Capítulo 2
Casi no podía pensar con la sangre subiéndosele a la cabeza y el daño que le hacía su agarre. El pecho del desconocido, detrás de ella, era muy fuerte.
- Esto es un error - logró decir -. Por favor.
Él presionó su cabeza un poco más hasta que ella sintió un tirón en el cuello.
- Su nombre - insistió él amablemente.
- Esme Swan - dijo ella quedando sin aliento.
- Lo siento. Estoy muy apenado. No quise… ¿Esme? - Soltándola.
- Sí. - ¿Por qué había dicho su nombre como si la conociera? - ¿Usted... usted pertenece al plantel fijo del hotel?
Él ignoró la pregunta. Una de sus manos se deslizó ligeramente sobre sus brazos, como si buscara algo. Su corazón palpitaba como el batir de las alas de un pajarito.
- No haga eso - resolló ella entre bocanadas de aire, apartándose de su toque.
- ¿Por qué está usted aquí? - La enfrentó.
Ninguno de los conocidos de Esme alguna vez la había tratado con tanta familiaridad. Estaban lo suficientemente cerca como para que el rayo de luz permitiera a Esme ver su fuerte contorno, las delgadas facciones y el brillo de sus profundos ojos.
Peleando por recobrar el aliento, Esme se sobresaltó por el dolor de su cuello. Extendió su mano y trató de calmar el dolor cuando habló.
- Estaba... estaba persiguiendo a un hurón, y la chimenea en la oficina del Sr. Banner estaba abierta, la atravesamos y luego traté de encontrar un camino de salida. - Sorteando la pregunta eficazmente con una explicación disparatada.
- ¿Un hurón? ¿Una de las mascotas de su hermana?
- Sí - dijo ella, desconcertada. Se restregó el cuello y se sobresaltó -. ¿Pero cómo supo usted... cómo encontrarnos? ¡No, por favor no me toque, yo... ay!
Él le había dado la vuelta, aproximándola, y había puesto su mano en el costado de su cuello.
- Quédese quieta. - Su toque era hábil y seguro cuando le masajeaba la sensible piel -. Si trata de escaparse de mí, simplemente la atraparé otra vez.
Estremeciéndose, Esme soportó el masaje de sus dedos, y se preguntaba si no estaba a merced de un loco. Él presionó más fuerte, provocando una sensación que no era ni de placer ni de dolor, sino una mezcla de ambos.
Emitió un sonido de consternación, contorsionándose impotentemente.
Para su sorpresa, se calmó el ardor provocado por el pinchazo del nervio, y sus músculos rígidos se volvieron laxos por el alivio. Exhaló un largo suspiro bajando su cabeza.
- ¿Mejor? - Preguntó él, usando ahora ambas manos, sus pulgares acariciando la parte de atrás de su cuello, resbalándose bajo el lazo que bordeaba la parte alta de su vestido.
Esme, profundamente avergonzada, trató de alejarse de él, pero sus manos sujetaron sus hombros instantáneamente. Aclaró su garganta y dijo dignamente:
- Señor, me gustaría que me guiara para salir de aquí. Mi familia le recompensará sin preguntas.
- Por supuesto. - Él la soltó lentamente -. Jamás nadie usa este pasillo sin mi permiso. Asumo que alguien aquí dentro se equivocó de camino.
Los comentarios se parecían a una disculpa, aunque su tono no estaba apesadumbrado en lo más mínimo.
- Le aseguro que no tuve intención de hacer algo aparte de recuperar ese maldito animal.
Ella sintió a Dodger merodeando cerca del dobladillo de sus faldas.
El desconocido se agachó y levantó en brazos al hurón. Sujetando a Dodger por el cuello, se lo dio a Esme.
- Gracias. - El cuerpo flexible del hurón se aflojó condescendiente con el agarre de Esme. Como era de esperar, la carta no estaba -. Dodger, maldito ladrón, ¿dónde está? ¿Qué has hecho con ella?
- ¿Qué está buscando?
- Una carta - dijo Esme tensamente -. Dodger la robó y la trajo aquí dentro... debe estar en algún lugar cerca.
- Ya la encontrarán.
- Pero es importante.
- Obviamente, si usted se ha metido en tal problema para recuperarla. Venga conmigo.
A regañadientes, Esme murmuró su asentimiento y le permitió tomar su codo.
- ¿Dónde vamos?
No hubo respuesta.
- Yo preferiría que nadie supiera de esto - aventuró Esme -. Estoy segura que usted no lo contará. ¿Puedo confiar en su discreción, señor? Debo evitar el escándalo cueste lo que cueste.
- Las jovencitas que desean evitar el escándalo probablemente deberían permanecer en sus suites del hotel - apuntó él poco servicialmente.
- Estaba perfectamente contenta de permanecer en mi cuarto – protestó Esme -. Sólo por Dodger lo tuve que dejar. Tengo que recuperar mi carta. Y estoy segura de que mi familia le compensará por su molestia, si usted quiere.
- Tranquila.
Él encontró el camino a través de las sombras del pasillo sin ninguna dificultad, el agarre en el codo de Esme era suave pero inflexible. No fueron hacia la oficina del Sr. Banner sino que, en lugar de eso, fueron en la dirección opuesta, por lo que pareció una distancia interminable.
Finalmente, el desconocido se detuvo, se volvió hacia un lugar en la pared, y empujó abriendo una puerta.
- Entre.
Con vacilación, Esme le precedió a un cuarto bien alumbrado, una especie de sala, con una fila de ventanas Palladian con vistas a la calle. Un escritorio de roble ocupaba un lado del cuarto, y los estantes de libros ocupaban todo el espacio de la pared.
Había una mezcla agradable y extrañamente familiar de perfumes en el aire, a cera de velas, a vitela, a tinta y a la cubierta de los libros, olía como el viejo estudio de su padre.
Esme se giró hacia el extraño, quien había entrado en el cuarto y había cerrado la falsa puerta.
Era difícil adivinar su edad, parecía estar cerca de los treinta años, pero había un halo de experiencia mundana a su alrededor, una sensación de que había visto demasiado en la vida y que nada podría sorprenderlo.
Tenía un cabello tupido, bien cortado, Rubio como el sol al mediodia, y un bello rostro donde sus cejas un poco más oscuras sobresalían en un llamativo contraste. Y era guapo como Lucifer, cejas fuertes, línea recta y definida en la nariz, y boca ancha. El ángulo marcado de su mandíbula representaba tenacidad, la viva estampa de un hombre que quizá había tomado demasiado, incluyéndose a sí mismo. Algo serio también.
Esme se ruborizó mientras se sentía perdida mirando sus intensos ojos verdes, sombreados por sus pestañas. Su mirada fija pareció acogerla, consumiendo cada detalle. Notó leves sombras bajo sus ojos, que no hacían nada por deteriorar su buena apariencia.
Un caballero habría dicho alguna broma, algo reconfortante, pero el desconocido quedó en silencio.
¿Por qué clavó sus ojos en ella? ¿Quién era él, y qué autoridad esgrimía en este lugar?
Tenía que decir algo, cualquier cosa, para romper la tensión.
- El olor de los libros y la leña - comentó ella estúpidamente - ...me recuerda al estudio de mi papá.
El hombre dio un paso hacia ella, y Esme se echó atrás reflexivamente.
Ambos se atraían. Parecía que las preguntas llenasen el aire entre ellos como si se hubieran escrito con tinta invisible.
- Su padre falleció tiempo atrás, creo. - Su voz pulida, profunda e inflexible se correspondía con el resto de él. Tenía un acento interesante, no completamente británico, los vocales llenas, pesadas y abiertas.
Esme inclinó la cabeza desconcertada.
- Y su madre al poco tiempo - sumó él.
- ¿Cómo... cómo sabe usted eso?
- Es mi trabajo saber todo lo posible acerca de los invitados del hotel.
Dodger se retorció en su agarre. Esme se agachó para bajarlo. El hurón se pavoneó hacia una silla muy grande cerca de la chimenea, y resueltamente se hundió en el tapizado de terciopelo.
Esme se resignó a mirar al desconocido otra vez. Él estaba vestido con bellas ropas oscuras hechas a medida con sofisticada holgura. Prendas de primera calidad, sin embargo, llevaba puesta una simple corbata negra sin alfileres, y no había botones de oro en su camisa, o cualquier otra ornamentación que lo proclamara como un caballero. Sólo una simple cadena de reloj en la parte delantera de su chaleco gris.
- Su acento parece americano - dijo ella.
- Búfalo, Nueva York - contestó él -. Pero he vivido aquí por algún tiempo.
- ¿Está usted empleado por el Sr. Facinelli? - preguntó ella cautelosamente.
Una inclinación de cabeza sola fue su respuesta.
- ¿Usted es uno de sus gerentes, supongo?
Su cara era inescrutable.
- Por ahí va la cosa.
Ella comenzó a avanzar con indecisión hacia la puerta.
- Bien, le dejaré con su trabajo, Señor...
- Necesitará un acompañante apropiado que vaya con usted en su camino de vuelta.
Esme lo consideró. ¿Le debería decir que enviara por su acompañante? No... la Señorita Hale probablemente todavía dormía. Había sido una noche difícil para ella. La Señorita Hale era propensa algunas veces a las pesadillas, que la dejaban temblorosa y exhausta al día siguiente. No ocurría a menudo, pero cuando lo hacía, Esme y Alice trataban de dejarla descansar lo más posible.
El desconocido la contempló por un momento.
- ¿Quiere que envíe a por una criada que la acompañe?
La primera intención de Esme fue estar de acuerdo. Pero no quería esperar aquí con él durante algunos minutos. No confiaba en él en lo más mínimo.
Cuando él vio su indecisión, torció su boca sarcásticamente.
- Si fuera a molestarla - le espetó - ya lo habría hecho a estas alturas.
Se ruborizó profundamente por su brusquedad.
- Eso dice usted. Pero por todo lo que sé, podría ser un agresor tardío.
Él apartó la vista por un momento, y cuando volvió la mirada hacia ella, sus ojos brillaban con diversión.
- Está a salvo, Srta. Swan. - Su voz enriquecida con una risa perezosa -. De verdad. Déjeme enviar a por una criada.
El resplandor de humor cambió su cara, impartiendo tal calor y hechizo, que Esme estaba casi alarmada. Ella resguardó su corazón, comenzando a originarse un nuevo y agradable sentimiento a través de su cuerpo. Cuando lo observó ir al cordón del timbre, Esme recordó el problema de la carta perdida.
- Señor, mientras esperamos, ¿me haría el favor de buscar la carta que se perdió en el pasillo? Tengo que recuperarla.
- ¿Por qué? - preguntó él, como respuesta.
- Razones personales - dijo Esme al instante.
- ¿Es de un hombre?
Ella se esforzó en dar el tipo de mirada desdeñosa que le había visto a la Señorita Hale proporcionarle a los caballeros inoportunos.
- Eso no es de su incumbencia.
- Todo lo que ocurra en este hotel es de mi incumbencia. - Hizo una pausa, estudiándola -. Es de un hombre, o habría respondido de otra manera.
Frunciendo el ceño, Esme le dio la espalda. Ella se acercó a ver más detenidamente uno de los muchos estantes con objetos peculiares.
Descubrió un samovar dorado, esmaltado, un cuchillo grande en una funda perlada, colecciones de esculturas de piedras primitivas, vasijas de alfarería, un cabecero egipcio, monedas exóticas, cajas de materiales inconcebibles, lo que se pareció a una espada de hierro con una hoja oxidada, y una lupa veneciana de piedra.
- ¿Qué cuarto es este? - No pudo dejar de preguntar Esme.
- El cuarto de las curiosidades del Sr. Facinelli. Él coleccionó muchos de los objetos, los otros son regalos de visitas extranjeras. Puede mirar si quiere.
Esme estaba intrigada, reflexionando sobre el gran contingente de extranjeros entre los invitados del hotel, incluyendo la realeza europea, la nobleza, y los miembros del cuerpo diplomático. Sin duda al Sr. Facinelli le habrían dado algunos regalos inusuales.
Ojeando entre los estantes, Esme se tomó un momento para examinar una figura enjoyada de un caballo de plata, con cascos extendidos a medio galope.
- Qué bonito.
- Un regalo del Príncipe heredero Yizhu de China - dijo el hombre detrás de ella -. Un caballo celestial.
Fascinada Esme, pasó la punta del dedo a lo largo de la parte de atrás de la figura.
- Ahora el príncipe ha sido coronado como el Emperador Xianfeng – dijo ella -. ¿Un nombre de gobernante más bien irónico, no es así? Irguiéndose a su lado, el desconocido la recorrió con la mirada con precaución.
- ¿Por qué dice usted eso?
- Porque significa "prosperidad universal", y ese no es el caso, considerando las rebeliones internas a las que está orientado.
- Yo diría que los retos de Europa son un peligro aun mayor para él, en el presente.
- Sí - dijo Esme con arrepentimiento, poniendo la figura de vuelta en su lugar -. Uno se pregunta cuánto tiempo podrá aguantar tal acometida la soberanía china.
Su acompañante estaba de pie lo suficientemente cerca para que ella pudiera detectar el aroma de la ropa limpia y el jabón de afeitar. Él clavó los ojos atentamente en ella.
- Conozco a muy pocas mujeres que puedan discutir sobre política de Extremo Oriente.
Ella sintió el rubor subir a sus mejillas.
- Mi familia tiene conversaciones más bien inusuales durante la cena. Al menos, son inusuales en tanto que mis hermanas y yo siempre participamos. Mi acompañante dice que está perfectamente todo bien mientras lo haga en casa, pero me ha recomendado no hacerlo fuera cuando estoy en sociedad. Tiende a ahuyentar a los pretendientes.
- Tendrá usted que tener cuidado, entonces - dijo él suavemente, sonriendo -. Sería una lástima que algún comentario inteligente salga en mal momento.
Esme se relajó cuando oyó un golpe discreto en la puerta. La criada había llegado antes de lo que se había esperado. El desconocido fue a contestar.
Abriendo un poco la puerta, murmuró algo a la criada, quien hizo una reverencia y desapareció.
- ¿Dónde va la criada? - preguntó Esme desconcertada -. Se suponía que me escoltaría hasta mi suite.
- La envié a traer una bandeja de té.
Esme se quedó muda por un momento.
- Señor, no puedo tomar el té con usted.
- No se tardará. Lo mandarán subir en uno de los montaplatos.
- Eso no tiene importancia. ¡Porque aun si yo tuviera tiempo, no podría hacerlo! Estoy segura de que se da cuenta de lo impropio sería.
- Tan impropio como moverse subrepticiamente sin escolta a través del hotel. - Acordó él suavemente y ella frunció el ceño.
- No me movía subrepticiamente, perseguía a un hurón. - Oyéndose a sí misma hacer semejante declaración ridícula, sintió que se ruborizaba. Ella esbozó en tono digno -. La situación escapaba a mi control. Y yo estaré en serios… problemas si no vuelvo a mi cuarto en seguida. Si esperamos mucho tiempo, usted puede encontrarse involucrado en un escándalo, lo cual estoy segura que el Sr. Facinelli no aprobaría. Así que, por favor, vuelva a llamar a la criada.
- Demasiado tarde. Tendremos que esperar a que la criada venga con el té. Esme suspiró.
- Ésta ha sido una mañana muy difícil. - Recorriendo con la mirada al hurón, ella vio pedacitos de pelusa ondeando en el aire, y cambió de color.
-. ¡Dodger, no!
- ¿Qué pasa? - preguntó el hombre, después de que Esme se lanzara hacia el ocupado hurón.
- Se está comiendo su silla - dijo ella miserablemente, levantando en brazos al hurón -. Mejor dicho, la silla del Sr. Facinelli. Está intentando formarse un nido. Estoy tan avergonzada -. Clavó los ojos en la raja de la lujosa tapicería de terciopelo -. Le prometo que mi familia pagará por el daño.
- No importa - dijo el hombre -. Hay una cuota mensual en el presupuesto del hotel para reparaciones.
Bajando sus caderas, lo cual no era una fácil hazaña cuando una llevaba ajustados encajes y enaguas almidonadas, Esme agarraba pedacitos de pelusa e intentaba rellenar el hueco.
- Si es necesario, aportaré una declaración legal para explicar cómo ocurrió esto.
- ¿Y qué pasa con su reputación? - preguntó el desconocido amablemente, agachándose para ponerla de pie.
- Mi reputación no es nada comparada con el sustento de un hombre. Usted podría ser despedido por esto. Indudablemente tendrá una familia que mantener, una esposa y niños y aunque pudiera sobrevivir a la deshonra, no podría asegurar un nuevo trabajo.
- Eso es muy amable de su parte - dijo él, tomando al hurón del agarre de Esme y depositándolo de regreso en la silla -. Pero no tengo familia. Y no puedo ser despedido.
- Dodger - dijo ansiosamente Esme, cuando los pedacitos de pelusa salieron volando otra vez. Estaba claro que el hurón se lo pasaba en grande.
- La silla está ya arruinada. Déjele atacarla.
Esme estaba aturdida por la condescendencia del desconocido sobre una cara pieza de mobiliario del hotel, arruinado por la travesura de un hurón.
- Usted - dijo ella claramente - no es como los otros gerentes de aquí.
- Usted no es como otras mujeres.
Una sonrisa sardónica fue la respuesta de ella.
- Eso me han dicho.
El cielo se había tornado color gris. Una pesada llovizna caía cubriendo el pavimento de la calle, el polvo había sido removido con el agitado paso de los vehículos.
Con cuidado para que no la vieran desde la calle, Esme fue al lado de una ventana observando a los peatones dispersarse. Algunos desdoblaban los paraguas y continuaron caminando.
Los vendedores ambulantes atestaron la vía pública, pregonando sus mercancías con gritos impacientes. Realizaron ventas de todo lo imaginable: cebollas, cajas repletas de juegos, teteras, flores, fósforos, ruiseñores y alondras enjauladas. Estos últimos presentaban frecuentes problemas para los Swan, porque Alice estaba decidida a rescatar a cada criatura viva que veía. Un buen número de pájaros había sido comprado a regañadientes por su cuñado Edward, y puestos en libertad en su hacienda. Edward juraba que a estas fechas había comprado la mitad de la población aviaria de Hampshire.
Apartándose de la ventana, Esme vio como el desconocido apoyó su hombro contra uno de los estantes de libros y cruzado los brazos en su pecho. La observaba extrañado como si no supiera qué hacer de ella. A pesar de su postura relajada, Esme tuvo la inquietante sensación que si tratara de escaparse, la atraparía en un instante.
- ¿Por qué no está comprometida con nadie? - Preguntó él con asombrosa franqueza -. ¿Ha estado en sociedad durante dos, tres años?
- Tres - dijo Esme, poniéndose a la defensiva.
- Su familia cuenta con recursos, uno asumiría que usted tiene una generosa dote en juego. Su hermano es un vizconde, otra ventaja. ¿Por qué no se ha casado?
- ¿Siempre pregunta cosas tan personales a la gente que acaba de conocer? - preguntó Esme con asombro.
- No siempre. Pero la encuentro... interesante.
Ella consideró la pregunta que le había hecho, y se encogió de hombros.
- No quería a ninguno de los caballeros que he conocido en los últimos tres años. Ninguno de ellos era ni remotamente atractivo.
- ¿Qué clase de hombre le atrae?
- Alguien con quien compartir una vida en común y tranquila.
- La mayoría de las jóvenes sueñan con excitación y romance.
Ella sonrió torvamente.
- Supongo que tengo un gran aprecio por lo mundano.
- ¿Se le ha ocurrido que Londres es el lugar equivocado para buscar una vida tranquila y común?
- Por supuesto. Pero no estoy en posición de ponerme del lado correcto. - Ella debería haberse detenido allí.
No hubo necesidad de explayarse más. Porque era uno de los fallos de Esme era que adoraba hablar, y como Dodger miraba hacia una gaveta llena de portaligas, ella no pudo resistirse a ser indulgente.
- El problema comenzó cuando mi hermano, Lord Dwyer, heredó el título.
El desconocido levantó las cejas. - ¿Eso fue un problema?
- Oh, sí - dijo Esme seriamente -. Para que vea, ninguno de los Swan estaba preparado para eso. Nosotros éramos primos distantes del anterior Lord Dwyer. El título sólo recayó en Emmett por una serie de muertes inoportunas. Los Swan no teníamos conocimientos de la etiqueta, no sabíamos nada de los modales de las clases altas. Éramos felices en Primrose Place. - Ella hizo una pausa para buscar en su pasado recuerdos felices de su infancia: la alegre casa de campo con su techo de paja, el jardín de flores donde su padre plantó las preciadas rosas del boticario, el par de orejudos conejos belgas que habían vivido en una conejera cerca del umbral de atrás, las pilas de libros en cada esquina. Ahora la abandonada casa de campo quedó en ruinas y el huerto yacía yermo -. Pero jamás hay vuelta atrás, así son las cosas - dijo ella a modo de pregunta. Ella se agachó para apreciar un objeto en el estante inferior -. ¿Qué es esto? ¡Oh! Un astrolabio. -Ella recogió un intrincado disco de latón que contenía platos grabados, el borde marcado con un tipo de arco.
- ¿Usted sabe qué es un astrolabio? - preguntó el desconocido después de ella.
- Sí, por supuesto. Una herramienta usada por astrónomos y navegantes. También por astrólogos. - Esme inspeccionó el trazado de la diminuta estrella grabada en uno de los discos -. Esto es persa. Estimaría que tiene aproximadamente quinientos años.
- Quinientos doce - dijo él lentamente.
Esme no pudo reprimir una sonrisa satisfecha.
- Mi papá fue un estudioso del período medieval. Él tenía una colección de estos. Él también me enseñó cómo fabricar uno con madera, cuerda, y una uña. - Ella sintonizó los discos cuidadosamente -. ¿En qué fecha nació usted?
El desconocido vaciló antes de contestar, como si le desagradara tener que dar información sobre sí mismo.
- El uno de noviembre.
- Entonces nació bajo el signo de Escorpio - dijo ella, girando el astrolabio en sus manos.
- ¿Cree en la astrología? - preguntó él, con tono irónico.
- ¿Por qué no?
- No tiene base científica.
- Mi papá siempre me alentó a tener la mente abierta ante algunas materias. - Ella jugó con la punta del dedo a través del trazado de la estrella, y levantó la vista hacia él con una sonrisa astuta -. Los escorpiones son realmente despiadados, ¿sabe usted? Por eso Artemisa ordenó a uno de ellos matar a su enemiga Orión. Y, como recompensa, colocó el escorpión en el cielo.
- No soy despiadado. Solamente hago lo que es necesario para lograr mis metas.
- ¿Eso no es ser despiadado? - preguntó Esme, riéndose.
- La palabra insinúa crueldad.
- ¿Y usted no es cruel?
- Sólo cuando tengo que serlo.
La diversión de Esme se disolvió.
- La crueldad nunca es necesaria.
- No ha visto mucho del mundo, si opina de esa manera.
Optando por no seguir el tema, Esme se puso de puntillas para mirar el contenido de otro estante. Aparecía una intrigante colección de juguetes de hojalata.
- ¿Qué es esto?
- Autómatas.
- ¿Para qué sirven?
Él extendió su mano levantado uno de los objetos pintados de metal, y se lo dio a ella.
Sujetando la máquina por su base circular, Esme lo miró de cerca.
Representaba un grupo de diminutos caballos de carrera, cada uno en su propia pista. Viendo el final de un cordón sobre la base, Esme tiró con delicadeza. Una serie de mecanismos interiores, incluyendo un volante, enviaron a los caballitos dando vueltas alrededor de la pista como si corrieran a velocidad.
Esme se rió con el deleite. - ¡Qué ingenioso! Desearía que mi hermana Alice pudiera ver esto. ¿De dónde provienen?
- El Sr. Facinelli los modela en su tiempo libre, como una manera de relajarse.
- ¿Puedo ver otro? – Esme estaba encantada con los objetos, los cuales no eran juguetes sino más bien obras de ingeniería en miniatura. Allí estaba el Almirante Nelson sobre un pequeño barco, un mono escalando un plátano, un gato jugando con ratones, y un domador de leones que blandía su látigo mientras el león negaba con la cabeza repetidamente.
Pareciendo disfrutar el interés de Esme, el desconocido le mostró un cuadro en la pared, un conjunto de parejas bailando el vals en una fiesta.
Ante sus asombrados ojos, el cuadro pareció cobrar vida, los caballeros guiando a sus parejas suavemente a través del suelo.
- ¡Cielos! - Dijo Esme con admiración -. ¿Cómo está hecho esto?
- Un mecanismo de cuerda. - Él removió el cuadro de la pared y exhibió la cuerda -. Ésta está conectada al volante que maneja la banda por donde se deslizan los bailarines. Y los alfileres trabajan con este alambre que mueve… esto... el cuál a su vez activa las otras palancas.
- ¡Extraordinario! - En su entusiasmo, Esme olvidó ser precavida o cuidadosa -. Obviamente el Sr. Facinelli es un notable mecánico. Esto me recuerda una biografía que leí recientemente, acerca de Roger Bacon, un fraile franciscano de la Edad Media. Mi papá fue un gran admirador de su trabajo. El fraile Bacon hizo un gran descubrimiento de mecánica experimentada, que por supuesto condujo a algunas personas a acusarle de brujería. Se dijo que él una vez construyó una cabeza mecánica de bronce, que… - Esme se detuvo bruscamente, percatándose que había estado charlando -. ¿Lo ve? Esto es lo que yo hago en las fiestas y bailes. Es una de las razones por la cual no soy requerida.
Él había comenzado a sonreír.
- Pensé que animaba hablar de tales asuntos.
- No mi tipo de conversación.
Se escucharon unos golpes ligeros.
Ambos se giraron hacia el sonido. La criada había llegado.
- Tengo que irme - dijo Esme ansiosamente -. Mi acompañante se pondrá muy afligida si se despierta y ve que desaparecí.
El desconocido de pelo rubio la contempló durante lo que le pareció mucho tiempo.
- No he acabado con usted aún - dijo él con asombrosa despreocupación. Como si nadie jamás le hubiera rehusado algo. Como si pensara retenerla con él tanto como deseara.
Esme inspiró profundamente.
- No obstante, me voy - ella dijo serenamente, y fue hacia la puerta.
Él la alcanzó en el mismo momento en que ella posaba la mano contra el panel de la puerta.
Alarmada, volvió la cara hacia él. Un latido veloz y frenético se despertó en su garganta, sus muñecas y sus rodillas. Él estaba de pie demasiado cerca, su cuerpo largo, duro, casi tocando al de ella. Ella se encogió contra la pared.
- Antes de que se vaya - dijo él suavemente - tengo un consejo que darle. No es seguro para una jovencita andar sola a través del hotel. No vuelva a tomar un riesgo tan tonto.
Esme quedó rígida.
- Es un hotel afamado - dijo ella -. No tengo nada que temer.
- Por supuesto, usted sabe lo que hace - murmuró él -. Mire bien esto.
Y antes de que ella pudiera pensar, o moverse, o respirar, él dobló su cabeza y tomó su boca con la suya.
Esme atontada, se quedó inmóvil bajo el suave y abrasador beso, tan sutil en su demanda que ella no supo el momento en que sus propios labios se abrieron. Las manos alcanzaron su mandíbula, acunándola, elevando su rostro.
Un brazo se deslizó alrededor de ella, atrayendo su cuerpo completamente hacia él, la percepción de él fue dura y altamente estimulante.
Con cada aliento, ella aspiraba un perfume tentador, como esencia de ámbar y almizcle, de ropa almidonada y piel masculina. Debería haber luchado en sus brazos... pero su boca era tan tiernamente persuasiva, erótica, impartiendo mensajes de peligros y promesas... Sus labios se deslizaron por su garganta y buscando su pulso, trazando un camino descendente, dominando sus sensaciones como seda hasta que ella se hizo añicos. Y se arqueó contra él.
- No - dijo ella débilmente.
El desconocido agarró su barbilla cuidadosamente, obligándola a mirarle.
La atracción era mutua. Cuando Esme encontró su mirada inquisitiva, vio un destello de frustrada animosidad, como si él acabara de hacer un descubrimiento inoportuno.
Él la soltó y con detenimiento abrió la puerta.
- Tráigalo - le dijo a la criada, quien esperaba en el umbral con una gran bandeja de plata con el té.
La criada obedeció rápidamente, demasiado bien entrenada como para evidenciar curiosidad acerca de la presencia de Esme en el cuarto.
El hombre fue a recuperar a Dodger, que se había quedado dormido en la silla. Regresando con el hurón adormecido, se lo entregó a Esme. Ella tomó a Dodger con un murmullo inarticulado, acunándolo contra su pecho. Los ojos del hurón permanecieron cerrados, los párpados completamente cubiertos con la piel negra que cruzaba su cara. Ella sintió el golpeteo de su diminuto latido bajo las puntas de los dedos y la suavidad de la blanca capa que debajo resguardaban sus pelos.
- ¿Desea cualquier otra cosa, señor? - preguntó la criada.
- Sí. Quiero que acompañe a esta dama hasta su suite. Y venga a informarme cuando ella haya retornado segura.
- Sí, Sr. Facinelli.
¿Sr. Facinelli?
Esme sintió su corazón detenerse. Ella miró hacia el desconocido. La picardía brilló intensamente en sus ojos verdes. Él apreció su manifiesto asombro.
Carlisle Facinelli... el misterioso y solitario dueño del hotel. Quien no era en absoluto como ella lo había imaginado.
Esme desconcertada y avergonzada, se apartó de él. Cruzó el umbral y oyó cerrarse la puerta, el picaporte haciendo clic suavemente. ¡Qué malvado era él, para haberse divertido a costa suya! Se consoló a sí misma con el convencimiento que nunca lo volvería a ver.
Y bajó al vestíbulo con la criada... sin siquiera sospechar que el curso de su vida entera había cambiado.
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Hola de nuevo yo! Espero les haya gustado este capítulo :D
