DISCLAIMER: Los personajes pertenecen a J.K. Rowling.

ADVERTENCIA: Post-Hogwarts/ Leve OoC/ Desvarios de la autora.

Espero que lo disfruten.


Rapsodia

Capítulo 3: Escaquearse

—¡Granger!

—¡Santo cielos, Malfoy! —barboteó, pegando un respingo. Se volvió lentamente para corroborar que su oído había identificado correctamente la identidad del dueño de la voz—. Deja de hacer eso ¿quieres?

—¿El qué? —Fingió inocencia; mas su sonrisa sardónica lo delató.

Hermione rodó los ojos para romper el contacto visual.

—Sorprenderme por la espalda —sentenció ella mientras ponía el libro que acababa de tomar en la estantería correspondiente—. Me pone de los pelos.

Y exactamente por eso lo hacía. Desde que establecieran esa extraña relación, Draco había encontrado un ominoso placer en crispar los nervios de Hermione. Era cierto que siempre había disfrutado ser el responsable directo de sus rabietas, pero una vez terminada la guerra y dejado atrás los convencionalismos por la pureza o no de la sangre, él logró dar con otras maneras para sacarla de quicio. Hacerla pegarse del techo cada vez que la cogía con la guardia baja era una. La otra era poner su moral en entredicho.

Draco sonrió para sí mismo antes de decir:

—Así tendrás la conciencia, Granger.

Ella bufó, poniendo los ojos en blanco -gesto que a él se le antojó demasiado exagerado- y siguió revisando la estantería de libros hasta que otro ejemplar llamó su atención.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, ojeando distraídamente el tomo.

—Supongo que lo mismo que tú.

La mirada castaña de Granger vagó por el reducido pasillo de la librería de segunda mano en la que se encontraban; los elegantes zapatos del mago sobre la alfombra polvorienta y la iluminación pobre, que bañaba su plateado cabello, fueron el primer indicio del desfase en la escena. Ella echó un vistazo a los escaparates roídos y atestados de libros abandonados por sus antiguos dueños, y eso solo reafirmó lo fuera de lugar que una persona como Draco Malfoy estaba en un sitio como ese. Con un tono arteramente solemne, Hermione contestó:

—Lo dudo.

—¿Acaso no viniste a comprarle un regalo muggle a Lovegood?

Ella asintió con cierta sorpresa.

—Eso no explica que haces tú aquí. —expuso, absteniéndose de mirarlo; no obstante, por la fluctuación de las sombras, ella supuso que estaba hundiendo las manos en los bolsillos de su oneroso pantalón gris—. Por mucho que hayas accedido asistir a la fiesta de Luna, jamás me imaginé que te tomaras la molestia de obsequiarle algo.

—En realidad, estoy aquí en calidad de asesor.

Los ojos de Hermione se achicaron cuando arrugó la nariz, destilando desconfianza.

—No te entiendo.

—Vieras —empezó a explicar, sin que aquella sonrisa petulante abandonara su rostro—. Iba pasando por aquí y te vi ensimismada entre este caos de papel rancio. —Draco hizo una mueca fresca de incomprensión, que ella no logró registrar porque seguía muy concentrada en no fijar sus ojos en él—. Realmente, pensaba seguir de largo, pero recordé lo de Lovegood y decidí hacer mi buena obra del día.

La joven bruja juntó las cejas con escepticismo. Para empezar, Draco no era de los que solamente deambulaba por Londres Muggle sin ninguna razón que lo justificara; mucho menos, y Hermione podía dar fe de ello, era del tipo altruista.

—Discúlpame, Malfoy… —Hermione se sintió sofocada cuando su concentración pifió y divisó aquellos estilizados rasgos; ignoró el extraño cosquilleo que le zarandeó la parte baja del vientre y, precipitadamente, mencionó—. Pero me cuesta creer que tú tengas como propósito en la vida hacer una buena obra.

—Todavía no me conoces, Granger. No sabes lo que soy capaz de hacer por un amigo.

—Luna no es tu amiga —sentenció ella, embutiendo la cabeza en un atlas sobre el estudio de las criaturas marinas, que acababa de tomar de una de las estanterías; acto seguido, se adentró hasta el final del pasillo.

Draco rodó los ojos con fastidio. Hermione Granger podía ser mortalmente irritante cuando se lo proponía; sobre todo después que él empezara a darle importancia a sus gestos superlativos, a sus aires de marisabidilla o a la simpleza con la que decía lo que pensaba sin que le importara una mierda lo que los demás pensaran. Principalmente, después que se dio cuenta que, a pesar de todo eso, su día no terminaba del todo bien sino podía pasar tiempo con ella. Granger, valiéndose de quien sabe cuál hechizo, había logrado calar hondo en él.

Desde el mismo momento en el que ella, por su propias e incompresibles razones, había decidido aceptarlo a él, (un ex mortífago supremacista, que durante años no había hecho otra cosa que abusar felizmente del poder que le confería su abolengo) en su, para nada selecto, grupo de amigos, la vida de Malfoy había dado un drástico giro. Para bien o para mal, ahora ella era parte imprescindible de su vida.

La siguió con la mirada; su enmarañado pelo castaño danzaba tras de ella al ritmo de sus pisadas. Él se le acercó a una distancia prudencial, inspeccionando sus reacciones a través del cristal de la vitrina que daba a la calzada.

—Por supuesto que no hablo de Lovegood. Pero si sigues regalándole libros, que luego ella obligará al imbécil de Blaise a leer, el bastardo terminara volviéndose loco.

—¿Luna obliga a Zabini a leer los libros que le regalo?

Hermione había abierto los ojos, clavándolos en la vidriera para analizar la expresión del joven, sabiendo que, pese a esa sonrisa (demasiado Slytherin para su gusto), que bailaba en sus finos labios, Malfoy no le estaba mintiendo. Indudablemente, esa era otra de esas cosas incómodas que Luna solía propiciar, causándole a ella un retorcido amasijo de vergüenza y pena ajena.

—Arguye que tiene que aprender más de algo que no tenga que ver con la magia. —Levantó una ceja como cuestionando la sensatez de aquel argumento—. ¿Por qué crees que Blaise reniega cada vez que le das uno de tus excéntricos regalos a la chiflada de tu amiga?

Granger le disparó una mirada que solo podría describirse como hostil al tiempo que el aturdidor, pero galante reflejo de Malfoy en el vidrio de la vitrina, provocaba que sus mejillas se encendieran a rojo vivo.

—No te expreses así de ella —le advirtió, volteándose, pero sin lograr conferir la suficiente severidad a sus palabras; Draco contuvo la risa al ver que su pequeña nariz volvía a fruncirse—. Luna está más cuerda que todos nosotros juntos.

—Habla por ti misma —apostilló en un arrastre de palabras y justo cuando pensaba agregar un comentario soez que avivara la actitud irascible que tanto le divertía de la bruja, la escuchó pegar un chillido cercano a la histeria—. ¡Por las bolas de Salazar, Granger! ¿Qué carajos te pasa?

—¡Merlín, Merlín! ¡Lo encontré! —berreó Hermione, abrazándose a un ejemplar de tapa violeta y aterciopelada—. ¡No puedo creerlo!

—Granger, cálmate —le ordenó cuando notó las miradas curiosas puestas en ellos. En otros tiempos, habría hechizado a la horda de muggles que no dejaban de observarlos con fastidiosa insistencia; esta vez, sin embargo, se confinó únicamente a murmurar—. Recobra la compostura, mujer. Pareces una maniática recién salida de Azkaban.

Pero ella parecía no oírlo; solo pegaba brinquitos presurosos y con la vista desorbitada profería una y otra vez lo feliz que estaba por haber encontrado lo que fuera con lo que acababa de dar.

—A menos que sea un maldito tesoro, no entiendo porque el decadente espectáculo.

—¡Oh, Godric, gracias! —suspiró sin poner especial atención en nada que no fuera el libro; con ojos entrecerrados pegó la nariz al compendio de hojas amarillentas que tenía en el regazo y aspiró el rancio olor a herrumbre. Sonrió—. Conserva el mismo olor.

Draco que ya estaba molesto porque Granger había decidido pasar de él deliberadamente, por algo que aún no conseguía entender, chasqueó la lengua y dando una zancada se situó frente a ella y le arrancó, sin mayor contemplación, el libro del pétreo abrazo con el que lo sujetaba. De buenas a primeras, ella abrió los ojos sintiéndose vacía; brutalmente violentada.

—¿Qué carajos haces? —ladró Hermione al tiempo que él le daba la espalda—. ¡Devuélvemelo! ¡Es mío!

Usando el ancho de su torso como escudo, Malfoy la mantuvo a raya para evitar que se le acercara más de la cuenta mientras se dedicaba a inspeccionar el objeto. Se trataba de un libro común y corriente: de tamaño proporcional, hojas ajadas y letras amontonadas en cortas estrofas, por lo que, a pesar del poco conocimiento que tenía sobre literatura muggle, Draco dedujo que debía ser una especie de poemario. Leyó los nombres en la parte interna de la portada: Siegfried Sassoon y Wilfred Owen; y aunque esa información tampoco supuso una pista muy clara de porque el dichoso ejemplar le importaba tanto a Hermione, enseguida sus ojos se encontraron con una serie de garabatos trazados a puño y letra, justo debajo de la inscripción de los autores:

Adorada, Lyzzie. Ancio que nuestra separación no sea muy larga. Mientras tanto, espero que la inspiración de estos grandes trovadores te haga compañía durante mi ausencia. Con amor, Dereck. (Kent/Abril-1941).

Más abajo, había otra dedicatoria. Todavía luchando contra la impertinencia de Granger, Draco repasó las siguientes líneas:

Querida, Herm. Sé que nuestra separación será definitiva. Sin embargo, deseo de todo corazón que mientras tengas esto contigo, permanezcamos unidas siempre. Con amor, Lyzzie. (Londres/Diciembre-1994).

—Malfoy, más te vale que me devuelvas mi libro o…

—¿O qué? —farfulló él, arrastrando lentamente las dos palabras; Hermione supo por la inflexión de su voz que, realmente, estaba disfrutando hacerla rabiar—. ¿Me lanzaras un Imperius para que te obedezca?

Cuando Draco se volvió, pudo vislumbrar que ella, en cierta medida, había considerado la idea de hechizarlo. Su sonrisa burlona se amplió; Hermione, por su parte, no consiguió reprimir los espasmos que la sacudieron al advertir como esos ojos grises la escudriñaban hasta los huesos; las amenazas murieron en sus labios, precisamente antes de abandonar su boca.

—Aún no pagas por él; así que técnicamente no es tuyo, Granger.

Ella boqueó con exageración; apartándose el desordenado cabello del rostro, emitió un fuerte suspiro.

—Lo es. —Su voz sonó categórica y, de súbito, la expresión de triunfo de Draco se desvaneció tras ver las facciones tristes de la Gryffindor—. Era un regalo… Mi abuela… Ella me lo obsequió hace algunas navidades, justo antes de morir. Cuando mis padres se fueron a Australia y arrendaron nuestra casa, fue una de las pocas cosas que no pude sacar; así que pensé que lo había perdido.

—¿Y llevas todos estos años buscándolo? —comprendió, sintiéndose un maldito bastardo y esta vez no puso objeción cuando ella le arrebató el objeto de las manos.

—Sí —Hermione musitó, acariciando la tapa de terciopelo como si su vida dependiera de ello—. Mi abuelo se lo obsequió en la víspera de su partida, en plena Segunda Guerra Mundial; él se uniría al campo de batalla y, pues, el poemario es antibelicistas; así que…

Draco asintió sin saber que más hacer o decir. Lo único que se le antojaba en ese preciso momento era encontrar la Red Flu más cercana y perderse fuera del alcance de los censuradores ojos de Hermione Granger. Si tan solo supiera como pedir disculpas, las cosas serían un poco más sencillas. Pero por mucho que su personalidad discriminadora hubiese mutado, él seguía siendo un Malfoy y, tal y como aducía Hermione a menudo, hay cosas que nunca cambian.

—Aunque puedo recitarlo de memoria, me hubiese gustado tenerlo cerca durante… —Ella lo vio tensarse—. ¿Ya sabes? Fueron tiempos difíciles.

—Es una historia… interesante —comentó, ignorando la referencia anterior.

Hermione se alzó de hombros.

—Ni tanto —murmuró, evocando un recuerdo, a juzgar por su expresión, no tan placentero—. Aunque mi abuelo sobrevivió a la guerra, no lo hizo así su espíritu. Mi abuela Elizabeth solía contarme que, a pesar de que consiguió regresar a su lado como le había prometido, ya no era el mismo. Jamás volvió a serlo. Este libro era lo único que le había quedado del Dereck que ella recordaba.

—Las guerras siempre surten cambios en las personas.

—Sí —convino Hermione mientras le dirigía una de esas sonrisas que lograban desarmarlo más rápido que un Expelliarmus—; y algunos son mejores que otros.

Draco la siguió hasta la caja registradora; ambos con una expresión de profundo razonamiento. Entonces, fue testigo de otro ataque de neurastenia de la bruja, cuando esta se dio cuenta que no traía consigo el dinero suficiente para cubrir el costo completo del libro.

—Espere, debo tener algo más por aquí —Se revisó los bolsillos de su abrigo, pero no halló ni un penique—. Le juro que traía dinero de sobra para...

—¿Viniste a comprarle un regalo a Lovegood sin dinero muggle? —le reclamó, satíricamente. Ella le lanzó una mirada capaz de helar la quinta paila del infierno—. ¿Quieres que te preste unos galeones? Puedes hacer una transfiguración y convertirlo en lo que sea que utilicen para adquirir las cosas en este… lugar.

Desde el otro lado del aparador, la vendedora miró a Draco, atraída más que por su manera extraña de expresarse, por sus rasgos aristocráticos: siempre había sido un chico que difícilmente podía pasar desapercibido y ahora, con la galantería letal que solo otorgan los años, lo era todavía más. Él, no obstante, tenía toda su atención en la guedeja de pelo cobrizo de Hermione Granger; así que ni notó el rubor de la mujer frente a ellos, ni el hecho de que estaba usando un lenguaje inconvenientemente revelador.

—Claro que traje dinero. —replicó ella, esculcando de nueva cuenta su bolso encantado y absteniéndose de hacerle a Draco una de sus típicas exposiciones didácticas, detallando que el dinero es la tercera de las cinco Excepciones Principales a la Ley de Transformación Elemental de Gamp—. Solo que no sé dónde diablos está mi billetera.

—Tal vez la olvidaste en el Ministerio; saliste muy a prisa.

—Se me estaba haciendo tar... ¿Cómo sabes que salí apurada del Ministerio? ¿Acaso tú…? ¿Me estabas siguiendo, Malfoy?

Draco palideció.

—¿Te volviste loca, Granger? —apuntó en un tono que realmente ponía en duda su cordura—. Lo digo porque siempre andas a las carreras.

Ella, que tenía otras preocupaciones en la cabeza, hizo un visaje de asentimiento y siguió buscando la billetera. Al cabo de unos minutos, cuando se hizo obvio que el dinero no aparecería por arte de magia, la vendedora les recomendó:

—Creo que es mejor que venga mañana, señorita. Estamos a punto de cerrar y por lo visto… —Sus ojos se posaron descaradamente en el rubio—; ninguno de los dos tiene el dinero suficiente.

Malfoy siseó por lo bajini:

—Con la mitad de lo que tengo en mi bóveda de Gringotts podría comprar la cuadra entera; todo Londres si se me diera la gana.

—No, no —gimió Hermione, llevándose las manos al rostro; arrepentida de haber salido con tanta premura del Ministerio; contrariada por haberle dado el libro a la vendedora para que lo envolviera—. Si usted deja que me lo lleve, le prometo que mañana a primera hora…

La mujer la detuvo con un gesto de la mano y como leyendo los pensamientos de la castaña, quitó el libro del mostrador y lo guardó bajo llave, en un estante que tenía a sus espaldas.

—Lo siento mucho. Pero no fiamos la mercancía; son políticas de la empresa.

—Pero…

—Vuelva mañana, señorita.

Hermione quiso rebatir, pero en ese momento notó su respiración húmeda y se dio cuenta de que estaba aguantando las ganas de llorar; sus dedos instintivamente rodearon la varita de vid y fibra de corazón de dragón, sintiéndose acorralada.

—¡Estúpida! —imprecó cuando Draco la jaló fuera de la tienda para evitar que cometiera una irracionalidad.

Por muy divertido que le resultara ver a Granger perder los estribos, él no quería que se le acusara de cometer ningún tipo de infracción y menos cuando la misma estaba ligada al daño que una bruja experimentaba pudiera hacerle a una indefensa muggle, en su presencia. Así que por su bien, la arrastró lo más lejos que pudo del establecimiento.

—¡Ya cálmate, Granger; no es para tanto!

—¿Tú qué sabes? —chilló—. Tienes la sensibilidad de un hacha mal afilada.

—Te digo que no lo es —reiteró.

Fue entonces cuando Hermione recordó que al momento de abandonar la librería, Draco tenía esa mirada que esgrimía cuando estaba satisfecho de sí mismo. Quiso increparlo, sabiendo que nada que hiciera a Malfoy lucir tan exultante podría ser preludio de algo bueno, pero él se le adelantó:

—Aquí tienes.

Y antes de que ella pudiera inquirir algo, depositó sobre su regazo el libro de tapa violeta aterciopelada. Hermione agrandó los ojos, verificando que se tratara del objeto en cuestión; a continuación, él vio cómo ella se lamía los labios nerviosamente.

—¿Lo robaste? —preguntó, sucinta, sin estar segura que emoción debía mostrar.

—Dijiste que era tuyo; así que… técnicamente, no.

—Aquí las cosas no funcionan así, Malfoy —dijo, haciendo amago de girar sobre sus talones.

—¡Espera! —la detuvo él, tocándola por primera vez y sintiendo que el corazón se le sacudía, con el ímpetu de un movimiento telúrico, allí dentro—. Ya debe estar cerrado; además se nos hace tarde para lo de Lovegood. —Con un impostado tono de fastidio, le planteó—. Si lo prefieres, mañana temprano te acompaño a devolverlo; o lo que sea que quieras hacer con el jodido libro.

Hermione sopesó las opciones; la vista perdida en la marea de gente que transitaba por las concurridas calles londinenses. Abrazándose fuertemente al viejo ejemplar de Sassoon y Owen, asintió a la propuesta de Malfoy, segura de que nada podía ser peor que perder la oportunidad de recuperar su libro. Craso error. Tras emprender la marcha rumbo al Caldero Chorreante, escuchó al Slytherin decir en un susurro actuado:

—Espero que ya tengas una excusa razonable para explicar cómo te robaste ese libro, Granger.

Típico de Malfoy, caviló ella sintiéndose, repentinamente, enojada. Por supuesto que él no pensaba asumir la culpa por sus actos.

...

Errar es de humanos, pero culpa de ello a otros lo es aún más.

Baltasar Gracián y Morales

...


Hola, mi gente bella; acá les traje la tercera Rapsodia de este par tan disparejo. Espero que les haya gustado y me puedan contar que les ha parecido. Quisiera aprovechar para agradecer a Doristarazona, Dicaria Volkov, SallyElizabethHR, Priky y Crimela; por compartir conmigo sus opiniones con respecto a estas historias que tanto me gusta escribir. Saludos :D

¡Feliz existencia!