—¡Vamos mocoso es hora de trabajar inútil!—
Rusia recibió una patada en las costillas, no hizo ningún ruido porque si lloraba o mostraba debilidad sería mucho peor, lo había aprendido a la fuerza hace mucho.
Salio del establo donde dormía pero los caballos vivían mejor que él, apenas tenía una manta y dormía en el suelo frio y duro, ni siquiera tenía un pajar sobre el que dormir. Al menos sus hermanas vivían mejor en la casa de campo de unos campesinos, pero Mongolia prefería tenerlo vigilado de cerca.
Con dificultad Ivan salió del establo a hacer sus tareas le dolía todo el cuerpo pero el dolor ya era un compañero conocido para él.
A lo lejos vio a Mongolia, apretó los puños con odio pero se contuvo si no sería peor para él y Enkhtuya había aprendido a que amenazando a sus hermanas era más efectivo.
Pero por alguna extraña razón Mongolia actuaba forma extraña, miraba el horizonte poniendo una mano sobre sus ojos para hacer sombra, hacía frio pero el general de invierno no le afectaba (para consternación de Rusia) y se paseaba como esperando a alguien. Enkhtuya notó su presencia y le dedicó la misma mirada que estaba acostumbrado, fría e indiferente la mayoría de las veces lo trataba de forma cruel y brutal pero otras lo ignoraba.
Rusia deseaba muchas veces sacarle los ojos.
—Conque por fin te has levantado ¿eh? Eres perezoso si no fuera porque viene visita te enseñaría a levantarte enseguida—
Ignorando el malestar Rusia le preguntó—¿Y a quien espera señora?—
—A alguien como nosotros—
Eso lo sorprendió, no muchas naciones se atreverían a ir a ver a la temible horda de oro, China había sufrido tanto a manos de Mongolia que apenas se atrevía a encararla pero era un compañero que lo había ayudado en esos difíciles tiempos.
Había una tormenta de nieve y al principio no se veía nada pero poco a poco se vio una figura que avanzaba pesadamente entre la nieve, Ivan no lo veía bien ya que estaba cubierto de pies a cabeza de un abrigo y llevaba un gorro de piel.
Cuando llegó a ellos Mongolia lo llevó a una estancia cálida finalmente la personificación, (que es lo que percibía Rusia), se quitó el pesado abrigo rebelando a un hombre de mediana edad.
Rusia nunca imaginó así al invitado de Enkhtuya de tez pálida su pelo era castaño y sus ojos eran de verde parecido al bosque, delgado pero no de forma exagerada y de mirada amable.
El hombre se sorprendió del pequeño que había allí en el rincón y lo saludó.
—Hola—dijo amablemente—Soy Aras un placer—
Rusia se sorprendió hacia mucho, que nadie aparte de sus hermanas lo trataba con amabilidad.
—Hola—dijo vacilante.
Mongolia apareció en ese momento—Aras no pierdas en tiempo con el vamos a tomar algo—se volvió hacia Rusia—Ve a buscar una bebida caliente para nosotros enseguida—
Rusia obedeció y se apresuró, mientras se iba Aras miraba con reproche a Mongolia.
—No deberías tratarlo así, es solo un niño y su aspecto...¡es horrible! ¿así tratas a los que están bajo tu mando?—preguntó incrédulo de la crueldad de la mujer.
—Tú no sabes como funcionan las cosas entre naciones Aras eres un conjunto de tribus además ese chico me causa problemas—
El hombre frunció el ceño—Puede que no sepa como son las cosas en el resto del mundo pero he vivido lo suficiente y así no se trata a un niño ¿no ves que crecerá para estar lleno de odio?—
Enkhtuya torció el gesto—¿Y que hay de malo vivir así?—
—Lo que hay de malo es que es así no será feliz eso es vivir con un veneno que te afecta a ti y a los de a tu alrededor y ese chico acabará igual que tú—
Mongolia le lanzo una mirada espeluznante a la otra personificación pero luego sonrió.
—Eres de los pocos que me dicen las cosas en la cara, a la mayoría los habría matado pero tú me caes bien así que la próxima vez procura no ser así de impertinente—
El hombre suspiró exasperado, Enkhtuya era muy terca fría y dura como su tierra pero esperaba algún día sacar algo de esa suavidad que muy en el fondo sabía que tenía.
Ivan fue a por las bebidas y allí se encontró a Yao, tenía un ojo morado y el brazo en cabestrillo.
—China—se precipitó hacía el preocupado.
El asiático sonrió intentando animar a la nación más joven—Tranquilo no es nada que este anciano no pueda sobrellevar—
Rusia podía permitir que lo torturaran y humillasen pero no que se lo hicieran a su familia o amigos.
Limpiándose las lágrimas miró con determinación a China—No te preocupes no durará siempre y algún día seré fuerte para defendernos a todos y ser yo el que los domine—
Yao miraba preocupado a la joven nación si seguía por ese camino podría llegar a ser una nación poderosa y temible. Tenía que intentar llevarlo por el buen camino pero las circunstancias por las que vivió Ivan lo hacían muy difícil.
—Deja eso, ahora hay que llevar las bebidas—
Eso recordó algo a Rusia—Oye Yao ¿quien es el hombre que está con Mongolia? Nunca lo he visto—
—Ese es Aras personifica unas tribus llamados los baltos, se dedican al comercio del ámbar no son naciones ni siquiera, por eso no has oído hablar de él aunque vive cerca de tus tierras—
—Entonces ¿no es un territorio conquistado?—no recordaba haber oído nada de una reciente conquista.
—No, digamos que es un amigo de Mongolia. No sé como se conocieron pero de vez en cuando Enkhtuya va a visitarlo o viceversa como ahora. Tenemos suerte, cuando Aras viene Mongolia está más tranquila y a los demás nos deja en paz—
Era cierto habían pasado días desde la llegada del forastero y Mongolia apenas hacía caso a las naciones excepto al hombre. Aras era un hombre muy amable humilde y dispuesto a ayudar a los demás aunque Enkhtuya insistiera que eso era trabajo de ellos. Además había rumores sobre ellos, por lo que oyó Rusia y las otras naciones, que Mongolia y él eran amantes.
China era el que estaba de los más confundidos ¿como era posible que un hombre que no era nación siquiera pudiera hacer que el imperio más grande de la historia se convirtiera en un gatito a su lado?
Pero era verdad si no lo supiera y por que Mongolia no tenía sentimientos los mostraba con él.
