Capítulo XIX.
Un rey se debe a su pueblo


I.


Las cenizas y los restos que quedan se entierran en las catacumbas —al menos de quienes así lo desean: algunos refugiados simplemente guardan sus cenizas para cuando vuelvan y reconstruyan sus aldeas y puedan enterrar a sus muertos entre las raíces de los árboles y hacer las placas sobre ellos—. Kyoka entona de nuevo la canción de los guerreros cuando lo hacen y Katsuki se esfuerza por mantenerse impasible. La tierra removida queda cubierta de flores.

Más tarde pondrán las placas, esperando que alguien recuerde a los muertos.

Es muy tarde, de madrugada y hace frío en las catacumbas. Katsuki se cubre con la capa y se aleja un momento del resto. No todos bajaron. Ochako y Tsuyu se retiraron a dormir —lógico que estuvieran cansadas, después del hechizo al que las habían sometido—. Mina se fue con ellas, era momento de dejar descansar sus heridas y quizá dedicarse algo de tiempo para hacerse una curación ella misma.

Eijiro y Denki acompañan a Kyoka y al resto de su partida de caza.

Katsuki se aparta un momento cuando ve la placa de sus padres. Unidos en la muerte y en la vida.

«Mitsuki y Masaru Bakugo», reza. Y hay una frase escrita en dialecto que sólo Katsuki entiende. «Que el amor y la magia conquisten todas las tempestades». Katsuki ni siquiera tuvo que pensarla cuando sus padres murieron.

Mitsuki había pensado en su muerte.

«Niño, cuando me muera, ya sé que inscripción quiero».

«Da igual, no te vas a morir pronto», espetó Katsuki entonces. «¡Vivirás para atormentarme por siempre!».

Entonces ya era Rey, ya vivían en el palacio, esa fortaleza que parecía impenetrable. Y la mano de Mitsuki todavía aterrizaba sobre su nuca y le recordaba que no podía dejar que su orgullo le nublara la mente. Al final tuvo razón. Katsuki creyó que sería capaz de tono con sentarse en el trono. Nunca se le ocurrió que el rey Hisashi Midoriya mandaría a sus mercenarios.

«¡De todas maneras me vas a oír, niño!»

«Mitsuki…». La voz de Masaru siempre entre ambos, como un puente que se tenía entre ellos.

«Que el amor y la magia conquisten todas las tempestades», dijo entonces Mitsuki.

Katsuki no volvió a pensar en ella hasta que, meses después —demasiado pronto—, Shigaraki los mató a ambos. No tiene mucho que ver con la personalidad de su madre. Pero quizá sí con sus ideales. Si se esfuerza en pensarlo desde su punto de vista.

—¿Qué dice allí?

Es la voz de Izuku, que lo sorprende. Voltea y lo encuentra a unos pasos de él.

—Sólo si puedo saber. —Izuku baja la vista, nervioso.

—Puedes —responde. Katsuki carraspea y luego traduce la frase para Izuku—. «Que el amor y la magia conquisten todas las tempestades». No tiene mucho que ver con ella. O sí, quizá. La eligió mi madre. Y mi padre estuvo de acuerdo.

—¿Así como está escrito…?

Katsuki lo dice. Las vocales suelan más duras, los sonidos más guturales, pero el significado sigue allí y es quizá más profundo porque es la primera lengua que habló y es la lengua en la que toda la vida le habló Mitsuki, incluso en los sueños.

«Que el amor y la magia conquisten todas las tempestades».

Entiende la parte de amor. Por mucho que Mitsuki Bakugo no hubiera sido nunca el prototipo de madre amorosa, si fue una que se enfrentó a la guerra misma, carnicería sin fin, para darlo a luz y criarlo. La parte de la magia es más difícil; a esa la ha dado vueltas una y otra vez sin llegar a ninguna conclusión. Quizá parir a un niño en un territorio tan asolado por la muerte, tan lleno de sangre, es un acto de magia en sí. Hay magia en la tierra, Mitsuki siempre lo dijo. «Nos rodea a todos, aunque no podamos usarla como las brujas y los magos, nos arrulla en su seno, permite que vivamos en ella. Y es, ante todo, Katsuki, escúchame bien, el símbolo de la libertad». Nada controla a la magia. Todos en el norte lo saben.

Así que quizá si representa un poco a Mitsuki.

«Que el amor y la magia conquisten todas las tempestades».

Y entonces se le ocurre algo.

—Podría enseñarte.

—¿Qué? —Izuku hace mucho los ojos.

—Mi dialecto. Dudo que sea útil porque redujeron nuestra aldea a cenizas. No sé quiénes quedan. Quizá nadie. Pero…

Izuku busca su mano, la toma y se recarga un poco contra él. Es un gesto bastante íntimo para no estar solos, pero de todos modos nadie los está mirando.

—Me encantaría, Kacchan. —Después hay un silencio—. ¿Sabes? En el sur, cuando tienes un enamorado y las cosas son serias…, antes de casarse… —Se sonroja mucho más de la cuenta y Katsuki lo ve—. No porque nosotros… Bueno, es costumbre llevar a los enamorados a los mausoleos familiares. O a las tumbas familiares. Honramos a nuestros muertos.

—¿Y después?

—Juramos que los vamos a proteger por siempre. Para que sus ancestros escuchen.

Izuku lo soltó a media frase y Katsuki ni siquiera se dio cuenta. Da un par de pasos hasta la inscripción y se deja caer de rodillas. Esa vez no hay ninguna tela que proteja el blanco de sus piernas, así que las rodillas quedan manchadas.

El Rey Bárbaro se queda sin respiración.

Las palabras de Izuku se le clavan muy hondo.

—Prometo que protegeré a Katsuki siempre. Siempre.

Un «yo también te protegeré» se queda clavado en su garganta, pero no acaba a pronunciarlo.


La vida en el palacio sigue su curso.

Katsuki interroga a todos los prisioneros, pero casi ninguno sabe nada de Shigaraki. Le pregunta a Izuku si cree que los puedan usar para obligar a su padre a detener las hostilidades, al menos un tiempo. Pero Izuku lo mira con pena y niega con la cabeza. «Son sólo soldados, Katsuki, si no hay ningún alto mando… Seguramente los mandó porque no le importaban».

Kyoka se marcha a la frontera. Promete volver con un venado, al menos y asegurarse que todas las aldeas de las fronteras están seguras. Es extraño verla sólo con Itsuka a su lado, sin Setsuna. También le cuesta acostumbrarse al parche negro sobre una de las cuencas de sus ojos y a la cicatriz que se alcanza a ver por los bordes. La princesa sureña, Momo Yaoyorozu, se marcha con ella también. Deshizo su único atuendo y, con pedazos de armadura, es una mezcla entre la moda del sor y del norte. Usa todavía la chaqueta, pero en vez de cinturón con el cuervo lleva protecciones en la cintura, adaptadas de una armadura vieja que encontró. Debajo lleva pantalones más ajustados, a la moda del norte. A Katsuki le parece gracioso, pero no comenta absolutamente nada.

El neko se queda. Katsuki creyó que Hitoshi Shinsou se marcharía tras el ataque al palacio, pero se queda, apostado en la cocina de Rikido tres veces al día, sin falta. Algunas veces en su forma gatuna y otras en su forma humana.

Con magia, el brazo roto de Mina no tarda en curarse y sólo le quedan unas pequeñas cicatrices de unos cortes que le hizo Magne en el hombro. Nada muy grave, se desvanecerán con el tiempo. Arregla el techo del salón del trono con pintura de escamas de dragón y luego le pide permiso a Tetsutetsu y a Eijiro para hacer lo mismo con el ala norte, que lleva hecha una desgracia años. Los dos dragones aceptan y Mina pasa días enteros en el ala norte. Al final, cuando no queda ni un solo destrozo, lleva a Katsuki a verla.

El Rey Bárbaro la recorre sin reconocerla, pero evita la antigua habitación de sus padres.

Los refugiados empiezan a marcharse después de una o dos semanas, cuando es evidente que Shigaraki no planea volver inmediatamente. Se oyen los rumores de algunos ataques en la frontera, sin embargo, y Katsuki manda a Eijiro con Denki para asegurarse de que todo esté en orden, porque Kyoka aún no vuelve.

Así que algunos refugiados se quedan. Hay habitaciones de sobra. Mina adecua dos o tres para que los niños jueguen y pasa horas con ellos, hablándoles de magia. Lo mismo Lady Ochako y Lady Tsuyu. También a veces descubre a Izuku allí.

Como en ese preciso momento.

—… y entonces la Señora del Sol se ocultó muy enojada y muy herida. —Izuku no sé da cuenta cuando llega Katsuki—. El Dios Coyote la había tratado muy mal y ella no deseaba que la insultaran. Por eso, se dice que hace muchos años, en Shiketsu cayó un invierno terrible. Todos morían de frío, las flores no salían. Nevaba todo el tiempo… —Izuku alza la cabeza y es allí cuando descubre a Katsuki recargado en la entrada. El Rey Bárbaro alza una ceja y le hace una seña para que sigue y los niños no descubran su presencia—. Nadie sabía qué hacer. Incluso la Diosa Conejo y la Diosa Tortuga se unieron en su enemistad para encontrar una solución. —Uno de los niños se ríe con los nombres de los dioses—. Pero nadie sabía qué hacer. Hasta que el Dios Perro, recordando que la Señora del sol era muy vanidosa, consiguió un espejo de agua. —El príncipe tiene a todos los niños cautivados. Sabe tratarlos, se le dan bien. Katsuki, en cambio, los asusta apenas lo ven. Así que es mejor que no lo descubran todavía—. Y se acercó a la cueva donde la Señora del Sol se había recluido y dijo: «¡No necesitamos una Señora del Sol! ¡Mira! ¡Tenemos una muy guapa!». Y la Señora del Sol se enojó cuando se asomó y vio que había alguien más.

—¡Pero era ella! —grita uno de los niños.

Izuku asiente y sigue con la historia.

—Así que decidió salir. ¡No había ninguna Señora del Sol tan guapa como ella! Así que salió y allí descubrió el engaño del Dios Perro, que es desde entonces su amigo, pies la Señora del Sol dice que nadie lo considera tan guapa…

Y entonces uno de los niños se voltea y lanza una exclamación ahogada.

—¡El Rey Bárbaro!

—¡Falta su cráneo de venado! —dice otra de las niñas.

Izuku suspira y Katsuki, entre el griterío, alcanza a distinguir un «al menos ya había terminado la historia» que dice por lo bajo.

—Ey, ey, dejen al Rey Bárbaro en paz —dice, haciendo que su voz se alce sobre la de los niños—. Vayan a jugar ustedes.

Tardan un momento en dejarlos solos. Katsuki no le quita la mirada de encima a Izuku. Ver que la normalidad —tan anormal como sea— vuelve a sus facciones. Lleva unos pantalones color crema claro, anchos y sobre ellos una chaqueta color verde oscuro, ajustada con un cinturón negro. Las mangas tienen un bordado sencillo, de un bosque, en color crema y algunos detalles en verde más claro. Izuku lleva una diadema color oro que lo ayuda a mantener el cabello, cada vez más largo —con excepción del flequillo—, a raya.

—Katsuki, no esperaba que vinieras aquí.

—Nunca habíamos tenido niños aquí. No muchos. —Katsuki tuerce la boca—. De todos modos no vine a verlos. Vine a verte a ti.

—¿Para…?

—Mina y yo tenemos una idea. Y tú eres la pieza clave.

Izuku abre mucho los ojos.

—Oh. Oh. Está bien.


—No le hemos sacado nada a los prisioneros. Son… —Katsuki se lleva las manos a la cara—. Son inútiles. Si no pueden ser usados para convencer a tu padre de un alto al fuego y no saben nada y no puedo dejarlos ir porque eso sería sólo una receta para el desastre…

—No hables así de ellos —interrumpe Izuku.

Katsuki bufa.

Izuku es demasiado corazón, pero no puede culparlo. No es la primera vez que él lidia con prisioneros.

—Pero es cierto…

—Pero son personas —murmura Izuku.

—Como quieras. Maldito idealista… De todos modos necesitamos saber lo que planean tu padre y Shigaraki. Nos ayudaría si los soldados supieran algo de los malditos portales… pero tampoco. —Katsuki no puede evitar el tono frustrado. Van días y días que los pasa encerrado en la sala del consejo o que oye largos informes o que atiende refugiados. No ha tenido tiempo ni siquiera de analizar hasta dónde lleva el daño causado por las cicatrices que tiene en el pecho y tampoco ha tenido tiempo para hablar con Izuku sobre su estrategia, sobre lo que significa que haya traicionado a su reino. Los dos están volcados en hacer que todo funcione dentro del palacio y él último momento a solas que tuvieron fue frente a la tumba de Mitsuki y Masaru—. Mina sugirió algo.

—¿Qué es?

—Usar la fuente con el agua de los deseos —dice Katsuki—. Pero a mí no me muestra nada legible porque soy incapaz de concentrarme cuando se trata de Shigaraki. —Gruñe—. Pero tú… tú podrías… Tienes la cabeza más fría que yo.

—¿Quieres que le pida que me muestre a Shigaraki?

—O a tu padre. O a ambos. Lo que sea. Sospecho que Shigaraki está con él.

Izuku asiente, con el ceño fruncido. Katsuki no puede adivinar en qué está pensando y eso lo extraña. Usualmente es fácil adivinar, aunque sea, el estado de ánimo de Izuku. Parece dubitativo, pero Katsuki también piensa que quizá está esforzándose por mantener una máscara que oculte todos sus sentimientos o volverá a derrumbarse.

Han hablado de poner un alto al fuego, pero nunca de su futuro personal y eso empieza a pesarles.

—Está bien —dice, finalmente.

—No tienes que decir que sí —remarca Katsuki—. No es una orden.

Los ojos verdes se le clavan.

—Lo sé, Kacchan.

«Kacchan». No se lo dice siempre, pero cada que lo hace, Katsuki siente que su corazón late mucho más rápido.


Mina vuelve a hacer e dibujo en el suelo a un lado de la fuente de los deseos. Izuku, atrás, mira sus manos.

—Ya casi está —dice Mina—. Katsuki desperdició un montón de mis hechizos cuando no estabas, Izuku.

—¿De verdad?

Katsuki bufa. Por supuesto, va a delatarlo.

—Quería verte.

—¿Y…?

—Lo lograba unos segundos. Nunca más —Katsuki aleja la mirada—. Quizá si lo hubiera logrado habría sabido… —Aprieta los puños porque en realidad todavía no han hablado de la confrontación de Izuku con su padre, pero Katsuki espera lo peor. Especialmente de un padre que le deja una cicatriz en el pecho echa con el atizado de la chimenea.

—Intentó con Eijiro —agrega Mina—, pero eso fue peor.

Izuku clava la vista en el suelo.

—Mi padre lo apresó. Más de veinte guardias y parte de la realeza. —Oye en la voz de Izuku un tono que no había escuchado nunca antes: resentimiento—. No pude hacer nada en ese momento.

—Eijiro me contó —dice Katsuki—, aunque sospecho que se guardó detalles.

Izuku no dice nada, sigue con la mirada clavada en los pies.

—Podría haberme apurado más, llegado antes… Pero Momo y yo paramos en Hosu.

—¿Hosu?

—Mi madre —responde Izuku—. Ella estaba… allí.

El Rey Bárbaro no pregunta nada más. Ya tendrán tiempo de hablar, se promete. Cuando Shigaraki no los esté persiguiendo tan cerca.

—¡Listo! —anuncia Mina.

Izuku se acerca. Mete los dedos al agua. Respira hondo dos veces, quizá hasta que sus latidos se calman. Y entonces le habla al agua.

—Muéstrame a Tomura Shigaraki.


II.


Tomura Shigaraki es una pesadilla de su infancia. Con el cabello azul y la piel cuarteada alrededor de los ojos.

Unos ojos rojos, más oscuros que los de Katsuki, mucho más siniestros.

No lo vio demasiadas veces. Era un protegido de su padre unos cinco años mayor que él y su madre no lo soportaba cerca de Izuku. Especialmente porque no podía controlar sus poderes de hechicería.

Ahora, cuando aparece en la superficie del agua, sólo siente una parte de ese miedo pasado.

No ha vuelto a la noche que rescató a Kacchan porque no puede dejar de ver la imagen, la desesperación.

Pero la imagen en el agua lo lleva a nuevo territorio.

Es Shigaraki, con el pelo de ese color gris claro sucio, casi blanco, con una capa roja y un atuendo nuevo, limpio, color negro al estilo del sur.

Está discutiendo con su padre.

Hisashi Midoriya se yergue entero enfrente de su trono. Es alto, imponente. Izuku lo sabe bien.

—Déjame oír las voces, por favor… —pide Izuku.

El agua se mueve y las imágenes quedan distorsionadas por las ondas un momento.

—Por favor… —pide el príncipe.

Cuando las olas dejan de moverse, se puede oír el rumor de unas voces muy lejanas.

«¡Tu quisite adelantar ese ataque! ¡Si hubiéramos tenido el apoyo de otros reinos! ¡Ese era tu trabajo…!»

«¡Tomura!». Izuku conoce esa voz. Es de advertencia.

«¡Sabes por qué lo retrasamos! ¡Sabes por qué Dabi estaba tan enojado! ¡Nos mandaste a buscar a un maldito que nos costó meses encontrar para luego traernos de vuelta apenas tuviste noticias de tu hijo!»

«Las distancias no son nada para ti, Tomura. Con Kurogiri…»

«¡Con el Hombre de Piedra hubiéramos ganado! ¡Pudiste detenerlo todo cuando tu hijo huyó, Majestad, concentrar las tropas en su búsqueda, comprarnos tiempo para que el ataque fuera contundente! ¡Ya lo habíamos retrasado!»

«¡Tu trabajo era traerlo de vuelta, Tomura!»

Hisashi Midoriya se hace más alto, si cabe. No importa que esté en el charco de agua, lejos de allí, a días de viaje, Izuku se retrae sobre sí mismo, porque sabe que ese gesto es un preludio de algo más.

Cuando más leve, al menos un insulto.

Una mano se posa en su hombro, pero Izuku no voltea.

«¡Crees que tu hijo está indefenso pero se lanzó contra nosotros con todas…!»

«¡Creo que conozco a mi hijo mejor que tú…!»

Hisashi Midoriya alza la mano. Izuku conoce ese preludio tan bien que su brazo, el que no está en el agua, busca cubrirse el rostro.

—¡Izuku!

Es sólo un reflejo guardado por años en los que su madre detuvo esa mano. O por todos los años que no pudo detenerla.

Pero esa vez la mano de su padre se detiene. La imagen se mueve, las ondas del agua la hacen difuminarse. El príncipe respira hondo —calmarse nunca le ha costado trabajo— y la imagen vuelve a hacerse nítida.

No puede oír otra vez, por un momento.

—Las voces… — murmura, dirigiéndose al charco—, por favor.

«¿Vas a tratarme como a tu hijo, Majestad? Vamos a ganar. Danos tiempo. El Hombre de Piedra está casi bajo nuestro control. Tenías razón en usar a los malditos de las Tierras Malditas».

«Más te vale, Tomura».

«No soy tu hijo, Majestad. Puedes contar conmigo».

Sin darse cuenta, Izuku saca la mano del agua de los deseos y la imagen se desvanece.

—¡Lo siento! Puedo volver a…

—No. —Katsuki detiene su mano—. No es necesario.

—No te preocupes, Izuku —murmura Mina—. Podemos intentarlo después. Quizá sería bueno saber a qué se refiere con el Hombre de Piedra. —Izuku se da la vuelta y ve como ella le dirige a Katsuki una mirada muy clara—. Pero no hoy. Siento que no he descansado en días. Una semana y media entera.

—Mina…

—Otro día no hará la diferencia, Katsuki.

Empieza a recoger sus cosas.

—Y me parece que ustedes también necesitan descansar. —Todas las tintas caen en una bolsa hecha de pieles que tiene, los papeles. No deja nada y apenas si se despide al marcharse.

Izuku vuelve su vista de nuevo al agua.

Es clara y refleja el techo, pero él sigue viendo a su padre y a Tomura Shigaraki.

Traga saliva antes de atreverse a decir lo que va a decir.

—Conmigo nunca detuvo la mano —confiesa—. No por voluntad propia.

Katsuki lo abraza por detrás.

—No me importaba —sigue Izuku—. Creía que no me importaba. Hay reflejos aprendidos.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Mi madre. Solía… En la nunca. Nunca muy fuerte —confiesa Katsuki—. Nunca como… Era diferente. —Parece que le cuesta encontrar las palabras, así que Izuku espera—. Me costó demasiado tiempo entender que todo lo que mi madre hizo, bueno o malo, lo hizo desde el amor. Tan grande y tan fuerte que a veces la rebasaba. —Izuku no puede verle la cara, pero nota su voz temblar y oye sus dientes cerrarse con fuerza. Tarda en volver a hablar—. Te hubiera puesto nervioso, creo. Pero a la vez te hubiera adorado. La conozco lo suficiente, me crío.

—No puedo decir lo mismo de mi padre —dice Izuku y un intento de sonrisa se pinta en sus labios—. Creo que sabemos lo que siente hacia ti. Y sé que nunca esperó que yo te quisiera. O que tú me quisieras. Y tampoco… Nunca lo había visto detener su mano por voluntad propia.

Katsuki aprieta su abrazo.

«No sé qué decir».

Izuku entiende.


La pregunta cae como un jarro de agua sobre Izuku.

—¿Qué harás si derrotamos a tu padre? Si firmamos la paz.

—Kacchan…

Izuku pasó parte de la tarde con Ochako, en los jardines, viéndola usar algunos conjuros fertilizantes sobre las flores que Mina le había enseñado. Pero volvió con Kacchan y ahora están solos, en los aposentos del Rey Bárbaro, después de compartir la cena.

—Debes de haber pensado algo, eres un estratega.

Es cierto. Tiene que hablar de su futuro. No sólo del futuro en general. Necesitan abordar el suyo, extenderlo frente a frente. Izuku lleva dándole vueltas. Es el único heredero. Lo que significa, quizá, tener que volver. Abandonar el norte y esa vida que se ha construido allí.

«Madre, ¿qué hago?»

—No.

—¿No qué? ¿No eres un…?

—No he pensado nada —confiesa.

Sabe las implicaciones que tiene para él.

—Mientras tu padre sea rey, no creo que haya paz. —La voz de Katsuki es dura y no lo culpa. Él está por llegar a la misma conclusión. Probablemente se vayan a enfrentar a otro ataque del que aún no saben gran cosa—. No creo que haga un alto al fuego. Nunca. Ni siquiera aunque tenía una lanza contra su garganta… ¡Porque eso ya pasó y…! —Su mirada, que hasta entonces había paseado por todo el lugar, se clava sobre él—. Tú eres el heredero.

Qué peso.

¿Será capaz él de detener todo?

Lo soñaba. Sí.

Se sintió dolido cuando su padre lo apartó y ahora sabe que todo está diseñado para que él no pueda gobernar un solo día de su vida. Sus consejos, todos seguirán la tradición de la guerra. Shigaraki está dispuesto para ser su sombra.

—Katsuki —dice, con la mayor claridad posible. Algo se revela dentro de él en ese preciso momento—. No quiero ser rey.

Cae sobre una losa entre ellos, con el silencio que le sigue.

—¿Qué? —pregunta Katsuki.

—No quiero ser un títere.

—¡No entiendo que tiene…!

—Mi padre dispuso todo de manera que yo no pueda gobernar nunca. Planea que Shigaraki sea mi sombra. ¡Él heredero es él, no yo! ¡Yo sólo soy la apariencia! No puedo…

—¡¿Y no pelearás contra eso?!

—¡No he dicho eso!

Con Katsuki los ánimos siempre suben en un momento. Es como una olla en ebullición en constante peligro de derramarse. Pero con él Izuku ya no se retrae. No tiene necesidad. Sabe que puede lanzar todos sus sentimientos en dirección a Katsuki

—¡¿Entonces que chingados…?!

—¡Kacchan! —corta Izuku—. ¡No dije que no pelearé! ¡Sólo dije que no quiero ser rey! ¡No quiero estar solo y no poder enfrentarme a un consejo!

—¡Si no eres tú, tu padre pensará en alguien más! ¡Shigaraki!

—¡Estaremos separados entonces, Katsuki!

—¡¿Crees que no lo he pensado?!

El grito es tan fuerte que Izuku no puede pensar en ninguna otra respuesta.

—No creas que renunciaría a ti. Nunca. Ni siquiera aunque tuvieras una corona y tuvieras un deber para tu reino como yo lo tengo para las tierras bárbaras. —Hay una fría cólera en la voz de Katsuki que Izuku no puede situar. Una que lo mantiene callado, apenas sin respirar—. Nunca he dejado que nadie use el amor contra mí y no voy a dejar que empiecen. Pero no entiendo…

—Katsuki, Kacchan. —Izuku interrumpe por fin y extiende una mano para buscar la del Rey Bárbaro—. No tiene sólo que ver con eso.

—Pero…

—Quiero ser libre —vuelve a interrumpirlo— y no lo voy a lograr convirtiéndome en un títere de la corona. Incluso aunque pelee con todas mis fuerzas para imponer mi voz. Nunca dije que no quiero salvar a nadie. La gente de mi reino todavía es mi gente. Y tengo grabada toda esa educación sobre el deber que tengo para con ella. Un rey se debe a su pueblo. —Aprieta la mano de Katsuki—. Y tú, de todos los que he conocido, eres el único que ha seguido esas palabras. Pero el sur no son las tierras bárbaras.

—Parece como si estuvieras huyendo.

—¡No! —Izuku se defiende mientras aún está intentando comprender sus deseos, con todo lo que eso implica—. No tengo un plan aun, pero lo tendré. ¡Quiero acabar con la guerra! ¡Salvar de ella no sólo a mi gente, sino al pueblo bárbaro!

—Pero no quieres ser un rey.

Izuku sacude la cabeza.

—Quiero… algo más. Para mi corte, para mí, para… —Se le atoran las palabras—. Tendré un plan. No quiero ser rey, no quiero… No quiero poner una corona sobre mi cabeza y que alguien espere que sea como mi padre. Quiero quemar esas tradiciones y eso no pasará desde adentro. Lo sabes, Katsuki.

El Rey Bárbaro se le queda viendo. Izuku siente como se le acumulan las lágrimas en los ojos.

—Lo sabes, Katsuki —acusa de nuevo.

Y el Rey Bárbaro aprieta su mano. Hay cosas que no dice e Izuku entiende en sus gestos.

«Lo sé».


—Quédate ahí.

Y lo empuja levemente hacia la cama, para que se siente en ella.

Izuku tiene demasiadas cosas atoradas en el pecho todavía. Demasiados planes, demasiadas ideas. Demasiados pensamientos. Pero Katsuki parece querer que lo deje en blanco todo por una noche.

Al final acabó prometiendo tener un plan. La única manera de acabar con todo el problema es dinamitar el sistema entero. Apartar al rey, a su consejo, acabar de una vez y para siempre con la tradición de la guerra. No hay nada hermoso en ella. No hay ideales que representen a nadie, más que a un rey voraz. Lo único que queda es destruir eso hasta los cimientos.

Existe. Y merece perecer.

—Katsuki…

—No digas nada.

Y es el Rey Bárbaro quien cae de rodillas ante él. El recuerdo de unas palabras pronunciadas sólo para que la noche y ellos las escucharan vuelve a Izuku.

«No me pongo de rodillas ante cualquiera».

Se queda sin aliento al sentir las manos de Katsuki que le quitan los zapatos y le dedican una breve caricia a su piel.

—Te extrañé —confiesa Katsuki.

Se lo dijeron cuando el Rey Bárbaro despertó después de que Tomura huyera, pero después hubo tantas cosas que hacer que se perdieron en ellas. Se desvanecieron entre el polvo y las pequeñas tareas y las grandes. La muerte los arrasó por completo, los cuidados a otros que necesitaban mucha más ayuda que ellos los hicieron apartarse momentáneamente de todo el mundo.

Pero allí están, de nuevo. Los dos solos.

Y el príncipe tiene un rey postrado ante él.

—Katsuki —vuelve a intentar—, no tienes que…

—Te lo dije entonces, ¿no?

Izuku asiente a la interrupción. «No me pongo de rodillas ante cualquiera». No encuentra otras palabras porque siente una de las manos de Katsuki en sus tobillos y es incapaz de seguir pensando.

—Dices que un rey se debe a su pueblo. —Hay una pausa y, cuando es claro que el Rey Bárbaro espera una respuesta, agrega—: ¿No?

Izuku asiente.

Hay una pausa en la que Katsuki se acomoda mejor, aun de rodillas. Se acerca más él y sus manos se detienen en su cinturón, colo crema, casi del mismo tono que los pantalones.

—Y sin embargo, nunca había visto a alguien que, sin serlo, se entregara por su pueblo.

La atmósfera pesa entonces.

Katsuki lo intoxica. El aire se siente más pesado, más caliente. Lo pensamientos de Izuku empiezan a ir mucho más lento y la voz de su cabeza se queda en silencio un momento. Sus ojos se clavan en el Rey Bárbaro.

—Kacchan…

Estira su mano, buscando la mejilla del rey.

«¿Qué pretendes?», le pregunta con la mirada.

Katsuki lo jala del cinturón, acercándolo un poco a él.

—¿Puedo?

Izuku asiente y el Rey Bárbaro desanuda la prenda y le quita la chaqueta y deja que sus manos paseen por los brazos llenos de cicatrices de Izuku. El cerebro del príncipe se queda en blanco. No hay palabras en las que quepa la añoranza que sintió por esas caricias ni la felicidad que le causan las yemas de los dedos de Katsuki. No hay un lenguaje en el mundo que pueda explicar ese momento. Y sin embargo. Están allí.

Katsuki le jala un brazo y sus labios se posan en el borde de una de es cicatrices.

Izuku se inclina un poco para hacerle el gesto más fácil.

—Ahora tú también tienes, Kacchan.

—Pero este momento se trata de ti.

Katsuki lo suelta y le da un pequeño empujón hacia atrás, para que caiga sobre la cama. Izuku se deja caer y con los codos se rumba hacia atrás. Katsuki se saca las botas y las tira a los pies de la cama antes de subirse en ella y hacer que Izuku se incorpore para sacarle la camisa y pasear sus dedos por su pecho.

Izuku arquea un poco la espalda y puede ver a Katsuki sonreír de lado, satisfecho.

El Rey Bárbaro se inclina sobre él y sus labios rozan sus oídos.

—¿No sientes a veces que hay demasiado peso sobre tus hombros… —hay una pausa e Izuku está a punto de contestar cualquier cosa cuando Katsuki termina la pregunta y lo deja sin respiración—, Alteza?

—Kacchan…

«No es justo», quiere decirle. «No es justa la manera tan sencilla en la que puedo perder la cabeza contigo. Por ti. Para ti».

—Ey, no digas nada. No es necesario.

—Bésame.

La voz de Izuku sale más chillona de lo que el príncipe desearía. Más desesperada. Más necesitada.

—Como desees…, Alteza. —Cada que oye que el Rey Bárbaro lo llama por ese título siente que un rayo lo recorre desde la punta de los pies hasta sus cabellos.

Katsuki no lo hace esperar cuando sus labios se posan sobre los suyos.

Besar a Katsuki es una aventura. Es lo desconocido, entregarse a la nada y al todo. Besa como pelea con la espada. Sin reglas, sin reservas. Izuku se ahoga en sus labios infinitas veces; se siente morir para revivir y volver a morir de nuevo. Apenas es consciente cuando clava una mano en la cadera de Katsuki y entierra sus uñas en su piel. Sólo puede pensar en los labios del Rey Bárbaro que dejan los suyos un momento para recorrer su cuello y parte de su pecho y piel entera.

Qué poder tiene, hacerlo temblar bajo su toque.

Sólo se detiene para incorporarse un poco y jalar levemente el pantalón de Izuku hacia abajo.

—¿Puedo?

—Sí.

Nunca fue tan feliz de estar a merced del Rey Bárbaro. No se rinde ante él. No es su pertenencia. El amor entre ellos es una victoria que los ahoga en júbilo. Es en ese momento, en sus sábanas, que es únicamente Izuku.

Katsuki e Izuku, nada más.


Notas de este capítulo:

1) El personaje de Mitsuki me parece un personaje muy complejo del manga con lo poco que Horikoshi nos ha mostrado de él y creo que analizarlo y re analizarlo y volverlo a analizar con mis pasiones, al igual que su relación con Katsuki. La mamá que le da zapes y la mamá que juega con él a que sea All-Might. No es perfecta, creo que darle capas a su personalidad ayuda mucho. Al igual que Masaru. Por supuesto, la mayor parte de este fic es especulación sobre ella, pero creo que si Katsuki ama tanto, lo sacó también de sus padres.

2) La frase de su tumba no viene de ningún lado más que de mi mente y del profundo deseo que amemos mucho y muy fuerte y que la magia nos arrope y que haya mil portales para llevarnos a ella. Soy una cursi de la fantasía, perdónenme.

3) La historia de la Señora del Sol y el Dios Perro está inspirada por la historia de Amaterasu, la Diosa del sol en el sintoísmo (Japón). El Dios Perro representa a Omoikane, Dios de la inteligencia.

4) ¿Parece que hay críticas a la monarquía absolutista? No parece, es que las hay. Así soy. «Todo lo que existe merece perecer» es una frase de Engels, por cierto.


Andrea Poulain