La mañana era calma, totalmente tranquila. Las nubes acechaban el cielo de la ciudad con parsimonia, intentando decidir si aquel era el momento adecuado para descargar sus precipitaciones.
Pero aquello ya no era responsabilidad de nadie; simplemente se trataba de un fenómeno atmosférico común y corriente.
El trascurso de la vida era el normal. Los ciudadanos compraban en los mercados, los niños jugaban en las plazas y el gremio de magos de Fairy Tail seguía trabajando.
Algo que había cambiado era la relación de Gray y Juvia, que ya llevaban algunos meses conviviendo juntos en la casa del mago de hielo. Todo había sido un torbellino de emociones para ambos. Aunque la que lo expresaba más efusivamente era Juvia, para Gray todo se estaba desarrollando de la misma forma.
No es fácil acostumbrarse a una persona, pues todos tenemos nuestras manías y fallas, detalles que pueden incomodar al otro, pero a los que nos tenemos que amoldar si lo que queremos es estar al lado de alguien. Y ambos, poco a poco, lo estaban logrando.
Gray dormía pesadamente y la chica de cabello azul no hacía más que mirarle el rostro relajado, ensimismada en las líneas que formaban su cara y en el pensamiento de que todo aquello era real. Había valido absolutamente cada hora, cada minuto y cada segundo que había esperado para que sus sentimientos fueran correspondidos.
Todo, así, seguía su curso.
–Gray-sama –llamó la chica despacio, mientras movía con cautela el cuerpo del mago de hielo para despertarlo.
Como respuesta, el chico sujetó la mano de Juvia, que estaba posada en su hombro desnudo, y la llevó hacia su pecho para que lo abrazara. Se sentía tan cálido el gesto que Juvia pensó que podría pasar el resto de sus días de esa manera. Sin embargo, era más tarde de lo que se podían permitir y debían encargarse de otros asuntos.
–Gray-sama –repitió en su oído–, tenemos que levantarnos. Debemos ir al gremio.
Gray se dio la vuelta, la abrazó aún más por la cintura y escondió su rostro en su cuello. Después, empezó a besarlo lentamente.
–No tenemos que ir todos los días. ¿Por qué no nos quedamos hoy aquí?
Qué tentador sonaba eso. Ciertamente, si Juvia ponía en una balanza las ganas que tenía de dirigirse al trabajo o quedarse en la cama –con todo lo que eso implicaba– con Gray toda la mañana, la segunda opción ganaba por goleada. No obstante, la pequeña Juvia responsable que vivía en su interior se activó por un momento, aunque caería dormida de nuevo en poco tiempo ante las constantes caricias de su pareja.
–Gray-sama, le dijimos a Gajeel-kun y a Levy-san que iríamos a hacer un trabajo con ellos. No podemos llegar tarde –recalcó mientras cerraba los ojos, sintiendo las atenciones del chico que viajaban desde su cuello a su clavícula.
–Pueden esperar un rato –le dijo y después alzó la cabeza para empezar a besarla en los labios–. Luego nos inventaremos algo.
Fue ahí cuando Juvia cedió completamente. ¿Cómo iba a decirle que no a estar con él, si era lo que llevaba esperando durante tanto tiempo? Cada segundo a su lado tenía un valor incalculable.
Entonces, Gray comenzó a besarla con más ímpetu mientras ella cerraba los ojos y posaba sus manos en el cuello del chico con dulzura.
Deslizó las manos –que, contradictoriamente, estaban tibias, a pesar de la naturaleza de su magia de creación de hielo– hasta llegar al borde del camisón celeste de Juvia, el cual le cubría hasta los muslos. En ningún momento dejó de besarla mientras subía la prenda. Se separó de ella un momento para sacarle el camisón y la observó, absorto en la palidez de su cuerpo.
Toda ella era una invitación para amarla, no solo su anatomía, sino también su carácter y personalidad afables, generosos, entregados y bondadosos. Era perfecta y lo más inverosímil era que se hubiese fijado en él. Y lo más increíble, sin duda alguna, era que hubiese tardado tanto tiempo en corresponderla.
Al observar con detenimiento el costado derecho de la chica, una bofetada de realidad lo golpeó duramente. Ahí estaba la infame cicatriz que había sido provocada cuando casi la perdió. Entonces, recordó por qué no había querido entregarse a esos sentimientos anteriormente. Gray tenía mucho miedo de no estar a la altura de Juvia, temía no ser lo suficientemente bueno para alguien tan increíble como ella. Se separó de su cuerpo con inmediatez y se sentó en la cama pesadamente.
Juvia también se incorporó, preguntándose en qué había fallado para que el mago de hielo hubiese tenido esa reacción tan repentina e inesperada en un momento tan íntimo como aquel.
Se puso de rodillas y se acercó hacia su espalda para abrazarlo por los hombros.
–¿Qué es lo que sucede? –preguntó con duda.
Gray levantó la vista y se giró para mirarle los ojos azules, que en ese momento estaban repletos de preocupación. Se tumbó en la cama de nuevo y la tomó del brazo para que adoptara la misma posición que él.
Ambos, tumbados de lado, con los torsos desnudos y mirándose directamente a los ojos, se quedaron en silencio unos minutos porque en ese instante era lo más adecuado.
El chico volvió a fijar sus ojos negros en la cicatriz de Juvia y condujo dos de sus dedos hacia allí para acariciarla. Una sensación de dolor le recorrió la espina dorsal al hacerlo y los recuerdos de aquel nefasto día se le agolparon en el cerebro.
Juvia miró su ocupación y lo entendió todo. La culpa, de nuevo, volvía a planear sobre su alma, acechando con apoderarse de él, pero ella no lo permitiría.
–Todavía… –comenzó, titubeando ligeramente– todavía tienes la cicatriz.
–Sí –contestó ella rotunda.
Gray la miró a los ojos de nuevo, sin parar de recorrer la cicatriz con la yema de sus dedos.
–¿Por qué no le has dicho aún a Wendy que te la quite?
Era lo más lógico. Juvia no merecía estar manchada, marcada por su incompetencia. Cada vez que veía esa marca en su cuerpo se acordaba de todos los errores que había cometido. Una y otra vez se le venían a la cabeza como en una especie de sueño macabro que lo perseguía sin descanso.
–Pues porque… –hizo una ligera pausa hasta encontrar las palabras que le resultaron más adecuadas– porque esta cicatriz –dijo y llevó su mano hasta la de Gray, que todavía estaba acariciándola– le recuerda a Juvia que no fue capaz de protegerte, Gray-sama.
Cómo abrumaron esas palabras a Gray. Se sintió tan pequeño entre la grandeza y la inmensidad de los sentimientos de Juvia que le entraron ganas de esconderse en su pecho a llorar.
Siempre había tenido ese defecto: pensaba que él era el único que sufría la pérdida, que tenía el ansia y la obsesión de proteger a los que amaba, pero no era así.
Era lógico que Juvia también hubiese experimentado el dolor de perderlo, no podía pretender ser el único ser humano que sufre, que llora, que flaquea, porque eso es imposible. El paralelismo entre ambos era más que evidente porque él también tenía la oportunidad de hacer desaparecer su cicatriz pero quería tenerla, sentirla ahí como el recordatorio de su debilidad y como una promesa de que nunca dejaría que algo similar ocurriera de nuevo.
La abrazó con insistencia, trasmitiéndole con ese gesto todo el amor que no podía expresar con palabras.
Al fin y al cabo, ¿qué son las palabras? Únicamente una concatenación de letras y sonidos que el ser humano se ha empeñado en darle significado a través del consenso. Juvia era consciente de eso y de que Gray demostraba sus sentimientos con actos; no con palabras.
Por eso, cuando lo sintió temblar ligeramente contra su cuerpo, apretó su abrazo en la espalda del chico, para transmitirle que ella se sentía exactamente igual porque, aunque ella expresaba mucho con las palabras, lo hacía infinitamente más y mejor con los actos y sacrificios de amor que siempre había tenido con él.
En ese momento, ambos se dieron cuenta de que habían llegado a un punto de no retorno: ninguno de los dos podría vivir nunca más en paz sin la presencia del otro cerca.
-Tras tus huellas-
Capítulo 5. Cicatrices
Llevaba dos días confinado en esa ciudad situada en la región de los pueblos del oeste del reino. Normalmente, todos los días recibía nuevas directrices y se marchaba del sitio donde estaba, pero todo estaba sumido en una tensa calma que lo tenía irritado en demasía.
No podía pasar más tiempo así. Su mente maquinaba a todas horas, no descansaba, las ojeras se habían apoderado ya prácticamente de todo su rostro y los episodios de su forma de Devil Slayer consumiéndolo también se habían repetido en varias ocasiones. Y cada vez le costaba más deshacerse de aquel estado.
Su primer objetivo era salvar a Juvia, pero, a esas alturas, también estaba preocupado por su salud mental. Porque si él se salía de sí mismo, nadie sería capaz de encontrarla. Y ese hecho también lo tenía completamente estresado.
No había encontrado nada en las cuarenta y ocho horas que había estado establecido allí. El caso era que una sensación de recuerdo lo invadía mientras paseaba por sus calles. Todo le resultaba familiar, era como si hubiese estado antes, pero no podía recordar cuándo con exactitud.
Probablemente, había sido antes de unirse a Fairy Tail porque los recuerdos de esa época de su vida eran bastante difusos, todos empañados por el dolor de la pérdida, por el sacrificio del viaje y los recuerdos añorantes de sus días con Ur y Lyon y de su infancia junto a sus padres.
Se dejó caer pesadamente en el borde de una fuente y después agarró su cabeza entre las manos con fuerza. Estaba asqueado, hastiado, demasiado cansado como para seguir pensando con racionalidad. Estaba a punto de perder el control y arrasar con toda la ciudad si era preciso para dar con Juvia de una vez por todas.
–¿No habías venido por aquí nunca antes? –escuchó de una voz dulce y femenina.
Levantó la vista con cansancio, clamando con el gesto que no quería que nadie le dirigiera siquiera la palabra. Al hacerlo, se encontró con una chica de rostro afable con el cabello plateado y los ojos verdes que le sonreía suavemente.
–No. Bueno… no lo sé. Tal vez sí, pero no me acuerdo bien.
Gray vio como lo miraba con pena. Y no le extrañaba. Su estado era deplorable por completo, probablemente parecía desorientado o perdido. O algo peor aún; una especie de psicótico que vagaba por las calles de la ciudad y que daba respuestas ambiguas a gente que no conocía.
–¿Te apetece pasar a mi casa y tomar agua… o algo? –la chica hizo una pausa para escoger las palabras adecuadas para no molestarlo–. No pareces en muy buenas… condiciones.
–No, gracias. Tengo prisa.
Se levantó y comenzó a alejarse de la joven, pero después puso su cerebro a trabajar de nuevo y de forma rápida. Si estaba en esa ciudad era por algo. Es decir, todos los destinos que había transitado tenían que ver con Juvia de forma más o menos directa. Y hablar con esa chica era la única forma de poder averiguar algo sobre la maga de agua. Además, ¿por qué iba a tener prisa? Si ni siquiera sabía dónde debía ir después, si el raptor de Juvia no había seguido dejándole aquellas malditas notas que le revolvían el estómago con solo verlas.
–¡Espera! –gritó para que lo escuchara, pues la chica ya se había alejado bastante de él.
Vio que se detenía y después se giraba para mirarlo. Gray fue hasta ella para alcanzarla.
–Perdona, pero… creo que voy a aceptar tu oferta –dijo algo avergonzado por haber sido tan apático con ella anteriormente.
–No te preocupes. Ven conmigo.
Al entrar, Gray se puso a mirar el salón. No era una casa demasiado grande, pero era muy bonita y daba una sensación de calidez y hospitalidad increíble. En cierto modo, se parecía a su propia casa; más bien, a su casa desde que Juvia vivía en ella.
–Siéntate, por favor –ofreció ella atentamente–. Te traeré algo de comer y beber.
–Con un poco de agua está bien –aseguró Gray y la chica le asintió brevemente.
Volvió a la sala con un vaso de agua entre las manos y se la dio a Gray, quien bebió su contenido rápidamente.
–Me llamo Julia, perdona por no haberme presentado antes.
–Yo me llamo Gray. Es un placer conocerte –a pesar de las palabras, el rostro del chico no reflejaba esa sensación, pero ¿qué más podía decir?
–Igualmente, Gray. Y… ¿puedo preguntarte qué te trae por aquí?
Gray sopesó sus posibilidades. Se estaba volviendo tan paranoico que ya ni siquiera sabía si debía preguntarle por Juvia a alguien que acababa de conocer, a pesar de que la chica era increíblemente amable. ¿Y si era una trampa? ¿Y si ella era quien tenía a Juvia retenida? ¿Y si era una cómplice del captor de la maga de agua?
«Deberías darle un escarmiento por engañarte».
La mano comenzó a temblarle con insistencia mientras escuchaba a su yo oscuro e interno hablándole. Se la sujetó para que la chica no se percatara e intentó acallar a sus macabros pensamientos.
«Te está engañando, Gray. Es ella la que tiene a Juvia».
Gray no podía más. Sentía que en cualquier momento perdería la razón y le haría daño a Julia y no quería eso. No lo quería. Porque la poca cordura que le quedaba le decía que era una buena persona, que era altruista por haberle invitado viéndolo en tan mal estado y sin conocerlo de nada.
«Mátala».
El corazón se le aceleró, empezó a sudar y a hiperventilar intentando controlarse. Qué miedo sintió. Era como si el pecho se le estrujara, como si notara que la vida se le estaba escapando en un segundo.
–Gray –lo llamó Julia mientras le colocaba una mano en el hombro–, ¿estás bien?
Esas palabras preocupadas fueron decisivas, pues Gray Fullbuster, el auténtico, volvió y para quedarse –aunque fuera durante unas horas–.
–Sí, sí. Perdóname. ¿Qué… qué era lo que me habías preguntado? –cuestionó titubeando mientras se sostenía la cabeza por el incipiente dolor que estaba empezando a experimentar.
–Ah, que por qué habías venido aquí.
El chico suspiró con cansancio, vio a Julia sentándose en un sillón a su lado y la miró a los ojos para contestarle con propiedad.
–Estoy buscando a alguien. Tal vez está aquí o la has visto de paso, no sé… –empezó a relatar Gray mientras Julia lo observaba, dándose cuenta de lo desesperado que estaba–. Tiene el cabello y los ojos azules, lleva un vestido de ese mismo color y su piel es bastante pálida. Se llama Juvia y es maga de…
–¡¿Me estás hablando de Juvia?! ¡¿De Juvia Lockser!? –interrumpió ella con efusividad mientras una gran sonrisa se instalaba en sus labios.
–S-sí… –respondió Gray, inseguro.
–¡No me digas que Juvia está aquí! ¡Llevo tantos años sin verla!
–No sé si está aquí.
Ante tal seriedad por parte del chico, toda la alegría que Julia había sentido se esfumó en una sola fracción de segundo.
–¿Juvia está bien? –preguntó ella temerosa.
–No lo sé. Por eso la estoy buscando.
Gray decidió que, aunque la joven le daba la confianza suficiente, no le contaría absolutamente todo. Quién sabía si haciéndola conocedora de la situación la ponía en riesgo. No estaba dispuesto a eso, más aún sabiendo que conocía a Juvia y que –basándose en su reacción– le tenía cariño.
–¿De qué conoces a Juvia? –preguntó Gray y, por primera vez desde que llegó a esa ciudad, sonrió de forma casi imperceptible, pero sonriendo al fin y al cabo. Siempre era un tanque de oxígeno para él hablar de la maga de agua. Así la podía sentir más cerca.
–Juvia y yo éramos muy amigas cuando éramos niñas. Ella venía aquí a visitar a su tío desde el orfanato cuando la dejaban salir –contó Julia con alegría mientras recordaba aquellos años, que ya parecían estar muy lejanos en el tiempo.
–¿El orfanato? –preguntó contrariado Gray.
–Claro, Juvia perdió a sus padres siendo muy pequeña. Ellos eran magos de un gremio y murieron en una misión. Su tío no podía ocuparse de ella y vivía en un orfanato, pero siempre que podía venía a visitarlo.
El mago de hielo se sintió muy abrumado. Juvia nunca le había contado nada de eso. Bien era cierto que él no había preguntado. En cierto modo, era razonable. Juvia se había convertido en una persona muy positiva y suponía que no quería entristecerse recordando todo aquello.
–En sus visitas nos hicimos amigas porque descubrimos que nuestros nombres son muy parecidos, solo varían en una letra –hizo una pausa para reír de forma melancólica e inmediatamente después prosiguió–. Juvia era una niña buenísima, pero me contó que no tenía amigos. Y de verdad que no lo entiendo. Era muy dulce, siempre daba sin esperar recibir nada a cambio, siempre estaba dispuesta a ayudar. Recuerdo que me ponía muy feliz cuando venía de visita.
–Todo lo que has dicho sobre ella… Lo sigue siendo. Es la mejor persona que he conocido nunca –ambos se miraron ante las palabras del joven y sonrieron con la imagen de Juvia en la mente; Julia tenía a la Juvia pequeñita en su cabeza, aquella niña a la que no le importaba prestar sus muñecas, y Gray a la adulta, a la mujer a la que no le importaba sacrificar su propia vida si podía salvar la de los que más amaba de esa forma.
Nada en ella había cambiado en realidad, solo sus circunstancias.
–¿Sois pareja?
Gray se sorprendió algo ante la formulación de la pregunta, pero respondió sin dudas ni titubeos.
–Sí.
–Eso es genial. Se nota que la quieres mucho. Cuídala –solicitó la chica sonriendo de nuevo.
Gray solo asintió ante la petición.
Se pasaron toda la tarde hablando de Juvia. Julia le contaba anécdotas a Gray y él hacía lo mismo y, así, ambos conocían una parte de la vida de la chica de la que no tenían constancia.
–Cuando la encuentre, regresaremos para que podáis hablar de nuevo –prometió el mago de hielo con firmeza antes de marcharse.
–Me encantaría.
Al regresar a la posada, se tiró sobre la cama sin cuidado, intentando procesar todo lo que había descubierto aquel día.
Resultaba curioso porque siempre había intentado proteger a Juvia del daño físico, no causarle cicatrices externas, no dañar su piel para que no le quedaran marcas, pero ¿qué había de las cicatrices que no se ven, las que probablemente llevaba por dentro y no había mostrado a nadie?
Entonces, Gray lo supo: ese era el momento de ser más fuerte que nunca, de ser verdaderamente quien debía ser. Y por supuesto tenía algo más que claro: una vez que todo aquello acabara, sería imprescindible sanar las heridas emocionales que Juvia arrastraría e intentar que la cicatriz que quedase en su alma fuera lo más superficial posible.
Sí, lo haría. Lo lograría todo por ella.
Justo cuando estaba a punto de dormirse –algo realmente extraño pues le costaba mucho conciliar el sueño–, escuchó un ruido proveniente de la puerta de su habitación.
Se levantó maldiciendo a quien hubiese decidido quebrar su ligero sueño y abrió la puerta rápidamente, con gesto de pocos amigos. Al ver aquel rostro tan conocido, bufó fastidiado.
–¿Qué demonios estás haciendo aquí?
Nota de la autora:
*Han pasado 84 años...*
Pues sí, creo que llevo como unos seis meses sin actualizar esta historia (con el buen ritmo que tomé en un principio), pero tiene su explicación. Me he sentido muy desmotivada con el fic por diversas razones. Principalmente, porque me sentaba delante de mi ordenador y no me salía ni una sola palabra. Cuando logré redactar algo, era horrible, no me gustaba nada cómo estaba quedando y eso que tenía todas las acciones que quería desarrollar grabadas en mi mente. Entonces, decidí borrarlo todo y tomarme un descanso. Y no ha sido hasta ahora, aprovechando la cuarentena, que he podido ponerme a escribir de nuevo.
En fin, espero que lo comprendáis.
No sé si habéis leído un spin-off que hay de Gray y que se llama Fairy Tail: Ice Trail. Es una especie de historia anterior a que se uniera a Fairy Tail, cuando Ur ya había muerto. La localización de este sitio se incluye ahí. Y no os cuento nada más por si no lo habéis leído.
Sobre el pasado de Juvia, pues he decidido inventármelo. Tampoco es que sepamos mucho de ella, ¿no? Si hay alguna incongruencia, por favor, hacédmelo saber.
Y nada, muchas gracias por la espera y por leer. Espero que os guste este capítulo.
¡Nos seguimos leyendo!
