I

Verano de 1878

—Toma —dijo Misao y extendió la pequeña bolsa de monedas que Kenshin le había intercambiado por la devolución de su espada—. Lamento haberte dicho esas cosas tan feas sobre tu aspecto descuidado. De no ser por ti, no hubiese salido de esa emboscada de ladrones.

—Gracias —Kenshin aceptó el dinero y le sonrió con modestia.

—Ahora... ¡Devuélveme mi capa! —le arrebató de las manos la tela llena de agujeros: resultado de los kunais* que ella misma había lanzado y que él había amortiguado al utilizar dicha capa como escudo.

Mientras Kenshin guardaba el dinero en su haori, miraba con curiosidad a la niña. No podía negar que a simple vista parecía un muchacho. Con el tiempo de convivencia descubrió que aquello se debía a los ropajes que llevaba y no a su físico. De cualquier forma, poco tenía que ver su aspecto con su estrategia de atraco: una mujer de voz sensual era un elemento recurrente en las fantasías de algunos varones. Misao había sido muy astuta al embaucar a cientos de ellos con ese truco.

—No luces como un chico —trató de corresponder a sus disculpas—. Lamento haberte ofendido comentando lo que creí ver a simple vista. Lo siento mucho. —finalizó sonriendo y mostrándose honesto.

—No necesitamos ponernos sentimentales, Himura —contestó restándole importancia a las palabras del samurái y dando un par de manoteos al aire.

A ella no le afectaba que se le acusara de no poseer atractivo sexual. Era nimio lo que cualquier varón pudiese opinar sobre su cuerpo o su "belleza". Porque a pesar de que la subestimaban, solo ella sabía lo bien cuidado que estaba su cabello, lo bien tejida que tenía su trenza y el bonito broche con el que la sujetaba.

No había pasado mucho tiempo desde que los dos habían salido victoriosos de un enfrentamiento con los yakuza* del pueblo anterior. Gracias a eso, ella había terminado con el cabello lleno de tierra y el cuerpo pegajoso por el sudor. Por eso buscaba con urgencia en los bolsillos de su traje el improvisado bolso de aseo personal que siempre cargaba. Así tomaría un baño lo más pronto posible y descansaría cerca de la fogata.

—¡Aquí está! —celebró cuando sacó un bolsito y el aroma a verbena de limón no tardó en inundar el lugar—. Ahora tengo asuntos personales que atender, pero regresaré pronto. ¡No pienses en escapar!

Kenshin asintió mientras se ponía de cuclillas cerca del fuego y atizaba un poco de leña. Quería que la chica encontrara un rincón tibio en el cual descansar después de su baño

—Solo una cosa más, Himura.

El viento sopló y el fuego se avivó iluminando los alrededores del campamento improvisado. Kenshin dejó de prestar atención a la fogata y levantó el rostro para verla.

—Para nuestra siguiente lucha no dudaré en mostrarte mi fuerza Oniwaban-Shu —sentenció y él abrió los ojos sorprendido.

Tan inesperado fue que para cuando maquinó una contestación, Misao ya se había marchado al río. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y de pronto una serie de imágenes comenzaron a inundar su mente: los recuerdos del rescate de la doctora Megumi, el sonido de las balas y...

«Battusai, toma tu espada de filo invertido. De recuerdo me llevaré tu estilo Hitten Mitsurugi para el infierno.»

Aquellas fueron las últimas palabras que había dicho Hannya antes de despistar a Kanryuu Takeda y permitir que él acabara con el traficante de opio. Ese día, los Oniwaban-Shu habían sacrificado sus vidas para proteger a su líder: Aoshi Shinomori.

«Siempre creí que ellos estaban compuestos únicamente por el grupo de Aoshi», pensó y la tristeza se le alojó en el pecho ante la probabilidad de que la joven viajera desconociera el final de sus compañeros.

Todo apuntaba a que ambos habían quedado como buenos compañeros de viaje. Pero algo debió de sucederle al pelirrojo porque a la mañana siguiente no disimuló el querer seguir solo su propio camino. Misao, al no entender esa repentina insistencia por dejarla, se preguntó qué cosa tan importante tenía que hacer un simple rōnin*. Ella conocía su obra en la restauración Meiji y su conversión a un simple vagabundo que deambulaba con el lema de no matar. Por lo tanto, dudaba mucho que aquel hombre tuviese algo especial o importante por hacer.

Le haría saber que no le importaba cuantas negativas pusiera o cuantas estrategias de escape implementara. Ella sabía que él tenía información sobre la persona que amaba. Lo supo cuando al regresar de su baño nocturno, él mencionó en medio de sus reflexiones el nombre de Aoshi Shinomori. No iba a permitir que tan valioso informante se le escapara de las manos.

Iba caminando detrás de él, estudiando la situación y mirándolo con sospecha y enojo.

—Puedes tratar de escabullirte, pero he viajado por este bosque tantas veces que te encontraré al instante —advirtió Misao.

—No estoy tratando de esconderme. Es solo que tengo algunos asuntos que me gustaría enfrentar solo. —Respondió procurando sonar lo más relajado posible, deteniendo sus pasos para poder girarse y mostrarle una sonrisa amena. No se deshacía de ella por la verdad de los Oniwaban-Shu, sino porque se sentía incapaz de involucrarla en los problemas con Makoto Shishio.

Kenshin retomó su andar despreocupado y el enfado creció en ella al recibir esa tonta mentira piadosa. Con el enfado a flor de piel, se encaminó para alcanzarlo y encararlo. Una vez cerca, alcanzó a sujetarle la manga del haori y consiguió que frenara su marcha.

—¡Te he descubierto, Himura! —acusó—, sé que conoces a Aoshi y a los Oniwaban-Shu. —El corazón le latía con rapidez por la emoción que le provocaba poder regresar con su familia de la infancia y volver a estar con su amado Aoshi. Ese debía de ser el momento en el que los sueños se volvían realidad—. Ahora mismo me dirás lo que sabes —exigió.

Kenshin sabía que la chica era fuerte y que su espíritu era más maduro que la composición de su cuerpo. Sin embargo, no sabía cómo podía reaccionar ante la noticia de que los guerreros que buscaba con tanto empeño habían muerto y que Aoshi Shinomori había desaparecido.

Suspiró, sus ojos se entrecerraron antes de enfrentarla y comenzó a buscar las palabras adecuadas para contarle la verdad. Y justo cuando iba a hablar, algo llamó su atención. Inmediatamente desenfundó su espada y se posicionó frente a ella para mantenerla a salvo.

Misao iba a protestar, pero no tardó en escuchar el sonido de unas pisadas acercándose a ellos. Siguió el ejemplo de Kenshin y se puso en alerta sacando un juego de kunais*. Pronto notó el movimiento que tenían unos arbustos aledaños a la vereda. De allí salió un pequeño desorientado, con la ropa andrajosa y manchada de sangre.

El chico se quedó de pie por unos segundos, tratando de apaciguar su respiración y de ubicarse. El sonido producido por Kenshin al enfundar su espada lo alertó y no tardó en dirigir su mirada hacia donde ellos estaban. Al encontrarse con los piadosos ojos del vagabundo, se acercó a él presuroso y terminó rendido a sus pies.

—¡Ayuda por favor! —sollozó el niño encajando sus manitas en el hakama* del samurái.

Misao se mantuvo asomada tras la espalda de Kenshin. Se le habían caído los kunais de entre los dedos por ver perturbado y tembloroso al pequeño. Decidió dejar de ocultarse. Se acercó al niño con lentitud y se puso de rodillas con la intención de ofrecerle una suave caricia que pudiera aliviarlo. Eso era lo que Aoshi y Hannya hacían cuando ella terminaba llorando por culpa de un susto o rasguño. Y motivada por ese recuerdo, llevó una de sus manos a la cabeza del menor y este pegó un brinquito por la sorpresa de su toque.

—¿Acaso estás herido? —preguntó con suavidad y el niño negó sin despegar la frente del suelo.

—Está bien —habló con una voz suave a la vez que comenzaba a acariciarle la espalda—. Ya estás a salvo.

—Mi hermano —señaló el menor levantando el rostro para encararla.

—¿Qué pasa con él?

—Está herido —explicó y volvió a centrar su atención en Kenshin—. ¡Por favor, señor espadachín. Ayude a mi hermano!

El vagabundo, que se había mantenido como espectador del empático encuentro entre los dos niños, se agachó para poder cargarlo en sus brazos y le dijo:

—Llévame hacia él.

Caminaron sobre un espeso pastizal. Luego el niño les indicó una desviación que los condujo hacia una vereda estrecha en donde no tardaron en encontrar rastros de sangre. Después de adentrarse por unos arbustos se encontraron con el hermano del chico.

El mayor estaba tumbado sobre el pasto e irreconocible por las manchas de sangre y lodo. Tenía el hombro herido a causa del impacto de una gruesa y afilada hoja de hierro que se encajó en él hasta dejarle la carne machacada y los huesos rotos. Aún respiraba y tenía la mirada fija al cielo.

—¡Ichiro! —llamó el menor zafándose de los brazos de Kenshin y acercándose presuroso al cuerpo de su hermano mayor.

—Eiji —susurró—. Creí haberte dicho que huyeras lejos.

—Es que no sé cómo ir sin ti. Tienes que ponerte bien —sollozó aferrándose al pecho de su hermano.

A Misao se le encogió el corazón al notar la inocencia de Eiji. Él aún no se percataba de que su amado hermano estaba en un estado de dolorosa agonía. Se alarmó mientras lo veía llorar, pues pudo notar la horrible forma en la que el desamparo reducía a un niño. Si bien era cierto que no había llorado sobre los cuerpos de sus padres, porque tan solo era una bebé cuando ellos habían muerto; lloró el día que despertó y vio que Aoshi y Hannya la habían dejado en el Aoyia.

—Por favor —suplicó Ichiro—. Tienes que ser un buen muchacho y trata de ser un hombre fuerte y gentil.

El menor levantó el rostro para encontrarse con la amistosa sonrisa de aquel que había considerado su gran ejemplo a seguir. Ichiro se había conducido por la vida creyendo en lo justo. Luchando deseoso por ver florecer los campos de Shingetsu; por ver el amor, la fraternidad y el honor cobijados en la vida privada de las familias pertenecientes a su tierra. Le dolía ver que lo único que quedaba de su honorable hermano era un cuerpo magullado, manchado y exhausto.

—¿Podrías protegerlo? —Ichiro le habló a Kenshin con la voz apagada y el aludido asintió.

Estando más aliviado levantó con calma una de sus manos para abrazar a su hermano menor. Quería sentir su calor para poder aliviar su alma antes de partir. Suspiró con suavidad al tenerlo bajo el brazo y cerró los ojos sin poner resistencia alguna a su inevitable final. Cuando Eiji dejó de sentir el suave sube y baja del pecho de su hermano, lloró en silencio y poco a poco deshizo el abrazo.

Misao lo vio todo sin parpadear y pronto cayó en cuenta de que una tibia lágrima se deslizaba sobre una de sus mejillas. Se llevó una mano al rostro para enjugar esa lágrima y volvió a acercarse al niño para ofrecerle consuelo.

Cargaron el cadáver envuelto en la capa que ella usaba. Lo llevaron hasta un prado aledaño a la villa Shingetsu. Después de la debida sepultura y oraciones, Eiji y ella permanecieron arrodillados cerca de la pequeña montaña de tierra que había sido removida para darle un último lecho a Ichiro.

—Misao —llamó Kenshin mientras ajustaba el cinto con el que sujetaba su espada—. Debo de partir.

Porque el samurái ya había visto suficiente y, a causa de ello, su aspiración por detener a Shishio había crecido.

—¡Yo también quiero ir! —Se levantó enérgica y dispuesta a seguirlo.

—No.

—¡¿Por qué?! —No estaba dispuesta a permitir que los asesinos de Ichiro se cobijaran en la impunidad.

—Necesito que me hagas un favor muy grande e importante —le respondió apacible—. ¿Puedes proteger a Eiji?

Quedó sorprendida por aquella petición, pero después de asimilarlo un poco, comprendió que Himura la estaba tomando muy en serio al encomendarle la última voluntad de Ichiro.

—Cuenta con ello. —Sonrió estando totalmente comprometida.


Glosario

Kunais: herramienta japonesa del período sengoku. Originalmente utilizado como un instrumento de agricultura. Un kunai en las manos adecuadas podía convertirse en un arma multifunción, y debido a su extendido uso como tal está fuertemente asociado en la cultura popular con el ninjutsu y sus adeptos.

Haori: chaqueta tradicional japonesa que cae a la altura de la cadera o los muslos, de forma similar a un kimono.

Yakuza: es el equivalente del crimen organizado; es una mafia japonesa que data del siglo XVI.

Rōnin: término para referirse a un samurái sin amo.

Hakama: es un pantalón largo con pliegues (cinco por delante y dos por detrás) cuya función principal era proteger las piernas. Originalmente se confeccionaba con telas gruesas y con algún diseño patrón.

Posteriormente se convirtió en un símbolo de status o posición, algo que permitía distinguir rápidamente a un samurái.

Fuente Wikipedia


Notas

Sobre Eiji: el niño aparece en el anime como alguien de 12 años (así lo percibo yo). Sin embargo, en mi versión este cuenta con apenas ocho años y tiene una mentalidad más inocente y menos desafiante que el personaje original.

Muchas gracias por leer


Modificado: 14 de Julio del 2020

Última corrección: 21 de Julio del 2020

KHWeikath