DISCLAIMER: Los personajes pertenecen a J.K. Rowling.
ADVERTENCIA: Post-Hogwarts/ Leve OoC/ Desvarios de la autora.
Espero que lo disfruten.
Rapsodia
…
Capítulo 2: Manipulación
…
—¡Vamos, Granger! Tengo mis propios amigos. ¿Qué te hace creer que voy acceder voluntariamente a reunirme por más de cinco minutos con una cuerda de Gryffindors reprimidos?
—Tus amigos también están invitados —dijo Hermione desde el cuarto de baño, sin sonar especialmente molesta por el insulto que Malfoy acababa de esgrimir en contra de los de su Casa.
Draco dejó de hojear el libro de tapa violeta aterciopelada y colocándolo sobre su regazo desnudo se removió en el colchón. A continuación, usó su brazo como almohada, acomodándolo entre su nuca y la cabecera de la cama para tener una mejor visión de los movimientos de la bruja: Hermione estaba frente al espejo del lavado poniendo una especie de loción anti friz en su siempre desordenada cabellera.
—Te apuesto a que ninguno de ellos irá —rebatió él, sonriendo sardónicamente ante el panorama de Granger sacándose la toalla de nenúfares.
—Zabini lo hará —apostilló ella, como quien sabe algo que todos los demás ignoran.
—Por supuesto que no. A menos, claro, que la lechuza multicolor de tu amiga, lo obligue.
A él le pareció escucharla renegar algo en voz baja, por lo que afiló una expresión de profundo arrepentimiento; típica en aquellos que esperan ser castigados por algún crimen de lesa humanidad. Casi. Para Hermione Granger, cualquier ofensa en contra de sus amigos, era el equivalente a conjurar alguna de las Maldiciones Imperdonables. Por eso, Draco, que había estado jugando con fuego desde hace rato, se extrañó cuando ella no hizo ningún comentario al respecto.
Luego de una inusual pausa, la voz de la Gryffindor se dejó oír:
—Supongo que Luna tiene sus métodos para conseguir lo que quiere.
Política del desgaste, Malfoy pensó en respuesta, pero no dijo nada. Definitivamente eso siempre funcionaría con alguien como Blaise: demasiado frugal como para fastidiarse la vida con nimiedades de ese tipo. Y es que si había algo que maravillaba al rubio, era cómo Zabini había logrado sortear con una habilidad envidiable, la insolente desconfianza que las amistades de Luna (incluida Hermione) algunas veces le manifestaban. Frunció el ceño cuando ella pateó la puerta que, al quedar entrecerrada, vedó completamente la impúdica trayectoria de su mirada. Un gruñido trepó por su garganta al darse cuenta que esta permanecería así por más tiempo del que él hubiese querido. Estaba a punto de protestar cuando...
—Yo tengo los míos —anunció la bruja, emergiendo del baño ataviada en un escueto conjunto de encaje negro, que ciñéndose totalmente a sus delineadas curvas, hacía resaltar la tersura de su piel blanca, volviéndola, a entender de Malfoy, irresistible.
Él se irguió como expelido por un resorte, ocasionado que el poemario preferido de Hermione rodara de su pecho hasta la orilla del colchón; sin poder separar los ojos de su figura semidesnuda, sintió como una violenta ola de calor reptaba desde su vientre hasta inundar su estómago. A lo largo de todos estos años y de las muchas mujeres con las que había mantenido relaciones de carácter sexual, él jamás había presenciado algo tan excitante como Granger luciendo ese erótico conjunto de lencería muggle.
Sintió la boca seca.
—Sería una lástima que no pudiéramos… ¿ya sabes? —murmuró con las mejillas rojas, dejando la idea inconclusa.
A pesar del tiempo que llevaba durmiendo con Malfoy, las dotes de seducción de Hermione eran un desastre. Ni falta que le hacían, argüía Draco para sus adentros cada que la veía devanándose los sesos en busca de nuevas estrategias para seducirlo. Ella, y el mago podía apostar lo poco que sus padres le habían permitido conservar luego de su autoexilio, solo necesitaba sonrojarse o dejar caer los parpados en una pose cándida para despertar en él los más libidinosos deseos; para avivar aquellos instintos casi bestiales que moraban en su –ya de por sí- corrompido interior.
—¡Joder, Granger! ¡Si dejas… si dejas que te folle…! —Malfoy sabía que todo eso no era más que un vil chantaje (al mejor estilo Slytherin, huelga mencionar) pero le importó una mierda—. Te juro que sería capaz hasta de aceptar una invitación a cenar en La Madriguera. Es más… —Y aunque en el fondo confiaba en que ella jamás consentiría tal exabrupto en su contra, propuso tan emocionado ante la perspectiva de lograr que Hermione cumpliera su incipiente fantasía, que no se dio cuenta que estaba cavando su propia tumba—... si haces ese estúpido Baile de la Victoria, me comería sin chistar el asqueroso faisán que suele preparar la señora Weasley para Las Pascuas.
Ella lo ojeó con recriminación; un deje, casi indetectable, de retorcida complacencia rutilando en sus ojos cafés.
—La comida de Molly no es asquerosa.
Como toda contestación, Draco acomodó un aspaviento de diferendo, evocando la vez que por error había probado un bocado de ese platillo y, a parte del sabor rancio, había terminado indigestado; mas, la bruja profundizó su mirada de advertencia, poniendo en riesgo, según la apocalíptica opinión de Malfoy, la posibilidad de una noche agitada. Así que, dejando de lado sus reticencias, se apresuró a convenir:
—Iremos a lo de Potter.
—Y no pondrás malas caras en presencia de mis amigos.
—Nada de malas caras —ronroneó la respuesta, no sabiendo en que momento su cerebro la había concebido y sus labios pronunciado—. Ahora empieza.
Todavía faltaba algo que ella quería obtener, pero, por el momento, lo recompensó acercándose a la cama con movimientos garbosos; que si bien distaban mucho de los solicitados expresamente por Malfoy, tampoco es como que él pudiera mostrarse disgustado por el hecho de que Granger hubiera decidido ampliar su repertorio. La cruda realidad era que Hermione tenía un-no-sé-qué; algo que aún no precisaba, pero que lo hacía perder la cabeza; tan era así, que a Draco le importó una mierda las amenazas de su padre de desheredarlo cuando éste se enteró de con quién era que había estado saliendo su unigénito en los últimos meses. Sencillamente, no le había dado bola a los alaridos de su madre sobre lo inadmisible que le resultaba la idea de una parentela mestiza. En definitiva, fuera lo que fuera que ella había desatado en él, había sido lo suficientemente enérgico como para relegar –una guerra después- los absurdos dogmas, enquistados en su conciencia durante gran parte de su vida.
—Quiero que seas amable con... —Creyéndose con la sartén por el mango, solicitó, no sin cierta aprehensión—... Ronald. —Eso, no obstante, fue tentar su suerte: el asco transfiguró el semblante del mago en un aspaviento que sugería que estaba menos que poco dispuesto a comprometerse con semejante cosa. La excitación desapareció y, a continuación, se dejó ver en sus perfectamente cinceladas facciones un atisbo de crujiente resquemor.
—Primero muerto.
—No te estoy pidiendo que sean amigos —Hermione explicó de prisa, viendo su plan venirse a pique—. Solo quisiera que fueran capaces de llevar la fiesta en paz. Siquiera por una noche.
¿Una noche? ¿Cinco, seis o quizás más horas, fingiendo que le agradaba Weasley? Definitivamente, no. Sobrellevar al idiota de Potter y sus miradas suspicaces era una cosa; a él, por lo menos, lo mantenía a raya Ginevra Weasley; a Ron, en cambio, lo único que lo hacía ubicarse en su verdadero lugar de mejor amigo, o ex novio, como le reiteraba a Draco con altivez, eran las amenazas de Hermione y estas, en su mayoría, solo eran hechas cuando el maldito de Weasley ya le había triturado los nervios por un buen rato. Así que no, él no tenía ninguna intención de aparentar que no lo aborrecía con todas sus fuerzas.
—Eso es imposible.
Ante la inflexión categórica de su sentencia, Hermione enarcó una ceja. En tono parco, comentó:
—Tú irrumpiste una noche en mi casa para besarme. Pregúntale a cualquiera que nos haya conocido hace diez años y te dirá exactamente lo mismo.
—Granger —murmuró, tensando la mandíbula al avizorar mentalmente las diapositivas en las que se habían almacenado sus recuerdos. Ella tenía razón; aun así, dijo—. Eso es completamente diferente.
—¿En qué sentido? —preguntó, distraídamente, mientras contorsionaba el cuerpo con exagerada intemperancia, buscando una forma de recuperar el ambiente erótico. Él, sin dejar de observarla, solo guardó silencio—. Malfoy…
—En todos —silabeó, arrastrando cada sílaba.
Ella boqueó, sintiéndose impotente ante un nuevo fracaso de limar asperezas entre ese par de cabezas duras. A este paso, envejecería milenios antes de que Malfoy y Ron se trataran siquiera con tolerancia. Tomando uno de los tabardos que había en el perchero, al lado del armario, dijo:
—Supongo que no hay mucho que yo pueda hacer para cambiar eso.
Esta vez él sí le dio la razón; asintió con un movimiento elegante y mientras estiraba los músculos, respiró con calma, creyendo que al menos por esta vez, Granger no se saldría con la suya.
—¿A dónde vas? —le increpó con una chocante gentileza al ver que ella empezaba a alejarse.
Hermione no acusó haberlo escuchado, pero cuando su mano rozó el picaporte de la puerta del baño, Malfoy lo adivinó. La atmósfera alucinantemente prometedora de los minutos previos, se disolvió en un santiamén, tornándose amarga, pero… ¡Por Salazar! Ella seguía llevando ese conjunto de lencería que, en ese preciso momento y dado que estaba de espalda, dejaba a la vista la curvatura de su cintura, el serpenteo de su sinuoso trasero, la longitud de sus torneadas piernas… La mente pecaminosa de Malfoy elucubró rápidamente que sería un desperdicio dejar que todo se fuera al garete por su cabezonería. Total, solo era una noche. Sí, en definitiva, él podía disimular por unas cuantas horas que Weasley era la persona más agradable del mundo y que no se le antojaba lanzarle un Avada Kadavra cada vez que sus mimos para con Hermione duraban más de lo que ordenaban las buenas costumbres entre los amigos.
—¡Mierda, Granger, esto no es justo! —Sus ojos grises la acusaron, pero nuevamente las palabras estaban fuera de su boca antes de que él pudiera detenerlas —. ¿Quieres que sea cordial con Weasley? Bien; pues dalo por hecho.
Sinceramente, ella pensó que no lo lograría. Había tenido sus dudas con respecto a las palabras de Ginny y su creencia de que no había nada que el sexo no pudiera conseguir, pero ahora, con los ánimos renovamos, Hermione pensaba darle rienda suelta a su plan original. Sacudió la melena y sonrió satisfecha por el recién descubierto poder que tenía sobre Malfoy, recordándose que tenía que agradecerle a Luna por su brillante y subliminal idea. Contoneando las caderas en su dirección, reprodujo los pasos que sus amigas habían coreografiado para celebrar los triunfos de Las Arpías… Ella no lo sabía, pero fue ese día, cuando Draco la vio ataviada con aquel vestido floreado que usaba para los domingos, el pelo terriblemente enmarañado y bailando alegremente en una de las gradas de la sección VIP del estadio de Holyhead, que descubrió que lo que sentía por ella era tan imperioso que escapaba de su siempre calculado control.
Fue el día que aceptó que estaba irrevocablemente enamorado de Hermione Granger.
*Fin*
...
Para manipular eficazmente a alguien, es necesario hacerle creer que nadie les manipula.
John Kenneth Galbraith
...
Hola. Esta es otra de las entregas prometidas y les agradecería mucho que me hicieran saber que les ha parecido. Sus opiniones son importantes para mí, pues gracias a ellas puedo concebir ideas nuevas: de hecho, a parte de los cuatro capis estipulados para este compendio de historias -casi- aisladas, una lectora ya me dio el argumento para otra entrega: así que muy pronto sabrán cómo les va a una cuerda de magos jugando 'Yo nunca' ¿Se imaginan a Luna en el juego? ¿Qué cosas nunca habrá hecho Draco? ¿Hermione será tan recatada como parece? Bien, pues ya escribí una vez sobre este juego, pero fue en otra historia y de otro Fandom y si hay algo que recuerdo es que me divertí mucho mientras lo escribía.
Gracias a todos los que comentaron, agregaron a Favs y Follows. son lo mejor del mundo y les animo a contarme sus impresiones; los reviews son gratis y está comprobado científicamente que ayudan a prevenir arrugas e incentivar ideas: cosas muy buenas, según yo.
¡Feliz existencia!
