Capítulo XXXI.
La tragedia de Jaku
I.
Los primeros días de matrimonio Katsuki sólo abandona a Izuku cuando lo hacen reunirse con el consejo. Todo ocurre alejado de la realidad —que es sólo Izuku y su cuerpo y sus piernas enredadas en sus caderas y sus gemidos y sus pecas y sus brazos y sus manos tocándolo— y tiene que concentrarse demasiado en los informes de Kyoka sobre la frontera y en cómo no han encontrado ni una sola pista de Shigaraki en su territorio —buena y mala noticia, a la vez—. La partida de caza va y vuelve y las primeras lluvias de la primavera los mantienen encerrados semana y media. Sin posibilidad de pasear por los patios y bajar al bosque porque el agua no deja de caer, Katsuki cuenta cada peca del cuerpo de Izuku y las va uniendo, una a una, con sus dedos.
También se separa de él, obligado, cuando el príncipe da un paseo largo con su madre. Pero eso termina apenas una semana más tarde, cuando ella se marcha, con todo y su comitiva. La despedida es larga. Inko Midoriya menciona que los invitará al sur y Katsuki se mantiene impasible, aunque la idea no le atrae en lo más mínimo. No puede imaginar que el sur acepte su matrimonio con Izuku.
Fuera de eso, le cuesta mantenerse despegado de su piel. Esas primeras semanas Izuku ni siquiera usa la cama que instalaron para él en la habitación contigua a la de Katsuki. Duerme entrelazado entre sus piernas, pegado a su piel.
—¡Katsuki!
Odia cuando los interrumpen, especialmente cuando está durmiendo a su lado.
—¡Tienes que venir! ¡Es el caballero errante!
La voz de Denki suena desesperada y eso es lo que lo hace levantarse y ponerse los pantalones, aunque sea demasiado temprano para vivir.
—¿Kacchan? —Izuku sigue dormido, todavía—. ¿Qué ocurre?
—Puedes quedarte aquí, si quieres —dice, mientras se pone la capa. Se acerca para darle un beso en la sien—. Iré a ver por qué Denki grita. O qué es lo que quieren.
El príncipe ni siquiera hace el intento de desperezarse. Katsuki sólo toma la espada y ni siquiera se molesta a ajustarla a su cinturón. Denki está esperándolo en la puerta y su expresión es de alarma. Su capa negra, con su capucha, ni siquiera está bien puesta, tiene un hombro medio caído.
—Es Shouta Aizawa. Está convencido de que puede sacarle algo a su prisionero.
—Lleva todo el invierno intentándolo —se queja Katsuki—, no va lograrlo.
—¡Dijo algo, Katsuki! ¡Shinsou estaba allí!
—¿El gato?
—Sí, suele estar con Aizawa. Todo el tiempo. Se le sube a los hombros y se esconde en su capa —informa Denki. La información no le importa nada a Katsuki, pero sigue a Denki—. El prisionero dijo su nombre. «Shouta». Deberías de haber visto su cara. Fue como… como… esa vez que estuve a punto de morir y todavía estábamos peleando contra los dragones. Cuando me atravesaron de lado a lado y Mina estaba desesperada llenándome de ungüento curativo. ¿Recuerdas? La cara de Eiji entonces, cuando me estaba suplicando que no me muriera. Esa cara… —Denki ya no sonríe. Katsuki no lo culpa. Ese momento es también de sus peores pesadillas—. Shouta Aizawa le suplicó.
Eso puede ser más interesante de lo que espera.
Más importante. Están hablado de Kurogiri, uno de los hombres más leales a Shigaraki. O quizá la magia lo hizo así, piensa Katsuki, recordando la historia que el caballero errante le contó sobre Oboro Shirakumo.
Cuando llegan a los calabozos, Aizawa está de pie. El gato le da vueltas en los pies, como si intentara protegerse o protegerlo de una amenaza. Las dos colas de Hitoshi Shinsou se mueven de manera amenazante.
También está ahí el bardo, aunque sin su sonrisa ni su actitud habitual. Más bien mira a Shouta, preocupado. La puerta de la celda está abierta. Kurogiri no tiene forma de escapar, lleno de cadenas, como está, encerrado en un círculo que evita que use su magia.
—¡Juramos salvar el mundo! ¿Lo olvidaste?
Pero Kurogiri y Oboro Shirakumo no son la misma persona ni el mismo ser. El primero no pudo olvidar lo que promedio el segundo porque no lo recuerda. Es descorazonador, piensa Katsuki, mientras se acerca hasta Shouta Aizawa, para averiguar si Oboro Shirakumo ha dicho algo más que su nombre.
Entonces el humo negro se aparta y durante un parpadeo ve el rostro de lo que fue Oboro Shirakumo. Tiene cicatrices y la piel extremadamente pálida. Hay una sombra de que su cabello fue azul, pero ahora sólo queda es un gris deslucido. Parece tal como la primera vez que Katsuki vio un interrogatorio, pero esa vez se las arregla para permanecer un momento más allí, antes de dejar que la niebla vuelva.
—Jaku —dice—. Jaku.
Y después el humo —Kurogiri— vuelve y ya no saben nada más.
—¡Espera! —grita Shouta Aizawa—. ¡¿Qué…?!
Katsuki lo interrumpe, agarrándolo del brazo. No le importa que técnicamente Aizawa sea su mayor ni que sea un extranjero al que apenas conoce después de tantos meses porque se la pasa dando vueltas por los calabozos.
—¡¿Qué le preguntaste?!
—Donde había mandado a Shigaraki. Si sabía dónde estaba el resto de su grupo. Si sabía algo sobre la magia que maldijo nuestras tierras. La última vez sólo dijo «manantial», agrega. No es tan…
—Jaku —repite el bardo y se acerca a ellos, interrumpiéndolos. Denki se queda detrás, sólo los mira, intercambiando su mirada entre uno y otro—. Fue el primer templo donde toqué. No sabía que… seguía allí. Además, hay un manantial cerca de Jaku.
El gato maúlla. Lo hace alto e irritante. Katsuki es el primero en voltearlo a ver.
—¿Y tú qué carajos? —espeta.
Hitoshi Shinsou se transforma y allí donde antes había un gato queda un híbrido con orejas púrpuras y dos colas que se siguen moviendo, molestas.
—Nadie se acerca a Jaku —espeta—. Todos aseguran que es suicidio. Allí la magia se siente más concentrada. Es posible ir, pero dicen que si te quedas, acabas maldito. —Hay una pausa—. A menos de que ya lo estés. Sí —concluye, más para sí que para el resto—. Si ese imbécil de las manos quisiera estar a salvo en alguna parte, sería Jaku.
—Hay una historia —dice Aizawa—. Sobre ese templo. Sobre su manantial, no sé cómo no lo pensé antes.
—No me hagas contarla. —La voz del bardo, Hizashi Yamada, es mucho más seca que de costumbre. Ahí se esconde una súplica.
Hitoshi Shinsou se encoge de hombros, mueve las orejas.
—Yo no la he escuchado. Pero el príncipe… —y mira a Katsuki mientras dice eso—: el príncipe debe conocerla. Conoce todas las historias.
Lo encuentra, por supuesto, en la biblioteca.
Es el lugar favorito de Izuku y, tal como Katsuki le dijo la primera vez lo que llevó allí, le pertenece.
No está solo. Hanta y Kyoka tienen un mapa extendido en el suelo y están tirados, revisándolo. Momo lee algo, detrás de ellos, y a veces comenta algunas cosas. Izuku está más al fondo, solo, con un libro muy viejo entre las manos. Izuku escucha los pasos de las botas de Katsuki y alza la cabeza del libro.
Sonríe al verlo, pero es sólo un momento, porque parece ver algo de preocupación o alarma en su mirada. Izuku es muy perceptivo, así que frunce el ceño levemente.
—¿Kacchan?
Katsuki cambia su peso de un pie a otro. Duda. Usualmente no lo hace. Pero los ojos de Izuku lo miran, preocupados, clavados en su alma y él sabe que lo que dirá a continuación acabará con esa sensación de seguridad en la que están metidas. Volverá la zozobra y las pesadillas y la preocupación.
—Creo… creemos —corrige; ya después puntualizará a quiénes se refiere— saber dónde podría… —y subraya con fuerza esa palabra, porque se dice que es sólo una posibilidad— estar Shigaraki.
Izuku cierra el libro con un golpe demasiado fuerte.
Y de repente, el silencio.
Izuku es fuerte.
Dentro de él hay una clase de fortaleza que Katsuki no encontrará —está seguro— en ningún otro lugar. Sus ojos conocen muy bien la resignación y la paciencia, pero también la esperanza; entiende la preocupación y la empatía. El Rey Bárbaro nunca ha visto a alguien extender su mano tan rápido como Izuku cuando alguien más necesita ayuda. No importa quien sea.
En ese momento lo ve mirarse las piernas y considerar algo. Katsuki no sabe qué.
—Nunca pasaba largas temporadas en el palacio —dice, finalmente—. Siempre me pregunté… —La frase no termina. Izuku alza la mirada—: ¿Cómo?
—Kurogiri…, no, no él; la persona que era antes Kurogiri. Shouta Aizawa estaba interrogándolo y él dijo «Jaku». —La explicación de Katsuki tiene hoyos, lo sabe, pero de momento eso es lo importante—. Y dijeron que había una historia sobre Jaku.
—Oh. —Izuku sacude la cabeza—. Hay muchas historias sobre Jaku. Ninguna es buena. Pero supongo que se referían a la única que en verdad importa, al final. —Hace una pausa calculada, mueve las manos sobre las tapas del libro que tiene entre las manos—. La Madre murió en Jaku.
—Oh.
—No se me ocurre que tenga que ver con todo esto, pero Jaku siempre ha sido un lugar triste. —Izuku se hace a un lado, dejando un espacio libre para Katsuki en el alféizar en el que está acomodado—. ¿Quieres escucharla?
Katsuki se sienta y deja que Izuku se recargue contra él.
—Persiguieron a La Madre hasta acorralarla. Abandonó a su hijo. ¿Sabes? —Katsuki asiente. Conoce la historia de Nana Shimura a grandes rasgos; Izuku la ha contado a muchas veces—. En ese entonces las revueltas religiosas no les gustaban a los reyes ni a los poderosos. Sus súbditos se revelaban, porque la madre les hablaba de amor, cuidado y cercanía; les decía que tenían tanto derecho como los poderosos a la felicidad. Al final, agitaba sus sentimientos. Así que los nobles de entonces la persiguieron hasta Jaku y allí la mataron.
—¿Cómo murió?
—Oh, la humillaron. Se aseguraron que todos supieran lo que pasaría si se unían a su culto. —Izuku sonríe de manera triste—. La obligaron a cargar leña para su pira, encadenada. Y ella lo hizo. Caminó hasta la pira con la cabeza alta, aunque la humillaron. Para entonces, ya había comprendido que no tenía esperanza. Y…, sin embargo, todavía la guardó para sí. Un poco. Pensó que quizá cuando su tiempo ya hubiera pasado, el mundo sería un lugar más esperanzador, más claro, más amable. Pensó que quizá entonces habría más amor y más cuidado. Más ternura… infinita ternura.
—No creo que haya funcionado como ella quiso —dice Katsuki.
—Oh. Los templos. La unificación. Quizá… —Izuku sacude la cabeza—. El templo de Jaku es uno de los más majestuosos, Kacchan. Al menos… eso dicen. Yo era muy pequeño cuando ocurrió lo de las tierras malditas. No lo recuerdo. —Se muerde un labio—. ¿Tú?
—Rumores. Los soldados hablaban y asediaban nuestra aldea. —Se encoge de hombros, porque sí tiene recuerdos vagos de esa época—. Nunca entendí a qué se referían.
—Desde que la magia se salió de control, nadie ha podido ir a Jaku. Así que nunca lo he visto. Pero hay pinturas. Tapices, bordados. Es enorme. Impresionante. Esuha y Hosu son modestos, en comparación con ese templo lleno de oro e incrustaciones de rubí. —Izuku se encoge de hombros—. Lo construyeron quizá porque se sintieron culpables. O porque pensaron que así La Madre perdonaría a las estirpes que no la habían seguido. Hay una leyenda sobre Jaku, ¿sabes? Dicen que la estirpe de la madre seguía por ahí. Y Tomura…, él es…
—Lo sé. Dijiste que Nana Shimura te lo dijo.
—Tenko Shimura. Nunca abrazaron su culto.
—No era una diosa —dice Katsuki—, era sólo una mujer hablando de amor. Creo. Por como hablas de ella… —Frunce el ceño. Todavía entiende poco de su culto, aunque Izuku se lo explica y Katsuki lo acompaña al templo y lo espera afuera—. No tiene nada que ver con los dioses Sin Cara. Con su divinidad. Ella era… sólo una mujer.
—No creo que tengan punto de comparación, Kacchan —responde Izuku. Es firme sobre ello, así que Katsuki no insiste en el tema. Es la fe de Izuku, que es grande e infinita y él no va a romperla, aunque le cueste creer en sus propios dioses y en cualquier cosa que no pueda ver con sus propios ojos—. Dice la historia que los seguidores de Nana Shimura velaron sus cenizas durante tres días y tres noches. No les permitieron enterrar sus huesos, ni sus cenizas. Es una desgracia si te queman. Tu cuerpo… Nosotros no quemamos a los muertos —le recuerda—, los enterramos. Pero sus seguidores estuvieron allí tres días y tres noches. Intentaron moverlos. Los golpearon. Intentaron arrastrarlos. Pero ellos se quedaron allí, con sus lágrimas y su tristeza. Es una historia triste, la tragedia de Jaku. Los bardos dicen que el templo de Jaku, en parte, se construyó con las lágrimas de toda esa gente que amaba a Nana Shimura, que sus lágrimas alimentaron al manantial y siguen allí, tanto tiempo después.
Izuku suspira.
—Tiene sentido que Shigaraki se encuentre allí. Está muy cerca de la capital. Nadie puede acercarse demasiado tiempo sin acabar maldito para el resto de su vida. —Izuku aprieta sus labios—. Me gustaría saber más sobre él. Todo este tiempo en las sombras de la corte y nunca supe realmente quien era… quien es —corrige— Tomura Shigaraki.
Hablan mucho esos días, pero siempre acaban llegando a la misma conclusión: saben muy poco. Finalmente, el caballero errante decide que la única solución es intentar acercarse a Jaku. Se marcha. El gato se va con él. Izuku pasa un día con él en la biblioteca, como despedida, con el gato entre las piernas, ronroneando. Denki intenta jugar un rato con él, también, pero Hitoshi sólo vuelve a su forma humana para remarcarle que no es ningún bufón.
A Hitoshi Shinsou le agrada Shouta Aizawa. Eso es obvio. Tienen los mismos ojos cansados, comparten inexpresividad. Se entienden. Así que se acomoda en su hombro y se marcha con él y con Hizashi Yamada.
Asegura —o amenaza— que volverá. Mientras tanto, Katsuki se queda con Kurogiri como prisionero. No puede perderlo de vista. Podría ser la respuesta para encontrar el punto débil de Tomura Shigaraki, cómo derrotarlo.
Izuku insiste en comprenderlo.
En un modo objetivo, Katsuki entiende eso.
Comprender al enemigo es una manera de derrotarlo. Sólo así puede uno adelantarse a sus movimientos, comprender cómo piensa. Se lo enseñó Mitsuki, cuando le dijo que el odio que tenía dentro no bastaba para acabar con todos aquellos que estaban destrozando el Reino Bárbaro. Nunca pensó que querría evitarlo. No quiere comprender a la persona que mató a su madre, de la que apenas si quedó algo para envolver en su capar roja y prender una hoguera. O Masaru. No piensa tanto en él como en Mitsuki, pero su presencia está ahí, ahí, ahí. Todo el tiempo.
Quizá Mitsuki haga más ruido dentro de su ser, pero están los dos. Mitsuki y Masaru.
Katsuki no sería nada sin ellos.
Y los extrañará cada día y nunca podrá perdonar a Tomura Shigaraki por habérselos arrebatado. No se atreve ni a intentar comprenderlo. Pero, por suerte, a su lado está Izuku, que duerme abrazo a él y está dispuesto a meterse en la mente del mismo demonio y salir triunfante.
Se recarga contra él e Izuku lo aferra.
—Te quiero, Kacchan.
Ahora entiende, con todo el dolor que le causa, por qué Mitsuki eligió la frase que eligió para su tumba. En ese momento, es fácil comprender que sí, en efecto, el amor y la magia pueden conquistar todas las tempestades.
—Te quiero, Izuku.
II.
Tiene la invitación entre sus manos y duda.
Aceptarla significaría perderse el festival del sol en el norte, pero le permitiría acercarse al sur. Han pasado algunas semanas desde que Shouta Aizawa se marchó junto a Hitoshi y a Hizashi Yamada, pero no han recibido nuevas. Es normal. La correspondencia y los mensajeros tardan, aún en verano, especialmente cuando vienen del sur. Aunque Katsuki Bakugo haya firmado la paz y liberado a los prisioneros —y el Reino Midoriya liberado a los prisioneros bárbaros a cambio— y no estén en guerra con ningún otro de los Reinos fronterizos —el de Hakamata y el de Kamihara—, las relaciones todavía son precarias y difíciles.
—¿Vas a aceptar? —pregunta Ochako.
Está sentado en la vieja salita de sus antiguos aposentos. Ya no están allí sus libros, ni el tapiz con los dos dragones que le regaló Katsuki. A cambio, Mina ha colocado una con una historia sobre brujas y varios grimorios que no se encuentran en la Gran Biblioteca. Izuku no ha tenido oportunidad de asomarse a su antigua habitación —que es ahora de Mina y que es completamente rosa y púrpura, según Tsuyu, y llena de botes de pócimas y de macetas con un montón de plantas y flores—, pero se imagina el ambiente. Se adaptan bien al cambio.
—Katsuki tiene que aceptar —dice—. La invitación es para ambos.
Ochako alza una ceja.
—¿Harás lo que él diga? —parece dudar de su pregunta e Izuku no la culpa. Es verdad que ha pasado demasiado tiempo al lado de Katsuki las últimas semanas, pero no puede evitarlo.
Pero Izuku es libre.
—Creo que iré, de todos modos —dice—, pero lamentaría que Katsuki no fuera conmigo.
Inko Midoriya, cabeza del consejo del Reino Midoriya —que ya no tiene rey, pero las costumbres en los nombres son difícil de romper—, los invita a pasar el festival del sol en el sur. La invitación la extiende hacia el Rey Bárbaro, su comitiva e Izuku, «mi hijo», especifica en la carta.
Aquello es importante. No lo invita como el emblema de paz en en el que él mismo se transformó, ni como mero consorte del Rey Bárbaro. No lo invita ni siquiera como príncipe de una corte del sur. No. Lo invita como su hijo.
Así pues, la solución es muy simple: no puede faltar a ella.
—Si Katsuki acepta —añade—, además, será una oportunidad para investigar a Tomura. Intentar acercarnos a Jaku, aunque sea un poco; será mejor si Katsuki también está allí. —«Es fuerte», piensa sin decirlo, pero Ochako puede verlo en su cara—. No está tan lejos de nuestras fronteras…
—Podrías hacerlo también sin él, Izuku —corta Ochako—. No necesitas…
—No —corta Izuku. Es más brusco de lo que pretende y se arrepiente inmediatamente; suaviza su tono—. No lo necesito, en eso tienes razón. Sólo me gustaría, enfrentar esto junto a él. —Al final, su voz es muy suave y está a penas por encima de un murmullo—. Espero que acepte.
Katsuki lee la carta con el ceño fruncido. Están solos, en la salita de los aposentos que comparten. A Izuku le cuesta disimular los nervios.
—Es en las fechas del festival del sol —dice.
—Sí —dice Izuku—. Podrías ver como lo celebramos —sugiere, aunque no está muy seguro de que eso entusiasme demasiado a Katsuki—. Es diferente.
El ceño fruncido de Katsuki permanece.
—Ya sabes que no tienes que preguntarme si quieres ir, Izuku —dice—. Aunque no sé si sea sabio que yo…
—Quiero que vayas —corta Izuku.
Katsuki alza la vista de la carta por fin. Izuku, parado frente a él, cambia su peso de un pie a otro, nervioso.
—Quiero que me acompañes —insiste.
Pero en los ojos de Kacchan ve la respuesta demasiado pronto.
—Izuku… —Y su tono está intentando suavizar el golpe, por supuesto, pero Izuku lo ve venir y el intento de tono conciliador de Katsuki le sienta mal—. No creo que el sur me aprecie demasiado.
—Tendrás que ir para averiguarlo. Hay paz ahora —insiste Izuku—. Y es un buen movimiento diplomático.
Intenta que su voz no suene demasiado chillona o insistente. En realidad, sus motivos para no quitar el dedo del renglón son puramente egoístas. Quiere enseñarle a Kacchan todos los lugares donde creció y saber que están juntos —especialmente en un lugar donde Shigaraki puede alcanzarlos—. Pero elige usar la lógica.
—Es demasiado reciente. —Y en eso tiene razón, apenas dos estaciones—. No me dirás que los seguidores de tu padre se han rendido en intentar encontrar alguna excusa para atacar al norte. —La voz de Kastuki es dura y a Izuku le duele, aunque sabe que el Rey Bárbaro tiene razón.
Intenta acercarse, extenderle su mano. Katsuki apenas si responde a su gesto y algo en la boca del estómago de Izuku se enreda.
—Por favor —pide—. No ocurrirá nada. Es un buen momento para mostrarle a cualquiera de tus enemigos que ahora el norte y el sur son aliados.
—¡Lo son sin necesidad de que ponga mis pies allí tan pronto!
—Desmoralizará a aquellos que creen que todavía hay oportunidad de rebelarse en contra de los mandatos del consejo —insiste Izuku—. Aunque no despiertes demasiados afectos, Katsuki.
—¡¿Y quién en su sano juicio hace un viaje hacia un destino en el que ni siquiera sabe si será bien recibido?!
Eso duele mucho más de lo esperado.
Porque están casados. Porque se conocen desde hace cuatro estaciones, porque Izuku confía en él con su vida.
Aparta su mano de la de Katsuki y da un paso hacia atrás.
Quizá el Rey Bárbaro se dé cuenta de su error antes de que Izuku por la manera en que lo mira.
—Yo, Katsuki —dice Izuku y su voz sale fría, helada, dolida por encima de todo—. Yo hice eso porque era lo que tenía que hacer. ¿Lo olvidaste?
—¡No fue tan malo! ¡El reino bárbaro no se parece al sur! —replica Katsuki, pero entonces sí se da cuenta de su error inmediatamente. Hace semanas y semanas, estaciones enteras, que no discuten sobre eso. Izuku siente que hierve.
—¡¿Qué sabes tú de si fue o no fue malo?! ¡Que me haya enamorado de ti no significa…! ¡Que haya podido elegir al fin no significa…! —Da otro paso para atrás. Respira hondo. Algo dentro de él piensa que Katsuki sólo respeta al sur porque es el pueblo de Izuku y eso duele; puede entender el resentimiento del Rey Bárbaro por los horrores que ha visto, no quiere quitarle eso. Su reino siempre fue cruel con el norte y no puede pedirle a Katsuki que lo olvide. Lo sabe. Pero quiere pensar que son capaces de construir algo mejor—. No deberíamos discutir esto. Tienes razón. Puedes… puedes no ir —las últimas palabras le duelen—. Sé que el sur… Sé lo que los pueblos del sur significan para los bárbaros. —Y eso es sincero.
—¿De verdad, Izuku? —Katsuki frunce el ceño y, aunque su voz suena más débil y desesperada que antes, todavía hay algo hiriente en ella.
—¡No intentes hacerme daño con eso! ¡No a mí, que te ayudé a terminar con la guerra! —No puede contener las lágrimas y quizá es eso lo que hace a Katsuki reaccionar—. ¡No lo intentes conmigo, porque duele demasiado, Katsuki!
Da media vuelta y camina, con firmeza, hasta su habitación. Cruza la de Katsuki para entrar en la suya y oye los pasos detrás de él, pero no se detiene.
—Izuku…
Prácticamente le cierra la puerta en la cara.
No tendrían por qué discutir eso.
Katsuki llama a la puerta.
—¡Izuku!
Y lo único que el príncipe puede hacer es recargar la espalda contra ella y dejarse caer al piso, lentamente, hasta abrazar sus rodillas y llorar.
El Rey Bárbaro le da un poco de tiempo. Vuelve a acercarse tras unas otras y deja una bandeja en el piso.
Al menos, eso supone Izuku al escuchar.
—Es la cena —dice la voz de Kastuki—, por si no quieres… —Carraspea—. Lo siento, Izuku. —Parece que esas palabras le duelen demasiado y apenas si puede con ellas. Pero las dice igual—. Lo siento. No creo que…, no creo que pueda entender al sur como lo haces tú. —Izuku lo escucha sentarse contra la puerta y apoyar en ella su espalda—. Las cicatrices de la guerra son demasiado recientes, Izuku. Cuesta… imaginar algo… —Suspira y sale como un bufido cansado—. Lo siento. Olvidé lo que debió ser venir aquí. —No tiene excusa, piensa Izuku, porque lo han hablado demasiadas veces—. Para ti. Incluso si eres un príncipe y nunca viste la guerra tan cerca. Incluso… Lo siento.
—Mi pueblo no es sólo la guerra —murmura Izuku.
—Lo sé —responde Katsuki, al otro lado de la guerra—. Pero cuando es lo único que hemos visto…
—Lo siento —dice Izuku. Y es sincero—. No quiero cambiar tu percepción a la fuerza. Sólo… —Sacude la cabeza. Las lágrimas amenazan por llegar de nuevo—. Toda esta discusión es una estupidez.
—¿Por qué quieres que vaya? —pregunta Katsuki.
—Es una buena oportunidad…
—Sé sincero —espeta Katsuki—. Sé que entiendes mi resentimiento por tu pueblo. Sé que, por eso, entiendes la gravedad de lo que pides. Tiene que haber algo más. Si no, sería una petición un poco más insensible y sé que no eres así. —Una pausa—. Lo sé, chingada madre. Lo sé —remarca con una voz que roza la desesperación. Izuku siente la furia en su tono; furia consigo mismo, piensa—. ¿Por qué?
Izuku suspira.
Quizá debió de haber empezado por la petición egoísta. La más sincera.
—Quiero que estés a mi lado —murmura—. Quiero compartir ese pedazo de mi vida contigo. El palacio… a veces fue un lugar feliz. A veces no. La mayor parte de las veces, si estaba mi padre, no lo era. Ahora simplemente pienso que quiero compartir otro pedazo de lo que soy contigo, porque si volteo al pasado y puedo situarte allí… —Suspira. No termina la frase—. Esa es la razón más profunda. También, porque pensé, que Jaku no queda demasiado lejos. —Hay una pausa—. Pero no quiero que sea esa la razón por la que aceptes. La segunda —aclara—. Es una petición, después de todo. Quiero que aceptes porque te estoy pidiendo que estés a mi lado.
Katsuki toca la puerta, tentativamente.
—Abre —pide.
Izuku sabe que es una petición.
Las palabras de Katsuki siempre son una petición.
Se pone en pie e intenta limpiarse las lágrimas. Abre la puerta y apenas si ve el cuerpo de Katsuki venir antes de que lo abrace. Descubre que no sirvió de nada intentar eliminar los restos del llanto porque las lágrimas vuelven, con fuerza. Pero no se avergüenza de ellas. Hay fuerza en ellas, recuerda, fortaleza en mostrar la vulnerabilidad.
—Lo siento —murmura—, debí de haber dicho eso al principio.
A Katsuki no le importa la política, recuerda. Sólo lo mínimo necesario para mantener la paz.
—No, no —responde el Rey Bárbaro—. Lo siento tanto, Izuku. —Hay una pausa. Aprieta a Izuku contra sí—. Lo pensaré.
De todos modos, Izuku duerme sólo esa noche. Es la primera vez en semanas que no comparte cama con Katsuki y su ausencia de nota. Pero no es algo con lo que no pueda vivir. Después de todo, los amantes de las historias que pierden el sueño, el hambre y perecen ante la falta de sus enamorados no existen en la realidad. Siente la ausencia del peso en la cama. Sólo eso.
Cuando se levanta la mañana siguiente es demasiado temprano. Katsuki todavía está dormido para cuando Izuku se ajusta el cinturón —verde—, que le queda chueco de todos modos. El resto del atuendo es color crema, con un montón de detalles verdes. Es de los más sencillos que tiene. Sale en silencio, intentando no perturbar el sueño de Katsuki.
Ahora tiene que caminar más tiempo hacia el templo, casi todas las mañanas, pero no le molesta.
Se quita los zapatos antes de entrar. Todavía ni Ochako ni Tsuyu están allí. A veces también va la princesa Momo, pero no suelen coincidir a las mismas horas, con excepción de los días sagrados: los solsticios y los equinoccios.
Deja los zapatos afuera.
Se arrodilla ante la figura de Nana Shimura.
«Madre de todos nosotros…»
No le cuesta concentrarse. Siempre acude a ella en momentos en los que necesita claridad en su mente. Ha discutido con Katsuki antes, por supuesto, pero no le había dolido de esa manera. No en mucho tiempo.
«… cuídanos en nuestras horas más oscuras…»
Incluso cuando duda, quiere agregar. Incluso cuando se equivoca. Oír las historias de Nana Shimura le enseñó sobre redención y sobre un mundo más amable para todo el mundo. Quizá no sea posible llegar a él con reyes crueles como los del sur, pero Izuku cree que es posible, realmente.
«… y alégrate en nuestras horas más claras».
—¿Izuku? —Es Tsuyu.
Entra en el templo y se arrodilla a su lado.
—Oh. Vine más temprano —responde él—; necesitaba poner mi cabeza en orden.
Tsuyu asiente, comprendiendo.
—Oh, a veces también me pasa.
Cierra los ojos un momento e Izuku no interrumpe su rezo. Se queda a su lado hasta que Tsuyu termina. Cuando ella abre los ojos y lo ve con más atención, arquea un poco una ceja.
—¿Estás bien?
Izuku siente.
—Creo. Lo estaré —dice—. Sólo necesitaba pensar. —Tsuyu no deja de mirarlo y es tan perceptiva que Izuku no puede huir de ella—. Katsuki y yo discutimos. Pero todo está bien. Creo que…
Otra voz lo interrumpe entonces.
—¿Izuku? —Cuando alza la vista, Katsuki está en la puerta del templo—. ¿Puedo? —pregunta, esperando permiso, antes de entrar.
—Siempre puedes, Katsuki —replica Izuku.
Tsuyu se pone en pie.
—Volveré más tarde. Ustedes tienen cara de que necesitan hablar. —Y no deja que nadie diga nada porque se marcha tan rápido como llegó mientras Katsuki se quita las botas.
El Rey Bárbaro entra y se arrodilla ante la madre.
Se queda viéndola un momento antes de buscar la mirada de Izuku; el príncipe la sostiene, como siempre. Al final, todo queda reducido a eso. Ojos verdes sobre ojos rojos.
—Iré —dice Katsuki—, iré contigo. Creo que tienes razón en que el sur no sólo la suma de todos los horrores que ha vivido el norte. —Traga saliva, porque decir eso le cuesta e Izuku lo comprende—. No creo que mi resentimiento acabe. Pero quizá… —Sacude la cabeza—. Voy porque eres mi esposo, Izuku. También quiero conocer la parte de ti que le pertenece a otra tierra.
»Y —añade, como si lo hubiera pensado después— porque es cierto que podríamos, de una vez por todas, terminar con Tomura Shigaraki. Jaku no queda lejos, ¿no?
Izuku sonríe. Incluso ignora, por un momento, la última parte de lo que Katsuki dice. Se contiene para no lanzarse contra él, pues no sería un comportamiento digno de un templo. Sí se acerca a abrazarlo.
—Gracias —murmura.
—Es justo, Izuku. Si tú te enfrentaste al norte sin apenas saber nada de él, el sur puede soportar verme en sus tierras y saber que el pueblo bárbaro nunca se doblegará ante él.
Izuku sonríe. Por supuesto que Katsuki se iba a aproximar al asunto de esa manera. Es parte de él. Su furia. Su orgullo de pueblo milenario que nunca ha podido ser derrotado. Su pasión.
—Gracias —repite Izuku, de todos modos y entierra su rostro en el pecho de Kacchan.
Ninguno de los dos le pertenece al otro. Es cierto. Ambos se alzan tan altos ante el firmamento que es imposible poseerlos. Sienten y tienen corazones que laten con pasiones que han logrado encontrar un punto de encuentro.
—Te quiero, Izuku.
A Katsuki le cuesta decir esas palabras seguido, pero lo intenta. Izuku puede verlo. Nunca puede dudar de sus afectos, porque el Rey Bárbaro ama con una pasión avasalladora, pero a veces simplemente oírlo es agradable. Sobre todo después de haber llorado la tarde anterior, hundido en la confusión. Le alegra saber que Katsuki y él siempre tendrán un mundo de encontrarse en medio de las tempestades.
Notas de este capítulo:
1) La verdad es que ojalá tener la inteligencia emocional de Izuku. Incluso en el canon se me hace super sano en ese sentido aunque a veces es impulsivo. Nada, esta nota sólo es para apreciar a Izuku.
2) Sí, hay referencias a la pasión/via crucis. Yo no soy religiosa ni creo, pero los temas religiosos de este fic son muy muy fuertes. Izuku tiene mucha fe, mientras que Katsuki está en un punto más agnóstico (no completamente, igual sigue los ritos de sus dioses aunque le cueste creer en algo más allá) y me parece importante remarcar eso. Además que en muchas religiones está presente la idea del sacrificio/resurrección (que no hay en este caso, porque quiero remarcar la naturaleza humana de Nana Shimura, es una MUJER de carne y hueso devenida diosa), pero lo de Nana tiene big cristianismo vibes.
4) De nuevo y por tercera vez vamos al sur (una suerte de descenso al infierno/profundidades/whatever). Confío en que el arco que viene (que es largo, largo, porque ahonda mucho en los villanos) será el último y por fin Izuku y Katsuki podrán descansar felices. No se me asusten que todavía falta, hay fic para largo.
Andrea Poulain
