DISCLAIMER: Los personajes pertenecen a J.K. Rowling.

ADVERTENCIA: Post-Hogwarts/ Leve OoC/ Desvarios de la autora.

Espero que lo disfruten.


Rapsodia

Capítulo 4: ¿Novios?

—¡Mierda! —exclamó ella, sobresaltándose.

Él sonrió con malévola complacencia cuando, a pesar de la pobre iluminación de la estancia, la vio recular dando botes. Hermione se había deshecho de la jarra de agua y del vaso vacío para poder cerrar la puerta del refrigerador.

—¿Qué te he dicho de llegar así a mi casa, Malfoy? —lo regañó con un represivo tono de voz cuando el olor inconfundible de su loción, le reveló que se trataba de él.

—No sabía que tenía que anunciarme —dijo, sacudiéndose unas cenizas inexistentes de su caro y plúmbeo traje mientras el fuego verde se terminaba de extinguir de la chimenea.

Ella no contestó. Y Draco, como el veterano oportunista que era, aprovechó la ventaja que le brindaba el incómodo silencio para apuntar con su varita la lámpara sobre la mesa del recibidor; cuando se encendió, la habitación fue rociada por un cálido fulgor plateado, por lo que él pudo ver que Hermione estaba vestida con vaqueros desgastados y un suéter de noche; no con el pijama de mariposas púrpuras con la que había esperado encontrársela.

Con la que siempre la encontraba cuando le hacía una de sus inoportunas visitas nocturnas.

—¿Qué haces aquí?

—Muy bien, gracias. También me alegra verte —siseó con el fantasma de una sonrisa afectada mientras se alisaba los cabellos blondos con una mano.

Ella mareó la vista.

—Malfoy, es casi media noche y al menos que tengas una brillante explicación de cómo otra vez te perdiste en la Red Flu y terminaste en mi departamento, no entiendo qué coño…

—¿De dónde vienes?

Hermione enarcó una ceja al tiempo que él se permitía dejar escapar un gesto de verdadera curiosidad de su petulante rostro.

—¿Qué te hace pensar que vengo de algún lugar?

Sus ojos grises volvieron a recorrerla de pies a cabeza.

—Tu ropa —señaló, desdeñoso—. No estás en pijama, enrollada en el sofá mientras descifras uno de tus libros de Runas o tratando de predecir el futuro con Aritmancia. —Aunque la rasgadura de su mirada delataba su mal talante, Malfoy forzó una sonrisa singular; desprovista de emoción, pero sonrisa en resumidas cuentas—. ¿Acaso, estabas en alguna cita?

Ella se ruborizó y Draco, no sabiendo que lo hacía por el hecho de que él conociera al dedillo sus hábitos, hizo un gesto despreciativo.

—Espero que al menos este sí tenga dinero —azuzó, dispuesto a ganarse aunque fuera su desprecio.

—¡Oh, cielos, no!

—Sé que tu altruismo no tiene límites, Granger —murmuró, haciendo caso omiso de su exclamación—. Pero no haría daño mejorar tus estándares.

Hermione volvió a rodar los ojos, irritada. Sabía que lo decía por la relación que en su momento ella había mantenido con Ron: ¿Como pudiste salir con él por más de un día siquiera?, había argüido una única vez hace algunos meses. Es tan... simplón. Ella lo había reprendido duramente y desde entonces, el nombre de Ronald Weasley pasó a ser un tema tabú entre ellos. No obstante, ella sospechaba que esa reticente actitud de matón que Draco mostraba frente a Ron se debía a algo más que a viejas rencillas colegiales: la relación que habían entablado desde hace algún tiempo, a pesar de su estatus de sangre, era una prueba fehaciente de ello. Es distinto, Granger. Tú no eres una cabeza hueca y tampoco tienes delirios de grandeza, espetó la vez que ella le preguntó porqué no podía intentar llevarse de la misma forma civilizada con Ron y Harry. Ante su respuesta, ella había puesto los ojos en blanco y no le había dirigido la palabra por dos días. Lo invitó a una taza de café al finalizar la jornada de trabajo, luego de que se enteró por Luna que era Draco quien, anónimamente, había conseguido los pases VIP para la final de las Arpías en el estadio Holyhead, que ella y sus amigos -ni siquiera con las influencias de Ginny- habían logrado obtener.

—Granger.

Ella adoraba como él acariciaba las letras de su apellido con su lengua al pronunciarlas; sin embargo, dado que la expresión de su rostro no era para nada adorable, ella salió de golpe de ese túnel de recuerdos y terminó explicándole:

—Por supuesto que no vengo de una cita, Malfoy. —Pese a no saber bien porqué, necesitaba que él le creyera—. Estaba en San Mungo. Ginny tuvo un accidente en su escoba durante la práctica de Quidditch de esta tarde; se lesionó el tobillo izquierdo; así que me quedé con ella mientras llegaba Harry.

Él la contempló largamente, relajando la tensión sobre sus hombros y nuca. El mundo pareció un mejor lugar ahora que sabía eso.

—Sobrevivirá.

No era una pregunta, pero Hermione asintió.

—¿Tú qué haces aquí? —retomó—. Casi dan las doce…

No había podido dormir durante noches enteras; por eso estaba allí. Porque cuando no podía soñar con ella, lo único que lograba aplacar sus absurdas ansias de tenerla, era emborracharse y cuando ni siquiera eso lo conseguía, necesitaba verla; así fuera sin su aprobación, aunque ella siempre terminara echándolo de su lado por actuar de forma impertinente. Justo como ahora.

—Granger, soy perfectamente capaz de averiguar la hora sin tu reiterada ayuda —arguyó y para estupor de Hermione, dijo—. Además, no soy La Cenicienta ni nada por el estilo.

¿Malfoy haciendo referencia a un personaje literario muggle? Que alguien viniera y la despertara, porque de seguro debía estar en estado de COMA en el hospital, a consecuencia de una apoplejía o algo médicamente similar.

—Sigues sin responder mi pregunta —murmuró ella, surcando la estancia después de recuperarse de su pequeño episodio de hipocondría.

—También me he dado cuenta de eso.

Hermione puso los ojos en blanco por tercera vez y bostezó ostentosamente.

—¿Por qué estás en mi casa? —interrogó, ya hastiada; justo cuando iba a tomar la varita que había dejado en la mesa del recibidor al lado de la lámpara, la mano de Malfoy atrapó su brazo y, sin más, dijo:

—Te necesitaba. —Las palabras se le escaparon antes de saber, siquiera, lo que decía—. Creo que estoy a punto de enfermarme.

Después de lo que pareció una pausa eterna, la Gryffindor sacudió la cabeza como quien busca repeler los efectos de alguna clase de hechizo de Legeremanica.

—Aunque si tanto te molesta mi presencia —voceó en un tañido oscuro y lleno de significado—. Puedo irme.

Él dio un par de pasos para alejarse, pero cuando notó cuan exánime estaba el cuerpo de Hermione, la sujetó más fuerte, temiendo que pudiera perder el equilibrio en cualquier momento. Ella, por su parte, sintió como se le erizaba la piel de la nuca después que su epidermis registrara el contacto de los fríos dedos de Draco contra su espalda desnuda. Bajo el ritmo de su marcada respiración, consiguió indicar:

—Esa es mi cintura.

—Y es una suave cintura —Draco dijo, dejando caer su voz y expandiendo el alcance de su mano sobre la espalda de la bruja.

—¡Malfoy! —Ella advirtió, apenas en un hilo de voz.

—Lo siento, Granger. Sé que debería soltarte, pero tengo manos muy voluntariosas.

Los ojos de ambos brillaron bajo el tenue resplandor de la estancia al tiempo que una descabellada, pero –potencialmente- prodigiosa idea, revoloteaba en el aire. Y antes de que pudiera reparar mucho en el movimiento de su cuerpo ligeramente inclinado sobre el de una Hermione bastante exacerbada, Draco acercó su rostro al de ella. Incluso con la débil luz que emitía la lámpara, él pudo detectar como las mejillas de la bruja tomaban un tono rojo vivo. De pronto, Malfoy sintió las orejas y el cuello calientes; a toda prisa, tragó el nudo en su garganta y sin posponerlo más, besó los labios rosados y carnosos de una estupefacta Hermione Granger. Ella tardó unos segundos para reaccionar, pero cuando al fin lo hizo, sus labios se acoplaron sin dificultad al frenético ritmo que imponían los de Draco. Ante la primera insinuación, abrió la boca y la lengua del mago se introdujo con presteza, subyugando la suya a placer. Dejándole el sabor amargo del whisky de fuego, que había estado ingiriendo, en el paladar, le alborotó una horda de impetuosas mariposas en el estómago a la par que una ola de calor le arrebolaba todavía más las mejillas.

—¡Mierda! —silabeó Malfoy con los labios hinchados todavía sobre los de Hermione; ella se removió nerviosa y cuando se recuperó de los efectos de ese devastador beso, empezó a desear que se la tragara la tierra.

Obviamente, la bruja no consideraba que esa fuera una palabra apropiada para suceder un primer beso; menos uno que, aunque se hubiera tratado de convencer de lo contrario, llevaba mucho tiempo anhelando. Por supuesto que Hermione no esperaba que él le confesara un amor que ni ella misma tenía claro si sentían, pero habría querido, al menos, que Draco le hubiese dicho que estaba tan confundido como ella; que los silencios incómodos, las miradas furtivas y las accidentales caricias, no eran producto de su turbada imaginación. Hermione necesitaba que él le dijera que sus recurrentes y, la mayoría de veces, absurdas peleas eran un efecto secundario de la frustración que les generaba no atreverse a decir aquello que, cada vez menos inconscientemente, sentían.

—Me moría por hacer eso.

Ella se quedó en silencio, pero pensó que su pecho podía explotar de la emoción cuando sintió la misma caterva de polillas de hace un instante, aletearle en el vientre. Sin embargo, no podía permitirse ser incauta; no tratándose de Malfoy. Así que intentando salvaguardar algo de la dignidad que –sabía- Draco haría trizas en cualquier momento, se alejó de él mientras lo acusaba:

—¡Estuviste bebiendo!

Todavía con el sabor del whiskey de fuego cabalgándole las paredes de la tráquea, Draco respondió:

—Solo un par de tragos.

Hermione tensó la mandíbula y pateando distraídamente la moqueta de la estancia, dijo:

—Creo que lo mejor es que te vayas.

—¿Por qué? —le interpeló él; su ceño visiblemente arrugado.

—Es obvio —despachó ella, ocultando su rostro para que Malfoy no notara como sus ojos comenzaban aguarse—. No puedes solo emborracharte y luego venir a besarme.

Bufó. Dejando de lado el hecho de que él era un Malfoy, ergo podía hacer lo que le viniera en gana, Draco ni estaba borracho ni la había besado por tal motivo.

—Definitivamente eres un asco en Adivinación. —Se echó a reír con ganas; ni siquiera en una situación como aquella, pudo reprimir la nota de sarcasmo—. Por eso Trelawney nunca te tuvo en alta estima.

—¿Eso que tiene que ver con…?

—Nada —respondió, encogiéndose de hombros—. Pero es bueno que exista algo en lo que no seas perfecta.

Ella arrugó la nariz, frustrada. No entendía una mierda y el que Draco hablara incoherencias, no le hacía la situación más llevadera.

—No te besé porque haya estado tomando —decidió aclarar—. Estuve tomando porque no podía besarte.

Uno de esos silencios que solían timbrar la mayoría de sus interacciones, se instaló entre los dos, hasta que Hermione, impelida por una sospecha, se aventuró:

—¿Armaste todo este circo únicamente porque querías… besarme?

—No. —Encumbrando la mirada al techo, confesó—. Solo quería pedirte que salieras conmigo. El beso fue algo que se me ocurrió en el último momento.

Y entonces hubo otra larga pausa, durante la cual Granger procuró hacerse de la valía requerida para salir airosa de la situación.

—Malfoy, siempre salgo contigo —apuntó ella, intentando no parecer decepcionada.

Lo hacían. Desde hace algunos meses, ellos parecían inseparables: hacían el camino de regreso del Ministerio juntos, hasta que llegado el punto donde debían separarse, Draco, aun cuando se moría por hacerlo, se rehusaba a desviarse de su camino para acompañar a Hermione. Se encontraban accidentalmente en cualquier parte y terminaban llegando juntos a la mayoría de los compromisos en común que ahora como miembros del mismo bando tenían. Para Hermione todo eso era normal.

El que irrumpiera en su casa con tanta holgura, a pesar de sus sobresaltos e inquisiciones, ya lo era también.

—No seas estúpida, Granger. Hablo de que salgas solo conmigo. Como… como una… como una cita.

—¿Una cita? —preguntó; su rostro deformado por la conmoción.

Draco asintió.

—Me gusta que pasemos tiempo juntos —murmuró el mago como si estuviera revelando una patética debilidad—. ¡Mierda! —Cayó en la cuenta; a su entender, demasiado tarde—. ¡Últimamente solo me apetece estar contigo!

La emoción hizo notorio el pulso de Hermione en su garganta, como si el corazón, que le latía a la velocidad de los aleteos de una Snitch, hubiese abandonado su lugar en la caja torácica para funcionar justo debajo de su imperceptible nuez.

—¿Juntos? —Quiso asegurarse—. ¿Te gusta pasar tu tiempo conmigo?

El Slytherin enarcó una ceja.

—Supongo que sí —siseó de mala gana, mirándola como si ella sufriera de algún tipo de retardo mental—. Me pongo de mal humor cuando no estás cerca y sencillamente me dan ganas de destruir el mundo cuando sé que estás con Potter, con Weasley o con cualquier otro que ose acercársete. Sí, supongo que también estoy jodido de celos.

Y eso sí que la dejó en estado de shock; aun en esas condiciones, sus labios se movieron antes de que su cerebro lograra procesar la información.

—¿Celos?

—¡Por piedad, Granger! —Ante la repentina exclamación, ella pegó un respingo asustado que la hizo arramblarse contra la mesa, haciendo oscilar la lámpara—. ¡Deja de repetir todo lo que digo! No creo que sea tan difícil entender que me gustas.

Y por varios minutos, o eso creyó Hermione que habían transcurrido, el silencio volvió a ocuparlo todo; por lo menos, hasta que la comprensión alcanzó sus sentidos: Draco Malfoy había cambiado tanto desde que terminara la Segunda Guerra Mágica que había terminado enamorándose de ella; ella había madurado lo suficiente como para darse cuenta de ese cambio y acabar jodidamente enamorada de él. Sin embargo, conociéndolo como lo conocía, la Gryffindor sabía de buena tinta que ese me gustas sería lo más cercano a una proposición amorosa que obtendría de él, por lo que optó por retomar el control de la situación.

—¿Quieres que seamos novios? —preguntó ella, entendiendo así, para consternación de Malfoy, su conato de declaración.

Pero él no había dicho semejante cosa. De hecho, Draco, descendiente de la solariega familia Malfoy, jamás habría usado un apelativo tan cursi; peculiaridad con la que no comulgaba en absoluto. A pesar de ello, expresó.

—Eso depende de tu respuesta. —Se acercó a ella, que en esta ocasión parecía estar esperándolo, y le prendió los labios en otro beso; más calmo, más real. Con un brillo casi predatorio en la mirada, que ocultaba magistralmente su ansiedad, propuso—. Si la respuesta es un sí, puedes ponerle el título que se te dé la gana.

Hermione sonrió.

—Entonces somos novios.

...

Los sentimientos que mantenemos ocultos, son más poderosos que los que expresamos libremente.

Anónimo

...


¡Hola! :D

Este es mi regalo de inicio de navidad... Tengo planeado ponerme al día en este mes de diciembre con todas mis historias y decidí empezar con Rapsodia que me gusta mucho. Espero que este capi también sea de su agrado y me puedan contar que les pareció.

Saludos desde Venezuela...

¡Feliz existencia!