Simpre pensé, cuando fallecieron Lily y Prongs, que quizás nada de esto hubiera ocurrido si no fuera por mí.
Quizás si mi padre hubiera cuidado su boca con Greyback, quizás si éste no hubiera querido vengarse con un niño, quizás si no hubiera ido a Hogwarts, quizás si no hubiera sido sorteado en Gryffindor, quizás si no me hubiera hecho amigo de ellos, quizás si mis amigos no hubieran podido hacerse animagos, quizás si no me hubiera enamorado como un idiota… Quizás algo de eso hubiera alterado el rumbo de las cosas. Pero no sucedió. Todo lo que voy a contarte pasó inevitablemente.
Todo comenzó probablemente cuando tenía 4 años. Mi padre, Lyall, trabajaba en el ministerio y ofendió a Fenrir Greyback. Los detalles no interesan, pero desde entonces ya sabes, todas las lunas llenas de mi vida me convierto en hombre lobo.
Los primeros años fueron muy difíciles, yo era demasiado pequeño para entender lo que sucedía. Nos teníamos que mudar todos los años para no levantar sospechas. No tenía amigos, por supuesto, y sabíamos que nunca podría asistir a Hogwarts por lo que mis padres comenzaron a encargarse de mi educación.
Mi padre hacía lo que podía para contener a mi madre, pero yo los escuchaba murmurar sobre mí. Recuerdo aún hoy que estaban preocupados por mí, yo no tenía otro futuro posible que ser un marginado para siempre. Hope, mi madre, que era muggle, era la que peor sufría. Yo no entendía muy bien cuál era su preocupación, porque para mí el estar encerrado con ellos, estudiando y pasando los días era todo lo que conocía.
Y un día vino él, Dumbledore. Se encerró a hablar con mis padres, recuerdo que hubo gritos de Lyall. Creo que tenía miedo de ser responsable de lo que podría hacer fuera de su cuidado. Hasta entonces, las lunas llenas era él quien se encargaba de encerrarme en la celda de turno, contenido por cadenas y magia, esperando despierto afuera de la puerta por si algún día me escapaba. No sé cómo los convenció, pero aún con miedo mis padres decidieron que la responsabilidad de aceptar ir caería en mí. Me preguntaron si quería ir a Hogwarts y yo, que hasta entonces no sabía siquiera de su existencia pues mis padres me habían querido ahorrar la amargura de nunca conocerlo, enseguida dije que sí.
Dumbledore fue muy amable y me contó, a su forma enigmática de siempre, que ya estaba haciendo arreglos para que fuera seguro recibirme. Nunca estuve muy seguro de si lo hizo por compasión o en realidad ya sabía que en algún momento necesitaría un hombre lobo de su lado. No me mires así, es la realidad. Pero no me enojaría que fuera lo segundo, aunque sufrí mucho, y aunque quisiera que nada de esto hubiera ocurrido de esta forma, ser luchador en esta guerra es la única forma de vivir que conozco. Quizás sea egoísta, pero la otra alternativa que tenía era una vida sin objetivos, sin Hogwarts, sin amigos…
El primero de septiembre de 1971 mis padres me llevaron a tomar el Hogwarts Express… Mi madre lloraba, estaba muy preocupada por alejarse de mí durante la próxima luna llena, aunque todavía faltaban varios días y Dumbledore nos había dicho que podría pasar a visitarme. Yo también tenía miedo pero intentaba no demostrarlo.
Te reirás de mí pero lo que más miedo me daba no era la perspectiva de tener un secreto tan grande como ser hombre lobo. Lo que me daba miedo era que la gente notara que mi túnica era de segunda mano y que mi baúl era remendado. Estábamos en un momento económico muy malo debido a que a mi madre no trabajaba y a mi padre le costaba conservar un trabajo por todo lo que demandaba cuidar a un hijo hombre lobo.
Me senté sólo en un compartimiento, transpirado por el esfuerzo de mover el baúl. En ese entonces era pequeño para mi edad. Las primeras personas que se sentaron conmigo fueron dos niñas de primer año que terminarían yendo a Gryffindor conmigo, Marlene McKinnon y Mary Macdonald, y un niño que iría a Ravenclaw, llamado Tomas Ways.
Yo era muy tímido, imagina que eran los primeros niños con los que pasaba varias horas, así que me limité a estar callado en un costado, no creo haber dicho más que mi nombre. Marlene siempre fue muy vivaz y pasó todo el viaje contándonos todo lo que su familia le había relatado sobre Hogwarts. Aún con toda la emoción que lo contaba, nada me hubiera preparado a la sorpresa que fue ver por primera vez el castillo. Su tamaño, sus luces, el reflejo en el Lago Negro, todo era magnífico.
La primera vez que vi a James Potter y Sirius Black fue esperando a que empiece la ceremonia de selección. Me llamaron la atención porque estaban hablando en voz muy alta.
-Hay que hacer un examen de hechizos y si somos buenos, nos seleccionan las casas...-Decía James. Hablaba con mucha seguridad, con la postura de quien sabe dónde tiene los pies, lo que resaltaba bastante en el grupo de niños temerosos que éramos la mayoría en ese momento. No recuerdo muy bien a quién estaba bromeando, pero yo, que no sabía cómo era la verdadera ceremonia de selección, sentí mucho miedo. Marlene me había explicado sobre las distintas casas, yo sabía que mi padre había ido a Ravenclaw porque en mi casa había algunas bufandas, y era cierto que mis padres ya me habían enseñado algunas cosas pensando que nunca iría a Hogwarts, pero no me sentía preparado para hacer un examen. Temía quedar en Slytherin porque Marlene, cuya familia siempre había pertenecido a Gryffindor, me había hablado muy mal de ellos. Probablemente haya sido ese el momento en el que decidí que, apenas pudiera, me pondría a estudiar los libros que tenía en mi baúl.
Sirius fue uno de los primeros en ser llamados. Fue especial porque cuando el sombrero seleccionador gritó Gryffindor, se escucharon murmullos en Slytherin, y el aplauso de los leones fue más bajo que con otros alumnos. Para ese entonces yo no sabía aún quién era, ni a qué familia pertenecía, solo era el chico que había estado hablando con el otro niño ruidoso de anteojos. Lo seguí con la mirada y vi que caminaba con la cabeza exageradamente erguida, y una mirada segura que en mi cabeza la llamaría la "mirada aristocrática". Años después, el Sirius adulto seguiría adoptando esa máscara cuando estaba triste e intentaba ocultárselo al resto. Walburga Black había hecho un buen trabajo en enseñarle de pequeño que debía suprimir sus emociones y no mostrárselas al resto.
Cuando la profesora McGonagall dijo mi nombre y tuve que caminar al sombrero seleccionador, recuerdo que las piernas me temblaban. ¿Sabría el Sombrero que yo era un hombre lobo? ¿Qué pasaba si el sombrero decía gritar que no podía ubicarme porque yo era una criatura oscuro? Pero nada de eso pasó. El sombrero mencionó algo sobre la inteligencia y mi coraje, ese coraje que insisto aún hoy que nunca tuve… y finalmente se decidió a mandarme a Gryffindor.
Corrí a buscar un lugar en la mesa, sabiendo que me estaba poniendo colorado por los aplausos. Me senté frente a Sirius y cruzamos la mirada por primera vez. Recuerdo haber pensado en ese momento que me odiaba. Me miró fijo unos segundos, sin sonreír y con su mirada inexpresiva, y volvió a mirar lentamente para el lado del Sombrero Seleccionador. Comencé a sentirme ansioso, ¿por qué ese niño ya me miraba así? Parecía odio, ¡y ni siquiera nos habíamos saludado!
James Potter y Peter Pettigrew también fueron seleccionados para Gryffindor y vinieron a sumarse a la mesa. James se sentó al lado de Sirius, que volvió a sonreír enseguida. En ese momento recuerdo haber pensado que seguramente ellos dos se conocían desde antes de venir a Hogwarts, pero luego me enteraría que no, que se habían conocido en el tren y de un momento a otro se volvieron inseparables. Ellos encajaron el uno con el otro en el mismo momento que se conocieron. Me avergüenza admitir que muchas veces sentí envidia de su vínculo en los años posteriores… Fueron mis mejores amigos con Peter, pero la relación entre ellos siempre fue otra cosa, algo demasiado especial, como si fueran hermanos separados al nacer.
No hablé durante la cena. Sólo volví a hablar cuando me crucé de nuevo a Mary y Marlene, cuando seguíamos a un chico muy alto que se presentó como Kingsley Shacklebolt, un Prefecto de Gryffindor. Mary se dio cuenta de mi nerviosismo e intentó hacerme reír. Gracias a ellas, llegué mucho más relajado a mi dormitorio nuevo. Ya sabía que aunque no me llevara bien con mis compañeros de cuarto, podía contar con ellas si necesitaba ayuda.
Mi preocupación fue innecesaria porque apenas entró al dormitorio, James decidió que seríamos todos amigos. Desde ese día y hasta el día de su muerte, siempre buscó unirnos y cerrar las pequeñas brechas y diferencias que había entre nosotros.
-¡Hola, yo soy James Potter!-Se presentó, dejando su baúl en la cama más alejada de la puerta. Sirius eligió inmediatamente la que estaba a su lado. Peter, con cara de temor, tomó la que estaba más cerca de él, enfrentada a la de James y yo tomé la que sobraba.
Se hizo un leve silencio. Sirius había adoptado de nuevo su rostro serio, a lo que James saltó hacia él y le pegó con puñetazo en el hombro.
-¡Auch, eso no era necesario! Yo soy Sirius Black-Dijo, estirando la mano hacia mí, como si fuera a estrechármela. Yo, que no estaba acostumbrado al trato formal, me quedé mirándolo con confusión, a lo que Sirius dudó y puso de nuevo la mano en el bolsillo, sin saber muy bien qué hacer.
-¿Black, como los Black?-Preguntó Peter, y la mirada que Sirius le dedicó fue tan fuerte que Peter retrocedió un paso hacia atrás, chocándose con su propia cama.-. Lo siento. Me sorprendió que estés en Gryffindor… Yo soy Pe-peter. Peter Pettigrew.
-¡Excelente!-Dijo James, exageradamente alegre, probablemente intentando cambiar el aire, porque Sirius seguía mirando a Peter con el seño fruncido.-. ¡Y tú debes ser Lyall Lupin!-Añadió sonriente, señalando mi baúl, donde se veía el nombre Lyall Lupin desgastado a un costado.
-Mm no, mi nombre es Remus-Dije, un poco nervioso de que su primera impresión sea la de mi baúl usado. Había olvidado pedirle a mi padre que intentara borrar su nombre con magia. Anoté mentalmente que antes de volver a casa taparía el nombre de alguna manera-. Remus Lupin… El baúl era de mi padre…
-Espera-Interrumpió Sirius, pero cuando Remus lo miró no lo estaba mirando a él, sino que seguía mirando a Peter, que había sacado un póster y estaba midiendo si entraba en la pared detrás de su cama.-. ¿Los Tornado, enserio?
-Claro, ¿qué equipo sigues tú?-Respondió Peter, con voz aún temerosa, ya que el tono y el rostro de Sirius aún no dejaban ver si seguía enojado.
-Los mejores, los Chudley Cannons-Dijo Sirius, por fin dejando ver una sonrisa. James hizo un gritito de festejo y chocó los cinco con él. Sirius se volvió a mirarme con mirada inquisitiva.
-Mm no me gusta mucho el quiddich-Murmuré. Los tres pusieron una cara de horror, como si acabara de anunciarles mi licantropía.
-¿Eres hijo de muggles?-Preguntó Sirius.
-No, mi padre es mago, pero no soy bueno para los deportes-Dije en voz baja. Me sentía incómodo con los tres mirándome fijo, no estaba acostumbrado.
-Eso tiene solución, te enseñaré todo sobre el quiddich y serás hincha de los Cannons como cualquier persona de bien-Dijo James, acercándose y abrazándome con un solo brazo mientras le sacaba la lengua a Peter, como si nos conociera de toda la vida.
No se habló mucho más esa noche, estábamos muy cansados. Sirius fue a cambiarse al baño cerrando la puerta tras de sí con llave, un hábito que tardaría años en perder, pero James comenzó a ponerse su pijama en el medio de la habitación sin ningún tipo de vergüenza. Luego de verlo, Peter lo imitó. Yo me quedé esperando que saliera Sirius… Nadia debía ver mis cicatrices.
Los días siguientes consistieron en conocer profesores e intentar memorizar los caminos a aulas y el Gran Comedor sin perderse. Enseguida James y Sirius adoptaron la costumbre de buscar atajos por el camino, ya que al parecer había varios corredores escondidos detrás de cuadros y armaduras. Ninguno de estos corredores al parecer les sirvió para llegar temprano a clase, al contrario, llegaron tarde a la mayoría de ellas.
En todas las clases me senté con compañero de banco con Peter, y James y Sirius se sentaron cerca siempre, una costumbre que continuaría a través de los años, aunque todavía no éramos muy amigos. De a poco comencé a hablar con Peter, que era un poco tímido como yo en ese entonces, por lo que enseguida nos caímos bien. Me resultaba cómodo charlar con él porque cuando no había tema de conversación, los silencios me resultaban cómodos. James, en cambio, no concebía el silencio, estaba totalmente buscando temas de conversación y dando sus opiniones. Para el fin de la primer semana, yo ya sabía de cabo a rabo la historia de James, con quién vivía, sus gustos preferidos, qué música prefería. Sirius, por su lado, era mucho más reservado. Yo lo veía hablar mucho con James, pero conmigo no cruzó muchas palabras, más que lo estricto y necesario para personas que compartían una habitación.
Recuerdo muy bien la primera vez que hablé con Sirius Black a solas. Habían pasado tres semanas de clase, era casi medianoche, y como no podía dormir, bajé a la Sala Común con un libro de cuentos infantiles. Me había llevado ese libro conmigo porque era el que acostumbraba a leerme mi madre los días posteriores a la luna llena, mientras me recuperaba.
Esa noche, además de ya sentir en el cuerpo la luna llena acercándose, que ocurriría el día siguiente, estaba particularmente preocupado. La profesora McGonagall me había explicado cómo sería mi transformación: tendría que ir temprano a la enfermería, donde la enfermera me acompañaría a un lugar seguro debajo de un árbol del que el profesor Dumbledore nos había advertido no acercarnos el día del primer banquete de inicio de clases. No sabía cómo era el lugar y si era lo suficientemente seguro, por lo que los últimos días me había costado dormir, teniendo continuas pesadillas donde me escapaba y atacaba a mis compañeros.
Así que esa noche decidí sentarme en un sillón de la Sala Común, aprovechando la calma. Sólo había dos alumnas de años mayores, aparentemente haciendo una tarea en el otro extremo, por lo que estaba muy tranquilo. No sé cuánto tiempo estuve allí, inmerso en mi libro, cuando me sobresaltó la voz de Sirius.
-¿Qué haces, Lupin, tampoco puedes dormir?-Dijo, sentándose a mi lado.
Lo miré intentando ocultar mi sorpresa. Si algo me había quedado claro en esos días, era que Sirius no tenía intenciones de esforzarse por mi amistad.
-Sí, lo siento si te desperté…
-Yo tampoco podía dormir. ¿Qué lees?-Preguntó, intentando ver la tapa de mi libro. Me dio vergüenza que creyera que era muy infantil por leer cuentos, por lo que hice lo posible para taparlo.
-N-nada, solo un libro que solía leerme mi madre-Dije, encogiendome de hombros, como si no me hubiera leído ese mismo libro mi madre menos de un mes atrás.
-¿Tu madre te leía, por qué, no sabes leer?-Preguntó Sirius. Lo miré pensando que me estaba haciendo una broma, pero su expresión era de genuino interés.
-No, siempre mantuvo la costumbre esa como cuando somos pequeños…
Sirius levantó una ceja, aún perplejo.
-Mi madre no tuvo nunca ninguna intención de leerme-Dijo, al cabo de un momento.-. ¿Dices que todas las madres lo hacen o es algo que hacía la tuya?
-Eh… Quizás no todas las madres-Dije, incómodo.-. No tiene importancia…
Sirius se quedó pensando un rato largo.
-¿Y qué leía?
-Bueno, mis favoritos eran cuentos infantiles…-Dije-. Los muggles siempre fueron mis favoritos, porque tienen cosas que parecen magia, aunque ellos no crean en ella, y siempre me gustó esa forma inocente de ver las cosas... Los cuentos de Beedle El Bardo tampoco están mal-Añadí, intentando ser simpático, buscando algo en común entre los dos.
-¿Beedle el qué?-Preguntó, más confundido que antes, estirándose la manga del pijama verde de satén, como si estuviera preocupado.
-¡Beedle el bardo, no puedes no conocerlo!-Exclamé sorprendido.-. Historias para niños… Vamos, seguro lo escuchaste alguna vez y no te acuerdas.
-En mi casa nunca hubo historias para niños, creo-Dijo Sirius en voz baja, con el ceño entrefruncido, mirándome con desconfianza.-. Sólo los libros para estudiar… Los libros de idiomas tenían algunos dibujos-Añadió, seguramente porque mi cara habrá demostrado más sorpresa.
-¿Idiomas?-Repetí.
-Mmm sí, hablo varios idiomas-Fue la primera vez que lo ví dudar de algo, la primera vez que olvidó ponerle a su cara su máscara habitual. Fue solo unos segundos, pero fue la primera vez que mirando esos ojos grises me di cuenta que había mucho más de él que lo que estaba mostrando.
Pasó un rato sin que ninguno de los dos dijera nada, ambos sumidos en nuestros pensamientos.
-Oye, Lupin, ¿crees que podrías prestarme ese Beedle? Quizás le guste a mi hermano…
-No sabía que tenías un hermano-Dije, sorprendido de nuevo.
-Sí, es más pequeño-Dijo encogiéndose de hombros, pero no explicó porque nunca lo había mencionado. Quizás era algo que sólo había querido compartir con James. El resto de nosotros éramos todos hijos únicos.
-No lo traje a Hogwarts, pero le pediré a mis padres que me lo manden, así puedes leerlo con tu hermano-Dije, y Sirius me sonrió, por primera vez de forma genuina.
-Gracias Lupin…
-Dime Remus por favor-Lo interrumpí. Me irritaba que fuera tan formal, yo no pensaba llamarlo Black.
-Sirius-Dijo, y me dio la mano como esa primera vez en el dormitorio, sólo que esta vez se la estreché, devolviéndole una tímida sonrisa.
