IX
Soujiro no había encontrado la forma adecuada de entablar una conversación, pero en la marcha hizo un descubrimiento interesante: Misao no necesitaba motivaciones para hablar. Era alegre y parlanchina; más de lo que estaba acostumbrado a ver en una persona. Y aunque no había abierto la boca para contarle sus secretos, encontró entretenido —y hasta interesante— escuchar sus aventuras como viajera.
El viaje al centro de Kioto no era tan largo; pero caminar estando herida ralentizaba por mucho la marcha y hacerlo en verano hacía de la experiencia una pesadilla. No había nada de acogedor en las superficies húmedas y frías, el calor insoportable durante el día y los mosquitos. Sin embargo, Misao había enfrentado todas esas incomodidades con buen humor y sin miramientos a la hora de dormir en el suelo o ensuciarse las manos para conseguir comida.
Soujiro trató de ser severo al hacerla caminar sin descanso, pero ella había seguido el ritmo de su marcha sin quejarse. A veces con una mano sobre su costado lesionado para tratar de menguar el dolor, pero siempre decidida a no ceder. Tal vez aún no obtenía la información que quería, pero había conseguido revelaciones interesantes; revelaciones de una Misao más fuerte de lo que él se había imaginado.
Era la primera vez que veía a una chica soportar tanto.
Llegaron a su cabeza los recuerdos de una Yumi quejumbrosa y malhumorada durante las caravanas nocturnas. No importaba que fuera cabalgando abrazada a Shishio, siempre se quejaba de los calambres que sentía en el trasero por ir sentada tanto tiempo. Eso era porque ella era una dama delicada y necesitaba tratos especiales.
—Soujiro. —Misao lo llamó, pero él la ignoró y siguió caminando. Resistente no significaba indestructible, así que ya sabía que ella iba a exigirle uno de sus necesarios descansos—. Escúchame… —Su voz entrecortada y jadeante la delataba, pero él no iba a parar así estuviera a rastras tras él.
—No, señorita Misao —apuntó sin detener sus pasos.
—¿Por qué no?
—Porque ya estamos cerca del primer pueblo. —La miró por encima de su hombro y le sonrió—. Por favor espere un poco más.
Los ojos de Misao brillaron por la noticia, su pinta sonriente regresó y apresuró sus pasos para alcanzarlo y caminar cerca de él.
—Lo tomaré como una promesa —aseguró con una voz cantarina que, hasta ese entonces, él desconocía.
—Creí que estaba cansada. —Extrañado, bajó el ritmo de sus pasos para poder apreciarla. La chica cansada y jadeante que había escuchado hace tan solo unos segundos era una representación muy lejana de la Misao entusiasta y sonriente que tenía cerca.
—Y en verdad lo estoy. —Fue honesta, pues solo ella sabía que estaba haciendo un último esfuerzo con las pocas energías que le quedaban—, pero me he puesto feliz porque pronto estaremos entre algo más que árboles y ardillas. ¡¿Sabes qué es lo que haré en cuanto lleguemos?! —Preguntó olvidando sus aflicciones y sin esperar respuesta, prosiguió—: comeré en el primer restaurante por el que pasemos. ¡Podría comer un plato de sopa de este tamaño! —Extendió sus brazos por completo, sin disculparse por golpear uno de sus hombros al hacer dicho movimiento—. De solo pensarlo se me hace agua la boca —canturreó llevándose ambas palmas a sus mejillas y negando con la cabeza sin dejar de sonreír.
—Haremos una parada para conseguir agua y alimento —le dio la razón—. ¡Ah! Y para que pueda hacerse algo en la lesión que tiene. Sin embargo, haremos todo eso sin perder el tiempo.
El rostro sonriente de Misao se desencajó al saber que su «descanso» no sería otra cosa más que caminar lento y sentarse, a lo mucho, quince minutos. Había descubierto que Soujiro tenía una inclinación religiosa por el deber. Incluso se atrevió a pensar en que probablemente toda su vida se reducía en obedecer a Shishio.
—¡¿Por qué?! —Reprochó sintiéndose de nuevo exhausta—. Me has traído sin tregua alguna. Necesito descansar. ¿Lo entiendes? ¡Quiero descansar! —gritó furiosa.
—Creí que quería llegar a casa lo más pronto posible —replicó él con toda tranquilidad.
—Bu… bueno —titubeó por la solidez de su argumento, pero no tardó en contraatacar—. Y yo creí que no me maltratarías.
—Y no lo he hecho, señorita Misao.
La había dejado en su algarabía, no la había silenciado y mucho menos le había puesto una mano encima o amenazado con su espada. Cumplía el acuerdo de forma cuidadosa y sin bajar la guardia.
—Pues privarme del descanso no es precisamente un buen trato.
—¿Está tratando de manipularme? —insinuó divertido.
—¡Claro que no! —Se defendió al instante—. Estoy reiterando las condiciones de nuestro viaje.
—Sera una parada breve y se acabó —sentenció indiferente a sus reclamos; indiferente a sus necesidades porque ese no era problema suyo. Insistía en que viera a un doctor porque no quería prolongar más el viaje; porque la necesitaba sana para que fuera eficiente.
—De ninguna manera. —Misao se cruzó de brazos y se detuvo—. Nos quedaremos y punto final.
—No creo que pueda entretenerse en un lugar como este. —Intuyó cuando vio el modesto paisaje del lugar.
Los ánimos de Misao se vieron afectados en cuanto sus ojos se encontraron con las casitas y los cultivos. Era una versión muy apagada de lo que su imaginación había concebido como civilización. Se preguntó en dónde estaban las luces, el aroma a té y la paz nocturna con la que lograba entretenerse desde la ventana de su habitación en Kioto.
—Genial… —susurró desilusionada.
—Vamos ya —animó Soujiro dirigiéndose a la entrada del pueblo—. Parece ser un lugar con los recursos necesarios para subsistir —atribuyó mirando a su alrededor.
—Adiós restaurante —se quejó Misao caminando encorvada, ignorándolo. Solo hasta que él extendió su brazo frente a ella, levantó la cara disgustada y preguntó—: ¿Ahora qué es lo que quieres?
—Ni un paso más —amenazó la voz tonante de un hombre que se encontraba detrás de ellos.
La tranquilidad de Misao se fue en un suspiro. Porque una cosa era vagar a mitad del bosque sin amenaza alguna, y otra era que los problemas llegaran a ellos servidos en charola de plata.
Antes de obedecer la orden del sujeto, miró de reojo a Soujiro y lo vio sonreír. La desconfianza se apoderó de ella y un escalofrío recorrió su espalda. Esa era la misma sonrisa confiada que vio en él antes de saltar juntos por la ventana; era el preludio de una matanza. Entonces, alarmada, pensó en gritarle a ese hombre que huyera muy lejos, que Soujiro era alguien peligroso y le haría daño.
—Buenas noches, señor. —La frescura de la voz amable de Soujiro provocó que el corazón de Misao se sobresaltara. Ni siquiera se fijó en el extraño que les impedía seguir, sus ojos se quedaron extraviados en su perfil juvenil y pensó que aquella cara podía reflejar muchas cosas, menos el rostro de un asesino.
—¿Quiénes son? ¿Qué es lo que quieren aquí? —interrogó el hombre ignorando por completo el saludo cordial, asegurando el agarre de la espada vieja que sostenía apuntando hacia ellos.
—Esas son preguntas demasiado complejas para dos personas que se encuentran perdidas, señor. —Apacible, así se mantenía con esa sonrisa y mirada amena.
—¿Por qué llevas esa espada? —El sujeto volvió a ignorarlo y señaló con la cabeza el arma que llevaba sujeta en la cadera, entrecerrando los ojos con sospecha.
—¡Ah! ¿Está espada? —Se hizo el desentendido. Cuando Soujiro desenvainó el sable, Misao sintió que los cabellos se le ponían de punta. Ese era el momento en el que debía de salvar la vida del aldeano, pero se mantuvo quieta y lo escuchó declarar con modestia—. La tengo por la misma razón que usted: mera protección.
Los ojos de Misao se movían de un lado a otro, rebotando entre el rostro dubitativo del hombre y el amigable semblante de su compañero de viaje. Y se llevó una gran sorpresa cuando vio que las elocuentes mentiras de Soujiro habían logrado embaucar al aldeano, pues este bajó la guardia guardando su espada y quitándose el sandogasa* que llevaba en la cabeza.
—Mi nombre es Akihiro. No suele haber tanta vigilancia en nuestro sendero principal —explicó—, pero los yakuzas han saqueado nuestras casas desde hace unas semanas y nos hemos organizado para proteger nuestras entradas principales. Hay que ser cuidadosos con ellos, siempre vienen a robar dinero, arroz y mujeres. —Dedicó una rápida y discreta mirada a Misao que no pasó desapercibida para Soujiro, quien enfundó su espada y con toda confianza la tomó de la mano para tirar de ella con suavidad. Haciendo pasar esa acción como un gesto de protección.
—¿Ahora ve por qué llevo esta espada? —Se explicó solemne, como si realmente fuese un hombre dispuesto a protegerla—. Solo queremos regresar a casa.
Misao seguía embobada por la forma en la que él manejaba la situación; por la manera en la que era capaz de mimetizarse entre las personas ordinarias y hacerse pasar por alguien de bien. Soujiro parecía ser un maestro en la mentira y llena de pánico se preguntó si su plan de entregarlo a la policía se vería eclipsado por un engaño maquinado por él y que fuera más malévolo.
—¿Es su esposa? —preguntó Akihiro logrando sacar a Misao de sus tribulaciones para hacerla negar con la cabeza una y otra vez.
—¿Esposa? —Soujiro rio—. No, señor. Misao todavía es una niña…
Ella volvió a quedarse quieta por sus palabras. Ya estaba acostumbrada —y, hasta cierto punto, a gusto— con su fama de muchacho. «Niña» era una palabra muy lejana. Ni Okina, quien era la única persona que se refería a ella con palabras tiernas, la llamaba así. Pero lo más inquietante había sido la forma en la que él se había expresado: suave y sin un asomo de burla; como si ser una niña tuviese algo de especial.
—Y está lastimada —continuó—. Le agradecería si nos indicara en dónde podemos encontrar la clínica más cercana. ¿No es así, Misao?
Pero ella no respondió, su mirada seguía puesta en él y ni siquiera salió de su ensoñación cuando la llamó por segunda vez. Solo hasta que apretó su mano, volvió en sí.
—¿Ah? —fue lo único que articuló.
—Le decía al señor Akihiro que estás lastimada —le explicó y después se dirigió al hombre—. Lo que pasa es que la ha asustado al decir que los yakuza rondan la zona.
—Lo veo… —Akihiro asintió—. La clínica está doblando en la siguiente esquina. El médico falleció la semana pasada, pero su mujer aún atiende el negocio.
—¡Perfecto! —Soujiro aseguró el agarre de sus manos entrelazando sus dedos con los de Misao y ella sintió el calor acumularse en sus mejillas—. Iremos allá ahora mismo. Lamento mucho haber causado este inconveniente —hizo una corta reverencia con la cabeza.
—Busquen un lugar en donde pasar la noche. Es mejor estar seguros —sugirió con una sonrisa.
—Así será —concluyó Soujiro.
Caminaron sin mostrar prisa y él no soltó su mano en ningún momento. Una parte de ella se sintió aliviada por ver que no le había hecho daño al aldeano, pero a los pocos segundos, cuando tuvo noción del contacto que mantenían, se sintió azorada. ¿Por qué siempre tenía que terminar pegada a él?, pensó con fastidió y forcejeó para lograr zafarse de su agarre; sin embargo, lo único que consiguió fue que él apretara un poco más su mano sin llegar a lastimarla.
—No es momento para uno de sus escándalos —acotó sin dejar de mirar al frente—. Aún estamos siendo vigilados y hay que mantener las apariencias. Así que será mejor que esté luciendo como alguien asustada por la presencia de los yakuza.
No estaba asustada, pero sí desconcertada. Le había prohibido tomarse esas confianzas. ¿Quién se creía para estarla tocando cada que se le antojaba o, peor aún, para usarla como objeto de sus mentiras?
¡Ah! Y también la había llamado escandalosa.
Y lo peor era que después de todo… él tenía razón. Eran muchas las miradas ocultas que estaban dirigidas a ellos. Armar una pelea en medio de tantos espectadores no era lo más adecuado cuando él ya había dejado en claro que ambos eran buenos compañeros de viaje. Así que solo por esa vez se prestaría a la simulación y lo dejaría pasar.
—Creo que se acabó. —Soujiro concluyó al momento en que doblaron sobre la primera esquina—. Ya no necesitamos seguir fingiendo —le soltó la mano con gran indiferencia y comenzó a caminar.
—Menos mal. —Suspiró aliviada porque ya no estaban «juntos»—. Eso estuvo cerca —se dijo a sí misma y lo miró. Allí iba tan quitado de la pena en su andar y aun así era uno de los hombres más peligrosos de Japón.
—No se quede atrás, señorita Misao —la llamó sin mirarla y ella gruñó. Era un arrogante y detestaba que siempre le hablara con ese tono tan cordial y educado.
—Tienes muchas preguntas que responder, Soujiro Seta —amenazó cuando por fin lo alcanzó.
—Pensé que seguía sumida en la pena por no poder cenar en un restaurante —comentó y ella se cruzó de brazos.
—Tienes mucha suerte de que me olvide de las penas muy rápido.
—De acuerdo —respondió divertido y retomó lo primero que le había dicho—. ¿Qué es lo que desea preguntarme?
Misao se llevó una mano a la barbilla y lo miró por el rabillo del ojo. ¿Por dónde debería de empezar?, se preguntó considerando que él era un extraño en todos los aspectos. Y aunque lo principal fuera indagar sobre su agilidad para mentir y el motivo de su «compasión» con Akihiro, había otras cosas que eran aún más inquietantes: ¿Cuántos años tenía?, ¿por qué estaba ayudando a Shishio?, ¿tenía pasatiempos que no implicaran matar u obedecer las órdenes de un tirano?
—¿Por qué lo dejaste con vida? —preguntó guardándose todas esas dudas para después y tratando de sonar lo más desinteresada posible.
—Para pasar desapercibido hay que ahorrarse problemas innecesarios —le respondió con naturalidad—. ¿Se imagina lo mal que nos vendría tener que ser perseguidos por dejar un cadáver a mitad de nuestro camino? Eso sin contar la revuelta que estaríamos pasando en este momento si hubiese matado a ese aldeano.
—No deberías de ser tan indiferente —replicó molesta por su egoísmo y por el tono de su voz cuando mencionaba la palabra «cadaver»—, él solo deseaba proteger a su propia gente. Esos yakuza son como un obi mal amarrado: una lata. —Chocó uno de sus puños con su palma—. Si me llego a cruzar con uno de ellos…
—Los yakuza son resultado del fallido sistema que se ha consolidado con la era Meiji al prohibir el uso de espadas —expuso con voz seria—. Era predecible que se formara una organización criminal a partir de la marginación hacia la milicia samurái, porque ¿qué es lo que sucede cuando desechas a expertos en el arte de la espada? Revueltas y delitos menores, eso es lo que pasa. De alguna manera los yakuza buscan poder para sobrevivir en una era en donde pelear con una espada ya no deja dinero —explicó mientras buscaba con la mirada la clínica del poblado.
Misao se quedó admirada por ver que Soujiro no era un estúpido. Su análisis casi le había sonado como uno de los discursos compuestos por su abuelo.
—Luce muy tranquila a sabiendas de lo que ellos pueden hacerle a niñas como usted —insinuó al verla tan callada.
—Yo no le tengo miedo a los yakuza —replicó orgullosa.
—Eso me imaginé —reconoció y se detuvo frente a una de las casas—. Me parece que es aquí.
Ella había estado tan concentrada en los últimos acontecimientos que había olvidado que verían a uno de los personajes más temidos para ella: el médico. No le gustaban los doctores, boticarios o curanderos. Lo único para lo que se recurría a ellos era para lidiar malestares con más suplicio. Los menjurjes de horrible sabor, la manteca pegajosa de los ungüentos y la sangre, eran las únicas cosas que ellos tenían para ofrecer.
Siempre había estado agradecida de que su cuerpo fuera joven y fuerte porque ella misma podía curarse de todos sus rasguños y golpes. No necesitaba que alguien más la torturara o la sometiera a vergonzosas inspecciones. Pero estaba con Soujiro Seta —su enemigo— y no podía mostrarse débil frente a él.
—¡¿Qué crees que estás haciendo?! —regañó en el momento en que lo vio querer tocar la puerta.
—¿Ah? —Él detuvo su acción y la miró—. ¿Qué es lo que parece? Llamaré al médico.
—¡No! —Se acercó enfadada y sentenció—: apártate que yo lo haré. Después de todo yo soy la paciente.
—Está bien. —le cedió el lugar frente a la puerta.
Misao tragó duro, estaba nerviosa. ¿Cuándo había sido la última vez que había visto a un médico? Debió de ser hace mucho porque no lo recordaba. Siempre se había sentido tan sana y fuerte que no necesitaba de ninguna medicina.
—¿Qué espera, señorita Misao? No es una cosa tan complicada—intervino sin mostrarse impaciente.
—¡Ya voy! —Reclamó mirándolo con enfado y tocando la puerta con tres golpecitos firmes.
Al paso de unos minutos se escuchó el seguro de la puerta de madera y cuando esta se abrió lo primero en asomarse fue una brillante linterna. Cuando ambos enfocaron su vista y la puerta se abrió por completo se reveló la figura de una mujer mayor. Ella levantó las cejas haciendo un esfuerzo por abrir sus ojos cansados y con sus manos temblorosas acercó más la linterna a ellos para poder verlos mejor. La luz los iluminó y ella sonrió.
—¡¿Eres tú Nabiki? ¡Y vienes con Hisao! —habló efusiva.
Ambos se miraron extrañados y Misao se acercó a la abuela para aclarar las cosas.
—No señora, soy Misao y vengo con… —Miró con resignación a su compañero—…con Soujiro.
—¡Ah! —Se decepcionó—. Disculpen. A mitad de la noche y en la oscuridad ya no puedo distinguir quién viene a mi puerta. Mi nombre es Aiko ¿Qué se les ofrece?
—No hay problema —Ella respondió con voz comprensiva—. Venimos porque necesito un remedio para aliviar el dolor de un golpe.
—¡Ah! —El rostro de la abuela volvió a iluminarse y les dedicó una sonrisa coqueta —. ¡Negocios! Me encanta hacer negocios.
—Sí —confirmó Misao nerviosa.
—Pasen por aquí, por favor —les pidió abriendo la puerta por completo e indicándoles que entraran.
—Será mejor que no intentes hacer algún daño —advirtió Misao antes de entrar, dedicando una mirada inquisidora a Soujiro, quien levantó las manos en señal de paz.
—¿Quiénes son Nabiki y Hisao? —preguntó él mientras se adentraban en la casa.
—Son mis hijos —respondió Aiko mientras abría la puerta del consultorio—. Viven en Hokkaido y hace mucho que no los veo.
Misao comprendió que el tema de los hijos era un asunto delicado. Aquella mujer acababa de enterrar a su marido, era razonable que esperara la visita de sus hijos ante la muerte de quien sería el padre de aquellos dos desconsiderados.
—¿Y por qué no va a visitarlos? —cuestionó Soujiro mientras inspeccionaba con la mirada el consultorio. Su exploración se vio interrumpida cuando sintió un tirón en una de sus mangas. Miró a Misao y ella lo reprendió con la mirada—. ¿Ahora qué hice? —le contestó divertido.
A ella no le sorprendía su poca empatía, pero ¡¿cómo se atrevía a ser tan cruel con una mujer mayor?! Hokkaido quedaba muy lejos. Aquella pobre abuela a duras penas sabía moverse dentro de su casa y él sugería algo tan descabellado como viajar.
—Vamos a revisar ese golpe que tienes —advirtió Aiko.
—No, en verdad que no lo necesito. Con la pomada estaré bien. —rebatió Misao soltando la manga de Soujiro de golpe para negar con las manos y retroceder nerviosa.
Aiko negó con la cabeza, le señaló la camilla para instarle a sentarse sobre de ella y se lavó las manos antes de acercarse. Cuando estuvo cerca, inmediatamente llevó ambas manos tras su espalda y deshizo el nudo de la yukata gris. Para ser una mujer mayor, sus manos eran ágiles y se mostraba muy segura a la hora de realizar su trabajo.
—¡Pare! —Vociferó Misao y Aiko detuvo la acción de abrirle la yukata, quedando a la expectativa de su paciente—. ¿Piensa hacer esto frente a él? —señaló con la mirada a Soujiro y Aiko se giró para verlo.
—Sabe algo sobre las relaciones entre hombres y mujeres que yo no puedo entender —respondió Soujiro con los brazos cruzados desde su esquina y después salió del consultorio, no sin antes dedicar una sonrisa a ambas mujeres.
—Es un muchacho simpático —declaró Aiko ya estando solas.
—No sabe lo que dice —susurró Misao.
—¿Qué cosa?
—Nada, no dije nada —finalizó.
NOTA DE LA AUTORA
Hola ¿Cómo están? Espero que se encuentren muy bien
En el capítulo anterior, cuando Soujiro se cambia de ropa, todas nos quedamos con la idea de que Misao es pervertida. Cuando yo escribí esa escena también pensé lo mismo, pero luego recordé que la historia está sucediendo en una época en donde a las mujeres se les reprime sexualmente. No es que Misao sea pervertida, es que señala lo que está prohibido para su sexo; señala la forma en que no debe de ser tratada. Lo que pasa es que nosotras interpretamos las cosas con nuestra mentalidad (en estos tiempos podemos decir que somos un poco más abiertos a esos temas).
¿Qué es lo que pensó Soujiro? Realmente él minimiza esas cosas porque no sabe sobre las normas sociales. Por mucho que Shishio lo haya educado, él creció aislado de la sociedad y es algo que se le señala en el anime: no sabe sobre la vida real. Por eso es que la tacha de ser "extraña".
RESPUESTAS A LOS COMENTARIOS
A s t r i d. Dz:
Me gusta que no puedas predecir la relación entre ellos (me encanta, me encanta) porque eso me hace saber que el camino por el que los llevo es interesante y nuevo. La verdad es que en este capítulo no piensan mucho en el documento, tampoco lo harán en el siguiente, pero sucederá muy pronto porque su viaje no es muy largo. "Que estás atado a mí y yo a ti", este par ya está sentenciado desde los acontecimientos en la villa Shingetsu, pero aún no lo saben.
Sobre la escena de Soujiro y su ropa, no, él no piensa que sea una morbosa, solo es rara jaja.
Me encantan tus hipótesis de la historia y creo que has tocado con algo clave: Soujiro no sabe sobre situaciones sentimentales, a diferencia de Misao que es muy intensa y sociable. No puedo contarte de quién va a aprender sobre el amor, pero ya llegara el momento en el que lo descubran.
Sweetly Weightless Mind:
Owww en verdad me halaga mucho que puedan ver potencial en el desarrollo de estos personajes como pareja. Yo también me siento a la expectativa cuando me pongo a escribir y tardo mucho porque en verdad trato de que los personajes estén lo más apegados a su papel original.
Me hace feliz que disfrutes leer mis entregas.
Kaoru Tanuki:
Lo que más me alivia, después de todo el drama que me armé, es que la idea es entendible. Siento dejar a Kenshin a un lado porque me encanta, pero sí tendrá sus apariciones importantes. Solo que aún no es el momento.
Es imposible no ponerle momentos graciosos cuando está Misao dentro del show. Es muy simpática e incluso Soujiro la considera agradable (cuando no es una lata ruidosa). Lo que me gusta de juntarlos es que él, por su personalidad, puede tolerarla sin reprimirla o fastidiarse. Sou lo dijo: es muy difícil que algo lo haga enfadar.
¡Ay no! Sobre el documento. Bueno, ahorita no han hablado de él y tampoco lo harán en el siguiente episodio, pero hay que considerar que su viaje es cortito. Así que pronto se decidirá quién se lleva la victoria.
Yo creo que les va a tomar tiempo dejar de pensar en sus tutores (Shishio y Aoshi), para echarle ganas y entender otras cosas sobre la vida.
Muchas gracias a todas por sus comentarios. Espero que les haya gustado esta entrega y que pronto podamos leernos.
Un abrazo y mis mejores deseos para todas.
K.H Weikath
Publicado: 27 de Septiembre del 2020.
