Nota: ¡El próximo día de actualización me tomaré un descanso! El capítulo XXI será subido el día 7 de noviembre en lugar del 2, día de todos los santos, como correspondería. No se preocupen, es sólo para darme tiempo de descansar del drabblectober y acumular nuevo material, puesto que el XXI y otros ya están escritos.
Capítulo XX.
El nombre de un hada
I.
A Ochako no puede ocultarle nada.
No por falta de intentos. Desde el momento en el que ella piso el palacio y se la pusieron enfrente. «Alteza, esta es Lady Ochako Uraraka». Una Lady que sacaba a lengua, se escondía detrás de las faltas de sus maestras y miraba con curiosidad al príncipe.
¿A dónde se fueron esos años?
—Estás preocupado —lo acusa ella, cuando lo ve entrar en la mañana en sus aposentos. Incluso parece que lo está esperando, sentada en los cojines junto a la ventana.
—Ochako.
Quiere decirle que está cansado. Que Katsuki y él durmieron mucho menos de lo que es necesario para realmente descansar. Pero los ojos de Ochako son implacables.
—Lo sé, estás disperso. Me dijo Mina. Que me fijara en ti. —Palmea los cojines a su lado—. ¿Pasaste la noche con Katsuki?
Izuku asiente.
En su gesto están ocultas todas las explicaciones que no quiere darle a Ochako. Las complicaciones los rodean. Son parte de un telar mucho más grande y sus hilos parecen movidos sin tomar en cuenta su voluntad.
—No hemos hablado sobre qué haremos —dice Ochako y por su tono intenta ser lo más suave posible, pero es también implacable—. Ahora que el tratado se rompió.
«Ya no eres la paz», dice.
Izuku lo sabe.
Comprende que quizá ser la paz enjaulada, aunque significara ser visto como un trofeo de guerra, era una posición demasiado cómoda. Creyó que si no revolvía demasiado las cosas, Hisashi Midoriya de verdad dejaría en paz al sur. Aceptó el sacrificio de ser un intercambio humano, cargando con todos sus sentimientos y sus contradicciones a cuestas y resulta que no era un papel tan grande como creía.
Ahora en verdad es un traidor. Levantó la espada que le dio Katsuki contra los hombres de confianza de su padre.
Y en esas semanas en las que todo se mueve con pasmosa lentitud y el clima se asienta en el seco otoño, apenas si ha hablado con Tsuyu y con Ochako. Comparten habitación pero él pasa el tiempo intentando sentirse útil, volcándose en contarle historias a los niños, metido en la biblioteca, leyendo para buscar escapar del lío en el que está metido o para intentar buscarle alguna clase de solución.
—Ustedes podrían volver —reconoce Izuku—; podrían incluso alegar que intenté mantenerlas aquí contra su voluntad. —Hace un énfasis en el «yo». No quiere meter en más problemas a los bárbaros. No quiere que culpen a Katsuki de más cosas. Su padre es capaz de erigir en el sur una leyenda contra él: un rey monstruoso que secuestró al príncipe heredero y lo cautivó hasta hacerle creer que estaba enamorado de él—. Podrías volver con tus padres. —Ochako es la que siempre lo ha pasado peor en cuanto a extrañarlos se refiere. Sólo siguió sus deseos de quedarse en la corte con la esperanza de conseguirles una mejor vida—. Tsuyu podría volver con sus…
—No asumas, Izuku.
—No estaba…
—Estabas. —Ochako aprieta los labios—. Quería hacerte una pregunta. Creo que ya la contestaste, pero de todas maneras quiero escuchar la respuesta.
¿Cuál?
—¿Tú qué quieres?
Es, realmente, la primera vez que Izuku está a cargo de su destino en el gran esquema de las cosas.
Antes tuvo poder.
(«¿Qué desea, su Alteza? ¿El tocado de oro o el tocado de plata?» «¿Qué historia quieres escuchar, Izuku?» «¿Qué tema quiere tratar hoy, Alteza?»).
Pero en realidad su destino tuvo la forma del atizador caliente de la chimenea en su pecho y sonaba como su grito ahogado de súplica. Fue un «por favor» pronunciado a duras penas, que se estrellaba contra el suelo en un patetismo extremo; el grito de su padre, las constantes humillaciones, el trato que había recibido siempre por parte de rey.
También fueron las manos de Katsuki levantando el velo con el que llegó al palacio y sus ojos enojados, pero a la vez curiosos. Esa es la pequeña parte que agradece.
—Acabar con la guerra —dice Izuku—. No sé cómo aún, pero lo sabré. Sé que puedo. Tiene que haber una manera. Hablé con Katsuki de eso. Y quiero quedarme aquí. Creo… Ustedes no tienen que…
—No asumas —corta Ochako—. Cuando elegimos venir contigo, Tsuyu y yo te juramos lealtad.
«Lo sé». Abre la boca para contestar, pero ella ni siquiera le da la opción.
—Podemos seguirte hasta el fin del mundo. Y lo haremos. No te olvides que te juramos lealtad y seas o no un traidor, estamos contigo.
Quizá es un poco más complicado que eso, porque Izuku no duda que ambas piensan en sus respectivas familias. Tsuyu es la mayor de muchos hermanos. Ochako siempre deseó la mejor vida para sus padres.
Pero lo único que puede hacer es abrazarla.
Es bueno saber que, no importa lo que pase, dos pilares a su lado no se moverán.
Unos días después, Mina lo embosca tras la cena. El brazo de la bruja se enrosca en el velo que lleva Izuku, pues el frío ya ha empezado y eligió usa una peineta con uno, color verde, tela medio transparente. No cubre demasiado, pero lo ayuda a evitar el aire en el cuello.
—¡Izuku! Necesito tu ayuda, otra vez.
—¿Otra vez?
—Katsuki no es capaz de concentrarse con la maldita agua y no funcionan los hechizos así. Tengo que dejar de desperdiciar magia. Queremos saber a qué se refería Shigaraki con el Hombre de Piedra. —Mina habla muy rápido—. Sólo así podremos.
—Está bien —accede Izuku.
—¿Está bien?
Izuku asiente. Le parece que ella suspira de alivio, pero no entiende por qué.
Les cuesta varios días y varios intentos.
—Yo sólo digo que no deberíamos depender demasiado del agua mágica —apunta Denki—, puede mentir…
—¡Es la única opción en este caso! —Mina casi aterriza su mano sobre la nuca de Denki—. Si tienes otra idea es más que bienvenida. Si no, siempre puedes ir a otro lado y dejar de molestar.
—Eijiro no está… —Se queja Denki.
—Había olvidado que en esta época te convertías en un ser inaguantable. —Katsuki cierra los ojos.
—¡Katsuki, el frío siempre se siente menos si tienes a alguien a quien abrazar! —se queja Denki.
Izuku sonríe para sí. El mago tiene razón.
—Hay una historia de hecho.
—Siempre tienes una historia para todo.
El cambio de clima empieza a ser evidente. Los vestidos de Mina llevan ahora mangas completas por debajo de la tela transparente y son más cerrados, para mantener el frío afuera. Sus brazos, usualmente pintados de rosa, están cubiertos de tela y la pintura que resalta en su piel oscura no se alcanza a ver más que en las palmas y el dorso de sus manos y en sus mejillas. Las capas de Denki son de telas más calientes, pero nada ha cambiado en su estilo. Katsuki usa un chaleco que Izuku insiste que no cubre demasiado y la misma capa roja raída de siempre. Él, por el contrario, ha abierto el pedazo de su baúl que reserva para el invierno. No puede imaginarse como será realmente la estación más fría si eso es realmente el otoño, la penúltima estación del año.
Lleva un atuendo con un borde verde, muy grueso y tela igualmente gruesa, color claro. Las mangas son anchas, pero bajo ellas hay también unas mangas mucho más ajustadas, que protegen a sus brazos del frío. Así no pueden verse las cicatrices, piensa. Los bordados de las mangas de esa chaqueta tienen árboles perdiendo sus hojas. La historia de año. Antes de poder renacer en primavera, los árboles deben perder su follaje para el invierno. Además, lleva otro velo color verde, combinado con una peineta con detalles dorados, que tiene una figura de fuego.
—No tengo —corrige, con amabilidad—. Hay una historia para todo.
—Bueno, dejen de distraerse. Ya sé la contarás después, Izuku —le dice Mina—. El hechizo ya está listo. Quizá hoy averigüemos un poco más. Kyoka dijo que las fronteras han estado tranquilas, no hay signos de ataque, aunque está segura de que hay tropas apostadas al otro lado del río.
Izuku asiente y se dirige al agua.
Mete sus dedos.
—Muéstrame a Tomura Shigaraki.
En el agua se forma el bosque. Izuku no conoce ese bosque, pero no es muy diferente a los que sí conoce. Llenos de árboles tan altos que apenas si se alcanza a ver el cielo. Se atreve a decir que hay animales en cada rincón y que su suelo está tan lleno de madrigueras como sus ramas están llenas de nidos.
Shigaraki aparece en él, con una capa roja raída, prácticamentemnte destruida. Lleno de mugre.
Izuku lo ve abrir la boca en una mueca grotesta y lo ve gritar. No lo escucha, porque no le pide el agua que le permita oír sus voces. Eso es más cansado para él y no lo necesitan si Shigaraki no está cerca de nadie.
Al menos, él puede mantener la imagen en el agua. La fuente de los deseos no duda de la fuerza de su corazón y sus deseos no se interponen todos —como sí lo hacen los de Katsuki—. Entre su deseo de descubrir qué planea Shigaraki se interpone su furia y su rabia ciega, y el agua nunca discierne realmente qué es lo que quiere. Las historias dicen eso: las fuentes y los charcos de los deseos no pueden mostrarte nada realmente si no sabes qué es lo que quieres.
Katsuki se aproxima al agua, detrás de él, para ver a Shigaraki.
Está solo, en un bosque desconocido.
—Nunca había visto esos árboles —comenta Denki.
—Probablemente son del sur —dice Kirishima.
Izuku frunce el ceño.
—Si lo son, no son comunes. Muy grandes —dice—. Más altos incluso que los normales. En el sur no sé…
«… de un bosque que sea así», va a decir.
Pero sí hay uno. La gente no habla de él, porque toda mención a las Tierras Malditas es evitada. No es de buen agüero hablar de ello.
—Oh. Claro.
No tiene tiempo de explicar lo que está pensando porque, en la imagen en el agua, un movimiento de tierra empieza. Las ramas de los árboles se agitan. Y entonces lo ven. Aparece entre árboles partidos por la mitad, ramas y restos de hojas.
Una criatura enorme como Izuku nunca ha visto. Nunca ha oído de alguien así en sus historias. Un hombre, quizá, pero más bien debería decir un gigante. No tiene piel, pues es de piedra.
—… un maldito…
Se detiene justo enfrente de Shigaraki, que alza una mano en la que ya no tiene cinco dedos.
Y entonces, lo ven inclinarse ante él.
—Creo que ya tenemos nuestra respuesta.
Es la primera vez que Izuku asiste a una reunión del consejo. Eijiro no está presenté, al no ser parte de él; Jirou tampoco, porque está de viaje y no volverá hasta dentro de unos días. Así que son sólo Hanta, Mina, Denki, Katsuki y él. La bruja es la que le resume a Hanta lo que vieron en el agua de los deseos y después los ve discutir.
No entiende exactamente por qué está allí, pero no lo cuestiona.
«Ven», le dijo Katsuki y él lo aceptó sin dudar, a pesar de que, después, el Rey Bárbaro añadió: «No es una orden, por supuesto».
—Supongo que tendremos que acudir a ella —es lo primero que dice que Hanta y hace un énfasis especial en la palabra «ella». Izuku no tiene ni idea de a qué se refiere.
—Necesitamos un tributo —dice Katsuki—, no va a aceptar hacer algo si no hay algo para ella…
—¿Salvar su tierra no es suficiente? —pregunta Denki.
—Sabes que no —reclama Mina.
Todos hablan e Izuku mira de un lado a otro. Espera un momento antes de intervenir.
—¿Quién es «ella»? —Alza su voz por encima de las del resto.
Hanta es quien responde.
—La Señora de la Montaña, por supuesto.
Pero Izuku frunce el ceño.
—Ah, claro, por supuesto, nunca has llegado a las historias sobre ella —dice Katsuki—, no todos la conocen, porque…, bueno, la señora de la montaña no es muy popular.
—La odian los dragones y los bárbaros no le tienen mucha estima —apunta Mina—, solía ser mercenaria en sus guerras.
—La última de los Grandes Gigantes —dice Denki, con un tono parecido a la reverencia—. De esos ya no hay. Los últimos y más altos intentaron cruzar el mar al pie, hacia el este. Nadie sabe si lo lograron. Al menos no nosotros.
Los bárbaros no son un pueblo que se haga a la mar. Los atacan de demasiados frentes. Su frontera norte y noroeste está llena de dragones con los que mantienen una paz todavía muy reciente y por, ello, tensa. El sur es el sur. Al este sólo hay mar y aldeas de pescadores, pero no hay navegantes ni grandes barcos.
—¿Y ella?
—No es tan grande y, de todos modos, no iba a intentar cruzar el mar sólo porque sí —espeta Katsuki—. Estaba enamorada.
—¡Está enamorada!
—¡Oh, los has visto, Mina, no puedes decir que eso…!
—Así son.
Izuku alza las cejas y Denki es quien tiene a bien explicar de qué están hablando.
—La Señora de la Montaña no se fue porque estaba enamorada. De un árbol. —Lo dice como si fuera la mayor revelación de todas, pero Izuku no entiende lo extraño. En las historias de un mundo con magia todo es posible.
—Dejaste afuera la parte en la que el árbol estaba vivo, imbécil —espeta Katsuki—, porque un montón de bárbaros se pusieron con mucha fuerza a rezarle a los Dioses Sin Cara para que les enviara un héroe que pudiera derrotar a los dragones.
—Y enviaron un árbol —adivina Izuku.
—No, más bien el bosque se hartó —responde Mina— y despertó aun árbol. Algo así. No fue un mal héroe de los bárbaros. El asunto es que los héroes no lo son para siempre. Tienen vidas, se cansan. Y él se enamoró como un loco de la Señora de la Montaña. Tiempos antiguos. La Señora de la Montaña todavía no era la única que quedaba de los gigantes.
—Ese es el resumen —dice Katsuki—. Su romance funciona porque el tipo es un maldito árbol y los árboles viven muchos años y los gigantes son prácticamente inmortales… —se encoge de hombros—. Y ahora Hanta dice que es nuestra única opción…
—Yo estoy de acuerdo, Katsuki —dice Mina—. Contra ese hombre de piedra no podremos solos. Necesitamos a alguien como ella.
Katsuki frunce el ceño, pero no gruñe. Izuku supone que sabe que tienen razón.
—¡Es difícil ser diplomático con ella!
—¡Para ti es difícil ser diplomático con todos, Katsuki! —espeta Mina—. ¡Tienes que ir a verla!
—Podría ir… —empieza a sugerir Izuku. Supone que la diplomacia no se le da mal. Sus maestros lo entrenaron para eso.
—Oh, no —dice Denki.
—Para nada. —Hanta niega con la cabeza.
—Tú no vas —dice Katsuki, con un tono duro y firme.
—Pero…
—Oh, no, querido —interviene Mina—. La Señora de la Montaña no soporta a la gente del sur. Antes de parte un brazo que dialogar con alguien de los reinos del sur. Incluso parece que los huele. —Izuku abre la boca y vuelve a cerrarla, porque no se le ocurre ninguna respuesta a eso. Mina mira a Katsuki—: Tienes que ser tú. Con Eijiro y Denki. Los magos le caen bien, ¿no dijiste eso la última vez? Serán sólo dos días. Tres, máximo.
II.
Está reacio a marcharse, pero en dos días no va a cambiar nada. Kyoka y su partida de caza los alertarán si algo ocurre. Y luego está Izuku y sus ojos verdes enormes que lo miran como si vieran el mundo y hacen que sus piernas tiemblen.
No puede decirle eso a nadie.
Izuku no puede convertirse en un arma que quieran usar contra él.
Aun así, la noche antes de partir le pide que duerma con él, porque quiere despertarse con el príncipe entre sus brazos, meter las manos entre los mechones de su cabello. En la parte de adelante tiene un flequillo más corto que cuando se marcó, pero la parte de atrás le llega ya hasta el cuello.
Es muy noche e Izuku está recargado en su pecho, pero ninguno de los dos duerme.
—¿Tu madre te contaba historias para dormir? —pregunta Katsuki, abruptamente. Ya conoce la respuesta, pero quiere oírla. Otra vez.
—Sí, por supuesto. —Hay una pausa—. ¿Quieres oír una? Existe una. Sobre un brujo.
—A ver.
—Érase una vez un brujo, hijo de una familia humilde, nacido entre los reinos del oeste. —Izuku aprieta los labios—. No sé exactamente en cual, porque las fronteras cambian todo el tiempo y las dinastías también. Ya existía Ketsubutsu en ese entonces, así que no fue ahí, eso puedo asegurarlo…
—Te estás yendo por las ramas.
¿Pero hay alguna vez que Izuku no lo haga? Murmura siempre, sobre cualquier tema.
—Lo siento.
Katsuki lo atrae más hacia sí. Izuku se pega a él. Tienen una cobija de pieles encima y de todos modos buscan el calor del otro.
—El caso es que el brujo nació en los reinos de oeste. Sus padres eran campesinos, no podían permitirse el mandarlo a estudiar como aprendiz de otro brujo. Sin embargo…
—¿Tenía un nombre? El brujo.
—Kacchan, no puedes interrumpirme siempre… —Izuku hace un puchero—. En las historias le dicen Orokku. Pero seguramente ese no era su nombre. Quién sabe. Orokku no podía convertirse en un aprendiz de ningún brujo poderoso, pero sabía que tenía magia. Podía sentir a su alrededor. En las plantas, los árboles, en el aire. Sabía que podía aprender, si tan solo encontrara un maestro dispuesto a enseñarle aunque sus padres no tuvieran nada que darle…
—Eso es ridículo. Aquí nadie hace eso. Las brujas son… diferentes. Te acogen. Como acogieron a Mina —interrumpe Katsuki y, al ver el rostro de Izuku, se queda callado—. Lo sé, lo sé, no debo interrumpir.
—Así que resolvió viajar al oeste. Allí debería de haber un maestro se dijo, pero no lo encontró en el primer pueblo ni en la primera ciudad. «¡Aquí sólo hay astrónomos!». Y era cierto. Naruhata está lleno de valles y de observatorios. Los Grandes Astrónomos velan por las ciudades y los pueblos cercanos. A la gente no le preocupan los brujos y, por ello, hay una absoluta escases de ellos. —Izuku sonríe y se detiene un poco. Sus labios se posan un momento en la clavícula de Katsuki y el Rey Bárbaro sólo lo estrecha contra sí—. Había magos. Pero el brujo no buscaba magos. Los magos controlaban… magia pura… —dice eso como si fuera una obviedad y Katsuki sonríe para sí— y a veces, de pura rareza, se encontraba a algún hechicero errante. Pero los hechiceros no son bien vistos en Naruhata y Orokku tampoco los buscaba a ellos.
»Hasta que llegó al Gran Bosque.
El Gran Bosque. Habitado por las criaturas feéricas —hadas, trasgos, duendes, gnomos— los espíritus y las apariciones. Material de leyendas como ningún otro. Estaba muy lejos. Más de dos meses de viaje a cuestas por los valles de Naruhata. Pero había habido hadas en los reinos del sur, así que era lógico que hablaran de él. Para Katsuki, oír del Gran Bosque era algo ajeno y desconocido; historias que no le pertenecían y a los que sólo podía asomarse.
—Las historias dicen que nunca te debes internar en él —prosigue Izuku—, pero Orokku no hizo caso de las leyendas. Caminó entre sus ramas. Los duendes se ocultaron a su paso, buscando la mejor manera de jugarle alguna broma. Los espíritus lo evitaron, pues no confiaban en los hombres. Orokku continúo su camino en soledad. Las hadas lo miraban a lo lejos, pero ninguna se atrevía a salir ante él.
»Hasta que llegó a un lago y encontró a un hada de piel azul y cabellos largos y rizados hasta la cintura bañándose en él. «Mis hermanas dicen que buscas a alguien que te enseñe magia», le dijo ella y le sonrió. Orokku estuvo a punto de desmayarse, pues nunca había visto a una criatura como ella, pero sólo pudo asentir. La mujer se puso en pie. «Quien mejor que yo», le dijo, «una criatura tan mágica como ninguna otra. Te enseñaré a escuchar a los árboles, a cada hoja, al viento que sopla entre tú y yo».
»Orokku, por supuesto, dijo que sí.
Katsuki bosteza, casi sin darse cuenta. La voz de Izuku lo arrulla. Tarda un momento en darse cuenta de que el príncipe se ha quedado callado.
—¿Y bien? ¿Cómo sigue? —pregunta, impaciente.
El príncipe busca sus labios. Los besa con ternura, con cuidado. Así suele ser con Izuku, especialmente cuando está en los brazos de Katsuki, en su propia cama. Si el inicia el beso lo hace con cuidado, lento, despacio.
—Te contaré el resto cuando vuelvas —promete.
Y Katsuki lo aprieta contra sí y piensa que ese es el lugar en el que quiere quedarse para siempre.
Izuku va a despedirlo al mirador la mañana siguiente. Mina está allí, hablando con Denki, recargado en una de las patas de Eijiro, que sólo está enroscado sobre sí mismo.
El príncipe sonríe y choca su frente con la suya. Sus narices alcanzan a tocarse.
En realidad, ninguno de los dos es demasiado dado a las muestras de afecto en público. Sí, los han visto abrazarse, pero prefieren esconderse, no estar ante los ojos de la gente. Pero esa vez parece no importarle a Izuku.
—Recuerda, el resto de la historia es para cuando vuelvas —promete.
Katsuki asiente.
Se separa.
Mina deja a Denki y se acerca hasta él.
—Todo estará en orden —asegura—. No es la primera vez que me encargo de este palacio, Katsuki.
—Maldita bruja…
—¡Ese no es mi nombre!
—¡Te iba a decir que cuidaras mis dominios!
—¡También son míos! —espeta ella. Por un momento hay una mueca dura en su rostro, pero se suaviza después de un momento—. Todo estará bien. Trae a la Señora de la Montaña.
Katsuki asiente y monta en la cabeza de Eijiro, se acomoda en uno de sus cuernos y Denki en el otro
Alzan el vuelo.
Volar sobre Eijiro le da una sensación de libertad que pocas cosas logran. Siempre ha lamentado la relación tan mala entre humanos y dragones, aunque la comprende. Hay demasiada sangre derramada para repararla de manera tan sencilla y Eijiro es una excepción a la regla. Demasiado confiado, demasiado seguro.
Lo encontró transformado, con un ala herida.
(Katsuki mentiría si dijera que no pensó en matarlo, porque creyó que, aun herido, el dragón era una amenaza).
Lo primero que oyó de Eijiro Kirishima fue un alarido de dolor.
Nunca había visto a un dragón quejarse de esa manera. Eso lo extrañó entonces. Despertó algo en él cuando miró al dragón a los ojos y comprendió que no había odio ni ira, sólo miedo. El primer movimiento que hizo Eijiro fue intentar mover las alas para alejarse y así fue como Katsuki notó que tenía un ala rota.
«¡Ey, ey, espera! ¡Déjame ver a herida!»
Fue el impulso que los llevó a ser aliados.
Eijiro fue el primer amigo que Katsuki pudo hacer por su cuenta. Le curó el ala y lo convenció de transformarse después de jurarle que todo lo que estaba haciendo no era una trampa. Eijiro se transformó ante sus ojos y se convirtió en un hombre un poco más alto que él, apenas unos años mayor. Un dragón muy joven que lo primero que hizo fue sonreír con sus dientes puntiagudos.
Vuelan casi todo el día en dirección al noreste. Paran a comer algo a medio camino y luego se detienen en una de las aldeas más al norte, escondida entre las montañas. Hay una pequeña posada, así que se detienen allí. La dueña parece encantada de tener clientes porque nadie parece parar por allí, aunque cuando se da cuenta quién es Katsuki —bastante difícil no notarlo, con la mítica capa roja y el cráneo de venado en las manos—, intenta no cobrarles nada.
Denki insiste en pagarle con un rayo embotellado y le pide licor.
Katsuki hace una mueca y pregunta qué tiene de cenar.
Se acomodan en la única mesa de la posada, larga, para varios comensales. Al principio sólo están ellos tres, pero poco después, cuando Katsuki lleva la mitad de la sopa y Denki ya tomó dos vasos de licor y Eijiro está evitando que se sirva un tercero, aparecen dos forasteros.
Hacen ruido cuando se sientan en el otro extremo de la mesa y hablan un dialecto que ninguno de los tres entiende, aunque Eijiro voltea interesado, porque distingue algunas palabras con raíces dracónicas. Katsuki los ignora y Denki aprovecha la distracción del dragón para quitarle la botella del licor y servirse por tercera vez.
La puerta vuelve a abrirse otra vez.
Esa vez los tres se quedan mirando a la mujer que entra.
No, no es una mujer, porque las hadas no usan esas palabras para describirse a sí mismos. Hombre y mujer sólo funciona cuando hay dos y ellas sólo son uno. Tiene la piel de un color lila claro, pero va vestida con colores turquesas. La tela de su falta tiene un drapeado complicado al centro, en su cintura; la tela después se dirige hasta su espalda y cae hacia el frente por uno de sus hombros.
—¡Tamaki, Mirio! —Sus ojos sin pupila se dirigen hasta los otros dos forasteros, pero su mirada se detiene en Katsuki; concretamente, en el cráneo de venado que está a un lado de él—. Oh. —Se acerca—. No creímos encontrar al Rey Bárbaro en este viaje.
Eso hace que Katsuki ponga toda su atención en ella y que los otros dos también se acerquen un poco, interesados.
Katsuki sabe que ella es un hada. La piel. Las alas de membrana a su espalda, que se abren dejando ver un diseño transparente que volvería loco a cualquier hombre que lo mirara. Los ojos. La voz.
Es la primera vez que ve una.
—Nunca había visto un hada tan al este —espeta—, en cambio, supongo que es normal encontrar al Rey Bárbaro en sus dominios.
—No venimos de tus dominios —espeta uno de los forasteros, ahora sentados más cerca de él—, esto es muy al norte, incluso para ti.
Es rubio y, cuando se fija, Katsuki se da cuenta de que ninguno de los dos van vestidos al modo del sur. Él lleva pedazos de armadura mal puestos por todo el cuerpo y una capa roja, con pieles en el cuello. Katsuki hubiera creído que era un bárbaro, pero el diseño de la pieza era lo que lo delataba. Las capas de más allá del norte siempre iban pintadas con diseños distintivos. La del forastero rubio, llevaba un patrón cerca de sus piernas, con negro. La del otro, que trae capucha y no ha mostrado la cara —sólo se alcanza a ver un pedazo de cabello azul oscuro— tiene detalles de pintura ocre en todos los bordes.
Sus botas están cubiertas de pieles, igual que sus cinturones y los brazos.
También los delata el acento. Hablan la lengua franca del norte con un acento muy cerrado.
—¿Lemillion? —pregunta Katsuki.
Ambos asienten.
Lemillion, la Ciudad Libre, la Ciudad de Hielo. Es el único territorio al norte del pueblo bárbaro que los dragones han respetado por siglos. Es una ciudad pesquera, pegada a la costa, del otro lado de la cordillera. Las montañas también los protegen a ellos del pueblo dracónico.
Sin embargo, la raíz de su tranquilidad con los dragones son los tributos.
Llevan siglos entregando magia para los dragones. Katsuki prefiere el destino del pueblo bárbaro, que se defendió de cada invasión, de cada ataque, incluso cuando fueron diezmados, que el destino de la Ciudad Libre.
Ninguna ciudad puede serlo realmente si se ve obligada a entregar la magia de sus mejores hechiceros.
—¿Y tú? —pregunta, dirigiéndose al hada, aunque ya sabe la respuesta.
—Del Bosque.
—¿El Gran Bosque? —pregunta Denki.
—Nosotras le decimos el Bosque, nada más. Para nosotras es el único —responde ella. Se sienta frente a Katsuki y apoya su barbilla—. ¿Quiere saber su porvenir, Rey Bárbaro?
—¿… qué?
El hada se inclina hasta él e ignora todo lo demás.
—Su porvenir, Rey Bárbaro. —Lo toma por la barbillla—. Algunas hadas podemos…
—No confio en su magia —espeta Katsuki, apartando la cabeza.
—La magia es la misma siempre —responde ella—. Nosotras sólo la sentimos con más fuerza. Somos ella. No somos un medio, ni un fin para ella. —Mira a Denki cuando dice eso—. Ni un canalizador. Ni…
—Se entiende el punto —corta Katsuki—. Y la respuesta —agrega— es no. No quiero saber el porvenir. No creo que los dioses hayan dictado mi destino.
—Cierto, sus dioses.
—Los Antiguos —dice el forastero rubio.
—Los Sin Cara —sale de la boca de Katsuki.
—Nombres diferentes para lo mismo. —El hada sonríe para sí—. Pero no hablo de destinos trazados por seres a los que no alcanzamos a ver. Hablo de la magia que se mueve en este mundo. De lo que ve y mira. Hablo de su clarividencia a la que las hadas podemos acceder porque el bosque nos creó de ella. Te daré mi nombre, si eso falta para que confíes en mí.
Katsuki enarca una ceja. Apenas si sabe cosas de las hadas. Son más comunes en las historias del sur, asolado por desgracias de las que ellas tuvieron la culpa. Está demasiado al este, piensa. ¿Qué hace allí?
—El nombre de un hada —habla por fin el forastero que se había mantenido callado hasta ese entonces— o de cualquier ser feérico es una palabra que en donde guardan todo su poder. Aquellos que la sepan podrán defenderse siempre. De las maldiciones, los embrujos, los hechizos y la magia.
—¿Lo ves? —insiste ella—. Si te doy mi nombre, es porque confío en ti, Rey Bárbaro. Ya lo dijo Tamaki.
—Eres un hada muy al este —insiste Katsuki—. Ni siquiera… entiendo…
—Hay muchas historias del Rey Bárbaro, con un cráneo de venado en la cabeza a modo de corona —repone ella, adivinando sus dudas—. Hablan de ti en todas las aldeas de las montañas. De la capa roja, como los ojos, y del cabello rubio. La magia de tu tierra está llorando, ¿la has oído?
Katsuki no responde, pero le dirige una mirada a Denki, que niega con la cabeza.
—Sólo… las tormentas —dice, bajando la cabeza—. Sin lluvias, la magia no habla conmigo.
—Escúchala, Rey Bárbaro —dice Tamaki—. Insistió en que paráramos aquí. Dijo que era importante.
—¿Qué quieres contarme de mi porvenir?
—A diferencia de ti, las Hadas confían en el destino y en las profecías —repone—. La magia es sabia y hacemos bien en oírla. Dame tu mano.
—Tu nombre, primero.
Katsuki no conoce la reputación de las hadas ni de las historias. Las leyendas del norte no las tienen. Esta, piensa al ver a la que está sentada enfrente de él, es una anomalía.
Ella sonríe.
—Nejire. No lo olvides. Tu mano —insiste.
Katsuki voltea las dos. Están llenas de cayos y tienen algunas cicatrices que apenas si se notan. No hay ningún corte transversal en ellas, como si lo había en las de su padre. Un corte hecho adrede, en ambas palmas, con una cicatriz más bulbosa que el resto, irritada a propósito. A veces los bárbaros hacen eso. Muchos años después de casarse. Cuando se juran amor eterno.
Su madre nunca lo había hecho. Pero su padre sí. Recuerda haberlos oído una noche en la que los soldados sureños habían saqueado una aldea. Todavía era demasiado pequeño como para decidir que sería rey. Pero escuchó las palabras de su padre y oyó la sangre caer.
«Por siempre y para siempre».
Y la risa nerviosa —y un poco enojada— de su madre.
«Sólo tú eres capaz de soltarme esas cosas en estos momentos».
¿Algún día tendrá cicatrices así por causa de Izuku?
Nejire las toma en sus manos.
—Venimos al sur porque queremos cambiar el mundo —dice—. Nuestro mundo. Supongo que conoces la leyenda de los Shie Hassaikai.
Katsuki asiente. La conoce demasiado bien, porque son uno de esos males con los que su tierra vive y nunca ha podido erradicar.
—Hay una maldición…
—No es una maldición —corrige el forastero rubio.
—Debería serlo —espeta Nejire. No le quita los ojos de encima a Katsuki—. Hay una maldición que disfrazan como un tratado de paz. Un castigo, porque hace siglos en Lemillion un guerrero mató al gran dragón rojo, Crimson Riot. Y muchos años después el Consejo de la Ciudad, los Tres Grandes, negoció la paz, pero los dragones exigieron un castigo. Crimson Riot había sido un guerrero valiente, justo y su sangre había sido derramada en vano.
—Conocemos la historia —corta Eijiro, cuando nota que Katsuki alza una ceja. El Rey Bárbaro detesta que la gente dé vueltas—. ¿Cuál fue el castigo?
—La magia de los hechiceros. Diez cada año. Hasta que fueran un millón. Y entonces, Lemillion habría pagado su deuda. —Nejire se muerde un labio—. Nadie en Lemillion pede evitarlo. Es una maldición —repite y luego mira al forastero rubio—. Mirio es un hechicero.
—Era —corrige él.
Oh, piensa Katsuki.
—Hay una historia sobre los Shie Hassaikai. Hechiceros oscuros que huyeron de Lemillion y fueron condenados a vagar entre las sombras del bosque de los bárbaros, siempre de noche.
—¿Por eso están en las tierras bárbaras? —pregunta Katsuki. Quiere saber a dónde llega todo eso.
Nejire asiente.
—Cuentan que los Shie Hassaikai saben cómo romper la maldición —dice ella—. Queremos preguntarles amablemente.
—Todo es verdad —dice Tamaki—, excepto la parte de la amabilidad.
—A cambio de pedirle eso a tu tierra, quiero contarte sobre tu porvenir —dice Nejire—. Van a ver a la Señora de la Montaña, ¿no?
—No hemos dicho… —empieza Denki, pero el hada sólo hace un movimiento con la mano.
—No importa que no hayan dicho nada. Esta es la aldea más al norte. Sólo hay un camino que seguir aquí. Vienen o van. —Agita su nariz, que se mueve—. Pero creo que vienen. El sur todavía se huele un poco en ustedes. —En todo ese rato no ha soltado las manos de Katsuki—. Tu porvenir no es esta guerra, Katsuki. La magia habla. Esta guerra es sólo un pedazo. Pero hay magia maldita metida aquí. Revolviéndose. El mundo no estará… No, no el mundo. El norte y el sur no estarán en paz mientras esa magia maldita no esté en paz. La magia habla —repite—. Eso dice.
—No sé cómo eso es mi porvenir. —Katsuki quita sus manos, prácticamente las arrebata de entre los dedos lilas de Nejire—. Esa magia no tiene que ver conmigo.
—No lo sé —musita ella—. Todos somos hilos en el tapiz de la magia. La magia habla. Yo sólo escucho.
—Nunca he visto un hada tan al este —insiste.
Nada más por no decir que no quiere ver involucrada a la magia de las Tierras Malditas en el norte. Pero sabe que es imposible. El Hombre de Piedra es prueba de que Hisashi Midoriya está dispuesto a todo para acabar con él y destrozar su reino.
—La magia me dijo que, si quería encontrar el amor, viajara. —Nejire no lo mira a él, sino a Mirio y a Tamaki—. No me explicó que el amor tenía la forma de un cambiaformas y de un hechicero, pero me dijo «viaja». Ahora sé que mi destino es ayudar a Lemillion. Nos convertiremos en los Tres Grandes. Y la magia ya no será un tributo que entregaremos a los dragones. Pero esa es mi… nuestra historia. Vine a hablar de la tuya. El norte y el sur no estarán en paz mientras alguien use la magia maldita. La magia prevé guerra y lágrimas. Lo puedo ver. Me dijo que era importante decírtelo.
»Y dijo… la magia… dijo que era importante decirte algo más. —Nejire vuelve a buscar su mano—. Me dijo que te diera buenos deseos. Al modo del norte. Que el amor y la magia conquisten todas las tempestades.
—¡¿Cómo sabes…?!
Esa no es frase propia de las hadas ni de la Ciudad de Hielo. Es un dicho entre los bárbaros. Nada más. Y Katsuki nunca la había oído en la lengua común. Únicamente en el dialecto de su madre y su padre.
—La magia dijo que es cierto. Aunque no puedas escucharla, allí está. Que el amor y la magia —repite, más lento, con un tono más pausado— conquisten todas las tempestades.
Notas de este capítulo:
1) En orden. ¡Mt Lady aparecerá! Me llegó la inspiración de los últimos capítulos del manga, si van al corriente sabrán por qué. También Kamui Woods es mencionado y lo pensé porque en muchas culturas los árboles o sus espíritus son personajes muy importantes. Y por supuesto, tenemos a Gigantomachia, que aquí no se llama así.
2) La historia que le cuenta Izuku a Katsuki sobre el brujo Orokku (que por cierto tiene algo como «brujería»/«bruja» según el translate, no me juzguen, me gustó el nombre porque me recordó a Oruggio, que es el nombre de un personaje de Witch Hat Atelier) tiene toques a Merlín/Nimue pero no exactamente. El hada sí está inspirada en La Dama del Lago (se la encuentra al lado de uno) pero en este caso ella es la que le enseña magia (no él a ella). De esa conexión hablo cuando Izuku termine la historia. El Gran Bosque sin lugar a dudas, está inspirado por Brocelandia, ese bosque mágico y mítico que se encuentra en una región de Bretaña y que tiene tanto qué ver con el Ciclo Artúrico. Creo que es la primera referencia muy medievalista —fuera de Tristán e Isolda, que fue más tangencial— que tiene esta historia, pero no podría dejarlo pasar. A pesar de desear hacer una historia de fantasía no calcada en los referentes medievales europeos, hay muchos que me gustan y creo prudente adaptar hacia acá escribiendo desde México, aunque escriba sobre animu japonés.
3) El vestido de Nejire está especialmente inspirado por los sarees indios. Así como en el capítulo del festival del sol describí la vestimenta de Mina con un saree al estilo guyarati, el de Nejire me lo imagino al estilo marathi (si quieren saber más o menos cómo es uno, googlen a Priyanka Chopra en Bajirao Mastani o busquen el video de Pinga donde salen ella y Deepika Padukone, el saree que traen es a ese estilo). Volvimos con las referencias Bollywoodenses.
4) El nombre de las hadas y los seres feéricos… Pue'. Ahí tienen a Rumplestinskin, uno de mis personajes favoritos de los cuentos clásicos. No me negarán que su nombre tiene poder. Además, quería hacer a Nejire un nada. Quería que hubiera un hada en la historia. Le puse piel del color de su cabellito. Y sí, es OT3 con Tamirio. Es fue un detalle que salió orgánico y ahí se quedó.
Andrea Poulain
