Lituania se sentó en un campo de centeno, se estaba tan tranquilo aquí...y por un momento se olvidó de las preocupaciones y temores y solo disfrutó de esa extraña paz.

Por fin se había acabado el invierno, allí en Rusia parecían eternos pero la verdad es que ese clima era como Ivan frío, cruel y solitario. Pero una cosa que le desconcertaba de la nación grande era su afición a plantar girasoles, el ruso tenía un extraño amor por ellos.

Después de un buen rato decidió volver a la mansión antes de que Rusia notara su ausencia cuando entro ya estaban sus hermanos preparando el desayuno y Yekaterina los ayudaba.

—¿Qué está haciendo señorita Yekaterina? Sabe bien que de eso nos encargamos nosotros—

—Eso mismo le hemos dicho a la señorita Ucrania pero no ha querido escuchar—Estonia sacudió la cabeza por la terquedad de la ucraniana.

—No os preocupéis es una tontería que mi hermano haya ordenado algo así yo también puedo ayudaros—

—Gra...gracias señorita pero no le diga al señor Rusia que nos ayudó—Letonia estaba asustado de lo que les pasaría si el ruso lo descubría.

Ucrania asintió y los cuatro estuvieron preparándolo todo. Cuando acabaron de ponerlo todo en la mesa aparecieron Rusia y Bielorrusia a su lado como un perro fiel.

Cuando terminaron de comer todos los bálticos lo recogieron y fueron a sus diversas tareas Toris fue también pero una mano lo detuvo se le paró el corazón por un instante cuando vio los ojos violetas de Ivan.

—Espera Litva—dijo con la voz un poco más ronca de lo normal—Tú y yo tenemos un trabajo que hacer juntos

Toris se estremeció no sabía si de temor o anticipación, desde hacía un tiempo Rusia lo había tomado como amante, él no tuvo otra opción que ceder. Pero después de un tiempo empezó a disfrutar de ese tiempo con Rusia. Él era alguien complicado, por un lado se mostraba frío y lo trataba como si fuera de lo peor y otras era amable y cariñoso con él, no sabía a qué atenerse.

—Oye ¿habéis visto a Toris o al señor Rusia?—Estonia se ajustó las gafas mirando en el jardín que él y Ravis estaban arreglando—

Ucrania que venía de ordeñar se encogió de hombros—Habrá ido a alguna parte a por un encargo de Vania—

—Seguramente ese gusano esté haciendo una tarea engorrosa para mi hermano—la bielorrusa sentía satisfacción ante la perspectiva de que ese idiota sufriera por otra de las tareas agotadoras que Rusia le encargó.

—Si ya me puedo imaginar que puede ser esa tarea engorrosa—dijo Ravis.

Estonia lo miro diciéndole en silencio cállate, mientras Natalia lo mirada con una intensidad que parecía que te clavaría agujas en los ojos.

—¿Qué has querido decir enano?—la mujer se acercó con un aura oscura y amenazadora, a Letonia le faltó el aire.

—Quiero decir...lo qu...que usted ha dicho señorita Natalia que me puedo ima...imaginar la tarea que le asignará a mi pobre hermano, acabará como siempre cansado—

Bielorrusia se calmó y el aura desapareció pero seguía teniendo esa mirada de siempre que parecía que te cortaría en pedazos y se los echaría a comer a los lobos.

—Bueno es cierto—

Los dos bálticos suspiraron aliviados Estonia miró con reproche a su hermano y este le murmuró un lo siento. A veces Ravis tenía que controlar esa boca porque si no los metería a todos incluido el señor Rusia en problemas.

Los dos sabían que Ivan tenía a su hermano como amante, no entendían porque pero Toris les pidió no decir a nadie y una cosa era seguro si se lo decían a la señorita Natalia los degollaría con su cuchillo.

—¿Y usted señorita?¿qué hace aquí?—

—Mi hermano me encargo que os vigilara para que no estropearais su jardín sobre todo el de girasoles—Bielorrusia les dio una mirada amenazante, pero en el fondo emocionada de que su amado hermano le encargara estas tareas, eso era un signo de que confiaba en ella y tal vez algún día los dos se casarían.

Pero la bielorrusa era felizmente ignorante de que Rusia le había encargado eso para tener un tiempo a solas con Lituania y que no los descubriera. Por que si lo hacía el infierno se desataría sobre ellos algo que el ruso no quería. Además prefería arrojarse de la montaña más alta y ser pisoteado por cien caballos que casarse con su hermanita.

A veces la felicidad está en la ignorancia.