Lo primero que vio Gray al despertar aquella mañana fue la espalda desnuda de Juvia. La palidez de la superficie de aquella zona era adornada con el azul de su cabello, que caía desprolijamente por su cuerpo y por la almohada. La sábana blanca le tapaba hasta la cadera y su brazo se apoyaba sobre el dorso de su cuerpo.
Jamás imaginó que pudiera ser testigo de una estampa tan bella.
Recordaba con claridad todos los sucesos acontecidos entre ellos la noche anterior; la noche en la que ambos se habían dejado llevar por la pasión más irrefrenable y se habían convertido en un solo ser por primera vez. Quería grabarse para siempre en el recuerdo las imágenes, los sonidos, la silueta del cuerpo de la chica danzando descontrolada sobre él en la penumbra de la habitación.
Sí, lo recordaba todo, cada detalle de forma casi irracional y enfermiza. Sin embargo, había retazos de la noche que se habían quedado impregnados en su mente y sabía a ciencia cierta que le resultaría imposible arrancarlos de allí. Principalmente, se trataba del sonido de los gemidos tenues, vergonzosos y cálidos acariciando su oído; de la sensación de sus manos delicadas, femeninas, suaves, posándose con cuidado en su espalda de forma inexperta y temblorosa; de la mezcla de sus alientos calientes y desesperados; del roce continuo de la carne sobre la carne, de la piel contra la piel; del aroma afrutado que desprendía su cuello y de la forma en la que se mordía el labio inferior, extasiada por el placer. De verla mirándolo a los ojos. A él.
La forma en que ella lo miraba le hacía sentirse cálido. Porque en la mirada azul de Juvia había un sentimiento que no podía ser otra cosa que la más pura devoción.
A su lado, se sentía alguien especial.
Durante toda su vida había sido uno de los chicos más fuertes de Fairy Tail, pero no el que más, uno de los más atractivos, pero no el que más, uno de los más conocidos por los ciudadanos de Magnolia, pero, nuevamente, ni de lejos el que más. Su vida había sido esa siempre: sentirse un ser insulso que no puede escalar más allá de la sombra de alguien mejor que él. Sin embargo, cuando Juvia lo miraba con aquella intensidad, le hacía sentirse como el mejor de los hombres: el que ella admiraba, a quien amaba y quien la había librado de la lluvia permanente que inundaba su existencia. Era como una especie de retroalimentación porque ese hecho, sentirse de esa manera, le hacía ser, a su vez, una mejor persona.
Y no se había dado cuenta hasta ese entonces, pero tenerla a su lado le hacía convertirse en la persona que ella necesitaba y merecía. Era una sensación sobrecogedora, que asustaba por su magnitud, pero que también le daba paz.
Con las yemas de los dedos, empezó a trazar un recorrido sin sentido sobre su espalda. Vio su piel estremeciéndose, su vello erizándose bajo su tacto.
Juvia se dio la vuelta despacio, sin abrir los ojos. Su cara se arrugó por la molestia de la claridad, formando una mueca que a Gray le resultó graciosa y adorable. Después de unos segundos, empezó a abrir sus ojos con lentitud y la sonrisa apareció en sus labios instantánea e irremediablemente, como siempre le pasaba cuando hacían contacto visual.
Gray pudo al fin ver sus ojos abiertos por completo; aquellos ojos azules como el mar, por los que no le importaría ser consumido, arrastrado o inundado. El azul chocó con la negrura brillante de los del chico. No tenía dudas; los ojos de Juvia eran la luz que mantenía a raya la latente oscuridad propia de él y de su magia de Devil Slayer. Ella lo mantenía a salvo, protegiéndolo de la adversidad del día a día y de sí mismo.
–Buenos días, Gray-sama –saludó ella con la voz aturdida por el sueño, quebrando así el confluir de sus pensamientos.
Él, en respuesta, trazó con sus dedos la silueta de su fino rostro.
–¿Has dormido bien? –le preguntó Gray en un susurro ahogado.
–Muy bien. Mejor que nunca.
Juvia elevó su mano con cuidado y comenzó a rozar la cicatriz de la frente del joven. Gray la miraba sonriente. Abrumada por todas las sensaciones de la noche anterior y las de ese momento, sintiendo el amor desbordándole el corazón y fluyendo a través de sus venas y por toda su sangre, notó algunas lágrimas corriendo por sus mejillas.
Gray la miró con preocupación y culpa.
–Ey, ¿qué te pasa? –ella no le contestó, sino que siguió llorando despacio, siempre mirándolo a los ojos–. ¿Estás bien, Juvia? ¿Te hice daño ayer? –preguntó desesperado, temeroso de haber vuelto a ser el causante de su dolor.
Juvia negó con la cabeza suavemente, revolviendo aún más el azul de su pelo. La sonrisa resplandeciente entraba en contradicción con el brillo de los surcos que las lágrimas le dejaban en el rostro.
–No es eso, Gray-sama –musitó.
–¿Entonces? –le cuestionó él aún con la preocupación palpable en su tono de voz.
–Es que… Juvia nunca ha sido tan feliz como en este momento.
Gray, al comprender la importancia de aquellas palabras, le acarició la mejilla, llevándose de paso una que otra lágrima entre sus dedos. Le apartó un mechón de pelo que le rozaba cerca de la ceja y se lo colocó detrás de la oreja. Pasó su fuerte brazo sobre el de ella; más delgado, más frágil, más pálido. La acercó contra su cuerpo y notó sus lágrimas humedeciendo levemente la parte en la que su hombro se unía con su cuello. Notó los senos desnudos, redondos, suaves, contra el muro grueso de su pecho; los latidos de ambos corazones en perfecta sincronía.
La arrulló entre sus brazos para que ella sintiese que todo era real, para que se diese cuenta de que, por fin, algo más profundo, sustancioso y trascendental estaba ocurriendo entre ellos. Para que sintiese todo el amor que él tenía para ofrecer y que necesitaba con urgencia ser correspondido, aunque llevase siéndolo por mucho tiempo.
Porque sí, la amaba; la amaba profundamente.
La amaba con tal vehemencia que el solo pensamiento de que se alejara un segundo de su lado le hacía creer que se volvería loco.
-Tras tus huellas-
Capítulo 4. Exnovio
Gray se miró en el espejo del baño de la posada en la que había pasado la noche. No reconocía a la persona que veía allí. Su reflejo le pareció alguien deplorable. Las ojeras, mucho más acentuadas que en días anteriores, eran también más oscuras y marcadas. Sus facciones se veían endurecidas y afiladas. El semblante serio, sombrío, ponía de manifiesto la pérdida progresiva de la cordura que el chico estaba empezando a sufrir.
En el espejo, de repente, una dicotomía de él mismo apareció. Una sonrisa burlona, macabra, se dibujó en sus facciones. Parecía estar mofándose de él. Las manchas negras comenzaron a cubrir el lado derecho del rostro de su contraparte del reflejo y, pronto, cubrieron también la mitad de su cuerpo. El pelo se le erizó.
Gray bajó la vista y miró su abdomen; la oscuridad no se hacía presente en él. ¿Qué le estaba pasando? Volvió a depositar su vista en el espejo y allí estaba su forma de Devil Slayer acosándolo, riéndose de él.
Sintió un sudor frío bajar por su nuca.
Una voz comenzó a susurrarle, aunque en principio no podía distinguir las palabras que profería. Hasta que la contraparte del reflejo empezó a mover los labios con sorna y Gray compuso una cara de espanto.
«Cobarde...»
–¿Qué? –masculló con ira.
«Lo has oído bien. Dije que eres un cobarde.», repitió la voz y se dio cuenta de que era su propia voz, pero mucho más oscura y siniestra.
–No lo soy...
«Sí lo eres. Eres cobarde y débil. Mírate; estás temblando. Eres tan débil que no has sido capaz de protegerla.»
Gray se miró las manos. La voz tenía razón: le temblaban con fuerza. Se quedó tan paralizado que no fue capaz de contestarle. Pero su contraparte sombría no le daba tregua y continuó con su tortura.
«¿Dónde está Juvia, Gray? ¿No se suponía que ya eras lo suficientemente bueno para ella? Has vuelto a fallar y Juvia ha pagado las consecuencias por tu culpa.»
–¡No! –gritó levemente con dolor y rabia.
«No me has contestado... ¿Dónde está?»
–No lo sé... –susurró.
Instintivamente, sus manos se colocaron en los bordes del lavabo y la superficie comenzó a congelarse de inmediato.
«Claro que no. Y tampoco la vas a encontrar.»
–¡Sí la voy a encontrar! ¡La voy a encontrar y la voy a llevar de nuevo a casa!
«Aunque así sea, el dolor que ella está sufriendo no lo podrás paliar. Nunca lo olvidará... No la mereces, Gray.»
–Cállate... –masculló el chico y sintió la estructura del mueble debajo de sus manos desmoronándose.
«No la vas a merecer nunca. Eres débil, Gray. Siempre lo has sido y siempre lo serás.»
–¡Cállate de una maldita vez, joder! –gritó y estampó su puño contra el espejo, trizándolo con la fuerza del impacto.
En los pedazos que quedaron colgados de la pared, pudo verse a sí mismo de nuevo. No al de siempre, pero tampoco al que la oscuridad había consumido.
Vio la estancia, que estaba completamente congelada, y sintió la sangre saliendo a borbotones de su mano derecha. Se la sujetó con la otra mano y se encaminó hacia la habitación en un intento por llegar a la cama y no desmayarse por el camino.
Se estaba sintiendo muy mareado. No solo era por la pérdida de sangre, sino también por la cantidad ínfima de comida que había consumido en los últimos días y la deficiencia de sueño que tenía.
Logró sentarse en la cama y escuchó el sonido de la cerradura de la habitación. Después, la puerta se abrió.
La dueña de la posada, una mujer mayor a la que las canas le cubrían ya la melena y cuyas arrugas se apoderaban de su rostro, entró en el cuarto que Gray había ocupado esa noche cuando escuchó los ruidos y los gritos.
Miró horrorizada al chico sentado en la cama. Tenía un corte muy profundo en la mano y un cristal de tamaño considerable se había clavado entre sus nudillos.
Salió corriendo, como una exhalación, a por el botiquín.
Cuando volvió, observó que el chico seguía exactamente en la misma posición: sujetándose la mano ensangrentada y mirando hacia el suelo con los ojos perdidos y vacíos. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo de repente.
–¿Qué has hecho, muchacho? –preguntó la anciana con tono preocupado.
Al escuchar aquella voz casi maternal, Gray salió del trance. Miró a la mujer, que se encargaba de extraerle un trozo de cristal del espejo que se había incrustado en su mano. A lo lejos, vio el baño completamente congelado.
–Lo siento... –murmuró despacio.
–Voy a intentar detener la hemorragia –le dijo la mujer y le sonrió con dulzura.
La culpa cayó sobre él como una pesada losa.
–Lo siento de verdad. Pagaré el doble por la habitación.
–No te preocupes, muchacho. Pero ten más cuidado la próxima vez –aconsejó mientras trataba la herida.
Cuando consiguió parar la salida de sangre, le colocó una venda alrededor de la mano. Le dijo que se cuidara la herida y que no volviera a cometer esas locuras.
Inmediatamente después y para no causar más problemas, Gray abandonó la posada, no sin antes depositar el pago por la habitación –mayor a la cantidad requerida, como había prometido–.
La sensación de verse a sí mismo de aquella manera tan sombría le apretaba el estómago y le hacía sentir náuseas.
Estaba seguro de que, si no encontraba a Juvia pronto, la oscuridad lo engulliría sin freno.
Al salir de la posada, fue directo hacia la estación de tren para dirigirse a su próximo destino: Hargeon. Esa ciudad sí que la conocía bien, pues estaba cerca de Magnolia.
Estaba empezando a hartarse del juego en el que la persona que tenía a Juvia lo tenía envuelto.
Se recordó a sí mismo, más bien a su forma de Devil Slayer mirándolo fijamente, desafiante, y su cuerpo se estremeció completo. Estaba asustado, realmente asustado. Tenía miedo de que aquella forma se apoderara de él y desistiera en la búsqueda de Juvia. Porque eso sería algo que jamás se perdonaría.
Cuando el tren llegó, subió y se sentó en su lugar.
Era curioso porque la persona que había secuestrado a Juvia debía estar siguiéndolo para dejarle las notas en las distintas posadas en las que se establecía. Siempre que se registraba y al conocer su nombre, el dueño de la posada de turno le decía que tenía que entregarle algo. Pero tampoco le veía mucho sentido a que dejara a Juvia sola, pues podría ingeniárselas para escapar. Él sabía bien de la fuerza e inteligencia de la maga de agua y suponía que, quien la tuviera retenida, también conocía ese hecho. Por tanto, debía tener uno o varios cómplices. Lo extraño era que nunca había visto a nadie sospechoso o que fuera detrás de él.
Gray resopló cansado. Se recostó sobre el respaldo del asiento y apoyó la cabeza contra la ventana. Imaginó, por un momento, que Juvia estaba sentada enfrente de él, con la sonrisa más pura y genuina adornando su rostro, y llamándolo alegremente. Pero nada de aquello era real. No estaba con ella. No iban juntos a un trabajo. No sabía dónde estaba.
Frustrado, se mordió el interior de la mejilla. El dolor de cabeza que se presentaba todos los días apareció de nuevo. La falta de sueño le estaba pasando factura.
Mientras miraba el paisaje, los ojos empezaron a cerrársele automáticamente. Luchó por mantenerse despierto, pero no pudo y, finalmente, se quedó dormido contra la ventana del vagón.
Pasadas un par de horas, Gray escuchó una voz que lo sacó de su sueño.
–Señores pasajeros, avisamos de que hemos llegado a la última parada del trayecto. Por favor, no olviden recoger sus pertenencias. Gracias por contar con nuestro servicio.
Por suerte para el chico, esa era su parada.
El pequeño rato que había dormido no le había resultado placentero. No había descansado, pues las pesadillas lo acosaban sin cesar, y se despertó con el mismo dolor de cabeza con el que había ingresado al tren, además del de cuello que se le sumó por la posición en la que se había quedado dormido.
Lo primero que hizo, como en las otras ciudades a las que había ido, fue inspeccionarla completa. Aquella en la que se encontraba no era demasiado grande, por lo que no tardó mucho. No entendía bien qué hacía allí porque nada parecía apuntar a Juvia. El sujeto que la retenía parecía que quería mostrarle el pasado de la chica, del que no conocía demasiado; pequeños detalles sin importancia debido a que a ella no le gustaba hablar de la época anterior a haber pertenecido a Fairy Tail. Y Gray lo comprendía porque, por lo que sabía, su vida no había sido demasiado grata ni feliz.
Cansado de andar sin rumbo y sin sentido, el joven se internó en una taberna para, al menos, beber algo. Seguía haciendo frío en la calle, pero eso no impedía que necesitara hidratarse. Era consciente de que necesitaba beber y comer algo, aunque fuera poco, porque sin fuerzas no podría seguir buscándola.
El ambiente en el establecimiento era bastante hostil y desgarbado. La mayoría de los hombres que allí se encontraban lo miraron con desconfianza. No se podría decir que lo hubieran recibido muy hospitalariamente. Gray pidió comida y bebida y se dispuso a alimentarse. Cuando acabó y, como aquel era el último lugar de la ciudad que no había investigado, decidió preguntar al tabernero por Juvia.
–Perdone –dijo con voz dura dirigiéndose al hombre que estaba detrás de la barra–, ¿sabe si ha estado por aquí una chica que se llama Juvia Lockser? Es alta, tiene el pelo y los ojos azules y la piel pálida. Y lleva un vestido azul y un gorro.
Gray se quedó mirándolo con expectación, pues el hombre no le contestaba. Era un señor bajo, calvo y con la piel morena. Sus facciones estaban endurecidas y sus manos eran callosas. El tabernero salió de la barra y fue a buscar a alguien.
–Bora, por ahí preguntan por Juvia.
Bora, quien reía y bebía descuidadamente con sus amigos, se puso serio repentinamente. Hacía mucho tiempo que no escuchaba ese nombre. Miró hacia la barra y se encontró con la mirada desafiante de Gray, que lo observaba sin apartar la vista de él ni un segundo. El chico se acercó hacia él y le dedicó una sonrisa.
–¿Estás buscando a Juvia? ¿Eres de Phantom Lord?
Gray compuso una cara de desconcierto y Bora lo invitó a que se sentase con él en una mesa para que pudieran hablar tranquilamente y solos. Bora le ofreció una jarra de cerveza que el chico miró con desdén y ni siquiera tocó.
–No, no soy de Phantom Lord, pero sí estoy buscando a Juvia –contestó Gray irritado por las confianzas que se estaba tomando el hombre sentado enfrente de él.
El mago de hielo estuvo a punto de aclarar que Juvia ahora pertenecía al gremio de magos de Fairy Tail, pero lo pensó dos veces y, finalmente, decidió no hacerlo. No quería comprometer al gremio y lo mejor era ni mencionarlo.
–Pues hace tiempo que no la veo, años incluso. Pero no estaría mal verla de nuevo.
Gray vio al hombre lamiéndose ligeramente los labios. El tono que había usado para referirse a la chica no le gustó en absoluto.
–¿Y tú la conoces de…? –inquirió demandante.
–Oh, salí con Juvia hace un tiempo.
El chico sintió su sangre arder. Gray era alguien celoso y dominante, aunque no lo solía mostrar ni se lo manifestaba a Juvia, pues esa parte de sí mismo no le gustaba. Intentaba no sacar a flote ese lado de su personalidad.
No entendió que alguien como Juvia, que era hermosa e inteligente, pudiera haberse fijado en semejante estúpido. No llevaba mucho tiempo hablando con él, pero se veía a la legua que era alguien interesado, ególatra y a quien le faltaban neuronas. Claro que, después de pensar un poco, razonó que, ante la falta de cariño que tenía la chica en aquella época, habría aceptado a cualquiera que se le hubiese cruzado en el camino.
–No duramos mucho –siguió contando Bora, sin notar que las facciones de Gray estaban formando la cara de alguien que no está demasiado contento–. Sinceramente, era molesto estar a su alrededor; siempre llovía, no podíamos tener citas en la calle y eso no me gustaba nada –Gray comenzó a apretar uno de sus puños. Sabía que, si aquel imbécil seguía hablando, la cosa no acabaría nada bien–. Además, era un poco estresante. Y bastante estrecha, no me dejó ni darle un beso. Pobre el que se haya cruzado con ella. Eso sí, estaba muy buena. Espero que, al menos, se sepa mover en la cama –finalizó y volvió la cabeza para mirar a sus compañeros y reír sonoramente.
Cuando volvió la vista hacia el frente, lo que divisó hizo que le temblaran las piernas.
Gray no había podido remediarlo y había adoptado su forma de Devil Slayer. Respiraba entrecortadamente y el suelo a su alrededor se había empezado a congelar. Se lanzó contra él rápidamente y le asestó un puñetazo que lo hizo volar hasta la otra pared de la taberna.
–No vuelvas a hablar así de Juvia –dijo macabramente.
Se acercó hacia él, la locura consumiéndolo por completo. La voz en su cabeza le decía una y otra vez: «mátalo». Y lo iba a hacer. No iba a permitir que nadie se burlase así de Juvia. Alzó su puño de nuevo y sintió el poder concentrado en su mano. Aquel golpe y contra alguien tan débil iba a ser fatal.
Pero, cuando estaba a punto de dar el golpe, una voz suave y envolvente le susurró en el cerebro:
«Juvia nunca ha sido tan feliz como en este momento.»
Y entonces recordó aquella noche y todas las posteriores. Y que él tampoco había sido tan feliz en toda su miserable vida como cuando estaba con ella. Recordó su sonrisa, sus regaños y sus besos cariñosos. Se recordó a sí mismo abrazándola y enterrando el rostro en su cuello para aspirar e impregnarse de su dulce aroma. Y se detuvo. Las manchas negras desaparecieron y se dio la vuelta dispuesto a marcharse.
–No merece la pena ensuciarme las manos con una basura como tú.
Todo el local se había quedado en silencio observando al mago de hielo retirándose del lugar.
Se había hecho de noche, así que Gray decidió ir a la posada de la ciudad a descansar –o, al menos, a intentarlo–.
Llegó a un pequeño hostal y el dueño le entregó la correspondiente nota. Subió las escaleras abatido. No había sacado nada en claro de aquella ciudad. Sabía que el infame que se había llevado a Juvia estaba divirtiéndose con él y eso lo llevaba a niveles de furia e irritación inimaginables.
Entró en la habitación y se sentó con pesadez en la cama, haciendo rechinar los muelles del colchón con su peso. Se frotó la cara con fuerza y hastío.
En la taberna y a través de sus pensamientos y recuerdos, Juvia había conseguido una vez más frenar a la oscuridad que poco a poco ganaba más terreno en su interior. Pero no sabía cuánto tiempo más aguantaría en aquella situación.
Nota de la autora:
Pues esta es la idea central del fic. De hecho, lo primero que escribí de esta historia fueron partes de este capítulo. Lo demás fui desarrollándolo más tarde.
En fin, muchas gracias a los que estaban, siguen y a los nuevos que se incorporan. Y gracias por vuestros comentarios, favs y follows.
Espero que os guste este capítulo.
¡Nos veremos en la próxima!
