Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

La historia es nuestra.


Kiss Your Best Friend Challenge

Miro la pantalla del ordenador, solo he escrito tres miserables líneas del informe que debo entregar; este encierro obligatorio ha destruido mi inspiración y nublado mi forma de pensar… Sin embargo, el mayor culpable de mi nula capacidad de redacción es el individuo que, echado en el sillón del living, teclea furiosamente quien sabe qué.

La puerta de mi habitación está abierta y si estiro el cuello, puedo ver su rebelde y cobrizo cabello asomado por uno de los apoya brazos; sonrío, se me asemeja a esos muñecos ecológicos que tuve alguna vez cuando era niña, que tenían el pelo de pasto.

Suspiro con melancolía y miro por la ventana, la calle desierta y los colores de la primavera me recuerdan esos días, cuando todo era más simple, donde solo éramos él y yo, juntos contra el mundo. Hace diez años que somos amigos, desde que nos mudamos con mi madre a aquella cuadra de blancas casas y de verdes y floreados antejardines, en ese pueblo perdido en el mapa llamado Forks.

Desde siempre fue mi protector, si cierro los ojos parece que aún lo puedo ver larguirucho, quizá más alto que los niños de nuestra edad, y con valor a toda prueba cuando ese mismo primer día le dio un puñetazo a Mike Newton, haciéndole salir sangre de nariz, por estarme acosando.

Aun es mi mejor amigo, pero con el transcurso de los años, los sentimientos que tenía hacia él se transformaron en amor, y esa es la verdadera razón por la que no puedo pensar. Estar encerrada con él por culpa de esta cuarentena por casi un mes, está haciendo estragos en mi cordura, sobre todo cuando se pasea por todo el piso, con nada más que con un diminuto bóxer.

No es que no lo haya visto antes, de hecho, lo he visto miles de veces, ¡vinimos juntos a Dartmouth! Pero una cosa es verlo a la rápida y otra es tener su presencia y masculino olor rondando el día entero.

Sacudo la cabeza y vuelvo a mi informe de Shakespeare y Drama en habla inglesa; escribo algunas palabras sin sentido, pero las borro, esta maldita cosa no va para ningún lado. Cierro la tapa de mi laptop con furia, decidida a cocinar algo, quizá algo de comida calme mi frustración.

Lo malo es que para llegar a la cocina, obligatoriamente tengo que pasar por el living, donde está el culpable de mi tormento. Así que simulo ignorarlo, pero mi intento falla estrepitosamente.

—Bebé, me traes el jugo que dejé en la nevera, por favor...

Asiento, queriendo asesinarlo, tanto como quiero tirármele encima y besarlo. ¿Quién puede verse así echado en un sillón? Solo lleva un short, el torso desnudo y en sus muslos el Laptop; sobre su recta nariz, unos lentes de descanso de marco grueso, que lo hace verse como la encarnación del profesor sexy que todas hemos soñado; aunque Edward está a punto de titularse de abogado, «si alguna vez salimos de este departamento», pienso sin humor, sacando el jugo para servirlo en un vaso y vuelvo donde él.

—Aquí tiene, Su Majestad. ¿Desea que vengan las esclavas a abanicarlo?

Edward me mira sobre el vaso, en sus labios se asoma un atisbo de sonrisa mientras hipnotizada, veo como sube y baja su manzana de Adán.

—No estaría mal —contesta descarado luego que ha bebido todo el contenido.

Le quito el vaso de las manos con cierta violencia porque me siento algo celosa de su respuesta, aunque la verdad no sé de qué; no es que Edward sea un santo, pero tampoco es un mujeriego y, ahora que lo pienso, la última rubia tetona que apareció por aquí fue… La verdad es que no puedo recordarlo, ¿serán cuatro meses?

Me doy vuelta para volver a la cocina cuando siento que me da una nalgada con una de sus tremendas manos.

—Idiota —chillo ocultando mi impresión y le tiro un cojín para fingir mi molestia y desaparezco de su vista, mientras Edward suelta unas descaradas carcajadas.

Entro a la cocina con una sonrisa boba en los labios. ¿Qué ha sido eso? Me pregunto, sin comprender por qué esta vez todo el estúpido juego que llevamos por años me ha parecido tan íntimo, al punto que siento miles de mariposas revoloteando en mi interior.

—¿Vas a cocinar algo rico para mí? —Edward pregunta, alzando la voz y sacándome de mis enamoradas cavilaciones.

—¿Tienes los dedos crespos? —contesto de la misma forma, para no mostrar debilidad, porque estoy como tonta parada en medio de la cocina y porque que sé, ya he perdido la batalla

—No, pero tú cocinas delicioso…

Me parece que lo puedo ver frunciendo los labios como niño mimado.

—No te quejes si hago verduras —dejo la idea flotando en el aire, mientras comienzo a abrir las alacenas.

—De tus manos, como lo que sea.

«Adulador», pienso, sacando lo necesario para hacer una rica cena, sin embargo, respondo—: Bien podría envenenarte.

—Moriría satisfecho y feliz.

«Tramposo», suspiro negando con la cabeza, cada vez que me da esa respuesta sabe que terminaré haciendo lasaña. ¿Qué puedo decir? ¡Mátenme! Me gusta consentirlo, tanto como disfruto observar como se relame los labios.

Pongo algo de música y, con las notas de Make You Mine de Public flotando en la cocina, me dispongo a hacer la salsa cuando veo que mi celular vibra sobre el mesón. No quiero mirar porque creo saber quién es o, mejor dicho, la otra culpable de que mis nervios estén de punta. ¡No sé en qué minuto he aceptado hacer esto!

Camino en puntillas como si estuviese cometiendo una fechoría y solo asomo los ojos por el marco de la puerta para mirar hacia el living, necesito comprobar que Edward no vaya estar cerca.

«¡Dios! ¿Por qué eres tan hermoso?», pienso irrevocablemente enamorada al verlo aun escribiendo furiosamente en su laptop, tiene las cejas juntas y en sus labios un pequeño puchero, apetecible gesto que me obliga a dejar de ignorar mi celular.

Con el mismo sigilo vuelvo por sobre mis pasos, lo tomo del mesón y leo:

Alice: 5 días, querida amiga, ese era el plazo y, según mis cuentas, te queda 1.

Un día, veinticuatro horas, mil cuatrocientos cuarenta minutos, ochenta y seis mil cuatrocientos segundos para besar a Edward.

¿Cómo me he metido en esto? Pues muy simple. Dentro de las maldiciones o bendiciones que nos ha traído esta cuarentena como, calidad de tiempo en familia, comer cosas ricas, molestosas clases en línea y reuniones de amigos por Zoom, existe esta famosa aplicación que todos usan y yo me negaba a descargar y que, por culpa de Alice, he caído presa de ella y sus estúpidos retos: «Besa a tu mejor amigo».

«Jodido TikTok», maldigo sin ver salida a esta estupidez en la que me metí cuatro días atrás, mientras conversaba con Alice por WhatsApp.

Todo partió como un simple juego, ella me envió unos videos del famoso reto y me dice, como que no quiere la cosa, que sería una forma genial de declararle mi amor a Edward. Lucubramos durante horas cómo hacerlo, mientras nos inspirábamos con el resultado de cada reto. Planeamos flores, corazones y como si fuera poco, también arcoíris multicolores, pues Alice, perjura que Edward está tan enamorado de mí como yo lo estoy de él, y que los dos somos un par de necios.

Claro que planearlo fue muy bonito, sobre todo porque me entusiasmé y me pasé suspirando por horas, pero si vamos a la cruda realidad, es la mejor y la peor idea que se le puede haber ocurrido a alguien, porque la mitad de los retos sale muy mal, el mejor amigo empuja a la chica y si obviamos el ridículo, quedaré con mi pobre corazón partido en dos.

«Definitivamente no lo haré», decido y escribo ese mismo mensaje para Alice, dejo el teléfono a un lado y comienzo a cocinar. Lamentablemente para mi tranquilidad mental, mi querida amiga no conoce el significado de la palabra no, porque mientras los minutos pasan y yo armo la lasaña, mi teléfono zumba y zumba arriba del mesón.

Contemplo mi obra culinaria, echándole una porción extra de queso, tal como a Edward le gusta, luego la meto al horno y, rindiéndome a la infantil Alice Brandon, tomo el teléfono; pero antes le doy una última mirada a Edward, asomándome por el marco de la puerta de igual forma que la vez anterior.

Aún está concentrado en la pantalla de su laptop, pero esta vez está mordiendo su labio inferior.

«¡Dios santo! ¡Pecaminoso labio!», suelto un gemido involuntario y los verdes ojos de Edward se clavan en mí por sobre la montura de sus eróticos lentes.

—¿Bella, qué haces?

—¿Yo? —Mi voz suena dos decibeles más alta, me siento como una niña hueca y estúpida, no como una mujer que está a un paso de graduarse de Literatura Inglesa—. ¡Nada! Solo escuché un ruido extraño.

Desaparezco dentro de la cocina, queriendo literalmente hacerlo, y Edward reafirma mi convicción cuando comenta—: Hace días que estás rara.

—¿Tú crees? —contesto, desestimando su apreciación, que no puede estar más acertada por culpa del estúpido reto.

—Lo creo.

Edward suena como siempre suficiente y, por un momento, odio que me conozca tan bien, así que guardo silencio mientras me dedico a poner en la máquina de lavar platos los utensilios de cocina que he ocupado.

—Fue mi estómago.

—¿Qué?

—¡Fue mi estómago reclamando que no me alimentas, mujer! —exclama divertido, soltando unas sonoras carcajadas.

—¡Si sigues con esos comentarios machistas, esta vez en verdad te envenenaré!

—¿Quién hizo el aseo hoy?

—No sé, no lo conozco —contesto con voz plana para que no vea que hasta con el comentario más estúpido me hace reír, y también para no darle la razón de que está cumpliendo a la perfección nuestro acuerdo para durante el confinamiento; él limpia nuestro piso y yo cocino, y al día siguiente, viceversa.

—Algo huele bien, ¿hiciste lasaña con extra queso, bebé?

—Con extra queso —confirmo—, y si no dejas de presionar mi paciencia, Edward Cullen, será solo para mí.

Y con eso doy por zanjada nuestra conversación, porque aquel cariñoso mote con el que me llama, que comenzó como una tontería para sacarme de los nervios —por culpa de una estúpida novia que una vez tuvo y lo llamaba así—, cada día que pasamos aquí encerrados me vuelve más loca; cada vez que lo pronuncia me suena caliente.

Jodidamente, caliente. Me imagino a Edward susurrándomelo al oído, mientras…

¡Diablos! ¡Alto ahí! No puedo permitirle a mi mente viajar tan lejos, pero al desbloquear mi celular, al recordar que no le he contestado a Alice, sus mensajes destruyen mi convicción o el miserable intento de mantener mi orgullo intacto.

Alice: No seas gallina y cumple el reto… Te aseguro que no te arrepentirás, no me hagas tomar medidas extremas y después me quieras matar… jajaja…

Luego escribe una hilera de diablos morados y a continuación:

Alice: Después de besar a Edward obtendrás…

La Edwardconda, completita para ti.

Me rio, pervertida Alice, mil veces le he dicho que pare de soñar con el tamaño del paquete de Edward.

Un novio inteligente.

Uno que te va mirar con esos infinitos ojos verdes.

Uno que te hace reír.

Sexy como el infierno.

Y mientras la lista de cualidades de mi mejor amigo, creada exclusivamente para darme valor continúa, me doy cuenta que tengo mi propia lista, esa que no sabe Alice, pequeños gestos que son los culpables de que me haya enamorado de esta forma.

Cada fechoría que creamos juntos, todas las veces que según él creyó debía defender mi honor, mientras su largos dedos paseaban por mi cabello al consolar mis lágrimas, luego de dejar ojos en tinta. Nuestra fiesta de graduación, fuimos juntos porque simplemente no había nadie mejor que nosotros dos. Su mirada brillante y serena, que me dio la calma que necesitaba cuando nos fuimos de casa y emprendimos el viaje a esta nueva vida… Su risa contagiosa, que hace que sus ojos se pongan chinitos, sus suaves y cálidos labios que besan mi frente al despedirse cada mañana…

¡Oh, Dios mío! ¿Qué más pruebas, necesito? Lo haré, definitivamente, aunque luego me queme en el infierno de la desolación, lo haré.

—¿Bebé, es idea mía o huele como a quemado? —La risueña voz de Edward me despierta de mis vívidos recuerdos.

—¡Mierda! —Tiene toda la razón.

Corro a tomar un par de aguantes térmicos mientras escucho como se ríe el muy descarado, corto el horno y luego lo abro, rogando que la lasaña no haya terminado en desastre por culpa de estar pensando en las musarañas; pero gracias al extraordinario olfato del hambriento hombre echado en el sofá, ha logrado salvarse, solo se han quemado las orillas.

—No te rías, Edward Cullen, o no volveré a cocinar en todo el mes —le advierto, intentando no contagiarme con su risa y busco un par de platos, estoy ansiosa por ver cómo se relame los labios.

Una vez servida la lasaña con dos vasos de coca y mi teléfono guardado en el bolsillo trasero de mi short, tomo la bandeja con nuestra cena y salgo al living con ánimos renovados, no sé cómo diablos engatusaré a Edward para realizar el famoso reto, lo único que sé es como que me llamo Isabella Swan, pase lo que pase y ocurra lo que se me ocurra, lo haré.

—Aquí estoy, Su Alteza —bromeo cuando lo veo aun concentrado en su tarea. Dejo la bandeja en la mesa de centro y me dejo caer junto a él, mirando qué es lo que lo mantiene tan concentrado.

—Gracias, bebé. Termino esto y ya —su ceño se frunce al compás de lo que teclean sus dedos, gesto tremendamente caliente para escribir un documento lleno de artículos y leyes, al parecer Edward continúa preparando su tesis de grado.

Su estómago gruñe, pero él ni se inmuta, así que sin pensar en lo que estoy haciendo agarro su plato, clavo el tenedor en la pasta humeante, tomo una buena porción y la llevo a sus labios.

—Abre la boca —le ordeno con suavidad, cosa que hace, sin siquiera despegar los ojos del laptop.

—Dios, Bella, esto está jodidamente delicioso —habla con la boca llena y sonríe.

—Lo sé. Abre —ordeno otra vez, pasándole otro bocado, el cual recibe gustoso.

Edward gime y se relame la boca. Maldita lengua pecaminosa, es una ardiente tentación, porque en cuanto la veo arrastrarse por su labio inferior, no hago más que preguntarme, cómo sabrán sus labios, ¿se sentirán tan suaves al presionarse con los míos? ¿Su lengua será tan habilidosa como se ve? Calenturientos anhelos que gritan: ¡Este es el momento de llevar a cabo el plan!

Es ahora o nunca, así que dejo el plato entre nosotros y me contorsiono para tomar mi celular. Lo desbloqueo, abro la cámara, le doy vuelta hacia nosotros y pongo grabar.

—¿Qué tal la comida, Edward? —Me enfoco para hacer la pregunta y luego apunto el celular hacia él, Edward sonríe al ver que he comenzado lo que cree es uno de nuestros múltiples y tontos juegos. Gira el rostro hacia la cámara.

—Presumida —dice serio, pero luego me regala una sonrisa deslumbrante y agrega—: Está deliciosa, eres la mejor cocinera del mundo.

—¿La mejor cocinera del mundo, eh? ¿Estás seguro de lo que dices, Edward Cullen? ¿Mejor que mamá Esme? —Juego con él, tomando otra porción y la llevo a su boca—. Abre.

Edward atrapa el tenedor con sus labios, lo desliza fuera de su boca en un movimiento sensual, cierra los ojos y ronronea de gusto, y yo gimo internamente al imaginar ese ronroneo, en un acto bastante más fogoso que darle comida.

—Que ella no lo escuche, pero sí —admite cuando abre sus ojos y de nuevo arrastra su lengua por el labio inferior.

«¡Dios, qué calor!»

—Dame más —exige, abriendo la boca y mirándome a los ojos.

—Eres un consentido. Sabes que si te portas mal, puedo mandarle este video, ¿cierto?

—Y tú sabes que cuando se trata de ti, ella no es objetiva.

—¿Y tú, Edward? ¿Cuándo se trata de mi eres objetivo? —Sonrío mientras la pregunta sale de mi boca, insolente y coqueta, y me acerco ofreciéndole otro bocado, dándome cuenta que el momento ha llegado.

—Jamás, bebé. Cuando se trata de ti, soy todo menos objetivo —declara con ojos ardientes, separa sus labios sin llegar a abrirlos realmente; y no lo pienso un segundo más, uno mi boca a la suya en un beso húmedo y fugaz, pero lo suficiente como para sentirme en el cielo, mientras miles de descargas eléctricas atraviesan mi cuerpo.

Edward ha dejado de teclear y sus ojos están muy abiertos, está en estado de shock.

Siento que la sangre inunda mis mejillas, incluso creo que puedo sentirla hasta en la punta de las orejas.

«¡Lo sabía! ¡Soy una estúpida! —Quiero matar a Alice por arrastrarme a esta idea infantil, tanto como hacer un hoyo en la tierra y enterrarme por hacerle caso. Ahora todo se ha destruido, años de amistad tirados por la borda—. ¡Ya nada será igual! ¡De ahora en adelante será demasiado raro! —Pienso desesperada, intentando ponerme de pie para huir a mi cuarto—. ¡Qué vergüenza! ¡Más encima ha quedado todo grabado!»

Pero mis intentos de fuga quedan truncados. Al dar el primer paso, una de las enormes manos de Edward se cierra en torno a mi muñeca derecha como una esposa, impidiendo que me aleje, luego me jala con delicadeza hasta que caigo sobre su pecho. Estoy tan nerviosa que ni siquiera me doy cuenta que se ha puesto de pie.

—Si vas a besarme, bebé —susurra, tomando con delicadeza mi rostro con ambas manos—. Hazlo bien…

Y así sella nuestros labios con un dulce beso, que hace latir enloquecido mi corazón, y me manda a la locura cuando se torna apasionado, mientras nos arrastra para caer juntos sobre el sillón…

CONTINUARÁ...


Hola hola, ¿qué tal? Estamos aquí, con nueva cuenta y nueva historia, la primera que hemos creado entre mi querida amiga Marie Anne Del'herbe y yo, Mercedes Mejía.

Gracias, amiga, por seguirme el juego y volver esta historia una maravilla, un trabajo en equipo magnífico, que tenemos que volver a hacerlo, los OS son lo tuyo también ;)

Sigo suspirando como tonta.

Esperamos lo hayan disfrutado, déjennos saber en sus lindos comentarios qué tal les pareció :D

Cuídense y manténganse a salvo.

Nos leemos en otra oportunidad.

Sol y Merce