¿Hay alguien con vida?... si lo hay, hola nuevamente.

No tengo perdón de dios por abandonarlos tantos años, siete para ser exactos.

Acontecieron muchas cosas. Entre a la universidad, me rompieron el corazón, trabajé en el cine, conseguí un trabajo, voy a publicar un libro y me mudé de casa de mis padres; han sido unos años ajetreados, pero interesantes. Y se preguntarán "¿Por qué volví?" ya sé que pasó un largo tiempo, pero nunca olvidé esta historia para ser sincera, los personajes que creé aquí los tengo en un lugar muy especial de mi corazón y por otro lado el archivo donde estaba arrumbada esta historia servía para mi desahogo, venia y escribía algo cuando tenía algún bloqueo, me ayudó mucho a poner ideas en su lugar y una de esas veces pensé en "¿Por qué no darle fin?" y pues aquí estoy de nuevo.

Estoy al tanto que todo cambió con la última película que personalmente espero que no sea el final de la franquicia…me dejó un sabor amargo la tercera parte, la disfruté visualmente, pero podía ser mejor en guion e historia. La menciono por que no seguiré la cronología de esta o de la serie que salió de Amazon, este fic como inició así se quedará.

Seguro se preguntarán por mi hermano Ty, por ahí anda, trabajando y siendo un niño en cuerpo de adulto, les manda saludos, pero no me ayudara como antes a escribir estos capítulos…aunque aún me da ideas.

Sin más que decir o agregar bienvenidos otra vez a mi locura y espero que la disfruten.

Capítulo 17

Ese día


25 años atrás…

Hace un rato que había comenzado a llover; lo cual era extraño, ya que el día anterior el cielo estaba completamente despejado, el viento era gentil y la luz entraba por todos lados sin preocuparse de ser invitada o no al lugar. Pero, ahora el cielo gris y negro se extendía por todo el horizonte, el viento carecía de compasión contra las ventanas y puertas, ni siquiera a los árboles perdonaba; y la luz parecía esconderse con gran temor que solo se asomaba en cortos, pero intensos destellos en el cielo.

La oscuridad de esa mañana le impedía saber si era tarde o muy temprano, pero la pesadez que aún sentía en sus parpados le indicaba que no había dormido lo suficiente, así que era muy temprano. Se frotó los ojos y tomó asiento en su cama, seguía cansado, pero ya no quería seguir acostado viendo como el móvil que lo arrullaba por las noches giraba lentamente sobre su cabeza. Su adormilado cuerpo le dificulta el movimiento así que esperó que este despertara por completo. Cubierto con sus mantas como si fuera un capullo comenzó a indagar una extraña sensación que poseía, la cual era la culpable de su insomnio, una sensación de carencia y pesadez en su estómago que de pronto pasaría a su pecho al escuchar un escandaloso reclamo fuera de su habitación. No en el pasillo y mucho menos en la habitación continua, venía de abajo, en la primera planta de la casa.

—¿Qué sucedió? ¡Dime, Liang! ¿Qué pasó?

Después de eso solo hubo un largo silencio.

Unos cuantos minutos se preguntó qué sucedía, la curiosidad le pedía gritos salir y averiguar, pero la cautela que había heredado de su madre lo amarró a su cama y a quedarse quieto.

Pisadas se escucharon por la casa y luego por todo el pasillo, de aquí y allá, no paraban de moverse allí afuera. Nuevamente los gritos volvieron:

—¡No lo dejaré!

—¡Por la razón de los dioses, mujer! —exclamó encolerizado—. ¡Mete en tu cabeza un poco de ella y úsala! Mandaré guardia a la casa, no tienes de que…

—¡Basta! —ordenó—, ¡No me quieras dar tranquilidad, no puedo tenerla! Si los rumores son ciertos ¿Por qué debería tener tranquilidad con unos cuantos guardias? Había miles de guardias y soldados imperiales ¡Miles! —exclamó con énfasis—. Y aun así…solo pido que no sea cierto, en serio lo pido.

Hubo un breve momento de silencio.

—Lixue, por favor…

—Y ellos dos estaban ahí—interrumpió—. ¿Entiendes, Liang? Ellos estaban ahí, si esto es cierto, ni siquiera ellos pudieron hacer algo ¿Qué podríamos hacer nosotros si algo pasa?

No hubo respuesta alguna.

—Dirás que no tengo razón alguna, pero primero muerta a que algo malo le pase también a mi cachorro.

Las puertas se abrieron y la primera en entrar fue su madre que se sorprendió al encontrarlo despierto. De manera poco disimulada ella se limpió las mejillas y luego procedió a tallarse en las telas de su enagua, estaba mal puesta al igual que el resto de su vestimenta. Al parecer ella también había sufrido de insomnio, tenía sus ojos hinchados y cristalizados, y sonaba su nariz con frecuencia.

Acaso ¿Había enfermado?

Su padre la siguió, vestido con su brillante armadura plateada con el escudo imperial incrustado en su pecho; y una capa roja y ondeante a sus espaldas, cerró las puertas del cuarto.

—Hola, mi amor—su voz sonaba algo quebrada—. Vamos a salir.

Solo dijo eso y no más. Su madre comenzó a prepararlo, a vestirlo, y durante ese transcurso pudo notar ciertas discrepancias. A menudo, su madre era halagada por su exótica belleza, la finura y delicadeza de sus rasgos y la apariencia casi hipnótica de sus ojos que eran considerados "sublimes" ante cualquiera que los mirara ya sea con apreciación o mismo desdén. Pero, ese día su madre había olvidado tener alguna atención a su físico o apariencia. Su collar de pelo estaba enmarañado, su ropa arrugada y mal puesta y la hinchazón sus ojos le daba una apariencia demacrada y triste.

—Lixue, no tiene caso—llamó su esposo—. El niño estará bien.

Se acercó a ella por detrás. No le prestaba atención, le colocaba lo zapatos al pequeño cachorro que observaba y escuchaba todo con una mirada fija en sus padres, preguntándose qué ocurría. Él le soltó el fajín de su cintura y comenzó a colocarlo delicadamente de nuevo. Su esposa lo arreglaba para que quedara adecuado, pero su apariencia para ella era lo de menos en ese momento. Su esposo, con sus dedos peinaba su collar de pelo, le daba tiernos besos y frotaba caricias con frente y mejillas por su cuello y nuca. Casi automáticamente se aferró a sus brazos que comenzaban a rodearla, sintió como un nudo en la garganta que traía atravesado desde hace un rato amenazaba con deshacerse en forma de lágrimas.

—No tenemos que exponerlo a esas noticias—susurró él.

Ella inhaló profundamente, un gimoteo casi se le escapa, pero lo disimuló con un leve tosido.

—No son noticias…solo son rumores—aclaró con firmeza—. Para mí, serán noticias cuando lo compruebe yo misma.

Su esposo suspiró.

—Tenemos que prepararnos para lo peor.

Su manera de decirlo le causó un malestar en el pecho, pareciera que ya afirmaba todo, que lo daba por hecho. Tomó aire y alzó el semblante, decidida.

—Siempre lo he estado—sentenció.

El pequeño cachorro, ya listo, bajó de su cama e inmediatamente se metió bajo de esta.

—¡Lexan, sal! —ordenó su madre.

El cachorro blanco no tardó en aparecer, traía colgando unas cuantas pelusas que luego su madre sacudió. La tigresa blanca alcanzó la manta de la cama. Le pidió al niño que alzara sus brazos para poder cargarlo. Lo subió y envolvió. Ella salió a paso veloz sin escuchar las réplicas de su esposo.

En la planta de abajo estaban los criados que los esperaban, sus caras reflejaban una pena que solo podría compararse con el clima de ese día, fatal. Afuera, los esperaba un coche halado por caballos imperiales y varios guardias. La tigresa blanca sujetaba a su cachorro con fuerza y a pesar de que su esposo seguía llamándola, no iba a concordar con él.

—¡Lixue!

—¡Déjame, Liang!

Se dio la vuelta exasperada lista para salir a la lluvia acompañada por un criado con sombrilla en mano, pero su esposo a pesar de su opinión conocía a su esposa a la perfección, sabía lo terca y testaruda que podría llegar a ser, así que le había llevado su capa de lluvia. Se acercó a ella que se había quedado paralizada en el marco de la puerta, le colocó su capa cubriéndola lo más que pudiese junto con el cachorro que traía en brazos. Él insistió una vez más que no era propicio que llevaran al niño, pero ella otra vez se negó:

—Liang, por favor—suplicó—. Necesito saber que él va a estar bien.

—Y lo estará—juró—. Los sirvientes estarán aquí para atenderlo y mandaré a todos los guardias que quieras para que estés tranquila.

Cada uno del servicio asintieron en afirmación a las palabras del patrón.

Pero ella volvió negar con la cabeza.

—Liang, nos han pasado tantas cosas como a ellos, nos han odiado tanto como a ellos y a pesar de todo, siempre creí que si algo realmente malo llegara a suceder sería a nosotros, ¿Entiendes? Somos el blanco más fácil, por mucho. Y, aun así, la tragedia no llegó, le llegó a quienes de a pesar de tener todos los recursos para impedirla, no pudieron. Tenían muros más fuertes, soldados, guardias, vigilantes, y si eso falló, ellos eran la última defensa y no lo lograron.

Cada palabra de su esposa era como un puntapié directo al estómago.

—Por eso te pido por favor que no me quites mi tranquilidad—suplicó—. Además, necesito estar lo más tranquila para no…caer en la tristeza de aquel lugar, no creo poder ser un consuelo si siento mortificación en mi corazón, y que esta misma me lleve a ser una carga que sólo aumentaría las penas.

Ante esta explicación, su esposo ya no tuvo más que reclamar. La ayudó a resguardar bien a su cachorro de la lluvia y salieron ambos. Ella siendo seguida por uno de los sirvientes, cubriéndola con un paraguas, y él, por su caminata acelerada no dio tiempo a cubrirse. Se adelantó para abrir la puerta del carruaje.

—Iré afuera. Necesito analizar unas cuantas cosas, y como tú, necesito estar tranquilo de que nuestro camino no será perturbado.

Su esposa se aproximó a besarle en los labios con ternura. Su mano acarició su mejilla que se empapaba con la lluvia.

—Solo grita si sucede algo.

Él tomó su mano y besó el dorso.

—Espero no tener que hacerlo.

La ayudó a subir y cerró la puerta. Revisó los alrededores antes de subir por el tirón de atrás y sostenerse de las agarraderas traseras. Miró el camino y ordenó:

—¡Al palacio, a prisa!

Los caballos avanzaron por las calles empedradas que se hubieran encontrado solitarias de no ser por la exagerada cantidad de soldados que rondaban en ellas. Saludaban con total respeto al tigre blanco al verlo pasar sobre el carruaje. Era notorio que el movimiento militar había aumentado en creces, y aún más en las cercanías del palacio. Se podía divisar como los ojos curiosos salían de la puertas y ventanas, pero no se aventuraban a más que observar.

Llegaron a las puertas del palacio, enormes e imponentes, la entrada sur era por donde entrarían, la parte de observación estaba llena de guardias armados, más de treinta había alcanzado a contar solamente en el observatorio superior.

Lanzó un rugido en seña para que le abrieran las puertas, pero estas no lo hicieron.

—¡¿Quién llega?!—preguntó uno de los guardias de la entrada.

El tigre se intrigó al ver que tenía que presentarse.

—¡Soy el capitán imperial Liang! ¡Cuarto al mando de las fuerzas armadas de nuestro emperador y fiel amigo del heredero!

Pasaron un par de minutos en los que iría disminuyendo poco a poco la paciencia del capitán. El guardia que habló con el primero volvió a salir:

—¡¿Qué nos asegura que usted es el verdadero capitán?! ¡¿Qué constancia nos da de eso?!

El tigre enrojecía de la indignación.

—¡¿Qué acaso no me reconoces?! ¡¿Acaso no reconoces a tu capitán?! Soy el único tigre blanco aquí, ¡Imbécil! —fúrico volvió a rugir.

El guardia sintió encogerse un poco, pero a pesar de ser cierto que esa condición que presenta el tigre si era realmente escasa, no podía ignorar la posibilidad de que se tratase de un truco.

—¡¿Qué seguridad da de que no sea una farsa?!

El capitán nunca sintió tal irritación ante alguno de sus soldados, incluso su esposa asomó levemente la cabeza fuera del carro, incrédula de la bola de tonterías que se discutían afuera. El capitán de traer su arco daría silencio a su altanera boca, hasta incluso pensó en desenfundar su espada y lanzarla, su virtuosa puntería se encargaría de que la hoja de esta diera en el blanco. Pero resignó sus pensamientos y se limitó a responder:

—¡¿Me ha visto cara de mentiroso, señor?! ¡No cree que, si portara un disfraz sobre mi pelaje, este se habría caído con la lluvia! —argumentó con firmeza—. Ahora hable al general Koichi para que le ordene que me abra y así yo poder quejarme con él de su inepta precaución o de su absoluta estupidez ¡O puede que haga ambas!

El guardia que comenzó a palidecer de su futura vergüenza salió a prisa, y no pasó más de un minuto para que abrieran las enormes puertas. Los caballos entraron apenas había espacio suficiente, y una vez adentro las puertas se volvieron a cerrar.

El palacio al igual que la calles estaba repleto de guardias y soldados armados, vigilando desde las torres con arcos y ballestas, y en patios y balcones con alabardas y lanzas. La expresión en sus rostros no era muy diferente a la de los sirvientes en casa del capitán, solo había algo que las diferenciaba, rabia.

Pasaron a través del palacio, sobre los puentes de los canales cuyos riachuelos ahora eran caudalosos, pero pequeños ríos de agua puerca por la basura y fango que la lluvia provocaba. Llegaron a la explanada principal, donde se encontraba el palacio mayor. Y, al pie de las escaleras del salón, alguien ya los estaba esperando en plena lluvia. El general Koichi que era un gran oso pardo que medía más de los dos metros casi alcanzando los tres, era conocido por su afable personalidad y de tener un rostro razonable que demostraba una cordura y sabiduría superiores a la de otros oficiales, pero esa mañana pareciera que las hubiera dejado en casa. Su rostro era angustioso y más de una vez se metía la pata a la boca para morderse las garras, si seguía haciéndolo se quedaría sin ellas. Al ver al capitán su rostro se iluminó, solo por unos instantes.

—¡Capitán! —saludó efusivo—. ¡Oh capitán Liang! Que alivio me da verle en buen estado.

El tigre blanco bajó del carruaje rápidamente, se encontraba completamente empapado, pero su apariencia no le importó para saludar con el más humilde respeto a su general.

—Lamento mi demora, no fui avisado de todo esto hasta hace apenas dos horas.

—Mi culpa, todo es un caos aquí y me apena decir, que solo hay malas noticias.

—¿Malas noticias? —los tomó por sorpresa al intentar de bajar el carruaje. Lixue sostenía con fuerza a su cachorro en brazos y a su vez sentía como por ciertos instantes el aire se le iba.

—¡Mi señora, permítame pedir que vengan por usted! ¡No baje, puedo notar que trae a su niño con usted y el clima está horrible!

El general ordenó a un guardia que fuera en busca de un sirviente.

—Qué bueno que han traído a su cachorro, iba apenas a mandar a un mensajero para que viniera al palacio y se resguardarse aquí. Hay una suposición que ha sido por venganza contra sus altezas por viejas represalias y no sabemos si estas también los implican, es mejor prevenir otra tragedia.

—¿Hay noticia de quien podría haber sido? —preguntó el capitán mientras hacía una lista mental de todos sus enemigos y los posibles culpables.

—Penosamente no—contestó, mordisqueando sus garras—. No hay rastro que nos lleve con el culpable; pareciera haber desaparecido en el aire.

—Entonces, ¿No ha enviado nota o carta pidiendo algún rescate? —la impaciencia de Liang se hacía cada vez más notoria por las pocas noticias que tenía.

El semblante del general se llenó de aflicción, y por momentos sus ojos estuvieron a punto de soltar lágrimas.

—Ay, mi querido amigo—exclamó con una voz casi quebrada—. Al parecer no te has enterado de todo lo sucedido.

Antes de que pudiese continuar, el criado había llegado con órdenes de que entrasen de inmediato junto con un paraguas. Ayudaron a bajar a la felina y todos subieron a toda velocidad las escaleras. Al llegar a la puerta había dos enormes estatuas de dos perros Fu, custodiando; el general los observó y sonrió:

—¡Ja, guardianes! —se burló con más aire de reproche que de diversión—. ¿De qué sirven si no cumplen con su cometido?

Su intento de chiste no fue bien recibido por ninguno, era como alguien que querría encontrar alguna diversión en un funeral, sonaba totalmente estúpido, pero los nervios lo hacían pensar tonterías.

Ambos oficiales se sacudieron el agua de su pelaje y armaduras, y dejaron sus capas para que estas se escurrieran.

El general, al entrar al palacio se quedó callado y bajó la cabeza, la sombra que caía sobre el lugar le helaba el cuerpo. Pero su silencio solo era para él, era obvio que estaba preocupado; todo esto había ocurrido bajo su cargo, en su cabeza se sentenciaba a un destino. En voz baja repetía con pavor perderé la cabeza, perderé mi cabeza en un coro que a los oídos de sus acompañantes no era difícil detectar.

Los sirvientes del palacio tenían una expresión de histeria contenida, al igual que los guardias que custodiaban cada puerta por la que pasaban. Algunos lloraban, otros de no saber qué hacer hacían plegarias, y otros más optaron por ser estatuas, su mirada perdida en algún punto invisible para quienes los observan, incluso para ellos mismos.

El General se separó de ellos al llegar un sirviente con un mensaje de que era requerido en la fortaleza militar, se despidió de ambos tigres antes de partir.

El pequeño cachorro en sus intentos de saber dónde estaba buscaba visibilidad bajo la capa de su madre, en aperturas que le daba el movimiento de su andar encontraba cosas familiares: paredes, estatuas, pinturas, vasijas, sirvientes y guardias.

Estaba en el palacio.

Estar en ese lugar a esas horas de la mañana no era nada nuevo para él, siempre iba cuando su madre o padre visitaban a sus padrinos, y era divertido; había dulces y juguetes por donde pidiera, y los cuentos nunca faltaban. Además, el día anterior hubo fiesta y daba por hecho que habían quedado pasteles y postres que estaba ansioso por probar. Pero, aun cuando ya estaba deseoso por divertirse rápidamente recordó que era temprano y alguien seguramente todavía no había despertado.

—Dios…

Lixue sentía que los pasillos eran realmente infinitos, la incertidumbre del momento la tenían al borde del abismo. Y, al dar la vuelta a una esquina ya no quiso continuar, sus pies se clavaron al suelo al escuchar múltiples alaridos de dolor provenir de una de las puertas, y al marco de esta una silueta se encorvaba, sus sollozos quejidos se opacaban con los otros, pero aun así se escuchaban. Era una vieja terranova, con canas por todo el pelaje, se había quitado los lentes por las lágrimas que se acumulaban en sus ojos y con la tela de su ropaje de cama llena de fango se las limpiaba.

—¿Nana Nitta?

Ella volteó cobrando seriedad, pero al verlos solo se encorvó nuevamente y bajó la cabeza.

Lixue le entregó su cachorro a Liang y ella avanzó, levantó su rostro y limpió varias lágrimas:

—Por favor—suplicó—, sé más fuerte que yo, aunque sea difícil—apretó sus patas con las de ella—. Necesitamos que seas fuerte por ella ahora mismo.

Lixue solo asintió en silencio. Sostuvo su estómago para cobrar aire, miró a su esposo e hijo y entró a la habitación. No tardó para que los alaridos que provenían del interior se hicieran más fuertes y desgarradores.

La vieja terranova cobró compostura mientras se colocaba sus lentes con sus patas temblorosas, respiró hasta que el nudo de su garganta se hiciera más pequeño para lograr hablar:

—Capitán…si necesita ir con su majestad y alteza, están en la corte noroeste, llegará más rápido por los pasillos de las… salas militares.

El tigre blanco asintió formalmente, pero antes de irse:

—Nana Nitta—extendió a su cachorro—. ¿Podría…

—Por supuesto—lo recibió en brazos como si de un tesoro se tratara. Sus brazos se aferraron al cachorro con fuerza, sus patas acariciaron suavemente su pelaje y lo llevó a su pecho—, hola, pequeño—susurró, mientras miraba sus enormes ojos azul zafiro. Nuevamente las lágrimas se formaban al borde de sus párpados, pero no les permitió salir—. Bello niño, tan temprano ¿Y tú despierto? Ya debes tener hambre, voy a llevarte a la cocina para que te den todo lo que tú quieras.

—Cualquier cosa que necesite…

—No sé preocupe capitán, me haré cargo.

Liang asintió agradecido y se fue por el pasillo a paso veloz.

La oscuridad del corredor se iba poco a poco, los guardias habían traído un farolillo para iluminar el camino de la terranova hacia la cocina. Con una escolta de dos grandes osos en armadura fueron guiados por el palacio dejando atrás a aquellos alaridos. Nana Nitta iba conversando con el pequeño cachorro (aunque Lexan aún no dijera palabra alguna) ella iba diciendo lo lindo que era, lo buen niño que era, que era precioso, una dulzura inocente que siempre cuidaría y que protegería de cualquier cosa. La mente del cachorro no alcanzaba a comprender por qué esas palabras y el porqué de tan raro actuar de todos en el palacio, la fiesta de ayer puso a todos muy felices y ahora todos estaban tristes.

¿Qué había pasado? ¿También enfermaron?

En el camino se toparon con más guardias que empezaron a bloquear diferentes pasillos incluso el suyo.

—¿Qué sucede? —preguntó Nana Nitta, bajó a Lexan indicando que se quedara quieto y se colocó frente a su compañía.

—Los pasillos se están examinando por seguridad— dijo un guardia con una gran alabarda en mano.

El pequeño cachorro miró hacia atrás, era temprano y no quería comer, quería jugar. Deseaba juguetes y lápices de cera para pintar, pero algo aún más importante poseía algo dentro de su bolsillo que tenía que devolver.

—¿No podrían hacer una pequeña excepción? —preguntó la anciana.

—Lo lamento señora, son órdenes del emperador.

—Comprendo—dijo, resignada—. Me temo que tendremos que dar la vuel… ¿Lexan?

Los guardias miraron hacia atrás, el pequeño cachorro se había esfumado. La vieja terranova comenzó a gritar histérica y los guardias salieron en su búsqueda presurosos por los pasillos.

Lexan deambulando se agazapaba en búsqueda de un camino que lo llevara a su lugar favorito en el palacio. Corriendo lo más rápido que sus pequeñas cuatro patas le permitían vagaba por varios corredores intentando reconocer y recordar sus visitas pasadas. En su búsqueda se encontró con la enorme silueta de su padre que avanzaba con apuro, ocultó lo siguió. Sus pensamientos le indicaron que con él podría llegar a donde él deseaba, pero no fue así. Su padre lo había guiado hasta otro pasillo, pero reconocía ese lugar, había estado ahí antes. La luz gris del día le daba una apariencia opaca a tan majestuoso sitio, lleno de molduras y pinturas que solo podrían compararse con la belleza del reino de los cielos, los colores se difuminan con lo lúgubre del ambiente, provoca pesadez caminar por esa zona. El cachorro se mantuvo cauteloso ante la presencia de su padre que se había quedado de pie observando una puerta, la única y se encontraba al final del pasillo. Era enorme, de madera, con grandes goznes y con dos dragones de oro y jade blanco postrados sobre cada una. En las orillas, dos imponentes gorilas de la guardia imperial la custodiaban, pero al igual que los demás guardias del palacio se encontraban con un rostro deteriorado, casi marchito, que por su posición tenían que disimular, o al menos eso intentaban.

Gritos se escuchaban desde su interior, cosas se rompían y caían. Sonaba como si una batalla se estuviera desatando justo ahí.

—¡Basta, ya!

Se escuchaban gruñidos y forcejeos.

—¡Entiende, por favor!

Algo más se quebró.

—¡Basta!

—¡No!

Una de las puertas se abrió y de ella salió un joven tigre, musculoso, grande y completamente demacrado; traía sus ropas para dormir mojadas, rotas y llenas de lodo. Con un andar tambaleante intentó avanzar por el pasillo, estaba herido y cansado, los mismos guardias intentaron sostenerlo, pero él los apartó tan bruscamente que se hubiera caído de no haberse apoyado de la pared. El joven capitán se acercó a él con prudencia:

—Kang—lo miró, tenía manchas de sangre, no sabía si eran de él o de alguien más—. Kang…

Volvió a llamarlo, pero no respondía, su mente y mirada parecían dispersas. Intentó tomarlo del hombro y se apartó. Retrocedió con una mirada de recelo examinando al capitán de arriba-abajo.

—¿Te sientes bien? —preguntó el capitán intentando acercarse a su amigo.

Él trató de decir algo, pero de su boca solo salieron quejidos incomprensibles. Sus pupilas se movían de manera acelerada por todos los rincones del pasillo hasta volver a posarse sobre el tigre blanco.

—S-sí.

El joven capitán respiró tranquilo a ver que si le respondía.

—Estas…muy herido, tienes que ir a que te atiendan— el tigre blanco despacio tomó uno de sus brazos para llevarlo—. Necesitas ayuda.

Reaccionó, sus ojos se posicionaron fijamente sobre su blanco amigo al cual le faltaban algunos centímetros de altura para alcanzarlo.

—Sí—dijo él sujetándolo con fuerza de un hombro—, ne-necesito ayuda, Liang necesito tu ayuda— lo miró con angustia y lo tomó de ambos brazos—. Liang…por favor tienes que ayudarme, amigo.

—Si, por supuesto, Kang. Todo lo que necesites ¿Qué quieres?

—Quiero…quiero…quiero que me ayudes a encontrar a mi hija— el capitán solo lo miró en silencio sin poder responder mientras los ojos de su mejor amigo se volvían cristalinos—, por favor—suplicó con voz quebrada—, ella…ella debe…debe estar allá afuera, y hace frío y…y y y…y debe tener miedo y—sus palabras se atoraban entre gimoteos—. Y tengo que encontrarla, Liang. Tengo que encontrarla, por favor.

Liang del nudo en la garganta no podía decirle nada a Kang. Nunca lo había visto así y le partía el alma.

—Sí, Kang. Vamos a buscar a tu cachorra—el rostro de su amigo pareciera iluminarse por instantes—, pero...necesitas que te atiendan, estas muy herido—él negó con la cabeza—. No puedes salir así.

—No.

—Yo mismo guiaré la búsqueda y cuando mejores te nos u…

—¡No! —rugió. El joven capitán se apartó—. Tengo que encontrar a mi hija, Liang.

Comenzó a tambalearse nuevamente y a caer sobre sus rodillas. Los guardias fueron a su socorro, pero Liang con una mirada los detuvo, él sostuvo a su amigo.

—Kang, te lo suplico, por favor ve a que te atiendan.

Él simplemente volvió a negar con la cabeza.

—Tengo que encontrar a mi hija.

—Kang por la razón de los…

—¡Tengo que, Liang! ¡Tengo que!

Las puertas se abrieron y de ellas salieron algunos oyentes, los gritos habían captado la atención de varios dentro de la habitación. Otro tigre, de avanzada edad, pelaje anaranjado y en partes cubierto por canas salía a la par con la compañía. Al igual que Kang traía sus ropas de cama llenas de lodo y desgarradas. El joven capitán y los guardias exteriores intentaron inclinar la cabeza, pero con un ademán los negó.

—Kang, hijo—lo llamó suavemente—. Estás herido.

El tigre en un torpe afán por demostrar su buen estado intentó levantarse y volvió a desplomarse gimiendo de dolor por uno de sus costados. Había sangre, era obvio que estaba herido. Se aferró a los hombros del tigre blanco.

—Kang, por favor— suplicó, Liang.

—Alteza imperial—la compañía de su padre, altos mandatarios y ministros concejales, se apresuraron a arrodillarse y hacer una reverencia hasta donde él se encontraba—. El príncipe imperial está herido, por favor haga caso a su padre el emperador, por favor mi príncipe.

Pidieron al unísono mientras sus frentes tocaban el piso con la reverencia.

El joven príncipe miró a su mejor amigo buscando apoyo a sus decisiones, pero no la encontró. Quiso zafarse de su soporte, pero su amigo no lo permitió. Entre desesperados forcejeos y quejidos por querer irse empujaba al joven capitán. No tenía la suficiente fuerza para apartarlo y de tenerla tampoco lo apartaría, no lastimaría a su mejor amigo.

—¡Basta, Kang! ¡Estás herido!

—¡Suéltame, Liang! — gritó, desesperado—. ¡Eres un traidor! ¡Suéltame!

—¡No lo soy! — lo arrinconó contra la pared—. ¡Soy tu más leal amigo! Cuentas conmigo para todo, pero no te voy a perder por culpa de tu necedad.

—¡Tu no lo entiendes, Liang!

Lo empujó fuertemente.

—¡Claro que sí! —rugió, devolviéndole el empujón—. ¡También soy padre!

Ambos se quedaron mirando fijamente, chocando respiraciones. Por un momento, algunos de los presentes se alarmaron y los guardias se colocaron en posición de defensa, la conversación airada y los sentimientos a flor de piel podría traer con ellos violencia, algo así provocaría que alguno de ambos tigres entrara en "frenesí" y que todo terminara con un resultado devastador, la mañana ya estaba muy gris como para agregar otra cosa que la ensombreciera aún más.

—Basta, ambos—ordenó el emperador—. Kang, de ser necesario te encadenaré a una cama para que te atiendan.

El joven príncipe se burló con una áspera y tenue risa.

—A mi hija no le sirve de nada que siga aquí escuchándote.

—A tu hija y al imperio no les sirves muerto—respondió, con severidad.

— ¡Al carajo el imperio! —masculló furioso dando un pisotón en el suelo.

—Actúas como un cachorro necio, eres un príncipe ¡Compórtate como tal!

—Y tú compórtate como un padre—con miradas discretas los presentes ajenos a la conversación se miraron entre sí, incómodos, sin saber cómo reaccionar, algunos solo bajaron miradas, otros se convirtieron en estatuas—. Siempre bajo un código, un reglamento, una máscara de piedra, inmutable y sin…

Ambos se sostuvieron la mirada hasta que el joven príncipe no pudo más.

—¿Qué piensas?

Pidió respuesta, pero su hijo volteó la cara mientras él se acercaba. Lo tomó del hocico para que lo mirara, pero su hijo no se atrevía a verlo a los ojos.

—¿Acaso crees que no me duele? —su hijo mantenía la mirada plantada en el suelo, él se enfureció—, ¡Mírame! —lo sacudió—. ¿Crees que no me duele verte así?

—Si te doliera me dejarías ir.

Ni siquiera lo miró.

El emperador lo soltó, indignado. Ordenó a su compañía que se fuera junto con los guardias, sólo Liang se quedó, el emperador reconocía que era de los pocos seres en la tierra que podía hacer entrar en razón a su hijo, aunque en ese momento dudaba de quien pudiera.

Cuando los tres estuvieron solos, el emperador miró al joven capitán y un segundo después le había dado un puñetazo en la mejilla a su hijo. Ambos empezaron a sujetarse y Liang intentaba separarlos.

—¡Esperen, no! ¡No!

Liang se colocó entre ambos.

Lexan que se había quedado oculto en uno de los rincones observaba toda la escena sin entender qué ocurría. No hizo ruido alguno por temor a ser regañado, pero era difícil, esos dos causaban mucho miedo.

—¡Quietos, por favor!

El joven capitán los empujó a ambos en direcciones contrarias, el emperador al pasillo cayendo de espaldas y el joven príncipe contra la pared. Liang se quedó temblando en su lugar, hacer eso lo llevaría a tener muchos problemas, no solo por tocar al emperador, también por empujarlo.

—¡¿Crees que no me duele?!

Exclamó el viejo tigre que se reincorporará mientras miraba con severidad al capitán que se arrodillaba con vergüenza ante él. Con la cabeza baja se levantó a petición de su superior.

El joven príncipe yacía aún en el suelo, su respiración se hacía pesada y con cada intento de ponerse de pie solo volvía a caer, temblando y con cada vez menos fuerza.

—Liang, lleva a mi hijo a que lo atiendan.

El capitán asintió, colocó el brazo de su amigo en sus hombros, sostuvo su espalda y lo levantó. Las piernas le temblaban. El príncipe se recargó en su fiel amigo para esconder su llanto. Entre sus lamentos se escuchaban pequeños gimoteos que se repetían una y otra vez Mi niña hermosa...Mi bebe...Mi bebe, solo eran escuchados por su mejor amigo, cuya voluntad de milicia amenazaba con romperse. La humedad de sus ojos estaba al borde de correr libremente por sus mejillas. Con una profunda respiración se contuvo y recargó su mejilla sobre su amigo quien no paraba de sollozar, y lo más seguro es que no fuera a parar por un largo rato. Ambos abandonaron el pasillo, tambaleantes y con lentitud, dejando solo al emperador en la tenue luz gris de esa mañana tormentosa.

El pequeño cachorro que se escondía en el rincón observó como esa silueta imponente comenzaba a romperse poco a poco. Creyendo libremente de su "soledad" el viejo tigre olvidó toda regla, toda apariencia. Las lágrimas cayeron imparables como la tormenta del día; era el llanto de un niño, incontrolable y escandaloso. Sus manos cubrían cada sollozo lamento que fuera a salir de su hocico llegando hasta el punto de no poder gobernar más sus emociones. Su cara se empapaba de lágrimas y moquillo, sus manos ya no le bastaban para limpiarse. Con una pata tomó parte de las telas de su ropaje para frotarlo en la cara, pero estaba sucio, todo él estaba sucio, lleno de lodo, hojas y ramas, no lo había notado. Pero, ya no importaba, se limpió y se manchó de mugre el rostro.

Dispuesto a irse comenzó a caminar por el pasillo, pero un pequeño tintineo lo obligó a detenerse. Se quedó quieto esperando y nuevamente lo escuchó. Volteó a varias direcciones, buscando desesperadamente de donde provenía ese "peculiar" sonido. Lexan intentaba salir de ahí sin ser visto, pero el movimiento de sus patas agitó el contenido de su bolsillo. El viejo tigre se encontró con la pequeña sorpresa del cachorro agazapado en medio del corredor.

—¿Qué haces tú aquí? —el pequeño cachorro retrocedió con miedo al sentirse descubierto—, ven, ven aquí—lo llamó agachándose haciendo ruido con sus garras contra el suelo. El cachorro retrocedió aún más sin saber que hacer, se había separado sin permiso, lo iban a castigar—. ¿Tu hiciste ese ruido?

Preguntó el emperador mientras se acercaba con cautela sobre sus cuatro patas al cachorro. Lexan se quedó frío, quería llorar, lo iban a regañar.

De la esquina de repente apareció un guardia tomando por sorpresa al emperador y siendo la perfecta distracción de escape para el cachorro. Se echó a correr lo más rápido que pudieron sus cuatro patitas. El emperador seguido por el guardia fue tras de él.

Lexan corría con todas sus fuerzas, corriendo por debajo de muebles y metiéndose en rincones para evitar que lo atraparan. Comenzó un escándalo por su captura, sirvientas trataban de agarrarlo, los guardias de acorralarlo y todo esto sin lastimarlo. Lexan se metió por debajo de una de las enormes alfombras para escabullirse por los pies de todos, nadie quería pisarlo, chocaban entre sí y con todos entretenidos evitando herirlo, escapó por una de las esquinas llevándolo a un pabellón. Salió por los jardines, la lluvia caía torrencialmente y más guardias lo esperaban, entre los arbustos de rosas se metió, y ellos en el intento de sostenerlo, al introducir las patas solo lograban espinarse. Arrastrándose por el lodo y las raíces logró evadirlos a todos. Sin que nadie lo notara salió de los jardines y se escondió detrás de una enorme estatua de mármol en forma de perro de buena fortuna, su pelaje mojado y sucio escurría por el piso.

Sentado respiraba con agitación, y con cautela corrió en silencio por el pasillo que le quedaba de frente.

Los vitrales de las ventanas de esa zona entintan con tonos cálidos el pasillo, la mañana corría y a pesar de las nubes grises, la luz se vuelve más intensa. La familiaridad del lugar lo alentó a seguir avanzando, era como un camino a la fantasía, llena de colores que se movían, el viento agitando las campanillas de los móviles producía una extraña melodía que hacía contraste con el sonido de la lluvia.

Ayer estaba lleno de risas de cachorros ese pasillo, ahora solo estaba el eco del tintineo de las campanillas. Lexan conocía ese lugar, justo ahí quería llegar, finalmente lo encontró. Se apresuró, ya reía de solo imaginar todos los juguetes que le esperarían, toda la tarde llena de diversión.

Dio vuelta en la esquina y se detuvo, le dio miedo continuar.

Al final debía estar una gran puerta doble llena de flores y listones de colores...una estaba caída y rota y la otra apenas se colgaba de una de las bisagras, se movía suavemente causando un leve rechinido. Lexan agazapado procedió con cautela, recorriendo con la mirada todo el pasillo que de pronto se transformó en una tétrica escena. Los vitrales de las ventanas estaban destrozados, las columnas golpeadas, otras rotas, las astillas salían volando de ellas; las paredes rasguñadas con grandes líneas de garras, enormes líneas.

La lluvia había entrado por los huecos de las ventanas y grandes charcos se habían formado por todo el lugar. Del interior de la habitación al final del pasillo entraba una luz, al alcanzar la puerta se asomó a su interior creyendo que encontraría lo que con ansias buscaba, pero fue una escena muy parecida al pasillo, pero no igual, ya que todo era a mayor escala.

La habitación de un infante, la cual debía ser bella y alegre estaba reducida a escombros. Vasijas hechas pedazos, cortinas rasgadas, juguetes rotos, las paredes arañadas y el enorme ventanal que daba vista a la ciudad imperial caído al igual que las puertas. El viento aullaba por las ventanas rotas, sacudiéndolas con estruendo. El pequeño cachorro entró; confundido, asustado y hasta sorprendido. Avanzando, evitaba pisar los pedazos de porcelana, mientras que con la mirada encontraba uno a uno los juguetes con los que apenas el día de ayer había jugado hechos pedazos bajo varios escombros; observo el techo, de él antes colgaban listones y mariposas de cristal de cada una de las vigas, hoy no había ninguna y una viga estaba astillada por la mitad. Se tropezó, apenas alcanzó a poner sus patas para no golpear su nariz, levantó la mirada y frente a él se encontraba una cuna de oro en forma de un nenúfar gigante, se había caído de su soporte, las sábanas habían quedado esparcidas por el suelo, igual rasgadas y manchadas en sangre.

No había nadie en ese cuarto, todo estaba roto, todo estaba mal. El pequeño cachorro se levantó y buscó por la habitación con la mirada, no sabía que buscaba solo sabía que faltaba algo, la cuna estaba vacía, estaba en el suelo.

¿Qué había pasado aquí? ¿En dónde está ella? ¿En dónde está?

Su mirada de ansiedad daba vueltas por todos lados entendiendo que algo malo había ocurrido en ese lugar, algo muy malo. Su mente infantil pensó en salir y pedir ayuda a un adulto, ellos sabrían qué hacer, se arreglaría todo esto, todo volvería a ser bonito...ellos la traerían de vuelta.

—Lexan…

En el marco de la puerta lo estaba observando aquella vieja terranova. Lo había encontrado.

El pequeño cachorro se quedó mirando la cuna, quería hacer notar que estaba en el suelo y vacía, pero la vieja nana no hizo nada.

—Ven, tenemos que salir de aquí.

Lo llamó con un suave tono de voz y una seña, pero sus ojos estaban nuevamente cristalinos y se veía ansiosa, frotaba sus patas constantemente y le temblaba el labio inferior. Sin embargo, Lexan no se movía, él también estaba ansioso, frotaba sus patitas mirando una y otra vez a nana Nitta y a la cuna, esperando a que ella hiciera algo. No ocurrió, ella entró en la habitación y lo cargó, dejando a toda prisa aquel lugar sin voltear atrás.

Al salir de esa zona se encontró con guardias y sirvientes en su camino, observando al pequeño cachorro, algunos con cara de alivio, por verlo a salvo, otros con rostros llenos de exasperación por la persecución que habían tenido por su captura minutos antes.

Él...simplemente sentía que algo malo pasaba, pero no sabía qué y tampoco entendía por qué nadie hacía algo al respecto, eran adultos, lo podían arreglar. Los miraba a todos y cada uno de ellos, confundido, por que pareciera que en esos instantes nadie, absolutamente nadie tenía idea de lo que estaban haciendo.

Nana Nitta se detuvo.

—Su sirvienta lo saluda, majestad— inclinando la cabeza, reverenció a un gran tigre, el mismo que el pequeño cachorro había visto llorar momentos antes.

El emperador observó a Lexan con una severa mirada.

—Veo que ya te atraparon, chiquillo escurridizo.

Lexan se encogió en los brazos de la terranova, intuía lo que venía, un gran regaño.

—Fue mi culpa majestad—se disculpó la vieja terranova, apenaba bajó la cabeza—. Lo descuide por unos segundos y.… al parecer él solo buscaba algo.

—¿Que buscaba? — lo miró intrigado.

Estaba indecisa en sus palabras, pero debía responder. Titubeo al principio, suspirando ideas que aún no se concretaban en palabras.

—Buscaba...—suspiró afligida—. La buscaba... a ella.

La vieja terranova besó la cabeza del cachorro. Tan bello, tan pequeño y tan inocente.

El viejo tigre sonrió conmovido. Acarició la cabeza del cachorro y musitó:

—Buen niño.

Aquel gesto se desvaneció al instante para volver al semblante serio y severo de costumbre. El viejo tigre ordenó a nana Nitta que no volviera a perder al cachorro, incluso colocó varios guardias para su vigilancia y asegurarse de que su orden fuera cumplida. Lexan no dejo de pensar en ningún instante que algo malo había ocurrido.


Era la cuarta mañana que estaba ahí, la lluvia seguía y la situación era la misma. Durante esos días no veía a sus padres hasta la hora de dormir… o solo a su madre; su padre no llegaba o regresaba a altas horas de la madrugada, pero no para dormir, se quedaba vigilando las puertas y ventanas, sujetando el mango de su espada. Varias veces lo había sorprendido deambulando por la habitación y otras su madre lo iba a sentar por que se quedaba dormido de pie, pero despertaba y volvía a su posición.

Despertar en el palacio no era nuevo para él, ya se había quedado antes, solo que ahora no había juegos, no había más cachorros con los que jugar, solo soldados y guardias por doquier. Nana Nitta se encargaba de cuidarlo y las mucamas de jugar con él, no permitían que saliera de la habitación. Pero, esa cuarta mañana su madre lo vistió y no se separó de él, lo llevaba en brazos a todas partes. Ese día no se quedó en la habitación, estaba en una muy diferente, una enorme, el piso era de obsidiana negra con marcas en blanco que formaban los movimientos de la luna y las estrellas, en el techo formas astrales recorrían las vigas, libros y pergaminos acumulados en estantes, y mapas extendidos en grandes ficheros. Nunca había estado allí. Su madre lo colocó en el piso a su cercanía, le entregó juguetes y le pidió que no hiciera ruido, lo cual no era difícil, el pequeño cachorro a pesar de su edad no hablaba, pero era comunicativo a su manera. Sentada a lado de su madre, en una silla más alta, adornada de joyas y cubierta por un velo blanco de seda transparente estaba la princesa imperial. Sus manos temblorosas sostenían un delicado pañuelo junto con un pequeño peluche de algodón en forma de conejo blanco. Aunque no quería la obligaron a vestir de blanco, la obligaron a desayunar y a salir de su habitación, su mejor amiga y sus damas la acompañaron, pero solo a Lixue la dejaron pasar junto a ella y sus guardias al gran salón militar imperial. Sentadas ambas en un rincón, esperando noticias, escuchando a los generales, capitanes, al príncipe y al emperador hablar uno a uno alrededor de una gran mesa de madera en forma de mapa, detallado en caminos, praderas, valles, lagos, ríos, montañas y la ubicación de cada aldea y ciudad del imperio chino, incluso la ciudad imperial.

—...hemos buscado, en la zona sur de la ciudad, al norte, este, oeste— comunicaba un capitán, un leopardo amarillo, de edad adulta y ojos verdes. Marcaba con figurillas de madera en forma de cabeza de dragón todas las zonas que el nombraba—. Alrededores, túneles, minas, cuevas...todo lugar donde pudiera esconderse dentro de los perímetros de la ciudad, pero me temo que no hemos encontrado nada.

—Ese imbécil entro aquí, hizo su jugada y no esperó para despedirse—respondió el emperador—. Nunca creí que se quedaría cerca de la ciudad.

El viejo tigre vestido con su armadura dorada marcó negativa la ciudad imperial. Miró a sus generales y a su hijo, que parecía absorto a todo lo que sucedía, mirando el mapa de un lado a otro.

—¿Kang? — lo llamó sin respuesta alguna—. Hijo, ¿Cómo siguen tus heridas?

Su pata se posó sobre el hombro del joven tigre, pero aun así este no dijo nada.

—El príncipe fue muy valiente— comentó un viejo general, un carnero de largas barbas y cuernos enormes y torcidos—. Se arrojó del acantilado a las peligrosas aguas del rio amarillo, pudo morir.

Todos asintieron.

—Nuestro príncipe es muy fuerte, pero hasta los más fuertes necesitan descanso—mencionó un joven capitán ciervo—, Mi príncipe— se arrodilló—. Pido por su salud que guarde el reposo necesario, sus hombres somos leales y le traeremos la justicia que merece.

Solo hubo silencio, el emperador le pidió al capitán que se colocara de pie.

—¿Cuántos días han pasado? —todos se volvieron hacia él nuevamente.

—Disculpe, mi señor...

—Días—aclaró—. ¿Cuántos días han pasado desde que me quitaron a mi hija? ¿Cuántos?

Todos los generales y capitanes compartieron miradas, su padre apretó con más fuerza su hombro sin querer.

—Si hablamos de los amaneceres mi señor...han sido cuatro.

Todos bajaron la cabeza, afligidos. A más de uno se le hizo un nudo en la garganta. Todo se volvió más sombrío y no solo por las nubes de tormenta que se hacían cada vez más densas; al igual que a su esposa, y no solo a ella, también como a su padre, lo obligaron a vestir de blanco, la capa de su armadura ahora era blanca, con el escudo imperial bordado en hilo de plata. La cuarta mañana...la esperanza se disolvió con la lluvia. No había dicho nada respecto a ello hasta que vio la vestimenta de su esposa. Su labio inferior comenzó a temblarle y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Respiró profundo y soltando el aire preguntó:

—Y.… ¿Y qué han hecho en los territorios fuera de las áreas de la capital?

—Kang...

Las lágrimas se volvieron difíciles de contener.

—¿Qué han hecho? ¿Qué han encontrado?

La mesa comenzó a temblar. Liang avanzó para contener a su amigo.

—¡Kang!

—¡Respondan! —exigió con un rugido.

—Hacemos lo mejor que podemos alteza—contestó unos de los generales.

—¡No es suficiente! —azotó el puño contra la mesa—. ¡Quieren darme justicia y no me han traído al hijo de puta que hizo esto!

Movió la mesa como si fuera un juguete, todos los generales y capitanes se arrodillaron, avergonzados; sin poder dar la cara imploraban perdón.

—Un maldito ejercito que no me da nada.

—Lo lamentamos mucho, mi señor—la frente de cada uno tocaba el piso—. Lamentamos en haberle fallado a usted y al emperador, haremos hasta lo imposible para darles tranquilidad...

—¡Ni siquiera han podido traerme el cuerpo de mi hija! Es el cuarto día y.…y no tengo un cuerpo para sepultar ¿Qué sepulto? ¿Mis esperanzas de encontrarla? ¡Porque también ya están murieron!

Nadie dijo nada, callaron en aquel instante solo para escuchar como la princesa imperial comenzaba a llorar desde su asiento.

—Xia...

Lixue intentaba calmar a su amiga, pero era imposible. La acurrucó en su hombro y frotaba su cabeza suavemente con su palma. Lexan con su inocencia igual intentaba calmarla abrazando las telas de sus faldas, era raro verla tan triste, siempre estaba feliz. El príncipe miró a su esposa, apenado por su forma de actuar.

—Váyanse—ordenó, el príncipe—. Y hagan lo que tengan que hacer.

Les dio la espalda y se acercó a su padre, el cual le puso una pata sobre el hombro en forma de consuelo.

—¡Si, señor!

Corearon y con reverencia y sin dar la espalda se retiraron uno por uno. Pero, al único que detuvieron en la puerta fue al joven tigre blanco, pidiendo que se quedara. Lagrimas corrían por el rostro de la princesa, el emperador solo miraba a su hijo llorar en silencio, en momentos se le escapaban unos cuantos gimoteos. El viejo tigre iba a decir algo, pero su hijo pidió que si iba a reprenderlo por su comportamiento ya tenía suficiente castigo. Todo quedó en silencio, nadie se atrevía a decir algo más o a levantar la mirada. Liang se dispuso a levantar las cosas que se habían caído del mapa hasta que se empezaron a escuchar quejidos que se acercaban por el pasillo, molestos, no había oración que no terminara en una grosería, realmente se estaba haciendo un escándalo afuera. Todos miraron desconcertados la puerta y esta se abrió de manera abrupta, un sirviente iba pidiendo disculpas a los presentes mientras otra enorme figura entraba, su aroma pomposo a fragancia de ciruelo impregno el lugar, su vistosa vestimenta solo era opacada por sus ojos verdes, dos chispeantes bengalas que ardían con fuerza en esa gris mañana.

—¿Quién te permitió entrar?

—Supongo que el mismo que me obligó a volver, padre.

El sirviente se arrodilló ante al emperador, suplicando disculpas, explicando que él había dicho a su hijo, al segundo príncipe, que se encontraba en una reunión importante y que no debía ser molestado. El más joven de los príncipes lo miro molesto y con un gruñido le ordenó que se largara. El pobre sirviente cohibido y arrepentido salió a gatas pidiendo disculpas y cerrando la puerta. El pequeño Lexan se escondió entre las faldas de su madre, conocía a ese tigre y no le era nada grato verlo. Era el hermano menor del príncipe imperial por cuatro años y a pesar de sus similitudes físicas entre sí, el segundo príncipe no tenía una pinta agradable para quien lo conociera.

—Tremendo escandalo has armado afuera—gruñó su padre.

—Y no era para menos—burlón contestó—, me obligaron a volver a medio camino. Un escuadrón militar me detuvo, ordenándome volver al palacio imperial, ordenándome ¡A mí! —alzó la voz, ofendido—. No me quedó otra más que volver, pero me topé con todo un circo aquí de guardias y soldados, y nadie decía una palabra, nadie me daba explicaciones, me daban la espalda y me pedían ir a mi habitación como si tuviera cinco años, luego me entero de que hay una reunión de alto mando y nadie me lo comunicó. Como veras mis razones de llegar así están más que justificadas, padre.

—Tal vez no se te dijo porque si actúas como alguien de cinco, llorón.

—No me quieras comparar con tu niñato cagado que de un pisotón lo haría mierda, Liang.

—Basta—ordenó el emperador—. Zhou, las ordenes que se te dieron fueron mías y lo que tenías que hacer era seguirlas, sin refutar.

—Y lo hice, solo vine aquí porque quería saber el "porqué" de tales ordenes—contestó Zhou—. Además, el palacio necesitaba ruido, el lugar está muerto...y hablando de muerto ¿De qué me perdí? ¿Y esas vestimentas blancas? ¿Quién murió?

Cada pregunta era acompañada por un tono de burla que desagrado a más de uno. Se sacó una manzana de la manga e inició a morderla y mascarla ruidosamente, justificándose de que no había tenido tiempo de desayunar.

—No me digan que la pequeña peste se ahogó en su cuna o ¿Qué pasó? —inquirió con la boca llena.

—¡Zhou! —rugió el emperador.

—Perdón, fue una broma …—los miró a todos, a su padre, a su hermano, a su cuñada, los rostros que tenían, las marcas de humedad en sus mejillas y la ausencia de espíritu en cada uno—. ¿Qué? ¿Como? ¿En serio?

—Si.

—¿En su cuna? —preguntó incrédulo y un poco emocionado por creer que le había atinado.

—No, alguien entró al palacio en la madrugada después de la fiesta y se la llevó.

—¿Al palacio? Están bromeando ¿No?

Su padre se encargó de darle los detalles, no dijo nada solo espero a que su padre terminara de contar, no volvió a darle otra mordida a su manzana.

—...esa fue la razón de por qué se te ordenó volver, el que entró al palacio no ha sido hallado y tememos que...

—¿Qué yo lo haya dejado entrar?

—¡No! Que por ser de la familia imperial también peligre tu vida—aclaró su padre, molesto.

—Qué lindo, pensaste en mí.

—Zhou, esto no se trata sobre ti.

—Lo sé, nunca es sobre mi...de hecho ahora que lo pienso esto sucedió hace cuatro días si mis cálculos no me fallan, de ser así tuvo que ser el día de ayer para que salieran tus órdenes para que yo regresara y llegar hoy en la mañana, padre.

—No te lo tomes personal, hijo—dijo el emperador—. Ni siquiera noté que te habías ido de la fiesta y...

—¡Exacto! —jugaba con aquella manzana—ni me notaste.

—Zhou, por favor...

—No soy pieza importante de aquí, así que ¿Por qué preocuparse?

—Porque eres mi hijo.

—¿En serio? Me parece muy curioso —recargado contra la mesa lanzaba la manzana hacia arriba, sin darle mucha importancia a la conversación—, ya que hace mucho que no me siento así.

Su padre se molestó y le quitó la manzana de la pata y la arrojó por la ventana.

—Si quieres que te trate así, lo haré.

—Ya lo haces, ya me acostumbré—contestó fríamente—, solo me notas cuando hago algo mal, últimamente ha sido de esa manera, pero lo comprendo tenías tus "prioridades"—observó las figurillas del mapa, las tomó y las acomodó en un pequeño grupo, tres piezas de dragón juntas—, todo tu juego estaba en orden, la línea de tu trono estaba asegurada, eras muy feliz, pero...puff—derribó una pieza—. Alguien te quitó una...y ahora tratas de volver a tener el control de tu juego buscando que otras piezas te quedan.

Acercó otra pieza a ese pequeño grupo y las derribó todas de una vez.

—Estás loco.

—No, solo te conozco muy bien—enfrentó—. El loco es otro, es aquel que busca llenar un hueco con otra cabeza para que la corten.

Lexan volvió a esconderse entre las faldas de su madre al escuchar un fuerte golpe.

Zhou retrocedió, indignado. Su padre le dio un puñetazo en el rostro, un sabor metálico empezó a amargarle la boca, escupió, su sangre ahora machaba el suelo, la miró y frotándose la mejilla volvió a alzarle la mirada a su padre, altivo sonrió.

—Creo que me quedaré con la duda de si realmente también hubieras sido así con Mei ¿O tú que piensas, hermano?

—No tienes derecho de dirigirle la palabra a tu hermano—dijo el emperador entre gruñidos.

—Aja, claro—seguía sacándose la sangre del hocico con sus dedos—. Oye deberías tener más cuidado, solo te quedamos Kani y yo, y yo soy al que le sirven los testículos.

Las últimas gotas de paciencia y cordura que le quedaban se desvanecieron, se volvió contra su hermano, le lanzó tres sillas como si fueran bolas de papel, Zhou las evitó, solo por un pelo estuvo cerca de ser derribado. Se acercó furioso y su hermano menor no retrocedió también se fue directo hacia él, pero su padre no iba a permitir tal pelea. Se escucharon gritos, los guardias de la princesa intervinieron por su orden, la guardia imperial también entró, sostuvieron a Kang, todos los guardias que fueran necesarios se aglomeraron sobre él hasta que ya no pudiera moverse. Por Zhou, no hubo falta, una vez que su hermano estaba sometido el dejo de avanzar.

—¡Suéltenme! —repetía Kang con la cara contra el suelo—. ¡Ven acá rata cobarde y pelea! ¡Pelea!

—¡Kang, basta! —le ordenó su padre, pero no dejaba de moverse y con sus heridas frescas temía por la salud de su hijo.

—No sé por qué te enojas.

—¡Zhou, tú también! —señaló su padre.

—Yo solo dije una verdad, para nadie es secreto que tardaste en embarazar a tu esposa, yo no tengo culpa en eso—se lavó las manos—. Y por eso entiendo que les duela tanto perder una hija, ya que no sabes cuánto tiempo te tomará para que la vuelvas a embarazar. Pero, bueno, ya que se mencionó la palabra culpa, claro yo la mencioné, pero yo quiero compartirles mi más honesta opinión sobre todo esto.

—¿Más "honestidad" de parte tuya? —preguntó sarcástico el tigre blanco—. Creo nos ha sido suficiente por un día.

Zhou rodó los ojos y lo miró con desagrado.

—Es un privilegio que no todos tienen.

—Concuerdo, envidio a los que no lo tienen—contestó Liang—. Y hablando de envidia, ya que claro yo dije la palabra, lo único que he escuchado de ti en todo este momento ha sido tu envidia hacia tu hermano y a tu sobrina.

Liang sonrió.

—Un viejo sabio me dijo que no tengo nada que envidiarles a los muertos y tomaré su consejo—Zhou le devolvió la sonrisa—. Y antes que el apestoso de Liang (—"¿apestoso?"—dijo Liang molesto) me vuelva a interrumpir iba a dar mi honesta opinión y después me voy y no sabrán de mi hasta el funeral.

—Ojalá fuera el tuyo—susurro Liang. El emperador pidió que se calmará.

—No la quiero—gruño Kang, quejándose de dolor seguía moviéndose por debajo de sus guardias, algunos lo ayudaron a levantarse, pero no lo soltaban—. Lárgate de aquí, no te quiero ver.

—Y yo a ti, te ves muy mal.

—Tu hermano está muy herido, Zhou—aclaró su padre—en estos momentos no está en condiciones ni de humor para tener que soportarte a ti y a tus tonterías.

—Ay, como siempre defendiendo a tu hijo favorito—se burló Zhou con un puchero en su rostro—. Pobrecito

— "Envidia" —canturreó Liang—. Cuidado, el pelaje se te puede poner verde.

—Y aun así...me vería mejor que tú, pedazo de mierda seca.

—Ya basta—ordenó el emperador interponiéndose entre ambos—. Zhou, quiero que te vayas a tu habitación y te quedes ahí hasta que yo diga que puedes salir, es una orden.

—Bien, solo daré mis condolencias.

—No las quiero—respondió Kang de mala gana.

—No a ti, baboso— lentamente se acercó a la princesa imperial, dos guardias que cuidaban de ella sonaron sus alabardas contra el suelo en señal de que no se acercara tanto. Lixue quien también cuidaba de su amiga se colocó de pie y le dedico una fría y altiva mirada al joven tigre con cada paso que daba. Estando frente a ella bajo la cabeza y se arrodillo—. Xia lamento de todo corazón lo que ocurrió, no te mereces este sufrimiento.

Ella no contestó, ni siquiera lo miró.

—Ya acabaste, ahora vete—ordenó Lixue. Zhou se levantó, enojado.

—¿Y tú quién eres para ordenarme? Maldita golfa.

Liang ya estaba listo para desenfundar su espada, pero un guardia se lo impidió.

—Ella solo te recuerda la orden de tu padre y emperador—su amiga la sostuvo de un brazo cuando se levantó de manera inesperada de la silla. Xia lo miró fríamente de arriba-abajo—. Ya vete, nadie quiere verte aquí.

Zhou bajó sus orejas y miró el suelo.

—Bueno, justificaré tu falta de modales con lo que ha pasado y que eso ha afectado tu estado de humor.

—¿Mi estado de humor? —se quitó el velo, varios presentes bajaron la cabeza, sonrojados, la princesa imperial era reconocida por su extraordinaria belleza, hasta Zhou se sonrojó, reconocía y admiraba la belleza de su cuñada.

—Si, pero no deberías descargarte conmigo cuando tu enojo debería ser para tu esposo—contestó Zhou, Xia miró a Kang desconcertada—, Xia ¿Por qué crees que Mei ya no está? Solo por ser hija de mi hermano, el único culpable es él—señaló a Kang con la mirada mientras este se retorcía por soltarse—, presumiendo a su niña, la primer princesa con sangre real nacida en siglos, orgulloso, descuidado, insensato, enseñándola como si de un trofeo se tratará, todos sabían de Mei, ella tan pequeña y frágil—acarició con su pata la mejilla de Xia para limpiar una lagrima que se había escapado—. Si ella hubiera sido mi hija esto no hubiera pasado.

Lo miró a él con los ojos llenos de lágrimas y luego a Kang, se aspiró los mocos y gruño furiosa, empujó a Zhou fuertemente, tirándolo al suelo.

—Llévate tu veneno y ahógate en él.

Lixue se acercó para cerciorase de que ella estuviera bien.

—No es veneno cuando es la verdad—defendió, reincorporándose, yendo por ella—. No deberías estar molesta conmigo cuando el que juró defender a tu hija con su vida sigue aquí, frente a ti y vivo.

La sangre le hirvió, ni siquiera lo pensó, el enojo que sentía la había obligado a hacerlo. Le pegó un puñetazo en la nariz, con fuerza, tenía ganas de callarlo, solo eso pasaba por su mente. Ni siquiera sabía si su amiga que la sostenía lo había premeditado y simplemente la dejó hacerlo. Lo miró, se sostenía la nariz, gritando, con sangre brotándole de la cara, manchándose y manchando lo que tocara. Y, por un breve microsegundo sonrió, le había roto la nariz.

Nadie se movió, solo miraban como se doblaba de dolor sobre sus rodillas. Los sirvientes llegaron junto con más guardias, los gritos los había alarmado. La mirada de ambos se encontró, ella con sus pupilas encogidas, furiosa y el con los ojos llenos de lágrimas, pero no solo por la nariz rota. La servidumbre intentó levantar del suelo al joven tigre, no lo permitió; furioso se los quitó de encima ordenando que lo dejaran en paz. Se volvió a la princesa, intentó decir algo, pero solo recibió gruñidos, y al ver que eso era lo único que obtendría se despidió con una reverencia y se marchó a pisotones. Por el pasillo se escucharon sus maldiciones y sus azotes de puertas, atenuándose cada vez que se alejaba más. El emperador envió a sus sirvientes detrás de él y mandó a llamar al médico real. Los guardias soltaron al príncipe, se sobó sus costados y su hombro derecho por las molestias que sentía.

Lexan intentaba obtener la atención de su madre jalando de su vestido y dando brincos, buscaba brazos, ya no quería estar ahí, estaba muy incómodo. Pero, Lixue solo trataba de calmar a su amiga. Xia, alterada daba justificaciones de por qué se había comportado de esa forma, pero nadie le reclamó, ni siquiera su suegro y emperador, hasta el mismo le pidió que se tranquilizara. Corrió a ver a su esposo, la cubrió con sus brazos y ella comenzó a pedirle disculpas y él a ella. Xia por su fría actitud en esos últimos días y él por ser el causante de lo que provocara ese comportamiento.

No solo su hermano menor pesaba que era su culpa, también él lo llegó a pensar.

De rodillas y sollozando pidió perdón a su esposa, llamándose inútil, incluso auto condenándose con la muerte. Ella acunó su rostro en su pecho, acariciando su nuca y él abrazándola con fuerza de la cintura. Ella lo defendió de sí mismo, él la volvía a contrariar. Así estuvieron discutiendo hasta que ella logró ponerlo de pie para limpiarle las lágrimas con las mangas de su vestido y darle un largo beso en sus labios.

—Aun te tengo a ti—le susurró—. ¿Te atreverías a dejarme sola?

El negó con la cabeza, Xia volvió a robarle otro beso, más pequeño. Volvieron a quedar abrazados, a ella no le importo el frio de su armadura, solo se acurrucó en su pecho y él dejo caer su cabeza sobre su frente.

—Oye—la llamó—, que buen puñetazo le diste a Zhou—se burló y ella escondió su cara, avergonzada—. Hiciste lo que Liang ha anhelado hacer por años.

—Solo quería callarlo—excusó—. Además, ya me lo debía.

Por primera vez en esos días se habían dirigido la palabra, para los presentes fue agradable escucharlos hablar entre si otra vez. Se miraron, ella acarició su mejilla, sintiendo varios rasguños, viendo su labio partido, su ojo negro y otros golpes en su rostro.

—No has dormido ni comido bien. Deberías descansar—le dijo ella.

—Ya se lo dije—su suegro se introdujo en la conversación—. No me quiere escuchar.

—Aún tengo que salir a buscar—objetó a su padre.

Su padre suspiró, exasperado.

—Hijo... han pasado cuatro días, de poder encontrar algo ya lo hubiéramos hecho; el rio tiene muchos canales que se extienden por el país y también tiene salidas subterráneas.

—Basta—le pidió su hijo—. No me tienes que repetir lo que ya sé, pero es mi hija.

— Y es mi nieta—argumentó con firmeza—. Y tú mi hijo y tengo que cuidar de ti como tú lo hubieras hecho con ella. Tus heridas ni siquiera han sanado y aun así vas y vienes, me aterra pesar que en cualquier momento decaigas y no te levantes.

Su esposa sostuvo su brazo con ternura.

—Voy a estar bien—aseguró.

Su padre negó con la cabeza.

—No confundas voluntad con necedad. Hasta las más fuertes murallas caen con el tiempo; sé que es algo difícil de aceptar, pero tendrás que hacerlo tarde o temprano.

—Si me pides que la abandone no lo haré.

—No te he pedido eso.

—¿Entonces? — exigió saber avanzando hacia su padre, Xia intentó pararlo jalando de su brazo—. Conforme yo entiendo me pides que entre a un luto, ¿Por qué?

—Kang, los días pasan y la gente ya debe saber que...

—La gente ¿Qué? —interrumpió—. No me importa en este momento que se diga o se rumore entre paredes y oídos.

—Y a mí tampoco, pero tienes que entender que debemos darle un fin digno, por Mei.

Y la discusión así siguió por una media hora más, no llegaron a ningún acuerdo. El joven príncipe salió nuevamente acompañado por sus guardias y su mejor amigo, haciéndole caso omiso a las órdenes de su padre de guardar reposo por su salud. Xia intentó seguirlo, pero ella si fue detenida por la mano propia de su suegro.

—...no dudo de tus capacidades—dijo—, pero en estos momentos no sabemos quiénes son nuestros aliados y quienes nuestros enemigos; no quiero que te expongas tú también, si Kang también te pierde me temo que eso si será algo de lo cual no se recuperaría... él es capaz de "seguirte" a donde vayas ¿Me entiendes?

—Si, señor—asintió.

—Bien.

El viejo tigre mandó a llamar a la compañía de la princesa para que la escoltaran a su habitación; llegaron en fila más guardias y damas de compañía, estas últimas ayudaron a la princesa a colocarse nuevamente ese velo blanco que con desagrado tuvo que volver a usar.

—Lo odio—comentó en voz baja.

Lixue le dio la razón y fue en busca de Lexan quien andaba levantando la última de las piezas del mapa de la mesa. Su madre lo llamó y él inmediatamente se alegró, ya les estaba dando brazos, todos esos gritos y rugidos que habían ocurrido en esa habitación lo pusieron nervioso. Lixue lo levantó y una de las mucamas levantó los juguetes que habían llevado, se despidieron del emperador con una reverencia y se marcharon de ahí. Pero, Lexan que reposaba sobre el hombro de su madre, miró atrás, miró claramente como un pequeño petirrojo se posaba sobre el hombro del viejo tigre y este le susurraba algo.

Las puertas se cerraron y ya no pudo ver más.


Lo volvieron a despertar temprano, le dieron de desayunar y lo vistieron, incluso una de las mucamas comentó que parecía un lindo muñequito de nieve con esa ropa, toda blanca. Sus pantalones le quedaban algo largos, por lo que a veces se tropezaba. Su madre le pidió que se sentara mientras terminaba de arreglarse, ella al parecer también había optado por vestir de blanco esa mañana y su padre que se paseaba por la habitación como un animal enjaulado también lo había hecho. El vestido de su madre y, la capa y fajín de ceda del cinturón de la armadura de su padre tenían un color blanco que brillaba, casi espectral se podría decir. Tocaron las puertas y un sirviente entró a dar aviso de que ya era hora; solo lo cargaron en brazos, no dijeron ninguna palabra y comenzaron a caminar por los largos pasillos. Ya habían pasado diez días de que llegaron al palacio y seguían ahí. Ese día no tenía ni la más mínima idea de lo que harían, pero parecía una fiesta, había mucha gente, había adornos y velas, pero todo era blanco, el aire apestaba raro y nadie sonreía.

¿Qué clase de fiesta era esa? se preguntó.

Era un gran salón, el salón del trono. Enormes vigas, enormes columnas, un enorme piso reluciente; oro, jade, gemas y maderas finas por todos lados. El trono, un enorme dragón de oro descendiendo desde el techo, serpenteante sobre la pared hasta tocar el blanco piso de mármol, en una de sus garras, la izquierda, se encontraba la silla del emperador; un enorme loto dorado, y junto a él otros tres, pero en forma de gigantes nenúfares dorados, escalonados por jerarquía. En si todo el salón representaba un gran estanque, donde antes —según las palabras de los ancianos más sabios— los dragones en la antigüedad iban a bañarse en sus cristalinas aguas que al ser tocadas por sus escamas estas se volvían de oro.

De no ser por el mal tiempo y el lúgubre ambiente que se suscitaba en ese momento, la gloria de ese gran salón no se vería opacado. Lucía diferente, las paredes y ventanales habían sido adornadas con telas blancas de seda y grandes ramilletes de crisantemos blancos, velas blancas alumbraban tenuemente y farolillos de papel blanco eran llevados por escoltas en sus percheros, formaban dos líneas creando un camino al centro del salón. Sacerdotes prendían incensarios; el humo dulce se elevaba hasta el techo.

Frente al trono estaba colocada una mesa llena de coronas de flores y guirnaldas de papel, con dos candelabros con largas velas y un quemador de perfume, sobre ella había una placa dorada con un nombre grabado en caligrafía: Mei Ying.

Los presentes se aglomeraban en ambos lados del salón, vestidos de finas ropas blancas, solo los soldados y guardias permanecían en armadura como el capitán, la capa y fajín blanco. Incluso había un pequeño grupo de cachorros, pequeños animales de diferentes especies que seguramente había acompaño a sus padres, todos juntos en un círculo, quietos, en silencio y cada uno sostenía un pequeño lirio.

Sus padres no paraban de murmurar entre sí.

—Creo que deberías dejarlo con los demás niños—le sugirió en un susurro su esposo.

Lixue apretó a Lexan en sus brazos al igual como apretaba sus labios, negó con la cabeza y con un murmullo. Todavía no empezaba y ya estaba a punto de llorar. Liang la miró y recargó su frente contra un costado de su cabeza.

—¿Has visto a Shifu? —preguntó ella.

Lo sorprendió con la pregunta, alzó la cabeza; revisando entre los presentes, pero no lo encontró.

—¿Si le informaron? —preguntó él, desconcertado por no ver al panda rojo en el lugar—. No he escuchado aviso de que llegara a la ciudad.

—Tenía entendido de que Xia le había escrito, pero dice que no ha respondido a sus cartas—suspiró—. Teme que este molesto con ella.

—¿Tiene algún motivo?

Ella se quedó pensando.

—No lo sé…

Los tambores comenzaron a sonar junto con el gong. Los militares de alto mando se amarraron una cinta blanca en la cabeza y los guardias bajo la hoja de sus alabardas y lanzas. En la entrada apareció la familia imperial, el emperador guiándolos, con la mirada al frente y el cuello erguido, sus manos ocultas en las largas mangas de su elegante vestimenta, su corona no estaba, solo traía una diadema de plata; todos los presentes se arrodillaron y bajaron la cabeza. Detrás de él estaba su hijo mayor y su nuera, vestidos con elegantes ropas blancas, ella con un velo y él una diadema delgada de plata al igual que su padre. La princesa llevaba un ramo de nube blanca y un pañuelo, se podían ver a través de su velo sus ojos enmarcados en lágrimas, pero el príncipe no mostraba emoción, llegó al recinto con un semblante serio, frugal y una actitud rígida, se notaba el cansancio en su rostro y andar. El más joven de los hijos del emperador iba detrás de ellos, como era su costumbre iba bien vestido, pero en silencio. Su nariz vendada y los oscuros hematomas bajo sus ojos fueron la clara causa de uno que otro cuchicheo entre los presentes y una leve sonrisa por parte de Liang que nadie más notó.

Se colocaron frente al altar y los presentes saludaron al unísono al emperador y a la familia imperial.

Otras puertas al costado se abrieron, muchos contuvieron la respiración. Entraba una fila de sacerdotes, uno traía un pequeño sarcófago, tan pequeño como una caja de rábanos. Fueron segundos para se escucharán los primeros gimoteos. Las velas se encendieron y la ceremonia había comenzado. Los sacerdotes soplaban incienso en el pequeño sarcófago puesto sobre aquel altar. Oraciones hacían eco en las paredes junto con el llanto de varios presentes. Canciones iban al ritmo del tambor, la piel de todos estaba tensa, articulando palabras en silencio y otros conteniéndose.

La ceremonia terminó, era el momento de ir al mausoleo imperial. El cortejo fúnebre se estaba preparando, pero el príncipe imperial se metió entre ellos y tomó el pequeño sarcófago y se colocó al frente, él lo iba a llevar. Su padre y algunos sacerdotes trataron de disuadirlo, fue en vano, con una actitud necia mantuvo su postura y siguieron.

Sonó el gong, los escoltas con los farolillos marcaban su camino. La lluvia se había calmado, quedaban las gotas que chorreaban los techos y las cornisas. El cortejo era cubierto por un palio, todos los demás presentes llevaron sus velas e iban cantando en coro. Sirvientes se asomaban desde los balcones del palacio, lloraban y arrojaban pétalos en el camino del cortejo. Llegaron a la entrada de la pagoda, custodiada por dos enormes dragones de piedra, Lexan se escondió en los brazos de su madre, la cara acusadora de los dragones le daba terror… pero, no fue al único.

El hijo más joven del emperador se alejaba a toda prisa de ahí, pasando a chocar hombros con Liang, algunos intentaron sujetarlo, pero él los empujaba.

—Ya fue suficiente para mí por un día—decía mientras se abría paso entre los presentes.

Algunos reclamaron la falta de empatía y poca educación del joven príncipe, otros decían que era por que el clima hacía que su nariz le doliera, solo Liang tuvo la valentía — y descaro— de decir algo en voz alta:

—Maldito cobarde supersticioso.

Lixue lo empujó y jaló de su brazo para que se comportara, pero el joven capitán no dijo nada que nadie mas no supiera. Era bien conocido que el más joven de los príncipes tenía ciertas creencias con los temas místicos y sobrenaturales, un comportamiento que se podría considerar casi fanático, se decía que el príncipe no frecuentaba lugares así por temor a los espíritus que pudieran habitar allí. Incluso se cuenta que él y su hermano mayor tuvieron un altercado con un peligroso espíritu gracias a la curiosidad desmedida en su temprana infancia. Pero, solo eran cuentos del palacio.

Algunos negaron con la cabeza y otros susurraban sus molestias. El emperador sonó su garganta para que todos se centraran en el evento, se podía ver en su cara su claro enojo, seguramente más tarde reprendería al príncipe.

Las puertas se abrieron y los sacerdotes pasaron junto con el cortejo. Adentro, los sacerdotes encendieron las antorchas del lugar, era enorme y glorioso, en las paredes se encontraba la historia de la familia imperial, una historia que muchos saben esta manchada con sangre desde hace muchos siglos atrás. Caminaron hasta una de las salas donde se encontraban la tumba del anterior emperador y padre del actual, ahí se encontraba su madre y esposa también, la madre del príncipe Kang, todos mostraron sus respetos al entrar. Los presentes se acomodaron en la enorme sala dejando a la familia imperial en el centro de la habitación. Los sacerdotes pidieron al príncipe entregar el pequeño sarcófago, lo entregó sin chistar y se colocó a un lado de su esposa. Los sacerdotes dieron sus últimas oraciones antes de meter esa pequeña caja en aquella tumba y sellarla. El gong sonó nuevamente acompañado con los tambores y junto con el golpeteo contra el piso de todas las alabardas y lazas de los guardias imperiales del palacio, sonando al unísono como el llamado a una marcha.

—Inocentes las almas de los niños que necesitan nuestra protección —oraba el sacerdote en voz alta—, hoy dejamos que una se vaya y duerma en los brazos de su abuela, bajo el vigilante y magnánimo ojo de sus ancestros, que siempre la protejan y esa misma protección sea concebida a su familia. Se fue sin culpa y sin pendiente alguno, que su descanso sea largo y sereno, y siga siendo así hasta que las estrellas del cielo se apaguen y la tierra y el mar se vuelvan cenizas. Inocente niña, fuiste amada hasta el último segundo de tu corta vida y será así hasta el fin de los tiempos.

Él llanto se escuchaban en toda la habitación, los cachorros presentes fueron invitados a dejar un lirio frente a la tumba, Lexan fue acompañado de la mano por su madre a dejar el pequeño lirio, el no entendía que estaba ocurriendo ¿Porque todos estaban tristes? incluso su madre y su padre. Cuando volvió a los brazos de su madre él limpio sus ojos y se acurrucó en su pecho, su padre los abrazo a ambos; el joven capitán recargó su mentón sobre la cabeza de su esposa, sus ojos brillaban como dos lagunas celestes, brillantes por las lágrimas que comenzaba a derramar.

Los viejos sacerdotes pidieron a la princesa un último arrullo, pero al intentarlo no pudo contenerse y se terminó quebrando en llanto:

—No-no puedo, perdón—sollozó avergonzada. Terminó acurrucada en el pecho de su esposo, pidiendo perdón a cada momento, el la abrazaba y sostenía, acariciándola, intentando consolarla, se veía muy sereno. El sacerdote mayor igual calmó a la princesa y entendió que eso no sería posible. Pero, sorprendiendo a los presentes el joven príncipe cantó el arrullo, nunca lo había escuchado cantar, ni su padre, ni su esposa, ni sus amigos más cercanos; todos callaron y escucharon el eco de su voz resonando por toda la habitación. Pero no fue una canción de cuna, fue un lamento, uno muy específico en sus palabras. Era hermoso, pero muy triste.

El viejo emperador tenía los ojos llenos de lágrimas, pero solo se permitió a quedarse quieto y escuchar. Cuando el príncipe terminó tomó a su esposa de la mano y salieron del mausoleo, los demás les siguieron. Afuera todos los sirvientes del palacio esperaban con farolillos de papel flotantes de color blanco, les entregaron uno a la pareja imperial y otro al emperador, esos dos fueron arrojados al cielo gris y les siguieron cientos más y después miles. Todos en la ciudad se unieron en la pena, el cielo gris se vio iluminado por cientos de luces que atravesaban esas nubes negras de tormenta. Los cachorros se emocionaron a ver tantas luces, incluso Lexan que saltaba en los brazos de su madre, inclusive comenzó nuevamente una búsqueda entre los presentes, pesaba que por las luces la encontraría por ahí, riendo y señalando al cielo, pero no estaba.

Después de las luces, hubo una invitación para comer en el palacio, el emperador no los acompañó argumentando una enorme fatiga, el príncipe mayor acompaño a su padre a sus aposentos. La princesa se quedó en el salón acompañada por su amiga y su demás compañía, recibía condolencias de todos los presentes, escuchaba y asentía con gratitud. Los niños jugaban en rincones, Lexan se aproximaba a jugar con ellos, pero los adultos a verlo acercarse apartaban a sus hijos de él. Solo podía observar, se alejó de ellos y se sentó cerca de una de las terrazas cercanas al jardín, pétalos de cerezo estaban regados por todo el suelo, estaban húmedos por la lluvia y el pequeño cachorro los levantaba para colocárselos en la cara y formar una careta de soldado imperial con ella.

Unos pesados pasos se escucharon detenerse detrás de él, volteó, algunos pétalos cayeron de su cara. El príncipe mayor lo había pillado en su juego, era alto, Lexan lo compara con los árboles. Sus ojos ámbar brillaban en la sombra, penetrantes como navajas. El pequeño cachorro se encogió en sus hombros, temeroso.

—¿Qué haces aquí afuera? —le preguntó el príncipe, pero este rodó los ojos al recordar que Lexan no hablaba.

El pequeño cachorro notó que se había alejado por andar recogiendo pétalos. El joven príncipe había vuelto después de acompañar a su padre, se había topado con tan curiosa escena. Buscó dentro de su manga y sacó una galleta que tenía pedazos de frambuesa. Lo incitó a que lo siguiera, el cachorro no dudó al ver esa enorme galleta moverse frente a sus ojos, lo siguió nuevamente a la sala, cerca de las puertas le entregó la galleta, ya se la saboreaba sin aún tenerla entre sus patas.

El joven capitán salió apresurado a las puertas del jardín buscando a su pequeño hijo; dio un suspiro de alivio al ver a su cachorro lleno de migajas junto a su mejor amigo. Los tres tigres se quedaron en las terrazas a petición el príncipe, la multitud lo había cansado y quería estar en el silencio. Su mejor amigo junto con su cachorro en brazos le hicieron compañía.

Una mirada somnolienta y triste estaba pintada en el rostro del príncipe, su amigo lo miraba de reojo, preocupado, y, aclarando su garganta preguntó:

—¿Todo bien con tu padre?

—Sí, sólo necesita descansar. Han sido días muy largos y noches muy difíciles.

—¿Y tú?

El joven príncipe se mantuvo callado con la mirada al cielo.

—Estoy bien.

—Tu padre me mencionó que tus heridas no han sanado del todo.

—Ya sanaran…algún día.

Su amigo colocó su pata sobre su hombro en señal de apoyo. Los azares del destino los puso en el mismo camino desde cachorros, y por esa cercanía le inquietaba el estado de su amigo y príncipe. El joven capitán preguntó por el estado de la princesa, lo tranquilizó saber que ya comía, aunque fuera solo un poco ya que los días anteriores se había negado probar un solo bocado. Todos temían por la salud de ambos, tanto física como mental.

A pesar de no querer importunar a su amigo con tantas preguntas por su mente no dejaba de pasar cual sería el contenido del sarcófago, aun cuando la búsqueda fue extremadamente minuciosa no se consiguió dar con el paradero del cuerpo. Liang preguntó suavemente por lo que había en el interior de aquella pequeña caja.

–No lo sé—respondió tajante.

—¿Tu padre no te reveló que había dentro?

—Si no era mi hija no me interesa. Lo único que me dijo fue que era algo de ella, seguramente algún juguete o ropa por que pesaba.

Lexan soltó una boqueada por el cansancio, se estaba quedando dormido. Su padre acaricio su pequeña cabeza al verlo acurrucarse en su pecho. Miró a su amigo, sintió su mirada de tristeza al escuchar ese pequeño y tierno bostezo de cachorro.

—Deberías llevarlo con su madre para que duerma mejor—sugirió Kang.

—Sí…oye ¿Qué tal si le cantas una canción de cuna? —el príncipe lo miro con entrecejo; confundido—. Nunca te había escuchado cantar, me sorprendiste.

—Nunca me ha gustado—respondió, sonrojado.

—A todo el mundo le gusta cantar.

—A mí no, ni siquiera estando ebrio—dijo—, siento que tengo una voz muy ronca, temo que piensen que estoy dando un regaño.

—Yo pienso que es sexi.

—¡Liang! —casi atragantándose con su saliva le dio un leve codazo a su amigo quien lo miraba divertido por su penosa reacción.

—¿Qué? ¿Qué? No dije algo que otros no pensaran.

Reprimiendo sus risas Liang recibió una seña obscena con el dedo de parte de su mejor amigo. Una sonrisa quería dibujarse en el semblante del príncipe, pero no fue así, guardo silencio y se quedó quieto…

—Fue la primera vez que le canté a Mei—dijo y la leve sonrisa de Liang se fue—, yo…nunca le había cantado no solo porque no me gustara, también porque me daba miedo que mi voz la asustara, además, para eso estaba su madre—una pequeña flor de cerezo cayó de una de las ramas hasta posarse sobre el barandal donde estaban, el príncipe la tomó entre sus dedos.

—Sí, lo sé. Xia canta como ángel.

Liang podía sentir como algo se tensaba en el ambiente y en la actitud de su amigo. La pequeña flor volvió a caer, pero en pedazos.

—Sí, pero ahora no sé si vuelva a hacerlo.

—Llegará un día Kang.

—Oh claro, llegará—se recargó sobre el barandal con ambas patas, la madera crujió al momento del apretón por la fuerza de sus garras—, al igual que el día que encuentre al maldito que hizo esto, quisiera que fuera hoy, quisiera que fuera mañana, pero querer es muy diferente a tener y aun no lo tengo.

La mandíbula del príncipe se torció con una mueca, sus colmillos superiores casi se mostraban por apertura de su labio, leves gruñidos resonaban desde el fondo de su garganta, el general retrocedió con su cachorro que estaba frotándose los ojos de sueño.

—Kang, lo vamos a encontrar—dijo el general, cuidadoso.

La respiración comenzó a agitarse, los hombros se movían, subían y bajaban al igual que su pecho, la garras salieron sin voluntad sobre el barandal de madera y con un estremecedor rugido arrancó una parte de este, lanzándolo y atravesando una ventana al otro lado del pabellón.

Lexan gritó de miedo, se soltó de los brazos de su padre y salió corriendo, buscando refugio.

—¡¿Cuándo, Liang?! ¡¿Cuándo?!—gruñía—, ¡Tengo todo un ejército a mi disposición y no he obtenido resultados! ¡No he obtenido nada! Ni una pista o pelo que me lleve a dar con ese desgraciado que me quitó a mi hija…

Resopló y rendido dejó caer sus hombros y con ellos unas cuantas lágrimas.

—a la que…ni siquiera pude enterrar—su voz se quebró y su cuerpo se tambaleó sosteniéndose de lo que quedaba de aquel barandal, su amigo fue en su ayuda, pero lo empujó con el brazo—, ¡Ya déjame! Estoy harto de que vengan todos con su falsa compasión y lastima a ver si estoy bien, pues adivina que Liang ¡No lo estoy! Y puede que no lo esté en mucho tiempo.

El joven capitán bajo la cabeza, impotente.

—pero…—continuó—, si quieres que este bien solo hay una manera—el tigre blanco alzó la mirada y ambos tigres se encontraron cara a cara. El príncipe no poseía casi nada de rastro de sus pupilas en sus ojos, solo un pequeño punto negro en medio de sus brillantes iris ámbar, su pelo se había erizado y sus labios ya no alcanzaban a cubrir sus prominentes colmillos, sus facciones arrugadas le daban un aspecto temible, pero al capitán al igual que a su amigo sus pupilas se encogieron, perdiéndose el negro en sus ojos azul celeste—, tráeme a ese hijo de puta, quiero comprobar que tanto puede gritar con mi pata atravesando su garganta.

El príncipe no era el único que quería su cabeza.

—Atravesaras algo más que su garganta—respondió el tigre blanco, decidido.

El escándalo provocó que los invitados salieran al pasillo junto con la princesa y la esposa del capitán, guardias se acercaron también. Los miraron a ambos y guardaron distancia, ambos machos estaban en estado de "frenesí".

—Llama a tu compañía, se reanuda la cacería—ordenó el príncipe.

El capitán asintió, los guardias se colocaron en posición de firmes atendiendo las órdenes del capitán, salieron de inmediato y en cuestión de segundos, los cuernos de la guardia imperial empezaron a sonar, chillidos de águilas resonaban por el cielo sobre el palacio, y los guardias comenzaban a marchar. Un águila descendió en picada hasta el barandal junto al capitán, tomó sus órdenes y se fue, también en minutos sonaron las campanas.

El príncipe exigía su armadura a los sirvientes que corrían de un lado a otro. Los invitados solo se limitaron a observar desde los ventanales y puertas. La princesa corrió hacia su esposo, varios intentaron detenerla, pero sus jaloneos fueron en vano, pero no sucedió nada malo. El principie la cobijó en sus brazos, se compartieron susurros mirándose de frente, sus rostros se unieron, pero el joven tigre no perdía ese feroz semblante que parecía contenerse solamente por la presencia de su esposa. La dejó en medio del pasillo, se fue junto al capitán. Las campanas seguían sonando al igual que los murmullos de los presentes. Lixue se acercó a la princesa con su pequeño hijo en brazos, ambas miraban la dirección por donde se habían ido sus esposos; y sin abrir mucho la boca le preguntó:

—¿Quieres que haga algo yo también?

—No—respondió—, te necesito aquí y quiero que se vayan.

Señaló con la cabeza a los nobles que esperaban alguna explicación.

La joven tigresa blanca pidió a un sirviente que avisara que la princesa se sentía cansada y que iría a reposar, los invitados entendieron y con reverencias se despidieron. Sirvientes llegaron junto con su guardia. Inclusive la vieja terranova, nana Nitta, llegó ofreciendo te o algo para ayudar a relajar a su princesa. Ella negó todo y pidió que la dejaran con Lixue, a solas, que irían a sus aposentos.

Obedecieron y se fueron.

Se cercioraron de que estuviesen solas, que nadie las siguiera.

—Ha sido una pesadilla todo el día.

Se metieron a una pequeña habitación de servicio, solo una mesa y unas cuantas sillas. Sin ventanas y una sola salida. Se adentraron en el oscuro cuarto y cerraron la puerta con cerrojo, sus miradas brillaban en la oscuridad cerciorándose de su soledad en la penumbra; no prendieron velas, así lo preferían. La princesa se quitó su molesto velo.

—No puedo ni imaginar lo que sentiste hoy—comentó Lixue tomando asiento.

Frente a ella Xia frotó su cara, exhausta. Tomó la silla y también se sentó ensanchadose sobre esta, dejando caer su espalda sobre el respaldo en un intento de acurrucarse a sí misma. Sonó su nariz y dejo que de sus labios se escapara un profundo suspiro.

—Una apuñalada dolía menos—contestó ella.

Jugueteaba con la pedrería de los adornos de la manga de su vestido.

—¿Te duele algo? —preguntó su amiga.

—La cabeza.

—¿Quieres que llame a alguien? —se apresuró a levantarse, pero Xia se lo negó.

—Solo necesito silencio y una voz en quien pueda confiar…y que me calme.

Lixue se acercó a tomar su mano, se miraron fijamente, era notorio el cansancio en ambas.

—Sabes que cuentas conmigo para lo que sea, y no solo por ser mi princesa—Xia le sonrió y devolvió el apretón. —Eras mi hermana antes de todo oro, guerra y corona… lo sigues siendo ahora sin importar lo que pase.

—Y tú la mía y es por eso por lo que me cuesta preguntarte esto.

Lixue se soltó, con una mueca de intriga observó los brillantes ojos miel de su amiga.

—Entre lo susurros que has escuchado en las sombras de este palacio ¿Hay algo de lo que yo deba estar enterada?

La tigresa blanca tomó aire y lo soltó con un fuerte suspiro, el ambiente se tensó.

—Sabes bien que no puedo contarte las cosas que me pide buscar y escuchar el padre de tu esposo.

—Lo sé, y también sé que esta conversación si es que llegara a más nunca sucedió.

Se notaba la incomodidad en la esposa del capitán en su movimiento en aquella silla.

—¿Por qué me haces esto? —preguntó, abrumada.

—Por qué hace unos días yo era madre y hoy… enterré la caja vacía de mi hija sin saber en dónde está y sin saber quién la mató—se enderezó en su silla y limpió una lagrima que resbala por una de sus mejillas—. Por lo tanto, notaras que al igual que mi esposo estoy desesperada y ya me cansé que me digan verdades a medias…es igual a que me mientan.

—Yo nunca te he mentido.

—No, pero no me dices la verdad completa o lo que sabes en totalidad.

—Xia…estás al tanto que por órdenes no puedo…

—Y sabes que yo nunca haría algo que pudiera comprometerte—interrumpió—, pero necesito saber que sucede a mi alrededor del cual siento que he perdido total control.

Volvió a moverse incomoda en su silla mientras evitaba cualquier contacto visual con su amiga. Miró a su cachorro quien se acomodaba en sus brazos, listo para dormir; no pudo evitar acariciar el suave pelaje de su cabeza.

—Por favor—volvió a suplicar, volvió a sujetar su mano con firmeza.

La tigresa blanca simplemente suspiró.

—Xia, conoces las reglas, por disposición del emperador no puedo decir ninguna palabra—argumentó con seriedad—. Está de más decirte que esta conversación nunca debe saberse que tuvo lugar y que…yo nunca diría nada sobre que han estado investigando a todos los altos ministros…

Xia sonrió levemente y continuó poniendo atención.

—… ya que han comenzado a señalarse entre ellos.

—¿Y por qué se comenzaron a señalar?

—No he conseguido tanta información; tu suegro me pidió investigar dentro del palacio, no me ha dejado salir.

—Ya somos dos.

—Pero lo que se dice entre las paredes—continuó—, es que posiblemente el culpable entró al palacio por la puerta delantera.

—¿Qué?

—Xia, el que lo hizo conocía el palacio tanto como para entrar sin ser visto y salir sin tanta dificultad…él ya había estado aquí…adentro.

La princesa sentía como se le iba el aire poco a poco.

—…si eso es cierto indica que hemos visto el rostro de quien lo hizo antes—concluyó la princesa. Su manos y dedos se movían en juegos nerviosos, Lixue la detuvo. Sujetó sus manos y pidió que se relajara.

—No está nada confirmado, pero es lo más lógico—Xia estaba tratando de controlar sus lágrimas de impotencia e ira. —Por esa razón llegó tan rápido a la habitación de Mei y logró escapar de los guardias y de ustedes con tanta felicidad, él quien fuera había tenido interacción con ambos.

—Él sabía cómo—la princesa se levantó de su asiento, estresada empezó a deambular por la habitación—sabía cómo alejarse de nosotros y…y y nuestros movimientos, sabía cómo lo atacaríamos y…Oh por los dioses—musitó—, la espada de Kang; la espada dorada debía estar en su pódium en la sala de justicia por la ceremonia de título que sería al día siguiente.

—Pero ¿Qué? —se levantó dejando a Lexan en la silla–, pensé que otorgaban el titulo hasta el tercer año.

—Por la eventualidad del nacimiento de Mei su abuelo quiso adelantarlo para este año—sus ideas iban volando al igual que sus palabras—, pero nadie más lo sabía solo nosotros tres, iba a ser una sorpresa. Kang la dejo ahí antes de la fiesta, yo fui con él nadie nos acompañó.

—Ok, tranquila, respira por favor—la sujetó de los hombros—. ¿A qué viene todo esto?

—Esa noche ese maldito se burló, se burló de ambos por no tener la espada, dijo que era realmente estúpido tener tanto poder y dejarlo abandonado es una habitación—se escucharon pasos acercarse por el corredor—. Él lo sabía.

Lixue se quedó sin respiración.

—Los han estado espiando—sentenció, el ambiente se puso pesado; sus miradas comenzaron a recorrer sin control cada pared de la habitación.

—Pero ¿Quién?

—¿Por qué no me habías dicho nada? —regañó apresurada bajando aún más la voz.

Los pasos eran cada vez más fuertes y con ellos también se escuchaba una conversación.

—¿Qué no me has visto? Apenas he podido reunir ideas en mi cabeza en estos días de mierda—las lágrimas comenzaron a salir sin control—. Lo único que podía pensar al recordar esa noche era el llanto de mi bebe, en cómo la hacía llorar…en cómo la apartaba de mí.

Los pasos estaban casi enfrente de la puerta de esa habitación.

—…ese maldito la sujetó sobre el vacío sin importarle como gritaba y luego…

La clavija de la puerta comenzó a sonar.

—…maldito…lo sabías.

La puerta se abrió y de inmediato Lixue se inclinó, era el emperador.

—Se puede saber la razón de que ustedes dos estén aquí sin guardias.

—Perdónenos majestad—pidió la tigresa blanca con la cabeza agachada—. La princesa quería privacidad, ha sido un día muy duro.

El viejo tigre suavizó su semblante al ver a su nuera con el rostro húmedo por el llanto, soltó un suspiro y pidió a la esposa del capitán colocarse de pie.

—He estado llamándolas, me preocupé.

Ambas inclinaron la cabeza.

—Pedimos disculpas a nuestro emperador y agradecemos sus atenciones.

Dijeron al unísono.

—Tranquilas, me alivia que estén bien.

Lexan había bajado de la silla para buscar nuevamente los brazos de su madre, ella lo levantó.

Un pequeño petirrojo llegó volando a la habitación, Lexan se emocionó al ver a la pequeña y colorida ave sobre volar cerca del viejo tigre. El emperador comunicó que había encontrado a la princesa, dicho eso se fue.

—Pensé que había sido muy claro con respecto a que nadie de la familia imperial debía estar dentro y fuera de estos muros sin su guardia—argumentó severo—; y aunque no lo seas, de manera directa, eso también te incluye a ti Dama Lixue.

Ambas volvieron a disculparse con la excusa que no volvería a suceder.

—Eso espero—suspiró y sonó levemente la garganta—. Hija, alguien vino a verte.

El viejo tigre las guio afuera de la habitación, en el pasillo una silueta las esperaba, redonda y encorvada; un cuello largo y arrugado se estiraba sobre un caparazón, vestido con una túnica larga y blanca, sujetada por un broche en un hombro y un cayado de madera que lo ayudó a sostenerse al momento de su reverencia.

—Maestro Oogway.

Las dos tigresas se sorprendieron a verlo.

—No saben cuanta alegría me da verlas, pero lamento mucho que sea en estas circunstancias—dijo con pesar la vieja tortuga, extendió una de sus patas y la princesa se acercó y la tomó—. Pequeña niña, la vida te ha golpeado duro…primero tu padre y ahora tu hija.

Contuvo sus lágrimas.

—¿Estaré maldita maestro? —preguntó ella.

—No lo creo, y tampoco creo que sea algún castigo—respondió—, los buenos de corazón no están exentos de las desdichas, inclusive al campo más verde y fértil le llega su tiempo de sequía.

—Pensé que llegaría en la fiesta, maestro—se sumó Lixue a la conversación.

El maestro saludó al pequeño cachorro con una de sus garras.

—Algo se presentó…hubo un problema en el Valle de la Paz.

—¿Problema? —preguntó, miró a su suegro y luego al maestro y al notar sus rostros de inquietud se preocupó—, ¿Qué clase de problema? Shifu ¿En dónde está Shifu?

Miró a su maestro angustiada.

—Shifu…él está bien.

—Entonces ¿Qué pasó?

—Tai Lung.


Eso ha sido todo hasta ahora, quise que fuera largo para compensar la espera por un nuevo capítulo, espero que haya valido la pena…no contestaré los reviews, son demasiados y quiero que este capitulo ya salga, pero los he leído a cada uno y les agradezco con todo mi corazón por haberme seguido durante tanto tiempo y sin perder la esperanza, los adoro.

Si les gustó el capitulo dejen su comentario, realmente ayuda a la motivación.

ATTE

Shanya