Capítulo XVIII.
La canción de los guerreros


I.


Izuku observa como preparan los cuerpos. Kyoka va a buscar pintura morada —de un tono azulado distinto al que ella usa— y le adorna el rostro, el cuello y los brazos. Izuku se queda viéndola hasta que Katsuki le da un codazo y le dice que vaya a la cocina a buscar unas cuantas piezas de pan. Le dice que Rikido lo aprecia más, que le dará más de las necesarias. Lo dice con un tono rápido, brusco, del que está acostumbrado a sobrevivir a los desastres.

Izuku asiente y se pone en pie.

Se dirige a la cocina por el mismo camino por el que él y Katsuki llegaron. La gente pinta a sus muertos y los arregla. Algunos de los soldados del sur están envueltos en telas blancas. (Le preguntaron a Izuku sobre los arreglos y fue lo único que fue capaz de decir: tela blanca, como la capa de La Madre). Ya no ve sus rostros ni sus heridas, pero sabe que los cadáveres siguen allí. ¿Cuántos de ellos odian el norte por real convicción y cuántos sólo necesitan comida? Izuku traga saliva. En las tropas eso es imposible de juzgar.

Así que Izuku intenta apartar todo eso de su mente y sólo recordar ir a la cocina por unas cuantas piezas de pan.

Rikido está prácticamente solo. «Todo el mundo está afuera, en sus asuntos». Izuku lo nota triste cuando le pide el pan. «Pero alguien tiene que comer», agrega Rikido y le da una canasta entera.

Cuando vuelve, prácticamente han terminado de arreglar a Setsuna. Lo último que hace Kyoka es envolverla en una capa morada, mucho más oscura que la suya, que Hanta le pasa.

—Es tradición —le dice Katsuki, cuando Izuku pone la canasta de pan en el suelo—. Envolvernos en nuestras capas antes de prender las piras.

Izuku asiente.

Abre el canasto de pan. Toma una hogaza y la parte en dos dos. Extiende ambos pedazos. Los primeros en tomar son Kyoka y Hanta. Después Itsuka. Y al final Katsuki.

—Come tú también —le dice el Rey Bárbaro, que parte su propio pedazo en dos para pasarle uno a Izuku.

Partir el pan. Uno de los actos de amabilidad más antiguos del mundo.

Izuku agarra el pan con las dos manos y se lo lleva a la boca.

Qué diferente y que igual. El pan de Rikido fue lo primero que comió en el norte, una noche llena de lágrimas en que Denki le había ofrecido una sonrisa y Eijiro le había extendido la hogaza.

Todo es demasiado.

Aprieta el pedazo de paz un poco con sus dedos y las lágrimas se le sueltan otra vez.

«Hay fuerza en las lágrimas». Pero no puede encontrarla en esas. Fija la vista en sus rodillas, en el piso y no puede verse la ropa verde entre el agua salada de sus lágrimas.

—Ey, Katsuki. —Oye a Kyoka y parece oírla a lo lejos—. Si quieres puedes ir a buscar a Eijiro. Está con el otro dragón. Tetsutetsu. En el salón del trono. Estaban limpiando para poder arreglarlo. La princesa del sur estaba con ellos. Supongo que querrás…

—No es…

—Katsuki —y esta vez la voz de Kyoka es mucho más firme—, nosotros ayudaremos aquí con el resto. Podemos velarlos nosotros. Y encargarnos de los soldados del sur. Sólo…

Hay una pausa en la que Izuku es muy consciente del silencio y alza la cabeza. Kyoka tiene la expresión triste clavada en él. Da un hipido de la sorpresa y usa la mancha ancha de la chaqueta para intentar limpiarse las lágrimas.

—Ey, Izuku —dice Katsuki, extendiendo su mano—, vamos.

Es demasiado.

—No importa…, puedo…

—No, no puedes —espeta Katsuki y se arrastra hasta él para envolverlo en sus brazos—. No has vivido la guerra así como para estar acostumbrado a esto —murmura de manera que sólo Izuku pueda oírlo—; de hecho es… Lo envidio —confiesa—. Sólo he vivido en un mundo en el que los soldados son una mala noticia. Vamos. Volveremos más tarde. De todos modos la pira no estará lista hasta el anochecer. Y nunca las prendemos de día.

Lo suelta, quizá para no abrumarlo. Quizá porque no sabe muy bien que hacer. Izuku se lleva un pedazo de pan más a la boca. Cuando llegó al norte nunca espero partir el pan con Katsuki.

Tampoco esas circunstancias.

Y quizá está bien.

No saber lidiar con ellas.

Puede ir poco a poco. Puede respirar hondo —y sorberse los mocos en el proceso, con muy poca elegancia— y luego mirar a Katsuki, que se pone en pie y vuelve a estirar la mano hacia Izuku.

Esa vez, la toma.

En ese gesto se esconde un afecto infinito. La expresión más brusca de Katsuki no se compara con su tacto amable, que, sin saber muy bien lo que está haciendo no se detiene para consolar a Izuku.

—Vamos.

Izuku se pone en pie. Katsuki empieza a caminar hasta de que el príncipe está seguro que no se va a ir de bruces; hasta entonces es consciente de que no ha comido bien en demasiado tiempo.

Katsuki esboza una pequeña sonrisa. No llega a sus ojos, pero es un gesto que Izuku agradece.

—Podemos pasar a robarle más pan a Rikido.


Izuku lleva otro pedazo de pan entero cuando van por los pasillos. Algunos tapices están destruidos, pero otros han sobrevivido el embate. Katsuki asegura que pueden repararse con magia, cuando Izuku está a punto de echarse a llorar de nuevo al ver la destrucción. Y no importa, agrega Katsuki, porque todo se destruye alguna vez, pero mientras queden las historias, todo estará bien.

—Quizá tú y yo algún día estemos en algún tapiz —dice Katsuki—, cuando pasen años y se cuenten historias sobre nosotros. Sobre como un príncipe sureño cabalgó el viento para salvar al Rey Bárbaro. Es material de leyenda. Un príncipe que deseaba detener la guerra para siempre como Habibi deseaba enterrar la espada.

—¿Habibi?

—La doncella guerrera —responde Katsuki.

—No me has contado esa historia.

—Te la contaré. —Hay una promesa en los ojos del Rey Bárbaro—. ¿Te imaginas? ¿En un tapiz? Inmortalizados en la historia… Los tapices siempre cuentan historias hermosas, decía mi madre. Pero las batallas y las peleas nunca lo son.

—He oído tantas, Katsuki… —reconoce Izuku—, pero nunca. Esto es diferente. —Arruga la nariz, hace una mueca; está intentando poner sus pensamientos en palabras, pero de repente la muerte es tan grande que no cabe en unas cuantas letras, un concepto. Además, eso que vio no fue tanto el desenlace de una batalla como un ataque por la espalda—. Los muertos huelen mal. Y sientes la tristeza hasta los huesos. Pero en las historias te alegras cuando los héroes ganan, a pesar de sus pérdidas.

—La magia de los tapices. De quien las cuenta. —Hace un mohín—. Mi madre decía que las historias eran importantes. Todo podía desaparecer. Ser quemado. Convertirse en cenizas y volver a la tierra, pero no las historias. «El pueblo bárbaro siempre podrá reconstruirse aunque sólo queden las historias», solía decir. —Se queda parado un momento, viendo uno de los tapices. En él, una mujer clava una espada en la tierra y un dragón a espera al borde de un precipicio—. Habibi, mira —señala. Izuku se acerca con curiosidad porque no conoce la historia, pero igual mira. Y el tapiz es hermoso—. Me recuerda a ti. Guerrera, pero también encarnó la paz. Un día estaremos en un tapiz así.

—¿Tan seguro estás?

—Quien sabe. —Katsuki se encoge de hombros.

Sigue caminando. Izuku lo sigue y se acopla a su paso. A su lado, allí donde nunca soñó estar.


El dragón plateado y Eijiro están levantando el cascajo cuando Katsuki llega. El primero en transformarse es Tetsutetsu (del clan Tetsutetsu, recuerda Izuku). Tiene el cabello plateado, de un tono gris que brilla en la luz, los ojos claros como el hielo y sus pestañas parecen escarcha. Ese detalle, los cuernos y rastros de escamas sobre la piel lo delatan sobre dragón.

—Mina vendrá más al rato, eso se puede arreglar con magia.

Katsuki frunce el ceño.

—Será un hechizo demasiado complicado, acabará exhausta. Podemos tomarlo con calma…

—No, Katsuki. —Eijiro se transforma también—. Tetsutetsu y yo tenemos una idea. La primera nevada del otoño no tarda en caer y el palacio debe de estar protegido. Es más fácil si dejamos que Mina use unas cuantas escamas para hacer tinta para pintar el hechizo en el suelo y…

—Está prohíbo —espeta Katsuki, voz seca.

—Nadie tiene por qué enterarse —interrumpe la voz de Tetsutetsu, que tiene el mismo tono fuerte y claro de Eijiro.

—¡Sigue estando prohibido y si alguien se entera…!

—Yo no voy a contar nada. —Tetsutetsu se cruza de brazos—. Los dragones se están refugiando muy al norte. No vendrán a hacer una inspección sorpresa.

Katsuki se cruza de brazos y bufa.

Izuku aprovecha para intervenir. Tiene curiosidad y concentrarse en una tarea más simple que lidiar con la muerte lo mantiene más tranquilo. Como arreglar el techo.

—No sabía que las escamas de dragón podían usarse para tinta mágica.

Eijiro lo corta.

—No se puede. Esto es una excepción.

—Ajá. Los Sin Cara crearon a los dragones de la magia pura, para agradecerle a ella que la hubieran ayudado a crear el mundo —añade Tetsutetsu. Parecían palabras de un discurso aprendido.

Curiosamente, Izuku nunca había oído muchas historias de dragones de hielo. Vivían más al norte, habían comentado sus maestros y eso era todo. Le había preguntado a su madre varias veces, pero ella no conocía ninguna de los del norte. Una o dos veces se había referido a los dragones de Shiketsu y alguna otra vez le había enseñado el dibujo de un dragón transformado en los libros. Izuku siguió insistiendo con sus maestros, pero lo único que aprendió sobre los dragones del norte es que estaban continuamente en guerra con los bárbaros; además, agregaron, eran criaturas malhumoradas, no era de extrañar que estuvieran en guerra toda la vida.

Izuku había desechado todos esos dichos al conocer a Eijiro.

—Eso —dice Eijiro y le sonríe—. Somos magia pura. Dicen. Con nuestras escamas se puede hacer una de las mejores tintas. Seguro que los dioses lo tenían todo bien planeado. Un idilio de cooperación…

—Y entonces el primero humano atacó al primer dragón… —sigue Tetsutetsu.

—¡Fueron los dragones! —exclama Katsuki.

—En realidad nadie sabe cómo fue. —Eijiro siempre interviene pronto, con voz conciliadora—. Humanos o dragones. No hay registros y todo el mundo culpa al otro. Y empezó una guerra.

—Guerras —corrige Katsuki—. Entre brujas y dragones acordaron que nunca más se usarían sus escamas para hacer tinta que funcionara para hechizos. Era más seguro. —Carraspea y mira al suelo—. Hubo muchas persecuciones. En los tiempos oscuros. Cuando los dioses le dieron la espalda al pueblo bárbaro.

—Eso fue hace siglos.

Katsuki se encoge de hombros.

—La prohibición funcionó. Las guerras han sido por otras cosas.

—¿Entonces esta excepción…?

—No funcionará —interrumpe Katsuki— porque toda magia deja rastro y… Apestará a dragón.

—Hablamos de eso con Mina —asegura Eijiro—. Tiene plantas poderosas y, además, ningún dragón se para aquí. Ninguno que no sea yo, claro…

Katsuki alza una ceja, mirando a Tetsutetsu.

—¡Excepciones! ¡Sabes que nadie vendrá, Katsuki! —exclama Eijiro—. ¡Los desterraste y van a cumplir su palabra! ¡Cada quien un lado de la cordillera! Nadie va a enterarse de esto.

Katsuki vuelve a bufar, pero Izuku nota que no está del todo en desacuerdo con la idea. Es fácil leerlo. Sencillo. Sus expresiones, que casi siempre nacen de la ira, tienen todas una explicación.

—¿Siguen discutiendo? —Es la voz de Mina—. No se detengan por mí. Sólo vine por Izuku, lo necesito…

—¿Yo?

—Sí, tú —dice Mina—. Eres quien mejor conoce a Ochako y Tsuyu.

Izuku va a preguntar qué es lo que ocurre, pero Katsuki se le adelanta.

—¿Qué necesitas con Lady Ochako y Lady Tsuyu? —pregunta, haciendo un mohín.

—Un hechizo. Cosas que no te conciernen. —Mina para la nariz—. Mientras yo voy y vuelvo con Izuku, puedes ayudar a Eijiro y a Tetsutetsu a terminar de limpiar el cascajo. Y luego veremos lo de hacer tinta con sus escamas.

—¡No he dicho que estoy de acuerdo…!

—¡Sé que soy capaz de ocultar el rastro mágico de un dragón! No completamente, claro, los dragones… bueno… —Hace un gesto señalando a Eijiro y a Tetsutetsu—. Es un reto, pero puedo hacerlo. Si no, no creo que terminemos a tiempo para la primera nevada del otoño. Será sólo aguanieve, pero…

—¿No dijiste que veías solo por Izuku? —pregunta Katsuki, alzando una ceja.

—¡Cierto! ¡Es importante! Tengo una consulta que hacerte, príncipe, es muy importante.


Mina insiste en que no necesita ayuda con el brazo roto, que tiene bien entablillado. No lo mueve. Con el otro carga una pequeña bolsita de tela que suena a cada paso que da. Izuku se ofrece a ayudarla, pero ella se niega.

—Tenemos un problema —le dice, cuando todavía van por los pasillos—. Bueno, era un problema —puntualiza— y ahora más bien es sólo un asunto… La princesa Momo es muy amable. La dejé descansar en tu cuarto. No sabíamos muy bien qué hacer con ella.

Parece apenada, pero Izuku sacude la cabeza. No importa. Entiende que nadie sepa qué hacer con nadie.

—Estaba agotada —sigue Mina—. Como tú… Me contó cómo llegaron.

—Tooru nos ayudó.

—Tooru es muy amable. —Mina asiente—. La he visto unas cuantas veces. Bueno… visto… Ya sabes. —Sonríe un poco e Izuku puede notar que, a pesar de que se esfuerza, la sonrisa se le queda a medio camino en el rostro y nunca llega a los labios—. Eijiro me ha llevado un par de veces. Los dragones son mejores para encontrar a los espíritus. Ya sabes. Magia pura y eso. Pero las brujas tenemos cierto tipo de sensibilidad.

Izuku asiente, prestando atención. La constante cháchara de Mina lo ayuda a centrarse mucho más que el silencio incómodo de Katsuki, que lo mira como si no supiera muy bien qué hacer con él. El Rey Bárbaro comprende que es una situación extraordinaria para Izuku, pero hasta que Mina llegó a arrebatárselo, parecía decidido a mantenerlo no más lejos de sus brazos.

—¿Y cuál es el problema? Digo, asunto.

—Cuando atacaron ayer… Bueno, las cosas fueron confusas. No le hicieron daño ni a Ochako ni a Tsuyu, pero… Así me agarraron —admite—. Magne dijo que la bruja había hecho algo. Brujería antigua. Rara. De esa que tenía que ver con los feéricos. No le entendí y hace rato no entendía por qué no despertaban. Ni Ochako ni Tsuyu. Sentía magia, pero era tan antigua. Y tan del este… No sabía que había magia de esa en el sur. —Mina frunce el ceño mientras sigue caminando. Ya están muy cerca de los aposentos que Izuku y, de repente, se siente como en casa otra vez—. Al final Momo se dio cuenta de qué era. —Hay una pausa—. Filtro de los muertos.

Hay un silencio, en lo que Izuku recuerda.

—Oh.

—Esa no es magia de brujas —dice Mina—. Las brujas podemos hacerla, por supuesto. Si adaptas el hechizo original. Pero no lo trajimos al mundo. Algo tan cruel… Eso es cosa de las hadas. Los feéricos son diferentes… El este es diferente. —Aprieta los labios en una fina línea—. Momo me contó la historia. Por cierto. La del príncipe que durmió treinta y tres años.

A las hadas les gustaba el número tres. Aparecían de tres. Siempre tres hermanas. Las de la historia eran un hada roja, un hada azul, un hada verde. El color de sus cabellos y de su piel sorprendía a la gente, de la misma manera que lo hacían sus ojos negros sin iris. Pero esas hadas guardaban un terrible secreto. Junto a ellas había nacido una cuarta hermana, de un color inusual. El hada negra. Su piel era del color de la noche, igual que su cabello. Parecía una sombra. Sus hermanas la apartaban, fingían que no existía, la mantenían en los márgenes de su vida. Y eso causó el desastre.

Fue en los años de la conquista. La historia del príncipe que durmió tres décadas y unos cuantos años más está documentada: no es sólo una leyenda. Por supuesto, con el tiempo se le ha conferido un carácter mucho más ficticio, piensa Izuku, y nadie sabe si los personajes dijeron esto o aquello —porque lo inventan—, pero de que pasó, pasó. Las hadas ayudaron en la conquista. Fue con su temible poder, que superaba a de las brujas y los hechiceros y los magos que una dinastía —que más tarde desapareció y de la que se borró su nombre de todos los libros, los monumentos, las estatuas, las tumbas, las paredes y hasta las cartas— pudo conquistar a todos los demás reinos.

Las hadas eran hijas del bosque. Surgían de la corteza de sus árboles, de su hierba, de su tierra, de las ramas. No nacían, pues no tenían padre y madre. Tampoco infancia. Ni vejez. Las hadas eran un punto detenido en el tiempo. De la misma forma que los dioses Antiguos, Sin Cara, habían creado a los dragones de la magia pura, el bosque quiso hijos y los espíritus escucharon su lamento. Entonces, de él nacieron hadas y todo el resto de las criaturas feéricas.

Rara vez salían de su bosque, al este del mundo. Y los reinos del sur rara vez sabían de ellas. Había demasiada distancia entre ellos.

Sin embargo, la última vez que pusieron un pie en el sur todo se volvió un desastre. Los reinos se volvieron uno, las fronteras se borraron, los templos de la madre se llenaron de refugiados, muchos dialectos se olvidaron. Y en medio de eso, un príncipe durmió durante treinta y tres años. Tres hadas estuvieron al lado del rey. Una cuarta apareció el día de presentación del heredero. La hermana olvidada, el hada negra, con la piel del color de la noche. Lo condenó.

«Dormirá tres décadas y tres años». Tres. Como las hermanas que la habían olvidado. «Su maldición se cumplirá en tres veces seis años cuando la punta de una aguja de bordado atraviese

—El hechizo para despertarlo… —empieza Izuku, pero Mina lo interrumpe.

—Romero en un té de jazmín. Para los labios del durmiente. Puede aplicarse con un beso…

—Eso es sólo parte de la leyenda. Nadie sabe si el cazador lo hizo así.

El príncipe había dormido, por supuesto. Ni siquiera las hermanas pudieron detener la maldición. Su magia sólo lo mantuvo en el tiempo, congelado como ellas. Lo protegieron en un gran palacio, con sus techos de pagoda y lo cubrieron de zarzas llenas de espinas —de las cuales todavía queda un rastro en el reino de los Shirakumo—. Allí empezaba a leyenda. Treinta y tres años un cazador había llegado al palacio. La antigua dinastía había sido derrocada y las hadas condenadas al exilio perpetuo en su bosque en el oeste. El príncipe era el único bastión que les quedaba y nadie lo recordaba. Otra dinastía —cuyo nombre también fue quemado, borrado y eliminado de todos los registros— se hacía cargo de los reinos unificados.

El cazador era también un brujo. O más bien, brujo antes que cazador, pero le decían así porque se deshacía de grandes fiera en todas las granjas, usualmente sin necesidad de matarlas; sus hechizos, además, acababan con las plagas.

Encontró al príncipe, entendió el hechizo —maldición— al que había sido sometido y preparó el antídoto. Probablemente no lo besó para despertarlo, pero la leyenda lo cuenta así. Cuentan que empapó sus propios labios y lo besó tiernamente. Una historia románica, sí. Al final, el príncipe se casó con el cazador y lideró una revolución —que fracasó— para liberar a los reinos.

Mina sonríe.

—No me culpes por pensar en la parte romántica. —Izuku la puede ver sonrojarse—. Además, un conjuro dibujado con mucho cuidado cerca de los pies del durmiente, con una ofrenda significativa. —Mina pone una expresión pensativa—. ¿Cómo adivinó el cazador de la historia qué objeto ofrendar?

Izuku se encoge de hombros.

—No es parte de la historia que nos llegó. Puedes imaginártelo como quieras —responde Izuku.

—Yo no tengo ni idea. —Mina mira al piso—. Creí que podría decidir, pero…

Están casi en la puerta de sus aposentos e Izuku entiende por qué Mina lo hizo ir.

—… tú las conoces mejor, yo no podría.

Izuku intenta formar una sonrisa.

—Vamos a despertarlas.


Los aposentos de Izuku, divididos en tres estancias muy amplias, están mucho más silenciosos que de costumbre. Es raro no oír, al menos, el suave rumor del ronquido de Tsuyu.

En vez de dirigirse a la derecha, que es donde está su habitación, se dirige hacia la izquierda, a la habitación que comparten Tsuyu y Ochako. Comparten cama desde hace años. «Es más fácil dormir cuando ella respira a mi lado», dijo Ochako una vez.

—¡Izuku!

La princesa Momo, sentada en los cojines de la ventana, se pone en pie y se aproxima hasta él. Se agacha para tocarle los pies y alcanza a rozarlos cuando Izuku le pone las manos en los hombros.

—No es necesario, Momo, además, somos del mismo…

La princesa se estira.

—Creo que perdí mi título al huir —dice.

—En ese caso…

—Quizá tú no —se atreve a decir ella.

—De todos modos, esos gestos no importan aquí. Es sólo si… —Suspira. Traen esa tradición en las venas, marcada con fuego—. Sólo si quieres.

Mina carraspea, detrás de ellos. Momo se apresura a tomar su bolsa y la abre para permitir que, con la mano buena, Mina saque un par de botecitos de pintura.

—La ofrenda, Izuku —pide ella.

El príncipe asiente y se dirige hasta los baúles de las dos jóvenes.

Sabe que la ofrenda tiene que ser algo significativo para el corazón. No para la mente o el razonamiento, sino para el corazón.

Así que revuelve ambos baúles hasta que algo lo convence. Una diadema para Ochako. Es de sus favoritas y seguro lo va a molestar por haberla ofrendado, pero a veces existe magia que requiere de esos sacrificios. La elige porque fue un regalo de Tsuyu y Ochako siempre la atesora cerca de ella. Para Tsuyu, una vieja cinta para el pelo que nunca se pone, pero que guarda junto a otras porque tiene bordados de sus hermanos. Les pide perdón antes de pasárselos a Mina.

La bruja, tras dibujar los hechizos, enciende una llama entrega las ofrendas al fuego. Izuku la escucha hablar el lenguaje de la magia y no le puede quitar la mirada de encima durante todo el proceso. Finalmente, cuando el fuego se apaga y puede mezclar el residuo con el romero con té de jazmín, se acerca hasta Ochako y Tsuyu, profundamente dormidas, una al lado de la otra, en su cama con dosel.

Suspira. Se queda mirándolas a ambas.

Izuku nunca las ha visto en sus momentos más íntimos y en ese momento también considera que debería apartar la mirada, como sí lo hace la princesa Momo.

Esa delicadeza en los ojos de Mina no es para cualquiera cuando sume sus manos en la primera tacita de romero y té de jazmín, que puso sobre una bandeja al lado de la mesa, no es para que la vean todos los ojos.

Sin embargo, sigue mirando.

Ve como Mina posa sus dedos, tan delicados, sobre los labios de Ochako primero y Tsuyu después. No la oye decir nada y, sin embargo, sabe lo que les está pidiendo.

«Despierten».


II.


Es fácil hablar con Tetsutetsu. Es como Eijiro, excepto que puede respirar hielo. En lo demás, son prácticamente iguales.

Es el primer dragón que Katsuki ve desde el día que firmó la paz con ellos. Años atrás, joven, idealista, aún con Mitsuki y Masaru a su lado. Acababan de tomar el castillo y les resultaba demasiado grande, cuando tiempo atrás habían dormido en un campamento donde todo el mundo podía oír todo. Tiempos en los que le había preguntado a Eijiro por qué peleaba a su lado y no al lado de los dragones.

«Es simple: tú me salvaste», dijo Eijiro.

«¡Nada es simple, maldito dragón!»

Tiempos en los que gritaba mucho más.

«Es simple. Para mi clan sólo soy un dragón débil», musitó. Katsuki todavía jura que nunca antes lo había escuchado con una voz tan débil como la de ese entonces. «Un dragón que no valía la pena salvar».

La historia es más complicada. Katsuki sabe que lo abandonaron después de una batalla, pero sólo después de que sus madres murieran. «Ninguna de ellas era roja, como yo». Katsuki no sabía demasiado sobre dragones, pero había entendido lo que significaba esa afirmación. Era un dragón de un huevo que se había caído del nido, que no debería haber nacido, porque esos eran los dragones débiles; sin embargo, a Eijiro lo habían salvado dos dragonas.

Aquellos tiempos. Cuando Katsuki había visto la paz tan cerca.

Las noches en las que Eijiro se acurrucaba con un Denki mucho más nervioso que el que ahora está en su consejo y le juraba que nunca volvería al norte y que se quedaría con él para siempre.

«Para siempre». Palabras grandes.

Entonces había creído que la paz no tardaría, tras firmar el tratado con los dragones. No contaba con la avaricia de Hisashi Midoriya.

Ayudar a limpiar el escombro al menos lo mantiene ocupado. Hacía tiempo que no les había tocado limpiar destrozos —aunque parte del ala norte todavía sigue destrozada porque nunca han enfrentado sus arreglos—. La última vez fue en el primer asalto de Shigaraki y su grupo. Cuando el Rey Hisashi Midoriya había atacado sin su hechicero, los habían detenido en los patios. No habían tenido oportunidad de destrozar nada.

De los prisioneros ya se ocupará más tarde. Cuando los muertos puedan descansar y todos los heridos hayan recibido atención.

—En el norte no tienen idea de lo que pasa acá —dice Tetsutetsu y luego parafrasea—: «Los problemas del sur son problemas del sur, que se arreglen ellos».

Katsuki gruñe. No está acostumbrado a que alguien se refiera al pueblo bárbaro como el sur.

—¿Y tú? ¿Por qué viniste?

—Eijiro me lo pidió. —Tetsutetsu se encoge de hombros—. Es como un hermano y llevábamos tiempo sin vernos. Sabía donde encontrarme.

Katsuki entorna los ojos, mirando a Eijiro.

—Quizá… —explica el dragón— algún día… me dijo donde podía buscarlo. Si quería volver.

Dice «si quería volver» y no «cuando tenga que volver». Katsuki sabe que un día toda esa corte va a envejecer y morir y Eijiro apenas si habrá cambiado.

Asiente, sin decir nada.

—No nos habíamos visto desde el tratado —dice Tetsutetsu—. No es mucho, claro, pero…

No sigue porque los interrumpe una voz.

—¡Katsuki! ¡Estás despierto! ¡Me tuve que enterar por culpa de Rikido!

—¡Si no sé dónde estás no voy a ir a buscarte cuando hay tanto que hacer!

Denki no se le abalanza encima como si lo haría con Eijiro, pero sí se acerca. Parece aliviado de verlo despierto y entero. De todos modos, se queda unos momentos mirándole el pecho.

Katsuki, en cambio, se fija en la mejila. Ahora su cicatriz con forma de rayo se extiende —clara y más visible a la luz que a la sombra— desde el brazo hasta la mitad de su mejilla.

—Qué miras, si también tienes una nueva.

Denki hace un puchero.

—¡No seas así! Si me la hice intentando salvarte. Maldito ilusionista. Ese que dice ser mago. —Frunce los labios—. Tiene buenos trucos. Me engañó para hacer que soltara un rayo que luego me rebotó.

Katsuki asiente.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Mejor que otros. Pero gracias a Izuku. Si él no… —No termina la frase, pero Katsuki adivina. «Si él no hubiera llegado». No es muy difícil ver por dónde van los tiros—. Y gracias a Eijiro —su mirada se desvía hasta el dragón—. Estoy bien. —Luego sus ojos vuelven hasta Katsuki—. ¿Tú, Rey Bárbaro?

Katsuki no responde, sólo bufa.

Pero Denki entiende.

—Me alegra, entonces.

Luego pasea su mirada por toda la estancia, fijándose en todo el cascajo ya limpio. Quizá antes del anochecer —o quizá por la mañana, tras las hogueras— puedan volver a tener un techo, gracias a la magia de Mina.

—Rikido dice que vayan a comer algo. Preparó un puerco —dice—. Para recuperar fuerzas. Se lo ofreció a los dioses.

Al final de todo, la vida sigue.


No encuentra a Izuku hasta más tarde, de un extremo de un patio al otro extremo. Va acompañado de una mujer más alta de él, de cabello negro, que lleva ropas color rojo y el emblema de un cuervo en el cinturón y en los bordados de la parte baja de la falda, al igual que en las manos. Demasiado ornamentado, considera. Como ese atuendo que Izuku usó cuando lo conoció. Lleva, además, el cabello recogido por detrás, sólo con un fleco que le cae sobre la frente. El Rey Bárbaro también alcanza a ver el cuervo de emblema en la empuñadura de la espalda colgada de su cinto.

Katsuki se queda un momento con la vista clavada en ella, porque su imagen no coincide con la imagen que tiene de la mujer que llegó a salvarlo la noche anterior. Pero toda la noche anterior a partir de que oyó el «¡Kacchan!» de Izuku es borrosa, así que no puede juzgar.

Después, su mirada se fija en Izuku, que todavía se ve cansado y agotado, pero no frágil. Triste, también, pero con una entereza que Katsuki no sabe de dónde saca. La primera vez que estuvo en una batalla y que después tuvo que jalar cuerpos para poder prepararlos para que tuvieran dignos honores funerarios, estuvo a punto de vomitar. No por el olor asqueroso que queda tras una batalla, sino por toda la ira que había acumulado en el estómago.

Izuku es diferente.

Está abrumado y Katsuki lo puede ver en su mirada.

(¿Quién no lo estaría?)

Sin embargo, mantiene la cabeza alta con un orgullo y una entereza que no cualquiera podría. Hay una fuerza interior en él que Katsuki sospecha que el príncipe no alcanza a ver tan clara cuando se mira a sí mismo, pero que está allí y lo acompaña a donde sea.

La que lo hace sacrificarse completamente por lo que considera sus ideales.

Sin remordimientos. Con tristezas, sí, pero con la seguridad plena de que está haciendo lo correcto.

—Su Majes…

—No usamos esos títulos aquí. —Katsuki interrumpe a la princesa.

—Katsuki, te presento a la princesa Momo Yaoyorozu. —Se aclara la garganta antes de seguir—. Princesa General. Comandante de su ejército. Aunque ya no… —carraspea, mirándola, en busca de ayuda.

—Dudo ser ya una princesa, Su… —Se corta antes de seguir. Hay un silencio incómodo hasta que por fin se anima a hacer una pregunta que, por la urgencia que Katsuki detecta en su voz, supone que la está quemando por dentro en ese momento—. ¿Cómo debería llamarlo, Rey Bárbaro?

—Katsuki. O Bakugo, si quieres algo más formal.

—Bakugo, entonces.

Momo intenta inclinarse, busca sus pies con las manos. Pero al igual que Katsuki hizo varias estaciones atrás con Izuku, el Rey Bárbaro lo impide.

La princesa Momo Yaoyorozu es una desconocida y ese gesto le sigue pareciendo incómodo. Una cosa es Izuku explicándole todo lo que tiene que ver con el amor y el cariño en buscar los pies del ser amado, otra es una princesa a la que está viendo por primera vez con atención.

—Aquí no hacemos eso —dice, completamente serio.

—Esperaba poder quedarme aquí —suelta Momo, otra vez completamente erguida—. ¡No en el palacio, por supuesto! Sino en tierras bárbaras…

—La gente del norte es libre de ir a donde la plazca —espeta Katsuki, pero hay otra pregunta que tiene clavada, porque esa es una princesa escapista—. ¿Por qué huiste? ¿Por qué traicionaste a tu pueblo?

No puede evitar el dejo de resentimiento que hay. Porque para los bárbaros no existe esa opción. Nadie puede huir en soledad porque está condenado a perecer apenas llegue el invierno. En el sur, en cambio, son capaces de entregar a sus propios hijos.

—Katsuki… —empieza Izuku, con un tono más conciliador, pero la princesa alza una mano, para pedir silencio.

—El sur no es el norte, Bakugo —dice—. Allá esperan que comande un ejército en guerras que sólo beneficiarán a mi dinastía y nunca a mi pueblo. Vea a los soldados del sur. Arrastrados en esta guerra, abandonados a su suerte, sin sepultura digna. —Hace una pausa y una de sus manos descansa en la espada—. Quiero enterrar la espada.

—No creo que vengas al lugar correcto. —Katsuki alza una ceja—. Un territorio en guerra…

—Usarla para defenderme, pues, no para pelear. O pelear por una causa, no para aplastarla. —Momo desvía la mirada y acaba mirando al cielo—. En el sur me esperan muchos halagos. «¡Princesa General!». Futura ministra de guerra. Es lo mismo decir que ministra de la muerte allá. En un reino tan bélico, constantemente aplastando rebeliones en el oeste. No quiero ser sólo una guerrera toda la vida. Bueno… —corrige, porque el pueblo bárbaro es guerrero por naturaleza, para proteger su tierra y su gente—. No quiero ser sólo una guerrera de esa manera.

»Y quizá aquí mi espada tenga buen uso, Rey Bárbaro.


Katsuki no duda que, en su recuento, las historias del futuro digan que un gato con dos colas y de pelaje morado se acercó al último cuerpo que arrojaron a la fosa y le dio un zarpazo.

Es el cuerpo de Magne, la maga de metal.

Katsuki no sabe su nombre real, pero todos siempre se refirieron a ella como Magne. Pero tampoco le importa averiguarlo. Le hizo daño a Mina y pagó a cambio.

«¿Por qué peleamos?»

La voz de Mitsuki siempre aparece cuando los muertos se empiezan a asentar en la tierra. No es casualidad.

«¡Para defenernos!»

Le costó aprender la respuesta y entender que pelear no era gratuito. Todavía, cuando vuelve la vista atrás, le cuesta entender el miedo de Mitsuki. La manera en la que o jalaba del brazo para esconderlo debajo de la mesa y se ponía con él en cuclillas. Para Katsuki era el juego arruinado, para Mitsuki era la única protección que tenían de los soldados. Que vieran una choza pobre, abandonada, con un mantel mugriento sobre la mesa. Le cuesta entender el miedo que se escondía detrás de su mano golpeando su nuca, pero lo ve claro.

Shinsou se aparta y vuelve a tu forma humana. Está repleto de cicatrices, como todos los demás.

Izuku va de blanco, el color del luto, como el de la capa de La Madre. Se acerca hasta la fosa cuando echan el último cuerpo. A Katsuki le cuesta verlo todo de blanco, casi sin adornos. Le cuesta distinguir también que la tela tiene bordados en blanco que aluden a lo terrestre. Recuerda lo que dijo el príncipe cuando le preguntaron sobre los rituales.

«Volvemos a la tierra».

Así lo ve hincarse sobre otra tela blanca y dedicarle una breve oración a los muertos. Katsuki aparta la mirada.

Los bárbaros son honorables, siempre lo han sido. Nunca vejan ni exhiben los cuerpos.

«No hay honor en las prácticas del sur». Esa es la voz de su padre. Tranquila, apacible, demostrando que el amor era posible incluso en los momentos más difíciles y más oscuros. Que era posible ver el mundo con infinita esperanza y nunca rendirse a encontrarla. Habían hecho bien equipo, Masaru y Mitsuki.

Se habían asegurado de meterle los principios de los bárbaros como habían podido.

«No hay honor en despreciar a enemigo, Katsuki». La voz de su madre se le clava, hondo, bien profundo. Siempre puede oírla en dialecto, con demasiada claridad.

Pero a veces entiende la furia de la gente que desea adornar las murallas con cuerpos y demostrar superioridad, victoria. Lo que sea.

Así que aparta la mirada cuando Izuku patea un puñado de tierra hasta la fosa.


Mientras que para el sur el luto es blanco, como la capa de la madre, para los bárbaros el luto es sólo otra parte de la guerra.

Es lo que ocurre en un pueblo guerrero, tan acostumbrado a pelear en todos los frentes sólo para poder preservarse.

Katsuki permite que Denki haga lo que quiera con pintura anaranjada en sus mejillas, aunque no le permite tocar sus brazos, que llevan las mandas anaranjadas y por los tatuajes que tiene en los hombros.

El mago, sin embargo, insiste en dibujar sobre su pecho. Katsuki sospecha que tiene algo que ver con las cicatrices, pero no pregunta.

Mina hace lo propio con los brazos de Izuku. Para convencerlo le dice que no hay nada malo en mezclar tradiciones y le habla de la muerte para los bárbaros. «Es un viaje, un paso adelante. Es lo que sigue de la vida y no hay que entristecerse demasiado por ello. Es un ciclo y así lo honramos».

E Izuku, al quien no le molesta en lo absoluto el compartir las tradiciones, deja que Mina le pinte los brazos con verde.

Cuando se acerca hasta Katsuki, a quien por fin Denki ha dejado solo, parece nervioso pero mucho más tranquilo. Katsuki tiene el cráneo del venado en una mano, pero antes quiere ver al príncipe sin que una parte de su visión se vea obstruida.

El Rey Bárbaro busca su mirada de Izuku.

Casi se le olvida como respirar —como siempre— cuando lo ve a los ojos.

Verdes, delineados con kohl verde. Enormes, que resaltan y casi se pueden ver estrellas brillar en ellos.

Tan asustados y dubitativos cono la primera vez que lo vieron.

Igual que empezó todo. Ojos verdes sobre ojos rojos.


Katsuki no deja de notar que Izuku quiere hacer preguntas, pero en esa ocasión de las guarda. Las piras están acomodadas en el patio. Cada quien rodea a sus muertos. Denki es quien se acerca hasta la pira de Setsuna y es el único que no lleva una antorcha.

Poco a poco, todo el lugar se va quedando en silencio.

Están esperando.

Entonces el viento transporta el inicio del canto de Jirou. Su voz de alza en todo el patio, los envuelve y los abraza.

Jirou empieza a entonar la canción de los guerreros y otros más se van uniendo a ella. Es una canción de despedida. En ella, un guerrero se despide de su amada.

«Volveré», asegura el hombre en la letra de la canción. «Me quedaré para siempre ti».

Así es para su pueblo. La gente no se va, no realmente.

Katsuki llevaba años sin oír esa canción. La última vez, Jirou la entonó para Mitsuki y Masaru, a los que habían envuelto en sus capas. Esa vez se le quebró la voz muchas veces. Ahora se las arregla para cantar sin que sus notas tiemblen apenas y Katsuki la imagina diciendo que Setsuna así lo habría querido.

Las voces se siguen sumando.

El patio —ya lleno de color, exceptuando por Izuku, Mina y Tsuyu, que van de blanco— se llena de canto.

La muerte es un paso, se repite Katsuki, un viaje. Nadie nunca realmente se va.

(Piensa en su madre en sueños).

Cuando las notas de la canción empiezan a morir, la gente empieza a acercarse con sus antorchas hasta los muertos. Denki se inclina sobre la pira de Setsuna y clava allí su mano. Cierra los ojos y llama al rayo. La luz baja desde el cielo para despedir a la guerrera y prende fuego sobre la madera y la paja.

Denki se aleja cuando suena el trueno, porque los rayos nunca bajan solos.

Katsuki mantiene la mirada fija sobre la pira.

No llora.

A su lado, Izuku suelta todas las lágrimas por él.


Notas de este capítulo:

1) Partir el pan. Es muy simbólico en muchas culturas, quería meterlo. O quizá no el pan, sino algún otro rito con la comida, sobre todo para con los huéspedes.

2) Me urgía contar un poco más de la infancia de Eijiro y unirlo a su backstory en la serie. Aquí adapté su poca autoestima de una manera un poco libre y bueno, salió así. Por supuesto, es un dragón muy fabuloso que ya conoce su propia fuerza.

3) La bella durmiente en la versión de Charles Perrault (que tengo ilustrada por Doré) es uno de los cuentos que más me ha obsesionado a lo largo de mi vida y quería hablar de ello. También metí un poco de tradición fantástica clásica hablando de las hadas del oeste y retomé un poco la historia de la conquista de los reinos con ello. Espero que les haya gustado el guiño y no piensen que hablo demasiado.

4) Por último, hablar de ritos sobre la muerte me gusta. Como la ven unos y otros. Por qué en el norte la honran sin vejarla en cuestiones de guerra. Cómo despiden a sus guerreros. Porque se canta una canción para los guerreros siempre que muere alguien. Toda esa clase de cosas. En todas partes hay distintos ritos que tienen que ver con la muerte y hay cosas de por allí y por allá.

Andrea Poulain