Capítulo XXIII.
El Hombre de Piedra


I.


—No recuerdo si el hada tenía nombre. Es extraño. Las historias se transmiten pero olvidamos los nombres. ¿Crees que a nuestros nombres los borre el tiempo?

Katsuki lo empuja hacia la cama.

Hace ya rato que dejaron el balcón de los aposentos de Katsuki. Hasta entonces, Izuku vuelve a empezar la historia. Katsuki sube a la cama después y se acomoda a horcajadas sobre él. Con cuidado, desanuda el cinturón de Izuku.

—Lo grabaré en piedra —dice Katsuki—, para que nadie lo olvide.

Izuku sonríe.

—Bueno, el hada tenía un nombre que ojalá recordáramos —sigue el príncipe—. Orokku escuchó todas las lecciones del hada. El brujo aprendió a escuchar al bosque y al río con ella. —Katsuki entierra su cabeza en el cuello de Izuku—. Aprendió a escuchar lo que decían las piedras y los rumores que llevaba el aire. Escuchó la magia y aprendió a hablar su idioma. El hada le enseñó el nombre de todas las plantas y a preparar pócimas, brebajes. Lo aprendió todo, incluso secretos de las hadas.

»Durmió incontables noches al lado del hada y escuchó todas las historias del Gran Bosque, incluso historias que ningún humano había oído. —Izuku entierra su mano en el cabello de Katsuki—. ¿Te imaginas? ¿Ser la primera persona en oír algo así? Por supuesto, como es lógico y natural, el brujo Orokku y el hada de enamoraron.

—Lógico y natural. —Hay algo sardónico en su tono, incluso incrédulo.

—Kacchan, no seas así. A veces hay personas que están destinadas a amarse. —Izuku sonríe al pasar la mano por el cabello del Rey Bárbaro; este se separa un poco de él y lo mira a los ojos—. Hay poética en ello, Kacchan. Imaginar que en algún lugar del mundo, hay alguien esperando ser amado por ti.

El Rey Bárbaro frunce el ceño.

—Nosotros no somos así.

Puede jurarlo. Sobre todos los dioses de la tierra, sobre sus propios principios. Él e Izuku no estaban destinados de ninguna manera.

—No. —La sonrisa de Izuku es tierna y tranquila—. Pero también tiene mucho de poético luchar con una y dientes por el afecto que quieres.

Katsuki bufa.

—Prefiero elegir —dice—. No quiero que el destino tenga algo que ver. Si por el destino fuera, seríamos consortes sin una sola gota de amor. Los bárbaros elegimos. Los ritos del matrimonio son sólo para aquellos que se aman.

Y al buscar los ojos de Izuku y clavar el rojo sobre el verde, recuerda las palabras de Mina.

«Va a ser tu consorte».

También otras palabras más antiguas, más viejas, de la boca de Denki.

«¿Vas a pedirte que se case contigo?».

No recuerda si lo dijo así exactamente, pero jura que ese es el mensaje. Los ojos de Izuku clavados sobre los suyos tienen la respuesta.

Quizá no hoy, porque primero quiere regalarle la paz y un destino mejor que el que tiene.

Quizá no mañana, porque las guerras no se ganan en una noche.

Pero un día, el príncipe Izuku Midoriya será su consorte.

—A mí también me gusta… —empieza con cautela, buscando las palabras— la idea de elegir, Kacchan. Orokku y el hada quizá no eligieron conscientemente, puesto que el destino se encargó de que uno estuviera en el camino del otro, cierto. Pero la historia que se cuenta que se amaron mucho, demasiado, más que nadie. Los afectos de las hadas son peligrosos. Consumen. Acaban. Son grandes, tan grandes que ni el Gran Bosque puede contenerlos. Nada puede contener el amor de un hada y, sin embargo, Orokku lo intentó.

»La amó con todo lo que pudo, Kacchan. Y fue hermoso, e impresionante. Juntos escucharon al bosque y a los ríos. Se volvieron uno con el aire y el agua. Su magia fue la magia más grande de todas. Su amor fue el más grande de todos.

Y entonces se queda callado. De nuevo, Katsuki siente que la historia se queda incompleta.

—Ese no es el final.

—No. —El príncipe Izuku niega con la cabeza—. Todavía no. Pero por hoy, quizá sea mejor dejarlo ahí. Te contaré el final después.

Katsuki admite su derrota demasiado fácilmente. Le gusta oír la voz de Izuku, pero también le gusta besarlo. Le gusta verlo enrojecer cuando, con cuidado, abre su chaqueta y cuando le jala los pantalones. A veces le da risa cuando las manos de Izuku tiemblan al quitarle la capa, como ese día. Incluso podría decir que se enternece cuando lo ve titiritar y le pasa la capa por encima. Y luego los dedos por el torso ya desnudo, aunque todavía tiene las mangas de su atuendo sobre los brazos.

Izuku tiembla bajo su tacto y a Katsuki le da miedo el poder que tiene sobre él. Qué sería capaz de hacer por Izuku.

Lo atrae hacia así y lo aprieta en sus brazos.

—Quiero que nuestro amor sea el más grande de todos —confiesa.

Debajo de él, el príncipe Izuku se queda sin respiración.


Primero, lo despierta la tranquilidad.

Despertar en los brazos de Izuku. Bueno, eso es inexacto. Más bien despertar amarrado entre todas las extremidades de Izuku, que se pega a él como una araña y sigue respirando, aun dormido. Tienen dos cobijas encima y de todos modos hace demasiado frío para el príncipe, que se enrolló en la capa ropa de Katsuki. «Debería tener la suya propia», piensa el Rey Bárbaro. Izuku tiene tanto del norte como del sur y Katsuki se pregunta cómo combinaría una capa con sus atuendos usuales. Duda que su ropa de invierno sea suficiente para las nevadas inclementes que está por llegar. Igual que las lluvias, suelen durar semanas.

Con cuidado de no despertarlo, atrae un poco más el cuerpo de Izuku hacia sí.

Y entonces alguien entra corriendo.

La reacción de Katsuki es instantánea y se arrepiente de ella en el mismo momento.

—¡Les he dicho mil veces que toquen la puerta!

Izuku se despierta asustado —al menos, eso parece, porque abre mucho los ojos desorientado— y Denki entra en la habitación corriendo.

—¡Es urgente, Katsuki! —grita—. ¡Ya sé que no te gusta que nadie invada este lugar, pero…!

—¡Carajo, si es urgente no des vueltas!

Katsuki se siente culpable cuando Izuku, todavía desorientado, se aferra a él buscando un apoyo en el mundo. Incluso él todavía está despertando.

Las palabras de Denki los sacan del sueño a ambos.

—¡Hay reportes de aldeas cercanas! ¡Algo o alguien parecido a un gigante de piedra se acerca desde el sur! ¡Aun no llega al bosque pero está cerca! ¡Los árboles han estado deteniéndolo!

Katsuki frunce el ceño.

—Kamui del bosque —murmura—. ¿Hay algo del noreste?

Denki niega con la cabeza.

—Nadie ha venido desde allá. Pero si los árboles se están moviendo como lo hacen… Ella viene en camino, Katsuki.

—¿Quién? —pregunta Izuku y es lo primero que sale de su boca.

—La señora de la montaña —responde Katsuki.

Cuando se asegura de que Izuku está suficientemente despierto como para no caerse si lo suelta, se pone en pie, buscando sus botas y sus pantalones. Poco le importa que Denki lo esté viendo medio desnudo porque están en una urgencia, aunque sí lo ve enrojecer y apartar la mirada.

Izuku, cuando entiende lo que está pasando, después de parpadear un par de veces, se quita la capa de los hombros, se acomoda los pantalones y busca la camisa interior de su atuendo con mangas color crema pegadas a sus brazos que le ayudan a mantener el calor, Después se pone la chaqueta —la misma verde del día anterior— y se queda atorado poniéndose el cinturón. Le cuesta ponérselo derecho y Katsuki encuentra eso adorable.

Se acerca para quitarle la capa de las piernas —el lugar en el que decidió ponerla cuando empezó a vestirse—. Izuku no lo deja agarrarla y se la pone él a los hombros, anudándola para que no se le caiga. A cambio, Katsuki le ajusta el cinturón.

—¿Y Eijiro? —pregunta Katsuki.

—Se marchó con Mina, de emergencia. Yo me quedé atrás para venir por ti —explica Denki.

—¿Ochako y Tsuyu? —pregunta Izuku.

—Irán con Kyoka. Ochako le dijo que es buena usando magia curativa y todos los pares de manos son necesarios —dice Denki—. Están alistándose, en el patio.

Katsuki toma su espada y hace lo mismo con la de Izuku. Se la lanza.

—Vámonos —espeta.

No espera a que ninguno de los dos lo siga.


Izuku es quien lo alcanza primero, en los establos.

No hay caballos suficientes y tienen que moverse con rapidez, así que deja que Izuku vaya detrás de él mientras que Denki va con Kyoka. Momo e Itsuka se posicionan a la cabeza y el resto de la partida de caza y de todos y cada uno de los guerreros disponibles en la fortaleza salen en dirección al bosque y al sur con la esperanza de detener al Hombre de Piedra.

Mientras estuvieron alistándose, Denki le dijo que Mina se había llevado prácticamente todas las dosis de poción somnífera porque no se le ocurría otra manera de detener al Hombre de Piedra. Tenían que detenerlo hasta que la Señora de la Montaña llegara e, incluso con su ayuda, necesitarían todos sus recursos. Lo enfrentarían de frente, por supuesto, como lo hacían con todos los peligros.

Izuku lo abraza, pegándose a él.

—Confío en ti —lo oye decir, entre el aire y el golpeteo de los cascos de los caballos. Luego escucha su oración. Katsuki no cree en la madre, pero la agradece.

«Madre de todos nosotros, cuídanos en nuestras horas más oscuras y alégrate en nuestras horas más claras».


El hombre de piedra es mucho más grande de lo que habían calculado. O quizá sólo es verlo y comprender que para él, los bárbaros a los que se enfrenta son sólo cucarachas para él. Ni siquiera se detiene a verlos.

A Katsuki lo embarga la furia.

Como ese maldito, los ven en todo el sur. Bichos a los que aplastar, en aldeas que hablan muchos dialectos, que se defienden a sí mismas y se gobiernan a sí mismas. Katsuki es rey en nombre porque lidiar con las fronteras y sus invasiones. Un rey que une a las aldeas cuando es necesario, pero que las deja vivir sin exigir ninguna clase de tributo. El sur nunca ha entendido esa forma de vida. Comparten tierra —y en algún momento compartieron religión— y sus culturas no son tan diferentes. Sin embargo, son incapaces de entenderse.

Ve e Eijiro arremeter desde el aire contra el hombre de piedra. Lo hace con cautela, porque el hombre de piedra se levanta y busca sus ojos, buscando herirlo. Kyoka da la orden de disparar a los arqueros, pero las flechas no hacen nada contra la piedra ni siquiera cuando un mago de fuego se encarga de hacerlas arder en el aire.

Katsuki ve a Eijiro arremeter una y otra vez y entonces se da cuenta de algo: Mina no está sobre sus cuernos, ni lo monta en el nacimiento del cuello o de las alas.

—¡Mina! —grita—. ¡Maldita bruja! ¡¿Dónde estás?!

Denki se da cuenta de su grito y también lo imita.

Hasta que la ven acercarse por tierra.

Toda la caballería se detiene de golpe al verla correr tan segura rumbo al hombre de piedra. Los tules de sus mandas ondean detrás de ella.

Katsuki no suele verla pelear.

Mina defiende que encargarse de los heridos es tan importante como pelear y defender lo suyo. Alguien tiene que hacerlo y a veces nadie quiere. Sin embargo, eso no significa que no pelee tan valientemente como todo el resto. Sus armas no son ni lanzas ni espadas, sino la magia. Y ver el despliegue de magia que es capaz de hacer cuando se enfrenta a un ataque es espectacular. Lleva pulseras protectoras en sus manos y en sus pies, llevas de hierbas y hechizos. Katsuki puede ver el aura que crean alrededor de ella y cómo le permiten seguir avanzando. Su falda ondea cuando se levanta, el plisado la hacer ver graciosa en el aire, cuando salta con un vial de pócima en la mano intentando alcanzar a Hombre de Piedra.

Ni siquiera los arqueros se atreven a disparar, pues podrían herirla sin querer. Sólo empiezan a aprovechar, poco a poco, que el Hombre de Piedra esté tan concentrado en Mina para avanzar hacia él. La partida de caza lleva cuerdas, como cuando desea obtener una presa especialmente grande. No hay duda de que planean poner una trampa.

Entonces, Mina en el aire se queda congelada. Katsuki lo ve y se asusta, porque, aunque no puede ver su rostro, nunca la ha visto tan dudosa y asustada.

En su mente, Mina siempre ha sido valiente y arrojada, segura. Sin miedo a demostrar miedo, pero con una fuerza implacable para superarlo. La conoció tras conocer a Eijiro y a Denki, poco antes de encontrarse con Kyoka y Sero en las montañas. Pasaron una noche con las brujas del oeste —de la cordillera, tenían un campamento cerca de los picos que Izuku llamaba la Doncella y el Guerrero— y la conocieron. Mina se había criado con todo el resto de las brujas como madres, trías y abuelas. Era huérfana y había aprendido el leguaje de la magia antes que cualquier otro.

Eijiro y ella se volvieron amigos desde el primer momento. Y luego ella se fue con ellos. No los volvió a abandonar jamás.

La ve y le recuerda a una Mina que debió ser anterior a esa bruja sedienta de aventura que conoció esa noche. Pequeña, asustada. Todavía con una pose determinada, pero comprendiendo que quizá el hombre de piedra es demasiado poco para ella. Entonces, Katsuki e Izuku, aun moviéndose con cautela, acompañados por la partida de caza, tomando posiciones en la retaguardia, para atacar al final, igual que Denki, oyen un rugido.

El Rey Bárbaro lo reconoce inmediatamente, al ver a un Eijiro furioso y convertido, figura monumental de escamas rojas lanzarse hacia Mina cuando el hechizo de su salto falla y hacerla aterrizar al lado de sus cuernos. Lo ven seguir la marcha y a Mina extender el brazo y tirar el vial sobre la boca del enorme Hombre de Piedra. Nada pasa en ese momento —Katsuki sabe que las pócimas de Mina son de efecto más retardado, para asegurarse de que sea realmente fuerte—, pero Eijiro estrella su cabeza de dragón contra él y eso hace que el hombre de piedra trastabillé un poco hacia atrás. La partida de caza aprovecha el momento para rodearlo con sus cuerdas. Katsuki duda que lo contengan demasiado —quizá tengan unos minutos—, pero ya está pensando cómo aprovecharlo.

—Mina es impresionante —escucha a Izuku detrás de él, que recarga aún más su cuerpo contra el suyo, buscando que Katsuki pueda oírlo entre los ruidos y el clamor del enfrentamiento—. ¡Tenemos que aprovechar esto para buscar un punto débil! ¡Sólo uno! Tenemos que detenerlo hasta que la señora de la montaña este aquí.

Katsuki asiente, aprieta aún más las riendas del caballo y galopa. Confía en Mina y en Eijiro; confía en Denki que se acerca inexorablemente, dispuesto a soltar un rayo como nunca se ha visto otro; confía en su partida de caza. Todos harán su parte.

Y entonces, galopan.


Eijiro consigue hacer que el Hombre de piedra se trague dos de los viales de Mina. Para él no es difícil acercarse con la forma de dragón y empezar a transformarse en el aire, manteniendo las alas y algunas escamas que le sirven de escudo. Sin embargo, nada parece detener al enorme gigante —que no lo es, simplemente es un ser humano que tiene ese aspecto debido a la magia maldita de las tierras del sur—. La partida de caza de Kyoka intenta rodearlo varias veces, pero les rompe varias sogas o va más rápido de lo que calculan. Katsuki e Izuku no pueden acercarse lo suficiente para encontrar algún punto débil que atacar con sus espadas. Katsuki le quita una lanza a un miembro de la partida de caza y lo lanza a la espalda del Hombre de Piedra, donde les parece ver piel y no piedra. Efectivamente, la lanza se entierra, pero resulta ser sólo un pequeño golpe superficial para él.

Mientras tanto, el hombre de piedra sigue avanzando.

Se acerca a la orilla del bosque. Sólo Kirishima lo mantuvo allí casi medio día. Ellos no pueden detenerlo solos y el dragón no tiene la suficiente fuerza. Katsuki sospecha que quizá su fortaleza podría ser una buena defensa. Las almenas fueron construidas pensando también en la amenaza de los gigantes. La construcción tiene siglos, ha sido destruida y reformada incontables veces. Shigaraki y el Rey Midoriya sólo la han asaltado tres veces gracias a la magia. Ni siquiera cuando Katsuki ansiaba el trono pudo asaltarla. Tuvo que atraer a los contendientes fuera de ella, retar afuera de ella al último rey cruel. Aludir a las reglas del honor de os bárbaros. Katsuki entró en ella cuando el rey anterior hubo muerto bajo su espada y se convirtió en otro de los aspirantes. Consiguió que todas las aldeas empezaran a respetarlo como rey pocos meses después, cuando firmó la paz con los dragones.

—¡Va a acabar con nuestras armas! —grita Izuku.

—¡¿Tienes alguna idea?!

Izuku niega con la cabeza.

—¡Cansarlo es la mejor! —Izuku se abraza a él con fuerza—. Sólo tenemos que aguantar lo suficiente, Kacchan. Quizá… ¡Oh! ¡Denki!

—¡¿Qué con él?!

—Si lanza el rayo más grande y más fuerte que sea capaz…

Katsuki bufa. No es mala idea, pero Izuku no ha visto pelear a Denki en esas circunstancias y no sabe lo que le está pidiendo. Pero quizá es la única posibilidad que tienen. Se dirige hasta donde se encuentra Denki, un poco más lejos, en la línea de defensa. Allí se mueven las raíces de los árboles, intentando cerrarle el camino al hombre de piedra, lo que quiere decir que Kamui del Bosque y la Señora de la Montaña no están muy lejos. Es cuestión de tiempo.

—¡Izuku dice que lances la descarga más fuerte que tengas!

Denki se le queda viendo con un gesto incrédulo.

—Katsuki…, ¡¿en serio?!

—Es nuestra única oportunidad para detenerlo un poco —suplica Izuku.

Denki asiente entonces.

—Pero no puedo quedarme solo —dice.

—¿Por…?

—Lo verás —responde.

—Katsuki, intenta atacarlo desde atrás —pide Denki—. Atraer su atención, si es que se puede de alguna manera, aunque… —Y nunca termina esa frase porque su mirada se queda clavada en el gran hombre de piedra—. Creo que sólo somos hormigas para él.

Katsuki asiente. Sólo ayuda a Izuku a desmontar antes de marcharse.

—¡Hazlo en cuanto logre captar su atención, idiota! —grita, dirigiéndose a Denki—. ¡Aunque sea sólo un poco! ¡El rayo más grande que puedas, mago imbécil!

Lo ve sonreír antes de irse.

Será maravilloso, se dice.

«¡Por el pueblo del norte!».


II.


—¿Estás listo?

Izuku no sabe porque Denki pregunta eso, pero asiente. Está listo. El mago se da la vuelta, se baja la capucha de la capa y ondea un poco su cabello al viento. Está sonriendo —aunque lo hace de manera nerviosa—. Izuku no parece muy seguro de sí mismo y está seguro de que lo transmite, porque Denki intenta darle tranquilidad inmediatamente con un gesto tranquilo.

—Sólo tienes que asegurarte de que no me haga daño. Dura unos minutos, ¿sabes?

—¿Qué dura…?

Denki sonríe, pero no responde.

Desde la distancia, Izuku puede ver a Katsuki rodear al Hombre de Piedra al mismo tiempo que toda la partida de caza del palacio. Desde ahí, es obvio que no pueden detenerlo con las cuerdas que tienen, aun cuando estas pueden detener las bestias más grandes que se pueden encontrar en el bosque o en las praderas del norte. Incluso las raíces de los árboles intentan mantenerlo en tierra, pero constantemente las rompe y estas tampoco son lo suficientemente fuertes como para evitar que siga atacando o trastabille.

Katsuki se yergue sobre el caballo después de levantar la lanza de alguien más de los guerreros.

Apunta.

El tiempo se detiene cuando Denki alzan un brazo y cierra los ojos.

Katsuki dispara.

Denki lo hace tan sólo un segundo después de él.


El rayo sale de sus manos y se alza hacia al cielo. Se extiende hasta que Denki lo dirige únicamente hacia el Hombre de Piedra. Izuku no lo ha visto nunca realizar un despliegue tan poderoso de magia.

El Hombre de Piedra tiembla un poco bajo el rayo, aunque sigue intentando moverse. Está cada vez más acorralado. De repente, el rayo se detiene e Izuku comprende por qué Denki no quería quedarse sólo.

Primero cae de rodillas y el príncipe se precipita hasta él.

—¡Denki…!

Pero se da cuenta que su rostro está perdido. Sus ojos no enfocan hacia ningún lago en particular; tiene que detenerlo para que no se vaya de boca.

«Sólo tienes que asegurarte de que no me haga daño».

Así que Izuku lo sostiene mientras mira preocupado como poco a poco el Hombre de Piedra empieza a recuperar al camino.

Es entonces cuando la tierra tiembla. Todo se mueve, los árboles se zarandean.

Izuku voltea la cabeza, buscando el epicentro del movimiento y la ve.

Incluso la partida de caza se detiene.

Es alta y majestuosa. Lleva una capa morada enorme y un vestido color crema con retazos de diferentes tonos. El cabello rubio le ondea al viento. La Señora de la Montaña, supone. Delante de ella, se mueve un hombrecillo con la piel de corteza de árbol —«Kamui del Bosque», recuerda Izuku— que controla las raíces del bosque. Las mueve a su antojo. Izuku jala a Denki para que ninguno de los dos se caiga. Eijiro incluso se aparta —se eleva en el aire— para dejarle el paso libre a la Señora de la Montaña.

—Oh… Yu Takeyama… ¿A que es una guerrera magnífica?

Denki vuelve en sí.

—Lo… ¡¿Estás bien?! —Eso es lo primero por lo que se preocupa Izuku—. ¡No sabía que…!

—Mi cerebro se fríe con rayos demasiado potentes —explica Denki—. No hay problema mientras no lo haga demasiado seguido.

—¡Lo siento! —se disculpa Izuku. No lo suelta porque le parece que Denki todavía está débil—. ¡Nunca lo hubiera sugerido de haber sabido! ¡Lo siento!

—Oh, no hay problema. Fue una buena idea. Si no lo hubiéramos hecho, quizá habría acabado derribándonos antes de que llegara Yu Takeyama —dice Denki.

La Señora de la Montaña colisiona con el Hombre de Piedra, luchando por detenerlo. Su fuerza es tan impresionante que incluso lo hace dar un par de pasos hacia atrás. Izuku puede ver la fuerza que hace en su rostro. Está aprehensivo. Una de sus manos descansa en la empuñadura de su espada. La otra todavía es un medio apoyo de Denki.

—¡Shinji, ahora! —grita ella.

Y Kamui del bosque grita.

Las raíces de los árboles brotan del suelo y todos los guerreros en sus monturas tienen que alejarse para no quedar enredados en ellas. Izuku también jala al mago. Los árboles son el arma de Kamui del bosque y, ahora que su influencia es tan cercana, también las ramas se mueven y apresan al Hombre de Piedra.

—¡Rey Bárbaro! —grita Kamui del Bosque.

Izuku mueve la vista y ve lo que ocurre.

Una de las ramas se acerca a Katsuki para ayudarlo a que se incorpore y lo alza en el aire. La señora de la montaña se aparta un poco, ya que ella y Kamui del Bosque tienen al Hombre de Piedra atado con las ramas. Le da un golpe con el puño para confundirlo y noquearlo un poco.

Katsuki desenvaina la espada.

Los árboles exponen el pecho del Hombre de Piedra. Katsuki busca un surco entre la piedra donde se exponga la piel, cercano al corazón y es allí donde clava su espada de rubíes en el mango. La retuerce y el Hombre de Piedra suelta un alarido agónico que suena en casi todo el bosque. Parece una alerta.

Katsuki saca la espada de su pecho y la sangre cae en las piedras de su piel o en el pecho. Con una rama, vuelve al suelo.

—¡TODO EL MUNDO APÁRTESE! —grita.

A él y a Mina, Eijiro los alza en el aire con las garras. Los demás salen cabalgando. El Hombr de Piedra se tambalea. Todos esperan que caiga.

Nadie espera que aparezca un portal a unos cuantos pasos de ellos.


El portal se abre y Shigaraki, con su cabello gris, cada vez más blanco, aparece en él. Lleva una chaqueta soja sobre unos pantalones negros que parecen desgastados. Abre los brazos e Izuku puede ver los detalles bordados —aunque no con demasiado cuidado— de las mangas. No hay duda de que a Tomura Shigaraki, el Hechicero de la Corte de su padre, le gustan las entradas triunfales.

Izuku no lo piensa. Desenvaina la espada. Corre hacia él, dejando a Denki atrás.

—¡Príncipe, espera!

Tomura se ríe al ver su furia.

—¡Sí, ven a mí, príncipe traidor!


Katsuki también corre en la dirección de Tomura. Izuku alcanza a verlo correr con la espada llena de sangre. Su piel tiene algunas manchas.

Pero Izuku es el primero en intentar asestarle una estocada a Tomura. Una barrera mágica lo detiene. El hechicero intenta alcanzarlo con las manos, esas con las que puede desvanecer todo, porque además es un experto con magia maldita. Izuku no lo permite. Pelea con fuerza. Katsuki también.

Y sin embargo.

Los brazos le duelen mucho más que usualmente. No ha tenido tiempo de recuperarse. Apenas se había quitado las vendas y había notado como sus cicatrices habían crecido, llenando su piel. Duelen. Y con Tomura no se atreve a usar las piernas. El tacto de ese hechicero en particular es mortal.

Katsuki también lo intenta, pero la magia de Tomura es impenetrable.

—¡Destruyeron a Gigante y pagarán por ello! ¡Nuestro Hombre de Piedra podía con ustedes y…!

«No, no pudo», piensa Izuku.

Las palabras de Tomura lo distraen. No se fija en la manera en la que el hechicero le pone el pie y lo hace tropezar. Entonces siente cuatro dedos de Tomura sobre su cuello; el hechicero también le arrebata la espada.

Detiene la siguiente estocada de Katsuki con una barrera mágica.

—No seguiría, si no quieres verlo morir aquí y ahora —sugiere Tomura. Izuku está congelado, porque sabe lo que puede pasar con un solo movimiento en falso—. ¡Kurogiri, lo tengo!

A Izuku lo envuelve la oscuridad y lo último que ve es que Katsuki lanzándose en su dirección, con la espada desenvainada.


Aterrizan sobre algo que se bambolea.

«Agua», piensa Izuku. Es agua. Un bote o una embarcación. No puede ser demasiado grande. Eso quiere decir que Tomura no los transportó tan al sur.

—¡Cuidado! —grita el hechicero—. ¡El Rey Bárbaro saltó tras de mí!

—¡Dabi! —grita una voz conocida.

Cuando Katsuki aterriza, lo rodean antes de que pueda dar una sola estocada. Un hombre con la piel llena de cicatrices lo sujeta cuando otro más —que no parece humano, sino un lagarto—, le clava un cuchillo en el vientre. No lo saca.

La voz conocida vuelve a hablar.

—No está en ningún lugar vital, Rey Bárbaro. No morirá todavía. Tenemos que hablar. —Hay una pausa—. ¿Dabi?

El hombre de las cicatrices alza los brazos y súbitamente, varias antorchas se alumbran. Sí. Están en una embarcación. Todavía es de día, así que no tiene sentido la oscuridad, pero quizá es sólo porque no hay ventanas en la estancia. Izuku sigue sin poder moverse, con los cuatro dedos de Tomura en el cuello. Y la espada que le regaló Katsuki en la otra mano del hechicero.

Ve como el hombre lagarto ata las manos de Katsuki a su espalda y luego hace lo propio con los pies. El Rey Bárbaro lucha por mantenerse lúcido, con todo y la herida.

—No te muevas —dice el hombre lagarto—. No queremos que te desangres.

—Te mataré si… —empieza Katsuki, pero lo callan de un puñetazo. Incluso Izuku lo mira, suplicándole que se quede tranquilo un momento.

—Bien, ya que estamos todos… —La figura del fondo se pone en pie. Izuku ve a su padre, con el cabello gris, ataviado de rojo—. Me parece que tenemos que hablar, Izuku.

Su padre abre los brazos, mostrándose tan alto y tan majestuoso como es. En público, Hisashi Midoriya jamás ha perdido las formas.

Va de rojo y negro, con algunos toques anaranjados. Su atuendo es impecable, incluso para un hombre que se traslada para la conquista y la guerra. En los decorados de su atuendo, Izuku ve la historia de los primeros reyes de su dinastía. Es un bordado impecable, seguramente realizado por miembros de la corte muchos años atrás de que el naciera, cuando su padre apenas iba a ser coronado. Lo calcula porque las mangas no son tan anchas, aunque sí majestuosas.

Tomura lo lanza hacia enfrente, haciéndolo trastabillar. Izuku se las arregla para no caer, deteniéndose con los brazos. Se incorpora. No puede hacer nada porque el hechicero le está apuntando con la espada a su propia espalda.

—Su Majestad.

No hace ademán de agacharse. Considera que, como príncipe traidor y en desgracias, no es necesario seguir el protocolo.

—¿No vas a saludarme, Izuku?

Izuku permanece altivo.

—Tomura —dice su padre, desviando un poco la mirada.

Izuku no entiende que está pasando hasta que los dedos del hechicero vuelven a su cuello y lo arrojan hacia enfrente, obligándolo a humillarse ante su padre.

«Es un gesto de cariño», piensa Izuku, «tiene que ser cariño y respeto. No miedo y humillación».

No mueve sus manos hasta que una de las piernas de Tomura patea sus brazos.

Entonces pone las manos sobre los pies de su padre.

Es una humillación simbólica. «Huíste y ahora estás de nuevo ante mis pies», le está diciendo. «Me desafiaste y ahora estás a mi merced». Izuku parpadea con fuerza, evitando las lágrimas.

Tiene que mostrarse fuerte. Necesita un plan.

Después de un momento

—¿Dónde estamos? —pregunta.

No puede incorporarse porque, cuando lo intenta, Tomura le pone su propia espada en el cuello.

—De rodillas —espeta el hechicero.

Izuku acepta la humillación. ¿Qué es una más?

—En la frontera —responde su padre—. Estábamos esperando noticias del Hombre de Piedra. Tuve que admitir mi error en no usarlo durante la invasión pasada.

—¡Y sin embargo, se las arreglaron para derrotarlo! —espeta Tomura.

—Ya es… ¿la tercera vez que lo hacen, Tomura? —pregunta su padre. Hay alí también una humillación escondida. Izuku la siente como sentía tantos años atrás las primeras palabras hirientes que le dirigió su padre desde su infancia—. Quizá necesitamos una nueva estrategia. ¿No?

Tomura bufa, pero no se atreve a responder.

Hisashi Midoriya clava la mirada en su hijo. Izuku la evita. Si ya sólo es un príncipe traidor, no le debe más respeto a su padre.

—Es tiempo de que vuelvas y asumas tu papel —espeta—. Te he dejado en libertad mucho tiempo. Quizá no puse la atención suficiente sobre ti. Pero, como mi único heredero, tengo la obligación de cuidarte, educarte, dejarte listo para el trono. ¡Mírame cuando te hablo!

Tomura lo agarra por el cabello, deseoso de cumplir cualquier orden que su padre escupa sobre él. Lo obliga a mover la cabeza de tal modo que no le queda otro remedio más que mirar al Rey Hisashi Midoriya.

«Duele», piensa.

Sólo aprieta los dientes.

Ve la mano de su padre alzarse en el aire y ya sabe lo que viene. Lo que sigue es el reflejo aprendido. Cerrar los ojos, intentar quitarse de la trayectoria de su padre.

Y, desde atrás, un grito furioso de Katsuki.

—¡NO TE ATREVAS A TOCARLO!

Izuku mira al piso de madera. Debajo de él, el agua.

«No importa», quiere decirle a Katsuki, «no importa realmente. Ha pasado muchas veces, Esta es sólo una más». Qué trágico pensar que aquel golpe es recurrente. Izuku ha visto su piel amoratarse las suficientes veces como para saber que tardará días en quitarse.

Cuando era menor, su madre intentaba detener aquel comportamiento.

«¡No te atrevas a tocar a mi hijo!»

Hisashi Midoriya alegaba que también era el suyo y tenía tanto derecho como ella a educarlo. «Educación». Eufemismo que usaba para aquellos golpes regulares. Izuku prefirió la brutalidad de los maestros que habían desistido de enseñarle a usar las armas. Después de todo, no duró mucho antes de que lo dejaran en paz y volviera a pasar horas entre los libros de la biblioteca, con tutores mucho más pacientes. Siempre era bueno cuando su padre se marchaba en campañas de conquista, porque Izuku era ignorado por largas temporadas.

Y mientras tanto otros morían, piensa.

—Es mi heredero, Rey Bárbaro. Que accediera a que te casaras con él no significa que no planeara recuperarlo eventualmente. —La mirada de Hisashi se detiene en algún punto detrás de Izuku, allí donde debe estar Katsuki—. No es un heredero ideal, pero su madre fue incapaz de darme otro hijo. —Y de nuevo, los ojos del Rey vuelven hasta Izuku—. Por lo tanto, tengo que asegurar a mi dinastía, ¿no lo crees? Te educaré como a un rey aunque sea lo último que haga, Izuku. Aunque lo haga con sangre. Serás un heredero digno y Tomura podrá gobernar detrás de ti. Sólo hay un detalle que debemos arreglar.

El Rey se lleva una mano a la cintura y desenvaina la espada.

—No creo que nuestro pueblo acepte a como rey a un consorte del Rey Bárbaro. Pero por supuesto, nadie va a cuestionar tu viudez.

Las palabras tardan hacer mella en Izuku.

—¡No! ¡No te atrevas!

El Rey Hisashi Midoriya ni siquiera le presta atención. Camina hasta donde está Katsuki. Las manos de Tomura simplemente obligan a Izuku a darse la vuelta y se encuentra con el Rey Bárbaro maniatado y humillado. No está de rodillas, sino implemente sentado en el suelo. Apenas se mueve.

—La única solución, por supuesto, es que el Rey Bárbaro acceda a romper este matrimonio —continúa Hisashi Midoriya; Izuku sólo piensa que ni siquiera están casados, pero el Rey no lo sabe— y entregue su territorio para convertirse en mi vasallo.

Katsuki dirige una mirada en la dirección de Izuku, que sólo niega con la cabeza sin saber qué es lo que está negando. Es una mirada triste, larga. No es una mirada que augura rendición, porque Izuku no se imagina al Rey Bárbaro rindiéndose.

Tras un momento, encara a Hisashi Midoriya, que le pone una espada en el cuello.

—Ya me tuviste a tu merced, Rey Bárbaro, ahora es mi turno.

—Sobre Izuku no tengo poder —espeta Katsuki—. Lo que elija será única y exclusivamente aquello que el desee. Y si no quiere romper nada entre nosotros, no puedo obligarlo. —Respira con dificultad y tiene que hacer una pausa—. No es mi propiedad, ni mi trofeo. Tiene corazón y siente. Y los bárbaros respetamos eso. —Vuelve a respirar con dificultad e intenta erguirse un poco más, pero no lo consigue—. En cuanto al resto de tu oferta. Jamás me arrodillaré ante un rey del sur para convertirme en su vasallo.

El Rey Hisashi Midoriya sonríe —si es que a la mueca que se pinta en su rostro se le puede llamar sonrisa— a modo de triunfo.

—Sea, pues, Rey Bárbaro —dice—, reclamo tu cabeza como trofeo.


Notas de este capítulo:

1) Quería que Mina y Eijiro tuvieran su momento en este capítulo, también Denki y también Mt. Lady. También… Bueno, entienden que es un capítulo muy lleno de acción y sólo les cuento esto porque me desespera mucho escribir pura acción. Pero quedó bien. El siguiente capítulo es el último de este arco y luego viene un descanso y lo último. O sea que nos quedan mesesitos de actualizaciones, gracias por seguir leyendo.

2) La historia de Orokku sigue. La uso más que nada para hablar de la historia o de Kacchan e Izuku. Es cierto que quiero que su amor sea enorme. Pero les falta mucho desarrollo, muchos momentos todavía por vivir. Quizá tengamos que narrar una boda aquí por todo lo alto. La historia sigue referencias del ciclo artúrico muy libros y en general la idea de un mundo de las hadas.

Andrea Poulain