Gray volvía a su casa cansado, frustrado y enfadado. Consigo mismo y con todos y cada uno de los integrantes de su equipo. Consigo, porque no había sido capaz de llevar a cabo una misión de alta dificultad en solitario y con los demás, porque le habían seguido para ayudarlo. Y, en realidad, le habían salvado.
No le apetecía nada; ni comer, ni charlar, solo deseaba tumbarse en la cama, enterrar el rostro en la almohada y que el día acabara –aunque apenas acababa de comenzar–.
Entró silenciosamente, intentando no llamar la atención de Juvia. Dejó las llaves en un mueble cercano a la entrada, se quitó los zapatos e intentó ir directo a la habitación sin ser interceptado por ella. Pero no le fue posible.
En cuanto escuchó la puerta, Juvia se dirigió hacia allí para recibir a Gray. En primer lugar porque lo había echado terriblemente de menos y, en segundo, porque quería contarle algo. Algo que cambiaría la vida de ambos, pero que él aún no sabía.
–¡Bienvenido a casa, Gray-sama! –exclamó ella con alegría absoluta, sonriendo todo lo que su boca podía, haciendo que se le formase un hoyuelo adorable en la mejilla. El azul de sus ojos brillaba un poco más que de costumbre, pero Gray no supo captarlo en ese momento.
–Hola, Juvia –saludó él con desgano y vio la sonrisa de la chica desvaneciéndose ligeramente durante una fracción de segundo, pero volvió a recuperar el gesto con velocidad.
–Juvia ha hecho té.
Gray la observó de arriba abajo. Tenía las manos entrelazadas por sobre su torso, la sonrisa instalada en los labios y las mejillas coloreadas de un tono carmesí suave.
–No me apetece –dijo con pesadez–. Solo quiero dormir, Juvia.
La chica se quedó mirándolo con curiosidad. Era normal que estuviese cansado porque acababa de volver de una misión, pero ella realmente quería un poco de su compañía, aunque fuese durante un rato corto.
Lo agarró de un brazo y lo intentó conducir hacia la sala, donde dos humeantes tazas de té estaban posadas sobre la mesa, esperando por ellos. Le insistió, le dijo que la bebida le había quedado exquisita y que le apetecía mucho compartirla con él.
Sin embargo, a mitad de trayecto Gray la detuvo sujetando su antebrazo. No tenía ganas, no podía ni comportarse de la manera en la que normalmente lo hacía porque su incapacidad por no haber completado el trabajo solo le taladraba la mente y no le dejaba pensar con raciocinio y claridad. Ante el gesto, Juvia se volvió para mirarlo a los ojos.
–Juvia, no estoy de humor. De verdad que necesito descansar.
–Bueno, será un rato pequeño. Juvia necesita decirte algo –dijo y de nuevo se presentó en sus ademanes la felicidad más absoluta. Tiró ligeramente de la manga de su chaqueta para dirigirlo hacia la estancia.
–No creo que sea algo tan importante que no pueda esperar unas horas –espetó él con un tono raro, algo desdeñoso y que hizo daño a la maga de agua.
Se volvió hacia él una vez más y soltó su agarre. La sonrisa, finalmente, había desaparecido. Y los nervios llegaron sin control.
–¡Sí lo es!
Ante el tono de indignación de las palabras de la chica, Gray se sintió aún más molesto y el enfado y su orgullo acabaron actuando por él.
–Me voy a dormir –dijo y trató de encaminarse a la habitación.
–¡Pero lo que Juvia tiene que decirte es muy importante! –exclamó la joven, ya con un tono un poco desesperado y de demanda.
–¡Juvia, ¿podrías dejar de atosigarme?! –le gritó Gray cuando la paciencia se le terminó de acabar–. A veces eres asfixiante.
Entonces, Gray observó todo lo que fue sucediendo como si transcurriera a cámara lenta, sin ser capaz de hacer nada, de hablar otra vez. Había sobrepasado el límite y había herido los sentimientos de Juvia. La mueca de enfado de la joven pasó rápidamente a una de desilusión, tristeza y desamparo. Incluso pudo ver pequeñas lágrimas colarse por debajo de sus ojos. Y también la vio dándose la vuelta y saliendo de la casa, no sin antes dar un sonoro portazo para mostrar su enfado y decepción.
En ese momento, él no hizo nada. No salió detrás de ella, no intentó hablarle ni detenerla. Pero muy pronto se arrepentiría de no haberlo hecho.
-Tras tus huellas-
Capítulo 2. Culpable
La nota amarillenta y de papel desgastado seguía entre las manos temblorosas de Gray. Estaba asustado. La congoja se había apoderado de todo su ser en muy poco tiempo. No creía que lo que había leído pudiera ser real.
Su primera reacción fue pensar que alguien del gremio, a quien Juvia le había hablado de la discusión, le había mandado la nota para darle un escarmiento, para que el nerviosismo le entrara en el cuerpo y para que reaccionara por no haber tratado a Juvia adecuadamente.
Se metió la nota en el bolsillo sin cuidado de no arrugarla y emprendió la marcha hacia el gremio. Si alguien le estaba engañando o jugando con él, lo iba a pagar muy caro.
Fue corriendo durante prácticamente todo el trayecto, con el corazón galopando dentro del pecho, con la sensación de que la garganta se le secaba. Esperaba que fuese una jugarreta de alguien y que, al llegar al edificio, Juvia estuviese allí para reprenderlo por imbécil. No podía ni quería imaginar que alguien la tuviese retenida porque el simple pensamiento de una imagen así hacía que le hirviese la sangre y que retazos de locura atravesaran su cuerpo.
Cuando llegó al gremio, empujó la puerta con toda su fuerza, haciéndola sonar y atrayendo la atención de todos los que allí se encontraban.
Estaba agitado, jadeando por la carrera, con la respiración entrecortada por los nervios y el esfuerzo y con una ligera capa de nieve cubriendo sus hombros.
–¿Dónde está Juvia? –preguntó con un tono bajo, pero sombrío.
Nadie contestó. Erza lo miraba fijamente, viendo la pérdida progresiva de control en los gestos involuntarios de su cuerpo.
–¡He preguntado que dónde está! ¡No me hace gracia vuestro juego! –gritó a continuación totalmente desesperado.
Divisó en la lejanía a Erza y se dirigió hacia ella mientras todos los demás lo miraban con asombro.
–Ayer estuvo contigo, ¿no? –le preguntó con la voz desquiciada y la maga de cabello escarlata no pudo responder–. ¡Contéstame!
La chica parpadeó un par de veces y, una vez la sorpresa por el comportamiento de Gray la abandonó, compuso un semblante serio.
–No he estado con ella desde hace un par de días –le respondió contundente, sin apartar los ojos de la mirada negra del chico.
Gray instintivamente empezó a apretar los puños con fuerza, uno a cada lado de su cuerpo. El suelo a su alrededor comenzó a congelarse ligeramente. Erza, en un intento de calmarlo, apoyó una mano en su hombro y le dirigió una mirada cálida, que provocó que el efecto de la magia de Gray se detuviera.
–¿Qué está pasando, Gray? –inquirió ella con el tono de voz mucho más suave, intentando darle un ápice de comprensión y devolverle al terreno de la cordura.
–Juvia no está –susurró despacio–. No la encuentro por ninguna parte –le dijo y le extendió la nota arrugada y casi rasgada.
Erza la leyó en silencio y su cara cambió a un gesto de horror. Al observarlo, muchos del gremio se acercaron hacia ella y Natsu le quitó la nota de entre las manos para leerla él también.
–¿Qué? –musitó el chico de cabello rosado.
Gajeel, ante tanto alboroto, se acercó también y arrebató el trozo de papel de las manos del Dragon Slayer de fuego. Sus facciones se enfurecieron. Se acercó a Gray y lo sujetó por las solapas de la chaqueta. Él no se dejó intimidar y le devolvió la mirada y el gesto desafiantes.
–¿Qué haces que no te has ido de aquí ya a buscarla? –le soltó con desprecio.
–Creía que estaría aquí. Además, ¿no sabes leer? No tengo ninguna pista, empezarán esta noche y no voy a desobedecer a quien tenga a Juvia y a ponerla en riesgo.
Los ojos de ambos seguían posados los unos en los otros en una batalla constante y de la que ninguno pretendía retirarse.
Erza se acercó hacia ellos en tono desafiante y los separó interponiendo sus brazos entre los dos.
–¡Ya basta! No estamos para idioteces. Necesitamos encontrar a Juvia.
–De eso nada. Esto es algo que voy a hacer yo solo –espetó Gray con seguridad y se dirigió hacia la parte trasera del edificio.
Cuando salió por la puerta, su cuerpo se desplomó sobre la hierba escarchada, quedando lacio y sin fuerzas. Le había fallado de nuevo. Era débil, cobarde e incapaz de proteger a quienes amaba. Así había sido toda la vida y así seguiría siendo. Ese era su destino.
Erza lo dejó unos minutos solo, pero decidió acercarse a él porque supuso que estaría asustado, nervioso y desesperado. Lo vio desde lejos; tenía la cabeza apoyada entre las piernas y los brazos alrededor.
Se acercó y se sentó a su lado. El frío del suelo la atravesó, pero no por ello lo abandonaría. No podía verle la cara, pero oía los ligeros sollozos que rebotaban contra la piel de sus brazos.
Gray levantó la vista y expuso sus lágrimas. En sus ojos, Erza pudo ver todos los sentimientos negativos que se agolpaban dentro de él. Ella lo miró y le sonrió dulcemente. Era muy probable que se sintiese culpable por lo que había pasado con Juvia y tenía la obligación de encontrar las palabras adecuadas para darle, al menos, algo de consuelo.
–Esto no es tu culpa. Lo sabes, ¿no? –le dijo mientras apoyaba de nuevo la mano en su hombro.
–Todo lo que toco acaba manchado. Todos los que me rodean acaban mal. ¿Cómo puedes insinuar siquiera que esto no es culpa mía? –las palabras le salieron en un hilo confuso y ligero de voz.
Las lágrimas seguían su transcurso sin cesar. El ambiente era frío, pero había dejado de nevar.
–Deberías volver adentro. Hace frío –le dijo Gray, pero, en realidad, solo era una excusa para que lo dejase solo.
–Estoy bien aquí –le dijo ella, la sonrisa tenue siempre en su boca–. Gray, te entiendo. Sé cuán desesperado te debes sentir.
–No, no lo entiendes, Erza –interrumpió él sus palabras y, cuando vio que ella iba a continuar, siguió hablando–. Yo… yo nunca había sentido esto por nadie. Es cierto que hace un tiempo tú me gustabas –ante la confesión, Erza se sorprendió y se puso seria, pero vio que él ni se inmutaba–, incluso coqueteé con Lucy cuando se unió al gremio. Pero nunca había sentido algo tan fuerte. Y me asusté. Porque soy un cobarde. Por eso la alejaba constantemente. Me agobiaba el hecho de que alguien pudiera trastocar tanto mi mente, de que alguien quisiera acercarse a mí con tanta intensidad. Pero no podía alejarla de mis pensamientos. Y cuando creía que me había convertido en el hombre adecuado para ella, resulta que no. Que era una farsa que yo había creado en mi cabeza. Que soy débil, cobarde y un inútil.
Gray calló durante algunos minutos. Erza veía sus hombros temblar, escuchaba los sollozos suaves pero descontrolados. Le dejó el tiempo necesario para que se calmase y siguiese hablando, si es que lo necesitaba. Y lo hacía, en realidad. Por eso, una vez estuvo algo más sosegado, prosiguió.
–Recuerdo haberle dicho a Juvia que la quiero un par de veces. ¡En meses! Y ella me lo dice todos los días. Me cuida, se preocupa por mí y me hace inmensamente feliz. ¿Y qué hago yo al respecto? Dejar que se la lleven. No sé cómo pude creer que sí la merecía –hizo una pequeña pausa y miró a Erza a los ojos. Los suyos estaban rojos por el llanto–. ¿Y sabes lo que más me duele? Que ayer tuvimos una discusión y fui un imbécil. Quería decirme algo y no la dejé. No lo hice…
Erza sintió el corazón apretado. Sentía el dolor de Gray como suyo propio. Era cierto que el chico no era alguien que expresase constantemente sus sentimientos, pero eso no impedía que Juvia los conociese y que él los albergase en su interior. Y era normal que sintiese culpa. Sin mediar palabra, se acercó hacia él, le tomó la cabeza suavemente y la estrechó contra ella. Gray se derrumbó.
–Sí la mereces, Gray. Mereces ser feliz junto a ella –le susurró despacio al oído mientras lo notaba deshaciéndose en lágrimas–. Todo va a estar bien. La vamos a encontrar, te lo prometo.
Él se apartó y se secó la cara con furia con la manga de la gabardina.
–No. Esto es algo que tengo que hacer solo. Por favor, Erza. Tenéis que entenderlo.
Y lo hacía. Le daba miedo que Gray –más hermano que amigo– se embarcase en algo de aquella envergadura sin compañía. Pero se puso en su piel y supo que, si a ella le ocurriese algo similar, no soportaría que no respetasen su decisión de afrontar los problemas sola.
–Está bien. Lo contendré –afirmó refiriéndose claramente a Natsu, quien no dejaría que él se fuese por su cuenta a buscarla.
Gray le asintió. Un copo de nieve cayó sobre ellos, anticipando la gran nevada que estaba por llegar.
–¿Sabes quién puede estar detrás de esto? –preguntó la chica. Él negó con la cabeza, demasiado abrumado como para pensar en eso.
Se adentraron juntos hacia el gremio y la preocupación y la angustia se instaló por completo en el edificio. Gray podía sentir la mirada de reproche de Gajeel sobre él. Sabía que, para el Dragon Slayer de hierro, Juvia era alguien muy importante y entendía que se sintiese así. Pero no por ello se achantaría ante él. Gajeel le había dicho que le acompañaría en su búsqueda, pero Gray había rehusado con convicción y Erza consiguió llevárselo a un lugar privado para hablar con él y convencerlo de que desistiera de la idea.
La tarde llegó. Gray, a pesar de la insistencia de todos sus compañeros, no había comido ni bebido nada en todo el día. Su mente calculaba sin cesar quién podría estar detrás del asunto. Recordó que en la nota ponía que la primera pista llegaría aquella noche.
Entonces, sus ojos se abrieron con estupor y se maldijo por ser tan necio. Salió disparado del gremio sin hacer caso a las llamadas de los demás.
¿Cómo había podido ser tan ingenuo? Si la nota estaba en su casa por la noche significaba que alguien tenía que dejarla allí. Por tanto, atraparía al malnacido que estaba jugando con él y con Juvia, le daría su merecido y la recuperaría rápidamente.
Pero, cuando llegó y a pesar de no ser de noche aún, la nota ya había sido depositada en el mismo sitio en el que se encontró la anterior. Al igual que por la mañana, no había signos de que alguien hubiese forzado la cerradura o hubiese entrado violentamente en la casa. Sin duda alguna, quien estaba detrás de aquello lo conocía muy bien y lo tenía sumamente vigilado.
El papel era del mismo tamaño, del mismo color y con la misma letra.
«Fullbuster, primera parada: la ciudad de Hentieon.»
Nota de la autora:
Para celebrar la emisión del último capítulo del anime, decidí darme prisa y tener este capítulo listo para hoy. Me encantó cómo animaron el momento de «tu cuerpo es mío» y los seiyuus de Gray y Juvia estuvieron fantásticos.
Sinceramente, Fairy Tail me devolvió las ganas de leer fics. Yo entré a esta página leyendo historias de Dragon Ball, pero en los últimos años mis autoras favoritas abandonaron sus historias. Sin embargo, desde que descubrí este anime/manga me volvió a apetecer mucho leer y, cuando comencé a publicar mis historias, a escribir también. Me da mucha pena que se haya acabado; esperemos que en el futuro animen también la secuela de la misión de los 100 años.
Respecto al capítulo, yo siempre he pensado que a Gray le gustaba Erza y después Lucy, lo veía muy evidente, incluso a mí me gustaba imaginármelo al principio con Erza. Ya luego llegó Juvia y cambiaron mis gustos y la historia por completo.
Por cierto, muchos nombres de ciudades me los voy a inventar deliberadamente, xD.
Bueno, bueno, preparaos que esto ya se pone en marcha: el viaje de Gray empieza en el siguiente capítulo.
Espero que os esté gustando. Gracias infinitas por darle una oportunidad a esta historia.
¡Nos vemos en la próxima!
