Aviso: Fue la semana de las tragedias y tuve que formatear la computadora (nada se perdió, ustedes tranquilos), pero no puedo con mi calendario de revisiones así que sí, lo adivinaron: nos vemos hasta el 16 de febrero. (Aunque capaz si hay fic de San Valentín en mi perfil).


Capítulo XXXIV.
Las ausencias


I.


Del camino, recuerda oscuridad y olor a pócima somnífera. Recuerda letargo absoluto y algunas voces a veces.

Es difícil concentrarse en algo de esa manera.

El camino, además, no tiene tiempo.

El tiempo se queda en pausa cada vez que cae ante la oscuridad absoluta. Puede ser días, semanas, horas. Izuku no lo sabe. Intenta mantener la mente en calma, pero es difícil cuando al despertar busca el olor de Katsuki y no lo encuentra. Es dulzón, curioso. Su piel siempre huele a los perfumes con las que los bárbaros mantienen las pieles con buen olor. Así que mucho antes de poder abrir los ojos y antes si quiera de escuchar algo, Izuku busca un olor que no encuentra y aquel ambiente aséptico lo hace sentirse profundamente abandonado, a la deriva.

Luego, mucho antes de la vista —casi nunca alcanza a abrir los ojos—, son las voces. Sus oídos se afinan y puede escuchar lo que dicen, aunque no entienda lo que ocurre.

—Debiste dejarme terminarlo, no podía defenderse.

—Idiota, iba a matarte. Sabes lo que puede hacer el príncipe Shouto con sus poderes…

—… cuando no está paralizado. Lo paralizó.

Alguien bufa.

—No íbamos a alimentar tu irremediable deseo de venganza, imbécil. Himiko y yo acordamos el plan con Tomura.

—Podría haberlos acabado…

—La próxima vez. ¿No te enseñamos que la venganza se sirve…?

—Ey, Himiko, ya está despertando. Será mejor…

Izuku ya no alcanza a oír la última parte de la frase. Alguien pone cerca de su nariz un vial de pócima somnífera y la oscuridad lo envuelve. Él la acepta con un abrazo.

En sus sueños, al menos, puede ver a Katsuki. También a su madre. A veces a Eijiro y a Denki, que surcan el cielo. Se enfrenta a la oscuridad, sí, pero la oscuridad profunda da menos miedo. Allí conjura todos los sueños para combatirla e intenta con todas sus fuerzas acercarse al mundo onírico, sin lograrlo.

Es mucho más aterradora la oscuridad de antes del despertar. Cuando es evidente que está solo, desamparado y es tan sólo un prisionero.


Despierta —esta vez completo y de verdad— y lo primero que siente es un peso en su muñeca izquierda que antes no estaba allí. Lo siente al intentar moverse para acomodarse en el pecho de Katsuki, para darse de bruces con la realidad y recordar que no está con él y no está acostado en ningún lecho que comparta con el rey. Se ha acostumbrado al cuerpo de Katsuki de una forma que resulta dolorosa ante la ausencia. Siente que le falta algo cuando no puede acurrucarse en su pecho y los brazos de Katsuki no lo rodean. Duermen juntos muchas más veces de las que lo hacen separados y aquella ausencia que Izuku puede sentir en su propia piel le arde.

Su brazo se mueve esperando sentir al Rey Bárbaro y se topa con una realidad mucho menos amable.

Y, por supuesto, pesa mucho más de lo que debería pesar.

Hay un grillete en ella. El ruido de la cadena al moverse es lo que lo hace abrir los ojos y encontrarse en un lugar más bien desolado. Reconoce las habitaciones de un templo, con sus columnas apuntalando los techos y su pintura desgastada. Probablemente un lugar donde en algún momento se alojaron las sacerdotisas. Ahora parece abandonado. Hay un par de biombos rotos, con la pintura deslucida, frente a Izuku.

Eso es lo primero que Izuku ve, pero no tiene tiempo de concentrarse en los dibujos de los biombos —todo biombo cuenta una historia—, porque se da cuenta de que no está solo.

La bruja rubia, Himiko Toga, lo está mirando.

(¿Recordó bien su nombre? Sí, debe de haberlo hecho, tiene buena memoria).

Lleva su cabello en dos chongos desordenados, uno a cada lado de la cabeza. Esconde su frente con un fleco y dos mechones a cada lado del rostro. Izuku no puede ponerle una zona específica a ese peinado, pero sospecha que es del oeste, cercano a Naruhata. Cerca quizá del reino Yaoyorozu o Kamihara. Sus ropas color crema llenas de bordados negros no parecen ser de ninguna parte en especial y a duras penas están limpias.

—¡Hola! —saluda, con una sonrisa—. Estaba deseando que despertaras. Dormido eres mucho más aburrido.

Izuku abre mucho los ojos.

—… ¿qué?

—Oh, no te preocupes, no tienes por qué poner esa expresión asustada, no voy a hacerte daño. —Ella sonríe, enseñando todos los dientes; Izuku puede ver como sus colmillos son puntiagudos en exceso, como si los hubiera lijado con alguna piedra—. Tomura dijo que nadie podía tocarte hasta que él volviera. Así que, por mucho que quiera probar tu sangre, no puedo hacerlo.

Izuku parpadea. Y luego abre mucho los ojos. En teoría entiende lo que la bruja dice. En teoría. Es demasiada información y acaba de despertar y está encadenado a alguna parte. No tiene su espada, pero por lo que nota sus ropas siguen pulcras, limpias y todo él desentona con el resto del panorama.

—¿Mi sangre? —Titubea al hablar y odia dejar escapar sus dudas, porque la bruja es el enemigo y ante él no debería mostrarse débil.

—Tomura nunca quiso dejar que probara tu sangre. —La bruja hace un puchero—. Decía que el rey se enteraría si lo hacía y ya no podría espiar. Ni podría verte. Nunca más.

—¿Verme…?

Izuku no la recuerda más que de los ataques al norte. Pero ella se desenvuelve con naturalidad alrededor de él.

—Eres un príncipe muy guapo, Izuku —dice Himiko Toga. Se sienta cerca de él, sin temer que la ataque. El príncipe se comporta con cautela. Sospecha que si la bruja se acerca de esa manera, sabe que no tiene nada que temer. No la ataca. Gana tiempo. Observa con cuidado la manera que tiene de moverse frente a él, la familiaridad con la que se le acerca—. Por eso Tomura a veces me llevaba al palacio. Al rey no le gustábamos. Pero no tenía por qué saber que yo estaba allí. —Ladea la cabeza—. Con una gota de sangre puedo hacer un conjuro que me permite convertirme en alguien más. —Estira su mano, como si tuviera tentación de tocarlo sin llegar a hacerlo. Se ríe entonces y retrae su mano hasta llevarla a su barbilla, en un gesto de una niña tímida que no le pega demasiado—. En general sólo lo intentaba con soldados. —Ladea la cabeza—. Oh… pero una vez… Una vez… —Izuku observa. Parece una niña a punto de confesar una travesura. Algo le da mala espina, pero prefiere mantenerse en silencio. No va a darle armas para que le hagan más daño. Ya lo tienen cautivo, eso es suficiente—. Una vez conseguí sangre de una de tus damas. Fue peligroso. ¡Y Tomura se enojó! Me prohibió volver a intentarlo jamás. Oh… ¿cómo se llamaba ella? —Se muerde una uña—. Es muy guapa. —Hay una pausa—. ¡Oh, ya sé! ¡Ochako!

Izuku frunce el ceño. Su expresión debe ser demasiado obvia en ese momento. Algo entre la incredulidad y la furia.

Quiere preguntar cuando fue, pero se muerde la lengua, literalmente, para evitar interrumpir el monólogo de Himiko Toga.

—No recuerdo cuándo… Fue muy breve —asegura y le dedica una sonrisa abierta y franca que a Izuku le da escalofríos, por lo que la bruja está admitiendo—. Tú sospechaste. Que era rara. Y tuve que irme. ¡Puf! ¡Desaparecí!

Izuku hace memoria. Camina a través de los pasillos de ella y por un momento ya no está en un templo abandonado ni tiene a Himiko Toga y a sus ojos maniáticos enfrente. Está buscando entre las puertas de los recuerdos, una a una, en el laberinto que supone acordarse y no acordarse y acordarse más o menos. Hasta que recuerda un día. Lo había guardado en el cajón de las cosas extrañas y no lo había vuelto a pensar hasta ese momento. Una Ochako que sonrió diferente y se acercó a él más de lo normal. Un momento. Un segundo. Un parpadeo. No había sido gran cosa. Pero allí está, ante él, la evidencia contundente de que Himiko Toga lleva años rodeándolo.

—Y luego te marchaste. Oh, me puse tan triste entonces. Dijeron que ibas a casarte…

Izuku no soporta más.

Extiende una mano, le agarra la muñeca; quizá aprieta más de la cuenta.

—¿Cuántas veces? —pregunta, interrumpiendo a Himiko Toga con mucha más brusquedad de la pretendida-

La bruja ladea la cabeza.

—¿Cuántas veces…?

—Te acercaste —aclara Izuku—; me espiaste. ¿Cuántas veces?

Himiko Toga se ríe. Tiene una risa que rebota en las paredes, que suena como un gorgojo. A Izuku le causa rechazo, porque sabe que no es una risa que pueda ser compartida. Es una risa que ataca a su ingenuidad, a su desconocimiento. Es una risa de la que él no es parte, sino prisionero.

—No las conté —confiesa Himiko—. Deseaba que volvieras —continúa, como si nada—, Tomura dijo que un día podría ser la bruja de tu corte. ¿Te lo imaginas, príncipe Izuku? Todas esas brujas que me rechazaron entonces por ser… por saber… por entender la magia de la sangre, todas esas… estarían a mis pies entonces. Tomura dijo… que el mundo sería nuestro… Pero se lo quitaste. —La bruja se zafa del agarre de Izuku—. Ahora dice que quiere venganza. Arreglar esto. De una vez por todas y para siempre.

Izuku traga saliva.

—Para siempre —repite, con los ojos fijos ya no en Himiko Toga, sino en sus piernas. Es una repetición más producto de la inercia que el interés de mantener una plática con su captora y guardiana en ese momento.

Mueve su mano.

La cadena se mueve con él, como recordatorio que no es un invitado. El ruido le truena en los oídos.

Tiene que esperar a Tomura. La Madre, Nana Shimura, se lo dijo: «Cuando el destino te llame, ve a encontrarlo». Puede lidiar con Himiko Toga unos días o unas horas. Observarla. Analizarla. Planear. Tiene tiempo. Sólo debe sobrevivir a la soledad.


Izuku descubre, con el paso de las horas, que lidiar con Himiko Toga es algo tan cansado como manejable. La bruja lo adula y parece admirarlo, pero no lo suficiente como para que sus lealtades cambien de lugar. Parece estar dispuesta a ser su única guardiana, así que se acomoda en una mesita al fondo de la habitación y allí junta hierbas y frascos de cosas que huelen tan mal que Izuku teme preguntar qué es.

Sus brazos son los primeros que sienten la magia maldita que rodea el lugar. Las cicatrices que tiene en los brazos, producto de su encuentro con los Shie Hassaikai —hechiceros malditos a los que apenas recuerda—, duelen de una forma curiosa, como si sintieran más cosas en el ambiente, otras sensaciones diferentes.

Así, Izuku comprende.

—Estamos en Jaku —dice.

Habla con intención.

Himiko Toga alza la mirada y se ríe.

No contesta, pero la risa es la confirmación. Izuku aprende a la fuerza a entenderla, porque en horas y horas y horas es su único contacto con el mundo. A veces están los otros. El mago de fuego, que ahora tiene su cabello blanco. El hombre-lagarto que lleva la comida dos veces al día. Hay otros, pero Izuku sólo oye sus pasos. Se aburre intentando descubrir exactamente cuántas personas hay en el templo de Jaku y calcula. Intenta armar una estrategia mientras da vueltas por la habitación. De la mesa de Himiko Toga a la cama a la que está encadenado, a las cubetas con agua donde puede lavarse o pretender que lo hace.

A la bruja no le molesta verlo caminar, pero Izuku tiene cierta sensación de rechazo cuando se le pega.

Todo se resume a esperar.

Sabe que está en el templo de Jaku y que lo mantienen vivo. Sabe que la bruja mantiene la magia un poco a raya, pero si está allí semanas y semanas, esa misma magia terminará por afectarlo. Sabe que Himiko Toga es una guardiana amable, pero que no lo dejará escapar. Ya la vio lanzar cuchillos a la puerta. Es excepcionalmente rápida y certera.

La bruja no tiene demasiados temas de conversación e Izuku a veces evita abrir la boca cuando descubre que tiene recuerdos de él: cosas insignificantes de su vida adolescente en el palacio que una vez fue de su padre, pero que lo hacen sentirse espiado. Himiko Toga lo conoce, aunque sea superficialmente. Por eso se le pega a la piel, insoportable.

Esperar. De nuevo, otra vez. Otras horas.

Izuku se acurruca e intenta con las cobijas sumirse en un sueño que lo lleve hasta Katsuki. Se pregunta dónde estará y qué tan enojado se sentirá mientras lo busca.

(Porque aunque Izuku quiera, Katsuki no va a quedarse sentado esperándolo).

Pasan las horas o los días o lo que sea, porque no hay ventanas y nada mide el insoportable paso del tiempo para Izuku —ni siquiera las comidas, irregulares todas— y un día alguien que no es el tipo que lleva la comida abre la puerta.

—Himiko.

Tomura Shigaraki arrastra la voz. Lleva una capa roja raída, que irónicamente recuerda a la de la madre.

—Oh, ¡haz vuelto!

—Largo —dice Tomura Shigaraki. Fija sus ojos en Izuku. El príncipe traga saliva, recordando que debe de enfrentar al destino y no hay forma de huir en ese momento—. Hablaré con el príncipe a solas.

Himiko Toga bufa, pero no se queja. Le hace caso y recoge sus hierbas y sus cuchillos de la mesa del fondo y del piso y se marca. Cierra tras de sí la puerta.

Izuku contiene la respiración.

—Tanto tiempo. Alteza —dice Tomura, escupiendo a última palabra. Izuku se pone en pie, tan alta como es. El hechicero aún le saca más de media cabeza, pero así el príncipe siente que mantiene un poco el control—. La última vez que te vi, tu padre aún estaba vivo. —Izuku no responde. No tiene caso. Le cuesta mantenerse callado y tiene que morderse la lengua para no caer en la tentación, pero lo logra. Shigaraki se acerca—. Tenemos cuentas pendientes.

El hechicero es más rápido que Izuku, que está sólo concentrándose en observar, decidiendo si su vida corre peligro y cómo solucionar el desastre en el que está metido. No tiene tiempo contra las manos de Tomura, que lo empujan a la pared sin llegar a tocarlo con todos los dedos y aprietan su cuello, acercándose demasiado a él.

—Esta vez no te dejaré huir, Izuku. Sin embargo, todavía tenemos que esperar.

No lo suelta. El príncipe jadea, porque le falta el aire.

—Esperaré un poco. Sé que tu rey viene desesperado tras de ti.

«No es mío».

—Sé que si espero lo suficiente, podré tarde su cabeza, tal y como te lo prometí, Alteza. —Tomura se acerca a su oído—. No quiero perder la oportunidad de oír tus gritos y ver cómo te rompes, Alteza. —Cada vez que repite el honorífico es un escupitajo al espíritu de Izuku. Ahora está verdaderamente asustado, aunque se esfuerza por controlarlo—. Mientras tanto, tengo una idea.

»Yo lo sé todo de ti, Izuku Midoriya.

«Ahora es Bakugo», piensa el príncipe. «Izuku Bakugo».

—Una pelea sólo es realmente justa si tú lo sabes todo de mí.

Entonces le suelta el cuello e Izuku siente tres dedos posarse en cada una de sus sienes. Después, sólo la oscuridad y el vértigo.


II.


La única cosa que evita que Katsuki salga corriendo, intentando alcanzar a los que se llevaron a Izuku frente a sus ojos sin que él pudiera evitarlo, porque el imbécil, estúpido, pendejo, idiota había decidido sacrificarse por el resto, es Eijiro. Katsuki lo intenta, por supuesto, pero Eijiro, aparecido justo en el momento idóneo, cuando ya ha ocurrido casi todo. Se convierte a medias y no agarra antes de que Katsuki pueda largarse. Tan poderoso como es, el Rey Bárbaro no puede contra un dragón.

Katsuki tiene vaga memoria de cómo un montón de soldados se lanzan sobre Keigo Takami, que no se resiste demasiado. Pero recuerda también sus gritos y los gritos ajenos y el caos y todo lleno de humo. Y a Denki poniendo la mano en su pecho y diciendo «perdón, Katsuki» antes de noquearlo con su magia.

Despierta dos días después.

Dos días.

Eijiro es quien está a su lado, con los ojos llenos de ojeras, cansado. Incluso los cuernos de su frente se ven deslucidos. Eso sólo pasa cuando está bajo estrés.

Katsuki se incorpora, tirando todas las hierbas que Mina puso sobre él, probablemente para mantenerlo tranquilo mientras despertaba.

—Voy a matar a Denki —anuncia, sin ceremonia alguna. Cada vez que lo noquea, y eso sólo ha pasado un par de veces, tarda días en despertar. Días demasiado valiosos. Días que, en este caso, podría haber pasado persiguiendo a Izuku.

—No —replica Eijiro.

—¡Voy a matar a Denki! —repite Katsuki, más enojado aún—. ¡Carajo! ¡Se llevaron a Izuku y..:!

—No vas a matar a nadie hoy. —La voz de Eijiro es firme, a pesar del cansancio que se le escapa entre las sílabas. Se pone en pie y pone una mano en el pecho de Katsuki, para evitar que se mueva más o intente huir—. Mucho menos a Denki, Katsuki.

Sigue intentando quejarse, pero Eijiro ignora todo lo que sale de su boca. Todas las veces que insulta a Izuku sin querer insultarlo, porque le duele no haber despertado junto a él. Todos los pendejos que suelta dirigiéndose a un príncipe que no está junto a él. Eijiro lo deja escupir todo, pero no le hace demasiado caso. Espera a que lo peor pase antes de atreverse a abrir la boca de nuevo.

—El guardia de Todoroki es un espía —informa. Y Katsuki recuerda, levemente, la conversación entre Shouto Todoroki y el mago de fuego.

«¿Cómo… cómo… sabías…?».

Katsuki frunce el ceño.

—Está en los calabozos; Shouto lo señaló antes de caer desmayado —informa Eijiro— y él es la clave para averiguar a dónde llevaron a Izuku. No tiene caso lanzarse en una búsqueda sin sentido. Sólo hay un pequeño problema.

Katsuki odia esas pausas que parecen las de un narrador o de un cuentero o un bardo contando una historia, buscando generar tensión. Sabe que es la manera que tiene Eijiro de asegurarse que recibe bien las noticias y que no se vuelve un cúmulo de rabia. Pero no lo soporta.

—¿Y? ¿Cuál es el chingado problema, Eijiro?

—Sólo hablará si el príncipe Todoroki está presente.

—¿Y?

—No ha despertado.


Katsuki camina como una fiera enjaulada —en ese momento bien es una— frente a las puertas de los aposentos donde tienen a Todoroki. Mina está adentro, le dicen; es una bruja demasiado buena para la magia curativa. Pero a él no lo dejan pasar hasta que Shouto Todoroki está consciente. Kirishima y Denki tienen que detenerlo para que no derribe la puerta. Hasta que Mina y Chiyo, la Sanadora Real, le abren la puerta y lo dejan pasar.

Shouto Todoroki está lleno de vendas, con el cabello caído, sin el chongo ni las trenzas sencillas que suele usar. Tampoco tiene la peineta. El flequillo le escurre por la cara y varios mechones alcanzan a taparle un poco los ojos. Tiene vendado el cuello y Katsuki alcanza a distinguir vendas en su cuello y en sus brazos.

—¿Puedes moverte? —pregunta Katsuki.

Shouto Todoroki asiente.

—Vamos, tienes que hablar con tu estúpido guardia —espeta Katsuki. No se molesta en ser amable—. Él sabe a dónde llevaron a Izuku.

Shouto Todoroki no se pone en pie lo suficientemente rápido para gusto de Katsuki y acaba jalándolo de un brazo. El príncipe no se queja. No dice nada. En sus ojos de dos colores diferentes, Katsuki distingue la pena y la confusión. Pero se deja mover, aun cuando Mina y Eijiro se aseguran de que Katsuki no acabe arrastrándolo por el piso. Se pone una chaqueta antes de salir, con los bordes de las mangas y el cuello azules, bordada. No cuadra con las vendas y la mirada derrotada de Shouto, que no se molesta en recogerse ni en arreglarse el cabello para acompañar a Katsuki. El Rey Bárbaro sabe que los miran con curiosidad. El príncipe Todoroki se apoya en él mientras caminan por los jardines, en dirección a los calabozos.

Están en una corte ajena y Katsuki sólo quiere encontrar a Izuku. No piensa. No hay razón posible para él.

Los soldados lo ven con desconfianza, pero cuando Shouto Todoroki insiste en ver a Keigo Takami los dejan pasar. No comentar nada. Incluso estando en una corte ajena, los guardias reconocen al príncipe como alguien que está muy por encima de su rango. Y, al parecer, Inko Midoriya indicó que lo dejaran ver al prisionero, si quería hablar con él.

Katsuki no ha ido a verla, pero aparta su pensamiento de un manazo, porque no sabe cómo enfrentarse a ella.

Keigo Takami tiene las alas encadenadas desde su raíz. No puede hacer nada con ellas. Se mueven, intentando liberarse, pero no lo logran. Sus manos tienen grilletes a su espalda. Y uno de sus tobillos también tiene uno. Lleva e uniforme con el emblema de los Todoroki completamente quemado, pero sin la espada ni ningún otra arma. Presenta una imagen lamentable. El Rey Bárbaro nota la cicatriz de una quemada en su cara. Incluso el espía encontró un lugar en el fuego cruzado.

Hay un silencio duro, opresor. Shouto Todoroki desenvaina la espada que lleva colgada del cinturón y se acerca. Se la coloca al cuello.

—Takami —dice.

Keigo Takami alza la vista y se ve destruido.

—Sabías que iba a pasar, ¿no? —pregunta Shouto Todoroki.

Su voz es calmada y eso hace que Katsuki la encuentre todavía más triste. En sus ojos, usualmente poco expresivos —una de las únicas conclusiones a las que Katsuki ha llegado sobre el príncipe—, se adivina la traición y un dolor que no entiende.

Keigo Takami no responde.

—Sabías que estaba vivo, ¿no? —Y la voz perfectamente modulada empieza a romperse—. Me dejaste hablar de su mausoleo, del aniversario, me dejaste hablar de… Y no pudiste decirme. —Quizá lo que a Katsuki le resulta más aterrador es el intento desesperado por mantener la calma. Es lo único que evita que se les lance encima a los dos y pregunte por Izuku a la desesperada—. Sabías que estaba vivo.

—No lo estaba —dice Keigo—. No hasta que Tomura Shigaraki…

Qué débil suena su voz. Además sale a pedazos, como un vidrio roto. En comparación con la sombra de Shouto Todoroki que Katsuki había visto, aquel Keigo Takami le resulta incluso patético.

Alza sus ojos color miel y ve a los ojos a Shouto Todoroki. Es una mirada triste, devastada.

—Yo era su guardián también, Alteza —dice.

—Todo este tiempo creí… creí que el consejo había exagerado —dice Shouto—. Que Touya no tenía un plan para derrocar a mi padre tan bien formado como lo habían hecho parecer. Todo este tiempo creí que la condena muerte había sido demasiado. Que mi padre había cometido un error estampando en ella su firma. Que su consejo lo había obligado porque… —El príncipe respira hondo—. ¿Lo tenía, Takami? ¿Tenía un plan?

—Entonces no contó conmigo, Alteza —reconoce Keigo Takami. Está completamente derrotado—. No lo sé.

—¿Y ahora? ¡¿Por qué lo ayudas ahora?! ¡¿Venganza?!

—Quería saber… —Keigo Takami suspira. No termina la frase, así que ni Katsuki ni Shouto saben qué es lo que va a decir—. Fui su guardián, Alteza —ofrece de nuevo como única explicación—. Después de acabar con mi padre, el temible Takami, un monstruo, ladrón, que asolaba desde Fukuoka las playas de los Todoroki, Su Majestad descubrió que mis alas eran rápidas. Me puso al lado de Touya. Era el heredero, su ojo derecho y el izquierdo. Entonces, antes de que usted naciera, Alteza, Touya lo era todo.

»Y luego ya no.

Shouto Todoroki comprende que su nacimiento lo rompió todo. O quizá no su nacimiento, sino su magia, que Enki Todoroki valora por encima de todo. Al menos,eso es lo que Izuku dice sobre la familia real del reino que colinda al sur.

—Quería saber… al menos… por qué… Pretendí que podía engañarlo. Averiguar porque había vuelto desde otro mundo. —Keigo Takami suspira—. Yo era su guardián, Alteza —insiste, como si allí se escondiera toda la explicación. Lo dice con el cariño de los amantes y Katsuki comprende. Touya Todoroki murió adolescente. No están hablando solo de amantes, sino del primer ardoroso primer amor. O la primera infatuación con alguien. La primera obsesión, las primeras sonrisas de cariño. Los primeros gestos—. Yo era su guardián y…

—¿Por qué, entonces? ¡¿Por qué nos vendiste?! —El dolor de Shouto le sale por los poros, se nota en su cabello desordenado, en su voz que sube y baja con su respiración entrecortada. Katsuki sabe que está observando un momento demasiado íntimo, que no le corresponde.

—Touya dijo que usaría a su hermana, Alteza. Sabe que está en el templo de Esuha. Dijo que no iba a hacerle daño, pero no es estable. Dijo que eso podría evitarse si le decía el día que estarían usted, Alteza, y Su Majestad aquí. Pensé…, quizá…

—Lo sabías —acusa Shouto.

—Sí, lo sabía —admite Keigo.

—¿Por qué?

—Era el guardián de Touya, Alteza. Soy el suyo. Proteger el deber e intentar entender a ls que se fueron, a veces, no es algo compatible.

Shouto baja la espada.

—¿Fuyumi está bien?

—Sí, lo juro, Alteza. Lo juro, lo juro, lo juro…

—Pagarás por esto toda su vida, Takami —dice Shouto.

—Usted tiene magia, Alteza, puede protegerse, Fuyumi no…

—No recuerdo al Touya que intentó matarme hace unos días —dice Shouto—. Recuerdo a otro. Natsuo recuerda a uno que lloraba todo el tiempo. Quizá es así. ¿No? Estamos condenados a recordar todo como no sucedió.

—Quería asegurarme antes… —dice Keigo Takami—, quería saber qué pretendía Touya. Y Shigaraki. Y… Quería…, sólo quería…

—Pagarás por esto toda tu vida, Takami —repite Shouto—, aunque sea con remordimientos. Pero me aseguraré de que nunca puedas volver a traicionarme.

Shouto voltea y mira a Katsuki. Asiente, indicándole que puede averiguar lo que fue a averiguar allí, que puede hacer su pregunta desesperada.

—¿A dónde chingados se llevaron a Izuku? ¿Dónde están?

La espada de Shouto vuelve a colocarse con firmeza sobre el cuello de Keigo Takami.

—Responde —dice—. Tus errores tienen mucho qué pagar, empieza por allí.

Keigo Takami busca la mirada de Katsuki.

No le saca demasiados años. Muchos menos de los que le saca a Shouto Todoroki. Katsuki se enfrenta a su dolor, pero ni siquiera puede sentir lástima. Si no fuera por la información de Keigo, no se hubieran llevado a Izuku. Quiere entender por qué lo hizo —para salvar a alguien más—, porque es ago que también hace Izuku, pero no puede. La empatía está vedada para él cuando el asunto se trata de Izuku.

Se pone en cuclillas y jala a Keigo Takami por el cuello de su chaqueta.

—Yo no te ordenaría que respondieras —dice con furia—. Empezaría por tus dedos. Uno a uno a uno. Los oiría tronar. Izuku es mucho mejor hombre y mucho mejor príncipe que todos nosotros —espeta— y tus errores…

—Jaku —escupe Keigo Takami, casi con desesperación—. En el templo de Jaku.


Tienen que evitar que Katsuki se marche inmediatamente. Mina le pide que espere al próximo amanecer, para no ser víctima de la oscuridad. Le dice que Tomura Shigaraki ya cuenta con que él vaya a buscar a Izuku, así que no tiene que ocultarse. Le insisten que no vaya solo, pero al final, en eso Katsuki se impone. Sólo él y Kirishima. Tiene el collar de Shouto Todoroki y el príncipe asegura que tiene el poder de transportar al resto cuando Katsuki lo destroce. «Con la magia de la bruja y mi hielo es posible», asegura el príncipe y así queda esa discusión zanjada.

Katsuki espera como un perro encerrado.

Se entierra en la habitación que estuvo compartiendo con Izuku, buscando su aroma entre las sábanas y las cobijas. El resto opta por dejarlo en paz.

Quizá está reaccionando excesivamente, pero recuerda la furia de Izuku y su propia furia al verlo entregarse tan fácil.

Quizá.

Alguien llama a la puerta y Katsuki se obliga a dejar de buscar a Izuku en todas sus ausencias.

Recuerda que hay dos reinos en crisis, pero le cuesta preocuparse por el sur. Recuerda que no es el único que siente la ausencia de Izuku. No puede ser el único. Izuku es demasiado grande y brilla tanto como el sol. Colecciona afectos allí donde se encuentra. Kasuki lo sabe porque vio los rostros tristes de Lady Ochako y Lady Tsuyu. Porque nos se ha atrevido a preguntar por su madre, Inko Midoriya.

Y justamente, al abrir la puerta, es a ella a quien ve.

Pequeña. Katsuki fácilmente le saca más de dos cabezas.

Alza la vista para verlo. Los ojos verdes de Inko Midoriya se le clavan. Le ven el alma, se la perforan, la atraviesan. Desnudan su ser y lo ven tal como es; como todas las madres ven a los hijos. A Katsuki se le atora un sentimiento en la garganta y piensa que Mitsuki miraba así y quiere enterrar la cabeza en un cojín y gritar, porque pasa el tiempo y no se acostumbra a la ausencia de sus padres, especialmente a la de Mitsuki, que es grande, noticia, enorme y no le cabe dentro; se le desborda. «¡Yo te parí, niño malcriado!», la oye decir y piensa que no puede lidiar con ausencias tan grandes al mismo tiempo. Intenta volver a enterrarla y es incapaz. Mitsuki Bakugo no se parece en nada a Inko Midoriya, y sólo ver a la segunda hace que a Katsuki le tiemblen las piernas.

—¿Puedo hablar contigo, Katsuki? —pregunta Inko Midoriya y el asiente, dejándola pasar.

Katsuki cierra detrás de ella e Inko se queda parada. Parece que no sabe estar. Sus manos juegan la una con la otra.

—Katsuki —dice.

No necesita decir nada más antes de que Katsuki caiga de rodillas ante ella, porque siente que se está desmoronando. Nunca la ausencia de Izuku le había dolido tanto como en ese momento; saber que Izuku eligió el sacrificio de su libertar por el bien de otros lo hace peor. Katsuki, por primera vez desde que despertó, no está lleno de furia. Ya no puede con ella. El enojo es agotador y la rabia acaba con todo a su paso.

Sus manos buscan los pies de Inko Midoriya con una desesperación desconocida hasta ese momento y entiende el gesto. Lo entiende mientras busca un consuelo y le pide a Inko Midoriya lo imposible: que pueda consolarlo ante la ausencia de su propio hijo. No alza la vista. No se atreve a mirarla a la cara porque ni siquiera se había atrevido a preguntar con ella.

Piensa en Mitsuki.

Qué hubiera hecho si se lo hubieran llevado a él.

Piensa en la rabia hipotética de su madre, en su furia, en su tristeza, en su desesperación y no duda que para Inko Midoriya sea lo mismo. Por eso tiene la consideración de guardar las lágrimas y apretar sus párpados tan fuerte como le sea posible.

—Katsuki —repite Inko Midoriya y pone una mano en su cabeza.

—Lo siento.

—Oh, no tienes por qué…

—Lo siento.

Son las palabras que más le duelen a Katsuki, pero tiene que enfrentarlas.

—No lo sientas —dice Inko Midoriya y pasa su mano por el cabello de Katsuki de la misma manera que la hacía Mitsuki cuando quería demostrar cariño—. Sé que Izuku es fuerte. Y sé que tú también lo eres. Y sé que cuando vayas a buscarlo, se interpondrán ante cualquier catástrofe.

«Cuando», no si condicional.

—Volverás con él, ¿verdad Katsuki?

Y Katsuki, aún de rodillas, no puede hacer nada más que asentir.

—Sé que lo protegerás —dice Inko— más que a tu vida. No sé si eso es algo bueno, pero también sé que Izuku haría lo mismo por ti.

Y lo abraza. Tal como una madre desconsolada lo hace con un hijo. Katsuki se esfuerza y responde el abrazo. Por todas las veces que le faltó abrazar así a Mitsuki en vida. Porque Izuku no está allí para abrazar a su madre. Porque los abrazos son necesarios, decía Masaru, para recordar cómo se siente la felicidad cuando no podemos verla y se nos escapa de entre los dedos.

Al amanecer, se promete Katsuki; partirá al amanecer.


Notas de este capítulo:

1) A pesar de todas las adversidades lo logré. ¡Logrado! Este capítulo costó por todos los temas que toca, pero me gustó escribirlo.

2) Himiko Toga es un personaje que adoro. Su caracterización me pone nerviosa, pero la dinámica con Izuku y Ochako es interesante. Aquí descubrimos cosas de su pasado. Y los peinados son cosas muy importantes culturalmente, por eso Izuku puede reconocer de dónde es el suyo.

3) Keigo. Creo que aquí me metí en problemas con como lo caractericé, pero se sabe que una de mis ships es la abocada al fracaso dabihawks y quería ponerlo en una posición moralmente muy gris. Ya veremos qué hace Shouto después. De Enji sabremos más tarde, supongo, porque el punto de vista de Katsuki es limitado y en esta historia no es más que un espectador.

4) Las escenas de madres e hijos son de mis favoritas, no voy a mentirles.

Andrea Poulain