CRÓNICAS DE ARENA LAZOS
ESPECIAL HALLOWEEN
DOS EN WONDERLAND.
Se dice que, en cierto día del año, las divisiones que separan nuestro mundo de otros, se debilita al grado de formas vórtices, que absorben sin previo aviso a desafortunados, dirigiéndolos a mundos fantásticos y paralelos, en los cuales se pondrá a prueba su valor y fuerza, con la recompensa de volver a su mundo original, si es que superan los retos.
El día acaba de terminar, la fría y soberana noche empezaba a reinar en aquel inhóspito lugar que era el desierto.
Ann estaba caminado a su solitaria morada, luego de un agotador día en el hospital.
Los trabajadores de turno, tanto como los de descanso, habían organizado una pequeña recepción, a la hora de descanso, con la intensión de celebrar "Halloween", una costumbre extranjera que tomó fuerza, con la llegada de la paz a las cinco grandes naciones.
― Pamplinas, prefiero dormir, nos vemos mañana ―fue lo que la rubia respondió a su castaña asistente, para luego retirarse del lugar.
Las calles aledañas al hospital, se encontraban repletas de niños disfrazados, tanto de seres ficticios como los que aparecían en los libros que tanto le gustaba leer a su hermano menor, como seres legendarios conocidos, tanukis, demonios, fantasmas y hasta algo con forma de Uchiha Madara.
Aprovechó su ruta, para comprar en una tienda que, normalmente cerraba a esa hora, pero aprovechaba el alboroto del pueblo para vender.
Con su bolsa llena de dulces, salió del lugar con buen humor, al saber que se había abastecido de una buena dotación.
Pero su felicidad poco duró, ya que apenas llegó a la puerta de su casa, varios niños animosos se acercaron con una petición.
― ¡Dulce o travesura! ―gritaron con algarabía y al unísono, mientras extendían sus bolsas fabricadas de forma casera, esperando algo a cambio.
Ann primero los miro con asombro.
Shun ya le había mencionado de aquella rara tradición. Y que a pesar de que no estaría en su casa, dijo haber dejado un pocillo lleno de dulces, en una silla, a la entrada de su puerta.
Ni en momentos de crisis, en el pasado los hombres mandaban a sus hijos a pedir comida a otras casas ¿Qué insulsa y desvergonzada tradición era esta que estaba presenciando?
De esos pensamientos se llenó la Taiyō, al ver que los niños, las seguían observando en espera de regalos.
"Ni hablar, estos dulces son míos, y para nadie más" ―expresó de forma interna, para luego pensar la forma de esquivar a los intrusos.
― ¿Si os doy una travesura se marcharán? ―inquirió ante ellos, al mismo tiempo que ocultaba su bolsa con dulce mercancía.
Los niños se miraron entre ellos, un tanto asombrados ante su actuar.
Al cabo de unos segundos, uno de ellos se animó a hablar.
― Por supuesto señorita, aunque sería la primera que elige esa opción.
― Ya veo, entonces travesura habrá ― enunció la rubia, al tiempo que se volteaba, y sonreía cruelmente por lo bajo.
Los niños entusiasmados, más se fijaron en ella con expectación, imaginando el tipo de espectáculo les daría.
Fue entonces que Ann se volvió ante ellos, con aspecto increíble.
Su rostro se volvió pálido y escamoso, tal serpiente, para luego tomar postura de cuatro pies, y caminar hacia los ya asustados críos, sacando su extensa lengua viperina y revolviendo de forma ostentosa, como si se tratase de serpientes vivas, su rubios y largos cabellos.
Los infantes gritaron a todo pulmón, para luego dispersarse, corriendo hacia todos lados, algunos dejando caer sus canastos con dulces, de la temible impresión.
Incluso los mayores que ambulaban por aquel humilde lugar, dieron un paso atrás o se quedaron pálida al verla de lejos.
― ¡Travesura realizada!
Emitió para luego volver a su aspecto normal y estallar en risas.
Nunca había pensado que "Halloween" podía ser tan divertido.
"Esto es algo a lo que podría acostumbrarme, pero que no usaría o prohibiría en el hospital", murmuró para sí, para luego desaparecer detrás de su puerta.
Posó la bolsa de dulces, en la mesa de su pequeña cocina, para luego desvestirse en el trayecto y entrar a su ducha.
Salió minutos después, en su bata de baño, tomó la bolsa que había dejado en la cocina y se lanzó en el sofá de su sala, con la intensión de reírse un poco más, viendo algo en aquel aparato que llamaban televisor y que nunca había usado, por su escaso tiempo libre.
Lo encendió con el control, mas este no trasmitía nada.
Luego de bregar por varios minutos, halló el problema.
Resultaba que aquellos artefactos no transmitían sin algo a lo que llamaban "antena".
Soltó un suspiro de resignación.
Se sentó en su sofá y empezó a comer sus dulces, mientras rememoraba la reciente broma con la que había asustado a aquellos niños que tocaron a su puerta.
Por alguna extraña razón, pensó que, si el rojizo Kazekage hubiese estado presente en ese momento, hubiera vuelto a regañarla.
― Por suerte, el cabeza de tomate no estaba ―pensó en voz alta, mientras se echaba por completo y se estiraba en aquel sofá viejo, que había comprado en barata.
Fue segundos después, que notó que había dejado el televisor encendido, emitiendo un borroso fondo negro a puntos.
Agarró el control y lo apagó.
Se levantó de golpe, con camino a su dormitorio.
Era hora de dormir.
Se lanzó a su cama y se cubrió de costado.
Estaba a punto de cerrar los ojos, cuando notó que un pequeño ser la observaba a centímetros de su rostro.
Este tenía las orejas largas y paradas, estaba cubierto de blanco, ojos negros como la noche y una naricita rosada que la olfateaba con curiosidad.
― Un conejo…
― Ha, sí, soy un conejo ―le respondió este, mientras se alejaba un poco, del borde de su cama, mostrando que estaba vestido con un elegante chaleco y un reloj de bolsillo―, y estoy llegando tarde, así que te explicaré tu objetivo, mientras volvemos a mi mundo…
Ann levantó medio cuerpo, del asombro, al ver que el orejas podía hablar.
Estaba a punto de preguntarle a que se refería con eso de "llegar tarde", pero el conejo guardó su reloj y saltó sobre ella.
Lo que sucedió a continuación, fue tan repentino que la Taiyō no pudo hacer nada más que soltar un grito.
Su habitación se tornó oscura, para luego desaparecer y el espacio convertirse en la nada.
Casi dando vueltas, sin nada a donde aferrarse.
En el trayecto, notó que su cama le llevaba la ventaja y en ella iba el extraño conejo.
― ¿¡Qué demonios está pasando?! ―articuló apenas, a gritos, para que lo escuchase.
― ¡Estamos cayendo! ―le respondió el conejo, quien seguía aferrado a su cama.
― ¿Enserio? ¡Si no me lo decías, no lo notaba! ―gruñó la rubia, mientras cruzaba los brazos, para que su bata de baño no saliese volando, por la rapidez en la que caían, y quedase totalmente desnuda.
― ¡No eres muy amable! ¡Eso es genial! ―Siguió hablando el conejo, al mismo tiempo en que se soltaba de la cama, para ir cayendo junto a ella, y no tener que hablar gritando―. Mi mundo sufre por un ser maligno que se autonombró rey. Necesitamos ayuda.
― ¡Mi mundo también tiene problemas y no andamos pidiendo ayuda a otros mundos paralelos! ―objetó ella.
Entonces, el vacío sin fin, al que caían, se convirtió en una especie de enorme agujero de tierra, donde raíces grandes y bichos cubrían sus paredes.
Una especie de ciempiés gigante, intento aprovechar que caían, para tomarlos como aperitivo.
Pero Ann no dejaría que eso pasase.
Agarró al conejo y lo resguardo en uno de sus brazos.
Aprovechando ya la existencia de paredes, empezó a posarse en ellas, tomando la velocidad de caída, para llegar a su cama y usarla como escudo, aventándola en la boca de aquel horrible insecto gigante, dejándolo estampado en aquellas tenebrosas paredes.
― ¡El ser mágico tenía razón! Eres la indicada para ayudarnos ―expresó entre aliviado y alegre, el conejo―, pero no tenemos más tiempo, el túnel acabará en cualquier segundo ―sonó preocupado―, cuando despiertes, dirígete al sur ―empezó a explicarle―, eres poderosa, pero necesitaremos más aliados si queremos vencer a nuestro enemigo…
― No recuerdo haberte dicho que aceptaba ayudarlos…
― Ten cuidado Alicia, no te fíes de la apariencia de quien te encuentres en el camino ―la interrumpió el conejo, haciéndose el sordo a lo que ella decía―, busca al sombrerero, solo teniéndolo como aliado podremos ganar.
― ¿Qué? Para empezar, me llamo "Ann", no "Alicia"…
― Se nos ha cavado el tiempo, suerte. Si logras restaurar nuestro mundo, podré crear un portal para que regreses al tuyo. Nos veremos hasta entonces.
Ann no comprendía lo que estaba sucediendo, era demasiada información que procesar, para tan poco tiempo.
Pudo ver como el sombrío túnel en el que caían llegaba a su fin, siendo reemplazado con una cegadora luz.
Mas todo se volvió oscuro a sus ojos.
Abrió los ojos, con cierto cansancio.
Mas su expresión de ojos adormilados, se convirtió en una de asombro al notar el extraño lugar en el que había despertado.
Se encontraba sentado en un elegante sillón, todo acolchado y con detalles de piedras y oro. Y enfrente suyo, una enorme mesa a lo largo se expandía, llena de dulces, té y postres, exquisitos a la vista.
― Oh, sombrerero, al fin despiertas ―oyó una chillona voz provenir de unos de los asientos aledaños.
― ¿Sombrerero? ―repitió el rojizo, confundido, al mismo tiempo en que se fijaba en su atuendo.
Era cierto, llevaba un enorme sombrero de copa alta, de negro intenso, adornado en el cuello con un listón rojo, casi tan intenso como su cabello.
Y de sus hombros para abajo, vestía una especie de traje medieval, el cuello de la camisa sobresalía del traje, una corbata larga estilo moño lo acompañaba, para luego portar un chaleco y pantalones color bordó con botas negras de espuelas que casi llegaban a sus rodillas.
― Así es, tu eres el sombrerero ¿Quién más podía serlo? Eras el único pelirrojo de ese lugar que cumplía con los requisitos ― se explicó una segunda voz.
― ¡Tonto! No le des esos detalles, creerá que lo elegimos porque no teníamos más opción ―protestó el primero.
― Pero es cierto, no teníamos más opción. Fue el único rojizo sin protección, al no haber participado en las costumbres protectoras de su mundo.
― Si es cierto, pero él no tiene por qué saberlo.
― Pues yo creo que si, en ninguna parte de la ley inter dimensional se menciona que no podemos hablar de ello.
― Claro que lo dice, es la regla número uno.
― ¿En serio? Oh, que metida de pata he cometido ―soltó el segundo conejo, primero con preocupación, para luego soltar a reír―, ¿Entiendes? "Metedura de pata", yo, un conejo.
Su otro compañero empezó a reír con él, dejando de lado al rojizo, quien los observó en silencio, un tanto afligido por el lugar en el que se encontraba.
Intentó levantarse, más una fuerza superior a él, le impedía hacerlo.
Uno de los conejos lo notó, haciendo que saliese de su trance humorístico.
― Es imposible huir de aquí, nosotros llevamos más de doscientos años ―se explicó el conejo, mientras le mostraba las esclavas de metal que tenía en ambas patas―. Solo la llegada de Alicia, podrá liberarnos de este dulce paraíso.
― ¿Alicia? ¿Quién es ella? ¿Tardará mucho tiempo en llegar? ―preguntó el rojizo, para luego ver como sus brazos, por autonomía propia, se servían de la mesa y lo obligaban a tomar el té.
Tanto la bebida como los aperitivos eran demasiado dulces para su gusto.
― Cada año, llega una "Alicia" a este mundo, pero nunca llegan acá, nuestro mundo hostil termina con ellas en medio camino ―articuló uno de los conejos a modo de respuesta, agachando las orejas por la pena, que le traía recordar.
Gaara tenía muchas incógnitas. Esto podía ser un mal sueño que estaba teniendo. En que los conejos se pareciesen a Kankuro y Temari, en sus peinados, le hacía presentirlo. Pero el ambiente era tan realista que le hacía pensar en la probabilidad de que había caído en un genjutsu.
Por lo bajo, intentó despertarse, apretando fuertemente, los músculos que había entre su dedo pulgar e índice. Era algo seguro que usaba para despertar de sus pesadillas.
Pero no funcionó, y lo único que logró fue herirse la mano.
Luego de analizarlo por unos minutos, ya fuese un sueño o ilusión, lo más lógico era solucionar el asunto de aquel mundo mágico, ya que así podría liberarse o despertar.
― ¿Hay algo que podamos hacer para ayudar a que Alicia llegue a nosotros? ―dijo con determinación, y una mirada seria en su rostro.
― Oh, eres el primer sombrerero que no cae en la desesperación ―emitió la coneja.
― Si, bueno, no podemos movernos de aquí, pero tengo entendido que tu sombrero tiene poderes mágicos, podrías guiar a Alicia, para que llegase aquí rápido ―agregó el conejo de cabello castaño, con una zanahoria azucarada entre sus patas delanteras.
El Kazekage se quitó el sombrero ante lo mencionado.
Lo miró de forma analítica.
Parecía un sombrero ostentoso, común y corriente.
"Tiene poderes mágicos".
Esas palabras lo iluminaron.
Cerró los ojos, para intentar concentrarse. Tenía que pensar en algo que pudiese traer a la tal Alicia hacia ellos. Alguien fuerte, ya que ese mundo no parecía amigable. Pero tampoco alguien que sobrepasase su poder, ya que, si había cierto equilibrio en ese mundo, un hechicero no podía usar magia superior a su poder.
― Ven a mí, ser inteligente y versátil, y ayúdame a encontrar a mi objetivo.
El sombrero empezó a temblar, para luego saltar de sus manos y levitar por su cuenta, al tiempo que algo dorado salía de él.
Ann despertó de golpe.
Había caído debajo de un frondoso árbol. Los rayos débiles de un sol color verde, llegaban a su rostro.
Sentía cierto mareo, aunque eso no le impidió levantarse.
Fue ahí que se dio cuenta, que vestía de forma extraña. Su bata blanca de baño, se había convertido en un vestido medio gótico negro, de hombros descubiertos y calzaba zapatos bajos de dama.
― ¿Qué? ¡Conejo! ¿Qué clase de insulto es este? ―protestó, mas no tuvo respuestas, ya que se encontraba completamente sola.
Con incomodidad en sus pies, por la costumbre de siempre andar embotada, empezó a caminar a lado contrario de donde se encontraba ese raro sol verde.
"Dirígete al sur".
Esas palabras del conejo resonaron en su mente.
Caminó, caminó y caminó por horas.
El lugar era un bosque frondoso, abundante en vegetación e insectos.
Tenía que ir alzando ese estúpido vestido, ya que el suelo era lodoso y húmedo por partes.
La noche estaba a punto de llegar, por lo que decidió acampar bajo un hongo gigante. Al cual dio un mordisco, por el rugido de su estómago.
Con frio y hambre trataba de no perder la calma.
Se preguntó si este mundo le había quitado por completo sus poderes de ninja.
No podía emitir chakra, así que no podía crear fuego.
Se sentó con las rodillas dobladas hacia arriba, con la intensión de calentarse con su propio calor corporal, cuando un ser alado, se acercó volando hacia ella.
Sus colores vivos y brillantes demostraban que era una especie de hada.
― Oh pequeña humana ¿Qué haces en este lugar? ¿Por qué estás tan lejos del pueblo de tu raza? ―inquirió el hermoso ser, mientras sacaba una especie de fruta de su pequeño bolso de hojas que llevaba, para ofrecérselo―, ten debes tener hambre.
La Taiyō la miró con cierta reserva.
― No, gracias.
― Comprendo tu desconfianza, pero descuida, no pienso hacerte daño ― se explicó el ser mágico, para luego sentarse a su lado―, soy una guardiana del bosque, y mi deber es proteger a todos los seres que habitan en el…
― ¿Si acepto tu fruta, cerrarás tu boca? ―se quejó la rubia, al tener que escucharla.
El hada sonrió, para luego darle el fruto comestible.
Al cabo de minutos, esta terminó acostándose a su lado, alegando que pasaría la noche acompañándola.
Ann también cerró los ojos.
La luz de un nuevo día, la despertó.
Concierto sigilo, el hada se movió, y usando su magia, creó una especie de soga, que utilizaría para inmovilizar a aquella humana que había encontrado.
Con tiempo de sobra, esta no se despertaría hasta horas después, por haber comido esa fruta somnífera.
Estaba cruzando la soga por sus extremidades, cuando sintió el golpe que la expulso un par de metros.
Quedó conmocionada al descubrir que esta no había quedado inconsciente.
― Un ser tan delicado y poderoso, caminando en la noche, por un mugroso pantano selvático, diciendo que es una protectora, pero que incluso los insectos huían de tu presencia ¿En serio creíste que sería tan estúpida para creer eso? ―argumentó la Taiyō, al mismo tiempo que la volvía a golpear, tumbándola boca abajo.
― ¿Quién eres tú? Ninguna Alicia se supone que pasaba esta prueba ―articuló inestable el hada, mientras intentaba levantarse.
― Sera porque yo me llamo "Alicia", mi nombre es Ann…
Despertó adolorida, colgando de algo extrañamente suave.
― Que bien que despiertas ―la Taiyō se acercó a ella, volando.
La mirada de él hada se quebró al verla.
― ¿Co… co… como has… lo-logrado volar? Los humanos no… no… vuelan.
― Oh, fácil, te arranque las alas ―respondió esta, con mirada y voz seria―, he descubierto que la magia se adapta a cualquier ser que las posea.
El hada gritó, blasfemándola.
― Aunque debo admitir que no hubiera sido fácil capturarte sin la ayuda de esta agradable araña ―agregó la Taiyō, presentando a la enorme araña de panza negra y roja que apareció detrás de ella.
― ¿Confiaste en un ser tan grotesco y no en un hada? ―dijo con indignación el ser mágico, que se desangraba de a poco, en aquel capullo de seda―, realmente eres alguien muy extraña.
― No soy ingenua, que es muy diferente a ser "extraña" ―aclaró Ann, mientras se acercaba al insecto enorme y acariciaba su cabeza peluda―. "Las apariencias engañan", es una regla que no solo aplica en tu mundo, también en el mío. Esta araña intentó matarme apenas me vio. Y era comprensible, en un mundo cruel y trágico, con 200 huevos que pronto eclosionaran, cualquier madre se hubiera angustiado al tratar de acumular comida para su progenie. Así que decidí no matarla, me ayudaría a recolectar información y yo a cambio le entregaría a todo aquel que enfrentase ¿un buen trato, no crees?
Fue cuestión de minutos para que el hada confesase que era cómplice de quien gobernaba de forma tirana ese mundo. Entre otros detalles.
Ann volvió a tomar vuelo, despidiéndose de su arácnida amiga, con la cual dejó al hada desmembrada.
Su travesía se extendió por varios soles.
Dirigirse al sur, con la única descripción de un "sombrerero", no era de mucha ayuda a la hora de pedir información a los seres con los que se encontraba.
Una familia de trolls, lobo hombres y una pareja de cíclopes, fueron quienes la guiaban con la información que poseían, argumentando que donde se acabase el bosque, el tipo del sombrero yacía.
Su enemigo era el tiempo y los aliados del mal, que en su mayoría eran monstruos de alto nivel, como los vampiros, brujas, hadas y sirenas.
Ahora no se asombraba de que 199 chicas habían fracasado en aquella "misión", inicialmente equipadas con un vestido cursi de princesa y unas zapatillas incomodas que no protegían de nada.
Fue al amanecer del cuarto día, que las cosas se pusieron difíciles.
Los vampiros la habían acorralado.
Estaba a punto de ser capturada, cuando algo en el ambiente hizo que los chupasangres huyesen.
Era como un viento que cortaba y en él se podía sentir… arena.
Por unos segundos pensó que podía ser él, pero ¿Qué tan probable era eso?
― ¿Alicia? ¿Tú eres la Alicia que busco? ―enunció el extraño ser, que prácticamente era una cabeza flotante, con forma de mapache, completamente de arena―, he sido enviado por el sombrerero, para llevar a Alicia ante él.
― Sí, soy yo ―soltó esta, sin dudarlo. Por alguna extraña razón, su rostro le recordaba algo de su mundo―. Yo también estoy buscando al sombrerero, guíame hacia él.
Cada segundo le parecía una eternidad.
Su lengua ya no distinguía el sabor, pero no podía hacer otra cosa que estar sentado, esperando por la tal Alicia.
Ahora comprendía por que los conejos tenían ataques de risa, depresión e ira. Llevaban así por casi 200 años.
― Ahí vienen, no puedo creerlo ¡ahí vienen! ―gritó el conejo, al borde del júbilo, al notar que el monstruo que el sombrerero había creado regresaba con una chica de cabello rubio, tal como la describía la leyenda.
El rojizo se levantó de golpe, como si su cuerpo actuase por voluntad propia.
Los conejos también se organizaron, sentándose de forma elegante en sus respectivas sillas.
― Sombrerero, he traído a tu Alicia ―expresó con su voz gruesa, el ser de arena, mientras reducía su altura de vuelo, para que su pasajera bajase.
La chica rubia, bajó con firmeza, para luego caminar hacia el hasta ahora extraño objetivo que le había dado el conejo.
Mas mostró abiertamente su decepción al reconocerlo.
― ¡Tu!
― ¿Ann-sama?
Ambos se miraron con indignación por varios segundos. Increíbles ante la situación.
― Kazekage ¿tú eres el sombrerero?
― Si, y debo suponer que eres Alicia.
En eso, Gaara se sintió liberado de cierta forma.
Ya no sentía que unas cadenas invisibles lo obligaban a estar sentado.
Pensaba hablar sobre todo este mundo fantástico con quien parecía compartir la misma clase de ilusión, pero esta ya no se encontraba frente de él.
Por un leve instante, se aterrorizó al no verla, más al verla lanzada hacia la mesa de té engullendo todo lo que encontraba a su paso.
― Maldito… yo sufriendo penurias y hambre… y tu… todo cómodo aquí… ―masculló entre dientes, Ann, con la boca llena, casi a reventar.
― No es algo que haya elegido por mi cuenta.
Lo cierto, es que él hubiera preferido tener que pasar peligros en un bosque, que tener que vivir en un infierno de dulces y té, ya que estos no eran mucho de su agrado.
Iba a darle un tiempo, para que comiese y se relajase, pero la misma rubia empezó a indicar que algo no andaba bien.
Su cuerpo empezaba a encogerse.
― ¡Kazekage! ¿Qué me está pasando? ¿Tú también eres parte de ellos?
― ¡Por supuesto que no! ¡Tampoco sé que está pasando! ―se defendió este, al mismo momento en que corría hacia ella, viéndola como decrecía fugazmente.
Fueron solo segundos, lo cual le hizo imposible pensar en alguna contramedida.
Vio como la rubia desaparecía, dejando su desgarrado vestido caer en el suelo.
― ¡Desapareció! ―dijo con desesperación, la coneja―, y creer que llegó tan lejos, para ser asesinada por quien debía ser su aliado…
― Yo no la asesiné.
Dijo el pelirrojo, mientras se sentaba con rodillas apoyadas al suelo, agobiado por la situación.
No lo había pensado, pero era factible que la comida que había en esa mesa tenía alguna forma de veneno, al no haber sido creada por él.
¿Quién demonios era el que estaba jugando con ellos? ¿Por qué estaban viviendo ese mundo irrisorio? ¿Por qué ellos?
Entre sus pensamientos, logró notar que algo se movía entre aquel oscuro vestido.
Lo movió con delicadeza, para luego encontrar cierta tranquilidad.
Por lo menos su "aliada" no había desaparecido, aunque ahora era más "minúscula".
― ¡Grandísimo tonto! ¿Por qué no fuiste capaz de avisarme que tu comida tenía un hechizo? ―gruñó con voz chibi, la furiosa rubia, aun aferrada a su enorme vestido.
― Lo siento, yo también lo ingerí, pero no produjo nada negativo en mí.
― No lo creo, te siento más estúpido ahora…
Gaara calló a sus regaños, tenía razón para estar molesta, aunque se sobrepasase con sus insultos, a los cuales ya estaba acostumbrado.
― ¿Cómo se supone que me harás grande nuevo? Esto es obra tuya, ahora resuélvelo ―insistió la chibi, toda una furia, debajo de sus trastes.
― No lo sé, pero tengo entendido que mi sombrero es mágico, hallaremos la forma de devolverte a la normalidad…
Los ruidos de una marcha militar a lo lejos, acercándose cada vez más, hizo que se pusiesen alertas.
― Son ellos, los caballeros del ser maligno, nos han encontrado ―resoplo unos de los conejos.
― Rápido, todos a sus asientos ―dijo la coneja, mientras agarraba a la rubia chibi, y la ponía en uno de los bolsillos del sombrerero, para luego votar su vestido de la mesa que era cubierta con un mantel que llegaba hasta el suelo―, si fingimos que no la hemos visto, puede que nos libremos de esta.
Gaara, al igual que la Taiyō hubiesen preferido atacar, pero no estaban en condición de ello.
A los minutos, llegó la guardia, dirigida por un elfo, de traje negro, cabalgando un corcel blanco.
Era de cabello rubio, demasiado largo para ser varón. Un flequillo ocultaba la mitad de su rostro.
― ¿Pero que tenemos acá? Sombrerero, ha pasado tiempo ¿no? ―articuló este, con arrogancia en su voz―, oh, esperen, es un rojizo nuevo. Lástima… me agrada el anterior, el que atacaba con marionetas y hablaba de cierto arte eterno. En fin, todos los pelirrojos se parecen.
El "sombrerero" no pudo evitar reconocerlo.
Esa odiosa forma de ser, y aspecto afeminado, sin duda era Deidara.
Parecía que, en ese mundo, los muertos no estaban tan muertos.
― Si te encuentras todavía estancado aquí, supongo que la tal Alicia no ha llegado, lo que es bueno para mí ―prosiguió hablando el rubio, mientras les daba órdenes a los demás guardias, con las manos, para que los rodeasen―. Por órdenes de su alteza, te trasladaremos a uno de los jardines del palacio, donde nadie pueda encontrarte.
Los guardias extendieron sus manos, formando un círculo cerrado, el cual se iluminó, para luego desaparecerlos.
Reaparecieron todo humeantes, en aquel mencionado lugar.
Donde luego de una risotada, el elfo rubio y su ejército, dejaron al sombrero y sus acompañantes conejos, sentados, tal como los habían encontrado.
Pasaron varios minutos, antes de intentasen algún acto de reacción.
― Ya es seguro, nadie nos escucha o nos ve ―emitió el conejo, al haber rastreado el área con su sensible y mágica nariz.
― Si, él tiene razón, ahora podemos planear como salir de acá y luchar por la libertad del reino entero ―agregó la coneja.
― Creo que antes de la revolución, debemos resolver la invalorable pequeñez que sufre una de nuestras mejores aliadas ― articuló el monstruo de cabeza, saliendo del sombrero de su creador, para volver a flotar en el aire. Devolviendo a la realidad a tan animosos conejos.
― Ann ¿se encuentra bien? ―preguntó el rojizo, abriendo el bolsillo de su traje.
Mas este fue detenido, por la pequeña manecita de la mencionada, quien lo manoteó para que se detuviese.
― Mantén tus manos lejos de mí, degenerado ―gruñó con su tierna y graciosa voz―, ¿acaso se te olvida que estoy completamente desnuda por tu culpa?
― No, no lo he olvidado, pero…
― No pongas peros, y consígueme ropa ¡O no saldré de aquí, jamás! ―amenazó, para volver a cerrar el bolsillo, ocultándose completamente.
Shukaku, se adelantó a la reacción del rojizo, y haciendo aparecer el resto de su cuerpo, se dispuso a arreglar el problema.
Tomó el sombrero y metió una de sus patas, para luego sacar de dentro, un diminuto vestido, parecido al primero, pero de color azul.
― Tome amo, esto será suficiente ―expresó el monstruo, con una expresión alegre, para luego sentarse en la mesa, como un gato gordo.
Gaara tomó aquel diminuto traje y lo dejó caer en su bolsillo.
Las quejas no tardaron en llegar.
― ¡¿Otro vestido?! ¡Yo odio los vestidos! Lo único aceptable es el color…
Gaara miró a Shukaku, quien empezaba a destornillarse de la risa.
"Lo ha hecho a propósito".
― Ya, sácame de aquí ―volvió a decir la rubia, esta vez intentando salir del bolsillo.
Con cuidado, con sus dedos índice y pulgar, la agarró de su diminuta cintura, para posarla en la superficie de la mesa.
― Te vez bien ―mencionó Shukaku, mientras se acercaba a ella, y jugaba con su despeinado cabello rubio, palpando como si imitase a un gato.
― Calla, mapache gordo ―se defendió la malhumorada rubia, mientras lo manoteaba para que se alejase―. Y bien ¿Cómo solucionarán mi estatura?
― Crearé una poción que te devuelva a la normalidad ―objetó Gaara, al pensarlo―. Tengo entendido que el sombrero puede crear todo lo que yo desee…
― Bueno, casi todo ―aclaró el tanuki―, la magia con la que se te hechizó siento que fue hecha por el maligno. Su poder es superior al tuyo, sombrerero…
― ¿Entonces no hay manera de volverla a la normalidad?
― ¿No la hay? ¿Y cómo sabes más que el pelo de tomate?
― Si, hay una forma. Y se mas que el sombrerero, porque él me creó así.
― Entonces ¿Cuál es la forma de romper su hechizo? Si no crece, no podrá ayudarnos.
Shukaku sonrió de una forma extraña, antes de revelar la información.
― Los humanos tienen algo más poderoso que la magia, un sentimiento que en ellos es ligeramente más fácil obtener, que en cualquier otro ser mágico…
― Ve al grano, bufón.
La Taiyō se mostraba más calmada pero algo intranquila por lo desconocido.
― Por favor, Shukaku, se precisó, y rápido, carecemos de tiempo ―agregó el rojizo, expectante.
― Esta bien, se los diré directo, pero si no me creen, es porque no me dejaron explicarles ―se quejó el ser, un tanto harto―. Deben besarse. Y tiene que ser un beso sincero, con amoooooor… ya que es la única fuerza que supera incluso a la magia.
Un silencio largo e incómodo inundó el lugar.
― Oh vamos, no es mucho como petición, solo un beso y ya, no se odian o algo así ¿verdad? ―expresó la coneja ante el ambiente raro.
― Yo creo que si ―le murmuró el conejo castaño, ante su pregunta.
― Yo diría que es una mezcla de ambos ―agregó Shukaku también a murmurios, apareciendo entre medio de los dos―. Son tan distintos, pero a la vez tan iguales, no por nada cayeron juntos a este mundo, yo creo que están destinados a estar juntos…
― Oye monstruo, esto es una historia de Halloween, no de romance ―recalcó la coneja―. Esperen, los lectores no deben leer esto, olvídenlo… olvídenlo…
― No te aflijas, los lectores disfrutan de las historias que tiene de todo un poco ―prosiguió hablando Shukaku, con cierto brillo en sus enormes ojos―. Ademá, no estarían pasando por esto, si no se hubiesen negado a hacer el fácil conjuro de protección de su mundo, regalando dulces a los niños. En fin, centrémonos en ver cómo reaccionan esos dos…
Los conejos volvieron a fijar su mirada en los mencionados.
Se miraban con expresiones pálidas. No, ni un sonrojo o muestra de sentimientos escondidos que aflorasen.
Y es que ellos nunca se habían visto o imaginado en tal situación.
― Tal vez pueda pelear con este tamaño, no lo he intentado ―soltó la Taiyō, para luego mirar hacia un lado.
― No lo dudo, es tan terca que podría hacerlo funcionar ―objetó el pelirrojo, con la misma seriedad―, pero es arriesgado, debemos volver a nuestro mundo. No sé cuánto tiempo haya pasado allá. Deben estar buscándonos.
― ¡Lo sé, también pienso en ello! Me preocupa el pensar que mi hospital está sin mi ayuda ―reclamó esta, mostrando también su aflicción―, pero no tenemos opción.
― Si la tenemos, pero es… ―se tomó un tiempo para tratar de definir la sensación―, bastante rara.
Ann lo miró intrigada.
¿Acaso estaba cediendo a la presión o estaba siendo cortes, tomando la iniciativa?
Esos y otros pensamientos inundaron su mente, al grado de provocarle algo a lo que los normales llamarían pena.
Giró hacia el ser mágico que los guiaba, con cierta determinación.
― Solo uno ¿verdad? ―expresó con resignación.
― Si, uno "sincero" ―destacó Shukaku.
El "sombrerero" y la "Alicia" volvieron a verse.
Parecía que aceptaban lo inevitable, con sus miradas.
― Oh, santas zanahorias, de verdad lo van a hacer ―dijeron entre murmurios y gritos ahogados, los conejos, al tiempo que cubrían levemente sus ojos, con sus orejas.
El pelirrojo extendió su mano cubierta de su elegante guante, para que la chibi subiese en ella.
― No, mejor atrae tu rostro a la mesa. Si te emocionas, terminarías devorándome ―objetó. Mas con reserva que con la gracia que sonaba.
Él no podía creer que incluso en momentos así, ella soltará algo tan burlón.
― Antes de que ocurra, me parecería oportuno, escuchar algo bueno de mí, con sus palabras ―pidió, mientras apoyaba el mentón en la mesa, para verla fijamente―. A pesar del mal carácter con el que casi siempre me trata, admiro su determinación.
― Bueno… no puedo decir lo mismo de su determinación ―bufó la rubia acercándose a su rostro―, pero me genera cierto agrado el aspecto de sus ojos…
― ¿Mis ojos?
― Si, son tan bellos y apacibles como el cielo mismo…
Posó sus pequeñas manecitas, alrededor de sus labios medio resecos de joven, cuando…
― ¡Draco-sama! ¡Draco-sama! Por favor, despierte, es hora de que despierte…
La voz de uno de sus sirvientes, lo trajo a la realidad.
― Oh no… no puede ser… estaba en la mejor parte ¿Por qué me despertaron? ―protestó el joven monarca, al notar que todo había sido otro sueño raro suyo―. ¡Estaba en la mejor parte del sueño más emotivo que pudiesen imaginar! ¡¿Cómo se atreven a despertarme?!
― Señor, cuanto lo siento, pero recuerde que es nuestro deber, ya dejamos que durmiese todo lo que podía, tiene mucho trabajo que hacer…
― Hum, lo sé… pero es que es tan frustrante…
El rubio se levantó con tristeza, mientras dejaba caer de su cama, el libro que estaba leyendo la noche anterior, antes de dormir.
Era un escrito muy antiguo, en su tapa toda vieja, se podía leer en letras desgastadas pero bonitas "Alicia en el país de las maravillas".
Ann se despertó de golpe, con expresión de susto.
Se había quedado dormida en el sofá de su sala, con el televisor sin señal encendido. Según mostraba su alrededor, había caído dormida apenas comió su primer dulce.
En ese preciso momento, en la misma aldea, pero muy lejos de ella, otro humano despertaba con cierta aflicción, para luego calmarse al notar que todo lo sucedido había sido solo un sueño.
― Oh, al final te dormiste aquí de nuevo ―expresó su hermano castaño, entrando a su oficina―. Gaara, no es bueno que te quedes a pasar la noche entre papeles. Ni caer agotado, a dormir en con la cabeza pegada al escritorio. Debiste acompañarnos a ver la noche de Halloween. Temari y yo, repartimos muchos dulces en la entrada del cuartel…
― Ah, lo siento, el próximo año los acompañaré ―respondió, mientras volvía a ocultar su reacción a tal extraño sueño.
Ann salía con cierta prisa.
Estaba casi segura que su sueño era un resultado sugestivo, o castigo divino, por haberse portado de forma reprochable la noche anterior.
Antes marcharse, dejó la bolsa de dulces colgando en su puerta con un letrero que decia "Tomen los que quieran".
FIN.
NOTA DE LA AUTORA:
Hola!
No suelo hacer esto, pero este año he empezado a tener ideas muy locas… y una de ellas fue este especial de Halloween.
¿A quién no le ha pasado lo de Draco? Estar en la mejor parte de un sueño, y bang, te despiertas de golpe.
En fin, espero les haya sacado una sonrisa, tanta ocurrencia.
Solo por aclarar, esto es una OVA, y por lo tal, no tiene vinculación con la historia principal.
Puede que esta semana haya capitulo nuevo, por lo menos eso tengo planeado.
En fin, travesura realizada… ah no, esperen, eso es de Harry Potter.
