Capítulo XXI.
La Señora de la Montaña


I.


No hablan mucho más con los forasteros, que se retiran temprano. Katsuki lo hace también y acaba sólo dando vueltas en la cama. Escucha cuando Denki y Eijiro llegan, intentando guardar silencio. Los escucha acurrucarse en la otra cama. Escucha la voz de Denki decir «Te quiero» arrastrando la voz después de la cantidad de licor y luego escucha a Eijiro hacer un «sh». Dan un par de vueltas en la cama antes de quedarse dormidos. Katsuki da vueltas y en una de ellas, los ve. Denki tiene la cabeza bajo la barbilla de Eijiro y Eijiro lo acurruca entre sus brazos.

Katsuki sólo puede pensar en Izuku viéndolos.

En la manera en que las piernas del príncipe rodean su cuerpo cada que duermen juntos, la manera en que sus cuerpos buscan calor.

Al final, acaba viendo al techo.

Hablaran con la Señora de la Montaña y después estarán de vuelta en su palacio. La convencerá para proteger su territorio, no tiene dudas.

Cierra los ojos y piensa en la primera mirada de Izuku. En sus dedos levantando el velo con cautela, no muy seguro de lo que encontraría debajo de él. Piensa en los ojos verdes mirándolo.

Apenas han cambiado en todos esos meses. Si acaso, la mirada se ha vuelto mucho menos asustada y menos nerviosa. Pero la chispa sigue allí.

«Supongo que tú tampoco creíste que acabaríamos en esta situación».

Bufa porque está hablando con una presencia que no está. Al final, acaba quedándose dormido y sueña con recuerdos de su madre. Miles de variantes de su madre diciendo «que el amor y la magia conquisten todas las tempestades»; escenas que nunca ocurrieron pero que su mente insiste en recordar como si lo hubieran hecho.

En medio de su sueño, también aparece Izuku.

Una parte dentro de Katsuki cree en esa frase. El amor y la magia conquistan todas las tempestades.


La mañana siguiente, vuelven a encontrarse a los forasteros.

Nejire, el hada, se acerca a ellos.

—¿Se van?

Denki asiente.

—Nosotros también —añade ella—. Nos aventuraremos un poco en el sur. Prometemos no hacer daño en su territorio.

Katsuki bufa y le dedica sólo un asentimiento a eso. Le dedica una mirada de soslayo a los otros dos, Mirio y Tamaki, que esperan a Nejire a unos pasos.

—No lo olvides, Rey Bárbaro —insiste el hada—. Que el amor y la magia conquisten todas las tempestades. La magia dijo que era importante y yo le creo.

—No lo olvidaré —dice, con un tono de voz que más bien se asemeja a un gruñido. No es mala educación. Pero es demasiado temprano y Nejire es todavía una desconocida.

Entonces Nejire junta sus manos y le dedica una reverencia.

—Espero que volvamos a vernos.

Katsuki responde con un asentimiento. Sin más, se despiden. Los dos grupos deben seguir sus viajes en direcciones opuestas.


La guarida de la Señora de la Montaña está en lo alto. La llegada no es fácil, pues aquellos que quieran ir a verla deben probarse merecedores de ella. Además, después de subir un pedazo, hay una firme barrera ante dragones. La puso una bruja que vivió hace décadas, siglos quizá, con ayuda de un dragón, puesto que la Señora de la Montaña exigió que alrededor de su cueva y guarida existiera una barrera que impidiera que los dragones la atacaran. Eijiro la siente antes de estamparse contra ella y busca un claro lo suficientemente grande para aterrizar. No hay ninguno para su forma de dragón, así que empieza a transformarse a medio descenso y Katsuki y Denki tienen que saltar poco antes de que toque el suelo.

Los rodean árboles que parecen formar un laberinto en la montaña.

—Vamos —espeta Katsuki.

Empiezan a caminar. Saben el camino. Los árboles en esa área se mueven. Sus raíces no están fijas y caminan de un lado a otro. Lo hacen muy lentamente pero de manera implacable. Los obligan a seguir las rutas más empinadas y complicadas. Sólo aquellos que no se rindan llegarán hasta la guarida de la Señora de la Montaña.

A medio camino, Denki empieza a silbar una canción para matar el aburrimiento. Eijiro intenta cantarla pero no tiene buena voz.

Katsuki reconoce la tonada. Su madre podía cantarla bastante bien. Cuando iban cantadores o contadores de historia a la aldea en la que había nacido, siempre se las pedía. La balada del dragón.

Es una canción alegre sobre un dragón benevolente que intentó evitar que su pueblo masacrara a los bárbaros cuando empezó la guerra, siglos y siglos atrás. Nadie sabe si ese dragón existió en realidad, es ya más una leyenda que una figura histórica. Los primeros tiempos, antes de la era oscura, son demasiado confusos y los registros no existen. En ese entonces el pueblo bárbaro no había tenido otra manera de hablar de su historia que no fuera a través de los cuentos y las canciones; con el tiempo, a esos cuentos y canciones les habían agregado elementos que no eran del todo verdades y otros datos se habían ido difuminando.

De todos modos, los bárbaros daban aquella canción por cierta.

Denki la adoraba. Se la aprendió para poder cantársela a Eijiro cuando estaban en pleno cortejo y Katsuki los veía comerse con los ojos.

—¿Crees que todo salga bien? —pregunta Eijiro acercándose. Sonríe porque siempre sonríe cuando Denki canta o tararea aquella canción.

Katstuki gruñe.

—Pregúntamelo cuando acepte ayudarnos —responde.

Qué poco complicadas habían sido las cosas antes, en esa pequeña tregua que Hisashi Midoriya los había dejado disfrutar. Había ido al nido de los dragones más veces que en el último año. Se había enamorado y había descubierto que el amor era pasional y desesperado, pero que también se cultivaba con calma —algo que había creído no poseer antes.

Iba a añadir algo más cuando algo les cortó un camino.

Un árbol, fue lo primero que pensó Katsuki, pero después se fijó mejor.

Él árbol. Kamui del Bosque, la pareja de la Señora de la Montaña. Tiene otro nombre, el suyo, que él eligió tras escuchar las voces de los árboles, pero los bárbaros lo llamaron Kamui del bosque, porque «Kamui» era una palabra que se refería a un guardián de la tierra en un dialecto del norte.

—¡Deténganse allí, viajeros! —espeta y con sus ramas forma una lanza con la que los apunta—. ¡¿A qué vienen a los dominios de mi Señora de la montaña?!

Katsuki levanta el cráneo del venado y se lo coloca en la cabeza.

No agacha la cabeza cómo sí lo hacen Eijiro y Denki ante la presencia de Kamui del Bosque.

—El Rey Bárbaro solicita una audiencia con ella.

La Señora de la Montaña podrá vivir en su territorio, pero Katsuki no es su rey. Ella es una criatura diferente, que se gobierna a sí misma y protege lo que es suyo. Además, Katsuki sólo es rey porque la gente de los pueblos bárbaros lo acepta y él se encarga de mantener los reinos en relativa paz; nadie quiere volver a la época en la que todos los aspirantes a reyes se peleaban entre ellos mientras el sur saqueaba sus fronteras.

Kamui del Bosque se queda mirándolo un momento. Entorna los ojos. Tiene la forma de un hombre, pero su piel es la corteza de un árbol. Sus piernas y sus brazos son ramas que crecen a voluntad. Sus pies pueden manipular las raíces de otros árboles y es así cómo todo ese pedazo de bosque se mueve.

Va vestido con una túnica azul rasgada de los bordes en los que se adivina un bordado medio tosco, probablemente hecho por la misma señora de la montaña. El hombre árbol se sujeta la túnica a la cintura con un cinturón del mismo color de la tela de la túnica.

—El Rey Bárbaro, ¿eh?

¿Cuántos reyes bárbaros habrá visto ya Kamui del Bosque? Probablemente demasiados.

—¿Y los otros dos? —pregunta el árbol.

—El mago de mi consejo —responde Katsuki, señalando a Denki; después señala a Eijiro—: Y un dragón aliado del pueblo bárbaro.

Kamui del Bosque asiente.

—Síganme. —Levanta la lanza y deja de apuntarles—. Si alguien desenvaina una espada, espero que sepan que están muertos.


La guarida de la Señora de la Montaña es una cueva enorme, casi como los nidos de dragones que se podían encontrar en toda la cordillera. Sin embargo, al contrario de los nidos, que solían estar llenos de troncos y de ramas secas, la cueva de la Señora de la Montaña era un pequeño bosque en miniatura. La mano de Kamui del Bosque se adivina allí, pues a cada paso que el hombre árbol daba, los árboles y arbustos de la cueva se movían para dejarle el camino libre.

No es la primera vez que Katsuki está allí, pero si la primera vez que hace esa visita en años.

—¿A quién has traído, Shinji? —suena una voz desde el fondo—. ¿Alguien interesante? Hace tanto que nadie viene, creeré que me han olvidado…

Kamui del Bosque no contestó, se limita a llevarlos al fondo, donde la Señora de la Montaña descansa, sentada sobre un pedazo de hierba fresca donde no crecen árboles. Es enorme, incluso sentada. Kasuki tiene que alzar el cuello para alcanzar a verla. Ella lleva una túnica casi del dolor de su piel con una cubierta color morado, anudada a sus cintura con una cuerda.

Katsuki hace una reverencia juntando las manos, presentando su espada.

—Yu Takeyama —saluda.

—Oh. El Rey Bárbaro. —Ella sonríe—. No esperaba verte por aquí. La última vez recuerdo haber oído cómo me prometías que habría paz.

Katsuki tuerce la boca. Cierto. Había prometido eso. Se endereza y aza la cabeza para intentar mirara a los ojos.

—Hubo paz —admite—. Pero el sur está otra vez…

—Entonces es problema tuyo —dice ella—. Dijiste que no me volverías a molestar…

—… a menos de que ocurriera algo lo suficientemente serio —interrumpe Denki. La Señora de la Montaña clava su mirada en él entonces y Denki enrojece. Junta las manos, presentando su espada, y hace una reverencia—. Yu Takeyama. —Se incorpora entonces—. Eso dijo, ¿no? A veces tengo mala memoria. —Sonríe de lado—. Hay una amenaza la suficientemente seria.

—Oh, ¿por qué lo dicen ustedes? No veo cómo tendría que creerles si no me dicen lo que está ocurriendo.

Eijiro, que no lleva ninguna espada, sólo junta las manos para hacer una reverencia, saludando a la Señora de la Montaña.

—Yu Takeyama —dice, antes de incorporarse—. Se lo contaremos. Si nos lo permite, por supuesto.

—Sea, cuenten su historia. —Hace un gesto con la mano que indica que está dispuesto a escucharlos.

Los tres se sientan en la yerba y es Katsuki quien habla primero.

Así es como Katsuki le cuenta de su trato con Hisashi Midoriya y cómo se rompió. Denki lo interrumpe para llenar la historia con detalles, muchos de ellos innecesarios. Pero la Señora de la Montaña sonríe al oírlo, porque el mago le cae bien. Eijiro siempre acaba clavándole un poco el codo en las costillas para que deje que Katsuki siga hablando. El Rey Bárbaro es muy directo, no da vueltas, no adorna la historia innecesariamente.

En general, quizá por eso no es buen contador de historias. Izuku lo escucha cuando le pregunta por alguna de las historias del norte, pero casi siempre sólo repite la manera de narrar de sus padres, metida en sus venas, tatuada en su propia piel. Con el príncipe se esfuerza incluso en pintarle todo el escenario de la historia de su pasado, cuando pregunta. Pero con la Señora de la montaña es parco, directo. Hay una amenaza: hay que resolverla. Ella puede ayudarles. Denki ayuda. Le habla de la tristeza de los pueblos destruidos, de los refugiados, de los muertos; habla incluso de las honras fúnebres de los muertos. Katsuki siente la presencia de Setsuna cuando Denki le habla de las hogueras y siente las lágrimas que llenaron a su gente ese día también.

La Señora de la Montaña escucha. Katsuki sabe bien que nunca se deja llevar por el sentimentalismo, pero que puede conmoverse con las injusticias cometidas contra el pueblo bárbaro. Le habla del Hombre de Piedra, de la destrucción que puede causar.

—Ah. El sur es tramposo, como siempre —dice ella—. Nunca han sabido pelear con honor —bufa, frunciendo la nariz en una mueca de desagrado—. Ese príncipe del sur…

—¿Qué con él? —Katsuki siempre se pone a la defensiva cuando se trata de Izuku.

—Con la historia que cuentas, tiene mucho más del norte que de su tierra natal —espeta la Señora de la Montaña—. El sur nunca ha tenido honor, ni siquiera cuando se trata de sus tierras. ¡La historia de su conquista! ¡Y todo lo que han hecho con el norte! ¡Shinji! —llama—. ¿Alguna vez el sur ha peleado con honor?

—No, Yu —responde él.

—Y sin embargo, ese príncipe parece honorable —comenta la Señora de la Montaña. Ladea la cabeza—. Sobre el Hombre de Piedra… No sabía que hubiera gigantes en el sur.

—Es un Maldito —dice Katsuki.

—¿Maldito?

—El sur… las tierras malditas…

—Oh, esa es una historia nueva.

Así que le cuentan sobre la magia maldita de lo que antes fue el Reino Shirakumo. Le cuentan de la ambición que en algún punto tuvo su propia corte, lo que causó que intentaran controlar a la magia y, después, mantenerla prisionera. Se guardan los detalles porque la historia le pertenece al sur y ellos no saben contarla como la cuentan Lady Ochako y Lady Tsuyu o como seguramente la cuenta Izuku.

La Señora de la Montaña se rasca la barbilla un momento cuando acaban.

—Eso sólo pasaría allí donde no respetan la magia —frunce el ceño—. ¡Maldecir todo un reino! ¡Maldecir a sus descendientes! —Sacude la cabeza—. Y el Hombre de Piedra es uno de esos malditos… Sea, Katsuki Bakugo, Rey Bárbaro. Te ayudaré cuando sea el momento.

Él frunce el ceño.

—¿Cómo demonios…?

—Shinji puede comunicarse con todos los árboles. Y los árboles se cuentan cosas. Las noticias vuelan cuando son importantes —responde ella—. Usualmente no pregunta, pero si…

—Estaré atento —dice Kamui del Bosque—. Por si aparece el hombre de piedra.

—El sur cree que es un ataque sorpresa, ¿no? —La Señora de la Montaña sonríe—. Si se atreven a traer esa clase de destrucción, nosotros ya estaremos preparados.

Katsuki chasquea la lengua.

—Se atreverán.

La Señora de la Montaña sonríe de manera temible. Se inclina un poco para mirarlos a la cara.

—Entonces estaré lista. Nadie destruirá nuestros bosques, ni los pueblos. No si puedo evitarlo. —Sacude la cabeza—. Y, Katsuki, ya lo sabes, pero…

—Sólo puedo volver a venir si es algo serio —completa él.

—Por supuesto, no me gusta meterme en los asuntos de la guerra. Consigue la paz de una vez por todas.

Katsuki se pone en pie. Detrás de él, Denki y Eijiro lo imitan. Presenta su espada, junta sus manos y se inclina. El cráneo de venado permanece sobre su cabeza.

—Yu Takeyama, es una promesa. Habrá paz.


II.


Izuku no volvió al bosque nunca tras el encuentro con los Shie Hassaikai. Recuerda su enojo, su impulsividad. Las palabras de Katsuki, en ese entonces, que lo comprendía tan poco. Pensar en el bosque es pensar en las manos del hechicero, Chisaki, en sus brazos y en el dolor de sus huesos. En sentirlos romperse y pegarse de nuevo. Así que, simplemente, empujó eso al fondo de su mente. Lo guardó muy hondo y prefirió pensar en Katsuki rescatándolo y, más tarde, arrodillado limpiándole los pies, diciéndole que no era inferior a él a su manera, porque a Rey Bárbaro se le daban mucho mejor los gestos.

Sin embargo, ahora Mina lo ha convencido de que los acompañe. «Será de día», dijo, «y sobre los Shie Hassaikai pesa una maldición que impide que ataquen cuando el sol brilla».

Ochako le dijo que le serviría para ver el bosque con mejores ojos. Ella ha ido varias veces con Tsuyu y con Mina. Van por yerbas para las pociones o simplemente a pasar el día. Es por ella que Izuku dice que sí, porque igual irán Kyoka y Momo, antes de partir de regreso a la frontera.

La princesa Yaoyorozu se ha acostumbrado al norte. En un sentido metafórico, clavó su espada en la tierra. Aun la trae colgada del cinturón, enfundada en su vaina. No la saca si no hay un buen motivo. Izuku ha platicado de eso con ella. «No sé hacer muchas otras cosas», admitió, una vez. «Nos enseñan a ser guerreras, es común para todas las herederas Yaoyorozu. Es necesario, dicen, porque el sur está constantemente en guerra, tenemos que hacer defendernos». Hizo una pausa entonces. «No está mal. Entiendo… Entiendo por qué. Pero». Su voz se cortó entonces abruptamente. «No nos enseñan otras cosas. De repente descubrimos que no sabemos muy bien cómo cuidarnos a nosotras mismas. Por eso ahora sólo quiero sacar mi espada cuando realmente sea necesario. Cuando alguien necesite protección, cuando haya una causa justa. Además, quiero ser sólo responsable de mi espada y no de un ejército. Pelear por mí, no por un reino». Las Tierras Bárbaras y su gente habían causado una impresión honda en la Princesa Momo Yaoyorozu. También, por supuesto, Kyoka Jirou, con su pintura rosa en triángulos bajo los ojos, sus orejas puntiagudas y su voz poderosa.

Izuku alguna vez le preguntó si no irían a buscarla, si no acusarían al reino Bárbaro de tenerla cautiva. Momo negó con la cabeza. «Fumikage tiene la carta en la que renunció a mi título de General», dice Momo. «Además, mandé muchas más. Todas las casas nobles poderosas de mi reino saben que no soy prisionera. Que huí bajo mis términos. Con suerte, sólo seré una princesa loca para ellos y estarán poco dispuestos a moverse en mi favor. No soy la heredera. No soy el mismo caso que el tuyo».

Tuvo razón, piensa Izuku.

Observa a la Princesa Momo y a Kyoka caminar juntas. Kyoka habla mucho más. Señala algunas plantas, le cuenta cosas que nadie más alcanza a oír. Momo la mira. No puede quitarle los ojos de encima. Mira su cabello, sus ojos que van en todas direcciones, sus orejas puntiagudas que se mueven cuando está emocionada, sus manos que gesticulan a cada palabra que dice. Es bueno verla sonriendo, piensa Izuku, aun cuando en sus ojos todavía se ve la sombra de la muerte de Setsuna. Momo la sigue allá a donde va, le da su espacio, la escucha, la deja hablar del musgo que se acumula en los troncos de los árboles y de cuál es la mejor manera de cazar a las palomas. La oye como si fuera incapaz de cansarse en algún momento de ella.

Mina lo interrumpe, dándole un codazo. La bruja sonríe cuando el príncipe la mira.

—¿También tú lo ves? —Alza una ceja—. Si quieres saberlo, así los veíamos a Katsuki y a ti.

—Ey, Mina, déjalas en paz. —Uraraka se apura, detrás de ellos. Al alcanzarlos, entrelaza su brazo con el de Mina—. Podemos darles su espacio.

—Oh, se los daremos.

Detrás de ellas, Tsuyu agita las orejas. Entre sus pies camina el gato. Hitoshi Shinsou. A Izuku le cae bien, a pesar de que en los últimos tiempos es imposible encontrarlo en su forma humana. Parece preferir la de gato, que evita que otras personas le hablen. Katsuki a menudo suele preguntar por qué no se marcha, pero el gato no responde. Ochako, en cambio, le recuera todo el tiempo que la criatura gasta en la cocina de Rikido.

Vuelve de nuevo su mirada a Kyoka y a Momo.

Es interesante. Verlas relacionarse en sus propios términos, tan parecidos y tan diferentes a los que él y Katsuki se habían enfrentado: ellos habían buscado la libertad y la habían peleado, dentro de un tratado que se las negaba; ellas simplemente hablaban, porque, ¿qué más había qué hacer para conocerse, sino unirse a través de un entramado de palabras y gestos, sonrisas y miradas?

Ochako le aprieta un brazo.

—Vamos —dice.

Lo jala en una dirección opuesta, remarcando que deben dejarlas solas.

Caminan con Mina y Tsuyu un rato. A veces, las dos brujas se detienen cuando encuentran alguna de las plantas que están buscando y una mata de hierba o alguna flor acaban en sus canastos. Mina llena un vestido sencillo, en dos piezas —aunque esta vez la blusa es larga y le cubre el vientre—, de manga larga. Es morada con estampados rosas en los puños, el cuello y la cintura. La falda, va plisada por el medio y es de puntos morados. Se alcanza a ver la pintura de sus mejillas, aun cuando usa un velo de tela medio transparente para cubrirse.

Izuku le pregunta si la tela no es demasiado liviana o no le da frío, pero ella niega con la cabeza.

—La ventaja de las brujas, príncipe —responde ella—, es que podemos hacer sencillos encantamientos térmicos. —Hace una pausa—. Por supuesto, no deben ser demasiado fuertes o perdemos energía muy rápido, pero el frío tiene solución.

Ochako y Tsuyu visten a la manera del sur en invierno, con faldas más rectas que las usuales, de telas gruesas, bordadas con detalles en la parte de abajo. Las chaquetas que usan sobre las blusas de los vestidos son también de telas mucho más amigables para el clima que empieza a ser frío y tienen mangas interiores pegadas a la piel que les permiten conservar el calor. Por lo demás, el estilo es el mismo: mangas muy anchas, con detalles en todas partes.

Izuku va de verde con blanco, como siempre. Chaqueta en blanco y verde —todos los bordados están llenos de verde boscoso, un poco parecido al color de su cabello—. El bordado es sencillo y tiene temas otoñales e invernales, pero el atuendo lo mantiene caliente. Con las mangas interiores, además, sus cicatrices no se ven.

En el camino se encuentran a un niño con una sencilla capa roja con pieles en el cuello. Tiene una capucha que lleva puesta sobre la cabeza.

Izuku se pone en cuclillas para ponerse a su altura y verlo a la cara y le hace una seña que quiere decir «hola», agitando la mano.

El niño frunce el ceño, saca la lengua, hace un gesto que no puede ser adecuado y sale corriendo.

Izuku es incapaz de levatarse por un momento; su mirada se queda fija allí donde desapareció el niño.

—Es Kota —dice Mina—. Kota Izumi. Fue parte de los refugiados, pero su familia se marchó muy pronto, antes de que pudiéramos limpiar todo el palacio. No le gusta nadie del sur, Izuku. —Sonríe a modo de disculpa—. Dudo que sea personal, cuando todo lo que ha conocido es una batalla…

—Lo sé. Lo sé.

—Mataron a sus padres —dice Mina—. Soldados sureños. Hace años. Lo siento.

Izuku se queda mirando el espacio vacío allí donde estuvo el niño y ya no está.

—Lo sé —repite.


El paseo por el bosque continúa sin incidentes. Kyoka y Jirou desaparecen solas un rato. Izuku sigue a Tsuyu, a Ochako y a Mina, que lo entretienen con su plática, hasta que se detiene a ver unas flores y se da cuenta de que las perdió de vista.

De día, el bosque es mucho más amigable, así que se detiene un momento, admirando lo que hay a su alrededor.

Entiende por qué a Mina le gusta tanto ir allí a recolectar plantas. Parece que los árboles llaman y, de día, no se siente la magia negra que dejan tras de sí los hechiceros Shie Hassaikai —aunque Izuku todavía se lleva las manos a los brazos cuando los recuerda, porque duelen un poco más con el frío que ya está haciendo.

Oye cerca las voces de Mina y las demás, así que se queda otros momentos entre los árboles y la danza de sus ramas, entre las flores y la hierba del piso.

«De noche esto no se aprecia», piensa y así es cómo se esfuerza en alejar los recuerdos de los hechiceros de su mente.

No se había dado cuenta lo clavados que los tenía dentro de sí.

Piensa, en su lugar, en Katsuki. Piensa en Katsuki surcando los cielos con Eijiro y Denki. No deben tardar en volver y deben estar volando. Piensa en el bosque desde los cielos y se dice que, cuando vuelvan y haya tiempo, le pedirá a Eijiro que lo lleve volando, para poder apreciarlo desde arriba. Pudo haberlo hecho cuando viajaron hacia el sur, pero en ese entonces estaba tan preocupado que no se fijó en absolutamente nada.

Todo ocurre muy rápido.

De repente ya no escucha la voz de Mina o de Ochako, tampoco la de Tsuyu. En vez de eso se oye un grito que alerta sus sentidos y hace que sus manos se dirijan a la empuñadura de su espada.

El bosque se llena de niebla y parece oscurecer. Pero es todavía mediodía y eso no tiene sentido.

Oye otro grito, un alarido. Corre en la dirección en la que le parece reconocerlos.

Es cuando ve al niño, con su capucha roja todavía puesta.

—¡Tú no! —le grita el niño—. ¡¿Por qué tenías que venir tú?!

Izuku abre la boca sin saber qué contestar, pero entonces se da cuenta de que hay alguien acechando al niño. Un hombre enorme, con un mandoble que sostiene con las dos manos. Esas son armas del este, de muy lejos.

—Oh, el niño tiene un héroe que lo defienda.

La mente de Izuku va demasiado rápido. Probablemente están siendo emboscados y no es el único en esa situación. ¿Hay más enemigos? Eso es seguro. ¿Cuántos hay? El acento del sur es inconfundible, pues es el suyo propio.

Deja la mente en blanco un momento. Necesita concentrarse en lo que tiene enfrente. Un niño asustado y un hombre del sur dispuesto a atacarlo sin honor alguno.

(Al menos eso aprecia de los bárbaros: su estricto código de honor para atacar: los niños no son parte de la guerra y los indefensos tampoco; sólo se es un guerrero honorable si se otorga la muerte de manera honorable).

—Ponte detrás de mí.

—¡No debías venir…!

Izuku grita.

—¡Hazlo!

Y Kota Izumi tiene instinto de supervivencia, así que lo hace en el último momento posible, cuando se lanza hacia ellos sosteniendo el mandoble con las dos manos e Izuku hace lo mismo con su espada —para poder resistir el golpe.

El hierro choca. El cielo se rompe.


Siente el dolor en los brazos tras menos de cuatro estocadas. No oye otras voces, no sabe si los demás están cerca o lejos. No sabe si están siendo atacados, ni en qué condiciones están.

Tampoco puede pensar en ellos.

Por el momento, sólo puede ver al niño detrás de él, que no se anima a correr por miedo a encontrar algo peor.

Izuku apenas se fija en el aspecto de su contrincante, que lleva un atiendo con una chaqueta de manchas amplias color guinda y pantalones negros —de forma muy parecida a los que usa el príncipe—. Desesperadamente busca una debilidad que no puede encontrar, porque el hombre es más fuerte de lo que debería ser un ser humano. No puede resistir mucho más, pero tiene que hacerlo.

Piensa, entre una estocada y otra, que es la primera vez que está en una batalla o algo parecido a una.

Antes todo acabó un momento, con el hielo de Tetsutetsu. Pero ahora no hay una salvación milagrosa y todo depende de él.

Una estocada lo lanza hacia atrás y cae de espalda. Alcanza a ver a Kota, asustado, antes de volverse a poner en pie. Se empuja, pero una de sus piernas se rinde y se queda con una rodilla clavada en el suelo.

—¡Eres del sur también! ¡No creas que no te reconocí, príncipe traidor! ¡Y creer que tu padre todavía pretende rescatarte!

La risa inunda el bosque.

«Madre de todos nosotros…»

Debe pararse, así que invoca su fuerza de donde ya no la tiene. Se pone en pie y el piso debajo de él parece temblar, así que sólo clava los pies con más fuerza.

«… cuídanos en nuestras horas más oscuras…»

Lucha por encontrar dentro de sí todas las fuerzas que le quedan. Ve a su contrincante y descubre que uno de sus brazos parece estar hecho de cicatrices, como si hubiera sido expuesto a una magia horrible. Y su rostro, también tiene una fea cicatriz en una mitad.

«… y alégrate en nuestras horas más claras.»

Vuelve a extender la espada antes de que el mandoble lo alcance.

—¡No es traición defender a aquellos que lo necesitan! —grita.


Oye su hueso quebrarse. Aprieta los dientes y sólo piensa que no siente tanto dolor como debería. Culpa del clamor de la pelea, quizá. Siente su brazo a punto de zafarse de su cuerpo, pero lo mantiene ahí porque lo necesita.

—¡Vete! ¡Corre! —le dice al niño. Pero el niño no se mueve, sólo intenta refugiarse contra un árbol.

La visibilidad se hace peor con la niebla que cubre al bosque.

Da otra estocada y es el otro brazo el que da de sí.

Sólo los lanza porque tiene que seguirse defendiendo.

«Madre de todos nosotros…»

Implora.

Su fe siempre lo salvado en los momentos más oscuros o, cuando menos, le ha dado esperanza. No sabe si Nana Shimura está viéndolo desde alguna parte realmente o al final los muertos permanecen muertos y ya es todo —puesto que no deja de ser humana convertida en diosa viva, profeta.

«… cuídanos en nuestras horas más oscuras…»

Alza la espada. Siente que sus brazos están a punto de desplomarse; no puede más. Se obliga a permanecer de pie.

—¡Morirás por mi mano, príncipe traidor! ¡Le entregaré tu cuerpo a mi señor Tomura!

«… y alégrate en nuestras horas más claras.»

Sólo un poco de esperanza.

Concentra toda su fuerza en un último golpe que logra dar.

—¡Esto es sólo un aviso de lo que está por venir para el norte!

El mandoble cede. Cada el piso. Izuku no sabe cómo lo logra, pero ya tiene también las manos destrozadas.

—¡Si no es nuestro —grita el hombre—, lo destruiremos!

La espada se le clava en las costillas. No es una herida muy profunda, pero Izuku retuerce la espada para incapacitarlo. El hombre cae. Su cabeza se golpea contra una roca.

—¿Está muerto…? —pregunta la voz de Kota, el niño, desde atrás. Suena temerosa.

—Sólo inconsciente.

Izuku cae de rodillas. Está a punto de desmayarse del dolor en los brazos. Sólo alcanza a ver hacia el cielo y le parece ver la sombra de un dragón rojo y oír gritos a su alrededor. Entre ellos, un maullido.

«Gané», piensa.

Y cae al suelo. La tierra lo acoge entre sus brazos.


Notas de este capítulo:

1) Kamui Woods se llama Shinji Nishiya en realidad, pero decidí preservar el Kamui y traducirlo a modo Kamui del Bosque (la traducción es porque se oye perro) porque un ser divino o espiritual en la mitología de los ainos y pues en la historia es una criatura que nació de los espíritus de los árboles. Por cierto, que los bosques puedan defenderse a sí mismos… o los árboles, es algo presente en varias mitologías. Incluso Tolkien lo rescata. No tengo una referencia directa allí porque más bien estaba intentando adaptar el manga, pero crean que por mi cabeza pasan ideas de mitología clásica.

2) La canción del dragón benevolente no sé si es algo a lo que volveré con mucho detalle, pero me gusta hablar de la cultura y cómo las historias se convierten en canciones y cómo todo influye en el aire.

3) Los pensamientos de Izuku sobre el bosque tienen que ver con la simbología que tiene este y la naturaleza en general dentro de la fantasía. Recuerda a Broncelandia (aunque bueno, se sabe que ese tiene ya una versión en esta historia, como el Gran Bosque), a la manera en que la naturaleza llamada a los husihuilkes de La saga de los confines de Liliana Bodoc (que es una de mis maravillosas referentes) que es una de mis grandes referentes latinoamericanas, por ejemplo.

4) Sí, sale Kota. Y sí, también Muscular. Aunque aquí no decimos su nombre, porque Izuku narra y no lo sabe. Sí, también hay MomoJirou. Gracias por aguantar el descanso. He vuelto con energías renovadas. A esta historia le quedan capítulos.

Andrea Poulain