Capítulo 9
El baile de Norbury se celebró en Belgravia, un distrito de calma y tranquilidad en el Corazón de Londres. Uno podría ser abrumado por el bullicio y el ruido del tráfico y la actividad en Knightsbridge en la Calle Sloane, cruzar a Belgrave Square, y encontrarse a sí mismo en un oasis de calmante decoro. Era un lugar de grandes embajadas de mármol blanco, de solemnes mansiones con altos lacayos y mayordomos, y carros transportando lánguidas señoritas y sus sobre alimentados perros.
Los concurridos distritos de Londres mantenían un pequeño interés por aquellos lo suficientemente afortunados para vivir en Belgravia. Las conversaciones eran en gran parte acerca de asuntos locales: quién había tomado una casa en particular, o qué calle cercana necesitaba reparaciones, o qué eventos se habían dado en las residencias vecinas.
Para desanimo de Esme, Edward y Bella habían estado de acuerdo con la evaluación de Emmett sobre la situación. Un espectáculo de orgullo e indiferencia era llamado si Esme deseara tener una ola de rumores sobre el rechazo de Harry Clearwater.
- Los chismosos tienen una larga memoria con respecto a estos temas-, había dicho Edward sardónicamente. - Dios sabrá porque le dan tanta importancia a cosas sin importancia. Pero lo hacen.
- Es sólo una noche - Bella le había dicho a Esme preocupadamente -. ¿Crees que podrías manejar una aparición, querida?
- Si - había acordado Esme debidamente -. Si estás ahí, puedo manejarlo.
Sin embargo, mientras subía por las escaleras al pórtico de la mansión, Esme estaba inundada con pesar y temor. El vaso de vino que había tenido para infundirle valor se había acumulado como acido en su estomago, Y el corsé había sido apretado demasiado fuerte.
Llevaba un vestido blanco, capas de satén y la ilusión de un pálido azul. Tenía la cintura ceñida con un cinturón de pliegues satinados, el corpiño era profundo, recogida y recortada con otra delicada espuma de color azul. Después de arreglar su cabello en una masa de articulados rizos, Bella había enroscado una cinta azul finamente a través de ellos.
Emmett había llegado, como lo había prometido, para acompañar a la familia al baile. Extendió su brazo para Esme y la acompañó hasta la escalera, mientras la familia los seguía en masa. Entraron en la recalentada casa, que estaba llena de flores, música, y el estruendo de cientos de conversaciones simultaneas. Las puertas habían sido removidas de sus bisagras para permitir la circulación de los invitados del salón de baile a la cena y salas de juego.
Los Swan esperaban en la línea de recepción en el vestíbulo de la entrada.
- Mira qué dignos y corteses que son todos - dijo Emmett, observando a la multitud -. No puedo quedarme mucho tiempo. Alguien podría influir en mí.
- Prometiste que te quedarías hasta después de la primera serie - Esme le recordó. Su hermano suspiró
-. Por ti, lo haré. Pero no me gustan estos asuntos.
- Igual que yo - La señorita Hale los sorprendió con su tono grave, inspeccionando la reunión como si se tratara de territorio enemigo.
- Mi Dios. Otra cosa en la que acordamos. - Emmett le dio a su compañía una mirada medio burlona, medio incómoda -. Tenemos que dejar de hacer esto, Hale. Mi estómago está empezando a dar vueltas.
- Por favor, no diga esa palabras - replicó ella.
- ¿Estómago? ¿Por qué no?
- Es indelicado referirse a su anatomía. - Ella dio una mirada desdeñosa -.
Y le aseguro que nadie tiene interés en ello.
- ¿Ahh, no? Le hago saber, Hale, que decenas de mujeres han señalado que...
- Dwyer- interrumpió Edward, dándole una mirada de advertencia.
Cuando atravesaron la entrada, la familia se dispersó para hacer las rondas. Emmett y Edward fueron a las salas de cartas, mientras las mujeres se dirigieron a las mesas de la cena. Bella fue instantáneamente capturada por un pequeño grupo de parloteadotas.
- No puedo comer - comentó Esme, mirando con asco el buffet de juntas frías, carne, jamón, y las ensaladas de langosta.
- Estoy muerta de hambre - dijo Alice en tono de disculpa -. ¿Les importa si como algo?
- En absoluto, esperaremos.
- Tome una cucharada de ensalada - La Srta. Hale le murmuró a Esme-. Para aguardar las apariencias. Y sonría.
- ¿Así? - Esme trató de curvar las comisuras de los labios hacia arriba.
Alice la miró dubitativa.
- No, eso no es bonito en absoluto. Luces como un salmón.
- Me siento como un salmón - dijo Esme -. Uno que ha sido hervido, triturado y puesto en una olla.
Mientras los invitados hacían la cola del buffet, los lacayos llenaron sus platos y los llevaron a las mesas cercanas. Esme aun estaba esperando en la fila cuando Lady Belinda Wallscourt se le acercó, una hermosa joven de la que se había hecho amiga durante la temporada. Tan pronto como Belinda había salido a la sociedad, había sido perseguida por varios señores elegibles, y rápidamente se había comprometido.
- Esme - dijo Lady Belinda cálidamente - Qué agradable verte aquí. Había incertidumbre en cuanto a si vendrías o no.
- ¿El ultimo Baile de la Temporada? - Esme dijo con una forzada sonrisa -. No me lo perdería.
- Estoy tan encantada. - Lady Belinda le dio una compasiva mirada. Su voz bajo el tono -. Es terrible, lo que te sucedió. Estoy gravemente apesadumbrada.
- Oh, no hay nada por que lamentarse - dijo Esme alegremente -. Estoy perfectamente bien.
- Eres muy valiente - replicó Belinda -. Y Esme, recuerda que algún día conocerás un sapo que se convertirá en un apuesto príncipe.
- Bien - dijo Alice -. Porque todo lo que ella conoce son príncipes que se convierten en sapos -. Luciendo perpleja, Belinda logró esbozar una sonrisa y se marchó.
- El Señor Clearwater no es un sapo - protestó Esme.
- Tienes razón – Alice dijo -. Eso fue muy injusto para los sapos, que son adorables criaturas.
Mientras Esme abría los labios para oponerse, oyó a la Srta. Hale reír. Y empezó a reír también, hasta que atrajo miradas curiosas de la cola del buffet.
Después de que Alice hubo terminado de comer, se acercaron a la sala de baile. La Música revoloteaba en continuos surcos de donde la orquesta tocaba en la galería superior. La enorme habitación brillaba a la luz de ocho candelabros, mientras que la dulzura de las rosas y la vegetación espesaban el aire.
Encerrado en la servidumbre implacable de su corsé, Esme se llenó los pulmones al respirar tensamente. - Está demasiado calido aquí - dijo ella.
La Srta. Hale miro a su sudoroso rostro, rápidamente le dio un pañuelo, y la condujo a una de las muchas sillas de caña de calado en un lado de la sala. - Está bastante caliente - dijo ella -. En un momento, localizaré a tu hermano o al Señor Cullen para que te escolten afuera y tomes algo de aire. Pero primero veamos a Alice.
- Sí, por supuesto - logró decir Esme, viendo que dos hombres ya se habían acercado a Alice con la esperanza de poner sus nombres en su tarjeta de baile. Su hermana menor estaba a gusto con los hombres de una manera que Esme nunca podría manejar. Ellos parecían adorar a Alice porque ella los trataba como a sus criaturas salvajes, complaciendo con suavidad, mostrando un paciente interés.
Mientras la Srta. Hale supervisaba la tarjeta de baile de Alice, Esme se acomodó en la silla y se concentró en respirar alrededor de la cárcel de hierro de su corsé. Era lamentable que, en esta silla en particular, pudiera escuchar una conversación desde el otro lado de una columna de guirnaldas.
Un trío de jóvenes mujeres que hablaban en voz baja y con cierta presumida satisfacción.
- Por supuesto que Clearwater no la tendría - dijo una de ellas -. Es bonito, debo admitir, pero tan poco hábil, en el sentido social. Un señor que conozco me dijo que trato de hablar con ella en la muestra privada de arte en Royal Academy, y ella estaba hablando de algún tema ridículo... algo acerca de una experiencia hace un tiempo en un Baile Francés donde lanzaron una oveja al aire delante del Rey Louis algo... pueden imaginarlo?
- Louis XVI - susurró Esme.
- ¿Pero que esperarían? - dijo otra voz - de una familia tan peculiar. El único lo suficientemente bueno es Lord Dwyer, y él es bastante malvado.
- Un pícaro - estuvo de acuerdo la otra.
Esme pasó de estar acalorada a fría. Cerró los ojos, deseando desaparecer. Había sido un error venir al baile. Ella estaba tratando de probarle algo a todos... que no le importaba Harry Clearwater, cuando en realidad lo hacía. Que su corazón no estaba roto, cuando lo estaba. Todo en Londres era las apariencias, las pretensiones... ¿era tan imperdonable el ser honesto acerca de los sentimientos?
Aparentemente sí.
Se sentó en silencio, entrelazó sus enguantados dedos hasta que sus pensamientos fueron revueltos por un alboroto cerca de la entrada principal del salón de baile. Parecía que alguna persona importante había llegado, tal vez de la realeza, o un famoso militar, o un influyente político.
- ¿Quién es él? - una de las jóvenes mujeres preguntó.
- Alguien nuevo - dijo la otra -. Y guapo.
-Maravilloso - sus compañeras estuvieron de acuerdo -. Debe ser un hombre importante, de lo contrario no habría tanto alboroto.
- Y Lady Norbury no estaría ondeando. ¡Miren cómo se ruboriza!
Curiosa a pesar de sí misma, Esme se inclinó para echar un vistazo al recién llegado. Todo lo que podía ver era una cabeza rubia, más alto que los demás a su alrededor. Él se acercó más al salón de baile, hablando fluidamente con sus acompañantes mientras la corpulenta, enjoyada y radiante Lady Norbury se aferraba a su brazo.
Reconociéndolo, Esme se sentó de nuevo en la silla. Carlisle Facinelli.
No podía entender por qué él estaría aquí, o por qué que la hacía sonreír.
Probablemente porque no podía dejar de recordar la última vez que lo había visto, vestido de blanco esgrima, tratando de pinchar a un mono con mal comportamiento. Esta noche Carlisle estaba prohibitivamente hermoso en su atuendo de noche y una almidonada corbata blanca. Y se movía y conversaba con la misma facilidad carismática con que parecía hacer todo.
La Srta. Hale regresó a Esme, mientras Alice y un hombre rubio desaparecían en el torbellino de parejas que bailaban el vals. - Cómo es - empezó, pero se detuvo con una fuerte respiración. - Maldita sea - susurró. - Él está aquí.
Era la primera vez que Esme había oído a su compañera maldecir.
Sorprendida por la reacción de la Sra. Hale hacia la presencia de Carlisle Facinelli en el baile, Esme frunció el ceño. -Me he dado cuenta. Pero por qué...
Se detuvo al seguir la dirección de la mirada de su compañera. La Srta. Hale no estaba mirando a Carlisle Facinelli. Estaba viendo a Harry Clearwater.
Una explosión de dolor llenó el pecho de Esme cuando vio a su antiguo pretendiente al otro lado de la habitación, delgado y guapo, su mirada fija en la suya. Él la había rechazado, expuesto a la burla pública, ¿y aun así había venido al baile? ¿Estaba buscando una nueva chica a la cual cortejar? Tal vez él había asumido que, mientras bailaba con las ansiosas jóvenes en Belgravia, Esme se escondería en su suite del hotel, llorando sobre la almohada. Que era precisamente lo que ella quería estar haciendo.
- Oh, Dios – Esme susurró, mirando a la consternada cara de la Srta. Hale-. No lo deje hablar conmigo.
- No va a hacer una escena - dijo en voz baja a su compañera -. Muy por el contrario, una broma o dos suavizarán la situación para ambos.
- No entiende - dijo Esme con voz ronca -. No puedo hacer bromas ahora. No puedo enfrentarlo. Por favor, Srta. Hale...
- Lo enviaré lejos - dijo ella suavemente, cuadrando sus estrechos hombros. - No se preocupe. Tranquilícese, querida. - Ella se trasladó en frente de Esme, bloqueándole la vista de Harry, y fue a hablar con él.
- Gracias - Esme susurró, aun cuando la Srta. Hale no podía oírla.
Horrorizada al sentir el aguijón de las lágrimas, se concentró ciegamente en un tramo de suelo delante de ella. No llores. No llores. No...
- Srta. Swan - la jovial voz de Lady Norbury interrumpió sus desesperados pensamientos. - Este caballero ha solicitado una introducción, ¡niña afortunada! Es mi honor y placer presentar al Señor Carlisle Facinelli, el hotelero.
Un par de zapatos negros bien pulido entraron en su visión. Esme miró miserablemente a los vivos ojos.
Carlisle se inclinó, sosteniendo su mirada. - Srta. Swan, ¿cómo...?
- Me encantaría bailar el vals - Esme dijo, prácticamente saltando de su silla y tomando su brazo. Su garganta estaba tan apretada, que apenas podía hablar -. Vamos ahora...
Lady Norbury esbozó una desconcertada risa. - Qué encantador entusiasmo.
Esme agarró el brazo de Carlisle como si fuera un salvavidas. Su mirada cayó al apretar de los dedos sobre la fina lana negra de la manga. Él cubrió sus dedos con la presión tranquilizadora de su mano libre, su pulgar suavizando el borde de la muñeca. E incluso a través de las dos capas de guantes blancos, sintió la comodidad en su contacto.
En ese momento la Srta. Hale regresó, acabando de despachar a Harry Clearwater. Sus cejas bajaron en una mueca cuando miró a Carlisle. - No – dijo brevemente.
- ¿No? - sus labios temblaron con diversión -. No he pedido nada.
La Srta. Hale le regaló una fría mirada. - Obviamente desea bailar con la Srta. Swan.
- ¿Tiene alguna objeción? - pregunto él inocentemente.
- Muchas - dijo la Srta. Hale, de una manera tan cortante que tanto Lady Norbury como Esme miraron de reojo.
- Srta. Hale - dijo Lady Norbury - Puedo dar fe del carácter de este caballero con toda seguridad.
Su compañera cerró los labios en una fina línea. Contempló los ojos brillantes de Esme y el enrojecimiento facial, pareciendo entender lo cerca que estaba de perder la compostura. - Cuando el baile haya terminado - le dijo con gravedad a Esme - tomará su brazo izquierdo, insistirá en que la conduzca hasta mí, aquí, y luego él se ira. ¿Entendido?
- Sí - susurró Esme, mirando por encima del amplio hombro de Carlisle. Harry estaba mirando desde el otro lado de la habitación, su rostro lívido.
La situación era horrible. Esme quería correr del salón de baile. En su lugar, tendría que bailar.
Carlisle llevó a Esme hacia la multitud de parejas que bailaban el vals y puso su enguantada mano en su cintura. Ella se estiró, una temblorosa palma en su hombro, la otra apoderada de forma segura en la suya. Con una mirada astuta, Carlisle tomó en toda la escena: las lágrimas no derramadas de Esme, el conjunto de la cara de Harry Clearwater, y el montón de miradas curiosas que los abarcaba.
- ¿Cómo puedo ayudarle? - preguntó.
- Lléveme lejos - dijo ella -. Tan lejos como sea posible. A Timbuktu.
Carlisle miró simpático y divertido. - No creo que están dejando entrar a los europeos en estos días. - Él condujo a Esme en la corriente de bailarines, en sentido contrario y rápidamente en el sentido de las agujas del reloj, y la única manera de no tropezar era seguir con él sin vacilar.
Esme estaba profundamente agradecida de tener algo en qué concentrarse, además de Harry. Como se podría esperar, Carlisle era un excelente bailarín. Esme se relajó en su suave, pero fuerte guía. - Gracias - dijo ella - Probablemente se debe estar preguntando por qué...
- No, no me lo pregunto. Estaba escrito en su rostro, y en el de Clearwater, todos lo veían. No es muy buena en con las escapatorias, o ¿si?
- Nunca necesité serlo. - Para el horror de Esme, la garganta le apretó y los ojos le picaron. Estaba a punto de echarse a llorar en frente de todos.
Mientras trataba de tomar aire para tranquilizarse, el corsé le apretó los pulmones, y se sintió mareada -. Señor Facinelli - ella resopló - ¿Podría llevarme a la terraza por poco de aire?
- Ciertamente. - Su voz era una tranquilizadora calma -. Unos circuitos más alrededor de la habitación, y escaparemos.
En otras circunstancias, Esme podría haber sentido placer por la certeza de su liderazgo, la música que adornaba el aire. Ella miró fijamente a la cara de su salvador. Estaba deslumbrante en su elegante ropa, su pelo rubio peinado hacia atrás en pesados y disciplinadas capas. Pero sus ojos estaban fijos en la pista siempre llena de sombras. Ventanas para un alma inquieta. El no dormía lo suficiente, pensó, y se pregunto si alguien se lo había mencionado alguna vez. Incluso a través de la bruma de la desolación, a Esme se le ocurrió que, al invitarla a bailar, Carlisle Facinelli la había distinguido en lo que podría haber sido interpretado como una declaración de interés.
Pero eso no podía ser cierto.
- ¿Por qué? - preguntó con voz débil, sin pensar.
- ¿Por qué, qué?
- ¿Por qué me invitó a bailar?
Carlisle vaciló, como si se debatiera entre la necesidad de tacto y la inclinación hacia la honestidad. Después de un segundo, dijo – Porque quería sostenerla.
Presa de la confusión, Esme se centró en el simple nudo de la corbata blanca. En otro momento, en otra situación, habría estado extraordinariamente halagada. Por el momento, sin embargo, estaba demasiado absorta en su desesperación por Harry.
Con la destreza de un ladrón, Carlisle la desprendió del montón de bailarines y la llevó a una fila de puertas francesas que daban a la terraza.
Ella le siguió a ciegas, difícilmente preocupada por si los veían o no.
El aire exterior era frío, seco y agudo en sus pulmones. Esme respiró con jadeos rápidos, agradecida de haber escapado de la atmósfera asfixiante de la sala de baile. Calidas lágrimas cayeron de sus ojos.
- Aquí - dijo Carlisle, guiándola hacia el otro lado del balcón, que se extendía a casi todo el ancho de la mansión. El césped de abajo estaba tranquilo como el océano. Carlisle llevó a Esme a un rincón en penumbra.
Llegando al interior de su bolsillo, encontró un cuadrado de lino fino y se lo dio.
Esme se secó los ojos. - No puedo comenzar a decirle - dijo vacilante - cómo lo siento mucho. Usted fue muy amable al pedirme que bailara, y ahora esta en c-compañía de una t-tetera que se derrama...
Mirando divertido y simpático, Carlisle apoyó el codo en la baranda del balcón al enfrentarla. Su silencio la alivió. Esperó con paciencia, como si entendiera que ninguna palabra pudiera ser adecuada para su magullado espíritu.
Esme soltó una respiración lenta, sintiendo calma con el frescor de la noche y la ausencia de ruido.
- El Señor Clearwater se iba a ofrecer para mí - le dijo a Carlisle. Se sonó la nariz con un golpe infantil -. Pero él cambió de idea.
Carlisle la estudió, sus ojos de gato en la oscuridad. - ¿Qué razón le dio?
- Su padre no estaba de acuerdo.
- ¿Y eso la sorprende?
- Sí - dijo ella a la defensiva -. Porque él me hizo promesas.
- Los hombres en posición Clearwater raramente, si alguna vez, se les permite casarse con quien quieran. Hay mucho más que considerar que sus preferencias personales.
- ¿Más importante que el amor? – Esme pidió con amarga vehemencia.
- Por supuesto.
- Cuando todo está dicho y hecho, el matrimonio es una unión de dos personas hecha por el mismo Dios. Nada más y nada menos. ¿Suena eso ingenuo?
- Sí - dijo él secamente.
Esme arqueó los labios, aunque no sentía nada cercano a la diversión. - Estoy segura de que he leído muchos cuentos de hadas. El príncipe debe matar al dragón, derrotar al villano, y casarse con la criada, y llevarla a su castillo.
- Los cuentos de hadas son mejor lectura como entretenimiento – Carlisle dijo -. No como una guía para la vida. - Se quitó los guantes de forma metódica y los guardó en uno de los bolsillos de la chaqueta. Descansando ambos antebrazos en la barandilla, le envió una mirada de reojo -. ¿Qué hace la criada cuando el príncipe la abandona?
- Se va a casa. - Esme apretó los dedos sobre la bola húmeda que era el pañuelo -. Yo no soy adecuada para Londres y todas sus ilusiones. Quiero volver a Hampshire, donde puedo estar temporalmente en paz.
- ¿Por cuánto tiempo?
- Para siempre.
- ¿Y casarse con un granjero? - preguntó él, escépticamente.
- Tal vez. - Esme secó lo que quedaba de las lágrimas -. Sería una maravillosa esposa granjera. Soy buena con las vacas. Sé hacer mezcolanza. Y agradecería la paz y la tranquilidad para mi lectura.
- ¿Mezcolanza? ¿Qué es eso? - Carlisle parecía tener un interés indebido en la materia, con la cabeza inclinada hacia la de ella.
- Un caldo de verduras.
- ¿Como aprendió a hacerlo?
- Mi madre. - Esme bajó la voz como si difundiera información altamente confidencial -. El secreto - dijo sabiamente - Es un poco de cerveza.
Estaban de pie, muy cerca. Esme sabía que debía moverse. Sin embargo, su cercanía se sentía como el hogar, y su olor era fresco y seductor. El aire de la noche puso como piel de gallina sus brazos desnudos. Qué alto y cálido era él. Quería envolverse a sí misma contra él dentro de la madriguera y refugio de su chaqueta como si fuera una de las pequeñas mascotas Alice.
- Usted no está destinada a ser la esposa de un granjero - Carlisle dijo.
Esme le dirigió una mirada triste. - ¿Cree que ningún granjero me querría?
- Yo creo - dijo él lentamente - Que debería casarse con un hombre que la aprecie.
Ella hizo una mueca. - Esos son escasos.
Él sonrío. - Usted sólo necesita uno. - Él tomó el hombro de Esme, la mano curvándose sobre la ilusión de ribetes de la manga de la bata hasta que sintió su calor a través de la frágil gasa. Su dedo pulgar jugaba con el borde de la vaporosa tela, cepillando su piel en una forma que le hizo apretar el estómago -. Esme - dijo gentilmente - ¿Y si pido permiso para cortejarla?
Quedó en blanco cuando el asombro recorrió todo su cuerpo. Finalmente, alguien había pedido cortejarla. Y no era Harry, o cualquiera de los tímidos y superiores aristócratas con los que se había reunido durante tres fallidas temporadas. Era Carlisle Facinelli, un hombre escurridizo y enigmático que había conocido sólo en cuestión de días.
- ¿Por qué yo? - fue el único sonido que logro.
- Porque es interesante y hermosa. Porque decir su nombre me hace sonreír. Sobre todo porque esta puede ser mi única esperanza de tener mezcolanza.
- Lo siento, pero... no. No sería una buena idea en absoluto.
- Yo creo que es la mejor idea que he tenido. ¿Por qué no podemos?
La mente Esme daba vueltas. Apenas podía balbucear una respuesta. – Aa mí no me gusta el cortejo. Es muy estresante. Y decepcionante.
Su dedo pulgar encontró la cresta suave de su clavícula y la trazó lentamente. - Es discutible que alguna vez haya tenido un cortejo real. Pero, si le place, vamos a prescindir de él por completo. Ahorrará tiempo.
- No quiero prescindir de ello - dijo Esme, cada vez más nerviosa. Se estremeció al sentir sus dedos deslizándose por el costado de su cuello -. Lo que quiero decir... Señor Facinelli, acabo de atravesar una experiencia muy difícil. Esto es demasiado pronto.
- Usted fue cortejada por un joven que tenía que hacer lo que le decían. - Su cálido aliento fue como plumas contra sus labios cuando susurró - Debería intentarlo con un hombre, que no necesita el permiso de nadie.
Un hombre. Bueno, eso era él.
- No tengo el lujo de esperar - Carlisle continuó -. No cuando está tan decidida a volver a Hampshire. Usted es la razón por la que estoy aquí, Esme. Créame, de lo contrario no hubiese venido.
- ¿No le gustan los bailes?
- Me gustan. Pero a los que asisto son dados por una multitud muy diferente.
Esme no podía imaginar a qué multitud se estaba refiriendo, o con qué tipo de gente por lo general se asociaba. Carlisle Facinelli era demasiado misterioso. Demasiado experimentado, demasiado abrumador en todos los sentidos. Nunca podría ofrecerle la tranquila, ordinaria y sana vida que ella deseaba.
- Señor Facinelli, por favor, no tome esto como una afrenta, pero no tiene las cualidades que busco en un marido.
- ¿Cómo lo sabe? Tengo excelente cualidades que aun no ha visto.
Esme ofreció una risa nerviosa. - Creo que usted podría hablar con un pez fuera de su piel - le dijo ella -. Pero aun así, no creo... Ella se detuvo con un suspiro mientras él agachaba la cabeza y le robaba un beso en el centro de los labios, como si su risa fuera algo que podía probar. Ella sintió la huella de su boca, incluso después de que se retirara, sus nervios excitados mostrándose reacios a liberar la sensación.
- Pase una tarde conmigo - urgió él -. Mañana.
- No, Señor Facinelli. Estoy...
- Carlisle.
- Carlisle, No puedo...
- ¿Una hora? - susurró él. Se inclinó de nuevo a ella, y ella volvió la cara, confundida. Él busco su cuello en su lugar, sus labios rozando la vulnerable carne con besos entreabiertos.
Nadie había hecho algo así, incluso Harry. ¿Quién habría pensado que se sentiría tan delicioso? Aturdida, Esme dejó caer la cabeza hacia atrás, su cuerpo aceptando el apoyo constante de sus brazos. Buscó la garganta con devastador cuidado, tocando con la lengua su pulso. Su mano le acarició la nuca, la yema del dedo pulgar dibujando el límite de la línea de pelo. Cuando su equilibrio falló, se estiró alrededor de su cuello.
Era tan suave, coloreando la superficie de su piel, atrapando pequeños estremecimientos con su boca. Ciegamente, ella lo siguió, queriendo probarlo. Cuando ella acomodó su cara hacia la suya, sus labios rozaron la estrecha superficie de afeitado de su mandíbula. Él contuvo la respiración.
- Nunca debes llorar por un hombre - dijo él contra su mejilla. Su voz era suave, oscura, como miel ahumada -. Nadie merece tus lágrimas.
Antes de poder responder, atrapó su boca en un completo beso.
Esme se debilitó, fusionándose con él mientras la besaba lentamente. La punta de su lengua entró, jugó suavemente, y la sensación era tan extraña, íntima y tentadora, que un temblor salvaje la recorrió. Su boca se levantó de una vez.
- Lo siento. ¿Te asusté?
Esme no parecía poder pensar en una respuesta. No era que él la hubiese asustado, era más que él le había dado una visión de un vasto territorio erótico que ella nunca había visto antes. Incluso en su inexperiencia, comprendió que ese hombre tenía el poder de transformar su interior en placer. Y eso no era algo que había considerado o negociado.
Ella trató de tragar el latido del corazón que ascendía por su garganta. Sus labios se sentían heridos e hinchados. Su cuerpo vibraba en lugares desconocidos.
Carlisle ahuecó su cara entre las manos, los dedos pulgares acariciando sus mejillas enrojecidas. - El vals ya ha terminado. Tu compañera se irá en mi contra como un terrier por no llevarte a tiempo.
- Es muy protectora - logró decir Esme.
- Debería serlo. - Carlisle bajó sus manos, dejándola libre.
Esme avanzó a trompicones, con las rodillas sorprendentemente débiles.
Carlisle la agarró en un rápido reflejo, tirando su espalda contra él. - Tranquila -. Ella le oyó reír por lo bajo -. Mi falta. No debí haberte besado de esa manera.
- Tienes razón - dijo ella, su sentido de humor reafirmándose -. Debí apartarte... darte una cachetada o algo... ¿Cuál es la respuesta habitual de las damas con las que te has tomado libertades?
- ¿Me animan a hacerlo de nuevo? - Carlisle sugirió de manera tan útil que Esme no pudo dejar de sonreír.
- No - dijo ella. No voy a animarte.
Se enfrentaron en la oscuridad despejada sólo por los jirones de luz derramándose por las ventanas de la planta superior. Qué caprichosa era la vida, pensó Esme. Ella debería haber estado bailando con Harry esta noche. Pero ahora se había despojado de Harry, y estaba de pie fuera del salón de baile, en las sombras con un desconocido.
Interesante, que podía estar tan enamorada de un hombre y, sin embargo encontrar otro tan convincente. Pero Carlisle Facinelli era una de las personas más fascinantes que había conocido, con tantas capas de encanto y de unidad y crueldad que ella no podía entender qué clase de hombre era en realidad. Se preguntó cómo era él en momentos privados.
Estaba casi lamentándose porque nunca lo sabría.
- Dame una penitencia - instó a Carlisle -. Haré cualquier cosa que me pidas.
Cuando capturaron y mantuvieron sus miradas en las sombras, Esme se dio cuenta que él hablaba en serio. - ¿Qué tan grande? - preguntó.
Carlisle inclinó la cabeza un poco, estudiándola con atención. - Pídeme lo que quieras.
- ¿Y qué si quiero un castillo?
- Hecho - Dijo él rápidamente.
- De hecho, no quiero un castillo. Es demasiado corriente. ¿Qué tal una tiara de diamantes?
- Claro. ¿Una modesta adecuada para el día, o algo más elaborado? Esme comenzó a sonreír, cuando unos minutos atrás había pensado que no volvería a hacerlo. Sintió una oleada de simpatía y agradecimiento. Ella no podía pensar que cualquier otra persona habría sido capaz de consolarla en estas circunstancias. Pero la sonrisa se volvió agridulce cuando lo miró una vez más.
- Gracias - dijo -. Pero me temo que no es posible que alguien pueda darme lo que verdaderamente quiero. - Poniéndose de puntillas, apretó sus labios dulcemente en su mejilla. Fue un beso amistoso. Un beso de despedida.
Carlisle la miró fijamente. Su mirada se desvió más allá de ella, antes de que su boca descendiera sobre la suya con demanda latente. Confundida por su repentina agresión, perdió el equilibrio, y llego a él reflexivamente. Era una reacción equivocada, un mal momento y lugar... mal el sentir una oleada de placer mientras él probaba y dulcemente profundizaba dentro de su boca... pero, mientras lo descubría, había algunas tentaciones imposibles de resistir. Y sus besos parecían arrancar una respuesta impotente de cada parte de ella, una hoguera de sentimientos. Ella no podía seguir su pulso, su propio aliento. Sus nervios se iluminaron con chispas por la sensación, mientras que las estrellas caían en cascada a su alrededor, pequeñas explosiones de luz sobre las baldosas del suelo de la terraza y el sonido de la rotura de cristal...
Tratando de ignorar el áspero sonido, Esme se apoyó más en él. Pero Carlisle la ayudó a acabar con un murmullo tranquilo, y guió su cabeza sobre su pecho, como si estuviera tratando de protegerla.
Sus pestañas se levantaron y se congeló y más cuando vio que alguien... varios... había salido al balcón.
Lady Norbury, que había dejado caer la copa de champaña por la sorpresa. Y Lord Norbury, y otra pareja de ancianos.
Y Harry, con una mujer rubia en su brazo. Todos miraban fijamente a Esme y Carlisle con sorpresa.
Si el ángel de la muerte hubiese aparecido en ese momento, con las negras alas y una guadaña brillante, Esme habría corrido a él con los brazos abiertos, porque el ser atrapada en el balcón besando a Carlisle Facinelli no era sólo un escándalo... sería cosa de leyenda. Estaba arruinada. Su vida estaba arruinada. Su familia estaba arruinada. Todo el mundo el Londres lo sabría para el amanecer.
Estupefacta por el horror absoluto de la situación, Esme miró impotente hacia Carlisle. Y, por un confuso momento, le pareció ver un destello de satisfacción en sus ojos de depredador. Pero luego su expresión cambió.
- Puede que esto sea difícil de explicar - dijo él.
