II

—¿Qué es lo que está pasando? —se preguntó Misao en voz alta. Aún no tenía muy claro cómo había pasado de buscar a su señor Aoshi en Tokio a terminar escondida detrás de unos arbustos y abrazada a un niño que recién había perdido a su familia.

—Makoto Shishio —le respondió el niño.

No era del todo indiferente a ese nombre. Desde hace varios meses las palomas mensajeras llegaban con comunicados en donde se hablaba de él. Aunque los Oniwaban-Shu contaban con una red de información eficiente, nunca se habían consolidado fuentes que pudieran ser tomadas como de primera mano. Makoto Shishio aparecía y desaparecía de la faz de la tierra a su antojo sin dejar rastro alguno.

—¿Tú sabes qué es lo que sucede? —preguntó Misao.

—Shingetsu fue tomada por los hombres de Shishio y nadie ha querido ofrecer ayuda para liberar la aldea. —Eiji explicó, al mismo tiempo que enjugaba una de sus lagrimas—. Ichiro solo quería que todo volviese a la normalidad. Mira cómo acabo.

—Eso ha cambiado —le sonrió a la vez que estrechaba el abrazo entre elllos—. Himura va en camino y él es un hombre muy especial. El va ayudar a los aldeanos. Ya lo verás.

Ella también estaba dispuesta a ser de ayuda para los demás. Proteger a Eiji iba más allá de la orden que Kenshin le había otorgado. Lo hacía por empatía. Sabía que si algo así llegara a sucederle a los Oniwaban-Shu no podría lidiar con la tristeza y el desamparo. También porque no todo debía de ser batallar para demostrar fuerza y valentía. Ni siquiera estaba interesada en confirmarle a Himura que los Oniwaban-Shu eran grandes luchadores. Simplemente tenía un corazón y los recuerdos de cuando Aoshi, Hannya y Okina la habían protegido y tratado con mucho amor.

La atmósfera de «paz» que había en su escondite se terminó cuando escucharon varias pisadas cerca de ellos. Miró a Eiji y le hizo una señal para que se mantuviera en calma. Se asomó por una pequeña apertura que había entre las ramas y las hojas. Fue allí cuando descubrió que cerca de ellos se encontraba un grupo de hombres uniformados de negro. Los escuchó hablar acerca de que Kenshin había llegado a la villa. Mientras discutían sobre eso miraban hacia todas partes en clara señal de búsqueda.

—Pero parece ser que el destajador no vino solo —informó uno de los soldados.

Dejó de mirar por la apertura y se volvió hacía el niño.

—Todo va a estar bien —susurró y deshizo su abrazo para poder sacar un juego de kunais y acomodarlos entre sus dedos—. Pase lo que pase...—el crujir de la yerba al ser pisada, la puso en alerta: se estaban acercando—... todo va a salir bien.

—Tal vez solo sea una ardilla —comentó uno de los hombres.

—El señor Seta fue muy claro al advertir sobre los intrusos —puntualizó otro y eso dio pie a que el grupo pusiera más empeño en la pesquisa.

—Veré qué hay por aquí.

Los escuchó merodear entre los pastizales e incluso los vio buscar con la mirada entre las copas de los árboles; no iban a tardar mucho en inspeccionar los arbustos. De cualquier forma iba a dejarlos seguir con su búsqueda y tomaría al primer incauto que se atreviera a tocar una simple hoja de su escondite.

Y ese incauto no tardó mucho en aparecer.

Antes de que el hombre pudiera abrir los arbustos para confirmar qué era lo que había dentro, Misao salió de golpe ejecutando una patada de gancho. Su pie impactó en la quijada del sujeto y lo mandó a dormir sin darle tiempo de saber qué lo había atacado. En cuanto el cuerpo azotó, ella quedó frente a los cuatro hombres restantes. Decidió aprovecharse de la conmoción que se había formado por su ataque sorpresa y lanzó los kunais.

Había un ingrediente secreto en los pinchos que ella siempre usaba: veneno paralizante. Con su ataque, lo único que debía de hacer era sobrevivir y dar batalla hasta verlos caer rendidos.

—Eres un muchacho muy habilidoso —le dijo uno de los matones mientras se extraía del hombro el metal envenenado.

—Lo soy —aceptó orgullosa, porque sabía cuándo defender su feminidad y cuándo hacerse pasar por un varón para protegerse.

Su maniobra provocó que los hombres se mantuvieran precavidos y a la expectativa. Valiéndose de esa coyuntura, Misao saltó hasta apoyarse sobre la gruesa rama de un árbol. Se desplazó de forma silenciosa entre las ramas para buscar un buen ángulo de ataque. Cuando lo encontró, volvió a hacerse de un juego de punzones y fijó su objetivo. Impulsó su lanzamiento y se desprendió de ellos.

—¡Maldito chico! —gimió alguien y Misao los vio buscarla con desesperación entre los árboles.

No podía quedarse oculta porque Eiji aún estaba abajo. Así que volvió a desplazarse entre los árboles para aterrizar muy cerca de ellos y distraerlos. En ese momento la situación había dejado de ser grave, pues ya estaban condicionados por una segunda dosis de veneno.

Los más vivaces se acercaron y ella trató de esquivar sus ataques. La persecución provocó que los matones comenzaran a moverse con dificultad y a ejecutar movimientos torpes. Y solo hasta que el último de los hombres se derrumbó, Misao se dirigió hacia el escondite.

Estaba a punto de estirar los brazos para abrirse paso en los arbustos, cuando una rápida sombra apareció detrás de ella. Ni siquiera tuvo tiempo de encarar al enemigo, pues él Inmediatamente la tomó entre sus brazos hasta atraerla por completo a su cuerpo. Trató de liberarse, pero lo único que consiguió fue que la sujetaran del cuello y la estrujaran con más fuerza.

—Las artes del ninjutsu* siguen siendo muy eficientes en el ataque a larga distancia —le habló al oído y Misao se puso rígida—. Eres muy astuta. —Hundió la nariz en su cabello y aspiró—. Un varón no huele tan dulce. Por eso te encontré desde antes de acercarnos a tu escondite.

Misao se sintió presa en su propio territorio y frustrada por quedar como una inútil frente a otro ninja. Pero eso pasó a segundo plano cuando escuchó a alguien sollozar. Hizo un esfuerzo por dirigir su mirada hacia los arbustos y su corazón se partió. Los golpes y rasguños que se había hecho al pelear eran poca cosa comparada con la decepción. Himura había confiado en su fortaleza y ella había fallado.

—Es tiempo de integrar al amiguito que tienes oculto allí —se burló a la vez que desenvainaba su espada para abrirse paso en los arbustos.

Tuvo que cerrar los ojos en un intento por ocultar la vergüenza que le provocaba fallarle a Eiji. Recordó a Ichiro. Él había fallecido en paz por saber que su hermano iba a vivir hasta convertirse en un buen hombre. Abrió los ojos al recordar cómo el mayor había corrido con Eiji a cuestas y con un hombro destrozado. ¡Ella no podía dejarse vencer solo porque le estrujaran el cuello! Hannya le había enseñado cientos de veces a deshacer ese ataque. Hizo un rápido repaso de sus lecciones, hasta que... «La unión con la gravedad», descubrió.

—Tienes que vivir —musitó y Eiji levantó la cara al escucharla.

—Eres muy optimista —se burló su captor y volvió a pasear la nariz por su cabello y su cuello.

Mientras que él se aprovechaba, ella llevó ambas manos al brazo del hombre y echó el torso hacía delante. A pesar de que era menuda, plantó con todas sus fuerzas los pies en el suelo y lo aventó al piso. Cuando vio que el sujeto había caído con las piernas abiertas, no lo pensó por mucho tiempo y asestó una dura patada en su entrepierna. Eso último no lo había aprendido de su maestro. Lo aprendió cuando vio a Okon hacerlo después de que un cliente del Aoyia tratara de tocarla.

El hombre hundió la cara en el pasto buscando ahogar un bramido y soltó su espada para llevarse ambas manos a la zona resentida. Misao tomó el sable y apunto hacia él. Mas no tardó en sosegar su enfado y en recapacitar que la idea de asesinar a alguien no iba con ella. Era escurridiza y no necesitaba recurrir al asesinato para salir de apuros. Así que lanzó el sable muy lejos de su dueño y afirmó triunfante:

—Formé parte del Oniwaban-Shu y mientras yo proteja a este niño, nadie podrá ponerle las manos encima.

—¡Qué heroica! —respondió con sarcasmo—. No llegaras muy lejos. Estarás acabada cuando el señor Seta te encuentre.

Misao no iba a dejarse amedrentar y perder el tiempo preocupándose por las amenazas de alguien derrotado. Se dirigió hacia Eiji para ayudarlo a levantarse y poder tomarlo de la mano.

—Se acabó —le dijo y su sonrisa se ensanchó—. ¡¿Viste esa batalla?! Te dije que iba a protegerte.

—Pero te han hecho daño —le señaló el rasguño que le habían hecho en el cuello.

—Oh... ¡No es nada! —lo tranquilizó—. ¿Tú estás bien?

El niño asintió.

—¡Perfecto! —Festejó Misao—. Ahora debemos de huir.

*

Cuando alcanzó a Kenshin en la villa Shingetsu, lo encontró batallando contra un gigante de cabeza cónica. La tormenta de arena provocada por la persecución entre ambos contendientes hizo que Misao y Eiji se mantuvieran detrás de unos barriles de agua que estaban en uno de los costados de la calzada principal.

Al poco rato se escuchó un grito gutural, la tierra tembló y la nube de arena no tardó en disiparse. Misao se frotó los ojos para aliviar las molestias del polvo y después se enfocó en el campo de batalla. Senkaku había terminado en el suelo, con ambas manos sujetando una de sus rodillas y berreando de dolor.

Escuchó a Kenshin explicar las consecuencias de aplicar una sobrecarga de velocidad en un cuerpo con gran peso. Cuando el intercambio de palabras entre los dos peleadores terminó, Misao salió tomada de la mano de Eiji y corrieron para encontrarse con el pelirrojo. Sin embargo, ambos frenaron cuando se percataron de que la mirada del samurái aún reflejaba enfado.

—¡Que impresionante es, señor Himura! —se escuchó a alguien felicitar con un tono amistoso.

Misao volteó hacia donde Kenshin miraba y se encontró con un alegre muchacho vestido de azul que se aproximaba a ellos.

—¿Quién eres tú? —inquirió Kenshin.

—¡Oh! —el rostro jovial del recién llegado adquirió una expresión de sorpresa—. Disculpe mi poca educación. Soy Soujiro Seta, señor. Trabajo como mano derecha del señor Shishio.

Misao se quedó quieta y los ojos se le agrandaron por el asombro. Retrocedió un paso para no interferir en el contacto visual que tenían ambos hombres y para analizar al recién llegado. No había pensado en la amenaza que le habían hecho, pero cualquiera imaginaría a su verdugo como un gigante con la cara de maloso. Soujiro Seta no tenía ni un poco de maldad en sus ojos alegres y era «menudo». Dudaba que fuera un gran luchador.

—Fuiste tú quien asesinó al ministro Okubo —acusó Kenshin después de hacer un repaso por sus recuerdos del catorce de mayo.

—No sea ingenuo —se burló el acusado—. Todos saben que los Satsuma* lo hicieron. Yo solo estoy encargado de darle una calurosa bienvenida a la villa del señor Shishio.

—He venido por él.

—No creo que eso pueda ser posible. —Sonrió y avanzó hasta quedar a lado de Misao—. El señor Shishio ya se encuentra muy lejos de aquí.

Misao dejó de pensar en su «sentencia de muerte» y vio a su verdugo con enfado. Ese chico era un engreído y les había hecho el camino imposible para que Makoto Shishio se escapara por la puerta trasera. El muy cobarde.

—No se aflija —pidió Soujiro al tiempo que desenvainaba su espada—. Aún puede alcanzarlo, pero antes de hacerlo tiene que derribarme.

Eso debía de ser una broma, pensó ella con desgano. ¿Cuánto más tendrían que batallar para salir de esa aldea?

—¡Acaba pronto con él, Himura. No hay tiempo que perder! —animó de forma repentina. Estaba segura de que Soujiro Seta no podría contra el legendario Battusai.

Con sus repentinos animos solo consiguió captar la atención de Soujiro. Sentirlo sobre de sí, a sabiendas de sus antecedentes, le hizo retroceder un poco. Esos ojos alegres le causaron un escalofrío.

—Estoy de acuerdo con ella —reconoció y volvió a prestar atención a Kenshin—. No quiero perder el tiempo. Deseo encontrarme con el señor Shishio lo más pronto posible.

Ambos hombres terminaron frente a frente, sosteniéndose la mirada por un largo rato. Kenshin se mostraba indeciso, mientras que el otro estaba tranquilo y sonriente ¿acaso no sabía quién era Battusai?

Himura devolvió la espada a su vaina sin dejar de mirar con severidad a su oponente. Misao se llenó de pánico ante la posibilidad de que se rindiera, pero el sonido de una segunda espada siendo envainada le hizo ser consciente de que ambos hombres estaban adoptando la misma postura de combate.

Lo que sucedió después fue difuso. Ambos hombres desaparecieron frente a sus ojos hasta encontrarse con el estruendoso choque de sus espadas. Quedó deslumbrada al ver un destello salir disparado de entre ambos peleadores. Cuando el «destello» se clavó en el suelo se dio cuenta de que era la mitad de una espada. Misao miró a Kenshin con la esperanza de verlo conservar intacta su espada de filo invertido. Se puso rígida cuando vio que su amigo conservaba un sable quebrado por la mitad. Negó con la cabeza varias veces, se rehusaba a creer que Soujiro Seta lo derrotara.

—Creo que este juego terminó. —Soujiro sonrió y antes de enfundar la espada, descubrió que el instrumento había sufrido varias fracturas. Con una preocupación fingida, agregó—: Mire lo que le ha hecho a la espada del señor Shishio. Será otra razón para que él quiera matarlo.

Misao gruñó y dio un paso para encarar a Soujiro, pero Eiji, quién había permanecido a su lado durante todo ese tiempo, le tomó del brazo para contenerla. Cuando se tranquilizo y comprendió que Soujiro estaba desarmado, se sintió feliz por ver que todo había terminado.

—¡Eso estuvo muy bien, Himura! —gritó saltando de alegría.

—Tengo un último mensaje, señor Himura. —Soujiro notificó y Misao dejó de celebrar—. El señor Shishio desea ver a «Battusai» en Kioto. Fue muy claro al decir que quiere enfrentarse con el destajador. Eso es todo.

Cuando el chico comenzó a alejarse, Misao miró con pena el pedazo de metal clavado en el suelo y se acercó a Kenshin con pasos lentos.

—¿Estás bien? —preguntó y se preocupó al ver que el vagabundo no dejaba de ver a Soujiro ir a lo lejos.

—Estoy muy bien, Misao. —Kenshin se volvió hacia ella—. Hemos echado de esta villa a los hombres de Shishio y eso me hace feliz.

Le sonrió y ella correspondió a su felicidad. Kenshin era un hombre noble. Sin embargo, por un momento, miró a Soujiro a lo lejos.

Se había equivocado con él: era muy fuerte.


Glosario:

Ninjutsu: también conocido como Shinobi-jutsu, y como ninpō, es el arte marcial japonés del espionaje y guerrilla.

Sobre Okubo Toshimichi y los Satsuma:

Okubo Toshimichi fue un estadista japonés y samurai de Satsuma y uno de los Tres grandes nobles que condujeron la Restauración Meiji, hecho que causó su asesinato. Es recordado como uno de los principales fundadores del Japón moderno.

Con la derrota de las fuerzas de Satsuma, Ōkubo fue considerado un traidor en su provincia y para la mayoría de los antiguos samurái. El 14 de mayo de1878 fue asesinado por Shimada Ichiro y otros seis samurái de Satsuma mientras iba camino a Tokio.


Respuestas a los comentarios

Kaoru Tanuki:

Hola

Me encuentro muy halagada por tus comentarios. Honestamente no pensé que mi fic encontrará tan rápido a un lector, pero estás aquí alimentando la motivación de mi loca imaginación.

Como puedes ver sí hubo unas cuantas miradas e inquietudes por parte de Sou y Misao, pero hasta ahora todo es extraño para ambos. Estoy tratando de que la relación parezca lo menos forzada posible.

Muchas gracias por tus comentarios.

Un abrazo y saludos


Modificado el 18 de Julio 2020

Publicado el 26 de Julio 2020

KH Weikath