Capítulo XXIV.
Ojos verdes
I.
Hay momentos en el tiempo grabados en la mente de Izuku. Ese es uno de ellos.
Katsuki no deja de mirar a Hisashi Midoriya. Quizá piense que tiene tiempo. Seguramente el Rey planea hacer de su muerte un espectáculo. Eso implica un viaje al sur y más humillaciones. La teatralidad del Rey le puede asegurar la victoria definitiva, pero implica que Katsuki siga vivo.
—No lo hagas —suplica Izuku, sin embargo.
—Oh, el príncipe se enamoró —se burla Tomura—. Lo regalaron como trofeo y se enamoró.
Izuku intenta ignorarlo, pero las palabras se le clavan hondo.
—No lo hagas —repite.
No sabe cómo salir de esta situación todavía, pero lo sabrá. Sólo necesita tiempo y mente clara para pensar. No duda que Mina ya esté buscándolos. ¿Cuánto tiempo tardarán en descubrir al Rey Hisashi Midoriya apostado en una embarcación en un punto de la frontera? El príncipe está casi seguro de que no llegarán a tiempo. Y una vez allí, no tiene idea de su cruzarán la frontera. El pueblo bárbaro no es una nación que está de acuerdo sobre todo. Más bien, es un conjunto de aldeas que viven juntas. No cruzarán. Izuku sospecha que, si Katsuki muere en el sur, la mayoría de los guerreros bárbaros sólo dirán que fue demasiado débil como para prevalecer y nombrarán otro rey. Quizá su consejo sea el que busque rescatarlo. Pero lo mejor siempre es rescatarse a sí mismo.
—Por favor —agacha la cabeza.
No sabe que está haciendo. Simplemente quiere que lo dejen acercarse. Moverse. Entonces podrá analizar el cuarto con más detenimiento y la situación en la que está. Además, si puede alejarse del filo de su propia espada —que Tomura sostiene sin piedad en su cuello— mucho mejor.
—Oh, Izuku —dice su padre—. Eres tan débil que te enamoraste del enemigo. Te volviste suyo y te entregaste. ¿Dónde quedó tu dignidad de príncipe?
—¡Katsuki no es mi enemigo! ¡Primero me metes en un palanquín para convertirme en el consorte del Rey Bárbaro y luego pretendes arrebatarme de su lado! —Su voz sale aguda y desesperada. Desearía mantener más la dignidad y no dejarse llevar por la furia, que explota por todas las veces que pudo guardar la compostura. Supone que ya no tiene ninguna importancia, así, humillado como está—. ¡Te equivocas: yo no me entregué a él! ¡Yo no soy suyo y él no es mío porque no puede pertenecerle una persona a otra!
—Izuku… —La voz de Katsuki sale furiosa, fría.
—Oh, te dejaría morir con él, Izuku, sin tan patético quieres volverte. —Su padre apenas le dirige una mirada de soslayo—. Sin embargo, no puedo permitírmelo. —Envaina la espada—. Enciérrenlos.
No, no todo puede estar perdido. No.
Tiene que existir una solución. Una manera de moverse. Una manera de acercarse a la espada tirada de Katsuki. Una forma.
Y entonces, la embarcación se tambalea.
En un principio, Izuku supone que es sólo parte de la tripulación moviéndose, pero entonces se da cuenta que Hisashi Midoriya frunce el ceño, contrariado. Oh, tampoco sabe que está pasando.
—Esperen —corta inmediatamente a todos—. Ustedes dos —señala al hombre lagarto y al mago con las cicatrices en todas partes—, vayan a ver.
Bien. Son sólo dos. Tomura y su padre.
Hisashi Midoriya es un guerrero espectacular, cuenta la gente. Izuku no sabe qué pedazo es realidad y qué pedazo es leyenda, pero la única vez que Katsuki se enfrentó a él en igualdad de condiciones, lo humilló. Así que quizá pueda pasar de nuevo.
Tomura, por otro lado, es otro asunto. Izuku sabe que es cruel, despreciable y que su magia es prácticamente incontrolable. Lo recuerda, años mayor que él, caminar detrás de su padre, vestido con túnicas andrajosas y el cabello revuelto. Izuku no tiene ni idea de dónde salió, pero sospecha que fue sólo un niño callejero que su padre recogió de alguna parte y resolvió volver una herramienta para su gloria. Con el tiempo, ha llegado a apreciarlo. Eso Izuku no lo duda porque lo vio detener la mano antes de golpearlo y el príncipe no sabía que el Rey Hisashi Midoriya era capaz de hacer eso. Con el tiempo, Tomura dejó de aparecer por todas partes. Inko Midoriya no lo soportaba —e Izuku no la culpa, porque Tomura siempre fue una extensión de su padre y aprendió de él a tener pocos escrúpulos y a despreciar las historias, el arte y la historia—, aunque disimulaba. Izuku le tenía miedo. La primera vez que se oyó su nombre completo en la corte, no quedó duda de que no era más que alguien a quien el Rey había recogido de la calle por motivos desconocidos. Shigaraki. Sin nombre. Sólo a aquellos que carecían de familia y apellido los condenaban a llevar las letras de la muerte en su nombre. «Shi». O quizá había tenido uno pero prefería no recordarlo.
—Por favor… —Izuku deja escapar otra súplica de sus labios—. Nos tienes a tus pies, Majestad. ¿Es necesario…?
Su padre acorta la distancia hasta él. El golpe con el dorso de la mano deja mudo a Izuku.
—¡No lo toques! —La voz de Katsuki está furiosa. Izuku lo ve apretar los dientes.
—No es de tu propiedad como para que reclames eso, Rey Bárbaro —espeta su padre—, eso el príncipe lo dejó muy claro.
—¡Tampoco es tuyo! —rebate Katsuki.
—Eso está por verse. —El rey sonríe, orgulloso—. ¿No reclama un hombre a sus vástagos como suyos? ¿Especialmente si van a ser sus herederos?
—No en el norte.
Katsuki sigue respirando con dificultad e Izuku se repite que no tiene mucho tiempo. Pero los dedos de Tomura están en su nuca, amenazantes. Intenta moverse un poco, acercarse, pero sigue a unos cuantos metros de Katsuki.
—Una lástima, entonces, que Izuku Midoriya sea un heredero del sur —dice Hisashi.
No, no tiene caso discutir eso. Qué importancia tiene si alguien cree poseerlo como se poseen lámparas, velas, ropas, si Katsuki está herido.
—Déjame cerrar su herida —dice Izuku, con un hilo de voz, logrando que la atención de la habitación se vuelva a posar sobre él. Alza la vista, buscando los ojos de su padre. Lo mira desde abajo, como vástago humillado—. Quieres hacer de su muerte un espectáculo, pero no servirá de nada si sigue perdiendo sangre, aunque sea poca. Ya está débil. No haré nada contra ti. Déjame cerrar su herida.
El Rey Hisashi Midoriya bufa.
—Eres patético, Izuku —le recuerda. Pero hace un gesto, diciendo que se lo permite.
Izuku hace ademán de pararse, pero Tomura no se lo permite.
—Si quieres humillarte curando a un enemigo, hazlo.
Aprieta la propia espada de Izuku contra su cuello y un hilo de sangre sale de ella. Izuku intenta contener el quejido, sin lograrlo. Busca la mirada de Katsuki, que niega con la cabeza. Izuku respira hondo. Acepta la humillación. Quizá así Tomura y su padre creen que así van a sacarle de adentro el amor que siente por Katsuki. Pero se necesitarían muchos soles, muchas lunas y varios pasos de las estaciones para sacarle todo eso de adentro. Todo ese amor, que desgarra de lo grande que es y que creyó que nunca sentiría. Eso no pueden robárselo, aunque lo hagan arrastrarse hasta Katsuki sin poder contener las lágrimas.
—Tengo que hacer un torniquete —dice Izuku, al llegar a él—, para que no tengas el arma dentro y no pierdas sangre. ¿Está bien?
«¿Confías en mí?», quiere decir.
—Mis tutores me enseñaron. No es la primera vez que lo hago —murmura, por si Katsuki se niega. Su padre, detrás de él, se ríe.
Katsuki bufa. Estira un brazo y lo agarra por el cuello. Lo atrae hacia sí y lo abraza. Para poder hablar sin ser oído y sin ser visto, entierra su cabeza en la curva del cuello de Izuku
—Toma mi espada —dice—. Huye. Busca a Kirishima y a Mina. Y a los demás. Entonces podrán rescatarme.
Izuku niega con la cabeza casi imperceptiblemente.
—Tu vientre, déjame ver su vientre —pide Izuku—. Por favor. Katsuki. —Y luego agrega, en un susurro que sólo oyen ellos dos, porque es una palabra que sólo existe para ellos—. Kacchan. —Entonces el Rey Bárbaro lo mira interesado—. Por favor.
«Tengo un plan», dice con sus ojos, «pero no puedo decírtelo o estaremos en problemas. Créeme».
Se oye un grito arriba.
Hisashi Midoriya frunce el ceño.
—Tomura…
—Iré a ver —dice el Hechicero— en un momento. —No hace ademán de moverse y se dirige hacia Izuku—. Apúrate.
E Izuku, con cuidado, corta un pedazo amplio de tela de sus pantalones y lo vuelve tiras para poder hacer una venda. Katsuki lo deja examinar su vientre. Izuku se arremanga un poco. Hace una bolita con un pedazo de las mangas de su chaqueta.
—Quizá quieras morder algo.
—Deberías tener con qué cauterizar —sugiere Katsuki—. Aunque la herida no es muy grande. —Es apenas un corte, observa Izuku, pero es más profundo de lo deseable—. Sería mejor —murmura—, si pudieras…
—Katsuki, muerde.
Y le hace caso. Izuku trabaja rápido. Cubre la herida con las tiras cortadas para detener el flujo de sangre. Hace un torniquete. No es una cauterización, pero es algo.
Con el rabillo de los ojos, vigila a Tomura y al Rey. Espera a que estén completamente confiados en lo que está haciendo y finge ser un poco más lento de lo que realmente es. Entonces, cuando está seguro de que no podrán alcanzarlo antes de que haga lo que desea, se lanza hacia la espada de Katsuki. Inmediatamente, Tomura está sobre él. Pero Izuku nunca pretendió luchar él, pero no llegaría a tiempo.
Lanza la espada justo cuando la mano de Tomura se cierra sobre su pierna e Izuku siente un dolor muy parecido al que sintió con los Shie Hassaikai.
Grita.
—¡Kacchan! —grita.
La espada está en el aire. Puede ver el esfuerzo de Katsuki al levantarse tan rápido como lo hace. No debería moverse mucho con la herida que tiene, pero aun así lo hace. El Rey Bárbaro agarra su espada en el aire, por la empuñadura y se lanza contra Tomura Shigaraki.
Ver a Katsuki pelear siempre es un espectáculo. Lucha con una fiereza a la que Tomura apenas si puede hacerle frente. Lo hace soltar la pierna de Izuku. Enfrenta también la embestida del Rey Hisashi Midoriya, pero parece concentrarse aún más en Tomura. Inmediatamente, Izuku nota lo torpe que el hechicero es para usar la espada. Lo suyo es la magia y está demasiado acostumbrado a que su poder sea tan fuerte que nada pueda contra él. Hisashi Midoriya, por el contrario, es un mejor guerrero y se maneja mucho mejor con la espada. Pero Katsuki ya lo ha superado dos veces, lo que demuestra con creces en ese momento.
Mientras sólo se defiende del rey, le arrebata la espada de Izuku a Tomura.
—¡No puedes usar lo que no es tuyo! —espeta y, cuando la espada cae al suelo, la patea en dirección a Izuku, que todavía está recuperándose del tacto de Shigaraki, que le dejó la marca de una mano en la piel de una pierna—. ¡Izuku! ¡Piensa rápido!
Izuku agarra la espada por la empuñadura y, entonces, resulta mucho más fácil no pensar.
Se mueve al ritmo del instinto. Sólo quiere vivir para ver un día más en sus propios términos. Se abraza al norte no sólo por Katsuki —aunque sería deshonesto no admitir que una gran parte de su amor al norte tiene que ver con él y con los principios con los que rige su territorio— sino por la sensación de libertad que conoció en sus tierras, sus campos, la fortaleza del Rey Bárbaro. No traiciona al sur. No lo ve así. Quiere un sur tan libre como el norte. Quiere un mundo donde los reyes no asciendan sólo por su sangre, sin probar su valía, su honor y que merecen el puesto. Desea un pueblo donde aquellos que gobiernan se deban siempre a su gente y su gente no tenga miedo de echarlos de los palacios y exigir menos guerra y más paz.
Pero para todos esos sueños que tiene —más grandes que él mismo o que todo el mundo—, primero necesita vivir un día más. Así que se lanza contra Tomura con toda la fuerza que tiene, sin importarle el dolor de sus brazos, ni los gritos de Katsuki, ni la furia. Nota como, desde el principio, lo único que intenta es defenderse y acercarse a la puerta. Están en una embarcación y, el primer paso para huir, es llegar a cubierta. De otro modo están rodeados y, si aquellos que están en cubierta solucionan el problema con el que está lidiando —del cual ni él ni Katsuki tienen idea alguna—, no tendrán oportunidad. Están heridos y cansados, no pueden luchar contra todo aquello que se les ponga enfrente en un momento.
Así que Katsuki los mueve como quiere, como piezas en un tablero a su antojo. Busca acercarse a la puerta y que Izuku también lo haga. Bien. Buen plan. Después podrán decidir si el problema que hay arriba —sea quien sea— es un aliado o también un enemigo.
Izuku piensa que, quizá, la balanza se inclina por lo primero.
Y allí, en medio de la pelea, cansado y agotado, humillado, también, Izuku piensa que desearía un mundo donde no fuera necesario pelear tanto por defender la vida. Quiere lograr eso y tiene una vaga idea cómo. Pero comprende que con Hisashi Midoriya será imposible. Quizá no ese día, pero comprende, entre una estocada y la que sigue, que su padre no saldrá vivo de esa guerra si gana la paz.
Los hombres como el Rey Hisashi Midoriya aman la guerra porque no pelean en ella. Humillan a sus despojos, sí, pero son otros los que abren el camino y la conquista. Hisashi nunca está al frente de sus ejércitos, sino que siempre ha preferido la retaguardia, para asegurarse, si no la victoria, la supervivencia. No siempre le ha funcionado, por supuesto. Algunas veces se ha puesto a sí mismo en riesgo, pues valía tampoco le falta, aunque se aferre a la vida con uñas y dientes.
Izuku desearía haber preguntado muchas más cosas a sus maestros sobre las estrategias de guerra de Hisashi —aunque siempre tuvieron demasiado miedo de decir algo que contrariara al Rey—. Quizá, si se hubiera esforzado en el manejo de las armas, sus maestros también lo hubieran enterado de qué tan bueno era Hisashi. Pero no lo sabe y se mueve por instinto, defendiéndose de él y de Tomura.
—¡Muere! —grita Katsuki.
Lanza una estocada en dirección a Tomura, que se defiende con magia.
Katsuki da un paso atrás y entonces está de espalda contra la puerta. Usa su fuerza para abrirla, mientras se defiende de un hechizo y una espada. Se vuelve, por un momento, el escudo de Izuku.
—¡CORRE ARRIBA! —grita Katsuki—. ¡Y sigue en guardia!
Izuku sube unas escaleras corriendo, intentando armar en su cabeza un plano del lugar en el que están.
El suelo se bambolea con el agua y eso no le ayuda a ser rápido, pero tampoco a sus enemigos. Así que corre. Oye los gritos de Katsuki detrás de él, sus gruñidos. No se da la vuelta porque confía en el Rey Bárbaro y no quiere arriesgarse a que una torpeza sea la causa de su perdición. Cuando llegan a cubierta, notan el caos. Hay un hombre de cabello rubio desordenado, medio parado, muy largo, que golpea al Hombre Lagarto con algo que parece un instrumento musical —Izuku asume eso por las cuerdas— y luego otro más, de cabello negro, muy oscuro, que se enfrenta a la bruja rubia y, por lo que Izuku puede observar, es bastante hábil.
Al verlos —y ver sus espadas desenvainadas—, el hombre rubio se ríe.
—¡Oh, Shouta! ¡Tenemos aliados!
II.
Todas las batallas se parecen después de un tiempo. El sonido de las hojas de las espadas que chocan con otras o que buscan repeler hechizos, los gritos, la adrenalina. Todas se parecen. Al principio, Katsuki creía que lo más importante era únicamente ganar. Su madre le recordaba que ganar era sobrevivir a cualquier costo, sin importar como, porque la supervivencia significaba seguir vivo pata ofrecer pelea un día más. Katsuki se sintió humillado por Mitsuki una y mil veces en su adolescencia. Lo enseñó a pelear con su espada y, como en todo lo demás, fue dura e implacable. Lo forzó a seguir el código de honor de los guerreros y a sobrevivir. Lo hizo repetir mil veces que, al final y por encima de todo, lo más importante era sobrevivir.
«Se honorable, Katsuki, defiende tu vida». Las palabras se le clavan hondo cada que pelea por todas las veces que gritó de frustración durante una de las lecciones de Mitsuki Bakugo. Muchos años atrás no entendía a su madre en lo más absoluto y ahora, aunque entiende un pedazo de toda la mujer que fue, se da cuenta de que hay partes que siguen siendo un misterio. Mitsuki decidió entrenarlo desde la primera vez que Katsuki declaró que quería ser el Rey Bárbaro. «No serás uno si no peleas bien, no puedes ser Rey Bárbaro si no eres digo de heredar mi espada».
De ese modo, la amenaza de no heredar un arma pendió sobre la cabeza de Katsuki durante años. Entre gritos muy parecidos a los suyos —a veces pensaba que la tragedia de su madre era haber parido a un hijo igual—, zapes en su nuca y horas de entrenamiento que no acababan nunca. Su entrenamiento no se pareció en lo más absoluto al de Izuku, con quien Katsuki había llevado su paciencia al límite.
Mitsuki se había tomado en serio su supervivencia.
«¡No te traje al mundo a que murieras por el filo de una espada, niño inútil!»
Ya no duelen esas palabras como dolieron la primera vez que las escuchó. Ahora las entiende un poco más.
Quizá Mitsuki fue cruel. O quizá no era esa su intención. Da igual, porque Katsuki ya no tendrá nunca tiempo de preguntarle.
Pero entiende que su madre vio a tantos jóvenes como él morir de la mano de otros bárbaros, en la época en la que había muchos aspirantes al trono, cuando murió Toshinori Yagi. Entiende la desesperación con la que deseaba mantenerlo vivo, costara lo que costara y cómo su madre entendía que, aunque las historias narraran las muertes como acontecimientos épicos y honorables en las historias, ninguna lo era. Sólo estaban intentando maquillar la horrible realidad que podía aplastarlos en cualquier momento.
Entiende.
Ahora entiende.
Ahora es capaz de arrodillarse frente a la tumba de sus padres —aunque en ese momento, con la espada en algo y el fantasma de un alarido en la boca, la tenga tan lejos— y decir: «entiendo».
Con esa misma desesperación quiere asegurarse de que Izuku viva.
Aprovecha a los dos aliados que tienen. Luego averiguará sus nombres y por qué parecen tener una vendetta personal contra Hisashi Midoriya. Van vestidos al estilo del sur y eso es todo lo que, hasta el momento, sabe sobre ellos. Apenas puede dirigirles una mirada. Mantiene sus ojos pegados a Izuku, que se defiende a pesar de que los brazos empiezan a pesarle y tiene, ahora la mano de Shigaraki marcada en una pierna. Se concentra en evitar a los hechiceros, las espadas.
Oye gritos a su alrededor, pero nada tiene sentido.
—¡No dejes que lo atrape!
—¡Shouta! ¡Cuidado!
—¡Te dije que deberías tener una espada y no pelear con…!
«¡No te traje al mundo a que murieras por el filo de una espada, niño inútil!»
«No, no. No voy a morir por el filo de una espada». En algún momento tuvo atractivo, pero ahora no lo desea. Un rey que muere violentamente en el territorio bárbaro deja un desastre detrás. Esas tierras no soportan otro baño de sangre como el que Katsuki terminó.
Así que pelea. Repele a Shigaraki y a Hisashi Midoriya tanto como puede, incluso con la herida que tiene. Al menos, Izuku detuvo el flujo de sangre, pero si no gana pronto, va a empezar a ser un problema grave.
De sus dos adversarios, Tomura Shigaraki es quien representa el mayor problema.
Va tras Izuku, sin molestarse en esconder que desea ver al príncipe humillado más que nada en el mundo.
Ya lo vio momentos antes, con Izuku de rodillas, obligándolo a arrastrarse.
Katsuki quiere hacerlo pagar.
Hisashi Midoriya, por otro lado, no tiene tanta destreza con las armas y Katsuki ya le ha ganado un par de veces. Sabe cómo engañarlo, como ponerlo de rodillas, cómo amenazarlo. Lo hizo una vez y puede repetirlo. Esta vez, al menos, el Rey Hisashi no tendrá ningún heredero que ofrecerle como trofeo de guerra.
—¡Shouta! ¡Cuidado!
—¡Himiko, maldita sea…!
No le puede seguir el ritmo a los gritos.
—¡Tengo una idea, demonios!
—¡No vamos a dejar atrás a nadie…!
El Rey Katsuki Bakugo comprende, demasiado tarde, que esa es una pelea que no van a ganar simplemente porque el enemigo no les va a dar la oportunidad. No pasa mucho tiempo antes de que demuestren que están en clara desventaja, aunque sean mayoría. Entonces, Katsuki nota al prisionero que defiende el hombre rubio que grita más fuerte que todo el resto y que está usando un instrumento musical con cuerdas como arma está vigilando. Es un hombre —parece a lo lejos—, pero está cubierto por un aura negra. Parece humo, pero apesta a magia. Está atado, pero no parece que hayan logrado contener la magia de ninguna manera.
—¡Tomura, hazlo!
Tomura Shigaraki se detiene un momento, alza la vista al cielo, y grita.
—¡Kurogiri!
Y el portal aparece.
Katsuki entiende por qué el aire que rodeaba al prisionero le parecía tan conocido.
—¡No, esperen, tengo una idea!
—¡Himiko, no hay tiempo…!
No sabe quién grita. Todo es ruido blanco en su cabeza. Primero ve saltar al Hombre Lagarto a través del portal. Después lo sigue un hombre que tiene máscara. Tras ellos otro hombre salta con la bruja rubia. Tras ellos, el mago de las quemadas. La huida distrae a Katsuki, que no nota la espada que se acerca a él de manera inexorable.
Izuku lo saca de un golpe de la distracción.
—¡KACCHAN!
El grito es un alarido, desesperado.
Alza la espada. Alguien más grita.
—¡Majestad!
Shigaraki le extiende un brazo a su rey. Katsuki siente el filo de una espada clavarse en su hombro, pero su espada también se hunde en la carne de alguien más. Suelta un grito. Alguien profiere un alarido.
—¡MAJESTAD! —grita Tomura Shigaraki.
Suena a desesperación pura.
Otra voz grita.
—¡Lárgate! ¡Está condenado!
Katsuki jala la espada. Hisashi Midoriya cae de rodillas ante él. El rey alza el brazo. La sangre cae. Alguien jala a Shigaraki desde el portal y el hechicero también desaparece.
—Maldito… —murmura el Rey Hisashi Midoriya—. Maldito tú, Rey Bárbaro… Y todos…
No termina lo que quiere decir.
Cae ante él y a Katsuki le cuesta asumir que está muerto y que su muerte fue tan patética, tan accidental. Deja caer la espada que retumba en la madera de la cubierta de aquella embarcación y alza la mirada.
Izuku tiene los ojos muy abiertos y las manos cerradas en puños. A Katsuki le parece que tiembla.
—Príncipe.
Katsuki alza una mano que se dirige hasta él, pero Izuku da unos cuantos pasos hacia atrás.
—No. No… No. No se suponía que me iba a sentir… ¡No se suponía que me sentiría…!
El príncipe cae de rodillas y todo alrededor de Katsuki y de él desaparece. El rey no nota realmente que el hombre rubio intenta acercarse a ellos, pero el otro lo detiene. No les pone atención.
—Príncipe —insiste. No recoge su espada del suelo, pero sí se acerca a Izuku. Su mano intenta acercarse a su piel.
—No me toques. —La voz de Izuku suena demasiado aguda y demasiado dura—. Por fa-favor, n-no… n-no me to-toques…
Los sollozos rompen en pedazos sus palabras.
Katsuki cae de rodillas frente a él.
No sabe qué decir. No sabe si debe disculparse y rogar perdón. Entiende tan poco lo que hay dentro del príncipe como el mismo Izuku. Así que sólo se arrodilla ante él y retira la mano. No la vuelve a levantar. Izuku no lo mira directamente.
—¡No se suponía que debía doler! —grita Izuku—. ¡Pero todo duele! ¡Todo duele! Y oírlo… decirte… No se suponía que debía doler. ¡Esto no!
—Izuku… —insiste Katsuki, no puede hacer otra cosa, más que darle su espacio.
Y el príncipe alza la vista por fin y encara con sus lágrimas a Katsuki. Los ojos verdes, tan grandes, lo hacen olvidar todo lo que está pasando. Se pierde en ellos y en su tristeza, buscando desesperadamente una manera de devolverles la felicidad.
—Katsuki, no quiero ser rey —declara el príncipe—. ¿Cómo puedo continuar este ciclo de violencia…? ¿Cómo puedo…? —Sacude la cabeza—. No quiero ser rey.
Pero Katsuki no sabe qué sigue desde allí. Están hundidos hasta el fondo en terreno pantanoso.
Pasan unos minutos en silencio. Los otros no se acercan. Tampoco tienen a donde ir. La embarcación se quedó vacía.
—¿Hay tropas cerca? —pregunta Katsuki, al aire, pero es obvio que no se dirige a Izuku.
—Algunas, del otro lado de la frontera —responde el hombre de cabello negro, seco—. Vendrán, tarde o temprano. —Y eso suena como un consejo para que se marche de allí.
El cuerpo de Hisashi Midoriya sigue desangrándose en el suelo de la cubierta y Katsuki no puede mirarlo. No debería dejar que la humillación alcance a alguien en la muerte, eso va en contra de sus principios. Honrar a los enemigos incluso en la muerte. Pero Hisashi Midoriya destrozó a Izuku y eso no puede perdonárselo. Quizá también todavía esté intentando culparlo de haber ofrecido a Izuku como si fuera un costal, pero Katsuki jugó un papel muy importante en ese momento.
Se concentra, de momento, en el príncipe.
No, ya no es un príncipe, el rey está muerto.
La sucesión es automática y, por lo que Hisashi Midoriya dijo, nunca llegó a quitarle su puesto como sucesor. En ese momento está enfrente de un rey sureño —aunque no quiera serlo.
La respiración de Izuku se vuelva cada vez más errática y desesperada.
—Izuku, tienes que respirar hondo —dice—. Por favor, Izuku.
—¡Kacchan…!
Suena como una queja.
Izuku se abraza a sí mismo. Katsuki no puede empezar a entender todo lo que está ocurriendo dentro de él. Sólo atina a ver sus ojos verdes por los que todo. Hay algo que duele al mirarlos y Katsuki siente que está asomándose a algo prohibido. Ve lo dolido y el alivio a la vez en los ojos verdes tan cristalinos de Izuku.
—Respira hondo. No es una orden, pero tienes que hacerlo, Izuku.
Y por fin ocurre.
Izuku inhala y exhala. Cierra los ojos. Le niega lo verde al mundo por un momento y, cuando los vuelve a abrir, abre también los brazos. Pide un abrazo y Katsuki se lo da.
Detrás de él, escucha un suspiro.
—El rey ha muerto —dice el hombre rubio.
—Larga vida al rey —responde el otro.
Izuku se entierra en su pecho y llora. Suelta todo lo que hay que soltar en sus lágrimas. Por sus mejillas corren todas las veces que deseo hacer feliz a su padre y toda su desesperación al nunca lograrlo. Katsuki no entiende lo que es ver morir a un progenitor y saber que murió despreciándote. Mitsuki y Masaru murieron queriéndolo, deseándole una buena vida; dolió como si le hubieran extirpado el corazón y lo hubieran exprimido enfrente de él. Por las lágrimas de Izuku también corren todos los golpes y todos los moretones que ocultó en su vida. La cicatriz de su pecho que no deja que nadie vea, la memoria del atizador golpeando su piel. Quizá una que otra sonrisa. Quizá alguna buena memoria. Todos los quizás en los que deseó que estuviera cimentada su relación.
Cuando deja de llorar y por fin respira hondo, Katsuki se mueve un poco para soltarlo y ayudarlo a ponerse en pie.
—Tengo un plan —murmura Izuku, de manera apenas audible—. Bueno, ya lo tenía, pero no creí que fuera a tener que… Y creí que… No sé si sea fácil. No sé si vaya a ser aceptado. Creí que sería más fácil si oficialmente era tu consorte.
—A los ojos de todo el sur, lo eres —murmura Katsuki—. Úsalo, si lo necesitas.
No le pregunta qué pretende. No es la primera vez que Izuku expresa que no quiere ser rey. Sólo le queda dejarlo seguir su camino.
Katsuki se dirige hasta su espada y la levanta. Izuku todavía evita mirar al cadáver y sólo envaina su espada, gesto que segundos después imita Katsuki.
Entonces mira a sus dos aliados accidentales.
El del cabello rubio lo lleva suelto, al aire. Va vestido de negro pero, a pesar del color, los detalles de las mangas llaman la atención. Katsuki no entiende la historia bordaba, pero en ella hay nubes, instrumentos musicales y una espada que blande un caballero. Parece un bordado hecho a pedazos, pues los hilos cambian súbitamente de tono. En estilo, se parece a lo que visten Izuku, Ochako y Tsuyu —y quizá un poco la Princesa Momo—, pero ellos llevan bordados de la realeza —incluso aunque sea realeza menor—. Lleva, además, un instrumento musical de cuerdas en las manos. Debe ser mágico, porque no tiene ni un solo rasguño. Y lo usó contra las espadas.
El otro, de cabello negro, largo y desordenado, tiene cara de no haber dormido en tres días o una semana entera. Ojos rojos, como los de Katsuki, pero cansados y apagados. Va vestido al estilo del sur, pero su atuendo es completamente negro, con la excepción del cinturón que es color gris y un collar amarillo que lleva puesto. Su espada parece valiosa, así que Katsuki supone que no son simples plebeyos.
—¿Quiénes son? —pregunta—. ¿De qué reino vienen?
—No tenemos reino —declara el de cabello negro.
—Shouta, no seas así —le dice el otro. Pero después se dirige a Katsuki—. Aunque lo que dice es cierto, ya no tenemos reino. Tuvimos, alguna vez.
—No somos enemigos del norte —dice el otro— y eso es lo único que tiene que saber.
—Me interesa su prisionero. —Katsuki señala al hombre que tienen atado e inconsciente. No se le ve la cara, pues sigue rodeado por esa aura negra tan parecida a los portales que hace aparecer—. Quiero hablar con él.
—No estamos interesados en entregártelo —responde el que se llama Shouta. Del otro no sabe el nombre—. Venimos por él y no nos marcharemos sin él.
—Van a intentar recuperarlo, ¿no? Shigaraki y los suyos. —Es sólo especulación, pero tiene bases—. ¿A dónde planean ir? Podrían venir al norte…
—No te lo entregaremos.
Katsuki alza las manos en son de paz.
—No es eso lo que pido. Quiero hablar con él. Averiguar que sabe. Por lo demás, sigue siendo su prisionero. Lo juro por los Sin Cara.
—¿Los…? —pregunta el hombre rubio.
—Sus dioses —responde el otro. Parece analizarlo con la mirada—. Bien. Iremos al norte. Sólo el tiempo suficiente para que hables con él. Luego, nos marcharemos.
—Yo debo ir al sur —interrumpe Izuku—. Antes de que me encuentren aquí. Al menos hasta el templo de Hosu. No quiero ser rey, pero… Lo soy. Sólo quiero… Tengo un plan para deshacer el consejo y formar una mesa que pueda gobernar. Que este capacitada y no lo sea sólo por… sangre. Poder renunciar a mi corona. Así que tengo que ir al sur. Por un tiempo.
Katsuki se queda mirándolo.
—No puedes ir solo.
—Lo sé.
—No puedo ir contigo, me matarán.
—Lo sé.
Y eso parece romperle el corazón a Izuku.
—No puedes ir solo —repite Katsuki.
—¡Yo iré con él! —se ofrece voluntario el hombre rubio.
—¿Cómo sé que Izuku puede confiar en ti? —pregunta Katsuki.
—Soy honorable. Puedo jurarlo por la madre. Hizashi Yamada nunca le hará daño a nadie que no lo merezca.
Katsuki mira a Izuku un momento.
—Vuelve —le pide, cortando la poca distancia que hay entre ellos—. No es una orden. Pero me gustaría… Vuelve antes del solsticio de invierno. No querrás perdértelo en el norte.
Izuku sonríe.
—No dudes de mí —le pide. Lo abraza y las siguientes palabras son sólo para él—: Te extrañaré, Kacchan. No olvides que te quiero y que aun te debo el final de una historia. Pero tengo que poner orden en el sur. —Y ante esas palabras, Katsuki asiente—: Tengo que destrozar mi dinastía para acabar con la guerra, Katsuki. Cuando lo haga, volveré.
Izuku suelta el abrazo, pero Katsuki aferra uno de sus brazos, un momento.
«Te quiero, no te vayas, te extrañaré».
Todo se queda atorado entre las últimas palabras que le dedica a Izuku.
—Buen viaje…, Majestad.
Notas de este capítulo:
1) El último arco de la historia tendrá que ver con Shigaraki que, al final, es el villano principal de todo esto por razones que se explicarán más adelante. Y sí, Hisashi Midoriya está muerto. Muertísimo.
2) Quería reflejar lo conflictuando que se siente Izuku ante lo que acaba de ocurrir. Ante el shock inicial, se va por el lado práctico. En su próximo POV (o sea, el capítulo que sigue) exploraré eso con calma, aunque ya con un poco de distancia temporal para hacerlo más fácil. A pesar de la relación con su padre, tan abusiva, su muerte conflictúa a Izuku y lo pone en un papel que no desea. La salida fácil hubiera dejar al sur a merced de su padre, aunque siga luchando por terminar la guerra. Pero ahora no la tiene y… ajá.
3) Hay una escritora mexicana llamada Verónica Murguía que dice que uno de sus deseos al escribir era destruir el mito del amor por la guerra en la época medieval. Ahí me di cuenta que siempre escribía de guerra desde el punto de vista de la supervivencia y la búsqueda de la paz. Es un tema complicado y lo trato como lo trato porque me llama la atención la visión tan glorificada que existe de ella (y la diferencia entre cómo un poeta habla de ella a alguien más).
Andrea Poulain.
