de todos. No puedes engañarlo. Lo respetan como respetan al mundo en el que viven. —Izuku tuerce la boca, estira el brazo—. Katsuki y yo…

—Izuku…

La voz de su madre lo interrumpe, llena de alarma y él comprende lo que está pasando hasta que ella extiende su brazo para tomar el suyo y jalarlo más hacia ella. El miedo lo paraliza un momento porque tiene miedo de que ella llegue a la conclusión que su padre está usando como mentira.

—¡No es…! En realidad… ¡Fue mi culpa! —Las palabras le salen a trompicones, se avientan al vacío—. ¡Katsuki me salvó! Y… Fue mi culpa. Me interné en el bosque no sabía que había hechiceros que lo usaban para cazar… Katsuki me salvó —repite.

Pero ella no puede dejar de ver las cicatrices. Acerca su mano a una.

—¿Dolió? —pregunta ella.

Él no le responde. Se le queda viendo y deja que ella adivine en sus ojos la respuesta. No puede mentirle, pero admitir el dolor que sintió en ese momento frente a su madre enferma es más de lo que puede soportar.

—Oh, Izu… —dice ella y pasa la palma de su mano sobre las cicatrices.

—Fue mi culpa. —Tuerce la boca, recordando que esa es sólo una versión para tranquilizarla a ella y recuerda sus gritos, su enojo y Katsuki de rodillas frente a él, limpiándole los pies llenos de lodo en un gesto de paz—. Bueno. También un poco de Katsuki. Me hizo enojar. Fue hace… hace mucho. En primavera. Cuando todavía no lo conocía realmente y… —Aprieta los ojos para contener las lágrimas, sin lograrlo. Ellas no piden permiso, salen—. Pero está bien, estoy bien.

Inko asiente.

—¿Katsuki te salvó?

Izuku asiente.

—Creo que no me soportaba demasiado entonces, porque yo era sólo un desconocido. Pero me salvó.

—Bien —dice Inko—. Si te cuida bien, entonces me alegra que… —Suspira—. ¿Quieres escuchar la canción de las mariposas?

—Mamá, quiero saber cómo estás.

—Escucha está canción, Izuku.

Grande, como un palacio entero, está el reconocer que su madre no quiere hablar específicamente de ella en ese momento. Lo está distrayendo, moviéndose a su terreno. Eso sólo hace que el príncipe tema más sobre su estado de salud, pero así es Inko, a veces. Lo distrae de los temas importantes o difíciles un momento, para hablar bajo sus términos y no los términos de otros. Para moverse en su terreno.

—Sólo dime que no es tan grave. —Izuku aprieta los puños sobre sus piernas—. Por favor.

Es una súplica.

Inko se la concede.

—Estoy mejorando, Izu —dice—. Ahora, escucha está canción. Me prometí que te la cantaría cuando te enamoraras por primera vez. Y ahora es el momento. —La Reina Inko Midoriya se inclina hacia adelante y le roza la mejilla con el dorso de una mano en un gesto que esconde todo el cariño que le tiene.

Izuku asiente.

—Está bien. Cántame la canción de las mariposas.

La canción de las mariposas es una de las favoritas de su madre. No es muy popular. Se dice que cantarla en las bodas y en los festejos es de mal agüero, así que los bardos y los cantadores la han ido sacando de sus repertorios poco a poco. Está inspirada en la leyenda del guerrero y la doncella y de ahí proviene toda su mala fama, especialmente en los tiempos de guerra con el norte.

La canción de las mariposas inventó un episodio dentro de la leyenda. Habla de los tiempos felices entre el guerrero y la doncella, antes de que se dirigieran hasta la aldea de ella, donde fue envenenada a causa de su traición. Cuenta, con forma de poesía, el enamoramiento entre ambos, las primeras palabras de amor que salieron tímidas de sus labios, las primeras caricias de sus manos inseguras, ese sentir que había mariposas volando en su estómago.

Es una de las canciones de amor más hermosas que Izuku ha oído.

Su madre siempre la cantó acapella, cuando nadie más que él podía oírla. Hisashi Midoriya odia esa historia y odiaba oír que alguien se la contara a Izuku. La canción, considerada tan de mala suerte, tampoco se salva. El príncipe nunca la ha oído de la boca de un bardo, mucho menos de un cantador. Los cuentistas también la conocen, pero no es usual que la canten. Por eso la canción está estrechamente ligada a su madre, que vuelve a contársela como cuando él era un niño sin poder conciliar el sueño.

Ahora entiende mucho más al guerrero y a la doncella. Mucho más.

—¿Te gusta?

La mano de su madre le desacomoda el cabello de nuevo.

—Como siempre, responde él.

—Me alegra. Todavía tengo buena voz. —Inko Midoriya suspira—. Aunque Chiyo dice que no debería forzar mis cuerdas vocales. Le he estado haciendo caso. Los resfriados me pegan mucho más fuerte, especialmente con los campos de clima. Y estoy en la edad en que los huesos empiezan a doler.

Por fin está hablando de ella. Lo hace con cautela e Izuku nota que en realidad no le pesa la edad, pero no quiere preocuparlo.

—¿Estarás bien?

—Oh, sí —murmura Inko—. No dejes nunca pasar un resfriado, puede empeorar. Mucho. Tu padre insistió en que lo mejor sería que descansara en Hosu durante el equinoccio. —Su madre hace una mueca de desagrado apenas perceptible. Aprieta los labios e Izuku se da cuenta de que ella no estuvo de acuerdo con el arreglo—. No sé qué planes tiene, Izuku, pero no suenan…

—Yo sí —interrumpe Izuku, con el tono más duro—. Por eso no podré quedarme mucho…, tengo que evitar que…

—¿Otra vez el norte? —Inko suspira—. Tu padre está obsesionado con él y…

—Mamá, está intentando romper el tratado —dice Izuku—. Quiere culpar a Katsuki por mi deshonra y…

—Oh, Izuku. A veces deseé, antes de que te marcharas, que el tratado nunca llegara a realizarse. No sabía si podría soportarlo. El costo de que se fuera por la borda era demasiado alto, por supuesto, la guerra seguiría. —Inko suspiró. Izuku hizo ademán de interrumpirla, pero ella alzó una mano y él ya no se atrevió a hacerlo—. Pero tú estabas tan triste y lloraste en mis brazos cuando supimos. Luego aceptaste y siempre me pregunté qué te hizo él o con qué te amenazó…

—Mamá…

—Izuku, no me mientas. Estuve a tu lado cuando me dijiste todas las opciones que se te ocurrían para negociar ese tratado y evitar ser un premio de guerra para el Rey Bárbaro. —La voz de su madre es dura, segura, es la voz de una reina—. Y sin embargo, cuando aceptaste, nunca volviste a mencionarlo. Sé que fue tu padre, Izuku. Y aunque te hayas enamorado del Rey Bárbaro y eso me haga feliz…, Izuku, ser cambiado de esa manera es algo por lo que no tenías que haber pasado. Lo dije antes y lo digo ahora. Y tu padre ahora quiere deshacer el tratado. Por supuesto, ese era su plan desde el principio…

—Quería ganar tiempo. Mamá, tengo que detener esto. No sólo salvar a Katsuki y al norte, sino…

—Por supuesto. —Inko sonríe—. No esperaba menos del príncipe que eres, Izuku. Mucho más honorable de lo que tu padre será jamás.

Izuku sonríe.

—No puedo quedarme mucho. Momo seguramente querrá partir mañana mismo. Nos llevan ventaja porque ellos no tenían que avanzar escondiéndose, tenemos que compensar por el tiempo perdido… Mamá, tienes que prometerme que te quedarás aquí. Hoy probablemente soy un traidor para el Reino. Mañana lo seré definitivamente. Y el Rey podría usarte en mi contra. —No dice «mi padre» y la elección de sus palabras pesa en la habitación—. Lo intentará si dejas el templo. Pero aquí estás a salvo. No puede profanarlo. Es un terreno neutral en el sur. Promételo. Quédate aquí todo el tiempo que sea necesario. —Izuku extiende sus brazos y toma su mano y se lleva el dorso a sus labios—. Por favor. Yo volveré. Arreglaré las cosas. Pero no puedo dejar que te use contra…

—Oh, Izuku.

En la desesperación de sus palabras adivina algo más. Su madre es lista y lo conoce. Cada inflexión en su tono, cada mirada, cada palabra.

—Fui yo, ¿no?

Y aun así intenta retrasar lo inevitable.

—¿Qué?

—Cuando aceptaste casarte con el Rey Bárbaro. La amenaza fui yo.

—Mamá… —Se desespera al verle las lágrimas—. No llores, mamá, está bien. No importa. Ya no importa. Lo volvería a hacer, cada paso del camino. Otra vez. Así que ya no importa. Sólo quédate aquí. Me aseguraré de que estés bien. Puedo hacerlo. Y volveré. Lo prometo. No. No, eso no. Lo juro. Lo juro por La Madre, mamá, en el nombre de Nana Shimura, lo juro.

Inko Midoriya sonríe entre las lágrimas.

—Sea lo que sea que estés planeando, Izuku, sé que lo lograrás. —Suelta su mano del agarre implacable de Izuku y se la pone en la mejilla—. Confío en ti. Te esperaré.


Notas de este capítulo:

1) Puse cuarenta veces Remember Me (sí, la de Coco) cuarenta veces mientras escribía la escena de Inko e Izuku. También puse WangXian unas cuantas veces (sí, la de The Untamed). Pensé que debían saber. También pensé que debían saber que el capítulo, según Word (sin títulos) tienen 6666 palabras. Dejando las notas terribles, voy a lo serio.

2) La canción como adición a la leyenda es algo que ya quería escribir, por lo que significa para Izuku y porque el lore y los mitos y la cultura se alimenta a sí mismo. Como la canción de La llorona (búsquenla, la favorita personal es de Lila Downs) a la leyenda. En fin. También quería hablar más de Hosu y de las sacerdotisas, puesto que es una ciudad curiosa.


Andrea Poulain