Los Juegos Mágicos, el asunto con los dragones, Rogue del Futuro… Todo por fin había acabado.
Juvia tenía todavía el corazón encogido por todo lo que había experimentado. No lo recordaba claramente, pero estaba segura de que había visto morir a Gray. Morir para salvarla.
Después, algo extraño había sucedido, un fenómeno que pareció devolver el tiempo atrás le había devuelto también a la persona que más amaba.
La chica, sentada en la cama de la enfermería del gremio, miraba hacia el suelo con insistencia. El susto todavía no se le iba del cuerpo.
De pronto, escuchó a alguien entrar y le clavó los ojos azules con insistencia.
—Oi, mujer de la lluvia, ¿qué estás haciendo aquí?
—Oh, Gajeel-kun, eres tú.
Entonces, la maga de agua se derrumbó. No pudo más con la presión de saber que, aunque ahora estuviera bien, Gray había perdido la vida a causa de sus errores, de sus absurdas distracciones.
Empezó a llorar suavemente y Gajeel compuso una cara de nerviosismo porque desde siempre se sentía incómodo cuando alguien lloraba a su alrededor. Después, pensó que tal vez Gray tenía la culpa y pasó del bochorno a la ira en un segundo.
—¿Estás así por el imbécil ese de cerebro helado? —preguntó furioso mientras se sentaba a su lado.
—Sí… Pero no del modo que tú piensas.
—Juvia, en serio, no entiendo por qué sigues detrás de ese idiota. ¿No te das cuenta de que no te valora en absoluto? —le dijo, contundente.
—Juvia no quiere perder a Gray-sama. No sabría vivir sin él.
—No digas más idioteces. Mereces mucho más que las migajas de cariño que te da.
Juvia le sonrió agradecida y le sujetó las manos entre las suyas con cariño.
—Gray-sama quiere a Juvia. El problema es que no está preparado para aceptarlo o tal vez no sabe verlo. No pasa nada. Juvia esperará. Porque sabe que, cuando Gray-sama sea capaz de dejarse llevar por lo que de verdad siente, ambos serán tremendamente felices. Justo como Gajeel-kun con Levy-san.
A Gajeel se le olvidó todo el discurso anterior y las lágrimas de su amiga. Simplemente se sonrojó con furia y se levantó dispuesto a irse.
—¡Entre Levy y yo no hay nada! —exclamó avergonzado.
Después, se retiró de la habitación, sabiendo que Juvia llevaba razón en absolutamente todo lo que le había dicho.
-Tras tus huellas-
Capítulo 6. El dúo de Phantom Lord
—¿Qué demonios estás haciendo aquí?
—Menuda invitación a entrar —espetó el inesperado visitante mientras apartaba de forma nada cuidadosa a Gray del marco de la puerta y se adentraba en la habitación de hostal que ocupaba el mago de hielo en ese momento.
Gray se quedó mirando con desdén al chico y chistó levemente. La voz en su interior comenzó a despertarse, pero fue capaz de callarla muy pronto. Esta vez no era una conocida de Juvia de quien se trataba, sino uno de sus compañeros de Fairy Tail.
Aunque un halo extraño de inquietud e incomodidad estaba infiltrándose cada vez más en su interior, fue capaz, en ese momento al menos, de mantener a raya la infame oscuridad que lo estaba consumiendo poco a poco.
Una semana. Llevaba una semana vagando por todo Fiore sin rumbo alguno más que el que le marcaban unas notas extrañas, confusas y que le provocaban terror, náuseas y hasta sudor frío cada vez que las veía. Cada vez que sabía que otro destino nuevo se añadía a la lista. Cada vez que pasaba un día más sin ver el rostro, los ojos, la sonrisa de Juvia.
Todo ello, por supuesto, le estaba pasando factura de más. Los episodios de locura eran mucho más frecuentes que los de lucidez, el rostro ahora lo tenía pálido, serio, afilado. No era el mismo Gray de siempre.
A veces, se preguntaba si realmente eso era una especie de castigo por toda la espera que Juvia tuvo que soportar, por todas las veces que la había hecho sufrir. ¿Y si era ella misma la que se había ido de forma voluntaria y lo estaba castigando? ¿Y si ese viaje no tenía sentido y solo estaba recibiendo de su propia medicina?
Gray negó fuertemente con la cabeza. No. Eso no podía ser. Si perdía la fe en Juvia, perdería la esperanza misma de vivir, las pocas fuerzas que tenía para seguir adelante. Además, ¿cómo iba a hacer eso alguien tan puro, tan angelical como Juvia Lockser? Era imposible, porque era una persona que se desvivía por los demás, a la que no le importaba no tener nada si aquellos a quienes amaba lo tenían todo.
«Imagina que seas tan patético como para hacer este viaje para nada.»
—Cállate, cállate, cállate. Por favor, cállate. Esto no. Ahora no —murmuró para que la cordura le volviera al cuerpo, rezando para que su invitado sorpresa no lo escuchara.
—¿Dices algo, stripper de hielo? —preguntó mientras recorría y observaba la habitación—. Dios, esto está hecho una pocilga y tú un completo desastre.
—Gajeel, ¿has venido a decir estupideces?
El Dragon Slayer de Hierro se sentó en la cama, dejando su cuerpo caer con fuerza. Observó de arriba hacia abajo a Gray y lo que vio no le gustó. No le gustó nada.
El estado de su compañero de gremio era el peor que había visto en una persona en años. Ni siquiera él mismo, durante su pasado turbio como integrante de Phantom Lord, había tenido esa apariencia. ¿Cuántos días llevaría ese imbécil sin comer para verse tan flacucho y desmejorado?
—Una semana, Gray. Llevo una semana sin saber absolutamente nada de Juvia. Y te advertí que, si no la encontrabas, te mataría.
—Te dije que te quedaras en casa con tu esposa y tus hijos. Estoy a punto de encontrarla. Es más difícil de lo que crees. Si tú…
—No, no. No vayas por ese camino. Si yo la hubiese buscado, estaría ya de regreso en tu casa, preparándote pasteles y dándote las atenciones que no te mereces —le dijo, rudo, porque, a pesar de su aspecto, no podía obviar que parte de la responsabilidad de que Juvia siguiera sin aparecer era del mago de hielo —. Sabes que la podía haber rastreado con mi olfato, justo como he hecho para encontrarte a ti. El problema es que ha nevado mucho desde que desapareció y su rastro se ha esfumado.
Gray se sentó en una silla cercana y agachó la cabeza, sujetándola entre sus manos.
«¿Quién se cree este para venir a decirte lo que tienes que hacer, Gray?»
El chico se apretó más fuerte la cabeza, como queriendo arrancarse la voz, los pensamientos oscuros, las ganas incipientes que le estaban entrando de atacar a Gajeel.
«Deberías echarlo de aquí. O mejor matarlo, Gray. Vamos, mátalo.»
—Oye, stripper de hielo, ¿qué te pasa? —Gray se quedó inmóvil, seguía apretando su cabeza fuertemente porque sabía que si se movía, lo más mínimo que fuera, su forma de Devil Slayer se apoderaría de él—. He venido porque creo que Juvia está cerca.
Gray se levantó como un resorte de la silla, incluso la tiró al suelo, provocando un ruido que inundó toda la habitación.
—¿¡Sabes dónde está!?
Gajeel se levantó de la cama y se puso enfrente de Gray, preocupado.
—¿Por qué no te calmas un poco? —preguntó el dragón de hierro mientras ponía una mueca divertida en su rostro, intentando romper el aura de inquietud e incomodidad.
El mago de hielo lo sujetó de la camiseta, medio ido, medio loco, medio cuerdo, con un incipiente dolor creciéndole en la sien, con todo su mundo desmoronándose a su alrededor.
—Si sabes dónde está, será mejor que me lo digas.
Gajeel torció los labios, contrariado, ya que el tono de voz tan oscuro y siniestro que había soltado Gray no lo había escuchado jamás.
—No. No sé dónde está. Como te he dicho, está muy cerca, pero no puedo localizarla completamente.
Le agarró las manos para que le soltara la camiseta y Gray, despacio, lo hizo. Suspiró hastiado y se sentó en la cama, siendo seguido por el Dragon Slayer de Hierro.
—Gray, déjame ayudarte. La encontraremos antes.
A pesar de todas las advertencias, a pesar de que a Gajeel le importaba mucho más el bienestar de Juvia, a pesar de que los reproches todavía pesaban en el ambiente, el Dragon Slayer no podía negar que Gray le preocupaba. Y mucho. Después de todo, también era su compañero y si le sucedía algo, Juvia estaría desolada. Lo último que quería era escuchar a su amiga llorando por todos los rincones porque había perdido a su adorado Gray-sama.
—No puedo hacer eso…
No. No podía porque necesitaba demostrarse a sí mismo que podía salvaguardar el bienestar de la maga de agua, que podía amarla apropiadamente, que juntos eran, serían. Que habían nacido el uno para hacer feliz al otro.
—Joder, cuando se te mete una idea en la cabeza no hay quien te la saque, ¿verdad?
Por primera vez en toda aquella sórdida semana, Gray sonrió. Y lo hizo tenue, pero también genuinamente.
—Eso parece —empezó a decir, algo falto de aliento—. Te juro que cuando la encuentre voy a destrozar a quien le haya hecho esto. Te lo juro.
—Ey, stripper de hielo, eso no suena nada a ti.
De hecho, no lo hacía. Eso sonaba mucho más a cómo pensaría Gajeel. Sin duda alguna, si a Levy le sucediera algo así, no quedaría un solo hueso sin romper, un solo miembro sin cercenar del tipo que le hiciera eso. En definitiva, no quedaría ni rastro de su existencia.
—Lo sé, pero… No puedes entender la frustración que siento.
—Sí puedo. Sientes que no la mereces, ¿no es cierto?
Gray lo miró sorprendido porque pareciera que se había metido directamente en sus pensamientos. Tal vez, Gajeel había experimentado esa sensación extraña anteriormente. En realidad, tenía mucho sentido. Levy era un alma cándida y pura y verla relacionada con alguien con el pasado tan ennegrecido y manchado sorprendió a absolutamente todo el gremio. No le extrañaba que el Dragon Slayer lo comprendiera tan bien.
—Es exactamente eso —afirmó, volviendo a mirar hacia la pared desconchada del cuarto—. Cuando regrese, solo quiero que sepa que… que la quiero.
El mago de hielo suspiró pesadamente, como sintiendo que le hacía mucha falta decir esas palabras, materializarlas y hacerlas completamente reales.
—Hace mucho tiempo que ella sabe de tus sentimientos.
—¿Mucho… tiempo? —cuestionó Gray dudoso. ¿Cuánto tiempo era «mucho tiempo»?
—Desde los Grandes Juegos Mágicos, creo. Al menos, eso decía.
Gray se quedó un rato en silencio. Le parecía bastante inverosímil que Juvia pensara que sentía algo más profundo durante esa época. Si ni siquiera él lo sabía por ese entonces.
¿Sería posible que tuviese esa clase de intuición? ¿Sería posible que Gray sintiera que Juvia era especial desde hacía tantísimo tiempo?
El mago de hielo no lo recordaba demasiado bien, no sabía exactamente en qué momento se había dado cuenta de que Juvia despertaba algo en su interior, de que le gustaba, de que la amaba.
Solo recordaba que la había protegido en varias ocasiones, que no quería que se fuera nunca de su lado, que lo lastimaba profundamente verla herida, verla triste, verla sufriendo.
Recordaba bien la conversación que había tenido con Erza en aquel balcón, en el que la maga de cabello escarlata le había dicho que tal vez debería dar una respuesta a Juvia. Y había pasado tantísimo tiempo desde que ese momento sucedió hasta que la respuesta verdadera llegó, que se daba asco a sí mismo.
Ahora nada de eso cobraba sentido, pues no sabía por qué había reprimido tanto sus sentimientos si al final todo se había desarrollado de aquella forma.
¿Qué pensaría Juvia cuando lo viera así? ¿Qué pensaría cuando supiera que no había sido capaz de encontrarla antes, cuando supiera que la había dejado bajo el yugo de alguien durante tantos días sin poder hacer nada al respecto?
Incluso se planteaba la posibilidad de que ya no quisiera estar más con él. De que se sintiera tan desamparada que no le viese sentido a seguir con aquella relación.
Gray sentía un nudo en el pecho y en el estómago cada vez que ese tipo de pensamientos lo atormentaban, pero ahora la prioridad era otra y no podía dejar que su pesimismo apartara lo que verdaderamente importaba de su mente.
—No estoy seguro de que ahí lo supiera ni siquiera yo…
—Lo sé. Es por eso por lo que siempre le aconsejé que se alejara de ti. Pero no me hizo caso. Así que ahora responsabilízate.
Gray lo miró de nuevo, con la mirada afilada y decidida.
—Lo haré —afirmó mientras veía a Gajeel levantándose—, pero lo haré solo.
El Dragon Slayer suspiró con pesadez. Resignado, se dirigió hacia la puerta para regresar de vuelta a su hogar. Después de todo, no le quedaba más remedio.
—Te doy veinticuatro horas, stripper de hielo. Si en ese plazo Juvia no está en Magnolia, me encargaré personalmente de traerla de vuelta yo mismo —espetó clavándole sus ojos carmesíes con demanda—. Y tú te las tendrás que ver conmigo.
El chico solo asintió firmemente, sin dejarse amedrantar. Respetaba mucho a Gajeel y sabía que el sentimiento era recíproco, pero estaba completamente seguro de que hablaba totalmente en serio.
No le extrañaba, por otra parte. Suponía que si alguno de sus mejores amigos estuviera pasando por la misma situación, su reacción sería exactamente la misma.
Al escuchar la puerta chirriando, sonido que le indicó que por fin Gajeel se había marchado y que su soledad volvía a aplastarlo, apoyó la cabeza contra la pared con frustración.
Según el olfato del dragón de hierro —que erraba en muy pocas ocasiones—, Juvia estaba cerca. El problema era que la nota no había aparecido esa noche y él ya estaba empezando a desesperarse. Y con la desesperación le llegaba un compañero que no era demasiado agradable ni bienvenido.
«Por fin nos hemos quedado solos.»
—Debí matarlo.
Gray agrandó los ojos por completo. Era la primera vez que sus pensamientos macabros se verbalizaban y eso lo asustó tanto que posó la mano contra la pared con fuerza, haciendo que se agrietara un poco.
—No, no, no. No voy a dejar que me controles. Juvia no se merece esto.
«Juvia. Juvia. Juvia. Fairy Tail. Tus compañeros. El imbécil de Natsu. Aquellas chicas, la rubia y la pelirroja, de las que querías mucho más que su amistad. Nadie te entiende, Gray. Estás solo. Solo conmigo. Pero yo te mostraré el camino.»
—No quiero estar solo… No de nuevo…
«Y no lo estarás, mucho menos cuando dejes que tome control por completo de tu cuerpo.»
—¡No! —gritó Gray en el silencio de la noche. Después, con la respiración agitada, levantó la cabeza y se quedó mirando a la pared con recelo.
Fue enseguida a mirar por la ventana. No quería por nada del mundo que Gajeel lo hubiese escuchado, que se diese la vuelta y tener problemas serios con él. Porque sabía que esta vez no podría contenerse.
Lo que había dicho antes era verdad. Le aterraba volver a estar solo, pero la única persona con la que quería estar era con Juvia.
Se tumbó en la cama y colocó su brazo encima de su frente. Empezó a llorar en silencio. ¿De qué le servían las lágrimas, de qué servía arrepentirse? Solo servía actuar, pero estaba a esas alturas tan cansado, tan asqueado de sí mismo que, por un momento, perdió la noción de la realidad, del tiempo, del espacio y de su vida misma.
Al poco tiempo, cayó en un sueño lleno de pesadillas y de malos presagios. No descansó apenas, ya que los sueños en los que veía a Juvia ensangrentada, herida o maltratada se repetían una y otra vez.
A las tres horas, cuando todavía era de madrugada, despertó después de ver la imagen de Juvia alejándose y él, sin poder hacer nada, intentando alcanzarla sin resultado alguno.
—¡Juvia! —gritó mientras se sentaba en la cama.
Jadeando y con el pecho encogido, se levantó muy rápido de la cama. Se puso a dar vueltas en la habitación, recogió todas sus pertenencias y se dispuso a salir, pero, cuando iba a hacerlo, vio una nota colándose por debajo de la puerta.
Por unos segundos se quedo absorto, mirando el tono amarillento de la nota. Sabía que al abrirla, ahí encontraría el destino definitivo de Juvia. Era una corazonada extraña que le atravesaba el cuerpo por completo.
Sin embargo, aquella actitud no le duró demasiado, pues se echó a correr enseguida para ver quién había depositado la nota allí.
Abrió la puerta de par en par y miró hacia ambos lados del pasillo; nadie se encontraba en las instalaciones próximas de la posada, pero le daba igual. Esta vez no se le escaparía el cómplice del secuestrador de Juvia.
Salió corriendo, bajó las escaleras y en el exterior de la posada, huyendo bajo la nieve espesa que cubría el suelo, divisó una pequeña silueta. El dolor en la sien volvió, indicándole que su forma de Devil Slayer pedía paso para encargarse del asunto, pero no le dejó. No en ese momento tan crucial.
—¡Eh, tú!, ¡quieto ahí! —gritó.
Le pareció que la pequeña silueta, que iba además encapuchada, se daba la vuelta para mirarlo. Al hacerlo, vio unos mechones de cabello verde saliendo de la capucha. Corrió todo lo que sus piernas, sus fuerzas, su cuerpo entero y su alma le permitieron.
Al alcanzar a aquella persona, le agarró el hombro y le dio la vuelta.
Y enorme fue su sorpresa cuando se dio cuenta de que se trataba de una niña de ojos negros como la noche y de cabello verdoso. Lo miraba con la mirada brillante, como si estuviera a punto de llorar.
—¿De dónde has sacado esa nota? —preguntó Gray casi sin poder respirar.
—Me… Me la dio un señor. Por favor, no me haga daño —titubeó la niña débilmente—. Me pagó mucho dinero y… yo… lo necesito para darle de comer a mi hermana.
Gray recuperó el aliento y después le acarició la cabeza.
—Está bien. No pasa nada. Pero no te acerques a extraños, ¿de acuerdo?
La niña solo alcanzó a asentirle y después se fue corriendo, dejando a Gray solo en mitad de la nieve y observando cómo el primer rayo dorado de sol aparecía en el cielo frío de una nueva mañana de invierno.
Seguidamente, volvió a la habitación, se puso su chaqueta blanca, recogió todas sus cosas y cogió la nota del suelo de la posada. Al abrirla, se le volvió a revolver el estómago.
«Última parada, Fullbuster: Villa Lluvia. Te suena, ¿verdad? Supongo que no tengo que decirte a qué casa tienes que ir.»
Gray se fue en ese momento de la posada. Todo ese camino que había hecho culminaba en la casa que Juvia y él habían compartido durante seis meses durante el desmantelamiento de Fairy Tail.
Al salir, tiró la nota al suelo, donde la nieve la enterró por completo. A Gray no le hacía falta leerla para conocer perfectamente el destino. Jamás se le olvidaría aquella casa en la que compartió por primera vez su vida con Juvia.
Decidió ir andando, pues aquel pueblecito apartado de todo estaba a solo media hora de donde él se encontraba.
Fue por esa razón, por ser un sitio aislado, que ambos decidieron ir allí juntos a vivir. En ese momento, necesitaban apartarse de todo y de todos. Necesitaban refugiarse el uno en el otro después de tanto dolor, después de que Gray perdiera a su padre de nuevo. Sí, aunque en esa época Gray no se hubiese dado cuenta o quisiera negarlo —tanto a sí mismo como a otros— necesitaba sentir a la maga de agua cerca para que lo reconfortara; para que le dijera que todo iba a estar bien. Justo como en ese preciso instante.
Por fin, llegó a la villa. Al verla a lo lejos se echó a correr sin importarle absolutamente nada.
Llovía. Llovía como no recordaba ver un aguacero en muchísimo tiempo. El cielo estaba de color gris muy oscuro, las nubes descargaban las precipitaciones sobre el pueblo con una fuerza desorbitada y las calles estaban completamente vacías. Como cuando él la abandonó y ella tuvo que esperarlo completamente sola durante seis meses.
Nunca se había parado a pensarlo, pero debió sufrir y mucho estando allí, esperándolo sin saber si algún día regresaría. Era cierto que todo lo había hecho por su bien, para protegerla, pero, pensando las cosas en frío, se sintió muy egoísta. Porque nunca había pensado en que ella, al fin y al cabo, iba a sufrir.
Al llegar a la casa que tan bien conocía, abrió la puerta temeroso de lo que se podía encontrar dentro.
Y, en efecto, un escalofrío lo recorrió de punta a punta del cuerpo al ser testigo de aquella visión.
En el centro del salón —la primera habitación que había al entrar a la modesta casa—, había una silla, en la que Juvia estaba sentada y atada con una herramienta que imposibilitaba la capacidad de usar magia.
Su rostro era mucho más pálido que nunca, sus labios estaban amoratados por el frío y su ropa hecha jirones por varias partes. No llevaba su usual gorro puesto y su sedoso cabello azul estaba en ese momento completamente despeinado.
La ira se apoderó de él. No podía casi respirar, no podía pensar, no podía racionar. Solo veía a Juvia en ese estado y le daban ganas de destruir absolutamente todo.
—Juvia…
La chica, al escuchar la voz, pensando que era otra alucinación o producto de sus sueños, alzó la vista levemente para conectar su mirada color océano con la de Gray, que en aquel momento era una tormenta azabache a punto de descargar.
—Gray-sama… —susurró despacio, con los labios secos y entrecortados. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas, pero, contradictoriamente, sonrió aliviada.
El chico se sintió la peor escoria del universo. Juvia, incluso en esas circunstancias, sonreía alegre por verlo, por saber que se encontraba bien.
—Gray Fullbuster, por fin has llegado. ¿Te ha parecido interesante el viaje por el pasado de tu novia?
El mago de hielo no podía ver a nadie, la voz se coló entre las sombras de la estancia, que se encontraba casi a oscuras por la ingente tormenta que se desarrollaba fuera. Sin embargo, reconocía bien esa voz.
—Desgraciado… —masculló con ira—. Sal de una vez para que pueda matarte con mis propias manos.
—Más despacio, por favor, antes Juvia tiene que contarte un secretito, ¿verdad, preciosa?
Gray vio al hombre acercándose a la chica desde atrás, aunque todavía no podía verle el rostro claramente. La agarró del cuello y le levantó la cabeza para que se miraran.
Era cierto, Juvia tenía algo importante que decirle, pero con todo lo que había ocurrido en la última semana, se le había olvidado por completo.
Entonces, la chica lo miró seria y más lágrimas descendieron por su rostro. Abrió los labios con duda antes de hablar.
—Juvia…
Nota de la autora:
Lo sé, he vuelto a tardar mucho. Lo siento. Tendréis que tener infinita paciencia con esta historia porque últimamente el fandom de Fairy Tail no me tiene demasiado inspirada. Pero os aseguro que la acabaré. Puedo tardar más o menos, pero lo que sí es seguro que la finalizaré.
Bueno, pronto se descubrirá todo. Solo quedan dos capítulos para el final.
Espero que haya sido de vuestro agrado este capítulo. Me voy a dormir que es muuuy tarde.
Besos. Nos leemos en la próxima.
